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martes, 5 de noviembre de 2019

XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
 
Las lecturas de hoy son una reflexión sobre la vida, la muerte y la resurrección.  La vida nos enseña que la muerte es compañera de viaje, pero la muerte no es el punto final, sino un punto y seguido, es un paso doloroso, pero un paso hacia Dios nuestro Padre.
 
La 1ª lectura del segundo libro de los Macabeos nos cuenta la historia de la persecución, tortura y martirio de 7 hermanos por causa de la fe.  Estos hermanos no consintieron renunciar a sus tradiciones religiosas de comer algo impuro y prefirieron morir antes que serles infiel a Dios.
 
Cuando se da la vida por algo, siempre se hace porque, como cristianos, sabemos que la vida aquí en la tierra no lo es todo, sabemos que hay otra vida.
 
¿Qué sentido tendría nuestra vida, nuestros sueños, nuestras metas tan deseadas, si lo que nos espera es, inevitablemente la muerte?  ¿Cómo puede ser que nuestro destino sea perder todo aquello que amamos? ¿Cómo puede ser que la muerte sea el viaje fatal en dirección hacia la nada?
 
La fe nos da la certeza de que la vida continúa más allá de esta tierra.  Lo que motivó a los 7 hermanos mártires y lo que motiva a tantos mártires de ayer y de hoy para enfrentar la tortura y la muerte es la certeza de que Dios reserva la vida eterna a aquellos que, en este mundo viven con fidelidad.
 
Quien cree en la resurrección no puede dejarse paralizar por el miedo, porque el miedo muchas veces nos impide defender los valores en los que creemos.  Quien cree en la resurrección es la persona que puede comprometerse en la lucha por la justicia y por la verdad, porque sabe que la muerte no lo puede vencer ni destruir.
 
En un mundo en el que lo que es verdad por la mañana, dejar de serlo en la tarde, en que parecen legítimos cualquier medio para alcanzar ciertos fines, la primera lectura de hoy nos cuestiona sobre si somos capaces de defender, con verdad y determinación aquello en lo que creemos; si somos capaces de luchar, aún contra corriente, por los valores verdaderos y auténticos.  ¿Somos capaces de defender lo que creemos hasta la muerte?
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos exhorta a vivir con constancia nuestra fe: una fe expresada en buenas obras. 
 
Nos pide también que hagamos oración para que el Evangelio sea conocido por todos y que no nos desanimemos si vemos que hay personas que no aceptan el Evangelio, porque como nos dice san Pablo, la fe no la aceptan todos.  Para algunos la fe no es suya porque nunca la han tenido, ni se les ha concedido ese don.  Para otros la fe es algo que tuvieron en algún momento de su vida pero que la dejaron adormecer.  Otros, simplemente no la han cultivado ni la han dejado crecer y se les ha quedado pequeña.
 
Por eso, alegrémonos nosotros por el don de la fe y haber sido elegidos por el Señor.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a unos saduceos que le plantean a Jesús una pregunta capciosa, una pregunta para ridiculizar la creencia en la resurrección.  Basándose en la “Ley del levirato”, por la que el hermano del esposo debía casarse con la viuda si ésta no tenía descendencia, le preguntan a Jesús: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer”.
 
Jesús afirma la existencia de otra vida después de la muerte.  Pero también nos dice que la vida eterna no es continuación de la actual.
 
Jesús responde a los saduceos diciendo que no se imaginen la vida eterna según el modelo de la vida actual. La resurrección no debe ser imaginada como la reanimación de un cadáver. La vida eterna no es, una mera prolongación de la vida de este mundo; ya no está sujeta a la muerte. La resurrección es una forma de existencia totalmente nueva y transformada. Se trata de una nueva vida, de la participación plena en la vida de Dios.
 
Los cristianos estamos llamados a tener un convencimiento total en la existencia de otra vida después de la muerte.
 
Dios creó la vida y nos la regala.  Lo que Dios ama no puede terminar, no puede tener fin en el tiempo, el amor de Dios ha de vivir para siempre como Él.  Somos sus hijos y por eso nos ha dado a su propio Hijo para que tengamos vida y superemos la muerte.  Dios nos resucitará un día para vivir con Él.
 
La muerte acaba con nuestra vida biológica, pero no puede terminar con la vida que brota de Dios.  El creador de la vida es más fuerte que la muerte, porque “nuestro Dios, no es un Dios de muertos, sino de vivos”.
 
Porque Dios es un Dios de vivos, todos nosotros debemos apostar por la vida.  Tenemos que cuidar nuestra vida aquí y la vida en definitiva en el más allá.  Hay que luchar por la vida y esforzarnos por tener una vida digna para nosotros y para todos.  Optar por la vida es, por lo tanto, optar por Dios, es no apoyar los antivalores de muerte que se propagan en nuestro mundo, como la violencia, el odio, la miseria, etc.
 
Hoy, Jesús nos invita a fortalecer nuestra fe en la resurrección y a creer en un Dios que es Padre y que nos ha dado una vida maravillosa que la continuaremos después de la muerte.

martes, 29 de octubre de 2019

 
                                   XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos invita a contemplar el amor de Dios.  Dios ama a todas las criaturas, porque todos encontramos en el amor de Dios nuestra razón de ser.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos presenta una reflexión sobre el mundo, sobre lo hombres, sobre la historia, todo ello desde la luz de la fe en Dios creador de todo lo que existe.
 
El mundo que Dios creó, lo creó bueno y todas las cosas buenas nos las regaló Dios a nosotros los hombres.  Sin embargo, existen cosas malas e injustas, que no proceden de Dios, sino que proceden del hombre.
 
Existe el mal porque los poderosos abusan del poder y cometen injusticias, porque saben que su poder es limitado.  El poderoso es injusto, porque ambiciona más poder, porque teme perder el poder, por codicia, porque no ama al prójimo, sino que se ama a sí mismo.
 
Dios, por el contrario, es un Dios lleno de bondad, de misericordia, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta.
 
Ante la gran misericordia de Dios, podemos tener diferentes posturas.  Hay personas que piensan: “Si Dios está dispuesto siempre a perdonarme, da lo mismo hacer el bien que el mal”.  Esto nos puede llevar a burlarnos del amor de Dios y por supuesto pensar así es un terrible pecado. 
 
Dios nos llama a corregir todas aquellas cosas que hacemos mal, nos invita a reconocer nuestros pecados y a cambiar nuestra mentalidad y nuestra forma de vivir.  Dios es grande, y espera siempre nuestra conversión para poder salvarnos.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos da una serie de consejos para que no nos equivoquemos en la manera de seguir al Señor.
 
A lo largo de nuestra vida, es necesario estar atentos para saber discernir lo que es verdad de lo que es mentira, lo cierto de lo equivocado, lo que es de Dios y lo que es solamente palabra humana.  Hay personas que por buscar ser protagonistas, perturban y engañan a la gente, enseñando o predicando un evangelio distinto a que nos transmitió el Señor. 
 
El camino para descubrir lo cierto de lo equivocado está en la Palabra de Dios y en una vida de comunión y de intimidad con Dios en su Iglesia.
 
También, hoy, San Pablo, nos decía que hay problemas tanto sociales como personales y familiares que no están en nuestras manos resolverlos y por ello nos invita a la oración para pedir al Señor su ayuda y su solución.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de Zaqueo.  Zaqueo era un publicano, cobrador de impuestos, que además de cobrar los impuestos, cobraba una comisión para él. Zaqueo se encuentra con el Señor, se convierte y devuelve lo que ha robado.
 
Búsqueda, encuentro y conversión.  Estos son los tres momentos por los que pasa Zaqueo y deben ser los tres momentos por los que nosotros también tenemos que pasar si realmente queremos convertirnos, si realmente queremos encontrar un sentido a nuestra vida.
 
La actitud de búsqueda, es una actitud que por desgracia no se da mucho entre las personas.
 
En el terreno religioso, nos hemos acostumbrado a cumplir con los ritos, una misa por mis difuntos, una misa para celebrar las bodas de plata o de oro, la misa dominical, el bautismo y la primera comunión para no ser menos que los demás.  Y así nos hemos acostumbrado a vivir con un cumplir, con un aparentar.  Viviendo superficialmente, sin plantearnos ni el sentido de lo que hacemos ni por qué lo hacemos.
 
Zaqueo se subió a la higuera para ver a Jesús.  Nosotros también tenemos que hacer un esfuerzo, empezando por interesarnos por lo que pasa a nuestro alrededor, cuestionar nuestra vida, preguntarnos por el sentido de lo que hacemos.  Intentar ser coherentes en todo lo que hacemos.  Como ciudadanos asumiendo nuestra responsabilidad en lo político, y si a los políticos les pedimos honradez, empecemos nosotros a ser honrados también.  Como empresarios y obreros, denunciemos las injusticias, pero cumpliendo también con honradez con nuestro contrato de trabajo, y como cristianos asumiendo nuestra responsabilidad en la Iglesia y siendo coherentes con nuestra fe.
 
Como Zaqueo, tampoco nosotros estamos contentos con nuestra vida, como Zaqueo también nosotros nos hemos aprovechado de los demás, y como Zaqueo nosotros también hemos oído hablar de Jesús y hemos de dejarlo que entre en nuestra casa, en nuestra vida para que la cambie por completo.
 
Por eso, hoy pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a ponernos en actitud de búsqueda, a salir de nuestra comodidad y superficialidad, a dejar al Señor que entre en nuestro corazón, para que podamos encontrarnos con Él y seamos felices.
 

martes, 22 de octubre de 2019

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes, por los pobres y marginados y no por aquellos que se sienten seguros de sí mismo.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico manifiesta la actitud de Dios para quien acude a Él pidiendo protección.  Dios es un “juez justo” que no se deja sobornar por nadie.
 
La verdadera religión es aquella que vive y pone en práctica el mandamiento del amor hacia los más necesitados.  No es verdadera religión la de aquellos que dan dinero a la parroquia o a obras de caridad, pero no pagan justamente a sus obreros; no es verdadera religión la de aquellos que el domingo dan una buena limosna, pero no respetan la dignidad y la libertad de los otros; no es verdadera religión la de aquellos que le hacen promesas a Dios para que les vaya bien en sus negocios chuecos o para hacerle daño a alguna persona.
 
Una religión desligada de la vida es una religión falsa, hipócrita, con la cual Dios no quiere tener nada que ver.
 
Por eso, Dios tiene debilidad y compasión por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo no los toma en cuenta.  Dios los ama a todos ellos y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos, ni se olvida cuando violamos la dignidad de hijos de Dios.
 
Nosotros, como hijos de Dios que somos, tenemos que luchar contra todo lo que genera muerte, infelicidad, explotación, injusticia y opresión.
 
No olvidemos, pues, que quien acude a Dios con humildad, con confianza, con esperanza no quedará defraudado.
 
La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una invitación a vivir nuestra vida cristiana con entusiasmo, con entrega, con ánimo.
 
Ser cristiano, implica muchas veces renunciar a los falsos valores del mundo; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado y difamado.
 
Sin embargo, aquel que elige a Cristo, no está sólo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; aunque seamos criticados por anunciar el evangelio, por vivir auténticamente nuestra fe, el Señor está a nuestro lado, nos da fuerza, nos anima y nos libra de todo mal. No nos olvidemos que no estamos solos.  Contamos con la fuerza de Dios.
 
En el Evangelio de san Lucas, Jesús confronta dos tipos de religiosidad que se dan en todas partes: la del fariseo que se cree bueno por lo que hace, por lo que piensa y dice, por sus prácticas religiosas, y desprecia y acusa a los demás, y la del publicano que se reconoce pecador, se avergüenza, quiere cambiar y se arrepiente ante Dios. 
El evangelio de hoy nos dice una cosa muy clara: para acercarnos a Dios debemos sentir que lo necesitamos de verdad.  Debemos sentir que sin su ayuda y su fuerza no somos nada.  Debemos sentir que, por mucho que nos esforcemos por ser buenos, siempre nos quedará un gran camino que recorrer para llegar a amar a Dios como Él nos ama.
 
Hoy, como ayer, nadie se considera fariseo.  Pero esto no quiere decir que los fariseos hayan desaparecido.  Jesús llama fariseos a “quienes teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás”.
 
Queremos cambiar las cosas, lograr una sociedad más humana, pero pensamos cambiar la sociedad sin cambiar nosotros.  Posiblemente sea éste uno de los males más perjudiciales de nuestros días.
 
Queremos paz y nos hacemos insensibles a la violencia: hasta cuando hablamos de la paz, lo hacemos de forma violenta; cuando luchamos contra la violencia, estamos provocando una nueva violencia, insultando, atacando a los demás.  Pensamos estar libres de toda culpa, porque condenamos a los demás.
 
El fariseo de ayer y de hoy es esencialmente el mismo.  Un hombre que se siente satisfecho de sí mismo y seguro de lo que vale.  Un hombre que se cree siempre con la razón.  Que se cree que tiene la verdad absoluta y por eso se atreve a juzgar y condenar a los demás. 
El fariseo juzga, condena y se cree con las manos limpias.  El fariseo no cambia, no se arrepiente de nada, no se corrige.  No siente que comete injusticias.  Por eso exige siempre a los demás que cambien, que se renueven que sean más justos.
 
Con demasiada facilidad nos comparamos con los demás y nos convertimos en sus jueces, pero eso sí, nosotros somos siempre, o casi siempre, los buenos, los justos, los que hacemos las cosas buenas y bien.
 
Hoy podríamos hacer un examen de conciencia, es decir, repasar las cosas que hacemos mal.  O las cosas que deberíamos hacer y no las hacemos, en casa, en el trabajo, en nuestra relación con los demás, en el uso de nuestro dinero o de nuestro tiempo, en el servicio a la comunidad, en la ayuda a los pobres, en nuestra relación con Dios.  Seguro que ya sabemos en qué cosas estamos fallando más.  Pues, recordemos todas esas cosas y reconozcamos nuestros pecados ante Dios y pidámosle ayuda para seguir adelante y no ser o actuar como el fariseo. 

martes, 15 de octubre de 2019

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
DOMUND
 
La Palabra de Dios hoy nos invita a mantener una estrecha relación con Dios.  Hay que saber pedirle a Dios con insistencia por medio de la oración.
 
La 1ª lectura del libro del Éxodo, quiere ofrecernos, no tanto el detalle de una batalla de guerra, cuanto el hecho de que es Dios quien salva al pueblo elegido.
 
El éxito de nuestras luchas y preocupaciones, depende de la perseverancia (a pesar del cansancio) y de la solidaridad, ayudándonos unos a otros.
A Moisés, en su oración, se le doblan los brazos de puro cansancio, pero se sobrepone a ello ayudado por sus compañeros y alcanzan la victoria sobre sus enemigos.
 
Hay que entender que los brazos levantados son un signo de oración, de invocación a Dios. Así, pues, mientras el pueblo, a través de su intercesor Moisés, pone la confianza en Dios, obtiene lo que necesita. En cambio, cuando prescinde de Dios, todo va mal.

Es el ejemplo para nosotros hoy: no desanimarse en la lucha, aunque sintamos la tentación del cansancio en el orar, o no veamos los frutos de nuestros ruegos de modo inmediato. Insistir en la oración como Moisés lo hizo, y la victoria estará de nuestra parte.
 
En la 2ª lectura, de San Pablo a Timoteo, San Pablo exhorta a todos los sacerdotes, catequistas, educadores cristianos a que tengamos como base de nuestros trabajos, de nuestra acción pastoral y de nuestro compromiso la Sagrada Escritura.
 
En ocasiones parece como si nos sintiéramos desorientados en nuestras vidas; como si no supiéramos cómo actuar para hacerlo bien. Estamos presionados por las dudas.  San Pablo nos dice hoy que en nuestras dudas, prestemos atención a la Palabra de Dios, a las Sagradas Escrituras.

En ellas encontraremos luz suficiente para actuar siempre en la línea de la fe cristiana. La Palabra de Dios orienta nuestro proceder. Y no solamente debemos acudir a ella para encontrar la luz que nos oriente, sino que debemos proclamarla con decisión, con claridad y ejemplaridad.
 
Por ello debemos frecuentar la lectura, meditación, reflexión sobre la Palabra de Dios, pues esto es fundamental, imprescindible, tanto personalmente como en el servicio de la evangelización.  Si no conocemos la Palabra de Dios, no sabremos hablar de Dios. 
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la parábola de la viuda pobre que reclama justicia a un juez que no le temía a Dios ni respetaba a los hombres.
 
Este juez injusto decidió un día hacer justicia pero sus motivos no eran rectos, lo hacía por la insistencia de la viuda y para que ya no lo siguiera molestando.
 
Desde entonces, no ha cambiado mucho la situación que se vive en nuestros días.  Hoy las tinieblas intentan vencer a la luz, hay una lucha permanente por parte de las tinieblas para querer vencer a la luz.
 
La imagen de la viuda débil e impotente es el reflejo de nuestra situación actual donde vivimos acosados por la injusticia, donde nuestros gritos buscando soluciones se ahogan en la sangre de los inocentes, en la corrupción de las instituciones y en el miedo de muchos ciudadanos.  Corremos el peligro hoy de encerrarnos en nosotros mismos y pensar que mientras no nos toque a nosotros la desgracia hay que dejar que todo siga como está.
 
En nuestra sociedad se hace palpable la injusticia, injusticia que golpea sobre todo a los marginados e inocentes.  El grito de la viuda es el mismo grito que no cesa día y noche, es la oración de los oprimidos para que cambie este  sistema injusto y esta guerra sin sentido. Es el grito desesperado del pequeño y débil que se siente impotente y sin confianza en sí mismo y que no tiene más remedio que acudir a Dios para resolver sus conflictos.
 
Es urgente restablecer un ambiente social de justicia, en el que las instituciones cumplan con su deber, en el que las leyes justas se apliquen sin miramientos ni concesiones, en el que el imperio de la ley este al servicio del bien de la persona y de la sociedad.
 
Los cristianos debemos ser conscientes de que Dios está a nuestro lado y que Él nos impulsa a trabajar por la justicia y la fraternidad, por eso es muy importante no desfallecer en la oración, insistir en la oración, pidiéndole a Dios fuerzas para que su Reino se implante en este mundo.  Sólo la oración nos dará esperanza en un mundo mejor.  Pero no olvidemos que la oración nos tiene que llevar a la acción, al esfuerzo por mejora la justicia en este mundo.
 
¿Somos cristianos que nos mantenemos en oración y que buscamos la justicia sin miedo a las dificultades?  Jesús nos prometió: “Yo os digo que os haré justicia sin tardar”
 
El papa Francisco nos ha invitado a celebrar un Mes Misionero Extraordinario. El Santo Padre quiere que despertemos en nosotros la conciencia de la misión ad gentes y retomemos con nuevo impulso la responsabilidad de la Iglesia entera en proclamar el Evangelio a todos. La urgencia de este anuncio nos exige una auténtica "conversión misionera", para cumplir el mandato pascual de Jesús: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio" (Mc 16,15).
 
El lema "Bautizados y enviados" nos habla de que todos hemos sido llamados a caminar por el mundo llevando en el corazón, en los labios y en la vida el más precioso regalo: la Buena Noticia de Jesús.
 
Todos los bautizados –y, entre ellos, por supuesto, los jóvenes– hemos de llenar de ardor y pasión misionera nuestra vida. Nuestro espejo son los misioneros, que se entregan a los más pobres para que todos los rincones del mundo donde hay oscuridad se llenen de la luz y el gozo que proyecta la presencia del Resucitado.

martes, 8 de octubre de 2019

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo son una invitación a la acción de gracias, a la alabanza, al reconocimiento agradecido de la salvación que Dios nos regala.
 
La 1ª lectura del segundo libro de los Reyes nos muestra a Dios curando a Naamán, el sirio, que era leproso y extranjero.  A través de una cosa tan sencilla como lavarse en el río Jordán, se logra el milagro que se pide.  Y es que Dios no exige cosas imposibles; solamente “creer y confiar en Él”.
 
En nuestros días, somos invitados, diariamente, a poner nuestra confianza, nuestra esperanza y nuestra seguridad en los ídolos.  Para algunas personas su confianza la depositan en los brujos y adivinos que, supuestamente, les garantizan la solución para todas las enfermedades, males de amor, fracasos en los negocios, etc., pero cobrándoles una suma de dinero; para la mayoría de la gente su confianza la depositan en el dinero, el poder, la moda, la comodidad, el éxito, el coche, etc.
 
Naamán entendió que su curación no fue cosa de magia o brujería sino del poder gratuito de Dios.  Al tiempo que fue liberado de la lepra, entendió que ese milagro no podía tener otra explicación más que el poder de Dios, que, por la misma razón, ha de ser el único Dios de toda la tierra.
 
Naamán es un símbolo de todos los hombres que buscan el favor del único Dios verdadero y una vez que lo encuentran creen sólo en Él y le dan culto.  Podríamos decir que Naamán es el tipo de persona que vive alejado de su fe y que, una vez que ve lo que el Dios misericordioso hace por él, responde a la fe con un ánimo agradecido.
 
La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una exhortación a la fidelidad a Dios.  Jesucristo es nuestra razón de vivir, de continuar, de esperar.  Tener miedo a los riesgos que puedan derivarse del anuncio del Evangelio, sería renegar de Jesús.
 
Los hombres no pueden encadenar ni silenciar la Palabra de Dios.  Hoy que se habla de libertad religiosa, sigue existiendo persecución contra algunas personas que hablan de Dios y que proclaman su Palabra a las gentes.  Hay persecución porque la Palabra de Dios nos cuestiona, denuncia todo lo que no está de acuerdo con la realización plena del hombre. 
 
No tenemos que tener miedo de proclamar la Palabra de Dios, porque el Señor ha prometido el éxito para quienes son perseverantes en su labor de proclamar su Palabra sin miedo.  No podemos encadenar ni silenciar la Palabra de Dios.
 
En el Evangelio de san Lucas, Jesús se queja diciendo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?”
 
Esta queja de Jesús nos tiene que cuestionar a todos nosotros.  Mucha gente de hoy piensa más en sus derechos que en ser agradecidos.
 
En nuestra sociedad cada vez somos menos agradecidos, hoy todo lo aseguramos y hacemos las cosas por contrato.  Hoy todo se intercambia, se presta, se debe, se exige, es la ley del mercado.  Cada uno tiene lo que ha conseguido o ha ganado con su trabajo.  A nadie se le regala nada.  Los favores y regalos suelen ser interesados para alcanzar algo a cambio.
 
Todos luchamos por los derechos de la persona, pero hay una virtud por la que tendríamos que luchar y conquistar: la gratitud, el ser agradecidos.
 
Es la llamada de Jesús hoy, recordarnos que no podemos ser humanos sin ser agradecidos, sin dar las gracias por todo lo que recibimos en la vida: salud, inteligencia, amistad, amor.
 
Con frecuencia, los cristianos nos preocupamos más de cumplir los mandamientos que de darle gracias a Dios.  Vivimos compitiendo con los demás y nos olvidamos de darle gracias a Dios por el don de la vida que nos ha dado y por tantas otras cosas como Dios diariamente nos da.
 
Cuando somos agradecidos nos abrimos a las personas, nos relacionamos con ellas con confianza, sin prejuicios, sin rencores y se favorece el entendimiento humano.
 
Jesús siempre se manifestó agradecido en toda su vida.  Siempre que hacía un milagro o realizaba algo importante decía: “Te doy gracias Padre”.  Esta es la actitud de la persona humilde que sabe que nada puede hacer ella sola, que reconoce la ayuda de los demás con agradecimiento.
 
Pero hay muchas personas que van por la vida repitiendo que “yo no le debo nada a nadie”.  Estas personas no encuentran ningún motivo para ser agradecidos.  Incluso les cuesta orar alabando a Dios, dándole gracias.  Cuando llegan a rezar es sólo para pedirle a Dios, no para agradecerle nada.
 
Preguntémonos hoy: ¿Cuándo fue la última vez que expresamos agradecimientos a nuestros padres? ¿A tus hijos? ¿A tu marido, a tu mujer? ¿A Dios?
 
Si recordásemos los regalos recibidos con la misma intensidad que las ofensas recibidas, seriamos mucho más felices, y más justos con nosotros y con los demás. Para recordar los regalos recibidos hay solo un modo: ser agradecidos.  Jesús nos interpela hoy a todos. Seamos agradecidos.

 

martes, 1 de octubre de 2019

XXVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos invitan a crecer en la fe para que en nuestra vida demos frutos abundantes.
 
La 1ª lectura del profeta Habacuc nos muestra al profeta pidiéndole a Dios que intervenga en el mundo para poner fin a la violencia, a la injusticia y al pecado.
 
Con frecuencia encontramos personas que dicen: si Dios existe, ¿Por qué hay injusticias? ¿Por qué hay gente que muere de hambre? ¿Por qué existen las enfermedades? ¿Por qué los buenos sufren y a los malos les va bien en la vida? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué las guerras, los terremotos?
 
Cuantas veces, nosotros mismos, nos hemos quejado y enfadado con Dios, al ver todas las desgracias que hay en el mundo.  Cuantas veces, a pesar de pedir y pedir a Dios, las cosas no nos salen bien o nos salen mal.  Cuantas veces no hemos dicho: ¿Por qué permite Dios esto?
 
En primer lugar, hemos de saber, que los planes de Dios superan nuestra manera pequeña de ver las cosas.  Nunca podremos entender los planes de Dios, ya que los caminos de Dios no son iguales a los nuestros.  Dios tiene su propia manera de actuar, y la manera de actuar de Dios no es con impaciencia o de prisa.
 
En segundo lugar, necesitamos aprender a confiar en la bondad Dios, a ponernos en sus manos, a sentir que Él es un Padre que nos ama como a hijos y que hará todo, para que alcancemos vida y felicidad.
 
Dios nos llama a denunciar todo lo que impide la realización plena del proyecto de vida y felicidad que Él tiene para los hombres.  Dios intervendrá en la historia del mundo, ¿Cuándo? Solamente Dios sabe cuando.  Lo que a nosotros nos toca es tener paciencia y saber sobre todo que Dios no nos abandona.  No debemos temer.  A cada uno le llegará su día y quien saldrá vencedor será el que se ha mantenido fiel al Señor.  Como nos decía hoy el profeta Habacuc: “Mira, el altanero no triunfará; pero el justo por su fe vivirá”.
 
La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos invita a renovar cada día nuestro compromiso, como cristianos, con Cristo y el Reino de Dios.
 
Hemos ido llenando nuestra vida de tantas ocupaciones, que esas ocupaciones nos alejan de servir a Dios y vivir los valores del Evangelio.  Por eso, San Pablo, nos invita hoy a vivir con entusiasmo nuestra fe, nuestra entrega y servicio a Dios y al prójimo.  Nos invita a dejar de lado la flojedad, la comodidad, el “no tengo tiempo para las cosas de Dios”  y a no avergonzarnos, a no tener miedo de dar la cara por Dios, porque quien se avergüence del Señor y de servirlo, también Dios se avergonzará de él.
 
El Evangelio de San Lucas nos habla de la fe.
 
“La fe mueve montañas”.  Cuando decimos esto, estamos diciendo que la fe tiene tal fuerza y poder que es capaz incluso de hacer lo imposible.
 
Pero, ¿Qué es la fe?  La fe no es sólo creer que existe Dios, ni creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, ni tampoco creer en la Iglesia o en la vida eterna.  La fe es sobre todo encuentro, relación y experiencia con Dios.
 
¿De qué nos sirve creer que existe Dios, si no nos relacionamos con Él?  Hay personas que dicen tener más fe que nadie, pero no vienen a la Iglesia.  Estas personas ponen la fe al servicio de sus caprichos y además tienen que saber que la fe no es cosa sólo de ello, sino que es cosa de dos: Dios y la comunidad cristiana.  El Señor ha querido que vivamos nuestra fe en comunidad, no en solitario.
 
Hay persona que viven la fe como una costumbre social: se bautizan, hacen la primera comunión, se casan y entierran a sus difuntos, porque así es costumbre.
 
Podemos venir todos los domingos a misa, podemos rezar mil rosarios, podemos tener muchas devociones.  Pero si no nos relacionamos con Dios en la oración, si no hemos aceptado en nuestras vidas el mensaje de Jesús, y si no hemos hecho un esfuerzo por cambiar de vida, todo es inútil.
 
Hay personas que ante una desgracia, ante un problema, piensan que Dios los ha abandonado y se alejan de Dios.  Esta es una fe débil y falsa.  Otros le echan la culpa de todo lo malo a Dios y se alejan de Él.  Esta es una fe inmadura e infantil.
 
La fe, es ante todo, encuentro con Dios, y no una barita mágica para resolver todos nuestros problemas, sino para vivir la vida al estilo del Señor.  Sólo así podremos entender que ser cristiano no es por afán de recompensas o por lo que podamos conseguir sino por hacer lo que debemos hacer.  Ante Dios sólo somos siervos.
 
Por ello, como los apóstoles, pidámosle a Jesús: “Auméntanos la fe”