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lunes, 31 de marzo de 2025

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


Las lecturas de este domingo V de Cuaresma nos hablan de la experiencia de haber sido transformado por el Señor, de haber vivido personalmente la conversión.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos decía: “No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo
”.  Esto es lo que dice el Señor a su pueblo para que olviden su pasado pecador y se abran al futuro que el Señor nos está dando.

El profeta Isaías nos invita a mirar hacia delante.  Lo pasado ya no volverá.  Los errores cometidos no se podrán corregir.  Los éxitos alcanzados no se repetirán.  Lo que quedó roto no se podrá pegar.  El pasado fue pero ya no existe.  Nada podemos hacer por cambiarlo. Sucedió así y se acabó.

“Yo voy a realizar algo nuevo”, nos decía el Señor.  El que se quede mirando al pasado se va a perder eso nuevo que Dios quiere hacer con nosotros. No podemos quedarnos mirando el sufrimiento del pasado porque no tiene ningún sentido. 

Muchas personas viven arrastrando cargas pesadas de su pasado.  Traen al presente una y otra vez lo que quedó en el pasado.  Ya lo han superado, pero aún lo arrastran como una pesada carga a la que creen estar condenadas y de la que no pueden liberarse.  Incluso mucha gente que viene a confesarse se acusan  “de todos los pecados de mi vida pasada”.  Como si no hubieran quedado ya perdonados.  Como si Dios, después de haberlos perdonado, aún tuviera en cuenta esos pecados.  Como si Dios se resistiera a olvidar lo que ya ha perdonado.  Si vivimos así no estaremos entendiendo a este Dios que quiere olvidar nuestro pasado y comenzar algo nuevo con nosotros.

En este tiempo de Cuaresma, se nos invita a dejar definitivamente atrás el pasado y adherirnos a la vida nueva que Dios nos propone.

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses es una llamada a liberarnos de la “basura” que nos impide encontrarnos de verdad con Cristo e identificarnos con Él.

Hay personas que toda su vida se la pasan codiciando cosas, sin embargo, para quien quiere seguir a Cristo, nada ni nadie es más importante que la fe y llegar a un conocimiento de Cristo.  Tenemos que esforzarnos, día a día, por alcanzar el mejor premio: conocer más a Cristo y vivir la caridad.

Si los deportistas se preparan duramente para ganar una medalla en las olimpiadas, San Pablo nos invita a alcanzar un premio decisivo: ¡la posesión de Dios!

Hay que avivar nuestra fe para lograr un mayor acercamiento al Señor.

El Evangelio de San Juan nos relataba hoy el episodio de la mujer adúltera.

Los escribas y los fariseos presentan a Jesús una mujer adúltera que, según la ley judía, tenía que morir apedreada. Aquella pobre mujer no tenía excusa, no tenía salvación, ya que la ley era dura y tajante.  Jesús no podía condenar a aquella pobre mujer, tan injustamente condenada por la ley judía: la ley hecha por los hombres y para los hombres. Pero, por otro lado, Jesús no podía defender el adulterio.

¿Qué responde Jesús?: “El que esté limpio de culpa, el que no tenga ningún pecado, que arroje la primera piedra contra esta mujer”.  Y los acusadores, avergonzados, se marcharon. Quedaron solos Jesús y la mujer adúltera. Jesús quería a los pecadores, no al pecado. El pecado es en sí mismo un castigo. No hace falta que nadie lo condene, él mismo se condena. Todo pecado origina dependencia y tristeza. Y Jesús nos quiere libres y dichosos. Así, hace a la mujer una corrección fraterna. Y Jesús pronuncia su segunda sentencia: “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”.

Los acusadores de la mujer no eran mejores que ella; sólo habían sabido ocultar mejor que ella sus pecados. Antes de condenar a alguien debemos primero reconocer nosotros nuestros propios errores y pecados.

Hoy, de esta Palabra de Dios, todos podemos aprender un mensaje de salvación: Cuando no tengas a nadie que te comprenda, cuando los hombres te condenen, cuando te sientas perdido y no sepas a quién acudir, has de saber que Dios es tu amigo. Él está de tu parte. Dios comprende tu debilidad y hasta tu pecado.

Esa es la mejor noticia que podíamos escuchar los hombres. Frente a la incomprensión, los enjuiciamientos y las condenas fáciles de la gente, el hombre siempre podrá esperar en la misericordia y el amor infinito de Dios. Allí donde se acaba la comprensión de los hombres, sigue firme la comprensión infinita de Dios. Si perdemos el sentido del perdón, nos convertiremos en inmisericordes. Necesitamos experiencia de ser perdonados para poder construir una convivencia fraterna y reconciliada.

Esto significa que, en todas las situaciones de la vida, en toda confusión, en toda angustia, siempre hay salida. Todo puede convertirse en gracia. Nadie puede impedirnos vivir apoyados en el amor y la fidelidad de Dios.

lunes, 24 de marzo de 2025

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


En la mitad de nuestro camino de Cuaresma, celebramos hoy el IV domingo de Cuaresma, conocido con el nombre de “Laetare” (Alégrense o regocíjense), porque con estas palabras empezaba el canto de entrada que la antigua tradición litúrgica romana asigna a la misa de hoy.

La 1ª lectura del libro de Josué nos presentaba el momento en el que el pueblo de Israel entra en la Tierra Prometida y celebra gozoso la fiesta de la Pascua, la primera Pascua en libertad.

Como el pueblo de Israel, en este tiempo de Cuaresma, estamos invitados a acabar con todo lo que hay en nuestra vida que nos esclaviza, para poder pasar, definitivamente, a una vida nueva, la vida de la libertad y de la paz.

El pueblo de Israel, mientras estuvo por el desierto fue alimentado por Dios con el maná, a partir de la primera fiesta de la Pascua se alimentará de los frutos de la tierra.  A veces, también, nosotros queremos alimentar nuestra fe de milagros y de hechos extraordinarios.  Sin embargo tenemos que vivir nuestra fe en Dios desde la experiencia de cada día, desde la lucha de cada día, desde el trabajo de cada día.  Tener fe y tener confianza en Dios no puede alimentarse de cosas que estén fuera de lo normal, sino que tenemos que vivir nuestra fe y ver la mano de Dios en todos los momentos normales de nuestra vida.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos decía: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.”

Reconciliarse nos llena de paz, pero puede ser duro y difícil.  Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas, dejar atrás muchas cosas y abrir nuevos caminos.  En definitiva, reconciliarse con Dios, es salir de nuestra comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir una aventura con Dios.  Reconciliarse con Dios, significa estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejar atrás ese pasado, por más que nos siga siendo atractivo.

Para reconciliarse de verdad con Dios y con nuestros hermanos, no basta solamente acudir al sacramento de la confesión para recibir el perdón de Dios, hay también que arrancar del alma las causas por las cuales nos alejamos de Dios y llenar nuestro corazón del amor a Dios.

Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.

El evangelio de San Lucas, nos ha relatado hoy la parábola del hijo pródigo, o mejor dicho la parábola del padre bueno y misericordioso.  Porque es el padre el verdadero protagonista de esta historia. 

Todos nosotros tenemos mucho del hijo pródigo y del hijo mayor.

Nos parecemos al hijo pródigo: cuando nos apartamos de Dios; cuando nos olvidamos de Dios; cuando le damos la espalda a Dios; cuando cerramos nuestros oídos, nuestro corazón, nuestra conciencia a la palabra de Dios; cuando buscamos la felicidad lejos de Dios, fuera de la casa del Padre; cuando ponemos nuestra meta y nuestra aspiración solamente en las cosas materiales.

Pero nos parecemos también al hijo pródigo cuando, habiéndonos apartado de Dios, reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos de ellos y le pedimos perdón a Dios.

Nos parecemos al hijo mayor: cuando ponemos la legalidad y el orden por encima del amor; cuando no sabemos perdonar; cuando tenemos fe, pero no tenemos amor; cuando no nos alegramos con el arrepentimiento de otras personas; cuando nos consideramos perfectos y cumplidores y juzgamos y condenamos a todos los que no son como nosotros.

Desde luego, el hijo mayor, aun estando en casa con el padre, era el que estaba más lejos del padre.

El padre es el personaje central de la parábola: un padre que nunca deja de querer y de esperar a su hijo, aunque éste se haya alejado y olvidado del padre; un padre que sale contento y feliz al encuentro del hijo, cuando éste regresa; un padre que ama, disculpa y perdona a su hijo; un padre que organiza una fiesta, porque su hijo ha regresado.  Así es Dios.

Dios es un Padre que no puede ser feliz viendo a sus hijos arruinados e infelices.

Dios es Padre y nos quiere y se llena de alegría cuando hacemos el bien y, porque nos quiere, se entristece cuando hacemos mal.

Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida. Siempre está abierta la puerta del corazón de Dios.

lunes, 17 de marzo de 2025

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


En este III domingo de Cuaresma, las lecturas de la misa de hoy nos hablan de la necesidad de convertirse, de volverse a Dios.  Para animarnos a esta conversión las lecturas destacan también la misericordia y la paciencia de Dios.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos recuerda cómo Dios elige a Moisés para ser el líder que libere a su pueblo de la esclavitud.

La humanidad exige hoy una liberación política, cultura y económica: los pueblos luchan por su libertad, no queremos hoy dictaduras, aunque sean disfrazadas de democracias; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad; los obreros luchan por el derecho a un trabajo digno; las mujeres luchan por la defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema educativo que los prepare bien para desempeñar un papel útil en la sociedad.

Tenemos que ser conscientes que donde haya una persona que trabaje por un mundo más justo y más humano, allí está Dios, ese Dios que no está de brazos cruzados ante las injusticias.

Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres y mujeres de buena voluntad que aceptan, como Moisés, ser instrumentos de Dios para mejorar este mundo.

Ante los sufrimientos e injusticias hay que preguntarse: ¿qué estoy haciendo?  ¿Vivimos con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás? O ¿Somos como Moisés que colaboramos con Dios en la construcción de un mundo más justo y más humano?

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos advierte que cumplir ritos externos y vacíos no es lo importante; lo importante es estar en comunión con Dios, hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo a los planes de Dios.

San Pablo nos dice que en el éxodo, todos cruzaron el mar rojo y todos se alimentaron de la misma comida y bebida, pero no todos llegaron a la tierra prometida.  El que todos los cristianos hayan recibido el mismo bautismo y participen de la misma Eucaristía, puede que tampoco sea suficiente para alcanzar la salvación. 

Los sacramentos no son ritos mágicos que produzcan su efecto mecánicamente; exigen nuestra colaboración de fe y de vida.  El pertenecer a la Iglesia “no es un seguro de vida”.  Lo importante es como dice Jesús: “escuchar y practicar la Palabra de Dios”.

Hay que dejar de aparentar ser cristiano y optar por ser cristiano de verdad.

El Evangelio de San Lucas nos ha relatado unos hechos trágicos que ocurrieron en tiempos de Jesús. 

La vida moderna ha traído consigo un aumento notable del número de muertes repentinas. Hombres jóvenes destruidos por el infarto o la crisis cerebral. Vidas destrozadas en cualquier carretera. Accidentes laborales y tragedias de todo tipo.

Todos sabemos que nuestra vida es limitada y que siempre está amenazada por la enfermedad, el accidente o la desgracia. Es una equivocación considerar la muerte como algo irrelevante y cerrar los ojos a una realidad que pertenece a la misma vida: la existencia de cada persona puede quedar truncada en cualquier momento.  La posibilidad de que de nuestra vida acabe en cualquier momento nos ha de hacer pensar qué estamos haciendo con ella.

Ante la posibilidad de que nuestra vida se acabe en cualquier momento, es urgente la necesidad de convertirnos porque no sabemos ni el día ni la hora, porque si no nos convertimos ahora, no hay esperanza para después de la muerte.

Jesús nos invita a tomarnos la vida con responsabilidad. Hay personas que todavía piensan que siempre hay tiempo para cambiar, quizás el año que viene, quizás unos momentos antes de morir me arrepentiré, pediré perdón y todo arreglado. No podemos jugar con Dios y mucho menos con la vida. Dios nos llama a través de las desgracias propias y ajenas, a través de los acontecimientos de cada día, en el sufrimiento de los demás, en la injusticia y en las tareas por hacer un mundo mejor, Dios nos llama a que nos mojemos, a que nos impliquemos, a que nos convirtamos.

Nosotros somos esa higuera del Evangelio y hemos de dar frutos.  Es triste que en nuestros ambientes llamados cristianos, se den los graves pecados sociales y personales que destruyen la armonía y ofenden la dignidad de las personas.

Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide Jesús. Hoy es tiempo especial para mirar seriamente nuestras vidas y examinar los frutos que estamos dando.

lunes, 10 de marzo de 2025

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.

Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.

El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.

La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.

¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.

Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.

Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.

Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.

El Evangelio de san Lucas nos presenta la Transfiguración del Señor. Jesús se lleva a sus discípulos al monte, al silencio y allí les muestra su gloria, allí el Padre hace oír su mensaje: “Éste es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”.  

Hoy se nos dirige a nosotros esas palabras.  Es difícil escuchar.  Muy difícil.  Oímos ruidos.  Mucha gente vive la experiencia de que su palabra se convierte en un ruido más de tantos que escuchamos.  Algunos llegan a decir: “Me siento solo, nadie me escucha, nadie me toma en serio, nadie toma en serio lo que digo”.  Es tremenda la soledad que siente las personas que no son escuchadas. 

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.

La soledad es saber que nadie te escucha, que nadie guarda tu palabra en su corazón, que nadie te comprende. Que nadie te presta atención.

Dios, nuestro Padre, nos pide hoy que lo escuchemos, que le prestemos atención, que le demos importancia a Él, que escuchemos a su Hijo que es la Palabra de Dios, su enviado.  Hay que hacer las “obras de Dios”, pero es necesario también escuchar a Dios.  Cuando escuchamos a Dios vamos a sentir que Dios también nos escucha a nosotros, que nos toma en cuenta.

Nos sobran ruidos, preocupaciones, ansiedades, por eso necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escuchar seriamente a Dios que nos habla.  Hay que escuchar a Jesús porque sabemos que dice la verdad.  Porque sabemos que Él nos puede decir por qué vivir y por qué morir.  Hay que escuchar a Jesús porque así descubriremos cual es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Hay que escuchar a Jesús para darnos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Que no se nos olvide que ser cristiano es vivir escuchando a Jesús, sólo desde la escucha, cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana.  Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

lunes, 3 de marzo de 2025

 

MIÉRCOLES DE CENIZA (CICLO C)


Las Lecturas de este importante día con que la Iglesia da inicio a la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, nos llaman a la conversión, al arrepentimiento y a la humildad… tres cosas que hay que tener en cuenta en este tiempo especial que llamamos Cuaresma, durante el cual debemos prepararnos para la conmemoración de la Pasión y Muerte del Señor y la celebración de su Resurrección triunfante el Domingo de Pascua. 

Al empezar la cuaresma, Jesús en el Evangelio de hoy nos ofrece tres herramientas, tres actividades que son necesarias para renovar y confirmar nuestro seguimiento de Jesús, y expresar la nueva vida que Dios ha hecho nacer en nosotros: la oración, el ayuno y la limosna. Constituye un buen programa para este tiempo. Cada uno de nosotros debiera salir de esta celebración de hoy concretando la práctica de este ejercicio cuaresmal: ¿Cómo y cuándo rezaremos a este Dios estos 40 días? ¿De qué cosas ayunaré este año? ¿Qué gesto de amor haré a favor de mis hermanos, en especial de los más necesitados?

La oración ha de ocupar un lugar preferente en el tiempo de Cuaresma. Una oración permanente y fiel al momento del día que hayamos decidido elegir. Una oración que refuerce nuestros vínculos con Jesús. Una oración que sea un diálogo amoroso con el Señor que consiste en hablarle, en explicarle nuestras cosas, las necesidades de los hermanos, en escucharlo en todo aquello que Él nos dice en el evangelio y en el fondo del corazón. Una oración en la que expresemos cómo lo amamos, y en la que sintamos su amor, su entrega, al contemplarlo clavado en la cruz y glorioso una vez resucitado. Y eso tanto en su persona, como en la de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

En un mundo como el nuestro, enloquecido por el consumo, la diversión, la evasión, y que nos endurece el corazón ante tanta creciente pobreza y tanto sufrimiento, necesitamos ayunar. No porque nos guste el ayuno por el ayuno, ni porque esperemos acumular muchos méritos ante Dios, sino porque el ayuno nos hace capaces de abrir los ojos y de esponjar el corazón, nos hace más libres para amar y seguir a Jesús. Ayunar de aquello que nos engorda de orgullo, de vicio, de pasiones, de ataduras con las cosas, de ser esclavos de nosotros mismos y nos priva de amar, de llenarnos de Dios y de los demás. Cada uno verá de qué cosas debe ayunar. Y sabemos que no siempre el ayuno deberá ser de comida y bebida. ¿Qué ayuno hará cada uno durante esta Cuaresma para ampliar su capacidad de amar?

La limosna, ha de ser también signo de nuestra sincera conversión cuaresmal, de la autenticidad de nuestra oración, de los frutos de nuestros ayunos. Dar y compartir nuestro dinero, las cosas, el tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Tener demasiado hace daño. Nos hace incapaces de andar ligero, nos esclaviza, nos distancia de los demás, nos aprieta el corazón. ¿Qué daré a los demás en esta Cuaresma? ¿Más tiempo a mi familia, mayor delicadeza a mi trato con los demás? ¿Vaciar algo mi bolsillo para llenar el de aquellos que lo tienen vacío? ¿Qué haré para ser más solidario con el mundo pobre y marginado? ¿Con qué grupos puedo colaborar o aportar mi ayuda? Aquello que ahorre con mi ayuno y privaciones cuaresmales, ¿por qué no lo entrego a los necesitados?

El gesto penitencial de la imposición de la ceniza y el acercarnos a la mesa del Señor para recibir la Eucaristía han de ser expresión ante Dios y la comunidad aquí reunida de nuestro firme compromiso de ser fieles al Señor. Han de ser, también, reconocimiento de nuestra debilidad, de nuestra condición pecadora, de nuestras ganas de renovar la vida y la necesidad que todos tenemos de la comunión con Jesús.


En este tiempo de cuaresma estamos invitados a intentar recuperar el espíritu verdadero de nuestra fe, el sentido de porqué somos y nos llamamos cristianos, y esto sólo lo conseguiremos si nos tomamos en serio seguir a Jesús. Hacer del Señor el centro de nuestra vida.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio es una manifestación de fe.  El pueblo tiene que recordar su historia para no olvidarse de todo lo que Dios ha hecho por ellos.

Una persona o un pueblo que desconoce su historia es como un árbol sin raíces o un edificio sin bases. Está abocado a repetir los mismos errores del pasado. Una de las características del hombre actual, es precisamente su poco interés por la historia y por todo aquello que implique esfuerzo y sacrificio. El hombre de hoy prefiere las cosas prácticas, fáciles y rápidas.

Algunas personas pobres que lograron, por algún medio, cierta capacidad económica, son quienes más desprecian y explotan a sus hermanos.  Algunos padres de familia que pasaron una niñez difícil, y tuvieron que trabajar fuerte para progresar, hacen hasta lo imposible para ofrecerles a sus hijos todo lo necesario y hasta más, con el fin de evitarles las fatigas y sufrimientos que a ellos les tocó vivir. Muchos de estos niños y jóvenes crecen como en una caja de cristal, totalmente protegidos y dependientes. Se convierten en personas duras de corazón, miedosas e incapaces de hacer compromisos serios por su vida y por los demás. Se avergüenzan del pasado de sus padres y hasta preferirían tener otro apellido de más tradición.

Esta primera lectura pretende mantener viva la memoria histórica en el pueblo. Para que el pueblo valore y agradezca la entrega de sus antepasados y la acción de Dios en él. Para que no desprecie a los más pobres, pues él mismo fue pobre y esclavo. Para que acoja a los forasteros, pues él fue forastero en otros países. Para que comparta solidariamente con los hambrientos, pues él también pasó hambre. Para que no se convierta en explotador, pues él también fue explotado. Para que en tiempo de crisis luche por estar mejor, pues la voluntad salvífica de Dios es la plena libertad y la felicidad para sus hijos.

Vale la pena que como personas, como familia y como pueblo, mantengamos viva nuestra memoria histórica.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que nuestros labios pueden pronunciar la mejor oración dirigida a Dios si las palabras son una auténtica confesión de que Jesús es nuestro único Señor. Nada ni nadie debe ocupar nuestra mente ni nuestro corazón por encima de Él. Ningún otro señor de esta tierra puede satisfacer nuestras ansias de plenitud. Más bien, nos dejan más sedientos e insatisfechos. Dios desea liberarnos, sacarnos de la muerte. Dejemos a Dios que actúe en nuestra vida.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado las tentaciones de Jesús en el desierto.  Las tentaciones son símbolo del mal y de todo lo que nos aleja de Dios. Nosotros también somos tentados.

Resulta curioso que la Cuaresma tenga lugar a continuación de los carnavales. Porque los carnavales son el tiempo de los disfraces. El tiempo de máscaras, cuando nadie quiere mostrar su propia cara y cada uno se esconde detrás de su propio disfraz. Somos los mismos, pero disfrazados. Somos los mismos pero disimulando nuestra identidad y revistiéndonos de cualquier otro personaje.

Y lo más curioso todavía es que la Cuaresma comienza también con un disfraz: con las tentaciones de Jesús que no son sino un disfraz del demonio para engañar a Jesús. Cualquiera de las tres tentaciones no son sino disfraces del mal contra el bien.

El pecado necesita revestirse del bien para que nosotros lo aceptemos libremente. El pecado se disfraza de la bondad del placer. El pecado se disfraza de la bondad de la libertad. El pecado se disfraza de la bondad del éxito. El pecado se disfraza de la trampa de que “nadie se va a enterar”.

Los enamorados se disfrazan diciendo “es que lo hacemos por amor”. Las infidelidades se disfrazan de “oportunidades”. Las mentiras se disfrazan de “piadosas”. Unos traguitos de más, se disfrazan “para matar las penas”.

El pecado nunca presenta la cara al descubierto. Siempre aparece escondido y disfrazado.  Pero ¿dónde está el verdadero disfraz de las tentaciones de Jesús? En tratar de justificarlas con la Palabra de Dios. Por tanto utilizar a Dios como una justificación y legitimación de lo que podía y debía hacer. Y esta es la peor tentación y el peor de los disfraces.

Jesús y el diablo aparecen como dos conocedores de la Palabra de Dios. Los dos citan la Palabra de Dios. Con la única diferencia de que el Diablo leía la Escritura según sus conveniencias. En tanto que Jesús le dio una lectura correcta.

Este tiempo de Cuaresma es tiempo de gracia para nosotros, tiempo para que reflexionemos sobre qué estamos construyendo nuestra vida. Tiempo para que elijamos adherirnos definitivamente al Señor Jesús. Que su Espíritu nos ayude a vencer la tentación de ir por la vida con nuestros disfraces. Que esta Cuaresma nos quitemos nuestras máscaras para poder reconocernos como Hijos de Dios y hermanos de nuestros prójimos.

lunes, 24 de febrero de 2025

 

VIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La Palabra de Dios de este domingo nos quiere invitar a preguntarnos acerca de nuestra mirada, nuestras acciones y nuestras palabras, para que busquemos siempre una coherencia entre nuestra vida y nuestras palabras.

La 1ª lectura del libro del libro del Eclesiástico, es un breve poema que nos invita a no equivocarnos a la hora de valorar a las personas.

¿Cómo conocer a los hombres?  La primera lectura nos señala tres criterios: la criba, el horno y el fruto. Igual que la criba separa el trigo de la cascarilla y la suciedad, así la bondad o la maldad de los hombres se reflejan en sus acciones y en sus palabras.

Igual que los fallos en las piezas de alfarería se ven a la hora de ser cocida en el horno, así las pasiones de los hombres se revelan en el calor de la discusión. Y lo mismo que los árboles se conocen por sus frutos, así los pensamientos y los corazones de los hombres se traslucen en sus palabras y en sus obras.

Por lo tanto para conocer bien a una persona, es necesario conocer antes su modo de pensar, hablar y obrar.  Por ello, la sabiduría nos recomienda extremada prudencia a la hora de juzgar a los demás, ya que sólo Dios conoce el interior de cada persona.  Así que no nos precipitemos a la hora de emitir juicios sobre las personas.

La 2ª lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios, termina la exposición que hemos venido oyendo sobre la forma de la resurrección de los cuerpos, y especialmente en torno a la forma de transformación de quienes estén todavía vivos en ese momento.

Tenemos que darle gracias a Dios que nos ha dado la victoria sobre la muerte gracias a Jesucristo. La vida cristiana ha de ser por lo tanto optimista y libre de temor.  El cristiano es un vencedor de la muerte en Cristo resucitado, por ello, en la vida del cristiano no hay lugar alguno para la tristeza, ni existe nada que nos quite la certeza de participar en la gloria en Jesucristo.  La muerte es tránsito a la gloria.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado una breve comparación o parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”.

En las parroquias comprobamos muy a menudo que se utilizan medidas diferentes para juzgar a las personas: cuando nos referimos al sacerdote, siempre le criticamos por lo que no hace y que nosotros creemos que debería hacer; cuando hablamos de los políticos o sindicalistasles dejamos verdes; cuando hablamos del compañero de trabajo, de la vecina o de la suegra, siempre son ellos los malos. Pero cuando hemos de hablar de nosotros mismos, entonces no tenemos gran cosa de que convertirnos, porque no mato, no robo, y de vez en cuando hago una visita relámpago a mis padres, a mis abuelos.

Pues bien, el Evangelio de hoy nos invita a la autocrítica: si no soy capaz de ver la viga que tengo en mi ojo, ¿cómo podré ver la mota que tiene el vecino en el suyo?

No tenemos derecho a juzgar a nadie por las apariencias -pues estas frecuentemente engañan-, ni mucho menos debemos condenar a nadie. ¿Qué sabemos de esa persona a la que ligeramente juzgamos? ¡Hay tantos dramas encerrados en el interior de la persona, tantos sufrimientos físicos y psicológicos que desconocemos, tantas razones ocultas!

Necesitamos una buena dosis de amor, misericordia y tolerancia ante las diferencias.  Por sus frutos se conoce si un árbol es bueno o malo. Diríamos también que por las palabras podemos conocer cómo es el corazón del hombre. Hay palabras duras, hirientes, que matan. Son el fruto de un corazón de piedra que no sabe amar. ¡Cuánto daño podemos hacer con nuestras palabras envenenadas! Con la palabra podemos ridiculizar, engañar, humillar, hundir… a nuestro prójimo.

¡Con qué facilidad detectamos los defectos de los demás y cuánto nos cuesta ver los nuestros!

Pensemos… ¿cómo reaccionamos cuando se nos denuncia algún defecto propio? ¿Excusándonos? ¿Negándolo? ¿Esperando que los demás también nos excusen y nos acepten así? ¿O tal vez -por casualidad- aceptamos la corrección y tratamos de cambiar? De eso se trata la seria advertencia del Señor hoy en el Evangelio.

Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y conoce muy bien nuestras “máscaras”.

Por eso es tan importante ir disminuyendo los defectos y aumentando las cualidades, que es lo mismo que decir: ir borrando pecados y creciendo virtudes.

Un buen programa de vida para esta semana: que nuestra palabra sea constructiva y no destructiva, que esté guiada por el amor y el deseo de hacer el bien.

lunes, 17 de febrero de 2025

 

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


En este domingo, las lecturas nos invitan a reconocer la dignidad de Hijos de Dios y por tanto dignos de ser amados tal como Dios los ama, a todas las personas, incluso a aquellas personas que nos insultan y persiguen y que consideramos despreciables por su forma de ser  o de actuar.

Estamos llamados a amar a todos los hijos de Dios. A ser misericordiosos, incluso con los que no lo son, porque Dios ama y es justo incluso con los que no lo aman.

La 1ª lectura del Primer libro de Samuel nos presenta el ejemplo de David.  David tenía la posibilidad de matar a su enemigo Saúl, en cambio, en lugar de matarlo, escoge perdonarlo.

La violencia se ha adueñado de nuestras vidas, de la historia de la humanidad.  En los últimos 100 años hemos conocido dos guerras mundiales y muchísimas pequeñas guerras por todas partes.  Como resultado, han muerto y siguen muriendo, muchos millones de seres humanos y el sufrimiento de muchas familias.  Existe también el miedo de una guerra nuclear y vemos diariamente en las noticias la violencia por todas partes y la violencia dentro de la propia familia.

La violencia no puede ser la solución para construir un mundo en paz, no puede ser la solución para solucionar los conflictos tanto personales como mundiales. No podemos aplicar la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.  Hay que aprender a perdonar, a amar. 

La vida humana es sagrada y no tenemos derecho a quitársela a nadie.  Por ello, en ningún caso se justifica ni podemos estar de acuerdo con la pena de muerte. 

Tenemos el derecho de exigir justicia cuando nos han causado algún daño y esto está bien, pero si sabemos perdonar al que nos ha causado ese daño, habremos actuado como auténticos cristianos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos sigue hablando, como el domingo pasado, de la resurrección de Cristo y de la nuestra.

Somos imagen del hombre terreno, pero estamos llamados a ser imagen del hombre celestial.  Por eso no hemos nacido para quedarnos aquí en la tierra sino para ir un día al cielo.  El hombre ha soñado siempre con ser un superhombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico.  Los nazis quisieron crear un superhombre y para ello mataron a 6 millones de judíos.

Sin embargo, Cristo, que es el último Adán, nos garantiza este sueño no de ser superhombres, sino algo mejor: hombres celestiales.  Con la resurrección, Dios nos garantiza que vamos a ser transformados y vamos a vivir una nueva vida no como hombres terrenales sino como hombres celestiales.

En el Evangelio de san Lucas, vemos como Jesús, nos invita hoy a amar a nuestros enemigos, a poner la otra mejilla, a perdonar siempre y a devolver con bien el mal que nos hagan. 

¿Por qué tanta gente vive descontenta? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, superficial, indiferente? ¿Por qué se enojan en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?

Quizás la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida, sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien.  El hombre está llamado a amar desinteresadamente. Y si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar.

Hoy escuchamos a Jesús que dice: “Haced el bien… sin esperar nada”. Esto puede  ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.

Es fácil terminar sin amar a nadie en la vida.  Hay muchas personas que dicen: no hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida.

Pero eso, ¿es vida? Despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, ajeno a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mí mismo, me aíslo de todo. ¿Para qué? ¿Para encontrar mi felicidad?

Vivimos en una sociedad en donde es difícil aprender a amar gratuitamente. En casi todo nos preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos.

Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene “pagando”: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión. Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en un puro intercambio de servicios.

Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la intimidad, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior… no se obtienen con dinero. Son algo gratuito, que se ofrece sin esperar nada a cambio.

Hoy, también nos dice Jesús que hemos de amar a nuestros enemigos.  El amor a los enemigos es una característica esencial del mensaje de Jesús. Es la meta que Él nos señala. Es una realidad humanamente inalcanzable. ¡Cuántas personas manifiestan un rechazo total al perdón de los enemigos! Y es ésta la meta que nos pone Jesús. Esta es la meta: amar a los enemigos.

Es evidente que solamente con nuestro esfuerzo humano no lo podremos conseguir. Por ello es necesario pedir la gracia de Dios que nos puede ayudar a hacer realidad lo que decimos en el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden… “.

Jesús nos dice: ama como yo amo, ama como yo te amo. Ama a tu enemigo. Yo te ayudaré, si quieres obtener este don. Con tu fuerza no podrás dar este paso, pero yo te extiendo la mano y te acompaño. Es éste mi camino y el tuyo. Conmigo traspasarás los límites que tú sólo no puedes traspasar. Y el perdón a los demás ensanchará tu corazón y te sentirás liberado. Y tu paz será plena. Entonces sabrás qué quiere decir amar, entonces sabrás qué es el amor.