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martes, 12 de febrero de 2019

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos hablan de la verdadera felicidad.  Muchas personas se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad, felicidad que para muchos está fuera de su alcance, y para otros, cuando creen que la han alcanzado, la felicidad desaparece como una burbuja de jabón.
 
El profeta Jeremías, en la primera lectura, llama maldito al hombre que confía en el hombre, y llama bendito al hombre que confía en Dios.
 
Confiar en el hombre es confiar en las propias fuerzas, es sentirse autosuficiente, es rechazar cualquier tipo de ayuda, cualquier tipo de auxilio de Dios.  Es creer que el ser humano es más que Dios. 
 
Hay personas que sólo confían en el hombre, en el poder humano y buscan la felicidad hecha a su medida y al margen de Dios, y normalmente esa felicidad está muy alejada de la felicidad que Dios quiere para nosotros.  El que confía en el hombre es aquel que no quiere formar parte de la aventura que Dios nos ha preparado.
 
El que confía en el hombre es aquel que sólo cree en su cuenta bancaria, en amistades influyentes, en la posición social.  En definitiva, el que construye su vida la margen de Dios.
 
Estas personas, puede que aparentemente les vaya bien, pero tarde o temprano será una persona sola y desamparada.
 
La persona que confía en el Señor es aquella que produce abundantes frutos, es aquella que se entrega absoluta e incondicionalmente a Dios.  La persona que confía en el Señor, cuando llegan los momentos duros como una enfermedad, quedarse sin trabajo, estar sólo, etc., se mantiene firme en su fe, y sigue dando frutos. 
 
Prescindir de Dios es nuestra vida es andar por caminos de muerte y renunciar a la felicidad y a una vida plena.  Hemos pues de hacer una opción fundamental en nuestra vida: confiar en el Señor o confiar en el hombre. 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos habla hoy de la certeza de la resurrección.
 
Si nuestra vida terminara aquí, en la tierra, entonces, sí que lo único importante en esta vida sería llenarnos solamente de bienes materiales.  Pero nuestra vida no termina, se transforma con la muerte y comenzamos a vivir la vida de Cristo resucitado.
 
La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para todos nosotros.  Si no hubiera resurrección no tendría sentido cree en Dios, no tendría sentido nuestros esfuerzos por más atractiva que fuera esta vida.  La resurrección es la base y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.  No olvidemos que en la vida y en la muerte somos del Señor.
 
En el Evangelio de San Lucas hemos escuchado las bienaventuranzas, es decir el camino para ser felices, según Jesús.
 
Todos buscamos ser felices.  Estamos hechos para la felicidad.  Lo que sucede es que no coincidimos ni en qué es la felicidad, ni cómo conseguirla.
 
El mundo nos propone una felicidad barata, que nos deslumbra en un primer instante, pero que es de quita y pon.  Una felicidad solitaria y egoísta que alegra los sentidos pero nos deja vacíos por dentro.  Una felicidad que a la larga nos deja insatisfechos.
 
El mundo dice que es feliz el que más tiene, el que posee más comodidades y seguridades; el que más se divierte, el que va a más fiestas, el que más viaja, el que más vacaciones tiene.  El mundo nos dice que es más feliz el que disfruta más de placer, el que viste con ropas más caras, el que gasta más.
 
Para Jesús la felicidad no está en poseer, ni en tener, sino en dar; la felicidad no está en reír, sino en solidarizarnos con los que lloran; la felicidad no está en gozar, sino en acompañar a los que sufren.
 
Por eso se comprende que los pobres no son felices por su pobreza, ni los hambrientos lo son por pasar hambre, Dios no quiere la pobreza, ni el hambre; Dios no quiere el sufrimiento del ser humano; lo que Dios nos dice es que mientras haya personas pobres, que pasan hambre, que lloran y sufren, el único camino para ser felices en este mundo es solidarizarnos con esas personas, compartiendo con ellos lo que somos y tenemos.  ¿Por qué? Sencillamente, porque una familia no puede ser feliz si un hermano sufre o pasa hambre. Y todos formamos parte de la familia humana que tiene a Dios como Padre y en la que todos somos hermanos.
 
Jesús nos plantea hoy una opción: hay que elegir de qué lado estamos, que felicidad nos interesa más: la de este mundo o la que Él nos propone.  ¿A quién queremos complacer?: ¿a Dios o a los hombres?  En definitiva: queremos o no pertenecer al Reino de Dios.  Cada uno tome su decisión.
 

martes, 5 de febrero de 2019

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.
 
La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.
 
Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.
 
Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.
 
La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.
 
Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado.  Es preciso también que tomemos conciencia de nuestras limitaciones y defectos, pero éstos no pueden servir de disculpa para no realizar la misión que Dios nos quiere confiar.  Si Dios nos pide un servicio, Dios nos dará la fuerza para superar nuestras limitaciones y para cumplir lo que me pide.  Lo que hemos de hacer siempre es hacer la voluntad de Dios.
 
¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.
 
Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.
 
El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.
 
Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.
 
Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha relatado el encuentro de Jesús con Pedro, Santiago, Juan y sus compañeros pescadores.  Jesús se acerca a ellos, les pide que tengan confianza y los invita a echar de nuevo las redes.  Y se realizó lo imposible, la pesca abundante.
 
En este episodio se encierra como resumido todo lo que es y supone nuestro ser cristiano.   Primero el encuentro con Jesús. Y esto es fundamental.  Y aquí se impone que nos preguntemos por nuestra fe.  ¿Por qué soy yo cristiano?
 
Para ser cristiano no es suficiente con haber nacido en un pueblo y en una familia cristiana.  Para ser cristianos hay que encontrarse con Cristo.  ¿Y cómo encontrarnos con Cristo si no lo conocemos, si rezamos poco y cuando lo hacemos es para pedir cosas? ¿Y cómo podemos encontrarnos con Cristo si no somos solidarios con los demás?
 
Jesús sigue llamándonos a todos a adherirnos a Él, a que no haya nadie ni nada más importante que Él en nuestras vidas.  Jesús sigue llamándonos por medio de la Iglesia, de los que nos rodean, de todos los que nos necesitan. 
 
Jesús nos llama a ser su voz que anuncia el amor de Dios y denuncia la injusticia,  Jesús nos llama a ser sus manos que consuelan y socorren al desvalido,  Jesús nos llama a ser sus pies para recorrer el mundo y anunciar por todos los caminos la Buena Noticia de un Dios que nos ama con locura. 
 
Aquellos pescadores, Pedro, Juan y Santiago, se dejaron seducir por Jesús, ¿seremos nosotros capaces también de dejarnos seducir por Él y ser tan valientes como ellos para dejar nuestra comodidad para seguirlo a Él?
 

martes, 29 de enero de 2019

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo es una invitación a que todos los bautizados nos comprometamos a anunciar el Evangelio a toda persona, especialmente a los más alejados.
 
La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo Dios escoge a Jeremías para consagrarlo y constituirlo profeta.  Jeremías tendrá que soportar todo tipo de dificultades en su misión, pero no abandonará la tarea que Dios le ha encomendado.
 
¿Quiénes son hoy los profetas?  Los profetas no son una clase especial de personas, sino que profeta es todo aquel que ha sido bautizado.  Dios se sirve de los profetas para seguir interviniendo en el mundo.
 
El profeta es el hombre que vive con los ojos puestos en Dios y en el mundo. El profeta es el hombre que habla en nombre de Dios.  Cuando lo que dice nos gusta, es de nuestro agrado, recibimos bien su mensaje, pero si lo que nos tiene que decir el profeta contradice nuestras opiniones, nuestros criterios o nuestros deseos, entonces no aceptamos con facilidad lo que nos dice e incluso lo rechazamos. Quienes han hablado en nombre de Dios como auténticos profetas, no han gozado nunca de buena acogida entre sus oyentes.
 
No tengamos nunca miedo de dar testimonio de nuestra fe, de proclamar sincera y verdaderamente el mensaje de Dios, porque Dios está siempre al lado del auténtico profeta.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el himno al amor.
 
La palabra “amor” está en labios de todos.  Ahora bien, no todos se refieren a lo  mismo cuando pronunciar esta palabra.  Cada quien entiende la palabra amor a su gusto. ¡Cuántas veces decimos “te amo” en esta vida!
 
¡Conque facilidad prometemos amor! ¡Y con qué facilidad esas palabras de amor, en muchas ocasiones, se las lleva el viento!  ¿Cuántos corazones hemos roto en nuestra vida cuando hemos prometido amarlos y les hemos dado la espalda tan fácilmente?
 
San Pablo nos dice hoy cómo es el verdadero amor.  El amor es comprensivo:  es la capacidad de ponerme en el lugar del otro; es servicial: se demuestra en el bien hecho al otro; no tiene envidia: es el defecto de muchas personas y consiste en ponerme triste porque al otro le va bien; no es presumido: no presume del bien que hace a otra persona; no es grosero ni egoísta: no podemos estar toda la vida mirando nada más a nuestro ombligo, pensando solamente en nosotros mismos; no se irrita ni guarda rencor: todos tenemos como un cuaderno en el que vamos apuntado todo lo que nos han hecho los demás, o lo que pensamos que nos han hecho; el amor olvida todo eso, no lo tiene en cuenta; no se alegra con la injusticia: el amor quiere que todo “se ajuste” a la voluntad de Dios, así todo será más justo; se goza con la verdad: sin verdad no puede haber amor.
 
El verdadero amor tiene que tener también las siguientes cualidades, aún en momentos difíciles: disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.   En el amor no se debe buscar culpables en los conflictos, sino disculpar al otro; debe haber confianza mutua; saber soportar las dificultades y no buscar caminos fáciles a los problemas.
 
Así debe ser nuestro amor, un amor válido para toda la vida.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús despreciado por los habitantes de Nazaret.
 
A todos nos gusta que nos alaben y nos molesta que nos critiquen. Pero es necesario recibir con humildad tanto las alabanzas por nuestros aciertos, como las críticas por nuestros desaciertos. Es necesario reconocer el trabajo de la gente, valorarlo y estimularlo, y hacer una crítica seria y constructiva, cuando sea necesario, aunque no nos miren bien. Generalmente alguien nos molesta cuando nos dice nuestras verdades, cuando denuncia nuestros errores y no nos ayuda a seguir en nuestros vicios.
 
El camino del profeta es un camino en el que hay que luchar, muchas veces, con la incomprensión de la gente, con la soledad, con el riesgo, porque no siempre puede uno decir lo que le agrada a la gente.  Sin embargo, es un camino al que Dios nos llama y hay que ser fiel a su Palabra.
 
Como Jesús, nosotros también tenemos el peligro de ser rechazados por predicar lo que nos propone el evangelio. Pero no podemos renunciar frente al rechazo. Como el profeta, habrá que seguir anunciando el perdón, el amor y la paz, aunque todos nos den la espalda. Si no es para que los demás cambien, por lo menos para que ellos y sus costumbres, no terminen por cambiarnos a nosotros.

martes, 22 de enero de 2019

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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III DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
 
Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy de la importancia que debe tener la Palabra de Dios en nuestra vida.  La Palabra de Dios que proclamamos cada domingo no es sólo para escucharla sino para hacerla vida.
 
La 1ª lectura de Nehemías nos dice cómo el pueblo de Israel había perdido el libro de la Palabra de Dios.  Cuando el Libro fue encontrado, se reunió el Pueblo, escuchó la Palabra de Dios,  y se emocionaron ante la lectura y los comentarios a la Palabra de Dios que hacía el sacerdote Esdras.
 
La Palabra de Dios es la fuente de comunicación de Dios con nosotros.  Cuando se proclama la Palabra de Dios hemos de estar atentos, escuchándola, para recibir lo que Dios quiere comunicarnos y no estar distraídos o con falta de interés por llegar al principio de la Misa donde se proclama esa Palabra de Dios.
 
Hay que estudiar y conocer la Biblia para que la Palabra contenida en ella se convierta en norma de conducta en nuestra vida, y hay que venerar la Biblia para darnos cuenta que en ella está contenida la mismísima voz de Dios, que se hace presente en su lectura y proclamación.
 
Nosotros, como cristianos, no podemos dejar de conocer las Sagradas Escrituras, no podemos no estudiarla, no podemos no rezar con ella, no podemos ignorarla, porque las Sagradas Escrituras son la norma de nuestro comportamiento.  Quien no conoce las Escrituras no puede decir que conoce a Dios.
 
Hay muchas personas que no conocen la Palabra de Dios, para otros la Biblia es sólo un libro más para ocupar nuestras librerías.  Su lectura no nos dice nada y, a veces, ni nos interesa.
 
Dios habla, habla a través de la Biblia, habla en la Misa.  Por eso, quienes no vienen a Misa se están perdiendo escuchar más intensa y eficazmente la Palabra de Dios.
 
Dios nos habla.  Hay que escucharlo con atención y poner en práctica lo que nos dice.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios sigue insistiendo, como el domingo pasado, en la unidad de la Iglesia y la comunicación y solidaridad que debe existir entre todos los miembros que formamos la Iglesia.
 
Cuando hablamos de Iglesia, muchos la entienden como el Papa, los obispos y los sacerdotes, sin embargo, la Iglesia somos todos los bautizados.  Al igual que en un cuerpo humano, cada miembro tiene una función, así en la Iglesia todos y cada uno tiene una función que desempeñar por muy pequeña que sea. En un cuerpo toda parte es importante, pero cada una tiene su función. En la Iglesia todos somos necesarios.
 
El Evangelio de San Lucas nos presenta en resumen la misión de Jesús en este mundo.
 
La palabra Evangelio significa “Buena Noticia”.  Jesús es la “Buena Noticia” porque Dios lo ha enviado para anunciar que es posible la libertad para todos aquellos que se sienten esclavos del mal.  Dios lo ha enviado para devolver a los ciegos por el pesimismo y el cansancio la visión y la esperanza en un mundo nuevo y mejor.  Dios lo ha enviado para ofrecernos su amor y su amistad.  Esta es la gran noticia que Dios nos ha dado.
 
A Dios no le agrada el sufrimiento, no le gusta que en este mundo unos hombres hagan sufrir a otros.
 
No habremos entendido el mensaje de Jesús, si no nos damos cuenta que habiendo riquezas en abundancia en este mundo y medios para que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad, haya tantas personas olvidadas, injustamente tratados, viviendo en la miseria, sin tener lo necesario para vivir una vida digna.
 
No podemos organizar nuestra vida como si estas personas no existieran, como si este mundo no pudiera mejorar.  Por ello, Jesús nos llama a quitar el sufrimiento de los pobres.  Ser pobre, ser oprimido, no es bueno, va contra la dignidad de la persona humana.
 
Dicen los analistas mundiales que estamos viviendo, a escala mundial, una falta de ética y solidaridad en los dirigentes mundiales porque no hay avances en materia de justicia y cada día hay más personas que pasan hambre y son analfabetas. 
 
Vivimos rodeados de muchos a quienes importa muy poco el sufrimiento de los demás.
 
Hagamos hoy nosotros, como nuestro, el programa de Jesús y trabajemos por construir una sociedad más justa y humana basada en las Palabras de Jesús.
 
 
 


 

martes, 15 de enero de 2019

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Después del ciclo litúrgico de la Navidad comenzamos el Tiempo Ordinario, que se verá interrumpido para celebrar la Cuaresma.  Con el Tiempo Ordinario comenzamos a recorrer la vida pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas. 
 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.
 
¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?
 
Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.
 
Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.
 
Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas que Dios nos da a cada uno y a través de los cuales Dios manifiesta su amor por nosotros.
 
Esos dones y gracias que recibimos de Dios son para ponerlos al servicio del bien común, al servicio de todos.  Los dones que Dios nos da no son privados.  Dios nos los da para el servicio de la comunidad.
 
“Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo”, –nos decía San Pablo–  Cada persona tiene su propio modo de ser, sus propias cualidades y sus propios defectos.  Y todos hemos recibido esos dones de un solo Señor.  Si queremos que haya paz y armonía entre todos nosotros, debemos respetar y reconocer las cualidades que cada uno tiene.
 
Si lo bueno que hay en nosotros proviene de Dios, hemos de ser respetuosos con los demás.  Si queremos que nos respeten, es necesario que nosotros respetemos a los demás.  Por lo tanto evitemos cualquier desprecio o envidia por las cualidades de los demás.
 
El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.
 
Como en la boda de Caná, ocurre que muchas veces, en nuestra vida nos puede faltar el vino.  Nuestra vida, en muchas ocasiones, se vuelve monótona, carente de ilusión, de sentido y de esperanza.  Muchas veces, o quizás demasiadas veces, nos falta la alegría, y nos vemos ante las dificultades como los novios de Caná.  Y aunque tengamos de todo, si nos falta el vino de la salvación que nos trae Jesús se nos acaba la fiesta.  Muchas veces nos falta también el deseo de compartir el amor y la amistad.
 
Hay también muchas familias que les falta el vino.  Han pasado los años y la rutina la hemos dejado entrar en el hogar.  Falta la fantasía, la imaginación, la atención, el regalo de aniversario, acordarse de las fechas importantes, atender los gustos.  Hay familias que les falta el vino porque ya no esperan nada nuevo, ni se hace nada nuevo. 
 
Y como en las bodas de Caná, María, la madre, siempre atenta a las necesidades de todos, presenta también nuestras necesidades ante su Hijo: “no tienen vino, no tienen ilusión, no tienen esperanza” y luego aquellas palabras suyas dirigidas también a todos nosotros “haced lo que Él os diga”. 
 
El Señor sigue presente en medio de nosotros, su Espíritu y su Palabra, pueden transformar esas situaciones de desesperanza por las que pasamos, si hacemos lo que Jesús nos pide.
 
No olvidemos que ninguno de nosotros estamos abandonado de Dios.  Dios nos ama y nos invita a la fiesta de su amor.  Y cuando, por cualquier motivo, se nos acabe el vino, si hacemos lo que Jesús nos dice, si ponemos a su disposición el agua pobre y sencilla de nuestra vida, el Señor la convertirá en el vino nuevo de la alegría salvadora.
 
 

 
 

martes, 8 de enero de 2019

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)
 
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EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)
 
El domingo pasado celebrábamos la fiesta de la Epifanía, la manifestación de la salvación de Dios que es ofrecida a todos los hombres en Jesús-niño.  Hoy celebramos de nuevo la manifestación de la salvación de Dios que ahora se nos presenta en Jesús-adulto. 

Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el ciclo de la Navidad y comienza la primera parte del tiempo ordinario que nos llevará hasta el miércoles de ceniza.


Con el Bautismo de Jesús comienza su vida pública. El Señor no tenía que ser bautizado porque nunca tuvo pecado. Se bautizó por la misma razón que cumplió con algunas otras leyes judías que tampoco tenía la obligación de cumplir. Vino a este mundo como hombre y quiso sujetarse a las leyes de Moisés, como lo hacían todos los judíos, pero nada de esto le obligaba. Todas estas leyes eran las que regían al pueblo Israelita, el pueblo que Dios eligió para preparar la venida del Señor. Y Jesús cumplió con ellas para darnos un ejemplo de cómo debemos actuar nosotros, de cómo debemos cumplir con los mandamientos de nuestra fe.


Hoy, que celebramos el bautismo de Jesús, debemos pensar también en nuestro propio bautismo. “No todos los bautizados son cristianos”. Esta frase que parece un poco contradictoria es una gran denuncia de la situación de nuestras prácticas sacramentales. Parece contradictoria pues cualquier bautizado es hijo de Dios y, por tanto, cristiano; pero, al mismo tiempo, es una denuncia, porque es cierto que muchos bautizados dejan mucho que desear en su seguimiento de Cristo, aunque todos podríamos ser un poco mejores cristianos.

El bautismo, como cualquier sacramento, no es automático, no funciona por sí solo, sino que necesita la colaboración de la persona que lo recibe. El sacramento es un encuentro entre Dios y el ser humano. Dios pone su parte: la Gracia, que quita el pecado original y nos hace hijos de Dios y la persona responde con el seguimiento; si falta la respuesta no se produce el encuentro.

Pertenecer a la Iglesia por medio del bautismo no significa nada en sí mismo, si no va acompañado de la correspondiente respuesta de la persona que recibe ese sacramento: hay que amar a Dios con la práctica de una vida cristiana, de una vida de sacramentos, de una vida de amor al prójimo. 

Por desgracia, muchas personas, quizás influenciados por amigos poco Católicos o simplemente porque ignoran la importancia de este sacramento para los niños, no llevan a sus hijos e hijas a bautizar en los primeros días después de su nacimiento. Llevan a sus hijos a bautizar pensando más en la fiesta, el convite o en la ropa en vez de pensar en el sacramento en sí. Lo convierten en un acto social. Llevan al niño a la iglesia a bautizar pensando que, cómo somos Católicos, tiene que ser bautizado. No piensan en las responsabilidades que trae este sacramento para los padres y padrinos. Da verdadera pena ver algunos bautismos en los que hay tan poca fe alrededor.

El bautismo es el comienzo de nuestra misión profética. Desde el mismo momento en que se recibe este sacramento, el bautizado ya está comprometido a vivir una vida santa. Sus padres se comprometen a dar testimonio de su fe a su hijo para que, con los años, se convierta en un buen cristiano, evangelizando como lo hicieron los primeros cristianos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Al ser bautizados como hijos e hijas de Dios adquirimos la más alta dignidad. En el momento del bautismo, por la gracia del Espíritu Santo, inmediatamente se produce el milagro de un nuevo nacimiento. El agua bautismal es signo de la muerte al pecado y del renacimiento espiritual a la vida eterna con Cristo.

Los padres y padrinos deben tener en cuenta que han recibido un mandato de Cristo. Desde el momento que llevan sus hijos a bautizar deben enseñarlos a vivir una vida sin mancha, a evangelizar con su propio ejemplo y a amar a los demás.
El bautizado debe ser portador de esperanza en medio de nuestro mundo y de nuestra Iglesia. Debemos tener deseos de Dios expresándolo con un testimonio de vida, lleno de amor y de convicción. Vemos cómo falta esperanza, vemos cómo las cosas de este mundo empequeñecen nuestro corazón, vemos cómo el desánimo se apodera de nuestras comunidades cristianas y de los grupos. ¡Contagiemos la alegría y la serenidad! ¡Tenemos una fuerza interior única! Nuestro tesoro es Jesús y su gracia. ¡Somos templos del Espíritu Santo!

¡Despertémonos! Tenemos por delante todo un año para descubrir que Dios, está verdaderamente con nosotros animándonos, sosteniéndonos, dirigiendo nuestros pasos hacia la plenitud. Él es la fuerza y la vida. Levantemos el corazón y vayamos confiados a Jesús. Él espera nuestra respuesta. Dispongámonos a seguirlo con fidelidad.