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lunes, 18 de enero de 2021

 

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios ama a todos los seres humanos por igual.  Por eso Dios nos invita a la conversión, al arrepentimiento para poder vivir una vida en plenitud.

La 1ª lectura del profeta Jonás nos dice que Dios tiene misericordia de todos los pueblos de la tierra.  Dios es el Dios de todos los pueblos y por lo tanto Él puede pedirnos cuentas de todo lo que hacemos.

Hay pueblos, al igual que pasa con las personas, que están como marcados por el signo del mal. Los juzgamos como mal pueblo, gente poco tratable, de ellos se espera cualquier traición, cualquier cosa.   

Si vemos también nuestra sociedad, nuestro mundo actual, pareciera que no hay muchas esperanzas. Vivimos en un mundo donde cada día le damos menos importancia a los valores morales. Un mundo donde hay demasiado egoísmo, hipocresía, odio. Lo que el mundo ofrece hoy al cristiano no es agradable.

Nuestro mundo de hoy, cada vez se aparta más de Dios, no escucha a Dios, se deja dominar por el pecado.  A veces, hemos podido llegar a preguntarnos: “¿a dónde va nuestro mundo?” Algunos, incluso, desearían que Dios destruyese este mundo y comenzara otro nuevo.  Sin embargo, Dios no quiere la muerte de ninguno de sus hijos, Dios no quiere la destrucción de este mundo; lo que quiere es que nos convirtamos y recorramos, con Él, el camino que conduce a la vida, a la felicidad sin fin.

Necesitamos redimir, salvar a nuestro mundo aunque creamos que ésta es una misión imposible como lo creía Jonás con Nínive. Y esta es una labor de todos los que somos y nos llamamos cristianos: salvar a nuestro mundo.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos quiere hacer ver que la vida es corta, unos cuantos años, o días que pasan rápidamente. Los cristianos tenemos que vivir pensando que el tiempo es breve.  Debemos vivir como si Dios nos fuera a pedir cuentas de un momento a otro.

Los valores de este mundo, las cosas de este mundo, por muy importantes que sean, no deben ser lo prioritario de nuestra vida.  Esto no quiere decir que despreciemos las cosas buenas que el mundo pone a nuestra disposición, sino que se trata de no poner en las cosas de este mundo nuestras esperanzas, nuestras seguridades o el objetivo de nuestra vida.

Por eso debemos vivir de cara a esa vida que nunca termina, la única por la que vale la pena luchar, esa vida eterna para la que hemos sido creados.  Por eso es necesario darse prisa porque el tiempo que tenemos es muy poco, menos quizás de lo que nosotros nos imaginamos.

Los días de un cristiano han de estar, por tanto, llenos de buenas obras. Cada instante ha de ser una ocasión bien aprovechada de amar y de servir a Dios, y por Él, a todos los hombres.  No corramos el peligro de llegar al final con las manos vacías, avergonzados de presentarnos ante el tribunal divino con la triste historia de una vida muerta y sin sentido.

El Evangelio de san Marcos nos hace una doble llamada: a la conversión y a seguir a Jesús.

Todos los líderes presentan su mensaje social o político como un programa de felicidad humana.  Todos nos hablan de bienestar y progreso.  Todos prometen la felicidad sobre la tierra.  Pero todos los líderes evitan pronunciar en sus campañas palabras negativas que puedan desanimar a sus seguidores.  Por eso todos los proyectos humanos son imperfectos.  Hablan de derechos, pero no de deberes.  Jesús, sin embargo, comienza el anuncio del Reino, la predicación de su Evangelio, diciéndonos: “Convertíos”, cambiad el rumbo, arrepentíos.  Cambiad no el exterior de vuestras vidas, sino el corazón y la mente.

“Convertirse” significa “ponerse a pensar”, “revisar el enfoque de nuestra vida” Ver lo que tenemos que cambiar para que se cumpla en nosotros los sueños de Dios. Convertirse es “liberar la vida” eliminando miedos, egoísmos, tensiones y esclavitudes que nos impiden crecer de manera sana y armoniosa. 

Hay que convertirse, porque en el Reino de Dios no hay lugar para la ambición que genera guerras fratricidas. Hay que convertirse, porque en el Reino de Dios no hay lugar para la infidelidad conyugal, ni para los negocios sucios, ni para la intolerancia. Hay que convertirse, porque en el Reino de Dios todos somos hermanos, iguales en dignidad ante Dios. Hay que convertirse, para poder creer que es posible ser más feliz compartiendo que atesorando, creer que la fraternidad es posible si estamos dispuestos a ceder de lo nuestro en favor de los demás.

“Convertíos porque está cerca el Reino de Dios”, nos decía hoy Jesús.  Aprovechemos esta invitación del Señor para cambiar, ahora o nunca.

lunes, 11 de enero de 2021

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este segundo domingo del tiempo ordinario nos invita a reflexionar sobre la vocación, y no sólo sobre la vocación sacerdotal o religiosa, sino sobre la llamada que Dios hace a cada persona que viene a este mundo.  Dios cuenta con todos para llevar a cabo su obra de salvación en el mundo.  

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos ha presentado a Samuel siendo llamado por Dios.  Samuel responde con prontitud cada vez que es llamado y deja su cama y su comodidad.  “Aquí estoy”, esta es la respuesta de Samuel.  

Cada uno de nosotros debemos estar disponibles para escuchar al Señor, debemos estar disponibles para reconocer al Señor.  Son tantas nuestras ocupaciones y preocupaciones que se nos hace difícil disponer de tiempo y de silencio para escuchar a Dios y para hablar con Él.  Si queremos relacionarnos con Dios necesitamos escucharlo.  Quizá estamos muy acostumbrados a hablarle a Dios, pero hay que acostumbrarse a escucharlo como Samuel que le dijo “habla que tu siervo escucha”.  

Esta es la respuesta del hombre que quiere ser fiel a Dios, que quiere hacer la voluntad de Dios, es la respuesta del hombre que no antepone sus caprichos, ni sus gustos o deseos a la llamada de Dios.  

Para escuchar a Dios es necesario la oración y la lectura de la Palabra de Dios.  Si queremos escuchar qué es lo que Dios quiere decirnos, lo tenemos que hacer conociendo su Palabra y haciendo oración.  Y hemos de escuchar a Dios para hacer su voluntad.  Debemos estar atentos para escuchar su llamada, para percibir su invitación entre tanto ruido del mundo, y para ser generosos en la respuesta.

¿Estamos dispuestos a servir a Dios en lo que Él desee, abandonando nuestras comodidades? 

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que “somos templos del Espíritu Santo”. San Pablo nos ilumina sobre una correcta valoración de la sexualidad y sobre la bondad del cuerpo humano.

La sexualidad es “encuentro”, “relación” “intercambio”, “entrega” personal mutua y no un simple acto egoísta. La sexualidad forma parte de nuestro ser; si la entregamos al comercio y al egoísmo, pierde todo el valor positivo que Dios ha puesto en ella y la reducimos a la animalidad.

Nuestro cuerpo no es para la inmoralidad.  Sin embargo, hoy, hablar de la inmoralidad sexual, es algo muy común en nuestra sociedad. Y muchos, incluso católicos han llegado a ver el pecado de la inmoralidad sexual como algo normal.  Ya no lo consideran pecado.

Dios espera que nuestra sexualidad no sea egoísta, esclavizante sino que la vivamos en un ambiente de amor verdadero, de entrega mutua, de compromiso, de respeto por el otro y por su dignidad.

El Evangelio de san Juan nos ha hablado de la vocación de los primeros discípulos de Jesús.  

Jesús le pregunta a estos dos discípulos: “¿Qué buscáis?”  Si hoy el Señor nos dijera: “¿tú qué buscas?” ¿Qué le responderíamos? 

No es fácil responder inmediatamente a esa pregunta. Con seguridad que nos hemos preguntado más de una vez qué es lo que andamos buscando en nuestra vida, con nuestros esfuerzos, en nuestros trabajos. ¿Qué buscamos en nuestra vida? ¿Que buscamos cuando trabajamos, o votamos en las elecciones, o escogemos una carrera, o un empleo? ¿Qué buscamos cuando escogemos y cultivamos nuestras amistades?  

La inmensa mayoría de las personas no parece que buscan nada especial. Aceptan la vida tal como se les presenta. Muchos viven sin plantearse el sentido de su vida. 

La mayoría de las personas buscan sencillamente cubrir sus necesidades diarias e ir logrando sus pequeñas metas. Pero una vez logradas ¿quedamos profundamente satisfechos? ¿Hemos logrado apagar nuestra sed de felicidad, de plenitud? 

Nosotros, ¿qué responderíamos a Jesús si nos preguntara cara a cara, “tú qué buscas”?   Hemos de buscar a Cristo, buscar a Dios.  Buscar a Dios es ciertamente buscar ante todo realizar lo que Él espera de nosotros. La búsqueda de Cristo no es una huida de este mundo con sus problemas, alegrías y desgracias, sino una llamada para vivir plenamente aquí.  

Si buscamos a Dios, si buscamos a Cristo lo encontraremos, Dios no se esconde de quien lo busca honradamente. Hay dos tipos de personas que no se van a encontrar con Cristo: el que no busca y el que cree que ya lo encontró. 

No nos hagamos sordos a ninguna llamada que Dios nos haga, no dejemos nunca de buscar a Dios.

lunes, 4 de enero de 2021

 

 EL BAUTISMO DE JESÚS (CICLO B)

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor.  Con esta fiesta termina el tiempo de Navidad e iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario que durará hasta el miércoles de Ceniza que iniciaremos la Cuaresma.

El Señor se sometió voluntariamente a que Juan el Bautista lo bautizara.  Él no necesitaba ser bautizado.  Entonces, ¿por qué Jesús, hombre justo, sin pecado, quiso bautizarse?, ¿por qué quiso hacer caso a esta llamada a la conversión que Juan hacía?  

El Señor recibió el bautismo de Juan como un gesto de solidaridad con nosotros los pecadores.  Jesús no tiene pecado pero quiere estar entre los hombres de su tiempo y por eso se pone en la fila de los pecadores esperando turno para ser bautizado.  Con el bautismo, Jesús se hace cercano a nosotros y nos enseña a ser humildes. Sin embargo, lo que para Jesús no era necesario –ser bautizado- para nosotros sí lo es.  Para nosotros, es una obligación estar bautizados.

Hoy, al celebrar la fiesta del bautismo de Jesús, es un buen momento para recordar también nuestro bautismo.  Pero nuestro bautismo es distinto al bautismo que administraba Juan el Bautista que era un bautismo de conversión.  Era un bautismo para aquellos hombres y mujeres que querían purificarse, reorientar y comenzar una vida más digna; era para aquellos que querían hacer penitencia y volver al buen camino, para aquellos que querían poner en orden sus vidas.

Nosotros ahora, somos bautizados con el Espíritu Santo.  Esto hace una gran diferencia con el bautismo de Juan, puesto que ahora el agua no es sólo un signo de nuestro deseo de conversión sino que por la fuerza del Espíritu Santo se borra en nosotros el pecado original y todos los pecados y nos convertimos en verdaderos Hijos de Dios.

En este día, hemos de preguntarnos todos: ¿para qué he sido bautizado?  Para lo mismo que Jesús: para cumplir en nuestra vida la misión de testigos de Dios en medio de la sociedad.  Para luchar por la justicia, por la verdad, por los valores que Dios quiere hacer triunfar en la vida. Como Jesús, los bautizados tenemos que vivir en el mundo haciendo el bien y liberando del demonio y sus seducciones a nuestros semejantes, repartir alegría y amor, poner paz y entendimiento entre las gentes y los pueblos.

Ser bautizados significa, pues, no solamente haber recibido un sacramento cuando éramos niños, sino que supone el vivir como profetas, sacerdotes y reyes.  Por el bautismo nosotros somos incorporados a Cristo, a su Cuerpo Místico que es la Iglesia y hemos sido ungidos por el Espíritu Santo para continuar la misión de Jesús de ir al mundo entero y anunciar la Buena Noticia de la salvación para todos.

Nuestro compromiso bautismal, las promesas que en nuestro bautismo hicieron nuestros padres y padrinos, es un compromiso con Cristo. Tenemos que ser como Cristo, cristianos, de manera que con Pablo podamos también decir que Cristo vive en nosotros. Y, como Cristo, tenemos que hacer de nuestra vida una vida al servicio del mundo, sin limitaciones, ni escapismos.

Pero hoy, por muchos esfuerzos que hacemos en las charlas bautismales, son muchas las personas que no viven conforme a la gracia que recibieron en el bautismo ni buscan el sacramento para sus hijos pensando en dicha gracia.

Existen muchos bautizados que viven como si no fueran cristianos.  Se han quedado en la entrada y de ahí no han pasado.  No se interesan por conocer más a Dios, a quien dicen creer y a quien dice seguir.  No conocen su fe y por lo tanto no se esfuerzan en crecer y madurar esa fe.  Viven una religión de ritos externos; pensando que ser cristianos es simplemente no hacer lo que la religión nos prohíbe.  Muchas veces las prácticas religiosas se reducen a magia y supersticiones: asistir a misa en Navidad, año nuevo, miércoles de ceniza, o “cuando nos nace” y ya con eso es suficiente para todo el año.

Con mucha frecuencia se celebra el bautismo con mucha ligereza, por costumbre, por conveniencia social, un motivo más para hacer fiesta o por otras motivaciones de carácter mágico.  Cuantos papás hay también que dejan a sus niños muchísimo tiempo sin bautizar, sin hacerlos hijos de Dios.  

Tomemos, pues conciencia de la importancia del sacramento del bautismo, porque por el bautismo nos convertimos en Hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo y no olvidemos que el bautismo es la puerta necesaria para recibir los demás sacramentos.  No olvidemos que por el simple hecho de estar bautizados no nos convertimos en cristianos, seremos auténticos cristianos, en la medida que hagamos realidad en nuestra vida los compromisos adquiridos en el bautismo.

Pidamos a Dios en esta Eucaristía que el Espíritu que se nos dio en el bautismo nos de la fuerza necesaria para continuar con la misión de Jesús y gozar un día de su mismo destino.

lunes, 28 de diciembre de 2020

 

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Este día la Iglesia celebra la solemnidad litúrgica de Santa María, Madre de Dios; pero también es la octava de Navidad y la fiesta de la circuncisión de Jesús, cuando le impusieron su nombre. La liturgia no puede dejar de tener en cuenta que hoy también es el primer día del año civil y la Jornada Mundial de la Paz.

Uno de los principios cardinales sobre los que gira la vida cristiana consiste en que “Dios comienza siempre de nuevo”.  Con Dios todo puede comenzar de nuevo. Hoy también. Ahora también. Por eso es bueno comenzar el año nuevo con voluntad de renovación.  

Hoy también deberíamos de agradecerle a Dios la vida que nos ha concedido y que nos sigue conservando para poder comenzar un año más en nuestra existencia.

Dios nos va a acompañar en nuestro caminar a lo largo de estos 12 meses y nos va a sostener y ayudar en las dificultades y en los obstáculos que podamos tener.  Nos va a dar el ánimo necesario para seguir adelante, para que no caigamos y nos hundamos; nos va a ofrecer su perdón y su reconciliación, nos va a seguir diciendo que nos ama y que desea que seamos inmensamente felices en esta vida y, definitivamente, en la del más allá.  Por ello hemos comenzado el año escuchando una especial bendición de Dios.  La 1ª lectura, del libro de los Número, nos la recordaba esa bendición de Dios y la presencia continua de Dios en el transcurso de nuestros días.

Dios va a ser nuestro compañero de camino y de fatigas a lo largo de todo este año; se va a alegrar con nuestras alegrías; se va a gozar con nuestros éxitos; le va a doler nuestros sufrimientos y va a compartir nuestras preocupaciones.

Pero hoy también al comenzar este año nuevo lo hacemos recordando y celebrando a Santa María, Madre de Dios.

La maternidad había sido siempre considerada como una bendición de Dios hacia la mujer y su marido.  En la época de Jesús, y en muchas sociedades posteriores ha significado la maternidad una bendición de Dios.  Para un cristiano así debe ser también.  Sin embargo, lamentablemente hoy la maternidad es considerada por muchas mujeres como un freno, como una condición negativa que coarta su libertad y su desarrollo humano.  Algunas mujeres ven la maternidad como algo rechazable, en vez de verlo como una bendición de Dios.  María, por el contrario, aceptó ser madre, aceptó libremente llevar a cabo los planes de Dios para salvar a este mundo.

 

II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias.  

Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.

La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.

Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.

Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.

El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.

“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.

Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.

Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron” 

Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.

Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.

Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo!  

Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica” 

Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”. 

Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.

 

EPIFANIA DEL SEÑOR

Estamos celebrando la fiesta de la Epifanía o manifestación del Señor a todos los hombres y a todos los pueblos de la tierra, representados por estos tres personajes misteriosos que son los Magos.

Los Magos representan a la humanidad y, por tanto, cualquier pueblo, cualquier hombre o mujer de buena voluntad, que busque sinceramente el bien, la justicia y la paz puede verse representado en ellos. Son todos los que buscan la verdad y el amor, los que guiados por ese anhelo, como si fuera una estrella, encontraremos a Jesús y le podremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, porque reconocemos en Él al mismo Dios hecho hombre.

Celebrar la Epifanía significa que la Iglesia tiene una dimensión universal, que toda la humanidad, que toda la familia humana es sujeto de la salvación de Dios.  Todos los hombres de buena voluntad, estamos llamados a la salvación.

Al principio de su búsqueda, estos Magos siguen la estrella buscando algo, pero más tarde se dan cuenta que no es algo lo que busca sino a alguien y ese alguien es Jesús.  Y vemos como estos sabios, investigadores del universo, terminan de rodillas ante el Niño Jesús adorándolo.

Adorar a Dios es reconocer el misterio de amor que nos supera, nos envuelve y se nos da gratis, es valorar el don recibido de la fe y sentirse agradecidos con Dios.

Ante un Dios del que no sólo sabemos sino que diariamente lo experimentamos como amor, no cabe otra cosa más que adorarlo y darle gracias.  Por eso, cuando en nuestra vida experimentemos problemas y las tinieblas se apoderen de nosotros; cuando ni siquiera sintamos deseos por hacer oración, ni por estar en la presencia del Señor, levantemos nuestras cabezas hacia el cielo, pues por encima de lo que somos, de lo que nos suceda o hacemos, está el amor de Dios que nos da fortaleza y nos da esperanza para vivir en positivo: siempre habrá una estrella, una señal de Dios que nos guía hacia la felicidad, hacia el bien, y aunque a veces, se nos oculte esa estrella, esa señal de Dios, siempre volverá de nuevo a aparecer en nuestra vida para guiarnos y conducirnos a la felicidad verdadera.

Los magos nos enseñan a buscar, a no estancarnos en lo que conocemos o en lo que vivimos, nos enseñan a buscar esa estrella capaz de iluminar y guiar nuestra vida.  Y esto nos hace preguntarnos a nosotros si realmente buscamos las respuestas a la vida dejándonos iluminar y guiar por Dios, o nos conformamos con las que otros nos dan.

Los magos nos enseñan a ir al encuentro del Señor no como simples espectadores sino cargados con nuestros regalos: el oro, el incienso y la mirra representan lo más valioso que tenemos, es decir, nosotros mismos.  Nosotros mismos debemos ser el mejor regalo que le ofrezcamos al Niño Dios.

El hombre, como los Magos debe ser un buscador de Dios, un peregrino al encuentro de Dios.  Ante Jesús no podemos permanecer indiferentes: o lo aceptamos o lo rechazamos

¡Qué gran lección nos dan los Magos!  Ellos no quieren darle la espalda a Dios.  Nosotros queremos, muchas veces, un Dios a nuestro capricho, a nuestro servicio y antojo.  Pero, somos nosotros los que debemos ir hasta Dios, somos nosotros los que debemos trabajar por nuestra Iglesia, somos nosotros los que debemos buscar y adorar a Dios.

Hemos de buscar a Dios para ofrecerle el oro de nuestra vida, una vida que debe ser una entrega diaria al señor, una vida renovada por la gracia; el incienso del testimonio de nuestra fe, de nuestra oración y nuestro compromiso evangelizador y la mirra del sacrificio, de la aceptación paciente de trabajos, sufrimientos y dificultades en nuestra vida y de la valentía cristiana.

En el evangelio, aparece también la figura de Herodes. Herodes representa al hombre que no quiere estar en gracia, que no le interesa la Palabra de Dios. Tenemos que darnos cuenta que hay muchos “Herodes” en nuestra vida, esos “Herodes” que son los falsos dioses.  Existe la idolatría de quien rechaza a Dios para servir a los ídolos.  Pero la idolatría peor es aquella de quien habiendo encontrado a Dios, convive con ídolos y no adora al único y verdadero Dios.  

Siempre existe el riesgo de perder la fe por la superficialidad, el cansancio en la búsqueda, la comodidad, la vanidad o por llenar nuestro corazón con los dioses del poder, del tener y del placer.

Los Magos, al ver la estrella se pusieron en camino.  Nosotros también tenemos que ponernos en camino.  Ponerse en camino puede significar hoy para nosotros, recuperar el interés por nuestra fe, buscar nuestra formación, la participación asidua en los sacramentos y en la vida de la comunidad.

En esta eucaristía presentemos al Señor nuestras vidas como el mejor regalo que podemos ofrecerle, para que Él la transforme y nos haga testigos de su presencia en el mundo.

sábado, 26 de diciembre de 2020

SAGRADA FAMILIA

El montaje comercial ha establecido un “día de la madre”, un “día del padre” y un “día del niño”.  La Iglesia nos propone, en este domingo dentro de la octava de Navidad, el “día de la madre, el padre y los niños”, o sea el día de la familia.  Por eso celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia.  Dios quiso que su hijo naciera y viviera durante años en una familia.

En la familia encontramos las condiciones más aptas para iniciar la vida y formar la personalidad. Si los papás viven con amor, entonces la familia es la mejor escuela para la vida y la formación de los hijos.   Son los papás, los transmisores de la vida, quienes ofrecen a sus hijos la ayuda necesaria para que éstos puedan crecer tanto física como espiritualmente.

Hoy se están dando grandes cambios en la sociedad que afecta directamente a la familia y se insiste fuertemente en una pérdida o confusión de los valores morales tradicionales, culturales y religiosos que propician la desintegración familiar.

Hoy se discute sobre cómo debe ser la familia.  Las nuevas costumbres y las modas que vivimos en nuestra sociedad hacen que afecte a la familia y por eso encontramos muchísimas personas que viven en pareja de hecho o sin el sacramento del matrimonio. Los divorcios y el erotismo que viven nuestros jóvenes son causa de esa pérdida del sentido de la familia.  Vemos también el poco entendimiento que hay entre padres e hijos, causando esto una ruptura entre generaciones; vemos también el olvido de los ancianos; el trabajo profesional de la mujer con su mayor ausencia obligada del hogar.  Existen hoy instituciones públicas y privadas que desempeñan las funciones de la familia: cuidado de los niños y su educación.  Algunos padres se sienten liberados así de tener que educar a sus hijos y piensan que esta función le corresponde a la escuela, al gobierno o a la Iglesia.

De todos estos problemas que afectan a la familia, uno de los más importantes es el trabajo profesional de la mujer, sin duda alguna legítimo y aún necesario, pero que de hecho las aleja largas horas del hogar.  Todos sabemos que el papel de la mamá es muy necesario para la formación y afianzamiento de la personalidad de los hijos. Resulta preocupante que en muchas familias los niños no encuentran en su hogar más educador que la televisión o el ordenador a través del cual buscan información, no siempre la mejor ni la más acertada, sin presencia ni ayuda pedagógica alguna. Todo esto y otras situaciones, afectan hoy a la familia.

Hemos de aceptar el papel fundamental de la familia como educadora, transmisora de valores, necesarios para consolidar la personalidad de las personas y la moral en una sociedad. Es un verdadero don el que los hijos hayan tenido unos padres dispuestos al dialogo con ellos.  No hay grupo alguno, ni grupo social mejor dotado que la familia para trasmitir los criterios, las ideas, los valores fundamentales en los que apoyar la vida personal y social de los hijos.

Qué decir de la religiosidad. La familia, que es un lugar de importancia decisiva para el afianzamiento cultural de la persona, lo es también para la iniciación en la religiosidad. La familia puede ofrecer al niño la apertura a la fe en un clima de afecto y confianza, difícil de encontrar en otro grupo. En el hogar el niño puede captar conductas, valores, símbolos, experiencias religiosas, con afecto, que es el modo más convincente y humano, en una proximidad personal en la que no cabe engaño. Si falla esto en la familia, qué difícil que los niños se abran a la fe, a pesar de la instrucción religiosa de la catequesis.

Es un don que el niño haya podido tener unos padres creyentes, a los que haya visto orar, leer con frecuencia el evangelio, tomar decisiones serias en la vida por sus convicciones religiosas. Es un verdadero don el percibir la presencia de Dios como algo valioso, porque esto hará que en los hijos se vayan despertando el sentido de Dios.

Cada familia ha de encontrar su estilo de orar y dialogar en casa: junto al niño pequeño y junto al adolescente, junto al joven y junto al adulto. Acertar a buscar el momento en el que juntos acudan a Dios, manifestando agradecimiento por la vida, por lo que tenemos y nos da, proclamando la alegría y confianza de vivir en su presencia, encontrando en Él seguridad, confianza, alegría en el vivir.

Todo esto no se puede conseguir sin amor. Sin el amor nada ni nadie puede constituir a la familia en lo que debe ser: espacio humano de encuentro y diálogo, comunión de vida, estructura de promoción liberadora, lugar de realización personal de los esposos y de los hijos. 

Si muere el amor, todo está perdido; entonces la familia y la casa no es más que un hotel, un dormitorio y un encierro para todos: marido y mujer, padres e hijos.  El amor es la base y el fundamento del hogar, es la única posibilidad de vida, felicidad y progreso personal entre los miembros de la familia. 

Que esta eucaristía, celebrada en estos días en los que conmemoramos el Nacimiento de Jesús, nos ayude a enriquecer nuestras familias en afecto, confianza, fidelidad entre todos los que la integran, en la fe y también en el respeto hacia todos los que se esfuerzan en vivir en familia.