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lunes, 28 de octubre de 2024

 

XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos habla de que el amor está en el centro de la vida cristiana. El camino de la fe que, día a día, estamos invitados a recorrer, se resume en el amor a Dios y en el amor a los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos presenta la solemne proclamación de fe que todo israelita debe hacer diariamente al amanecer, al medio día, al ponerse el sol y cuando va a morir. 

El mensaje es muy claro: “Sólo hay un Dios al que debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas”.

A veces, nos olvidamos que Dios tiene que ser el eje fundamental sobre el cual debe girar nuestra vida y dejamos que nuestro corazón se vaya tras otras cosas y ponemos nuestra confianza, nuestra seguridad y nuestra esperanza en el dinero, el poder, el éxito, la realización profesional, la posición social, los títulos, etc.

Decir que Dios es único, es decir que Él es el único y verdadero camino para una vida en plenitud.  Nunca nos vamos a realizar plenamente como seres humanos viviendo al margen de Dios. 

Sin Dios, contando únicamente con nuestras fuerzas, no vamos a encontrar el camino para realizarnos plenamente, para encontrar la felicidad, para vivir una vida en plenitud.

Afirmar que hay que amar a Dios, supone que hay que analizar la cuestión de los ídolos, a quienes tantas veces, les entregamos la dirección de nuestra vida.

Muchas canciones hablan del olvido: del amor que fue y ya no es; se lamentan del desencuentro después del encuentro, de la distancia después de la cercanía.  Muchas canciones son interpretaciones de tantas experiencias de desengaños amorosos.  Pero muchas de esas canciones podría cantarla el mismo Dios. Muchas de esas canciones de amores y desamores, muchas de esas historias, podría tener a Dios como el protagonista.  Dios está siendo objeto de desamor, de infidelidad amorosa, de indiferencia y de olvido.

Nuestro Dios es Amor, es Pasión amorosa hacia nosotros y no se merece un trato frío, de indiferencia y olvido.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo como el sumo sacerdote que vino al mundo para realizar el proyecto salvador de Dios Padre y para ofrecer su vida en donación de amor a los hombres.

Nosotros, como creyentes, siempre estamos preocupados de cómo agradar a Dios y cómo darle culto, y a veces, nos olvidamos que a Dios lo que más le gusta es la entrega de nosotros mismos a Él.  El culto que Dios nos pide y que le agrada es que obedezcamos y hagamos realidad sus proyectos y el amor a los hermanos.

El Evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús diciéndonos cuales son los dos mandamientos principales: el amor a Dios y el amor a los hermanos.  Esto es lo fundamental y estos dos mandamientos no se pueden separar.

Pero hay un problema, el problema de saber qué es el amor. Porque quizás no haya una palabra tan maltratada y adulterada como esta del amor. Amor romántico, amor posesivo, amor familiar, amor de pareja, hacer el amor… ¿qué es el amor? ¿Cuál es el verdadero amor?

Nos pasamos la vida pensando que amamos a alguien y quizás lo único que estamos haciendo es comerciar con los sentimientos y las necesidades de cada uno. Porque ¿qué pasa con el alma del amor que es la gratuidad? Decimos amar pero damos por supuesto siempre que tenemos que ser correspondidos Y no hablemos ya del problema que la psicología moderna nos ha descubierto con la autoestima, porque hay muchas personas que no se aman en absoluto, personas que desprecian su imagen, su trabajo, su vida en general.

Personas quizás poco agraciadas físicamente, quizás poco inteligentes, personas que cometieron graves errores, personas que nadie las amó, ni les dijo una palabra de aceptación… ¡Cómo pedirles a estas personas que amen a los demás como a sí mismos si no se aman nada!

Como en tantas cosas, la clave hay que buscarla en las palabras y los gestos de Jesús, cuando en la noche del Jueves Santo enseña a sus discípulos cómo tienen que amarse: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.  Así, para saber en qué consiste el amor, sabemos que no depende del sentimiento amoroso, ni de la autoestima, ni de mis necesidades, sino que el amor consiste en amar como Jesús nos ha amado, dando la vida. Y dar la vida significa estar dispuesto a gastarse en favor de los demás. Gastar nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestro dinero. Es como dar un cheque en blanco.

Que lleguemos a conseguir en nuestra vida amar de esta manera es el reto que tenemos por delante. Pero al menos tenemos claro el camino, y siempre en nuestras relaciones con los demás podremos traer a la mente el amor de Jesucristo y así estaremos seguros de nunca fallar.

Que el Señor nos enseñe a amar en la escuela de su corazón.

lunes, 21 de octubre de 2024

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de hoy nos invitan a la esperanza y a la alegría, a pesar de los males que nos pueden afectar, personal y comunitariamente.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos dice que el Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre.

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, los crímenes contra el medio ambiente, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, los valores efímeros, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta.

Sin embargo, la Palabra de Dios que hoy se nos propone nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera.

La primera lectura nos garantiza que no estamos solos frente a los dramas y sufrimientos; Dios va a nuestro lado y, con amor de Padre, cuida de nosotros, nos da la mano, nos conduce al encuentro de la vida eterna y verdadera.  A nosotros nos queda reconocer su presencia (a veces tan discreta que no la notamos) y, con humildad y sencillez, aceptar su amor.

Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Cristo como sacerdote, mediador entre Dios y los hombres.

De esta lectura podemos sacar dos consecuencias para nuestra vida. 

La primera, es tener plena confianza en Dios y vivir con esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestras fallos, siguen creyendo en nosotros y sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a trabajar por todos aquellos que son humillados, explotados e incomprendidos.

El Evangelio de San Marcos nos presenta el episodio del ciego Bartimeo.

Bartimeo representa la marginación a la que una sociedad puede llegar a someter a un ser humano.  Bartimeo es para nosotros hoy la imagen de la desesperanza.

La desesperanza del que se da por vencido, del que ya no cree en nada ni en nadie, del que ha perdido la ilusión, del que ha sido tan golpeado por los demás o por la enfermedad que sólo quiere que lo dejen en paz. 

Desesperanza de muchas personas que se sientan cada día delante de la televisión para ver pasar la vida de otros, vidas engañosamente felices, de ricos, artistas, famosos y todo para conseguir que por un momento olvidemos la mediocridad de nuestras vidas.

Hoy nosotros estamos llamados a levantar a tanta gente que vive así: una vida de marginación.  Tenemos la misión de hacer levantar a la humanidad y llevarla hasta Jesús.  Porque hay mucha gente que se encuentra al borde del camino.

Al borde del camino quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!

Al borde del camino de la vida hay mucha gente que no puede disfrutar de la vida porque están marginados o son pobres; hay jóvenes que no saben vivir porque creen que la vida se vive al margen de Dios; hay gente que anda viviendo una vida sin sentido porque no ven el camino, pues le dieron todos los medios para vivir, pero no les dieron lo más importante: razones para vivir.  Hay tanta gente que son pobres de cariño, de esperanza, de ilusiones.  Y todas estas personas tienden su mano y nos gritan para que los escuchemos y les tendamos nuestra mano para ayudarlos.

Pidámosle hoy nosotros a Jesús, como el ciego Bartimeo: Maestro, que pueda ver.  Que podamos ver que nuestro mundo no es sólo esas tristes noticias que a diario vemos en los medos de comunicación; también hay muchas personas cuyas vidas son un proyecto de amor, bondad y servicio, aunque esto no sea noticia.

Maestro, que pueda ver.  Que pueda ver no sólo los defectos de los demás sino sobre todo las buenas cualidades, valores y virtudes de las personas con los que convivimos y tenemos que hacerlas felices.

Y que Jesús nos responda: “Anda, tú fe te ha salvado” y que al momento recobremos la vista y lo sigamos por el camino con un nuevo rayo de luz, de ilusión y de esperanza.

lunes, 14 de octubre de 2024

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo, nos recuerda que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos. Hoy celebramos también la Jornada Mundial de las Misiones (Domund).

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios.

Los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes. En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.

En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza.

Presentándonos la figura del “Siervo” insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios, la primera lectura nos recuerda que Dios, siguiendo su lógica viene, tantas veces, a nuestro encuentro en la pobreza, en la pequeñez, en la sencillez, en la fragilidad, en la debilidad.

No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos.

La carta a los Hebreos, nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.

Los seguidores de Cristo estamos invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra pereza, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.

En el Evangelio de san Marcos, Jesús invita a los discípulos a no dejarse manipular por los sueños personales de ambición, grandeza, poder y dominio, sino a hacer de la vida un don de amor y de servicio.

Hoy, con motivo de la petición de los dos discípulos de “sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”, hemos leído unas palabras de Jesús sobre el poder.

El deseo de poder es una de las grandes pasiones del hombre.  Todos de alguna manera queremos ejercer alguna forma de poder.  Imponemos muchas veces nuestra manera de ver las cosas; queremos decir siempre la última palabra; incluso las simples conversaciones normales son con frecuencia más una lucha que un diálogo sereno y respetuoso.

Muchas veces, en las relaciones entre diferentes países se da una cierta tendencia de autoridad y de súbdito, de explotador y explotado.

El evangelio de hoy encontramos una descripción muy clara de los problemas del poder: “ya sabéis que los jefes de las naciones las gobierna como si fueran sus dueños y los poderosos os oprimen”. 

Jesús habla en contra del dominio, la explotación, la usurpación del poder.  San Lucas llega a hablar de una manera irónica diciendo: “y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores”.

Jesús nos propone un camino: “Pero no debe de ser así entre vosotros:el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos”.  Estas palabras son el programa cristiano ante el carácter, a veces injusto, del poder. Jesús sabe que habla en un mundo que piensa y vive al revés, que consideran primero a quien está en lo alto de la escala social.  El mensaje de Jesús es: hay que cambiar las categorías, hay que empezar a servir abandonando las ganas de dominar y ser servido.

“El Hijo del hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir”.  Con su palabra y con su vida Jesús condena como inhumanos la opresión y el dominio de unos seres sobre otros.

El error más grande es querer mandar para ser el primero y que nos sirvan.  Hay que ser como el Hijo de Dios; Él es el verdadero hombre, Él es el que se coloca al lado de los demás hombres, de todos, en actitud de acogida y de servicio, sea quien sea.

lunes, 7 de octubre de 2024

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre las elecciones que hacemos; nos recuerda que no siempre lo que reluce es oro y que es necesario, a veces, renunciar a ciertos valores perecederos, a fin de adquirir los valores de la vida verdadera y eterna.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos invita a buscar la verdadera sabiduría que es un don de Dios.

Los programas de estudio de los escolares y profesionales, son cada vez más duros, más exigentes. A los profesionales se les pide una mayor y mejor preparación para desempeñar debidamente su oficio.

La gente, por tanto, estudia más, está mejor preparada y sabe más. Pero hay una sabiduría que no se aprende en los libros, sino que viene de Dios; procede de un corazón recto y tiene su origen en la humildad del hombre y grandeza de Dios. De esta sabiduría nos habla la primera lectura de hoy.

Sabiduría es saborear la vida, es saber vivir en armonía con el mundo, con los demás seres humanos y con Dios. Ser sabio no equivale a ser un científico. La sabiduría es más un conocimiento de la vida, de Dios y de todo lo necesario para vivir bien y ser feliz. Sabiduría y felicidad van de la mano.

La sabiduría es lo máximo a lo que un ser humano puede aspirar. De nada vale todo el conocimiento científico, todas las riquezas del mundo, toda la fama y todo el poder, la salud y la belleza, si no se sabe vivir en armonía con Dios, con los demás seres humanos y con el mundo, si no se aprende a amar, a disfrutar y a ser felices.

Quien quiera ser “sabio de verdad”, ha de ponerse a hablar con Dios y recibir de Él la Sabiduría como regalo que de Él procede. Quien se deje guiar por la luz de esta sabiduría, está en el camino de Dios.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios, es Dios mismo que nos habla, nos guía, nos alienta, nos anima y también nos juzga. 

La Palabra de Dios nos ayuda a discernir el bien y el mal y a realizar las opciones correctas. Cualquier persona que se acerque a la Palabra de Dios va a encontrar algo que le resulte interesante para su vida. Tenemos que descubrir la necesidad de confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios, ella nos puede aclarar nuestra vida, discernir nuestras intenciones, ayudarnos a crecer.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado al joven rico que le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para salvarse.

No parece que muchas personas estén interesadas en ganarse la vida eterna. Aparecen muchos libros y recetas para ganar dinero, éxito, poder, pero casi nadie parece estar interesado en saber cómo ganarse la vida eterna, la plenitud de la vida.

El joven rico le dice a Jesús que cumple todos los mandamientos, pero el Señor le dice que sólo le falta una cosa para ganarse la vida eterna: “vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo”.

La ambición del dinero, aunque a veces no lo tengamos, nos lleva a destruir y destruirnos con tal de tenerlo.  El rico nunca se conforma con lo que ya tiene, siempre desea más y destruye lo que sea para tener más dinero.

El grave problema de nuestro mundo no es la falta de alimento pues Dios ha hecho un mundo donde hay recursos suficientes para todos los seres humanos.  El problema está en las desigualdades económicas existentes.  Hay zonas muy pobres, pero a la vez en esas mismas zonas unos pocos gozan de unas riquezas inmensas derrochando y consumiendo sin preocuparse para nada de los que menos tienen.

El verdadero problema es la ambición. La ambición provoca la corrupción, la violación de derechos humanos, la ilegalidad, la destrucción del medio ambiente a favor de unos cuantos, miseria y pobreza. Nuestro planeta, semidestruido y agotado, nos grita que ha sido testigo en carne propia, de ambiciones que lo han saqueado y puesto al borde de su destrucción.

El agua, el aire, los árboles, las minas, lejos de ser una fuente de ingresos y bienestar para todos los hombres, se han convertido en botín de unos cuantos que saquean y arrebatan y al final dejan las zonas estériles y vacías. La afirmación de Jesús: ¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!”, es muy dura si nos la tomamos en serio.

Seguir a Jesús es muy exigente. La invitación que hace con amor a ser uno de los suyos exige tener el corazón libre. No sólo hay que dejar todos los bienes, sino que hay que repartirlo a los pobres. No basta respetar la justicia, hay que ir a la raíz del mal y fundamento de la injusticia: la ambición de la riqueza.

Acerquémonos a Jesús con todas nuestras posesiones, pocas o muchas, y veamos si no nos están atando el corazón. Miremos si nuestra ambición no ha dañado a personas, a la naturaleza, a la familia, o nuestra relación con Dios. Descubramos juntos con Jesús qué es lo que nos hace falta para encontrar una vida verdadera y plena. Y entonces escuchemos las palabras amorosas de Jesús: “Ven y sígueme”.

lunes, 30 de septiembre de 2024

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la pareja humana, del matrimonio y de la familia. Si hay una experiencia humana que más se acerque a lo que es el amor de Dios, esa es la experiencia del amor de pareja.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.

“No es bueno que el hombre esté sólo”.  Estas palabras, dichas por Dios, nos hacen ver que el hombre ha sido creado como un ser social y no como un solitario.  Si queremos realizarnos como personas no lo podemos hacer siendo seres solitarios sino relacionándonos con los demás.

La persona solitaria es aquella que tiene el corazón cerrado al amor y al compartir, que es profundamente infeliz y difícilmente conocerá la felicidad plena.

Hay personas que se preocupan sólo por hacer dinero, por realizarse en su trabajo, por el éxito y para ello renuncian al amor, a tener una familia, a no tener tiempo para los amigos.  Y un día, después de haber acumulado mucho dinero o haber llegado a ser administrador de una empresa o haber obtenido la fama, se dan cuentan que están solos y que su vida ha sido una vida estéril y vacía.

La vocación del ser humano es el amor, no la soledad.  Por ello Dios creó al hombre y a la mujer y los creó iguales en dignidad.  Hombre y mujer son iguales; se complementan uno al otro y se ayudan mutuamente.  Hombre y mujer son iguales por eso el hombre y la mujer tienen que respetarse mutuamente y se debe desterrar por completo cualquier actitud que signifique dominación, esclavitud, poder de uno sobre el otro.  La relación entre el hombre y mujer debe ser desde la igualdad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.

Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.

Sin embargo, cuando escuchamos a acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para  todos aquellos con los que compartimos la vida.

El Evangelio de san Marcos, nos presenta el proyecto ideal de Dios para el hombre y para la mujer que se aman: el sacramento del matrimonio.

El amor de un hombre y una mujer que son bendecidos por el sacramento del matrimonio tiene que ser un amor eterno e indestructible, como reflejo del amor de Dios por nosotros.

El sacramento del matrimonio pide unidad, indisolubilidad y procreación.

Igual que el oxígeno y el hidrógeno forman el agua tan necesaria para la vida, el hombre y la mujer, unidos en matrimonio forman una unidad especial para la sociedad.  El matrimonio cristiano no es un contrato sino un sacramento.

El matrimonio cristiano es indisoluble, no se puede disolver: “lo que Dios ha unido no lo separa el hombre”. 

La Iglesia sólo admite la nulidad, es decir, que aunque pareciera que hubo sacramento, pero hubo engaño o falta de libertad y no se dio el sacramento.  La Iglesia admite también la separación, es decir, que cada una de las partes se vaya a vivir por separado para salvar las dificultades de la convivencia.

Fruto del amor son los hijos.  Desde la paternidad responsable, los esposos deben decidir en conciencia cuantos hijos deben tener, los que responsablemente puedan educar.

La Iglesia sigue diciendo hoy que para los matrimonios cristianos, el divorcio no debe ser un remedio sencillo y fácil para resolver los problemas de los matrimonios.

Ahora bien, cuando no hay otro camino, otra solución que el divorcio, también hemos de tener en cuenta que por ser divorciados no han sido expulsados de la Iglesia.  Los divorciados forman parte de la Iglesia, tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, a asistir a misa, a colaborar en la Iglesia y a recibir la ayuda que necesiten para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.

El divorcio es un mal y no está de acuerdo con el plan de Dios, pero las raíces que llegan a ese mal, están en un mal de fondo: la falta de amor verdadero a la hora de casarse y la falta de madurez humana para dar ese paso importante.

Pidamos al Señor que renueve en todos los que están casados el compromiso matrimonial que un día expresaron ante Dios y ante la Iglesia.

lunes, 23 de septiembre de 2024

 

XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingonos hablan de que “Nadie tiene el monopolio de Dios”. Nadie controla a Dios, ni nadie tiene la exclusividad de Dios, pero nadie puede hacer con Dios y su Iglesia lo que él quiera. Todo tiene que ser conforme a los valores del Evangelio.

La 1ª lectura del libro de los Números nos cuenta cómo Moisés tiene colaboradores, los 70 ancianos, para llevar a cabo su misión; pero Dios elige a dos, Eldad y Medad, que no estaban en la reunión y Moisés no se siente celoso por eso.

Los celos representan un grave problema tanto en la convivencia familiar, como en las relaciones de trabajo, en las relaciones humanas.

Los celos nos vuelven egocéntricos y si una persona celosa es un peligro cuando se deja llevar por los celos, mucho más peligroso es un grupo social movido por los celos, con el agravante de que en esos grupos, todos se autoconvencen de tener y estar en la verdad absoluta.

Los celos hacen que nos dé tristeza todo aquello que los demás hacen bien; que no seamos generosos, que no reconozcamos las capacidades del otro. 

Por celos caemos en fanatismos e intolerancia e impedimos que otras personas valiosas, nos ayuden al bien de la comunidad.  Por celos no compartimos el peso de la responsabilidad porque creemos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otros.

¡Cuánto bien podríamos hacer por el bien común, por el bien de nuestra propia vida personal si no actuáramos por celos sino por el bien de la comunidad, compartiendo responsabilidades y no actuando por celos!  ¡Cuántas cosas tendrá Dios que dejar de hacer porque por celos impedimos que se lleve a cabo la obra de Dios en el mundo!

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no poner nuestra esperanza y nuestra confianza en el dinero porque éste se acaba.

Dios ha creado las riquezas para cubrir las necesidades de los hombres.  Lo que se denuncia en la lectura de hoy es el abuso de la riqueza y el poder e injusticia que lleva consigo.

Hacer dinero es el único objetivo en la vida para muchas personas. El dinero puede darnos satisfacciones inmediatas, y quizás hace que los demás nos vean como gente importante, pero todo esto no sacia nuestra sed de felicidad, de vida eterna.

No podemos, pues, acumular riqueza a costa de la miseria y de la explotación a los seres humanos.  El dinero mal adquirido nos aleja de Dios.  El dinero bien adquirido con nuestro trabajo y entrega, Dios lo hace crecer y lo multiplica, por ello atesoremos para Dios y evitemos la ambición de las riquezas.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos disgustados porque otras personas expulsaban demonios en el nombre del Señor y se lo quisieron impedir. La respuesta de Jesús es una llamada a la tolerancia: “No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”.

Como cristianos no debemos presentar al mundo es escándalo de la desunión de las personas que hacen el bien.  Debemos alegrarnos cuando desde otros grupos y de modo diferente al nuestro se trabaja en favor de las personas, y por lo tanto en favor del reino de Dios.  Debemos sumar nuestros esfuerzos a los de todas las personas de buena voluntad, aunque no compartan nuestra misma fe.

Si todos buscamos la paz, la justicia, la igualdad y la fraternidad, ¿para qué pelearnos entre nosotros y vivir enfrentados? Esto lo podemos aplicar a todos los ámbitos de la vida: a la política, a la religión, a la convivencia social o familiar.

Los políticos que luchan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los obreros que logran una mayor solidaridad, los educadores que se desviven por educar para la responsabilidad, aunque no parezcan siempre ser de los nuestros, “están a favor nuestro” si se esfuerzan por un mundo más humano.

Hay muchos que están buscando el bien de nuestra patria, hay quienes se dicen dispuestos a grandes sacrificios, pero se necesita abrir el corazón y los oídos a las propuestas de los demás. Hay descalificaciones tan sólo porque no es de nuestro grupo y se cierran grandes posibilidades. La solución es la acogida, la escucha y la colaboración, más que imponer nuestras ideas por la fuerza. A veces es más fácil criticar que abrir el camino, descalificar que poner manos a la obra.

Cuando hay tantas cosas que nos unen, ¿por qué sembrar la división? 

No puede haber envidias porque otros hagan el bien ¡Lo importante es que se haga! Jesús nos hace una llamada a la tolerancia, al respeto, a la alegría por el bien hecho sin importar quién lo haga. El discípulo, de ayer y de hoy, ha de saber valorar y trabajar, hombro con hombro, con todo aquel que busque el bien y luche por un mundo más justo y fraternal.

lunes, 16 de septiembre de 2024

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


El afán de superación, el deseo de ser el primero, de triunfo y éxito en la vida, parecen, en principio, aspiraciones legítimas del ser humano; el problema está en los medios que utilizamos para alcanzar esas metas.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, nos presenta la eterna lucha entre el bien y el mal.

Para muchas personas la vida es para pasarla bien. Por lo tanto los que tienen una manera diferente de vivir la vida, aquellas personas que no comparten esa actitud y conducta nos resultan incómodos.

Al hombre justo lo queremos eliminar o al menos callar porque nos estorba. Como nos estorban todas aquellas personas que han levantado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.

Las personas que viven y quieren vivir en una sociedad de derecho, de justicia, de paz, de solidaridad y respetuosa con las leyes y valores; las personas que quieren vivir fieles a Dios, no son muy bien valoradas, sin embargo, hoy, para muchos jóvenes, las personas a imitar son aquellos que no tienen respeto por nada, que se burlan de la ley, que pisotean los derechos y la moral; para muchos el único fin de la vida es el éxito, el poder, el dinero y no se detienen ante nada ni nadie para obtener estas cosas, aunque tengan que chantajear, traicionar, asesinar o robar. Todo se vale si me hace feliz.

Por eso el hombre justo es, muchas veces, atacado, puesto a prueba en su fidelidad y ejemplaridad. Pero el hombre justo sale victorioso de las pruebas que le ponen los malvados porque Dios está con él.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña que hay personas que hacen el mal, y presumen de hacerlo y además no está dispuestos a aceptar ningún tipo de corrección.

Vivimos en una cultura competitiva: competencia para tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; en el poder; en ser más influyentes, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando. Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y combates están al orden del día.

La mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir todo esto.

¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder! Todo esto crea divisiones y destruye a la comunidad y a la persona.

En el Evangelio de san Marcos Jesús nos decía: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
Qué diferencia entre los intereses de los discípulos y los de Jesús. Ante el solemne anuncio de Jesús, ellos discutían quién iba a ser el primero, quién era el más importante. Y eso sigue pasando en nuestro mundo, y entre nosotros. Y el mundo sigue por ese camino. Todo se resume en ser importante, figurar, ser alguien.

Para algunas personas servir a los demás, servir al pueblo se utiliza con frecuencia como un trampolín para buscar ante todo dinero o poder. Jesús no habla de este tipo de servicio sino de un servicio sin factura ni beneficios.

Los apóstoles – y nosotros, tantas veces – nos dejamos guiar según la mentalidad humana. Este es el criterio del mundo: ser más que los demás, ser los primeros, ocupar los mejores puestos, “salir en la foto”, prosperar nosotros, y despreocuparnos de los demás. Y eso pasa en la política, en la vida social, en la familia y en la comunidad eclesial.

Como sociedad hemos caído en el gran error de confundir éxito y triunfo individual con bienestar y felicidad social. Así vivimos, así luchamos y así educamos: desde los primeros años buscamos que los niños aprendan a competir, a ganar, al triunfo individual, a ser más que los demás, para que no sean unos fracasados e ineptos. Les decimos que si no pisan, serán pisados por los demás, que van a vivir en una sociedad competitiva… que miren a los otros como enemigos. Y así, creamos “monstruos sedientos de placer” que después son incapaces de servir, de ser generosos, de amar.

Los apóstoles, y nosotros también, creemos que para triunfar en la sociedad hay que estar necesariamente entre los primeros. Jesús nos enseña que debemos ser los últimos, disponibles, preocupados más de los demás que de nosotros mismos, servidores y no dueños.

No es extraño que los oyentes de Jesús – de entonces y de ahora – no entiendan y les “dé miedo” oír estas cosas: ser últimos.

Recordemos las palabras de Jesús hoy: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”