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martes, 25 de junio de 2019

XIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
 
La liturgia de hoy nos habla de elección, de libertad y de seguimiento.  Dios cuenta con nosotros para transformar y salvar al mundo, y nos invita a responder a esa llamada con una total disponibilidad. 
La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos ha hablado de la elección de Eliseo por parte de Dios.
 
Dios no solamente llama a unos hombres privilegiados, Dios nos llama a cada uno de nosotros a ponernos a su disposición para cumplir con la misión que Él nos quiere confiar.
 
Lo primero que debe hacer un cristiano es ponerse al servicio de Dios.  Muchas veces los cristianos estamos acostumbrados a jugar con la palabra que damos a Dios, estamos habituados a que no haya seriedad en nuestras relaciones con Él.  Hoy le decimos con la boca que lo seguiremos, y mañana, en la primera ocasión, con nuestra vida, le decimos que no, como si la palabra que le damos a Dios no valiese.
 
Son las posturas ambiguas o las medias tintas de tantos cristianos.  Seguir a Dios es una cosa seria y radical.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Gálatas nos habla hoy de la libertad cristiana.

Cristo nos ha liberado de la esclavitud y quiere que seamos libres.  Sin embargo, ¡cuánta esclavitud contemplamos hoy en tantos seres humanos!  ¿Qué hemos hecho con el bautismo que nos ha liberado de la esclavitud del pecado?
 
Hoy día, se habla mucho de libertad, tanto a nivel personal como a nivel de pueblos.  Pero no siempre entendemos correctamente la palabra libertad y mucho menos sabemos vivirla o practicarla.  Muchos confunden libertad con libertinaje, porque creen que la libertad es hacer todo lo que quiero sin respetar a nada ni a nadie, y esto no es libertad es libertinaje.  Usamos la libertad para nuestro egoísmo, sin importarnos los demás.
 San Pablo, hoy, nos recuerda que somos totalmente libres cuando amamos, es el amor lo que nos hace libres.
 

La libertad es necesaria para realizarnos como personas; pero mal manejada puede llevarnos a ser esclavos.  Hay personas que le tienen miedo a la libertad.  Pero no podemos suprimir la libertad porque sería un atentado; tampoco podemos renunciar a la libertad, pero tampoco podemos abusar de la libertad.  No olvidemos lo que nos dice san Pablo: la verdadera libertad es para amar.  “Ama y haz lo que quieras”, decía san Agustín.
 
El Evangelio de san Lucas nos muestra a Jesús de viaje a Jerusalén.  Los samaritanos no lo quieren recibir porque negaban la hospitalidad a los judíos. La reacción de Santiago y Juan es: “Señor, ¿quieres que mandemos fuego del cielo y acabemos con ellos?” Jesús reprende con firmeza la violencia y los invita a irse a otra aldea.
 
Jesús siempre rechazó la violencia.  La vida del Señor siempre fue un llamado a resolver los problemas sin acudir a la violencia.  Hoy, nosotros, estamos tan acostumbrados a la violencia que no nos damos cuenta de la violencia que hay en nuestro interior.  No es suficiente con condenar la violencia del mundo hay que luchar contra nuestra violencia interior.
 
La violencia la tenemos todos muy dentro, nos puede parecer la respuesta normal a las agresiones de la vida.  La violencia nos puede parecer tan natural porque en nuestra sociedad somos educados en la violencia de la competencia por llegar a los puestos de privilegio, por la lucha de mercado; desde pequeños nos educan a conseguir los primeros lugares, en lugar de educarnos en la solidaridad, en trabajar en metas comunes.
 
La historia que se enseña es la historia de guerras.  Se nos hace creer que las armas son el único medio eficaz para conseguir y construir una sociedad en paz.  Es una equivocación creer que el mal se puede detener con el mal, la muerte con la muerte, la injusticia con la injusticia.

 

La violencia siempre tiende a destruir. Por ello, Jesús nos urge a terminar con la violencia, empezado con la violencia que llevamos dentro de nosotros.
 
Como cristianos hemos de comprometernos por la cultura de la no-violencia si queremos ser fieles a Jesús que rechazó la reacción violenta de los discípulos.

martes, 18 de junio de 2019

CORPUS CHRISTI (CICLO C)
 
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CORPUS CHRISTI (CICLO C)
 
Celebramos hoy la fiesta del “Corpus Christi”, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor.  Hoy celebramos de un modo especial, la presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía.
 
En la 1ª lectura del libro del Génesis se nos dice cómo el sacerdote y rey Melquisedec ofrece pan y vino.  Melquisedec es un sacerdote ­–rey de la justicia– que anuncia la figura de Jesucristo.  En el Antiguo Testamento había dos clases de sacerdocio: el sacerdocio levítico, que es fiel cumplidor de las normas y de los sacrificios rituales de animales, y el sacerdocio eterno del orden de Melquisedec: que en vez de ofrecer sacrificios de animales se ofrece a sí mismo.  La figura de este rey-sacerdote es el anuncio de un cambio importante en el sacerdocio del pueblo de Israel y de su culto.  El cambio está en que para relacionarse con Dios no hay que darle cosas en sacrificio, sino la propia vida, la propia existencia.  Esto es lo que hizo Jesucristo entregarse dando su cuerpo y derramando su sangre.
 
En la 2ª lectura de san Pablo a los Corintios podemos ver uno de los textos más antiguos que nos hablan de la Última Cena: Cristo entrega su Cuerpo y derrama su Sangre para la salvación del mundo.  Deja establecido que se haga lo mismo en conmemoración suya.
 
En el Evangelio de san Lucas hemos escuchado el relato de la multiplicación de los panes y de los pescados, que es una prefiguración de la Eucaristía.  Cristo se nos da en comida.
 
En el Evangelio de hoy encontramos un clásico problema del ser humano: el hambre.  Hay dos posturas distintas ante este problema: el desentenderse del problema y la postura del compromiso ante este problema.
 
La primera postura fue la de los apóstoles.  Ellos le dijeron a Jesús: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado”.
 
Esta postura la tienen aquellas personas quienes creen que la fe se reduce sólo a rezar y a recibir la comunión como un acto piadoso individualista.  Es la postura de aquellos que adoran a Cristo presente en la Eucaristía dentro de la custodia, pero no les importa para nada el hambre de la humanidad.  Puede ser que incluso recen para que los 850 millones de seres humanos que en el mundo padecen desnutrición, encuentren ayuda y para que los niños que a cada minuto mueren de hambre, se puedan salvar.
 
Es un signo muy preocupante que crezca cada vez más la brecha entre ricos y pobres y que haya tanta gente empobrecida y tanto dinero en manos de unos pocos por causa de la corrupción, la injusticia y los “pecados sociales”.
 
Ante esta postura de despreocuparnos del hambre en el mundo, Jesús nos dice: “Dadles vosotros de comer”  Se trata de enfrentar la realidad y buscar la solución a las dificultades con la gracia del Espíritu de Jesús resucitado.  Es necesario buscar soluciones para que el ser humano tenga lo básico para que viva dignamente: alimento, salud, vestido, vivienda, etc.
 
Quizás nos preguntemos: ¿Pero cómo vamos nosotros a solucionar este problema?  Los discípulos también le dijeron a Jesús: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”
 
La solución no está en dar limosna a quien no tiene qué comer, no se trata dar despensas ni inventar programas sociales.  Se trata de crear fuentes de trabajo, se trata de crear estructuras que posibiliten la producción y distribución justa de los recursos de la tierra para todos los seres humanos y no para unos pocos.
 
Por eso les dijo Jesús: “Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”.  En el mundo antiguo sólo los hombres libres podían comer sentados; los esclavos debían comer de pie porque estaban siempre dispuestos a las órdenes de su amo. 
 
Sentarse por grupos significa trabajar de manera libre y organizada, para hacer realidad el Milagro de la multiplicación de los panes y de los peces.  El cristiano es aquel que hace la obra de Jesús.
 
San Pablo le hace un fuerte llamado de atención a la comunidad de Corinto por las eucaristías mal celebradas.  No porque tuvieran errores doctrinales o litúrgicos.  El problema era: “Mientras uno pasa hambre el otro se emborracha”.  De esa manera se come indignamente la cena del Señor.  Y ante esto Pablo fue muy categórico: “el que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación, por no reconocer el Cuerpo de Cristo”.  Y cada uno de nosotros forma parte de ese Cuerpo de Cristo.
 
Si queremos seguir a Jesús, debemos vivir del amor solidario, debemos vivir de la Eucaristía y la Eucaristía nos tiene que impulsar a compartir el pan como lo hizo Jesús.
 
La Eucaristía es el centro y culmen de la vida de la Iglesia y del cristiano. Pero, para que ello sea verdad, no es suficiente celebrar la Eucaristía como un mero rito. No basta adorar la Eucaristía como una devoción; el culto cristiano a la Eucaristía nos remite a la vida, que hemos de vivir entregándola, derramándola, como ofrenda de amor agradable a Dios, como hizo el Señor. Los que nos alimentamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, estamos llamados a prolongar la Eucaristía en el mundo; llamados a hacer nuestra existencia eucarística.

martes, 11 de junio de 2019

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO C)
 
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SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO C)
 
Celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, fiesta en la que contemplamos el misterio de Dios, en el que creemos que Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo, tres personas distintas pero un solo Dios verdadero.
 
La fiesta que hoy celebramos es una invitación, no a tratar de descifrar este misterio, sino a contemplar a Dios que es amor, que es familia, que es comunidad y que creó al hombre para que participara de este amor.
 
La 1ª lectura del libro de los Proverbios nos presenta a Dios Padre que creó todo para nosotros con sabiduría.  Dios es un Padre amoroso, que tiene un proyecto de vida para cada uno de nosotros y para el mundo.  Si contemplamos la creación veremos en ella la mano de Dios, de un Dios lleno de bondad y de amor. 
 
Mirando la obra de Dios, aprendemos que el hombre no es un adversario ni un competidor de Dios, ni Dios es adversario del hombre.  El hombre tiene que reconocer el poder y la grandeza de Dios y entregarse, confiadamente, en las manos de Dios que todo lo creó con amor y que todo nos lo entrega para nuestro servicio.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos invita a mantenernos en paz con Dios por medio de Jesucristo.  La venida de Jesucristo a este mundo es la expresión plena del amor de Dios y manifestación de que Dios no nos abandona ni se olvida de nosotros, sino que quiere que seamos sus hijos.
 
A pesar de que tantas veces refutamos y nos olvidamos de Dios, Él siempre nos busca para caminar a nuestro lado.  A pesar de que nosotros caemos en el pecado, Dios continúa amándonos gratuita e incondicionalmente.
 
¿Qué queremos decir al confesar nuestra fe en la Trinidad?
 
Al decir creo en la Trinidad decimos que: “Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra”.  Dios es mi Padre, Él es mi origen y mi destino.  Él me creó sólo por amor; Él me espera con corazón de Padre.  No sólo a mí, sino a todos los hombres y mujeres que son mis hermanos.  No estoy sólo ni vivo olvidado.  Tengo una razón para vivir, a pesar de que en ocasiones la vida parezca que no tiene sentido, Dios mi Padre me ama.
 
Creer en la Trinidad significa también decir: “Creo en Jesucristo, su único Hijo”.  Jesús es el Hijo de Dios enviado por el Padre.  En Él descubro el rostro de Dios.  En sus gestos descubro su amor.  En Él siento a Dios cercano, humano y amigo.  Él me libera de toda esclavitud, de todo temor, de todo lo que impide que me realice como persona en plenitud.
 
Jesús no es sólo un modelo a imitar, o un maestro a seguir, es Dios hecho hombre, hecho pan que me alimenta para este caminar diario en mi vida.
 
Creer en la Trinidad significa también decir: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”.  Creo en la presencia viva del Espíritu Santo en mí y en todos los hombres y mujeres.  El amor del Espíritu Santo se ha derramado en nuestros corazones.  El Espíritu Santo que es dador de vida, fuego vivo, porque pone en mí, amor, luz, calienta mi vida, mi corazón y alumbra mis pasos para que no me equivoque en el camino, llevándome hasta la verdad plena.
 
La vida cristiana se desarrolla bajo la presencia de la Trinidad.  Al inicio de nuestro ser cristiano, fuimos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.  La Santa Misa la hemos comenzado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y la terminaremos con la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo.  Todo lo que decimos y hacemos durante la misa no es otra cosa sino un diálogo que tenemos con el Padre, por medio de Jesucristo, con la fuerza y bajo la inspiración del Espíritu Santo. 
 
Lo importante de la fiesta de hoy no es que comprendamos el misterio que celebramos sino que nos demos cuenta que nuestro Dios no es un Dios solitario, sino que es un Dios comunidad.  Nuestro Dios es una comunidad de iguales unidos inseparablemente por el amor.  Un amor tan grande que ha hecho la creación y al ser humano.  Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, y si Dios es comunidad, esto significa que Dios nos ha hecho para que convivamos, para que compartamos, colaboremos y vivamos fraternalmente.
 
Dios Trinidad nos invita a participar de esa comunidad divina, siendo hijos y hermanos.  Por eso un cristiano no puede ser una persona individualista, no puede desentenderse de los problemas de los demás, no puede vivir sólo para sí mismo.  Un cristiano deberá buscar siempre crear comunidad, superar las diferencias, trabajar por la unidad.
 
Este es, hermanos el gran mensaje de hoy.  Nos alegramos al contemplar hoy a este Dios, que se nos está revelando como amor y misericordia que se entrega. Un Dios que por amor nos creó, por amor nos redimió y salvó, y por amor nos dio su Espíritu para que día a día podamos construir la comunidad humana y así poder participar del gozo y de la plenitud que sólo Dios Uno y Trino tiene.  A Él la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos.
 
 

martes, 4 de junio de 2019

PENTECOSTES (CICLO C)
 
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PENTECOSTES (CICLO C)
 
Hoy celebramos el día de Pentecostés.  Cincuenta días después de la resurrección del Señor, Jesús envía al Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia.  Con este domingo de Pentecostés terminamos el ciclo litúrgico de la Pascua.
 
A partir de este día, en el cual los apóstoles recibieron el Espíritu Santo, sus vidas cambiaron totalmente.  Los apóstoles dejaron de ocultarse. Dejaron de tener miedo.  Los apóstoles no temían a nada y a nadie gracias al poder que habían recibido del Espíritu Santo.
 
Muchos de los problemas que tenemos cada día, mucho del odio que oscurece nuestro corazón, gran parte del estrés que padecemos y muchos miedos que nos paralizan tienen como causa nuestra incapacidad de comunicarnos verdaderamente, nuestra incapacidad de perdonar de corazón y nuestra indiferencia a amar y dejarnos amar.  Y a causa de toda esa negatividad que se apodera de nuestros corazones, nosotros, al igual que los apóstoles antes de Pentecostés, tenemos miedo.  Tenemos miedo de confiar en la gente y de amar sin esperar nada a cambio.  Tenemos miedo de trabajar por la felicidad del prójimo y por nuestra propia felicidad.  Tenemos miedo de aceptar el reto de vivir. 
 
Tenemos miedo también a que nos vean que vivimos y practicamos nuestra fe; tenemos miedo a ser diferentes, a que no nos acepten y por eso nos cuesta tanto hablar de Jesús a quienes nos rodean. Y Jesús que sabía de todos estos miedos nuestros, nos dio el Espíritu Santo, nos dio el poder de cambiar nuestras vidas y sanar nuestras heridas.
 
Hay que dejar de tener miedo, hay que dejar de esconderse.  El Señor nos ha dado su Espíritu.  Tenemos ahora, gracias a Él, el poder de transformar nuestros corazones.
 
Una vez que los apóstoles reciben el Espíritu Santo y pierden el miedo, dejan de estar encerrados y salen a la calle a hablar de Dios.
 
Las ideologías modernas y cierto tipo de personas, quieren reducir la fe al ámbito de lo privado y quieren que la vida pública y social sea solamente laica, sin ninguna referencia a la religión ni a ningún símbolo religioso.  Sin embargo, la Iglesia nació precisamente cuando tuvo el valor de salir del lugar donde los apóstoles estaban encerrados y empezar a hablar en la plaza pública donde se encuentran las personas.  Es el Espíritu Santo el que da fuerza a los apóstoles que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús.
 
Por eso, la Iglesia no puede desentenderse de los grandes problemas que afectan al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo.
 
Cuando el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles, se manifestó con el don de la “glosolalia”, es decir, que les dio la posibilidad a los apóstoles de hablar en distintos idiomas y de hacerse entender por todos.
 
El Espíritu Santo hace posible el entendimiento entre las personas, hace posible la fraternidad.  El lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.
 
La dificultad que tenemos hoy en día para entendernos no es el que hablemos diferentes idiomas.  Las dificultades para la comunicación proceden, más bien, de las incomprensiones, la falta de tolerancia y de respeto por los otros, los intereses creados y partidistas, la dominación de unos seres humanos sobre otros, las barreras sociales y económicas que pretenden imponer, controlar y anular a los demás. 
 
Cuantas veces los hombres se ven obligados a renunciar a la construcción de un mundo nuevo y mejor porque están separados y divididos por su incapacidad de hablar un mismo lenguaje, el lenguaje del amor.  La incomunicación, la ruptura del diálogo, la incomprensión, no conduce nunca a construir y levantar nada bueno.
 
Hay partidos políticos que no se esfuerzan por comprender la postura y las razones de los otros partidos.  Hay líderes políticos preocupados de imponernos sus programas sin preocuparse de lo positivo y justo que pueden tener sus oponentes.  Cuantas marchas de hombres y mujeres que gritan violentamente sus demandas con la única finalidad de que no se escuchen las demandas de los demás.
 
¿Qué podemos construir cuando la voz de las metralletas sustituye al diálogo de los hombres, y cuando las amenazas y la violencia están logrando que las personas no se atrevan a manifestar sus convicciones?
 
Necesitamos un Espíritu nuevo que nos enseñe a dialogar como hermanos. Un Espíritu que nos ayude a entender el lenguaje del adversario.
 
Necesitamos escuchar, dialogar, compartir más para que el lenguaje del Espíritu se haga presente en nuestro mundo, para que descubramos la riqueza que todo ser humano tiene, para que podamos alegrarnos de los diferentes carismas que Dios ha puesto en los seres humanos.
 
San Pablo nos recuerda  y nos dice que los “dones” que recibimos no pueden generar conflictos y divisiones, sino que deben servir para el bien común y para reforzar la vivencia comunitaria.

martes, 28 de mayo de 2019

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO C)
 
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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO C)
 
Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos.
 
La fiesta de la Ascensión del Señor no es una fiesta de despedida y mucho menos una fiesta de tristeza o soledad, sino todo lo contrario, es una fiesta de alegría y de esperanza, como lo expresaron los apóstoles que "regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios".
 
Esta fiesta nos debe llenar de alegría y optimismo porque con esta fiesta se ilumina el objetivo de nuestra vida, por qué y para qué estamos viviendo; nos debe llenar de esperanza y de certeza ya que la fiesta de la Ascensión nos muestra el camino hacia “la tierra prometida”, “la casa definitiva”, la felicidad que andamos buscando.
 
Con esta fiesta se nos da la respuesta a la pregunta: ¿Cómo acabó el destino de Jesús?  Con su Ascensión al cielo, sentándose a la derecha de Dios Padre.  Pero también se nos da la respuesta la pregunta: ¿Cuál será el destino de mi vida, cuál será el final de esa película que es mi vida?  Con una ascensión al cielo.
 
Nuestro final será una ascensión, un triunfo porque superaremos nuestras preocupaciones, nuestras angustias, nuestras miserias y pecados de toda nuestra vida.  Jesucristo, ha subido al cielo el primero y ha subido para prepararnos un sitio en el cielo.
 
Lo de aquí abajo, la vida en la tierra es provisional.  Lo de aquí abajo, en palabras de Santa Teresa, es tan solo “una mala noche en una mala posada”.  Lo de allá arriba, lo del cielo, no es una posada; es un palacio, una auténtica casa de lujo y es Dios quien nos recibe; no es un simple gerente, es Dios mismo el que nos prepara el lugar para nuestra estancia por toda la eternidad.
 
A veces, cuando comenzamos a ver una película, nos desanimamos y nos puede resultar aburrida y estamos tentados de cambiar de canal o dejar de ver esa película.  Hay que saber esperar “porque la paciencia todo lo alcanza”.
 
En nuestra vida, nos ocurre, a veces, que queremos abandonar todo, cuando surgen contrariedades, cualquier accidente, fracaso, o dificultad de cualquier tipo.  A veces, incluso, nos hemos dicho: “no es posible que Dios exista y permita estas cosas, estas calamidades, estas guerras, estos crímenes y asesinatos”.
 
Es cierto que todo esto ocurre hoy en nuestros días, pero hay que saber esperar, hay que tener un poco de paciencia que es la virtud que todo lo alcanza.  No juzguéis a Dios hasta el final, hasta que conozcáis el bien que es capaz Dios de sacar de todo este mal y dolor que nos rodea.  Recordad que una madre da a luz con dolor, da a luz y todo se olvida cuando tiene a su hijo entre sus brazos.  Así actuará Dios a su tiempo.
 
Pero además, la 1ª lectura de hoy, del libro de los Hechos de los Apóstoles nos decía: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? La Ascensión es una llamada de atención a nuestra pasividad, es una llamada de atención a todos aquellos que lo esperan todo del cielo, con los brazos cruzados, sin hacer nada pero metiéndose en todo.
 
Los cristianos somos enviados para hacer presente a Cristo en medio de la familia, en la sociedad, en la economía, en la política; somos enviados a hacer realidad el proyecto de vida de Jesús para nuestro mundo.  Los cristianos no podemos quedarnos mirando al cielo, sino que hay que trabajar aquí en la tierra para construir un mundo conforme al plan de Dios y así poder llegar al cielo como Cristo nuestra cabeza ya está en el Cielo.
 
Los cristianos debemos unir nuestros esfuerzos a los esfuerzos de todos los hombres y mujeres de buena voluntad para construir un mundo más humano y conforme al proyecto de Dios.  Cada uno de nosotros debe perfeccionar y dignificar su pequeño mundo en el que vive, aquello que está a su alcance y así nuestro mundo cambiará.
 
No permitamos que sean otros los que decidan por nosotros lo que tenemos que hacer para resolver nuestros problemas.  Somos nosotros los que tenemos que tomar esa responsabilidad.
 
Debemos trabajar por los derechos humanos de todo hombre y mujer; trabajar para que haya más seguridad en nuestras calles, para que se acabe la violencia, el desempleo y la contaminación que amenaza nuestras vidas y nuestro planeta.
 
No debemos permitir que personas corruptas, porque son más poderosos, tomen las decisiones que nos corresponden a nosotros tomar.  Como cristianos debemos asumir nuestras responsabilidades, dejándonos iluminar por Dios.
 
La Ascensión es la fiesta de la tierra, es la fiesta de la esperanza, es la fiesta del compromiso con este mundo y con sus gentes, es la fiesta para que hagamos presente a Cristo en nuestro mundo llevando a cabo la misión que nos ha encomendado.

martes, 21 de mayo de 2019

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de acompañar permanentemente a su comunidad.  No estamos solos en la vida, Jesús resucitado va siempre con nosotros.
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.
 
Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos. 
 
Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.
 
Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.
 
La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles y, por consiguiente, no podemos desprendernos de nuestra condición humana en nuestros aciertos y en nuestros errores. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.
 
Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús "hasta el final de los tiempos".
 
La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.
 
Todos estamos llamados a formar parte de esa Iglesia celestial.  Para ello debemos, ya desde ahora, ir asemejándonos cada vez más a Cristo.  Por eso, sabiéndonos pecadores, no debemos dejarnos llenar más de tinieblas en nuestra vida, tinieblas que nacen de la maldad del corazón, sino que hemos de estar en una continua conversión, para manifestar al mundo nuestra fe en el Señor.
 
Seamos, conforme al mandato del Señor, luz que ilumine a todas las naciones, pues la Iglesia es el regalo que Dios ha dado al mundo, para que por medio de la Iglesia y unidos al Señor encontremos la salvación y el camino que nos conduce a Dios.
 
El Evangelio de san Juan nos decía: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.
 
Dios, la Trinidad, con toda su grandeza, poder y eternidad vive en el interior de cada uno de nosotros.  ¡Cuánta ternura y amor de Dios por cada uno de nosotros!  ¿Habéis pensado esto en serio, alguna vez en vuestra vida?  Dios vive dentro de mí. Si escuchamos su palabra y la guardamos, Dios habitará en nosotros.
 
Vivir en la presencia de Dios, significa no estar ya nunca solos porque tenemos unos brazos donde descansar, sentirnos hermanos y amigos de Jesús, sentir la paz y la alegría perfectas que sólo Él puede darnos, dejarnos guiar por el Espíritu Santo en la seguridad y con la confianza de que a donde Él nos lleve es a donde mejo podemos ir.
 
Ésta es la vida santa a la que todos deberíamos aspirar, porque no hay mayor felicidad para el hombre que vivir con Dios, por Dios y para los hermanos.  Sólo Dios puede llenar nuestro corazón tan necesitado de cariño y comprensión, sólo Dios puede dar respuestas a todas nuestras preguntas.
 
Por eso deberíamos en todos los momentos de nuestra vida, pedir lo único que necesitamos, lo único que realmente nos puede dar la felicidad perfecta: que el Espíritu de Dios habite en nosotros.  Ésa debería ser nuestra única petición, porque todo lo demás, los problemas, las enfermedades, la misma muerte, son superados con la ayuda del Espíritu de Dios.
 
Dios es alguien que está Vivo, que vive dentro de nosotros, que nos ha hecho sus hijos y que nos llama a vivir junto a Él  y con Él. 
 
Que podamos sentir en nuestro corazón la presencia de Dios y que nos demos cuenta, de verdad, que Dios vive en nuestro interior.