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martes, 20 de agosto de 2019

XXI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos hablan del tema, siempre difícil, de la salvación.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías, nos habla de cómo el pueblo de Israel no se encontraba en una situación ideal.  Dentro del pueblo existe una situación de fracaso, de desánimo y desesperanza.
 
El profeta trata de levantar el ánimo del pueblo.  Este pueblo una vez que ha superado sus sufrimientos, se ha olvidado de que Dios los ha salvado, como salvó y dio la libertad a sus padres.  Siempre ocurre la misma historia.  Cuando estamos en problemas invocamos a Dios, recurrimos a Dios, pero cuando nos llega la calma y el bienestar, muchas veces también nos llega el olvido de Dios y el vivir alejado de su doctrina y de los ideales cristianos. 
 
Dios nunca nos ha abandonado pero nosotros sí y esto es fruto de que no estamos unidos verdaderamente a Dios.  A pesar de todo esto Dios nos reúne, como lo hace en esto momentos para celebrar la Eucaristía, Él nos convoca para: compartir y proclamar en alto nuestra fe, escuchar y acoger la Palabra de Dios con generosidad, revisar nuestro compromiso cristiano y reafirmar nuestro propósito de fidelidad a Dios. Dios nunca nos abandona, que no lo hagamos nosotros cuando todo nos va bien.
 
La 2ª lectura de  la carta a los Hebreos nos alienta a que cuando recibamos una corrección debemos asumirla con paciencia, porque a pesar de que nos molestemos por la corrección, el final siempre es positivo.
 
A veces nos comportamos incorrectamente ante las correcciones de Dios. Cuando nos cae una desgracia o sufrimos un accidente o una enfermedad, enseguida pensamos “¿por qué a mi?”. Y creemos que Dios nos está castigando. En realidad lo que denominamos “castigos” de Dios es más bien llamadas suyas para seguirlo en medio de las circunstancias que Él tenga dispuestas para cada uno de nosotros.  Lo que llamamos “castigos” de Dios, son correcciones de un Padre que nos ama. Son advertencias que Él nos hace para que tomemos el camino correcto, para que nos volvamos hacia Él, para que busquemos nuestra salvación y no la condenación.
 
El Evangelio de san Lucas nos hablaba hoy que para entrar al Cielo no hay entradas garantizadas ni entradas reservadas, hay que optar por entrar por la puerta estrecha.
 
Para entrar a una determinada escuela o a la universidad se exigen una serie de requisitos, no todos pueden entrar en la escuela que quieren porque no reúnen esos requisitos.
 
Y para entrar en el Reino de los Cielos ¿cuáles serán los requisitos y cómo debemos llenar nuestra solicitud? ¿Cómo debemos prepararnos y de qué nos examinarán? ¿Cuántos son los admitidos? Es la misma pregunta que alguien le hace a Jesús. 
 
Hay quien pensaría que para alcanzar la salvación bastaría con estar bautizado, tener muy bien guardada su certificado, aparecer dos o tres veces por la Iglesia con ocasión de alguna fiesta o ceremonias sociales, llevar alguna medallita y hacer alguna novena al santo de su devoción, pero para alcanzar la salvación, es decir para ser discípulo de Jesús, se requiere compartir su misión, sus ideales, su estilo de vida y su método de amar. La fe no se puede vivir superficialmente, se necesita un verdadero cambio interior. Para ser admitido en el Reino no se aceptan ni sobornos, ni valen parentescos o influencias. Es la rectitud de vida la que abre las puertas de la salvación.
 
No basta para salvarse el hecho de pertenecer a una determinada raza o pueblo, no se necesita un salvoconducto, ni siquiera es seguridad de salvación haber comido y bebido con el Señor. Se requiere entrar por la puerta estrecha, pero a nosotros nos gustan los caminos amplios de la comodidad, del llamar bien al mal, del conformismo y de la ambigüedad. Y para Jesús todo está muy claro: “Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.  A la sociedad la podremos engañar aparentando hacer cosas buenas que ocultan nuestras ambiciones y defectos, pero a Jesús no lo podemos engañar.
 
Quien ha conocido a Dios forzosamente tendrá que cambiar su vida y optar por otros caminos. Jesús optó por la justicia y por la verdad, y cuando se habla con la verdad y se exige la justicia se cierran muchas puertas y se vuelven peligrosos muchos caminos. Por eso muchas veces nosotros optamos por las verdades a medias, por la justicia aparente, y por la conveniencia social.
 
Creer es una actitud seria y radical y no sólo se reduce a ciertos actos de devoción.  Al  Reino de Dios sólo serán admitidos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón.

martes, 13 de agosto de 2019

XX DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XX DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos invitan a no sucumbir en la fe y nos recomienda que permanezcamos fieles en la lu­cha contra el pecado con los ojos fijos en Dios.
 
La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo la vida de Jeremías es toda una tragedia: ama a su pueblo y desea para todos lo mejor, pero tiene que anunciarles lo peor.  Sin embargo Jeremías cumple su misión y anuncia a todos la amarga verdad que le ha sido revelada.  Esto le acarrea la persecución de sus paisanos.
 
El auténtico mensajero de Dios debe siempre anunciar la verdad aunque le cueste la cárcel y la muerte. La "verdad" siempre es algo duro de pelar, acarrea más momentos de tristeza que de gozo y de alegría.  Jeremías es odiado por los ministros del rey e incluso por el mismo pueblo por quien tanto trabajó durante cuarenta años para obtener su conversión.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos se dirige a una comunidad cansada y vacilante en la fe. Los peligros a que se refiere son los de la segunda generación. Ha desaparecido el primer entusiasmo, la novedad del mensaje se ha convertido en costumbre, se dejan sentir las dificultades internas y externas y el camino de la cruz y de la resurrección se presenta como una carga pesada. La comunidad es muy distinta de lo que cabía esperar.
 
Hoy son muchos los cristianos y las comunidades inseguros en su fe. Son cristianos comprometidos, quieren instruirse, se plantean los problemas actuales, pero no saben qué camino tomar. Es el momento de aceptar la sabiduría de la cruz. Estar bajo la ley de la cruz significa, para la comunidad, soportar las tensiones y contradicciones en el interior de la comunidad, de la Iglesia, y perseverar a la espera del que da razón de nuestra fe: Cristo Jesús.
 
El Evangelio de san Lucas  nos dice hoy que la Buena Nueva es una noticia inquietante, que puede engendrar la división hasta en la propia familia.
 
Hoy por todas partes se nos quiere vender la felicidad, al precio que sea.  Pero los cristianos no nos podemos apuntar a esta oferta y más aún: nos atrevemos a decir que éste no es el camino y decimos que el camino que conduce al gozo de vivir, a la felicidad es otro.
 
La sociedad dice: “dichosos los ricos, los que ríen, los bien vestidos y considerados”; y nosotros los cristianos tenemos que decir: dichosos los pobres, los humildes, los perseguidos por causa de la justicia.   Para nosotros, sobre el pecado nada se puede edificar, porque lleva a la destrucción.
 
La felicidad llega por el camino del esfuerzo por construir un mundo justo y libre, por la lucha y por la fidelidad a las propias convicciones, por la rebelión contra el mal.  Este es un camino duro, pero extraordinariamente alentador.    Debemos tener una capacidad de resistencia infinita.  En este camino de lucha por la felicidad de todos no nos cansaremos ni perderemos el ánimo.
 
“He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Nos decía hoy Jesús en el evangelio. 
 
Ser fieles a Jesús y su evangelio, buscar la felicidad por los caminos de Dios, inevitablemente trae enfrentamientos.  Estamos en un mundo de muchas desigualdades y como cristianos queremos que la situación cambie, que vivamos en un mundo justo y de acuerdo al evangelio, y esto trae la división.
 
Los poderosos de la tierra, los privilegiados no quieren perder su situación y por eso los creyentes tenemos que seguir luchando para mejorar este mundo.   Dios ha sembrado en el corazón de los hombres una semilla de vida y de bondad, de felicidad y alegría. 
 
Pidamos a Dios que esta semilla germine, fructifique y se convierta en un árbol frondoso.
 

martes, 6 de agosto de 2019

XIX DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XIX DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas  de este domingo nos llaman a estar vigilantes en todo momento. Nuestra fe nos enseña a descubrir al Señor en los signos de los tiempos. Necesitamos crecer en la fe; en la búsqueda de las cosas del Señor.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda la celebración de la pascua entre los judíos, que significaba el centro de la vida religiosa y cultual del pueblo de Israel.  El pueblo celebra su liberación de los egipcios, gracias a la intervención de Dios.
 
Hay personas que no le encuentran sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.  Creen que la felicidad se encuentra en lo fácil, en la moda, en los antivalores, más que en los valores del Evangelio y el proyecto de vida que nos propone el Señor.
 
Todos los días somos presionados, sea por la opinión pública, o por la moda a vivir una vida fácil, alejados de Dios.  Por eso tenemos que estar vigilantes para no abandonar a Dios.  Sólo Dios es el que nos puede liberar, es el que se hace presente todos los días en nuestra vida indicándonos por dónde ir para encontrar la vida plena y la felicidad.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece testimonios de personas que vivieron profundamente la fe en Dios y la esperanza en sus promesas Y por ello alcanzaron la plenitud de su vida porque no quedaron defraudados.
 
Cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia.   Para ello se requiere una luz especial que llamamos fe.
 
La fe es la luz que alumbra nuestro caminar, ya que la fe “no es creer lo que no vemos, sino tener la certeza y seguridad de lo que esperamos”.
 
Cuando nuestra fe no es fuerte y nuestra confianza en Dios es débil, no podremos sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.  Sin embargo,  cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia porque la fe es tener la seguridad de lo que esperamos y la certeza de que lo alcanzaremos.
 
El Evangelio de san Lucas nos invita a la vigilancia, a estar preparados.
 
Hemos llegado a una situación de miedo ante el futuro, a causa de la violencia y de la inseguridad y esto  hace que las personas se encierren en sí mismas.  Por eso el Señor nos dice hoy: “No temas, pequeño rebaño”
 
Cristo nos dice que no tengamos miedo, pero también advierte dónde puede crecer el mal y cuál es el más grave peligro. El corazón se enferma cuando no vive el amor.  El corazón pierde su sentido cuando se le pegan  las cosas y faltan los sentimientos.  La acumulación de bienes es con frecuencia un comportamiento casi instintivo que surge del miedo a la miseria y al futuro. Pero no es raro que se transforme en egoísmo, en lujo en  opulencia y en avaricia. A veces se quiere acallar la conciencia dando una limosna o donando lo que ya no sirve, pero el corazón se queda atrapado en los bienes materiales.
 
Los bienes no son nuestros, son de Dios y son para toda la humanidad. San Basilio decía: “El pan que guardas para ti, es del que tiene hambre; el manto que escondes en el ropero, es del desnudo; los zapatos que se quedan olvidados en un rincón, son del descalzo; el dinero que escondes, es del que tiene necesidad…”.
 
Los tres ejemplos que nos ofrece hoy Jesús nos cuestionan sobre la forma de vivir nuestra vida, de utilizar los bienes y de esperar la venida del Señor.  Uno de los riesgos de nuestra vida es vivir una vida superficial, mecánica y rutinaria.  Con el pasar de los años terminamos viviendo una vida sin sentido y empobreciéndonos espiritualmente.  Estar vigilantes es despertar cada día con ganas de vivir más y mejor y encontrar felicidad sirviendo a nuestros hermanos. Tiempo de vigilancia y de espera significa tiempo de gozo, tiempo de trabajo, tiempo de construcción, responsabilidad, fidelidad y tiempo de amar.
 
Necesitamos darnos cuenta de cuáles son los ladrones que están robando nuestra paz, por dónde están entrando o si nosotros mismos los hemos invitado a casa. Es triste que, disfrazados de bienestar y comodidad, muchas veces metemos enemigos que nos roban la paz y la armonía del hogar.
 
Necesitamos estar alertas, pero también necesitamos hacer un examen muy minucioso del corazón, si no está lleno de egoísmo; si no se han obstruido sus arterias por tanta grasa de los bienes materiales; si no se ha endurecido por la envidia, el rencor o la venganza. Hay que mirar los enemigos de fuera que pueden destruirnos, pero hay que estar muy atentos a los enemigos de dentro que pueden contaminar el corazón.  Ante todos estos peligros, escuchemos con mucha atención la invitación de Jesús  a estar alertas, pero con la seguridad y la esperanza que nos dan sus palabras: “No temas, pequeño rebaño”.
 
 

martes, 30 de julio de 2019

XVIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XVIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
La liturgia de este domingo nos interroga acerca de la actitud que tomamos frente a los bienes de este mundo. Los bienes de este mundo no pueden ser el dios que dirija nuestra vida.
 
La 1ª lectura del Libro del Eclesiastés, nos decía que todo es “vana ilusión”.  ¿Para qué tanto esfuerzo y tanto agotamiento? ¿Para qué luchar tanto si todo lo dejaremos aquí?, ¿para qué tanto esfuerzo y desasosiego si no somos felices ni nuestro corazón descansa tranquilo?
 
¡Hay personas que no tienen tiempo para disfrutar de la vida! Y la gran ironía de la vida es que su trabajo no les obtiene ningún provecho, otros lo disfrutan.
 
Es muy triste que haya hombres que trabajan para que otros disfruten las ganancias. Esta es una actitud muy frecuente en nuestras vidas y así solemos decir: “todos mis esfuerzos son para dejarles un porvenir a mis hijos” o decimos: “sólo me importa el futuro de los míos”.  El libro del Eclesiastés nos advierte y nos dice que todos esos esfuerzos son vana ilusión porque en muchas ocasiones los hijos malgastan las herencias y los nietos terminan siendo pobres.  Este es el peligro de subordinar todo al trabajo y a las ganancias.
 
Los bienes materiales no dan sentido a nuestra vida.  Dios es el único que llena el “vacío” que no pueden llenar los bienes de la tierra.
 
San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Colosenses nos aconsejaba buscar los bienes del cielo donde está Cristo esperándonos para premiarnos si nuestra vida ha sido buena. 
 
No nos apeguemos demasiado a las cosas terrenas porque cuando llegue nuestra hora, cuando el Señor decida llamarnos, lo dejaremos todo aquí. Hemos de luchar por aquellos bienes que no se terminan con la muerte; por los bienes que sí podemos “llevar con nosotros”.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la parábola del “rico insensato”
 
El evangelio de hoy cuestiona fuertemente algunos de los fundamentos sobre los que se construyen nuestra sociedad.  El capitalismo salvaje que, por amor al dinero, esclaviza y obliga a trabajar hasta el agotamiento (y por sueldos miserables) a hombres, mujeres y niños continúa presente en muchos países.
 
Muchos trabajadores, probablemente, pasan la vida esclavos del trabajo y de los bienes, que no nos dejan tiempo ni disponibilidad para las cosas importantes: Dios, la familia, el prójimo.  Muchas veces, el mercado del trabajo, no nos da otra posibilidad (si no producimos lo que la empresa ha planificado, otro ocupará nuestro lugar).  Otras veces, somos esclavos del trabajo porque queremos serlo.  Cuántas personas deciden no tener hijos, para dedicarse a una carrera de éxito profesional que los haga ricos antes de los 40 años.
 
En un país en donde a muchas familias el dinero no les alcanza para comprar el alimento necesario; en donde muchos mueren porque no tienen dinero para curarse las enfermedades más sencillas, en un ambiente en donde con frecuencia vemos que la justicia se compra con dinero, es fácil que nos suenen  atrayentes frases como: “El dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla,”  o “poderoso caballero es Don Dinero.”
 
Con frecuencia pensamos que “el dinero abre todas las puertas”, pero Jesús y la experiencia nos aseguran que la vida, la felicidad y las cosas que verdaderamente valen no se compran con dinero. 
 
¡Cuántas familias divididas a causa de las herencias!  ¡Cuánta corrupción social por un puñado de monedas!  ¡Cuánta esclavitud, prostitución y drogadicción, para que unos cuantos amasen fortunas!
 
El riesgo de quien vive disfrutando de sus bienes es olvidar su condición de hijo de Dios y de hermano de todas las personas. Su condena es ir cargando sobre sus hombros el pesado fardo que ha amasado pero que terminará oprimiéndole el corazón y pasará a otras manos. Como el burro del aguador que se muere de sed llevando sobre sus lomos los cántaros de agua. Si la riqueza no se comparte, corrompe el corazón, lo atrofia y lo hace infeliz.
 
La vida de una persona sólo tiene sentido si se hace rico ante Dios, por eso Jesús nos pide hoy que busquemos sobre todo el Reino de Dios y su justicia, que seamos solidarios y compartamos las riquezas para que nuestras manos no estén vacías cuando nos presentemos al final de nuestra vida ante Dios.
 
 

martes, 23 de julio de 2019

XVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos habla sobre la oración y la actitud que nosotros como cristianos debemos tener cuando oramos a Dios.
 
La 1ª lectura del libro de Génesis nos presenta a Abraham dialogando y regateando con Dios para salvar a Sodoma y Gomorra de su destrucción.
 
Con Abraham nos damos cuenta que el deseo de salvar de Dios es mucho más fuerte que la decisión de castigar.  En realidad, son los habitantes de ambas ciudades que por los excesos de su vida corrompida no dejan a Dios otra salida; ellos mismos se han autocondenado.
 
Si nos fijamos en la historia de las grandes civilizaciones, hallamos épocas de gran poder, construidas a veces sobre todo tipo de vicios, injusticias, falta de ética y de corrupción a todos los niveles, todas estas cosas han sido la ocasión para el derrumbamiento, el hundimiento hasta la desaparición de aquellos imperios.
 
Hoy día tenemos que tener los ojos abiertos y un espíritu crítico ante las deficiencias y pecados de nuestra sociedad.  Estamos en un punto de nuestra historia muy parecido a Sodoma y Gomorra.  Comprobamos, con dolor, que cada día hay más y más personas que ven el pecado como algo normal.  Nada ven como pecado. 
 
Hay que rezar cada día para que esta sociedad cambie y se acerque más a Dios.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses es una catequesis sobre el Bautismo.
 
Por el bautismo nos incorporamos a la muerte y resurrección de Cristo: morimos al pecado para renacer como hijos de Dios.  Nos incorporamos también a formar parte de una comunidad parroquial, ya no somos seres aislados y solitarios formamos parte de la gran familia de los hijos de Dios.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a los discípulos pidiéndole a Jesús que los enseñe a orar.
 
Parecería extraña y fuera de lugar en nuestros tiempos la súplica de los discípulos que piden: “Señor, enséñanos a orar”. ¿Por qué orar en nuestros tiempos? ¿Tendrá sentido la oración en un mundo tan lleno de ciencia y de técnica que parece que ya todo lo sabemos, todo lo podemos y todo lo prevenimos?
 
Hoy más que nunca necesitamos hacer la misma petición a Jesús: “Señor, enséñanos a orar”. Y no tanto porque necesitemos oraciones o novenas que como ritos mágicos nos alcancen el favor que estamos pidiendo; no padrenuestros dichos corriendo para cumplir con las obligaciones de un rito. 
 
Orar es ponerme frente a Dios. Sin más preocupaciones.  Nosotros que tenemos tantas actividades y nos hemos llenado de preocupaciones y evasiones, debemos  aprender a “estar” calladamente delante de Dios que sabemos que nos ama. No es posible vivir la fe cristiana ni nuestra vocación humana sin orar.
 
Al rezar hemos de invocar a Dios como “Padre nuestro”.  Dios es ese Padre bueno que siempre nos escucha.  Pero además al decir Padre nuestro estamos saliendo de nuestro individualismo, estamos reconociendo en todo hombre la misma dignidad de ser hijos de Dios. 
 
No podemos decir que Dios es Padre “nuestro”, si damos la espalda y rechazamos la construcción del Reino de Dios que se hace con todos los hermanos; no podemos pedir que se haga la voluntad del Padre buscando injustamente sólo nuestros intereses a costa del dolor de los hermanos.
 
Pedir el pan es dejar a un lado las ambiciones egoístas que nos llevan a esconder y acumular los bienes de todos, haciendo sufrir y creando estructuras injustas que empobrecen a muchos hermanos nuestros. Pedir el pan de cada día es confiar en la Providencia y tender la mano abierta a compartir el pan que hoy Dios mi Padre me ha regalado.
 
Perdonar y ser perdonados.  No hay peor cosa que el rencor, la envidia, la mentira, la injusticia y la venganza. Necesitamos purificar nuestro interior y pedir que alcancemos la gracia de estar en paz tanto con los que nos han ofendido como con aquellos a quienes hemos ofendido nosotros.
 
Hoy necesitamos aprender nuevamente el Padre Nuestro, aprender a recitarlo y a vivirlo, hacer vida cada una de las palabras contenidas en el Padre Nuestro.
 
 

martes, 16 de julio de 2019

XVI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XVI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este Domingo nos invitan a reflexionar sobre la hospitalidad y a vivir nuestra relación con Dios desde la oración y el trabajo.
 
 
La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham acogiendo a tres personajes y siendo hospitalario con ellos.  Acogiendo a estos tres personajes, Abraham estaba acogiendo al mismo Dios en su casa.

 
Se ha perdido en nuestro tiempo un valor que era fundamental para nuestros padres. Ahora hay más desconfianza ante el desconocido o forastero, más desconfianza ante aquél que no es de los nuestros: solemos cerrar la puerta de nuestras casas; desconfiamos del desconocido que se acerca a nuestra puerta, limitamos nuestra comunicación con los demás, nos encerramos en nuestra casa o en nosotros en vez de salir al encuentro del que viene. Quizá esto es debido a la sensación que tenemos que no nos falta de nada,  y llegamos a la conclusión de que no necesitamos a los demás.  Pensamos que cada cual se las debe arreglar como pueda, cada uno que solucione sus problemas, pues no es nuestro problema. No nos damos cuenta de que acoger a los demás enriquece nuestra vida, nos abre nuevos horizontes, nos hace sentir el gozo de la fraternidad y nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y con Dios.
 
Sin embargo, la hospitalidad sigue siendo una gran virtud y una gran necesidad en nuestro mundo. El acoger al hombre es dar acogida a Dios en nuestra vida.
 
En la 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses,  san Pablo nos ha explicado los grandes bienes que le han sido dados como consecuencia de haber recibido a Jesús con fe y amor. 
 
Nos decía San Pablo que hay que corregir y enseñar para que todos lleguen a la madurez en la vida cristiana.  ¿Cuándo se puede decir que un cristiano es maduro? Las lecturas nos vienen a decir cuando uno acepta y acoge la Palabra de Dios y la cumple, cuando uno acepta la voluntad de Dios en su vida. Normalmente queremos que Dios haga lo que nosotros queremos y no nos damos cuenta que lo que tenemos que hacer es ponernos en sus manos, para que se haga su voluntad, que es nuestra felicidad.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de Marta y María.
 
Muchas veces se ha caracterizado a nuestra época como una época de cambio, de movimiento, de ruido y de banalidad. Vivimos tan de prisa y nos llenamos de tantas cosas que al final nos quedamos vacíos.
 
La imagen de Jesús compartiendo familiarmente con los amigos, dialogando, proponiendo y dejando espacios de comunicación tendría que ser para nosotros un fuerte reclamo a las prisas, los ruidos, las carreras y el activismo que a toda hora nos come y nos quita tiempo.
 
Parecería que le tenemos miedo al silencio, a la contemplación y a la reflexión. Las palabras de Jesús a Marta son palabras también para nosotros: “Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria”. Lo que Jesús le dice a Marta no es que esté equivocada al hacer sus quehaceres, sino en la forma de hacerlos y en querer que María también se ponga en actividad frenética.
 
El caso de Marta y María es aprovechado por San Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Para conocer y amar a Jesús tiene que haber un encuentro y para el encuentro se requiere silencio, apertura y espacios.
 
Hoy en día vemos cómo las personas pueden durar horas hablando por Internet, teléfono, o Chat, pero son incapaces de comenzar una conversación a corazón abierto, frente a frente, con el hermano, el amigo, la mamá o el vecino, o con Dios. Tenemos miedo al encuentro porque todo encuentro, para bien o para mal, tiene sus consecuencias. Todos debemos confesar que en nuestra vida hemos encontrado personas que nos han marcado íntimamente.
 
Hoy Cristo nos invita a un encuentro con Él.  Y lo primero que exige Jesús para un encuentro es saber escuchar su palabra.
 
Es necesario no sólo escuchar a Jesús sino también a los otros.  Es necesario aprender a escuchar a los demás en el trabajo, en la escuela, en los grupos, a los pobres.   A veces hacemos y hacemos, pero no lo que los otros esperan de nosotros. A veces nos deshacemos en actividad pero no la importante, no la que quiere Jesús.
 
Que hoy podamos escuchar la Palabra de Jesús para después expresarla en el verdadero servicio a los hermanos.