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miércoles, 2 de agosto de 2023

 

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR (CICLO A)


Celebramos hoy la fiesta de la Transfiguración de Jesús.  Jesús torna consigo a sus discípulos más íntimos y los lleva a una “montaña alta”. No es la montaña a la que le ha llevado el tentador para ofrecerle el poder y la gloria de “todos los reinos del mundo”. Es la montaña en la que sus más íntimos van a poder descubrir el camino que lleva a la gloria de la resurrección.

El rostro transfigurado de Jesús “resplandece como el sol” y manifiesta en qué consiste su verdadera gloria. No proviene del diablo sino de Dios su Padre.

Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías. No tienen el rostro resplandeciente, sino apagado. No se ponen a enseñar a los discípulos, sino que “conversan con Jesús”. La ley y los profetas están orientados y subordinados a Él.

La escena de “la transfiguración de Jesús” concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: “Este es mi Hijo amado”: el que tiene el rostro transfigurado. “Escuchadle a Él”. No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a Él.

“Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto”. Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.

La actuación de Jesús es conmovedora: “Se acerca” para que sientan su presencia amistosa. “Los toca” para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: “Levantaos. No temáis”. Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.

En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.

Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad pero hay, sobre todo, miedo a correr riesgos.

Hay miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo el buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar.

Miedo a hablar de los “derechos humanos” dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el Espíritu de Cristo.

Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el “ministerio del juicio y la condena”, sino el “ministerio de la reconciliación”.

Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en “odres nuevos” el “vino nuevo” del Evangelio?

Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo “hacer memoria” de Él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?

Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?

En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: “Levantaos. No tengáis miedo”.

lunes, 31 de julio de 2023

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo, la podríamos resumir en unas palabras: el milagro de compartir.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace tomar conciencia de que gastamos mucho tiempo y muchas energías en lo que realmente no nos llena ni nos da la felicidad.  Debemos alimentarnos de algo más que de cosas materiales.

“venid a mí: escuchadme y viviréis”, nos decíael profeta Isaías. Estas palabras están llenas de verdad.  Mientras que el Señor nos ofrece lo mejor, sin pagar nosotros nada, vamos ansiosos de aquí para allá y tiramos y tiramos el dinero y la vida, comprando un pan que no alimenta y unos manjares que no satisfacen. 

Todos buscamos disfrutar tanto de la vida y nos damos cuenta, con todas las consecuencias, de que nuestro corazón es demasiado grande para que pueda saciarlo nada ni nadie, excepto Dios que nos ha creado.  San Agustín lo dijo con una frase memorable: “Nos creaste para Ti, Señor, y nuestro corazón está intranquilo mientras no descanse en Ti”.

El profeta nos invita a poner nuestros ojos en Dios que será el único que saciará nuestros deseos y nuestra hambre.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda, que nada debe apartarnos del amor de Dios. 

Las dificultades, las persecuciones, no son suficientemente fuertes como para derrotar al cristiano.  Ciertamente que tendremos que pasar por pruebas, problemas, incluso por la muerte.  Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará triunfar sobre cualquier enemigo que tengamos.  Nada nos puede separar del amor de Dios, excepto el pecado, es decir, nuestra decisión de no querer acoger el amor de Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el relato de la multiplicación de los panes y los pescados. 

Jesús para realizar el Milagro pide colaboración. Cuando un muchacho ofrece lo que tiene, cuando pone lo suyo a disposición de los demás se realiza el milagro.  Cuando se comparte, Dios hace el milagro de que haya para todos y aún sobre.

Lo que a uno le sobra, a otro le falta. Lo que para uno puede ser ya innecesario para otros puede ser algo esencial. Muchos vivirían dignamente como personas con lo que les sobra a muchos otros.


¿Te has puesto a pensar cuántas cosas abundan en tu corazón y que pudieras compartir con los demás? Y no siempre se trata de llenar estómagos vacíos. No solo el estómago tiene necesidades. Hay otras muchas necesidades vitales en el corazón humano.

En tu corazón abunda y sobra mucho amor. No lo desperdicies dándolo solo a tus amigos, a los que tienes cerca o a los que te caen bien. Hay tanta gente hoy necesitada de un poco de cariño, de un poco de amor. Gente que se muere de hambre de pan, pero también de hambre de un poco de amor y de cariño. Comparte el amor que sobra en tu corazón que es mucho. ¡Que no se pierda nada del amor que es capaz de dar tu corazón!

En tu corazón abunda la bondad. No la des solo a quienes ya tienen suficiente. ¡Como siempre nos han enseñado a ver todo lo que llevamos de malo, ya nos hemos olvidado de reconocer toda la bondad que brota de nuestro corazón! Porque hay muchos que están necesitados: de una palabra de cariño, de un gesto de bondad que les haga sentirse mejor. 

En tu corazón abunda y sobra el tiempo. ¿Sabes cuánto tiempo tienes de sobra? Examina bien cómo administras tu tiempo y verás que tienes tiempo de sobra. ¿Y por qué no dedicar un poco de tu tiempo a quienes viven solos, sin tener con quien hablar, sin que nadie los visite? A eso que cada día se están muriendo en su soledad, en la soledad de su corazón.  Enfermos que nadie visita. Ancianos que nadie les hace compañía. Niños que carecen de hogar y de familia. Regalarles un poco de ese tiempo que a ti te sobra, sería como devolverles un poco de vida que no tienen.

En tu corazón abunda la generosidad. Es posible que haya mucho de egoísmo dentro de ti. Todos llevamos demasiado. Pero aun así, ¿te das cuenta de cuánta generosidad hay dentro de tu corazón? No la repartas sólo con los que ya tienen demasiado. ¡Hay tantos necesitados de eso que a ti te está sobrando!  No te piden que se la regales toda. Basta que les regales todo lo que tienes de sobra para ti y para los tuyos.

En tu corazón abunda la alegría.  ¿No podías compartir un poco de ella con tanta gente que vive triste, angustiada, desolada, desconsolada?

En tu corazón te sobra paciencia.  ¿Qué ancianos son insoportables? Regálales un poco de la paciencia que te sobra. ¿Que los vecinos ya no los aguantas? Regálales algo de la paciencia que te sobra.

Si te miras por dentro, te darás cuenta de cuántas cosas sobran en tu vida, que no sabes qué hacer con ellas.  Hagamos el milagro de compartir todas esas cosas que nos sobran y que tenemos almacenadas en nuestro corazón y veremos cómo se produce el milagro.

lunes, 24 de julio de 2023

 

XVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia sobre qué cosas son importantes en nuestra vida, qué valores son los que rigen nuestra existencia.  Para el cristiano, la vida, la tenemos que construir sobre los valores que nos propone Jesús.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presenta al Rey Salomón pidiéndole a Dios una sola cosa: sabiduría.  Salomón no pide bienes personales, tampoco pide poder.  Pide lo que más necesita un gobernante: sabiduría para distinguir el bien del mal y así gobernar rectamente a su pueblo.

Salomón ha preferido los bienes espirituales a los materiales.  Él es un buen ejemplo para todos nosotros que tantas veces pedimos a Dios bienes materiales y nos olvidamos que los bienes espirituales son más importantes que los materiales.

Esta lectura de hoy, es también una llamada de atención para nuestros gobernantes.  ¡Qué fácil es decir que la autoridad debe fundamentarse en el servicio a los ciudadanos!, pero en la práctica el poder lleva consigo la tentación de ser utilizado para otros fines o para fines personales.  De ahí la famosa frase: “el poder corrompe”.

Servir desde el poder es fundamentalmente comprender y escuchar a las personas.  Ya no puede ser válido ese dicho: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.  Nuestros gobernantes deben también pedirle sabiduría a Dios para tener una verdadera actitud de servicio y que el poder que tienen no sea para la realización de sus propios planes personales, sino para el bien de toda la comunidad, para la realización del bien común.

¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración de cada día?

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda que Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros a cumplir una misión en la vida: imitar a Cristo en su escala de valores, en su estilo de vida.

Desde toda la eternidad, Dios pensó en cada uno de nosotros con amor.  Tenemos que tomar conciencia de ese amor que Dios siente por nosotros.  Dios viene continuamente a nuestro encuentro, nos señala el camino para que tengamos vida plena y verdadera y nos invita a formar parte de su familia.

El Evangelio de san Mateo nos exhorta a “vender”, a “dejar” todo aquello que nos impida alcanzar el verdadero tesoro: Dios y su reino.

Podemos aparentar que somos gente muy segura, que sabemos muy bien a dónde vamos, que todo lo tenemos resuelto o que nos sentimos a gusto con nuestra vida, pero la verdad es que dentro guardamos muchos miedos, muchas inseguridades y muchas carencias. Tenemos sed de Dios, y esa sed no es fácil taparla con otras cosas.

Podremos dedicamos a ganar dinero, a acumular bienes materiales de todo tipo, a disfrutar de la vida, pero, aunque llenáramos nuestra vida de cosas, nos seguiría a todas partes esa sed de Dios.

¿Qué buscamos en Dios? ¿Qué nos puede dar? Dios no nos proporciona éxitos mundanos, ni dinero, ni vida cómoda, ni negocios prósperos, pero nos pone paz en el corazón, nos da confianza para vivir, nos inunda de fuerza para construir un mundo nuevo y experimentamos la esperanza, la alegría y la ternura de Dios.

Sentir en el alma que Dios nos quiere y nos acoge con cariño es una experiencia inolvidable. Esa sed honda de Dios es lo que nos hace venir a la iglesia. Podríamos estar en casa, con nuestros amigos o haciendo tareas atrasadas, pero acudimos a nuestra iglesia.

Para quien sienta esa sed en el corazón es muy hermoso disfrutar de la cercanía amorosa de Dios. Es como un hallazgo inolvidable y feliz. De esto nos habla el evangelio de este día.

Jesús nos dice que es como encontrar un tesoro escondido o una perla de gran valor.

Lo mismos que para los primeros cristianos el encuentro con Jesús fue el comienzo de algo maravillo en sus vidas porque encontraron el tesoro escondido por el que lo demás perdía valor, así también para nosotros Jesús tiene que ser ese tesoro que al encontrarlo cambie radicalmente nuestra vida.  Porque cualquier cosa de este mundo pierde valor frente a Jesús.

Pidamos al Padre la gracia de disfrutar del gran don de la fe. Y no nos olvidemos que Jesús, en cada eucaristía, se nos ofrece como el tesoro escondido del que está sedienta nuestra vida.

lunes, 17 de julio de 2023

 

XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo son una llamada de atención para que no nos olvidemos que Dios siempre nos ofrece la oportunidad para cambiar porque Él es paciente con nosotros.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos enseña que Dios, pudiendo condenar nuestra maldad, siempre está dispuesto a perdonarnos, ofreciéndonos el camino de la conversión. Nosotros, juzgamos a los hombres y sin embargo Dios siempre nos da una oportunidad para el arrepentimiento. ¡Qué manera tan distinta la actuación de Dios y la nuestra!

Dios no quiere la muerte del pecador, sino su conversión; Dios ama a todos los hombres que ha creado, incluso a aquellos que hacen el mal.

Además, todos somos pecadores, pero nuestros fallos y caídas no han de alejarnos de Dios, sino que nos deben servir para acudir, como hijos débiles al abrazo de Dios nuestro Padre, que siempre espera nuestro arrepentimiento. El mayor pecado del hombre es desconfiar del amor y del perdón de Dios. Sentirse amados y perdonados por Dios es el comienzo de una vida nueva que nos ha de llevar a sentir compresión por aquellos que optar por vivir injustamente.

La 2ª lectura, de san Pablo a los romano, señala de otra forma, la bondad y la misericordia de Dios, al afirmar que el Espíritu Santo nos ayuda en nuestras fragilidades y nos guía por buen camino.

Tenemos que tomar conciencia del amor que Dios nos tiene y que lo que desea es salvarnos y que nos realicemos plenamente. Somos hijos de Dios y por ello, Dios no se cansa de indicarnos, todos los días, el camino hacia la felicidad a través del Espíritu Santo.

El ritmo de la vida diaria nos puede apartar de Dios. El trabajo, los problemas familiares, la necesidad de ganarnos la vida nos tiene todos los días ocupados, cansados y estresados y esto hace que nos olvidemos de poner nuestra atención en lo esencial. Es necesario encontrar tiempo y espacio para ver si estamos conduciendo nuestra vida según el Espíritu de Dios, según la voluntad de Dios o según nuestros caprichos.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado tres parábolas: la cizaña en medio del trigo, el grano de mostaza que crece hasta que anidan los pájaros en sus ramas, y la levadura que fermenta toda la masa.

El trigo y la cizaña es la realidad de nuestros días. Acostumbramos a dividir el mundo, la historia y las sociedades, en buenos y malos. Los que piensan distinto a nosotros, los que son de otro grupo o religión, los de diferente partido no solamente son “los otros”, con frecuencia son considerados perversos, separados y en extremos opuestos. Han cometido el delito de ser diferentes.

Las actuales guerras, los conflictos internacionales, las diferencias políticas, son casi imposibles de resolver porque no aceptamos a los otros, porque los juzgamos incapaces de tener algo bueno y condenamos a priori cualquier propuesta o posible solución que los otros presentan.

La parábola de la cizaña tiene sus grandes enseñanzas: es en realidad el mal en nuestra vida, no podemos arrancar al otro simplemente porque a nosotros nos parezca mal, sólo hay un verdadero juez que en el momento justo revelará la verdad.

Con la parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos enseña que Dios está en todas partes y que a todos acoge, y lo expresa despertando el respeto por los demás, alentando la paciencia y fortaleciendo la esperanza en que habrá un día en que se puedan alcanzar niveles de justicia, de igualdad y de paz. Pero el camino no es exterminando, destruyendo, sino respetando procesos y diferencias.

El mal que está no sólo en nuestro mundo, sino en nuestra propia persona. Tenemos que reconocer que en el corazón de cada uno de nosotros descubrimos grandes riquezas, pero también hay graves errores, tropiezos, egoísmos y equivocaciones. Es fácil reconocer los defectos de los demás pero ¡qué difícil es reconocer nuestros propios fallos!

También nos ayuda esta parábola a cuestionarnos sobre el bien y el mal. Es tendencia actual disculpar todo y caminar como si cada quien pudiera hacer lo que le venga en gana sin importar si es bueno o malo. Y Jesús nos recuerda que en el mundo también hay el mal y que no lo podemos llamar “bien” por más que se le parezca o se le disfrace.

Conscientes de que en nuestro propio interior encontramos esa duplicidad del bien y el mal ¿somos comprensivos con el hermano diferente y descubrimos sus cualidades? ¿Cuánta paciencia tenemos con los demás y con nosotros mismos?

lunes, 10 de julio de 2023

 

XV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia de la importancia de la Palabra de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos dice que la Palabra de Dios es, verdaderamente, fecunda y creadora de vida.  Nos da esperanza, nos indica el camino que debemos recorrer y nos anima a transformar este mundo.

En tiempo de sequía pedimos que llegue la lluvia porque el agua es imprescindible para que haya vida en la tierra.  La Palabra de Dios es como la lluvia, es decir, tiene que producir frutos en nosotros y en nuestro mundo.

La Palabra de Dios nos da esperanza, nos indica el camino que debemos recorrer y nos anima para que transformemos nuestro mundo según los proyectos de Dios y nos lancemos a un compromiso por transformar y renovar el mundo y las injusticias.  Sólo cambiaremos las situaciones injustas cuando nos dejemos guiar por la Palabra de Dios y la pongamos en práctica.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que la creación entera está gimiendo con dolores de parto.

Hoy día hay una mayor preocupación por la forma en que utilizamos el mundo que Dios creó y nos entregó.  El hombre de hoy se ha dado cuenta que el mundo no es para ser explotado, violentado, utilizado de acuerdo con los criterios del egoísmo.  Pero no sólo debemos preocuparnos por el agotamiento de los recursos naturales del mundo, sino también por la fraternidad que debe unir al hombre y a las otras cosas creadas por Dios.  Sólo cuando tomemos conciencia de que todos somos hermanos en la existencia, podremos liberar a toda la creación del egoísmo y de la explotación en la que el hombre ha convertido este mundo.

El Evangelio de san Mateo nos has presentado la parábola del sembrador y la semilla como una invitación a reflexionar sobre la importancia y el significado de la Palabra de Dios en nuestra vida.

La Palabra para que dé fruto debe tener la oportunidad de germinar, necesita un espacio de acogida y calor para romper la vida que lleva dentro y hacerla crecer. ¿Damos esta oportunidad a la Palabra? ¿La guardamos en nuestro corazón acogiéndola y meditándola? Cristo mismo explica el sentido de su parábola.

¿Qué representa y qué son los diferentes terrenos en los cuales cae la Palabra de Dios, su semilla?

Hay varias clases de “tierra”. Tierra dura del camino, tierra de paso, tierra estéril. Nada mejor para describir nuestro mundo de la superficialidad, la inconstancia y las conveniencias. El hombre moderno nace de prisa, camina de prisa y muere de prisa, casi sin darse cuenta. No hay tiempo para nada. No hay tiempo para crecer, no hay tiempo para la familia porque está muy ocupado, no hay tiempo para los hijos, para los amigos.

Siempre está de prisa, de aquí para allá, llevando su superficialidad. Es cierto, gusta de los valores, del amor y de la Palabra, pero no los deja entrar en su corazón. Siempre está dejando para después las cosas importantes. Y también dejamos para después la Palabra de Dios, nos acercamos pero no la recibimos.

¿Seremos camino donde todo pasa y nada se queda? El dolor y las agresiones,  la inseguridad y la vida moderna nos han hecho duros e insensibles, con corazón de piedra. Pasamos junto a las personas como desconocidos, no sonreímos, no nos detenemos, no saludamos. Nos escabullimos rapido para no dar la oportunidad que entre al corazón.

Cada quien su mundo y cada quien sus problemas. El respeto al derecho ajeno es la paz es un principio que con frecuencia se convierte en indiferencia y egoísmo. No me meto con nadie y nadie se mete conmigo.

Y con Cristo y su Palabra nos pasa igual, lo saludamos pero no le permitimos que entre a nuestro corazón; lo escuchamos con agrado pero no queremos comprometernos ¿Tendremos el corazón tan endurecido que no permitimos entrar en él la Palabra de Dios?

Otro tipo de tierra son las espinas. La vida fácil es el ideal de muchos de nosotros: no al dolor, no al sufrimiento, no al esfuerzo, no a cualquier tipo de espina. Y los comerciantes bien que se aprovechan de esta sed de comodidad y nos ofrecen una felicidad basada en los bienes, en el placer y en el poder.

​Estas espinas ahogan el Evangelio. ¿Cuáles son las espinas que no me permiten dar el fruto que Cristo espera de mí? 

La Palabra de Dios debe fecundar nuestras vidas, darles sentido, hacerlas fértiles y producir mucho fruto.

La parábola del sembrador es una parábola de esperanza, de confianza y de compromiso. ¿A qué me compromete? ¿Cómo y cuando escucho la Palabra? ¿Qué frutos estoy dando?

lunes, 3 de julio de 2023

 

XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos enseñan dónde encontrar a Dios.  Dios se da a conocer en la sencillez, en la humildad. 

La 1ª lectura, del libro de Zacarías, nos presenta la preocupación de Dios por salvar a su pueblo. 

Actualmente, los gobiernos de este mundo, tratan de hacer pactos, alianzas multinacionales para ser eficaces y poder imponerse a los demás.  Sin embargo, Dios nos ofrece la salvación, la liberación, en el símbolo de un Mesías que nos trae la paz desde la sencillez de su persona.  Esto que le prometió Dios a su pueblo sigue siendo un hecho para nosotros, porque Dios no ha cambiado su esencia ni sus deseos de darnos paz y salvación.

Los países creen que es necesario tener muchas armas, poderosos ejércitos, gastar mucho dinero en instrumentos de guerra, para imponer, por la fuerza y por el miedo, la paz y la seguridad del mundo.  El profeta Zacarías nos dice que Dios viene desarmado, pacífico, humilde y así es como Él salva y nos libera.  Dios se manifiesta en la humildad, en la pobreza y en la sencillez.

A veces, nos sentimos decepcionados, frustrados, sin esperanza; sin ser capaces de tomar en serio nuestro futuro y dar un sentido a nuestra vida.  En esas circunstancias, somos invitados a descubrir a ese Dios que viene a nuestro encuentro, que restaura nuestra esperanza y nos ofrece la paz.

La 2ª  lectura, de San Pablo a los Romanos nos invita a vivir “según el Espíritu” y no “según la carne”.

Vivimos una época de grandes descubrimientos, todos ellos van encaminados a conseguir una vida cada vez más agradable y cómoda.  Sin embargo, aunque vivimos mejor cada día, no somos más felices, porque como nos dice San Pablo la felicidad no puede consistir en dar rienda suelta a los deseos humanos del cuerpo.

Como cristianos no nos podemos dejar dominar por la carne, es decir, por una vida de pecado, porque el pecado es rebeldía contra Dios.  Hemos de dejar que sea el Espíritu de Dios el que habite en nosotros para cambiar las obras del pecado por obras de bien, obras responsables, obras de Dios.  El cristiano debe dar muestras en su vida de ser guiado por Dios y no por el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Hoy, Jesús nos invita a acercarnos a Él. Es claro que, para acercarnos a Cristo necesitamos dos disposiciones fundamentales: Primeramente, necesitamos reconocer que los problemas de la vida nos rebasan y que, además, estamos cansados, fatigados y agobiados por tantos asuntos. Y en segundo lugar, también necesitamos reconocer que solamente en Cristo podemos encontrar la ayuda que nos hace falta.

Muchas veces no aceptamos esta invitación de Cristo porque creemos que nosotros podemos solucionar nuestros problemas por nosotros mismos.  Para ayudarnos, Jesús nos pide dos cosas: la primera es que carguemos con su yugo. Y la segunda es que aprendamos de Él.

¿De qué yugo nos está hablando Jesús? Nos habla del yugo del amor. El yugo o mandamiento que Cristo nos da es el yugo suave del amor. Muchas de las cosas de nuestra vida se nos hacen pesadas e insoportables porque no las enfrentamos con amor. Nos falta amor a Dios y a los hermanos.

El hacer las cosas por obligación es lo que hace que las cosas se nos hagan más pesadas. El amor es lo que aligera las cargas.

Luego, después de invitarnos a cargar con su yugo, Jesús nos invita a aprender de Él, que es manso y humilde de corazón. Estos dos elementos, juntamente con el yugo de amor que Cristo nos ofrece, son los que nos van a liberar de nuestras angustias y desesperaciones.

La mansedumbre y la humildad de las que Cristo nos habla consisten, en primer lugar, en reconocer, por medio de la humildad, nuestras propias capacidades y limitaciones; y en segundo lugar, por medio de la mansedumbre, hemos de aprender a dominar nuestra agresividad.

Las cosas de la vida se nos hacen pesadas y molestas, porque en el fondo vivimos peleando y compitiendo en contra de los demás. Gran parte de la formación que se nos ha dado ha sido para competir. Y nuestros fracasos y limitaciones son los que nos hacen sentir constantemente frustrados. Esto hace que nuestras cargas se hagan cada vez más pesadas.

Hagamos las cosas lo mejor que podamos. Dios nunca nos va a pedir que demos más allá de nuestras propias capacidades. Por eso, es que nunca hemos de compararnos con los demás.

Seamos lo que somos.

lunes, 26 de junio de 2023

 

XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús.

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes, nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo.

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita: “El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”. 

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva.

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás? La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado.

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios y los valores de Jesús.

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella?

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo.

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús.

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”.

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.