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lunes, 29 de diciembre de 2025

 

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (CICLO A)



¡Feliz año nuevo! Queridos hermanos: ¡Feliz año nuevo! Que el amor de Dios llene vuestros corazones y derrame sobre vosotros su paz.

El año viejo se ha terminado.  Dejemos atrás lo que ya no tiene remedio.  Dios, que es ante todo Padre, nos da una nueva oportunidad.  Dios, pone por delante de nosotros 12 meses, que son como 12 oportunidades, para intentar de nuevo sacar adelante todas nuestras asignaturas pendientes.  Aprovechemos esta oportunidad que Dios nos da para empezar bien el año 2026.

Tenemos que hacer que en este año 2026 cada persona, desde su lugar, y todos unidos, mejoremos en nuestras relaciones sociales, políticas, eclesiales y familiares.  Esforcémonos por eliminar de nuestra vida las divisiones tanto de grupos como de personas.  No caigamos en los insultos y amenazas, en las descalificaciones de unos contra otros; no difundamos verdades a medias o medias mentiras.  Que sepamos escuchar mejor las razones de los demás, que defendamos nuestras ideas con argumentos y no con prejuicios; busquemos la convivencia y no la intransigencia; la reconciliación y no la agresividad; seamos críticos con los demás, pero también con nosotros mismos cuando sea necesario.

Hagamos del año 2026 un año reconciliador, en el cual “las voluntades se dispongan a la reconciliación, los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano los pueblos busquen la unión, que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz; que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza”.

Este es un día también para dar gracias a Dios. Gracias por todo lo que hemos vivido en este año que terminamos, gracias por lo que viviremos en el año que comienza, gracias por todo lo nuevo que aparece en nuestra vida. Le pedimos a Dios que todos los buenos deseos que tenemos y que nos decimos en el Nuevo Año sepamos hacerlos realidad. Hagamos el propósito de favorecer todo lo que ayude a que haya más felicidad para todos, amigos y desconocidos. Hagamos nuestro los deseos de la bendición de la primera lectura: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”.

Por eso comenzamos el año con una bendición.  Una bendición que proviene de Dios.  La bendición incluye la protección y la presencia de Dios en nuestras vidas.

Pero este día celebramos también la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.  Es la fiesta de la madre de Jesús, de nuestra madre. Fiesta que habla, desde el corazón de la madre, de hijos y de fraternidad.  Porque es deseo de una madre ver a sus hijos vivir unidos en el amor con que a todos ellos los trajo a la vida. Y cuando el amor fraterno se rompe, el corazón de la madre queda herido. Un corazón, el de María, que sabía conservar todas las cosas que los sencillos decían de su Hijo, y que ella meditaba en su corazón. 

En esta mujer, María, se encarnó Jesús en la historia, “nacido de una mujer”. La mujer en la que es sembrada la vida, está hoy con frecuencia amenazada de muerte. Por el hambre y la pobreza, la destrucción y la miseria en el mundo pobre y excluido. Por la violencia del varón en este mundo que a sí mismo se llama civilizado.

En este día, celebración litúrgica de la Maternidad de María, la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de la Paz, poniendo un bien tan preciado y necesario bajo la protección de la Madre de Dios.



Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor. Y lo es, además, porque mañana celebraremos la Epifanía.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias. 

Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.

La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.

Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.

Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.

El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.

“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.

Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.

Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”

Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.

Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.

Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo! 

Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica”

Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”.

Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.



Celebramos hoy la fiesta de la Epifanía del Señor.  La Epifanía es la segunda fiesta más importante del tiempo de Navidad.  Epifanía significa manifestación.  Hoy el niño Jesús se da a conocer a todas aquellas personas que lo buscan con sincero corazón.

La 1ª lectura del profeta Isaías anuncia la llegada de la Luz salvadora de Dios, que cambiará a Jerusalén y que atraerá a la ciudad de Dios a todos los pueblos de mundo.

El profeta Isaías, nos invita a que levantemos nuestra mirada porque ha surgido una Luz que nos orientará e iluminará. Nos invita también a dejar a un lado la oscuridad del pecado para que dejemos paso a la Luz de la salvación que es Cristo, porque Cristo ha venido para ser “Luz que alumbra a todos los hombres de buena voluntad”.

Cuando en nuestra vida aparezca la oscuridad, la duda, las dificultades y preocupaciones, los sufrimientos y las tristezas, levantemos nuestros ojos al cielo y se nos mostrará la estrella de Jesús que alumbrará nuestro camino con la luz de su paz.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que todos los hombres, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de salvación en Jesucristo.

La salvación es para todos los hombres.  La fe es un regalo y un don de Dios, que el Señor concede a todos los hombres de buena voluntad, sean del país que sea o de la raza que sea.  La fe en Jesús es la luz que nos orienta hacia Dios, al igual que la estrella orientó a los Magos hasta Belén donde estaba Jesús.  Lo importante es que nos dejemos guiar por Jesús, aunque haya momentos difíciles en nuestra vida, hemos de dejarnos guiar por esa luz que es Jesús.

El Evangelio de san Mateo nos ha relatado la adoración de los Magos.  Los Magos representan a todos los hombres y mujeres que buscan a Dios para adorarlo.

Dios nos llama siempre a través de una señal, en el evangelio de hoy es una estrella en la noche, algo que todos pueden ver, pero cuyo significado sólo lo entienden los que buscan sinceramente a Dios.

Todos somos llamados por Dios, pero para encontrarnos con Él, es necesario tener los ojos y el corazón bien abiertos para responder a su llamada.  Los Magos estaban seguros de que Dios los llamaba y por eso salen en su búsqueda.  Han dejado todo: tierra, casa, lo único importante es encontrarse con Dios.

Los Magos representan hoy a todos esos hombres y mujeres que buscan crecer en su fe, que tienen un corazón dispuesto a creer, a confiar, dispuestos a hacer camino; y este camino puede ser muy largo, superando toda clase de obstáculos.

Los Magos ven la estrella.  La estrella es la voz de Dios que nos manifiesta su amor.  Los Magos están abiertos a la llamada de Dios, vigilan, escuchan, buscan.  No son hombres superficiales, distraídos, sino que siguen la estrella. 

Los Magos no son hombres que hayan reducido su vida a vivir lo mejor posible, a aprovecharse, a disfrutar la vida.  Son capaces de dejar su tierra y familia, y ponerse en camino a buscar a Dios.  No están apegados o atados a las cosas, lugares o personas.  Son libres y llenos de esperanza, capaces de dejarlo todo por seguir la llamada.  Siguen la estrella a pesar de las dudas y de las pruebas del camino.

Los Magos no tienen duda, ese niño es el Dios Salvador y se arrodillan y lo adoran y le ofrecen regalos.  Adorar es quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante Dios, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Le ofrecieron regalos.  Regalar algo es un gesto muy humano, expresa el deseo de ofrecer algo gratis, o mejor, darnos gratuitamente al amigo o a la persona querida o necesitada.  Hoy olvidamos lo que es el verdadero regalo, regalamos como un cumplimiento, o por interés para que nos regalen.

El Evangelio nos dice que le ofrecieron regalos valiosos: oro, incienso y mirra.  Lo valioso es entregar lo mejor que uno tiene, así lo hizo Dios con nosotros, al entregarnos a su Hijo.  No es cuestión de regalos sino de regalarse uno mismo a Dios.

Vieron al niño y se regresaron por otros caminos.  Si nosotros encontramos a Dios también haremos caminos nuevos, diferentes, nuestra vida ha de ser distinta.  Tenemos que tener la capacidad, cuando nos encontramos con Dios, de renovarnos y cambiar.  Dios cambia siempre nuestros planes.  Hay que confiar siempre en los planes de Dios, aunque no se entienda nada.  Creer es aceptar el camino que nos presenta Dios es estar siempre disponible, humildes y confiados.

Ver la estrella y seguirla, compartir, superar las dudas y buscar, cambiar y renovarnos, descubrir a Dios y confiar en Él.  Estas son las actitudes que hemos de aprender de los Magos. 

Pidámosle al Señor que los Magos nos dejen de regalo estas actitudes, para encontrarnos con Dios.

lunes, 22 de diciembre de 2025

 

NAVIDAD (CICLO A)



Cada año la fiesta de la Navidad nos lleva a fijar nuestra mirada en aquellas cosas simples y profundas que dan sentido y son el fundamento de nuestra vida: la fe en Dios, el valor de la familia y el poder del amor.  En estos días también se fortalece nuestra esperanza en la realización de una sociedad más justa y fraterna.  Todo esto que, quizás, nos parece lejano y difícil en Navidad lo vemos cercano y posible.

Navidad es el sí de Dios al hombre.  La Navidad nos recuerda, una vez más, que Dios no se ha desentendido del hombre sino que nos ha enviado a su Hijo, que nace en la humildad del pesebre, para acompañarnos con su palabra y su presencia.  Dios se hacer cercano a nosotros.  Esta cercanía de Dios es nuestra mayor riqueza y la fuente de nuestra esperanza.  El hombre ya no camina solo: Dios camina junto al hombre.

Sin embargo, no podemos dejar de pensar y de dolernos, en estos días en que celebramos el amor de Dios y proclamamos la esperanza de un mundo nuevo, en esa otra realidad de marginación que aún existe y que no podemos ver con indiferencia.  Recordemos que el niño Dios a quien hoy celebramos ha nacido en la pobreza y que a lo largo de su vida se ha identificado con los que sufren.  En nuestro mundo sigue habiendo violencia, desprecio por la vida; la droga invade y atrapa a muchos de nuestros jóvenes y no tan jóvenes, destruyendo sus ideales y su futuro; sigue habiendo muchos niños viviendo en la calle; hay enfrentamientos y rencores que dificultan el diálogo.

Todas estas sombras existen y nos duelen, pero no deben hacer que nos olvidemos de las riquezas y potencialidades que poseemos y que deberíamos, con responsabilidad y compromiso social, ponerlas al servicio de nuestros hermanos más necesitados. Porque esto también forma parte del mensaje de Navidad.

“Un niño os ha nacido, os ha nacido un Salvador”.  Así dijeron los ángeles a los pastores.  Y la señal de este Salvador es que encontrareis a un Niño, envuelto en pañales, acostado en un pesebre. No lo busquemos disfrazado de ropajes, ni en otros sitios que no lo vamos a encontrar.  Envuelto en pañales y en un pesebre, esa es la señal que dieron los ángeles.  Un Dios pobre que vive cerca de nosotros.  Así lo escucharon los pastores y fueron a ver qué era eso: era, por primera vez, la primera Navidad de la historia de la humanidad.  Hoy, hace 2016 años, en Belén de Judá, nació Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero.  Él es el Salvador que los hombres esperábamos.

Desde entonces Dios vino a nuestra tierra, a caminar por nuestros caminos, a compartir el pan y las penas, las alegrías y tristezas, a contarnos historias que ayudan a vivir con sentido y a morir con esperanza, a pedirnos que seamos dichosos y felices, a decirnos que no somos esclavos, somos hijos del Padre Dios que nos quiere.

Desde entonces, el amor de Dios sigue presente en el mundo entero, para cada hombre y cada mujer, cada anciano, cada niño, cada joven, que quiera aceptarlo.

Desde entonces, nosotros, cada uno de nosotros, somos llamados a dar testimonio de su amor en la familia y en el trabajo, en nuestra colonia y en nuestro pueblo, en los grupos, tanto civiles como religiosos, y en la labor al servicio de los que sufren, cerca de nosotros o en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces todos los domingos, Jesús muerto y resucitado nos sigue convocando alrededor de su mesa, en la Eucaristía, para compartir con toda la comunidad cristiana el don de su palabra y de su Cuerpo y su Sangre, alimento de  vida eterna.

Desde entonces, hace hoy 2025 años, el perdón, la misericordia, la salvación de Dios se sigue derramando inagotablemente sobre cada uno de nosotros y sobre toda persona.

Alegrémonos y celebremos la Buena Noticia, la mejor noticia de toda la historia de la humanidad: el Nacimiento de Jesús.  Hagamos fiesta, que nazca la paz y la alegría en el corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.  Que los oprimidos y los tristes se llenen de gozo y de alegría y que los que andan perdidos en la noche de la vida encuentren la única luz que los puede iluminar: Jesús.  Porque Dios está con nosotros, es un Dios cercano que nos ama y que nos salva y quiere que todos tengamos en Él vida plena.

Celebremos la Navidad en familia, con la familia.  Imitemos a Jesús, María y José para que la armonía y la fortaleza de Niño Dios nos ayuden a soportar todas las dificultades, a vivir en paz y en una total confianza en Dios.

Convirtámonos nosotros en actores de la Navidad, recorramos como los pastores el camino hacia Belén para encontrarnos con ese Niños que es Jesús, nuestro Salvador.  Hay que encontrarse con el Niño Jesús para que la Navidad sea una fiesta de paz y de familia.

Pidamos hoy, en esta misa de Navidad dos cosas: que todos nos sintamos más hermanos unos de otros, sin excluir a nadie, de modo que crezca la calidad de nuestro amor. Y que todos queramos acoger en nuestra vida la venida personal de Dios a nosotros, acoger su Palabra para que nos sintamos realmente queridos por Él. Y así, hoy y siempre, el amor de Dios dé frutos en todos nosotros.

Jesús vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, que nosotros que somos los suyos, recibamos en nuestras vidas a Jesús, que viene a salvarnos.



En este último domingo del año celebramos una fiesta entrañable. En el ambiente de la Navidad tenemos un recuerdo de la familia de Jesús, María y José en Nazaret. No sabemos muchas cosas de su vida. Pero una sí es segura: Jesús quiso nacer y vivir en una familia, quiso experimentar nuestra existencia humana y por añadidura, en una familia pobre, trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y serenidad, pero que también supo de estrecheces económicas, de emigración, de persecución y de muerte.

La familia es la promotora y educadora de la fe. Sólo se puede aprender y asimilar el verdadero amor de Dios, viviéndolo en comunidad, y la primera y mejor comunidad es la familia. La familia da la verdadera sustancia de la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el inicio de las relaciones interpersonales más cercanas como con los parientes, las amistades y el pequeño grupo; sino que también da el verdadero sentido de la comunidad humana, como en las relaciones sociales, económicas y políticas.

Jesús encuentra en José y María el pequeño círculo que lo va haciendo madurar y entender la protección de su Padre Dios. Con ellos aprende las oraciones de todo judío, las tradiciones y las costumbres, que le descubren a un Dios que es fiel a su pueblo. Pero al mismo tiempo queda abierto para la nueva experiencia del amor con los demás, de la universalidad del amor de su Padre Dios y del verdadero culto y adoración al Señor.

¿Qué sentido de Dios vivimos en la familia? ¿Hay una verdadera educación y enseñanza del amor de Dios, de la búsqueda de la hermandad y del sentido de nuestras prácticas religiosas? ¿Es nuestra familia una oportunidad de encuentro con Dios?

A Jesús se le conoce como “el hijo de José el carpintero”. Como en todos nuestros pueblos y comunidades aprendería desde pequeño el mismo oficio de su padre José, y sabría la forma de irse ganando la vida, confiando en la providencia pero “sudando para llevar el pan a la mesa”. Sin embargo la migración y el cambio de sistema, no favorecen ni la convivencia ni la educación para el trabajo.

Los niños y los jóvenes pasan demasiado tiempo ociosos, solos y sin beneficio. O bien, desde muy pequeños son obligados a sostener y aportar a las familias, no en compañía de los padres, sino con riesgos y peligros del trabajo en la calle o en economías informales. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual.

Los salarios, con su raquítico aumento frente a la constante inflación, no permiten una sana educación, una buena alimentación, y un tiempo de eficaz convivencia. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona ¿Cómo vivir más y mejores momentos de relación entre padres e hijos y aun con la misma pareja? Son fuertes retos que tiene que afrontar toda familia.

La educación, el ir creciendo de la mano de los padres, se ha ido perdiendo y va quedando bajo la responsabilidad de la escuela, de la calle y de los medios de comunicación. Y aunque hay quienes aportan y ofrecen medios para hacer madurar la persona, son tan pocos y están tan opacados, que es difícil que lleguen a la mayoría de los niños y los jóvenes, que frecuentemente se ven sometidos a un bombardeo y agresiva oferta de pornografía y permisividad que los ahoga y los induce al alcohol, a la droga y al vida fácil.

No se educa para el amor ni para la responsabilidad. No se enseña a tener iniciativas propositivas y planes formativos. No se propicia un ambiente de servicio y de compartir, sino de competencia, individualismo y gozo personal. ¿Qué tendríamos que cambiar para educar mejor a los jóvenes y a los niños?

Nos vemos amenazados, además, por graves problemas de secuestros, de trata de menores, de pornografía, de drogadicción y pandillerismo, y optamos por encerrarnos y proteger cuanto podemos a los pequeños, pero apenas se les ofrece libertad, la confunden con libertinaje, con corrupción y ambición.

Hoy más que nunca tenemos que buscar caminos que fortalezcan la familia, la pareja, la relación entre los hermanos y la convivencia con los demás. El modelo de la Sagrada Familia aparece como un ideal al que debemos tender: crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. ¿En qué tendremos que poner más atención para mejorar nuestras familias? ¿Buscamos a los hijos como lo hacían María y José?

Pidamos hoy a Dios nuestro Padre, Él que nos dio en la Sagrada Familia de su Hijo un modelo perfecto para nuestras familias, que sepamos practicar las virtudes domésticas y estar unidos por los lazos del amor para que podamos ir un día a gozar con la Sagrada Familia de las alegrías eternas.

lunes, 15 de diciembre de 2025

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Llegamos hoy al último domingo de Adviento y nos encontramos ya en las puertas de la solemnidad de la Navidad del Señor.  La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado a Ajaz que se niega pedirle una señal a Dios. Ajaz se encuentra entre dos opciones: aliarse con los reyes vecinos o aliarse con Dios.  El profeta Isaías anima a Ajaz a tener fe y no hacer alianzas con nadie. Ajaz no quiere dejarse guiar por Dios, no quiere poner su confianza en Dios, no confía en apoyarse única y exclusivamente en la fe y prefiere buscar apoyos humanos.

También nosotros adoptamos a veces esa postura de Ajaz.  Tenemos miedo, nos angustiamos y nos preocupamos hasta perder la paz. Hay veces que uno, agobiado por los problemas, o por la desesperación, siente que Dios no lo escucha, que Dios no le habla, que Dios no se manifiesta. Y en esos momentos, a veces uno le pide a Dios que le dé una señal.

Otras veces, uno tiene que tomar decisiones muy serias en la vida, y uno también espera, o aguarda una señal de Dios. Pero hay veces que Dios no da esas señales, o por lo menos no da las que nosotros estamos esperando. Otras veces Dios da señales cuando no se las estamos pidiendo.

Hay veces que la preocupación lo lleva a uno a pedir señales, pero hay veces que uno está tan cansado, que no se atreve a pedir las señales.

¿Y sabéis por qué? Porque uno teme que Dios no vaya a respondernos como nosotros queremos o que no sea del agrado de Dios lo que le estamos pidiendo.

Dios se ha manifestado como el Dios con nosotros, como el que está siempre a nuestro lado; tomados de su mano y sabiendo que va con nosotros en el camino, podemos enfrentarnos a cualquier problema, a cualquier desafío. Tenemos que creer y esperar en Dios; hemos de amar y adorar al Señor Todopoderoso e infinitamente bueno.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio. 

Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.

Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 

Hoy quizá las palabras valen poco, porque están muy devaluadas, por ello debemos predicar la Buena Nueva, sobre todo, con el ejemplo.  Con una vida comprometida con los más desfavorecidos, con el ejemplo diario de bondad y de amor.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado cómo Dios pide el consentimiento de María y de José para que su Hijo se haga Hombre en su familia.

Dios no hace las cosas sin contar con nosotros.  Para el nacimiento y el cuidado de Jesús fueron imprescindibles José y María.  Dios quiso contar con el “sí” de María al ángel y la aceptación de la misión que le encargaba a san José, aunque éste no entendiera.  Todos los seres humanos somos pieza clave para que los planes de Dios se hagan realidad y no fantasías.

El “sí” de la Virgen y de san José permitió que Cristo naciese y se desarrollase.  Hay otros “sí” de otras muchas personas que han colaborado para que el mundo avance en bondad.  Si este mundo no es el que deseamos, el diseñado y querido por Dios, es porque no le hemos dicho “sí” a Dios, porque no hemos arrimado el hombro para que el mensaje de Jesús sea verdaderamente salvador.  No nos quejemos de lo que no hay si no le hemos sabido decir sí a Dios.  Jesús sigue curando dolencias y sufrimientos, sanando y liberando, a condición de que le prestemos nuestros labios, nuestros ojos, nuestros pies y nuestro tiempo.

Algunas personas piensan: “qué importa que uno más o uno menos que colabore y participe en la Iglesia”.  A los que piensan así hay que decirles: si la piedra dijese: una piedra no puede levantar una pared, no habría casa.  Si el hombre dijese: Un gesto de amor no puede salvar a la humanidad, no habría justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad sobre la tierra.

Todos, pues, somos responsables con nuestro sí o con nuestro no de la eficacia, de la utilidad o inutilidad de la venida de Cristo al mundo.

Pidamos a María, madre de Cristo y madre nuestra y a San José que nos preparen para decirle sí a su Hijo Jesús, en esta Navidad y que lo recibamos en nuestra casa y en nuestro corazón.

martes, 9 de diciembre de 2025

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


El tercer domingo de Adviento se llama el domingo “Gaudete” (Alegraos). Las lecturas nos invitan a llenarnos de alegría por la salvación que Dios nos trae.  Por eso en este tiempo de Adviento decimos: “Ven, Señor Jesús, y sálvanos”.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta una situación de desesperanza y desencanto que vive el pueblo de Israel.  El profeta invita al pueblo a poner la mirada en Dios y a ver cómo hay razones para la esperanza porque Dios mismo intervendrá a favor de su pueblo.

En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven nuestra vida y la vida del mundo, también, el profeta Isaías, nos invita hoy, a nosotros, a la alegría, a dejar de lado nuestro miedos, a llenar nuestra alma de paz.

Nuestra vida, puede ser una vida vacía y estéril, una vida árida como el desierto.  Podemos sentirnos inútiles, podemos sentir que no tenemos nada que presentarle a Dios.  Podemos tener la sensación de no haber hecho nada que tenga realmente valor para Dios.  Podemos sentirnos como esa tierra seca y estéril.

Hoy nos dice Dios, que si nosotros dejamos que Él actúe en nuestra vida, esa vida seca y estéril la puede transformar como transforma el desierto en un vergel para que no vivamos una vida sin pena ni gloria.

A veces, el miedo, la timidez, el creernos poca cosa, ahogan la grandeza de nuestro corazón, ahogan nuestras más grandes aspiraciones hasta hacernos caer en una vida sin sentido, sin esperanza.  Siempre vamos de prisa, y esto hace que aumenten las enfermedades, los infartos, los complejos, la angustia.  No tengamos miedo, ahí tenemos a nuestro Dios que viene a salvarnos.  No nos angustiemos, tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios.  Podemos estar seguros que el  Señor viene a salvarnos y a ofrecernos una vida mejor.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no desesperarnos y a tener paciencia.

Hay muchas personas que diariamente sufren la injusticia, el miedo y se les priva de su dignidad.  El apóstol Santiago nos dice que a pesar del sufrimiento, Dios no nos abandona ni nos olvida, sino que viene a liberarnos.  Hay que esperar en Dios, y hay que esperarlo, no con el corazón lleno de deseos de venganza sino con esperanza y confianza.

Esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados, sin hacer nada.  Lo que Dios nos pide es que no dejemos que los sentimientos agresivos y destructivos tomen posesión de nosotros, porque Dios no puede salvar a una persona que su corazón esté dominado por el odio, por el rencor o por el deseo de venganza. Cultivemos la virtud de la paciencia, como el agricultor o como la mujer que tiene que esperar 9 meses hasta que da a luz.

Seamos pacientes porque Dios nos dice que la situación de injusticia y de pecado no tendrá la última palabra.

El Evangelio de San Mateo nos presenta a Juan Bautista, encarcelado por Herodes, por ser fiel al mensaje de Dios, que envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús: “Tú, quién eres”.  ¿Eres tú nuestro Salvador?

Cuando el hombre para superar sus angustias, sus preocupaciones ve que no puede hacerlo por sí mismo busca a alguien que lo ayude a liberarse de sus problemas, necesita de alguien que sea capaz de resolver lo que él no puede.

En esta situación de impotencia el hombre busca uno o varios “salvadores” y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones; estos salvadores se presentan como la solución definitiva a nuestros problemas.  Además la sociedad nos crea necesidades falsas que todavía nos hacen sentirnos más preocupados y necesitados de salvadores.

Tenemos, pues, una serie de necesidades y una serie de salvadores en quienes depositamos, en muchas ocasiones, nuestras esperanzas porque nos han prometido resolver nuestras necesidades, angustias y problemas: nos encontramos con los políticos que prometen resolverlo todo; con los adivinos y lectores de cartas que tienen recetas para todo; con los predicadores protestantes que nos van a curar de todas nuestras enfermedades y vicios.  En otras ocasiones ponemos nuestras ilusiones en cantantes, futbolistas, actores y los convertimos en nuestros ídolos.

Pero todos estos “salvadores” ¿son el verdadero salvador que necesitamos?  El Evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  ¿Qué respuesta darán los supuestos salvadores de nuestro mundo a esta pregunta?  ¿Acaso pueden responder con la misma firmeza con que respondió Jesús?

Nuestros falsos y pequeños salvadores actuales no pueden salvar al hombre, podrán, quizás, resolver algún problema, pero son incapaces del salvar al hombre.  Sólo Jesús nos puede salvar.

Preparémonos para recibir en la Navidad ya cercana al único que nos salva y que nos llena de alegría, al único que puede romper todas nuestras ataduras que nos impiden realizarnos como auténticas personas: Cristo Jesús.

lunes, 1 de diciembre de 2025

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)



La liturgia de este segundo domingo de Adviento nos invita a convertirnos a la esperanza.  Tenemos que dejar atrás todos esos valores perecederos y egoístas, a los que a veces damos demasiada importancia, y realizar un cambio de mentalidad, de forma que los valores fundamentales que dirijan nuestra vida sean los valores del Reino de Dios.

El profeta Isaías (1ª lectura) ha empleado una imagen muy expresiva: de un tronco viejo que parecía seco –el tronco de Israel- brotará un renuevo, una rama nueva, llena de vida.  Esa rama nueva es el Mesías, el enviado de Dios que viene a nuestra historia para defender a los pobres, para hacer que reine la paz y la justicia entre todos.

Dios se ha hecho hombre para instaurar un mundo diferente.  Un mundo nuevo, un mundo distinto, en el que no sólo ya no habrá división, ni violencia, ni dolor entre los hombres, sino que incluso la naturaleza, los animales, el universo entero, vivirá en paz, y todo lo que tiene vida -hombres y animales- podrán compartir la misma armonía.

Este mundo nuevo, este mundo distinto que Dios desea, será un mundo en el que desaparecerá todo lo que rompe la paz de los hombres. Un mundo en el que no habrá lucha entre los hombres porque los hombres no estarán divididos entre ricos y pobres, entre dominadores y dominados, entre gente que puede hacer daño y gente maltratada. Y todavía más: un mundo del que habrá desaparecido del corazón de cada hombre, del corazón de todos los hombres, esa tendencia que todos tenemos de no pensar en los demás, de preocuparnos por quedar bien a costa de lo que sea, de hacer daño a los demás si eso nos conviene.

Este mundo que Dios quiere, nos puede resultar como un sueño extraño y difícil de llevarse a cabo.  Pero este sueño, este deseo de Dios es precisamente lo que la celebración de Adviento nos invita a creer y a esperar.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos invita a formar una comunidad cristiana donde reine el amor, el compartir con los demás, la armonía, la acogida.  Sin embargo, muchas veces, nuestras comunidades cristianas están divididas, se critican los unos a los otros por la espalda, hay agresividad, se discriminan a ciertas personas; algunos se aferran al poder y hacen todo lo que sea para dominar a los demás.

Por eso, San Pablo nos propone hoy algo que, mientras se hace realidad ese mundo ideal que Dios quiere, nosotros podemos hacer: hay que acogernos unos a otros como Cristo nos acoge.  Sin tener en cuenta los gustos, las simpatías o antipatías de los demás. 

Hay que “tener los mismos sentimientos” de Cristo hacia los demás, a pesar de las diferencias que puedan existir.  Tenemos que llegar a ser una sola voz, contribuir a crear una sola comunidad donde todos los creyentes tengamos “una sola alma con un solo corazón”.  Esto es lo que nos pide Dios para que vayamos construyendo el Reino de Dios en este mundo.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Juan el Bautista invitándonos a la conversión.  La conversión, cambiar de vida, no es una tarea sencilla, ya que convertirse es cambiar de dirección, orientarse hacia Dios, lo cual supone que tenemos que acoger a Dios en nuestro corazón.  Y, ¿cómo podemos acoger a Dios si nuestro corazón está lleno de egoísmo, de orgullo, de preocupación por los bienes materiales?

Es necesario un cambio de mentalidad, de valores, de comportamientos, de actitudes, de palabras; es necesario despojarnos de todo lo que roba espacio al “Señor que viene”.

El Señor está llamando a la puerta de nuestro corazón y nos está tocando ya con su mano, invitándonos a caminar juntos, a mirar juntos hacia el mismo horizonte.

La conversión consiste en salir de nuestro aislamiento, dejar esa soledad egoísta en la que a menudo nos escondemos para que no nos moleste nadie y abrir nuestro corazón a Dios que llega a nuestra vida.

Hay un gran problema muy presente en muchos cristianos y es que no nos tomamos en serio a Dios cuando nos dice que nos quiere salvar, cuando nos dice que quiere compartir su vida con nosotros.  ¡Si fuésemos capaces de creerle!  ¡Si fuésemos capaces de comprender lo que significa vivir con Dios!  Ya no estar nunca solos, vivir en su presencia, dejar nuestro cansancio en sus manos y calmar nuestra sed de ternura en la fuente de su corazón. 

¡Si realmente empezásemos a mirar a las personas y al mundo como las mira Dios!  Quizás entonces empezaríamos a comprender que el amor y la bondad lo inundan todo, quizás entonces sentiríamos renacer en nosotros la alegría y la esperanza y nuestros ojos se iluminarían con el descubrimiento de que a pesar de todo, en este mundo nuestro, ha empezado a brillar ya la aurora de la salvación.

Hoy debemos hacer caso a Juan el Bautista que nos llama a la conversión, y empezar a ser generosos, humildes y pacíficos, acogedores y serviciales, sinceros y testigos de esperanza.  Hemos de convertirnos del pecado que anida en nuestro corazón, de nuestro egoísmo y soberbia, de la agresividad y violencia, de la mentira, del desamor, de sentirnos superiores a los demás.  Sin olvidarnos de los pecados de omisión: ¡Cuánto bien dejamos de hacer y cuánto testimonio dejamos de dar por cobardía, comodidad o flojedad!

Pidamos al Señor que sepamos dar verdaderos frutos de conversión con palabras y con hechos.

lunes, 24 de noviembre de 2025

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)



Comenzamos un nuevo año litúrgico con el tiempo de Adviento.  Adviento significa “llegada”. 

El tiempo de Adviento nos recuerda que Jesús vino a nosotros en Belén y nos preparamos para recibirlo en Navidad, nos recuerda también que el Señor vendrá al final de los tiempos para juzgar al mundo y nos recuerda también que el Señor viene a nosotros en cada momento de nuestra vida.

Por ello, las lecturas de este primer domingo de Adviento nos advierten que no debemos instalarnos en la comodidad, en la pasividad, en la rutina, sino que debemos caminar, siempre atentos y vigilantes, preparados para recibir al Señor que viene y para responder a sus desafíos.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos dice que hay esperanza para el pueblo, hay esperanza para todos los pueblos de la tierra: llegará la paz de la mano de la justicia, por ello Dios nos pide que trabajemos por la paz para que se instaure la justicia.

Con la venida del Salvador, los instrumentos de guerra serán transformados en instrumento de trabajo y de paz.  Tenemos que trabajar por convertir la industria -improductiva y agresiva- de la guerra en una industria que construya una sociedad productiva para todos, una sociedad donde el alimento sea un bien para todos.

El profeta Isaías nos invita, pues, a la esperanza y a la fe.  Es la fe y la esperanza de que un día el bien, la justicia y la paz triunfaran sobre el mal.  Y será el Señor quien hará realidad esta profecía.  Por lo tanto, si estamos agobiados por noticias tristes: de luchas y enfrentamientos, de guerras y atentados, de secuestros y sufrimientos, es porque “no caminamos bajo la luz del Señor”.

El Adviento nos invita: “a subir a la casa del Señor”, a “preparar los caminos de Dios”, que son caminos de paz y de esperanza.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos decía: ya es hora de despertaros del sueño”…  “dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz

Muchas veces, a pesar de que queremos ser buenos, es posible que el cansancio, la monotonía, la pasividad, la indiferencia nos gane; es posible que dejemos correr las cosas, es posible que ante los problemas metamos la cabeza en un hoyo como hace el avestruz.  Huir de los problemas lo único que hace es que los problemas se hagan más grandes y se compliquen más.  No podemos dejar correr las cosas y que nos olvidemos de los compromisos que un día asumimos con Jesús y su Reino.

Por eso nos dice san Pablo hoy: ¡despertad! Renovad vuestro entusiasmo por los valores del Evangelio; es necesario estar preparados, estar siempre dispuestos, para acoger al Señor que viene.

El Evangelio de san Mateo no nos invita solamente a estar preparados para la hora de la muerte, sino a estar preparados para cada momento de la vida.  No nos manda estar sólo vigilantes para recibir la llegada del Señor a la hora de nuestra muerte, sino para recibirlo en cada momento de nuestra vida.

¿Qué cosas nos impiden acoger al Señor que viene a nuestra vida? 

Hay personas que piensan que  la vida es sólo para gozarla, y por lo tanto no tienen tiempo para compromisos (cuanta gente, el domingo tienen todo el tiempo del mundo para dormir y divertirse, pero no tienen tiempo para venir a misa).

Cuantas personas viven obsesionadas con el trabajo, olvidando todo lo demás (cuánta gente trabaja 12 horas al día y olvida que tiene una familia y que los hijos necesitan amor).

Cuanta gente viven adormecidas, sin importarles lo que pasa a su alrededor, encogiéndose de hombros ante el sufrimiento de los demás y diciendo que no pueden hacer nada que es el gobierno el que tiene que hacerlo todo.

Preguntémonos cada uno de nosotros: ¿y a mí, qué es lo que me distrae de lo importante, y me impide, tantas veces, estar atento al Señor que viene a mi vida?

En este tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de Jesús, estamos invitados a reorganizar nuestra vida en lo esencial, a redescubrir aquello que es importante, a estar atentos a las oportunidades que el Señor, todos los días, nos ofrece, a recordar los compromisos que asumimos para con Dios y para con los hermanos, a comprometernos en la construcción del “Reino”. Esa es la mejor forma -mejor aún, la única forma- de preparar la venida del Señor.

lunes, 17 de noviembre de 2025

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO C)


Con este domingo cerramos el año litúrgico.  Y hoy la Iglesia nos propone que reconozcamos a Cristo como Señor de nuestras vidas, pues eso significa esta fiesta de Cristo Rey.    

Durante todo un año hemos celebrado, conmemorado y recordado el misterio de nuestra salvación, hoy contemplamos la historia de aquel niño que nació olvidado de todos los poderes de este mundo, la historia de aquella vida entregada en servicio a los demás, entregada hasta la última gota de sangre en la cruz,  que rechazó todo poder y autoridad de este mundo, aquella vida cuyo único objetivo fue anunciar la verdad de un Padre Dios bueno y misericordioso.   Y contemplamos los atributos de la realeza de Cristo.  Su trono: la cruz.  Su corona: las espinas.  Su manto real: la sangre corriendo por su espalda. Y su sentencia: el perdón.

Jesús es Rey pero es un rey sin trono, sin fuerza física, sin soldados, sin espadas, sin vasallos… un rey colgado de un madero que es burlado y violentado, un rey que es despreciado hasta por quien padece el mismo sufrimiento.

Jesús es Rey y vino a traernos el Reino de Dios.  El Reino de Dios es un reinado donde los últimos del mundo son los primeros; donde los publicanos y pecadores son antes que los sabios y entendidos.

Sin embargo, que diferentes son los gobiernos y reinados de nuestro mundo. Muchas veces reina el terror, la miseria, la explotación, el deseo de vivir cada vez más cómodamente, reina la venganza, el negocio incorrecto, la violencia.  Cuando en nuestro mundo reine la confianza mutua, cuando todos vivan decentemente, cuando no haya analfabetos, cuando los negocios sean honrados, cuando vivamos en paz, entonces podremos decir que Dios reina en este mundo y en nuestros corazones.

Dios debe reinar no sólo sobre el mundo, sino sobre las personas para que podamos vivir como Hijos y no como esclavos y para eso tenemos que comprometernos con Jesús para construir su Reino aquí en la tierra.

Los reyes y gobernantes de este mundo buscan y gobiernan desde el poder y el poder lo usan para convertir a sus gobernados en simple objeto al servicio de sus caprichos. El poder no se puede usar para imponerse a los demás, para pasar por encima de la vida, la dignidad y los derechos de las personas. 

Jesús no utiliza ni el poder ni el dinero ni la fuerza para implantar su Reino: su única arma es el amor, un amor pleno, un amor total. El auténtico poder, el verdadero poder se debe usar para construir y no destruir.

El verdadero poder nunca es para destruir personas, sino para dar vida. Qué diferente a nuestras mafias y gobiernos que utilizan armas, amenazas y poderosas influencias para destruir, para aniquilar con tal de permanecer en sus cotos de poder.

Los gobernantes y reyes de este mundo, muchas veces usan el poder para vengarse de sus enemigos y llegan incluso a matar para imponerse a los demás y cuantas veces están al lado de los poderoso y no de los necesitados, buscando beneficios y más poder a costa del sufrimiento de la gente sencilla.  Sin embargo, Dios busca la felicidad de todos y en eso empeña su poder.

Aquellos que están cegados por el destello limitado y fugaz del poder mundano, desprecian a Cristo, amor encarnado, como hicieron las autoridades, los soldados y uno de los malhechores en el monte Calvario.

Por eso Jesús rey cambia todo el sentido de nuestra existencia: no vivimos ni para el poder, ni para las violencias, ni para las posesiones, vivimos para el amor.

Jesús desde la cruz, nos muestra que el verdadero poder es el amor.  Sólo el amor es capaz de crear todo cuanto existe.  Sólo el amor puede vencer al pecado, al mal y a la muerte. 

La propuesta de Jesús, Rey: servir. En aquella noche del jueves Santo, noche de amor y de entrega, como signo de servicio, lavó los pies a sus discípulos. 

La enseñanza que nos da Jesús hoy es que todo reinado, todo gobierno y toda autoridad deben ser para servir y no para servirse, para limpiar y no para enlodar, para sanar y no para dejar heridos a lo largo del camino.

Hagamos hoy posible declarar a Jesús Rey de nuestras vidas. Su ejemplo y el seguimiento de sus enseñanzas nos traen paz, felicidad, justicia y amor.