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lunes, 2 de diciembre de 2024

 

INMACULADA CONCEPCIÓN (CICLO C)


La fiesta que estamos celebrando hoy es para que todos nos llenemos de alegría y esperanza.  No sólo es la fiesta de una mujer, María de Nazaret, concebida por sus padres ya sin mancha alguna de pecado porque iba a ser la Madre del Mesías.

Hoy es la fiesta también de todos los que nos sentimos, de alguna manera, representados por ella.

La Virgen, es el inicio de la Iglesia.  Ya desde la primera página de la historia humana, como escuchamos en la primera lectura, cuando los hombres cometieron el primer pecado, Dios tomó la iniciativa y anunció la llegada del Salvador que llevaría a término la victoria sobre el mal.  Y junto a Él ya desde el libro del Génesis aparece «la Mujer», su Madre, asociada de algún modo a esta victoria.

Hoy celebramos con gozo que María fue la primera salvada, la que participó de modo privilegiado de ese nuevo orden de cosas que su Hijo vino a traer a este mundo.  En la primera oración de la misa decíamos: «Preparaste una digna morada a tu Hijo» y en previsión de su muerte, «preservaste a María de toda mancha de pecado».

Pero si estamos celebrando el «Sí» que Dios ha dado a la raza humana en la persona de María, también nos gozamos hoy de cómo Ella, María de Nazaret, cuando le llegó la llamada de Dios, le respondió con un «Sí» decidido.  El «sí» de María, podemos decir que es el «Sí»  de tanto y tantos millones de personas que a lo largo de los siglos han tenido fe en Dios, personas que tal vez no veían claro, que pasaban por dificultades, pero se fiaron de Dios y dijeron como María: «Cúmplase en mí lo que me has dicho».

María, la mujer creyente, la mejor discípula de Jesús, la primera cristiana.  Ella no era una persona importante de su tiempo.  Era una mujer sencilla de pueblo, una muchacha pobre, novia y luego esposa de un humilde trabajador.  Pero Dios se complace en los humildes, y la eligió a Ella como Madre del Mesías.  Y Ella desde su sencillez, supo decir «Sí» a Dios.

Pero a la vez, se puede decir que esta fiesta es también nuestra.   

La Virgen María, en el momento de su elección y de su «Sí» a Dios, fue «imagen y comienzo de la Iglesia».   Cuando Ella aceptó el anuncio del ángel, de parte de Dios, se puede decir que empezó la Iglesia: la humanidad empezó a decir sí a la salvación que Dios ofrecía con la llegada del Mesías.

En María quedó bendecida toda la humanidad: la podemos mirar como modelo de fe y motivo de esperanza y alegría.

Tenemos en María una buena maestra para este Adviento y para la Navidad.  Nosotros queremos prepararnos a acoger bien en nuestras vidas la venida del Salvador.  Ella, María, la Madre, fue la que mejor vivió en sí misma el Adviento y la Navidad y la manifestación de Jesús como el Salvador.

Que nuestras Eucaristía de hoy, sea una entrañable acción de gracia a Dios, porque ha tomado la iniciativa para salvarnos y porque ya lo ha empezado a realizar en la Virgen María.

lunes, 25 de noviembre de 2024

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)


Hoy es un día importante: ¡comienza el año cristiano!  Empezamos hoy el Adviento: Tiempo de preparación a la Navidad.  El tiempo de Adviento, es un tiempo para prepararnos a recibir a Jesucristo, que viene a nuestra vida. El Adviento es una llamada a la esperanza: esperar en el Salvador que nos va a nacer.  El Adviento es una invitación a la vigilancia: vigilar para no caer en las trampas de este mundo. El Adviento es una llamada a la perseverancia: perseverar en la fe en Jesús.

La 1ª lectura de profeta Jeremías nos dice que Dios cumple sus promesas.

El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza.  Y si algo necesitamos los seres humanos y los cristianos en particular es recuperar la esperanza.  Porque vivimos en un mundo que ha perdido los grandes ideales, un mundo en el que los proyectos que se emprenden tienen que ver más con el ganar dinero que con el procurar el bien de toda la humanidad.

Desencanto, apatía, indiferencia, son palabras que expresan nuestra forma de vivir o nuestra manera de malvivir.   Porque el único objetivo de nuestra vida está en pasarlo lo mejor posible, en que no nos falte de nada y en vivir lo más cómodamente posible.  Esto es al menos lo que nos vende la publicidad, y lo que los gobiernos nos proponen con sus planes.  

Sentimos una indiferencia cada vez mayor por todo lo que signifique la formación humana, el compromiso social, el progreso verdaderamente humano. 

Por eso, tiene mucha importancia celebrar el Adviento, recuperar al menos nosotros los cristianos la esperanza.  Una esperanza que nos dice que el mundo, a pesar de todo, se encamina hacia el encuentro con su creador.  Una esperanza que nos dice que a pesar de todo, todavía es tiempo de mejorar las condiciones de vida humanas, de luchar para que se reconozca la dignidad humana por encima de los intereses económicos, de partido o de grupo.  Una esperanza social y personal, que nos dice que nuestra aportación en el proyecto del Reino de Dios, por pequeña que sea es importante.   

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses, nos decía: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos…”

El amor es una dimensión fundamental para encontrarnos con Jesús. La persona que es egoísta se pone él como el centro de todo y se relaciona con las personas como si fuesen objetos, no como personas que tienen sus propias iniciativas, sino como instrumentos para conseguir lo que uno se propone.  La persona egoísta nunca podrá tener un encuentro personal con otros seres humanos porque no reconoce a los demás como personas, como iguales. Si no se puede encontrar con los demás, tampoco con Jesús.

Sin embargo, la persona que ama está viendo al otro como una persona distinta de uno mismo y distinta de los demás objetos, la está reconociendo como un igual con el que se puede relacionar de tú a tú. Sólo se puede encontrar uno personalmente con una persona a la que se ama, sin amor no hay encuentro personal.

El Evangelio de san Lucas nos decía: “poned atención… estad alerta…velad”

El Señor utiliza muchas imágenes para hacernos entender cuál es la verdadera actitud del cristiano: “poned atención, levantad la cabeza, estad alerta”.  No nos dice que no habrá dificultades, no nos dice que es fácil el camino, pero nos invita a que levantemos la cabeza. 

Cuando la violencia y la inseguridad nos envuelven, cuando hay gritos de dolor y angustia, una de las tentaciones mayores es la de huir, correr, hacernos los desentendidos y esconder la cabeza. Cristo nos propone otro camino: enfrentar las situaciones difíciles con la cabeza en alto, pero con vigilancia y estando alerta. Siempre será una mejor solución enfrentar las dificultades que no hacer nada. Quedarse de brazos cruzados es la peor de las soluciones.

No podemos sucumbir al miedo pero: “Estad alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan vuestra mente”.  Hay quienes, aún en esta difícil situación, optan por el camino fácil del olvido en los vicios y la embriaguez. Hay quienes quieren hacer olvidar al pueblo su dolor con pan y circo, pero que no ofrecen soluciones integrales y verdaderas. Es preciso tener cuidado con lo que embota el corazón y apaga la esperanza.

El mensaje de Jesús no nos evita los problemas y la inseguridad, pero nos enseña cómo afrontarlos. Tenemos la seguridad que las estructuras injustas sólo podrán ser removidas del corazón del hombre por el paso del amor de Dios y su justicia. Así que ¡no embotemos el corazón! ¡Llenémoslo de esperanza!

El Adviento es un tiempo  de aliento para todos los que luchan y ponen su esperanza en el Señor.  El adviento es un camino que debemos iniciar sin miedos, que debemos andar con precauciones para no caer en las trampas del mal y que debemos proseguir fortalecidos con la oración, la vigilancia y el amor.

Que el Señor nos ayude a aprovechar el tiempo, a vivir responsablemente, a comprometernos con las necesidades de nuestro mundo, a no esperar pasivamente la salvación, sino a esperarla vigilantes, de pie, soñando con el día en que nos presentaremos ante Jesucristo el Señor.

lunes, 18 de noviembre de 2024

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO B)


Con esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo terminamos el presente Año Litúrgico, para comenzar el próximo domingo con el Adviento, en preparación para la Navidad, un nuevo año litúrgico. La fiesta de hoy es como un resumen del año, un resumen de todo lo que hemos celebrado y vivido los cristianos durante todo el año.

Pilato le pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”  Efectivamente Jesús es rey, pero no como los reyes de este mundo. La realeza de Jesús es de otra forma, al tal grado que aunque es condenado y golpeado, sigue siendo el verdadero rey frente al poder de Pilato.

Pero, ¿Qué ha hecho el rey llamado Jesús, para ser condenado?  Jesús no ha hecho nada malo.  Pero, para nosotros los hombres, existe una persona todavía más intolerable que la que hace el mal, y esa persona es la que quiere enseñarnos a hacer el bien.   No terminamos de aceptar plenamente a una persona que quiere enseñarnos los defectos de lo que nosotros llamamos bien.

¿Cómo es la realeza de Jesús?  Al contrario de los gobernantes y reyes de la tierra, Jesús no ejerce su soberanía sobre ningún territorio concreto.  El reino de Dios no es de la tierra, sino de carne y espíritu: el reino de Dios es el corazón de los hombres que se dejan guiar por la fuerza viva del Espíritu de Dios; está en los hombres que como Jesús luchan porque en este mundo reine la verdad y la vida, la justicia, el amor y la paz.  Todo el mundo, es el territorio de Jesús el Rey.

La relación de Cristo Rey y sus gobernados nada tiene que ver tampoco con lo que sucede con los gobernantes de la tierra.  La relación de Cristo Rey con nosotros se establece por el amor: “Nadie tiene amor más grande por los amigos que aquel que da su vida por ellos…  Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos”

Para ser amigo de Jesús hay que cumplir con sus exigencias: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”  Pero lo que nos manda Jesús es cumplir con el mandamiento del amor: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado”

Jesús le dice a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”.  Algunas personas, erróneamente han pensado como si Jesús estuviera diciendo que a Él no le interesa el bienestar de los necesitados y solamente le preocupara lo espiritual. Pero Jesús mismo continúa con su aclaración: “Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”. Es decir, no actuará al estilo de este mundo que se rige por la fuerza y la violencia.

Jesús no ha venido a dominar ni a infundir terror, sino a servir a la verdad y a la justicia.  Jesús no se desentiende de lo que le pasa a este mundo o nos pase a nosotros.  Muy al contrario, Jesús se empeña apasionadamente por la justicia y quiso cambiar el mundo.

Jesús, se declara también testigo de la verdad.  Queremos que Cristo reine y libere a este mundo nuestro de tantos enemigos que se empeñan en destruir la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Queremos que todos los pueblos y naciones respeten la verdad, esa verdad de la que Cristo se declara rey y testigo.

Los cristianos debemos ser seguidores de Cristo, continuadores de su mensaje, por eso debemos defender la verdad por encima de todas las conveniencias y mentiras, de las apariencias y las medias verdades. No queremos una verdad chapucera y acomodaticia, hecha a la medida de nuestros intereses políticos y económicos; queremos la verdad de Cristo, la verdad que Cristo predicó en su evangelio, la verdad del amor y del servicio, de la vida, de la justicia y de la paz.

Quizás quienes nos decimos sus discípulos en este día mientras aclamamos y proclamamos: “Viva, Cristo Rey” tendremos que mirar a nuestro interior para ver si estamos buscando los valores del reino y vivimos en coherencia con lo que proclama y vive Jesús.

No podremos decirnos sus seguidores mientras exista en medio de nosotros las desigualdades, la mentira, la corrupción, el servilismo y la prepotencia. La miseria, el hambre, las desigualdades, las discriminaciones, contradicen el Reino de Jesús. El verdadero discípulo, al igual que Jesús, dejará enternecer su corazón, se unirá al que vive en el dolor y se comprometerá en serio en la construcción de un “reino mejor”. La oración, la mirada atenta a las necesidades y el servicio fraternal, serán las señales de un discípulo de este Rey que quiere construir su reinado de justicia y de paz. ¿Qué estamos haciendo? ¿A qué nos compromete nuestro seguimiento de Cristo Rey?

Hoy es un día especial para que renovemos nuestra adhesión al Señor, diciéndole que lo aceptamos como Rey y Señor de nuestras vidas, que queremos caminar un año más con Él, de su mano, con confianza de que Él nos protege, nos cuida y nos guía por el camino que conduce al Padre.

lunes, 11 de noviembre de 2024

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan del final de los tiempos.  Este es un tema que siempre ha preocupado mucho a las personas de todos los tiempos y las sectas se han atrevido a dar fechas del fin del mundo con resultados de falsas alarmas una y otra vez.

La 1ª lectura del profeta Daniel nos decía: “serán tiempos difíciles como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora”.  El profeta Daniel nos abre la puerta a la esperanza de un más allá. La muerte no es el final fatal, no es el fracaso total.

En su tiempo, el pueblo de Israel, sufría persecución, muerte y derrota por la persecución de los reyes de Persia. Hoy, nosotros, sufrimos también desgracias y desesperanzas en esta sociedad moderna, donde a veces perdemos las ilusiones y hasta las mismas esperanzas, y nos dan ganas de echarlo todo a rodar, cuando vemos cómo la inmoralidad y la falta de honestidad nos las imponen en los mismos hogares, a través de la televisión, jugando con nuestros instintos y pasiones y  destruyendo la moral de nuestros hijos, niños y jóvenes; cuando vemos que grupos fuertes de narcotraficantes imponen su ley de muerte con la venta de drogas, enfrentándose y amordazando a los mismos gobiernos, que nosotros hemos elegido para que nos administren con honestidad y justicia y para que nos defiendan; cuando vemos también y sufrimos tantas injusticias, sintiéndonos impotentes y derrotados, como aquel pueblo de Israel ante la persecución a muerte de sus reyes.

Pero de la misma manera que a los israelitas el profeta Daniel les abrió a la esperanza del triunfo, con la promesa de una nueva vida, de la resurrección, que la vida, pues, no termina con el desastre de la persecución y de la muerte. Hoy también corren tiempos difíciles. Pero también hoy, se hace patente la luz de la esperanza.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda que Jesús vino al mundo para liberar al hombre del pecado, para hacernos hombres justos.

Cuando en nuestra vida tomamos decisiones equivocadas, que incluso nos puede apartar de Dios, Él no nos abandona.  Todo el mal que, a veces, hay en nuestra vida, en nuestro interior, no tiene la última palabra.  La última palabra es siempre el amor misericordioso de Dios, un amor que siempre está buscando nuestra salvación.

Que no seamos nosotros quienes hagamos inútil o estéril la muerte de Jesús, sino que avivemos nuestra fe en el Señor y la esperanza en su perdón. Porque Jesucristo vino al mundo para cumplir una única misión: salvar y liberar a los hombres de su pecado.

El Evangelio de san Marcos, nos exhorta a estar atentos a aquellos acontecimientos de nuestra historia, o de nuestra vida, inclusive en las catástrofes y calamidades, en los que podemos apreciar de alguna manera la proximidad del Reino de Dios: “Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta”.

No todo lo que sucede a nuestro alrededor es bueno. La violencia, la adicción a las drogas y la explotación del sexo son, por desgracia, características de nuestro tiempo, y no podemos darlas por buenas.

Pero hay también una serie de valores por ejemplo: libertad, igualdad, fraternidad, progreso, libertad de conciencia, instrucción popular, derechos de la mujer, etc. que nos preparan para el Reino de Dios.

Que no nos asusten, por tanto, las palabras severas del evangelio del fin del mundo y que no nos hagan caer en el pesimismo o el fatalismo. El evangelio de hoy nos debe impulsar a discernir, entre tantas cosas perecederas y entre tantas ideas o modas de pensamiento pasajeras, aquellas otras que, por ser conformes con el plan de Dios, pueden conducir a la humanidad a aquella plenitud y felicidad eternas para las que ha sido creada.

¡Miremos hacia adelante! Si estamos inscritos en el libro de la vida, este cambio va a ser positivo para nosotros.

No temamos. Del mismo modo que un año termina y otro empieza, que viene la noche pero renace el día, la hermana muerte temporal nos conducirá a la vida para siempre.

Nuestro futuro ya está aquí, en nosotros, en lo que vivimos cada día. No nos tendría que preocupar mucho qué sucederá el último día, sino lo que está pasando hoy y aquí, que es cuando estamos construyendo o no un futuro de salvación y de victoria, unidos a Cristo.

Las de hoy no son palabras para asustarnos, sino al contrario, para animarnos a ser constantes en el camino de fe que el Señor nos ha concedido emprender.  Que no sea, por tanto, el miedo lo que nos mueva a ser fieles a Dios. Que sea el amor.

lunes, 4 de noviembre de 2024

 

XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo son una invitación a que seamos generosos.  La generosidad significa compartir nuestro tiempo y nuestras cosas aunque las necesitemos.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos ofrece el ejemplo de una viuda pobre, sin recursos, sin lo indispensable para comer, pero con una inmensa confianza en Dios.

La historia de esta viuda que reparte con el profeta Elías el poco alimento que tiene, nos dice y nos garantiza que la generosidad, el compartir y el ser solidarios no empobrece, sino que nos da vida y vida en abundancia.

No podemos vivir una vida de egoísmo, de estar acumulando y guardando y olvidarnos de tantas veces que Dios nos llama a compartir y a ser solidarios con nuestros hermanos más necesitados.

Cuando compartimos, con generosidad y amor, aquello que Dios puso a nuestra disposición, no nos hacemos más pobres.  Hay un dicho que ha sido probado un millón de veces: “el dar jamás ha empobrecido a nadie”.  Los bienes compartidos se convierten en fuente de vida y de bendición para nosotros y para todos aquellos que de esos bienes se benefician.

Hoy en día, se oye decir que “no me fío de esta o aquella persona”.  No confiamos en las personas porque muchas veces nos han defraudado.  Y esta manera de pensar pareciera que también se la aplicamos a Dios porque confiamos más en las cosas o en nuestras fuerzas que en el mismo Dios.  Solemos decir que con dinero, con influencias, se arreglan todas las cosas y se abren todas las puertas.  Sin embargo, Dios no piensa así.  Dios nos pide lo que tenemos, sea poco o mucho y Él nos da esperanza y plenitud de vida. Si hacemos como esta viuda y confiamos en Dios, Dios nos recompensará con el pan y el aceite que necesitamos para vivir y que jamás se nos acabarán.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece el ejemplo de Cristo que entregó su vida, lo máximo que uno puede dar, a favor de los hombres.

Dios quiere y espera de cada uno de nosotros, más que dinero u otros bienes materiales, que nos pongamos a su servicio, que trabajemos para que todos los hombres se salven, para mejora este mundo.

Tenemos que ser uno con Cristo, y esto significa, vivir día a día como Jesús: haciendo de nuestra vida una entrega de amor a los hermanos; luchando contra todas las estructuras que generan injusticias y pecado; participando y colaborando con Cristo para eliminar el pecado del mundo.

¡Dios mismo murió por nosotros! ¡Dios mismo lo dio todo por cada uno de nosotros! Si Dios mismo lo dio todo por nosotros, ya no debemos tener miedo de darlo todo por Dios y su Hijo.

El Evangelio de san Marcos nos pone el ejemplo de la generosidad humilde de una pobre viuda que echó en las alcancías del Templo 2 moneditas de poco valor.

Esta viuda lo pone todo en manos del Señor.  Y ahí comienza la fe: confiar plenamente en Dios.   La fe comienza cuando nos encontramos con nuestras manos vacías y nos ponemos en las manos de Dios.

La generosidad de esta viuda es la base de la solidaridad.  La solidaridad no es dar de lo que nos sobra o ya no necesitamos; no es deshacernos de la basura que nos estorba en nuestra casa; no se trata de una ayuda que humille, sino de un compromiso que promueva la hermandad.

La solidaridad implica una donación de nuestro tiempo y de todo lo que somos nosotros, es entregarnos al servicio de los demás.  Uno es generoso cuando da aquello que también a él le hace falta. 

El modelo de sociedad y de convivencia que tenemos a nuestro alrededor, no está basado en lo que cada personaes, sino en lo que cada unotiene.  El que posee cosas y dinero, puede dar limosnas cuantiosas, puede comprar y puede triunfar en la vida. El que no puede lograr esto, está descalificado, no vale, no sirve para nada en esta sociedad.

Así, la sociedad nos acostumbra a valorar todo, a valorarnos por lo que poseemos, o por las cosas materiales que damos.

En nuestro mundo, la generosidad se mira por la cantidad y no por la calidad. Se valora más al que da mil Euros que al que da diez, y al que da diez más que al que da uno. La prensa, las revistas alaban al que da una gran cantidad. Y en la valoración del trabajo ocurre lo mismo. El trabajo del pobre, del humilde, no cuenta, pasa desapercibido, mientras que el trabajo de los grandes, de los poderosos es muy nombrado y recompensado.

Dios, sin embargo, tiene otra forma de valorar. No se fija tanto en la cantidad de la limosna sino en la calidad, porque no es lo mismo dar mil Euros cuando se tienen doscientos mil y quedan todavía ciento noventa y nueve mil, que dar cien Euros cuando sólo se tienen doscientos o nada más que los cien que se dan.

Lo importante no es la cantidad, sino el cariño, el amor con el que se da.

lunes, 28 de octubre de 2024

 

XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos habla de que el amor está en el centro de la vida cristiana. El camino de la fe que, día a día, estamos invitados a recorrer, se resume en el amor a Dios y en el amor a los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos presenta la solemne proclamación de fe que todo israelita debe hacer diariamente al amanecer, al medio día, al ponerse el sol y cuando va a morir. 

El mensaje es muy claro: “Sólo hay un Dios al que debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas”.

A veces, nos olvidamos que Dios tiene que ser el eje fundamental sobre el cual debe girar nuestra vida y dejamos que nuestro corazón se vaya tras otras cosas y ponemos nuestra confianza, nuestra seguridad y nuestra esperanza en el dinero, el poder, el éxito, la realización profesional, la posición social, los títulos, etc.

Decir que Dios es único, es decir que Él es el único y verdadero camino para una vida en plenitud.  Nunca nos vamos a realizar plenamente como seres humanos viviendo al margen de Dios. 

Sin Dios, contando únicamente con nuestras fuerzas, no vamos a encontrar el camino para realizarnos plenamente, para encontrar la felicidad, para vivir una vida en plenitud.

Afirmar que hay que amar a Dios, supone que hay que analizar la cuestión de los ídolos, a quienes tantas veces, les entregamos la dirección de nuestra vida.

Muchas canciones hablan del olvido: del amor que fue y ya no es; se lamentan del desencuentro después del encuentro, de la distancia después de la cercanía.  Muchas canciones son interpretaciones de tantas experiencias de desengaños amorosos.  Pero muchas de esas canciones podría cantarla el mismo Dios. Muchas de esas canciones de amores y desamores, muchas de esas historias, podría tener a Dios como el protagonista.  Dios está siendo objeto de desamor, de infidelidad amorosa, de indiferencia y de olvido.

Nuestro Dios es Amor, es Pasión amorosa hacia nosotros y no se merece un trato frío, de indiferencia y olvido.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo como el sumo sacerdote que vino al mundo para realizar el proyecto salvador de Dios Padre y para ofrecer su vida en donación de amor a los hombres.

Nosotros, como creyentes, siempre estamos preocupados de cómo agradar a Dios y cómo darle culto, y a veces, nos olvidamos que a Dios lo que más le gusta es la entrega de nosotros mismos a Él.  El culto que Dios nos pide y que le agrada es que obedezcamos y hagamos realidad sus proyectos y el amor a los hermanos.

El Evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús diciéndonos cuales son los dos mandamientos principales: el amor a Dios y el amor a los hermanos.  Esto es lo fundamental y estos dos mandamientos no se pueden separar.

Pero hay un problema, el problema de saber qué es el amor. Porque quizás no haya una palabra tan maltratada y adulterada como esta del amor. Amor romántico, amor posesivo, amor familiar, amor de pareja, hacer el amor… ¿qué es el amor? ¿Cuál es el verdadero amor?

Nos pasamos la vida pensando que amamos a alguien y quizás lo único que estamos haciendo es comerciar con los sentimientos y las necesidades de cada uno. Porque ¿qué pasa con el alma del amor que es la gratuidad? Decimos amar pero damos por supuesto siempre que tenemos que ser correspondidos Y no hablemos ya del problema que la psicología moderna nos ha descubierto con la autoestima, porque hay muchas personas que no se aman en absoluto, personas que desprecian su imagen, su trabajo, su vida en general.

Personas quizás poco agraciadas físicamente, quizás poco inteligentes, personas que cometieron graves errores, personas que nadie las amó, ni les dijo una palabra de aceptación… ¡Cómo pedirles a estas personas que amen a los demás como a sí mismos si no se aman nada!

Como en tantas cosas, la clave hay que buscarla en las palabras y los gestos de Jesús, cuando en la noche del Jueves Santo enseña a sus discípulos cómo tienen que amarse: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.  Así, para saber en qué consiste el amor, sabemos que no depende del sentimiento amoroso, ni de la autoestima, ni de mis necesidades, sino que el amor consiste en amar como Jesús nos ha amado, dando la vida. Y dar la vida significa estar dispuesto a gastarse en favor de los demás. Gastar nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestro dinero. Es como dar un cheque en blanco.

Que lleguemos a conseguir en nuestra vida amar de esta manera es el reto que tenemos por delante. Pero al menos tenemos claro el camino, y siempre en nuestras relaciones con los demás podremos traer a la mente el amor de Jesucristo y así estaremos seguros de nunca fallar.

Que el Señor nos enseñe a amar en la escuela de su corazón.

lunes, 21 de octubre de 2024

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de hoy nos invitan a la esperanza y a la alegría, a pesar de los males que nos pueden afectar, personal y comunitariamente.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos dice que el Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre.

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, los crímenes contra el medio ambiente, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, los valores efímeros, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta.

Sin embargo, la Palabra de Dios que hoy se nos propone nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera.

La primera lectura nos garantiza que no estamos solos frente a los dramas y sufrimientos; Dios va a nuestro lado y, con amor de Padre, cuida de nosotros, nos da la mano, nos conduce al encuentro de la vida eterna y verdadera.  A nosotros nos queda reconocer su presencia (a veces tan discreta que no la notamos) y, con humildad y sencillez, aceptar su amor.

Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Cristo como sacerdote, mediador entre Dios y los hombres.

De esta lectura podemos sacar dos consecuencias para nuestra vida. 

La primera, es tener plena confianza en Dios y vivir con esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestras fallos, siguen creyendo en nosotros y sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a trabajar por todos aquellos que son humillados, explotados e incomprendidos.

El Evangelio de San Marcos nos presenta el episodio del ciego Bartimeo.

Bartimeo representa la marginación a la que una sociedad puede llegar a someter a un ser humano.  Bartimeo es para nosotros hoy la imagen de la desesperanza.

La desesperanza del que se da por vencido, del que ya no cree en nada ni en nadie, del que ha perdido la ilusión, del que ha sido tan golpeado por los demás o por la enfermedad que sólo quiere que lo dejen en paz. 

Desesperanza de muchas personas que se sientan cada día delante de la televisión para ver pasar la vida de otros, vidas engañosamente felices, de ricos, artistas, famosos y todo para conseguir que por un momento olvidemos la mediocridad de nuestras vidas.

Hoy nosotros estamos llamados a levantar a tanta gente que vive así: una vida de marginación.  Tenemos la misión de hacer levantar a la humanidad y llevarla hasta Jesús.  Porque hay mucha gente que se encuentra al borde del camino.

Al borde del camino quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!

Al borde del camino de la vida hay mucha gente que no puede disfrutar de la vida porque están marginados o son pobres; hay jóvenes que no saben vivir porque creen que la vida se vive al margen de Dios; hay gente que anda viviendo una vida sin sentido porque no ven el camino, pues le dieron todos los medios para vivir, pero no les dieron lo más importante: razones para vivir.  Hay tanta gente que son pobres de cariño, de esperanza, de ilusiones.  Y todas estas personas tienden su mano y nos gritan para que los escuchemos y les tendamos nuestra mano para ayudarlos.

Pidámosle hoy nosotros a Jesús, como el ciego Bartimeo: Maestro, que pueda ver.  Que podamos ver que nuestro mundo no es sólo esas tristes noticias que a diario vemos en los medos de comunicación; también hay muchas personas cuyas vidas son un proyecto de amor, bondad y servicio, aunque esto no sea noticia.

Maestro, que pueda ver.  Que pueda ver no sólo los defectos de los demás sino sobre todo las buenas cualidades, valores y virtudes de las personas con los que convivimos y tenemos que hacerlas felices.

Y que Jesús nos responda: “Anda, tú fe te ha salvado” y que al momento recobremos la vista y lo sigamos por el camino con un nuevo rayo de luz, de ilusión y de esperanza.