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lunes, 14 de abril de 2025

 

JUEVES SANTO (CICLO C)


Esta tarde comenzamos, como un momento muy especial de gracia, el triduo pascual: tres días que nos sumergen de una manera especial en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador. Iniciamos, pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía como memorial de la nueva alianza. Hoy también celebramos el día del Amor fraterno y la institución del sacerdocio ministerial, íntimamente ligados a la Eucaristía.

El Señor en la última Cena quiere expresar no sólo con palabras que nos ama sino con gestos concretos.  Por eso, toma el pan, lo parte, se lo da a sus apóstoles y les dice: “Tomad, esto es mi cuerpo”  Y después, tomando el cáliz, expresa el mismo gesto: “Tomad, ésta es mi sangre derramada por vosotros; bebed de ella”  Y de esta manera Jesús realiza lo que al día siguiente realizará de forma real: entregar su cuerpo en la cruz y derramar su sangre por cada uno de nosotros.

De esta manera Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía.  Por ello la Eucaristía es el culmen, la expresión máxima de la vida cristiana.  Es culmen porque todo confluye hacia la Eucaristía y al mismo tiempo es fuente porque todo nace de la Eucaristía.  Por eso es tan importante esta celebración que estamos realizando; por eso es tan importante que participemos de la Eucaristía, porque es la participación máxima en la vida de Jesucristo; porque es lo más grande que podemos hacer es esta vida; porque es la forma más importante de participar de la vida de Cristo.

En la Eucaristía encontramos la fuente del amor de Dios a los hombres.  Comiendo a Cristo nos llenamos de amor, y vamos creciendo en el amor, para poder amar.

El segundo motivo que nos ha reunido hoy es celebrar el día el Amor fraterno. 

En la vida cristiana lo principal es elamor.  Jesús dice que este es el mandamiento primero y característico de sus discípulos.  Hasta en el plano meramente humano, la antropología moderna nos dice que el amor es una necesidad vital para el desarrollo, la existencia y la maduración del hombre.

Y, sin embargo, todos podemos caer en la tentación de hablar mucho del amor y olvidarnos de amar; quedándonos en simple retórica, repitiendo la palabra “amor”de una manera mecánica, pero sin que esa palabra exprese vida y calor.

No hay amigo que haya dado su vida por el amigo con tanto derroche de dolor y de amor como Cristo nuestro Señor. Y por eso Cristo nos dice: Esta será también la señal del cristiano, este mandamiento nuevo os doy: “Que os améis como yo os he amado”.

La gran enfermedad del mundo de hoy es: No saber amar. Todo es egoísmo todo es explotación del hombre por el hombre. Todo es crueldad y tortura. Todo es represión y violencia. Cultura de la muerte frente a la cultura del amor.

Lo que nos hace falta a todos es dejarnos amar por Cristo, dejarnos conquistar, dejarnos enamorar por Dios que hoy se nos da como pan y vino.  Hay que sentirse amado, querido, aceptado, salvado por el Amor de Dios.

Lo que nos hace falta también es saber amar.  Y para enseñarnos esto, Jesús, se pone a lavar los pies a sus discípulos.

Esta es la manera concreta de amar: la del servicio humilde, la del destalle inadvertido.  No hay que hacer grandes cosas.  Con el gesto sencillo de lavar los pies, Jesús nos enseña que hay que servir a tantas personas que viven heridas, que sufren en este mundo.

Mientras que en el mundo haya un marginado, una persona hambrienta, uno que no tiene y no encuentra trabajo, un esclavo, hay que seguir liberando y amando como nos mandó Jesús.  Hay que seguir acompañando y amando a estas personas.

Junto con la Eucaristía e inseparable de ella, más aún, en función de ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio ministerial. Es un don para la Iglesia más que un don personal. Porque fue a los apóstoles a quienes dio el Señor el mandato de hacerla “en memoria mía”.  Esta es la razón por la que en este día celebramos la institución del sacerdocio de Cristo, confiado a hombres frágiles, entresacados del pueblo, consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación, Por el ejercicio sacerdotal, la Iglesia se congrega para la escucha de la Palabra y para ofrecer a Cristo al Padre y con Él también ella se ofrece.

Hoy es muy buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones sacerdotales. Por tanto oremos para rogar al Padre de misericordia que suscite en los corazones de mucho jóvenes el deseo de consagrar la vida al servicio del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos porque en nuestras familias se vivan de tal manera los valores del Evangelio que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.

Agradezcámosle a Jesús su invitación a estar con Él esta tarde tan importante, digámosle que lo amamos y queremos cumplir su voluntad y que estamos convencidos de que como discípulos suyos tenemos que distinguirnos por nuestra capacidad de amar.


Hoy Viernes Santo, nos reunimos para contemplar el rostro doliente de Cristo crucificado. 

Al comenzar esta tarde la celebración de la muerte de Cristo, lo hemos hecho arrodillándonos en silencio meditativo y agradecido.  Es la actitud de quien adora.  Ante esta realidad de un Dios que muere por nosotros, ¡qué otra cosa podemos hacer sino echarnos por tierra repitiendo en el corazón: qué grande, y qué fuerte, Dios mío es tu amor! ¡Tu amor ha llegado hasta el fin! ¡Tu amor nos ha salvado! ¡Gracias, Señor!

La celebración de esta tarde toda ella se centra en la Cruz.  Hoy, de hecho, la Iglesia no celebra la Eucaristía, el más importante sacramento del culto católico; pero asistimos al memorial mismo de la muerte de Cristo.

Contemplamos hoy a Jesús clavado en la Cruz y junto a Él contemplamos un espectáculo desolador: algunos pasan y le injurian; los príncipes de los sacerdotes, más hirientes y mordaces, se burlan; y la mayoría, indiferente, mira el acontecimiento. Muchos de los ahí presentes le habían visto bendecir, predicar una doctrina salvadora e incluso hacer milagros. Nosotros, los aquí presentes, ¿cómo nos acercamos al crucificado?

Esta tarde, nos acercamos a la cruz con humildad y confianza, sabiendo que Jesús abre sus brazos para acogernos, perdonarnos y fortalecernos.  ¡Ojalá supiéramos contemplar los brazos abiertos de Jesús!  Por una parte, estos brazos abiertos vencen todo el mal y todo el pecado de nuestro corazón y nos hace mejores y más sencillos, y, por otra parte, nos animan a acercarnos a Él con más fuerza que nunca, con mayor ilusión, superando el desánimo y el desencanto.

Es tremendo la inmensidad de sufrimiento que existe en nuestro mundo.  Sufrimiento físico y moral.  Guerras, miseria, hambre, violencia y muerte.  Toda clase de sufrimientos.  Cárceles y torturas.  Odios, envidias y desprecios.  Y la lista sería interminable.  ¡Cuántos rostros marcados por el dolor!

Todos los sufrimientos del mundo están en la Cruz del Señor, porque Él cargó con todos ellos, para introducir en el mundo una fuerza, que es la única que puede transformarlo: el amor.

Jesús hoy y aquí sigue muriendo por nuestros hermanos.  Jesús sigue siendo escupido, pisoteado, abandonado, torturado, despreciado.  En toda persona que sufre debemos ver el rostro de Cristo.  Si así lo hiciéramos, nuestra visión del mundo sería muy distinta y nos daríamos cuenta de los valores por los que vale la pena trabajar. 

Cuando en el camino de nuestra vida nos encontramos con el sufrimiento propio o de algún hermano, sepamos que en este sufrimiento está presente Jesús con los brazos abiertos.  De este modo nunca estaremos totalmente solos.  Siempre Jesús estará con nosotros.  Desde Jesús, la soledad total ya no existe.

Sin embargo, frente a Cristo clavado en la cruz, mostrándonos tanto amor por la humanidad, por cada uno de nosotros, vemos el contraste de muchas personas que hoy eligen estar de fiesta, ir al baile, ir a la playa, para olvidarse por completo de este Dios que tanto los ama y que lo demostró muriendo en la cruz.

Hoy, mientras Cristo muere en la Cruz, contemplamos a muchas personas que no siente nada por lo que estamos celebrando, que no están dispuestas a mover un dedo por los demás, que no van a cambiar en nada, que no creen en nada, que no tienen esperanza de nada y que no aman a nadie, excepto a sí mismas.

Hoy al mirar la Cruz de Cristo veamos también el gran problema de la humanidad: el mal con todas sus consecuencias.

Contemplemos hoy la Cruz de Cristo para que aprendamos a ser auténticos, a seguirlo de verdad, a no vivir de apariencias.  A saber vivir desde el amor que Él nos ha enseñado, aunque aparentemente recibamos menosprecios, críticas y burlas.  Sigamos al Señor, sigámoslo en la verdad.  En Cristo vamos a encontrar fortaleza para llevar nuestra cruz de cada día y vencer el mal, nuestro mal y el mal del mundo.


Esta es la noche más importante que puede celebrar un cristiano, la noche de la Vigilia Pascual.  Hemos dicho en el Pregón Pascual: “¡Que noche tan feliz!”. 

¿Por qué esta noche es una noche feliz?  Porque ¡Jesucristo ha resucitado!   Y ésta es una gran noticia. Sí, Jesús no podía corromperse en el interior del sepulcro. Por eso aquellas mujeres piadosas que iban a ungir el cuerpo de Jesús con aromas se encontraron con aquellos dos hombres con vestidos refulgentes que les dije­ron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” “No está aquí: ha resucitado”. ¡Jesús vive! ¡Jesús ha resucitado! La muerte no ha podido destruirlo.  Cristo ha pasado a través de la muerte a una nueva existencia, definitiva, y vive para siempre.

Esta noche hemos escuchado más lecturas de las ordinarias. Desde la creación del mundo hasta la resurrección de Jesús, se nos han presentado unas escenas muy vivas, que nos ayudan a entender cuál es el plan salvador de nuestro Dios.

Alegrémonos, hermanos y hermanas. El mismo amor de Dios que creó el mundo hace millones de años y que resucitó a Jesús de Nazaret, que se había entregado por nosotros, hace más de dos mil años, es el que hoy nos ha congregado aquí a nosotros y nos quiere comunicar su Espíritu de vida y de alegría y de amor.

Esto es lo que celebramos y esto lo que da sentido a nuestra vida. Por eso creemos y tenemos esperanza e intentamos vivir como cristianos: nosotros no seguimos una doctrina, o un libro, ni estamos celebrando el aniversario de un hecho pasado. Celebramos y seguimos a Cristo Jesús, invisible pero presente en medio de nosotros como el Señor Resucitado.

El apóstol Pablo nos ha dicho esta noche: “Así como Cristo resucitó de en­tre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva”. No­sotros creemos en la vida. Y queremos que todo el mundo viva dignamente. Y porque cree­mos en la resurrección de Jesucristo y en la vida, se nos abren nuevos y amplios horizontes.

Nos damos cuenta de que es posible cambiar y que hay que cambiar, puesto que debemos emprender una nueva vida. Tenemos que abandonar el pecado, el egoísmo y todo lo que nos encadena. Tenemos que saber ser libres de verdad. Es el mismo Pablo quien nos lo dice: debemos vivir “libres de la esclavitud del pecado”.

Dejar la esclavitud y proclamar la vida. He aquí la grandeza de nuestra misión. Y podemos conseguir esto porque la energía de Jesús resucitado también nos ha transformado. Pode­mos ser diferentes. Podemos ser mejores.

Esta noche, en que vamos a renovar nuestras promesas bautismales, os quiero decir que no os dejéis nunca robar de vuestro corazón esta Buena Noticia de que Cristo ha resucitado.  Que los ídolos de nuestro mundo no os roben este tesoro, que las baratijas de nuestra sociedad no os quite esta perla preciosa que adorna nuestro corazón y que hemos tenido la suerte de encontrar.

Dentro de un momento bendeciremos el agua.  Esta agua bendecida será la fuente donde serán engendrado los nuevo hijos de Dios.  La fuente bautismal es como el seno materno donde hemos nacido y hemos sido engendrados.  Esta agua, por la gracia del Espíritu Santo, se convierte en fuente de vida y nos hace imagen de Dios, de Jesucristo y Templos del Espíritu Santo.  A través del agua derramada sobre nuestra cabeza en el sacramento del bautismo entramos a formar parte de la Iglesia.

Con esta noche santa comenzamos el tiempo de Pascua, que se prolongará durante los próximos 50 días para celebrar con gozo la resurrección del Señor, su Ascensión al cielo y la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad de los cristianos.

Que la alegría de este tiempo pascual inunde nuestros corazones y llene de amor a nuestras familias, a nuestro pueblo y al mundo entero.  ¡Feliz Pascua de resurrección para todos!


Queridos hermanos: hoy es la gran fiesta cristiana, la mayor de todas. Una fiesta tan fiesta que no tenemos bastante con un día para celebrarla: por eso la Pascua dura nada menos que 50 días, siete semanas, hasta Pentecostés (que significa precisamente “cincuenta”). Y todo como una sola y única y gran fiesta.

En realidad, es la única fiesta de los cristianos porque es la que celebramos también cada domingo. Y es normal que así sea porque la Pascua significa aquello que es el núcleo, la raíz y la fuerza de la fe cristiana: la gran afirmación de que Jesucristo ha resucitado, está plenamente vivo, es el triunfador de la muerte y de todo mal.

Ayer por la noche la comunidad cristiana se reunió para celebrar aquella Vigilia expectante que desembocó en el canto jubiloso del aleluya: la vigilia pascual, la más importante de las reuniones cristianas del año. Y allí los cristianos que pudieron asistir, renovaron su compromiso bautismal -como haremos nosotros en esta misa- para expresar sencillamente esto: queremos compartir la muerte y resurrección de Cristo, es decir, luchar contra todo lo que hay de mal en nosotros y en el mundo, abrirnos a la vida que es de Dios, que nos enseñó Jesús de Nazaret, que siembra en nosotros el Espíritu Santo.

El primer día después del sábado, María Magdalena va al sepulcro y lo encuentra vacío. Su desilusión es inmensa. Corre al encuentro de Pedro y le dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Pedro y Juan acuden al sepulcro y lo encuentran todo tal como María se lo ha contado. Y entonces es cuando creen, puesto que, precisamente al ver el sepulcro vacío, comprenden lo que el Señor les había dicho: “Él debía resucitar de entre los muertos”.

Sí, hermanos, nosotros creemos que Jesús ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra fe y hoy, más que en otros momentos, lo celebramos solemnemente y con gran gozo. Fijaos en este cirio que anoche estrenamos. Su luz es el símbolo de Jesucristo resuci­tado que quiere iluminar nuestra vida. Y también las flores y la luz y el agua. Hoy estamos rodeados de fiesta.

Nosotros, que creemos en Jesús sentimos una gran alegría en nuestro interior porque cree­mos en Alguien que vive, que ha resucitado. La muerte no lo atrapó. Él es el vencedor de la muerte y del mal. El sepulcro no pudo retenerlo, porque el sepulcro es el lugar de los muertos.

Lo hemos escuchado en la primera lectura: “Nosotros somos testigos de cuanto Él hizo en Judea y en Jerusalén… hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”. Los apóstoles anunciaban por todo el mundo la buena noticia de la resurrección de Jesús.

También nosotros hemos creído y creemos que Jesús ha resucitado. Y por eso creemos que también nosotros resucitaremos. Esta fe nos ayuda a luchar por la vida y a amarla.

Hay que luchar por la vida y esta lucha por la vida la debemos iniciar en nuestro propio corazón, porque es ahí donde hay una batalla entre el amor a la vida y el amor a la muerte.  Desde nuestro corazón nos vamos orientando hacia la vida por los caminos de un amor creador, una entrega generosa a los demás, una solidaridad generadora de vida, o nos orientamos por caminos de muerte, de egoísmo, de apatía e indiferencia ante el sufrimiento humano.

Es en nuestro corazón, donde el cristiano, animado por su fe en el resucitado, debe resucitar todo lo que se le ha muerto y orientar todas nuestras energías hacia la vida, superando cobardías, flojeras y cansancios que nos pueden encerrar en una muerte anticipada.

Como creyentes en Cristo resucitado, estamos llamados a poner vida donde tantos ponen muerte.  La pasión por la vida, tiene que ser algo importante en la persona que cree en la resurrección y esta pasión debe impulsarnos a hacernos presentes donde se produce muerte, para luchar con todas nuestras fuerza contra los ataques a la vida.

En el Evangelio de hoy, hemos escuchado una carrera entre dos apóstoles: Pedro, que al recibir la noticia de que el sepulcro estaba vacío, ha ido corriendo a buscar al resucitado, y Juan que también corrió con Pedro.  Llegaron al sepulcro, vieron y creyeron.

Busquemos también nosotros a Cristo resucitado.  Hagamos de nuestra vida una carrera apasionada, para buscar dónde está el Señor.  Y al Señor lo vamos a encontrar en su Palabra, en los sacramentos, en la Iglesia, en los pobres.  Buscad al resucitado.  No os quedéis indiferentes ante esta Buena Noticia, como si Cristo resucitado estuviera escondido.  Cristo resucitado es para nosotros, es para darnos vida.  Y la vida cristiana comienza con el encuentro con la persona del Señor, con el encuentro con su mensaje, con el encuentro de nuestra vida con la vida de Cristo.  Buscad, pues, siempre a Cristo resucitado, con ilusión, con muchas ganas. 

Hoy, pues, domingo de resurrección, domingo de la vida, preguntémonos: ¿Sabemos defender la vida?  ¿Cuál es nuestra postura frente a las muertes violentas, el aborto, las armas de destrucción?

Cristo resucitado nos da vida, trabajemos también nosotros por dar vida y no muerte a nuestro mundo tan necesitado de esa Vida de Dios nuestro Padre.

lunes, 7 de abril de 2025

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO C)

Con la celebración del Domingo de Ramos damos comienzo a la Semana Santa, la gran semana cristiana.  Semana que dio origen a nuestra fe y a nuestras comunidades cristianas.  Semana en la que vamos a acompañar al Señor en los últimos días de su vida.  Semana de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Celebrar la  Semana Santa es descubrir en toda su hondura el drama del hombre ante Dios. Drama de vida y de muerte, de traición y de eterna felicidad.

Nosotros, como los discípulos y los judíos, unas veces hemos aclamado a Cristo con entusiasmo como Rey y después lo hemos traicionado y abandonamos tantas veces, nos convertimos, por nuestra debilidad y por nuestro pecado en protagonistas de la Pasión, tal como la hemos escuchado en el Evangelio.  Ante la Pasión de Jesús no podemos ser meros espectadores pasivos. Cada uno de nosotros estábamos allí, entre aquellos judíos o aquellos discípulos, porque Jesús ofrecía su vida también por cada uno de nosotros. Y es que, para cada uno de nosotros es el relato de cuando nuestro mejor amigo entregó y perdió la vida por todos, por mí, por ti.

¡Cuántos sufrimientos físicos padeció Jesús por cada uno de nosotros para salvarnos, para pagar nuestro rescate! Y, como hemos leído en la 1ª. Lectura de Isaías, los sufrió sin quejarse en ningún momento. “No he opuesto resistencia ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No respondí a insultos y salivazos”.

Comencemos la Semana Santa con un nuevo ardor y dispongámonos a ponernos al servicio de Jesús. Tratemos de mantenernos con coherencia entre la fe y la vida. Que nuestro grito de júbilo de hoy, no se convierta en el “crucifíquenlo” del Viernes. Que nuestro ramos, no se marchiten en la manos y se conviertan en ramas secas.

Por eso esta semana, vivamos la Semana Santa.

Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección.

Vivir la semana Santa es descubrir qué pecados hay en mi vida y buscar el perdón generoso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación.

Vivir la Semana Santa es afirmar que Cristo está presente en la eucaristía y recibirlo en la comunión.

Vivir la Semana Santa es aceptar decididamente que Jesús está presente también en cada ser humano que convive y se cruza con nosotros.

Vivir la Semana Santa es proponerse seguir junto a Jesús todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad.

Semana Santa, es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para preguntarse en qué se está gastando nuestra vida. Para darle un rumbo nuevo al trabajo y a la vida de cada día. Para abrirle el corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrirle el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Cristo, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor.

Qué vivamos unos días santos.

lunes, 31 de marzo de 2025

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


Las lecturas de este domingo V de Cuaresma nos hablan de la experiencia de haber sido transformado por el Señor, de haber vivido personalmente la conversión.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos decía: “No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo
”.  Esto es lo que dice el Señor a su pueblo para que olviden su pasado pecador y se abran al futuro que el Señor nos está dando.

El profeta Isaías nos invita a mirar hacia delante.  Lo pasado ya no volverá.  Los errores cometidos no se podrán corregir.  Los éxitos alcanzados no se repetirán.  Lo que quedó roto no se podrá pegar.  El pasado fue pero ya no existe.  Nada podemos hacer por cambiarlo. Sucedió así y se acabó.

“Yo voy a realizar algo nuevo”, nos decía el Señor.  El que se quede mirando al pasado se va a perder eso nuevo que Dios quiere hacer con nosotros. No podemos quedarnos mirando el sufrimiento del pasado porque no tiene ningún sentido. 

Muchas personas viven arrastrando cargas pesadas de su pasado.  Traen al presente una y otra vez lo que quedó en el pasado.  Ya lo han superado, pero aún lo arrastran como una pesada carga a la que creen estar condenadas y de la que no pueden liberarse.  Incluso mucha gente que viene a confesarse se acusan  “de todos los pecados de mi vida pasada”.  Como si no hubieran quedado ya perdonados.  Como si Dios, después de haberlos perdonado, aún tuviera en cuenta esos pecados.  Como si Dios se resistiera a olvidar lo que ya ha perdonado.  Si vivimos así no estaremos entendiendo a este Dios que quiere olvidar nuestro pasado y comenzar algo nuevo con nosotros.

En este tiempo de Cuaresma, se nos invita a dejar definitivamente atrás el pasado y adherirnos a la vida nueva que Dios nos propone.

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses es una llamada a liberarnos de la “basura” que nos impide encontrarnos de verdad con Cristo e identificarnos con Él.

Hay personas que toda su vida se la pasan codiciando cosas, sin embargo, para quien quiere seguir a Cristo, nada ni nadie es más importante que la fe y llegar a un conocimiento de Cristo.  Tenemos que esforzarnos, día a día, por alcanzar el mejor premio: conocer más a Cristo y vivir la caridad.

Si los deportistas se preparan duramente para ganar una medalla en las olimpiadas, San Pablo nos invita a alcanzar un premio decisivo: ¡la posesión de Dios!

Hay que avivar nuestra fe para lograr un mayor acercamiento al Señor.

El Evangelio de San Juan nos relataba hoy el episodio de la mujer adúltera.

Los escribas y los fariseos presentan a Jesús una mujer adúltera que, según la ley judía, tenía que morir apedreada. Aquella pobre mujer no tenía excusa, no tenía salvación, ya que la ley era dura y tajante.  Jesús no podía condenar a aquella pobre mujer, tan injustamente condenada por la ley judía: la ley hecha por los hombres y para los hombres. Pero, por otro lado, Jesús no podía defender el adulterio.

¿Qué responde Jesús?: “El que esté limpio de culpa, el que no tenga ningún pecado, que arroje la primera piedra contra esta mujer”.  Y los acusadores, avergonzados, se marcharon. Quedaron solos Jesús y la mujer adúltera. Jesús quería a los pecadores, no al pecado. El pecado es en sí mismo un castigo. No hace falta que nadie lo condene, él mismo se condena. Todo pecado origina dependencia y tristeza. Y Jesús nos quiere libres y dichosos. Así, hace a la mujer una corrección fraterna. Y Jesús pronuncia su segunda sentencia: “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”.

Los acusadores de la mujer no eran mejores que ella; sólo habían sabido ocultar mejor que ella sus pecados. Antes de condenar a alguien debemos primero reconocer nosotros nuestros propios errores y pecados.

Hoy, de esta Palabra de Dios, todos podemos aprender un mensaje de salvación: Cuando no tengas a nadie que te comprenda, cuando los hombres te condenen, cuando te sientas perdido y no sepas a quién acudir, has de saber que Dios es tu amigo. Él está de tu parte. Dios comprende tu debilidad y hasta tu pecado.

Esa es la mejor noticia que podíamos escuchar los hombres. Frente a la incomprensión, los enjuiciamientos y las condenas fáciles de la gente, el hombre siempre podrá esperar en la misericordia y el amor infinito de Dios. Allí donde se acaba la comprensión de los hombres, sigue firme la comprensión infinita de Dios. Si perdemos el sentido del perdón, nos convertiremos en inmisericordes. Necesitamos experiencia de ser perdonados para poder construir una convivencia fraterna y reconciliada.

Esto significa que, en todas las situaciones de la vida, en toda confusión, en toda angustia, siempre hay salida. Todo puede convertirse en gracia. Nadie puede impedirnos vivir apoyados en el amor y la fidelidad de Dios.

lunes, 24 de marzo de 2025

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


En la mitad de nuestro camino de Cuaresma, celebramos hoy el IV domingo de Cuaresma, conocido con el nombre de “Laetare” (Alégrense o regocíjense), porque con estas palabras empezaba el canto de entrada que la antigua tradición litúrgica romana asigna a la misa de hoy.

La 1ª lectura del libro de Josué nos presentaba el momento en el que el pueblo de Israel entra en la Tierra Prometida y celebra gozoso la fiesta de la Pascua, la primera Pascua en libertad.

Como el pueblo de Israel, en este tiempo de Cuaresma, estamos invitados a acabar con todo lo que hay en nuestra vida que nos esclaviza, para poder pasar, definitivamente, a una vida nueva, la vida de la libertad y de la paz.

El pueblo de Israel, mientras estuvo por el desierto fue alimentado por Dios con el maná, a partir de la primera fiesta de la Pascua se alimentará de los frutos de la tierra.  A veces, también, nosotros queremos alimentar nuestra fe de milagros y de hechos extraordinarios.  Sin embargo tenemos que vivir nuestra fe en Dios desde la experiencia de cada día, desde la lucha de cada día, desde el trabajo de cada día.  Tener fe y tener confianza en Dios no puede alimentarse de cosas que estén fuera de lo normal, sino que tenemos que vivir nuestra fe y ver la mano de Dios en todos los momentos normales de nuestra vida.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos decía: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.”

Reconciliarse nos llena de paz, pero puede ser duro y difícil.  Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas, dejar atrás muchas cosas y abrir nuevos caminos.  En definitiva, reconciliarse con Dios, es salir de nuestra comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir una aventura con Dios.  Reconciliarse con Dios, significa estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejar atrás ese pasado, por más que nos siga siendo atractivo.

Para reconciliarse de verdad con Dios y con nuestros hermanos, no basta solamente acudir al sacramento de la confesión para recibir el perdón de Dios, hay también que arrancar del alma las causas por las cuales nos alejamos de Dios y llenar nuestro corazón del amor a Dios.

Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.

El evangelio de San Lucas, nos ha relatado hoy la parábola del hijo pródigo, o mejor dicho la parábola del padre bueno y misericordioso.  Porque es el padre el verdadero protagonista de esta historia. 

Todos nosotros tenemos mucho del hijo pródigo y del hijo mayor.

Nos parecemos al hijo pródigo: cuando nos apartamos de Dios; cuando nos olvidamos de Dios; cuando le damos la espalda a Dios; cuando cerramos nuestros oídos, nuestro corazón, nuestra conciencia a la palabra de Dios; cuando buscamos la felicidad lejos de Dios, fuera de la casa del Padre; cuando ponemos nuestra meta y nuestra aspiración solamente en las cosas materiales.

Pero nos parecemos también al hijo pródigo cuando, habiéndonos apartado de Dios, reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos de ellos y le pedimos perdón a Dios.

Nos parecemos al hijo mayor: cuando ponemos la legalidad y el orden por encima del amor; cuando no sabemos perdonar; cuando tenemos fe, pero no tenemos amor; cuando no nos alegramos con el arrepentimiento de otras personas; cuando nos consideramos perfectos y cumplidores y juzgamos y condenamos a todos los que no son como nosotros.

Desde luego, el hijo mayor, aun estando en casa con el padre, era el que estaba más lejos del padre.

El padre es el personaje central de la parábola: un padre que nunca deja de querer y de esperar a su hijo, aunque éste se haya alejado y olvidado del padre; un padre que sale contento y feliz al encuentro del hijo, cuando éste regresa; un padre que ama, disculpa y perdona a su hijo; un padre que organiza una fiesta, porque su hijo ha regresado.  Así es Dios.

Dios es un Padre que no puede ser feliz viendo a sus hijos arruinados e infelices.

Dios es Padre y nos quiere y se llena de alegría cuando hacemos el bien y, porque nos quiere, se entristece cuando hacemos mal.

Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida. Siempre está abierta la puerta del corazón de Dios.

lunes, 17 de marzo de 2025

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


En este III domingo de Cuaresma, las lecturas de la misa de hoy nos hablan de la necesidad de convertirse, de volverse a Dios.  Para animarnos a esta conversión las lecturas destacan también la misericordia y la paciencia de Dios.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos recuerda cómo Dios elige a Moisés para ser el líder que libere a su pueblo de la esclavitud.

La humanidad exige hoy una liberación política, cultura y económica: los pueblos luchan por su libertad, no queremos hoy dictaduras, aunque sean disfrazadas de democracias; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad; los obreros luchan por el derecho a un trabajo digno; las mujeres luchan por la defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema educativo que los prepare bien para desempeñar un papel útil en la sociedad.

Tenemos que ser conscientes que donde haya una persona que trabaje por un mundo más justo y más humano, allí está Dios, ese Dios que no está de brazos cruzados ante las injusticias.

Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres y mujeres de buena voluntad que aceptan, como Moisés, ser instrumentos de Dios para mejorar este mundo.

Ante los sufrimientos e injusticias hay que preguntarse: ¿qué estoy haciendo?  ¿Vivimos con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás? O ¿Somos como Moisés que colaboramos con Dios en la construcción de un mundo más justo y más humano?

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos advierte que cumplir ritos externos y vacíos no es lo importante; lo importante es estar en comunión con Dios, hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo a los planes de Dios.

San Pablo nos dice que en el éxodo, todos cruzaron el mar rojo y todos se alimentaron de la misma comida y bebida, pero no todos llegaron a la tierra prometida.  El que todos los cristianos hayan recibido el mismo bautismo y participen de la misma Eucaristía, puede que tampoco sea suficiente para alcanzar la salvación. 

Los sacramentos no son ritos mágicos que produzcan su efecto mecánicamente; exigen nuestra colaboración de fe y de vida.  El pertenecer a la Iglesia “no es un seguro de vida”.  Lo importante es como dice Jesús: “escuchar y practicar la Palabra de Dios”.

Hay que dejar de aparentar ser cristiano y optar por ser cristiano de verdad.

El Evangelio de San Lucas nos ha relatado unos hechos trágicos que ocurrieron en tiempos de Jesús. 

La vida moderna ha traído consigo un aumento notable del número de muertes repentinas. Hombres jóvenes destruidos por el infarto o la crisis cerebral. Vidas destrozadas en cualquier carretera. Accidentes laborales y tragedias de todo tipo.

Todos sabemos que nuestra vida es limitada y que siempre está amenazada por la enfermedad, el accidente o la desgracia. Es una equivocación considerar la muerte como algo irrelevante y cerrar los ojos a una realidad que pertenece a la misma vida: la existencia de cada persona puede quedar truncada en cualquier momento.  La posibilidad de que de nuestra vida acabe en cualquier momento nos ha de hacer pensar qué estamos haciendo con ella.

Ante la posibilidad de que nuestra vida se acabe en cualquier momento, es urgente la necesidad de convertirnos porque no sabemos ni el día ni la hora, porque si no nos convertimos ahora, no hay esperanza para después de la muerte.

Jesús nos invita a tomarnos la vida con responsabilidad. Hay personas que todavía piensan que siempre hay tiempo para cambiar, quizás el año que viene, quizás unos momentos antes de morir me arrepentiré, pediré perdón y todo arreglado. No podemos jugar con Dios y mucho menos con la vida. Dios nos llama a través de las desgracias propias y ajenas, a través de los acontecimientos de cada día, en el sufrimiento de los demás, en la injusticia y en las tareas por hacer un mundo mejor, Dios nos llama a que nos mojemos, a que nos impliquemos, a que nos convirtamos.

Nosotros somos esa higuera del Evangelio y hemos de dar frutos.  Es triste que en nuestros ambientes llamados cristianos, se den los graves pecados sociales y personales que destruyen la armonía y ofenden la dignidad de las personas.

Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide Jesús. Hoy es tiempo especial para mirar seriamente nuestras vidas y examinar los frutos que estamos dando.

lunes, 10 de marzo de 2025

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.

Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.

El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.

La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.

¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.

Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.

Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.

Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.

El Evangelio de san Lucas nos presenta la Transfiguración del Señor. Jesús se lleva a sus discípulos al monte, al silencio y allí les muestra su gloria, allí el Padre hace oír su mensaje: “Éste es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”.  

Hoy se nos dirige a nosotros esas palabras.  Es difícil escuchar.  Muy difícil.  Oímos ruidos.  Mucha gente vive la experiencia de que su palabra se convierte en un ruido más de tantos que escuchamos.  Algunos llegan a decir: “Me siento solo, nadie me escucha, nadie me toma en serio, nadie toma en serio lo que digo”.  Es tremenda la soledad que siente las personas que no son escuchadas. 

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.

La soledad es saber que nadie te escucha, que nadie guarda tu palabra en su corazón, que nadie te comprende. Que nadie te presta atención.

Dios, nuestro Padre, nos pide hoy que lo escuchemos, que le prestemos atención, que le demos importancia a Él, que escuchemos a su Hijo que es la Palabra de Dios, su enviado.  Hay que hacer las “obras de Dios”, pero es necesario también escuchar a Dios.  Cuando escuchamos a Dios vamos a sentir que Dios también nos escucha a nosotros, que nos toma en cuenta.

Nos sobran ruidos, preocupaciones, ansiedades, por eso necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escuchar seriamente a Dios que nos habla.  Hay que escuchar a Jesús porque sabemos que dice la verdad.  Porque sabemos que Él nos puede decir por qué vivir y por qué morir.  Hay que escuchar a Jesús porque así descubriremos cual es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Hay que escuchar a Jesús para darnos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Que no se nos olvide que ser cristiano es vivir escuchando a Jesús, sólo desde la escucha, cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana.  Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

lunes, 3 de marzo de 2025

 

MIÉRCOLES DE CENIZA (CICLO C)


Las Lecturas de este importante día con que la Iglesia da inicio a la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, nos llaman a la conversión, al arrepentimiento y a la humildad… tres cosas que hay que tener en cuenta en este tiempo especial que llamamos Cuaresma, durante el cual debemos prepararnos para la conmemoración de la Pasión y Muerte del Señor y la celebración de su Resurrección triunfante el Domingo de Pascua. 

Al empezar la cuaresma, Jesús en el Evangelio de hoy nos ofrece tres herramientas, tres actividades que son necesarias para renovar y confirmar nuestro seguimiento de Jesús, y expresar la nueva vida que Dios ha hecho nacer en nosotros: la oración, el ayuno y la limosna. Constituye un buen programa para este tiempo. Cada uno de nosotros debiera salir de esta celebración de hoy concretando la práctica de este ejercicio cuaresmal: ¿Cómo y cuándo rezaremos a este Dios estos 40 días? ¿De qué cosas ayunaré este año? ¿Qué gesto de amor haré a favor de mis hermanos, en especial de los más necesitados?

La oración ha de ocupar un lugar preferente en el tiempo de Cuaresma. Una oración permanente y fiel al momento del día que hayamos decidido elegir. Una oración que refuerce nuestros vínculos con Jesús. Una oración que sea un diálogo amoroso con el Señor que consiste en hablarle, en explicarle nuestras cosas, las necesidades de los hermanos, en escucharlo en todo aquello que Él nos dice en el evangelio y en el fondo del corazón. Una oración en la que expresemos cómo lo amamos, y en la que sintamos su amor, su entrega, al contemplarlo clavado en la cruz y glorioso una vez resucitado. Y eso tanto en su persona, como en la de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

En un mundo como el nuestro, enloquecido por el consumo, la diversión, la evasión, y que nos endurece el corazón ante tanta creciente pobreza y tanto sufrimiento, necesitamos ayunar. No porque nos guste el ayuno por el ayuno, ni porque esperemos acumular muchos méritos ante Dios, sino porque el ayuno nos hace capaces de abrir los ojos y de esponjar el corazón, nos hace más libres para amar y seguir a Jesús. Ayunar de aquello que nos engorda de orgullo, de vicio, de pasiones, de ataduras con las cosas, de ser esclavos de nosotros mismos y nos priva de amar, de llenarnos de Dios y de los demás. Cada uno verá de qué cosas debe ayunar. Y sabemos que no siempre el ayuno deberá ser de comida y bebida. ¿Qué ayuno hará cada uno durante esta Cuaresma para ampliar su capacidad de amar?

La limosna, ha de ser también signo de nuestra sincera conversión cuaresmal, de la autenticidad de nuestra oración, de los frutos de nuestros ayunos. Dar y compartir nuestro dinero, las cosas, el tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Tener demasiado hace daño. Nos hace incapaces de andar ligero, nos esclaviza, nos distancia de los demás, nos aprieta el corazón. ¿Qué daré a los demás en esta Cuaresma? ¿Más tiempo a mi familia, mayor delicadeza a mi trato con los demás? ¿Vaciar algo mi bolsillo para llenar el de aquellos que lo tienen vacío? ¿Qué haré para ser más solidario con el mundo pobre y marginado? ¿Con qué grupos puedo colaborar o aportar mi ayuda? Aquello que ahorre con mi ayuno y privaciones cuaresmales, ¿por qué no lo entrego a los necesitados?

El gesto penitencial de la imposición de la ceniza y el acercarnos a la mesa del Señor para recibir la Eucaristía han de ser expresión ante Dios y la comunidad aquí reunida de nuestro firme compromiso de ser fieles al Señor. Han de ser, también, reconocimiento de nuestra debilidad, de nuestra condición pecadora, de nuestras ganas de renovar la vida y la necesidad que todos tenemos de la comunión con Jesús.


En este tiempo de cuaresma estamos invitados a intentar recuperar el espíritu verdadero de nuestra fe, el sentido de porqué somos y nos llamamos cristianos, y esto sólo lo conseguiremos si nos tomamos en serio seguir a Jesús. Hacer del Señor el centro de nuestra vida.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio es una manifestación de fe.  El pueblo tiene que recordar su historia para no olvidarse de todo lo que Dios ha hecho por ellos.

Una persona o un pueblo que desconoce su historia es como un árbol sin raíces o un edificio sin bases. Está abocado a repetir los mismos errores del pasado. Una de las características del hombre actual, es precisamente su poco interés por la historia y por todo aquello que implique esfuerzo y sacrificio. El hombre de hoy prefiere las cosas prácticas, fáciles y rápidas.

Algunas personas pobres que lograron, por algún medio, cierta capacidad económica, son quienes más desprecian y explotan a sus hermanos.  Algunos padres de familia que pasaron una niñez difícil, y tuvieron que trabajar fuerte para progresar, hacen hasta lo imposible para ofrecerles a sus hijos todo lo necesario y hasta más, con el fin de evitarles las fatigas y sufrimientos que a ellos les tocó vivir. Muchos de estos niños y jóvenes crecen como en una caja de cristal, totalmente protegidos y dependientes. Se convierten en personas duras de corazón, miedosas e incapaces de hacer compromisos serios por su vida y por los demás. Se avergüenzan del pasado de sus padres y hasta preferirían tener otro apellido de más tradición.

Esta primera lectura pretende mantener viva la memoria histórica en el pueblo. Para que el pueblo valore y agradezca la entrega de sus antepasados y la acción de Dios en él. Para que no desprecie a los más pobres, pues él mismo fue pobre y esclavo. Para que acoja a los forasteros, pues él fue forastero en otros países. Para que comparta solidariamente con los hambrientos, pues él también pasó hambre. Para que no se convierta en explotador, pues él también fue explotado. Para que en tiempo de crisis luche por estar mejor, pues la voluntad salvífica de Dios es la plena libertad y la felicidad para sus hijos.

Vale la pena que como personas, como familia y como pueblo, mantengamos viva nuestra memoria histórica.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que nuestros labios pueden pronunciar la mejor oración dirigida a Dios si las palabras son una auténtica confesión de que Jesús es nuestro único Señor. Nada ni nadie debe ocupar nuestra mente ni nuestro corazón por encima de Él. Ningún otro señor de esta tierra puede satisfacer nuestras ansias de plenitud. Más bien, nos dejan más sedientos e insatisfechos. Dios desea liberarnos, sacarnos de la muerte. Dejemos a Dios que actúe en nuestra vida.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado las tentaciones de Jesús en el desierto.  Las tentaciones son símbolo del mal y de todo lo que nos aleja de Dios. Nosotros también somos tentados.

Resulta curioso que la Cuaresma tenga lugar a continuación de los carnavales. Porque los carnavales son el tiempo de los disfraces. El tiempo de máscaras, cuando nadie quiere mostrar su propia cara y cada uno se esconde detrás de su propio disfraz. Somos los mismos, pero disfrazados. Somos los mismos pero disimulando nuestra identidad y revistiéndonos de cualquier otro personaje.

Y lo más curioso todavía es que la Cuaresma comienza también con un disfraz: con las tentaciones de Jesús que no son sino un disfraz del demonio para engañar a Jesús. Cualquiera de las tres tentaciones no son sino disfraces del mal contra el bien.

El pecado necesita revestirse del bien para que nosotros lo aceptemos libremente. El pecado se disfraza de la bondad del placer. El pecado se disfraza de la bondad de la libertad. El pecado se disfraza de la bondad del éxito. El pecado se disfraza de la trampa de que “nadie se va a enterar”.

Los enamorados se disfrazan diciendo “es que lo hacemos por amor”. Las infidelidades se disfrazan de “oportunidades”. Las mentiras se disfrazan de “piadosas”. Unos traguitos de más, se disfrazan “para matar las penas”.

El pecado nunca presenta la cara al descubierto. Siempre aparece escondido y disfrazado.  Pero ¿dónde está el verdadero disfraz de las tentaciones de Jesús? En tratar de justificarlas con la Palabra de Dios. Por tanto utilizar a Dios como una justificación y legitimación de lo que podía y debía hacer. Y esta es la peor tentación y el peor de los disfraces.

Jesús y el diablo aparecen como dos conocedores de la Palabra de Dios. Los dos citan la Palabra de Dios. Con la única diferencia de que el Diablo leía la Escritura según sus conveniencias. En tanto que Jesús le dio una lectura correcta.

Este tiempo de Cuaresma es tiempo de gracia para nosotros, tiempo para que reflexionemos sobre qué estamos construyendo nuestra vida. Tiempo para que elijamos adherirnos definitivamente al Señor Jesús. Que su Espíritu nos ayude a vencer la tentación de ir por la vida con nuestros disfraces. Que esta Cuaresma nos quitemos nuestras máscaras para poder reconocernos como Hijos de Dios y hermanos de nuestros prójimos.