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martes, 2 de junio de 2020

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO A)

El domingo pasado terminábamos el tiempo de Pascua, y esta semana al comenzar la segunda parte del Tiempo Ordinario lo celebramos con una fiesta también solemne, que es la Santísima Trinidad. Es el misterio central de nuestra fe. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de un solo Dios en tres Personas.

En la 1ª lectura, del libro del Éxodo, vemos cómo Dios se muestra como Padre.  Moisés habla con Dios-Padre y le pide dos cosas importantes: una, que perdone la infidelidad del pueblo a la alianza que había hecho con Dios; y la otra, que Dios los acompañe en su peregrinación por el desierto.  Y este Dios Padre se muestra compasivo y misericordioso, que concede siempre su favor a los que confían en Él.

Aunque nos equivoquemos, aunque pequemos, y tantas veces nos alejemos de Dios, Dios no nos abandona, siempre nos acompaña y se hace presente en nuestra vida y camina a nuestro lado. El amor de Dios por nosotros es gratuito y libre.  Por ello ante este Dios Padre, nosotros debemos de tener una actitud de agradecimiento, de adoración, de contemplación y hemos de darle gloria y alabanza a Dios por los siglos.

La 2ª lectura, de la 2ª carta de San Pablo a los Corintios, terminaba con el saludo litúrgico trinitario que usamos en todas nuestras celebraciones: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”.  Como comunidad cristiana estamos invitados a descubrir que Dios es amor.  La fórmula “Padre, Hijo y Espíritu Santo” expresa esa realidad de Dios como amor, como familia, como comunidad.

Como bautizados estamos llamados a formar una comunidad de amor.  Nuestro fin en esta tierra es pertenecer a la familia trinitaria.  Estamos llamados a vivir una vida comunitaria.  Nuestra relación con los hermanos debe reflejar el amor, la ternura, la misericordia, la bondad, el perdón, el servicio, que son las consecuencias prácticas de nuestro compromiso con la comunidad trinitaria.

El Evangelio de san Juan nos decía: “Tanto amó Dios al mundo…”

La vida de la Trinidad es una vida de amor.  Y el amor es sinónimo de entrega, donación y diálogo.

Dios Padre es el que desde siempre nos ha amado.  Él es la fuente del amor.

El Hijo se hizo hombre por amor a nosotros, murió en la cruz, como máxima expresión de amor por la humanidad.

El Espíritu Santo es el fuego que enciende en nosotros el amor, para que podamos nosotros amarnos como se aman entre sí Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nuestra vida, es una vida trinitaria de principio a fin.  Toda nuestra vida está marcada y orientada por el amor de Dios.

En nuestro bautismo fuimos signados y bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.  Ya desde el principio de nuestra existencia fuimos envueltos por el amor de Dios.

En la celebración de la Eucaristía, al principio nos santiguamos en su nombre, el sacerdote nos saluda en su nombre y al final nos bendice también en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Durante la misa cantamos el Gloria y el Credo, centrados en la actuación de las tres divinas Personas; y el sacerdote, en nombre de la comunidad, siempre dirige la oración al Padre, por medio de Cristo y en el Espíritu.

En la alabanza final de la Plegaria Eucarística, se dice solemnemente cuál es la dirección de toda nuestra oración: “por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”.

¿Cuántas veces, durante nuestra vida, nos santiguamos en el nombre del Dios Trino, recordando nuestra pertenencia a Él?

¿Cuántas veces rezamos esa breve y densa oración que es el “Gloria al Padre”, como resumen de nuestras mejores actitudes de fe?

Realmente se puede decir que todos “somos trinitarios”, que estamos invadidos del amor y la cercanía y la vida de ese Dios Trino. Eso es lo que puede darnos fuerzas para seguir con confianza el camino de Jesús en nuestra vida.

Nosotros creemos en un Dios trinitario: tres personas distintas, un solo Dios verdadero.  Estamos ante un misterio que nuestra inteligencia humana no puede resolver ni comprender.

lunes, 25 de mayo de 2020


PENTECOSTÉS (CICLO A)

Hoy termina el tiempo de Pascua.  Hemos dedicado 50 días a celebrar el gozo y la resurrección de Cristo.  Y culminamos este tiempo pascual con una gran fiesta: Pentecostés, la plenitud de la Pascua: la venida del Espíritu Santo a la Virgen y a los Apóstoles.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos recuerda lo que significó la venida del Espíritu Santo en la primera iglesia y lo que debe significar el Espíritu en la Iglesia de hoy.

El Espíritu Santo cuando vino sobre los apóstoles, se manifestó con el don de la “glosolalia”; es decir, que les dio la posibilidad a los apóstoles de hablar en distintos idiomas y de hacerse entender por todos.  Esto que sucedió el día de Pentecostés es lo contrario a lo que sucedió con la torre de Babel: Los hombres quisieron construir una torre tan alta que llegara al cielo para hacerle la competencia a Dios; pero Dios confundió sus lenguas, de modo que no podían entenderse.

El egoísmo, la envidia, la soberbia, no sólo alejan de Dios sino que nos separa a los hombres entre nosotros; se crea división entre las personas; nuestro lenguaje se hace incomprensible para los demás.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo viene a hacer posible el entendimiento entre las personas, a hacer realidad la fraternidad.  El lenguaje del Espíritu es el amor y el lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.  El Espíritu hace que nos entendamos las personas, la división dificulta la presencia del Espíritu en nuestras vidas.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que hemos recibido el Espíritu Santo para que vivamos unidos y a cada uno nos ha dado un don especial para ponerlo al servicio de la Iglesia, al servicio del bien común.

Cada uno de nosotros tiene un oficio concreto que hacer dentro de la Iglesia, ninguno es más importante que otro, aunque son diferentes las funciones de cada uno, sin embargo, todos tienen la misma dignidad.

Los dones que hemos recibido son para construir la unidad; por eso los dones que el Espíritu Santo nos da no son para ser utilizados en beneficio propio, sino que deben ser puestos al servicio de todos.

Cuando entre nosotros no hay fraternidad, cuando entre nosotros hay división es señal de que no estamos dejando actuar al Espíritu, es señal de que estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a Dios.

El Evangelio de San Juan nos presenta a la comunidad cristiana reunida alrededor de Jesús resucitado. Esta comunidad pasa a ser una comunidad viva, sin miedo, a partir del momento que reciben al Espíritu Santo.

Hemos de cultivar nuestra amistad y relación con el Espíritu Santo.  Como bautizados, hemos de descubrir que tenemos, si vivimos en gracia, un “dulce huésped” en nuestro corazón que es el Espíritu Santo y somos templos vivos del Espíritu Santo.

Hoy deberíamos decir: “¡Ven, Espíritu Santo, fuerza y energía!” porque hay muchos cristianos que se encuentran cansados y no quieren recorrer el camino de Jesús.  Hay muchos cristianos que han perdido la esperanza y necesitan nuevas ilusiones para superar todos sus miedos.  Ven, Espíritu Santo para que seamos una Iglesia viva y atenta a los lamentos de nuestro pueblo.

“¡Ven, Espíritu Santo, bálsamo y consuelo!” porque hay muchos hombres y mujeres que viven tristes, que vive con dolor porque han perdido la alegría.  Ven, Espíritu Santo para que enciendas el fuego de nuestro entusiasmo y que todos gocemos la alegría de vivir.  Que nuestro pesimismo se transforme en una búsqueda sincera de soluciones a los problemas que hoy oprimen al hombre.  Ven, Espíritu Santo para que veamos las luces para descubrir el camino que nos lleva a la luz plena.

“¡Ven, Espíritu Santo, lenguaje y palabra!”, porque las fronteras, las discriminaciones y las diferencias han dividido a los pueblos. Los hombres ya no se llaman hermanos y se miran como rivales y enemigos. Reúnenos en un solo pueblo donde se superen las divisiones y donde la Palabra y el Amor de Dios Padre nos unan. Que sea posible amarnos a pesar de nuestras diferencias, caprichos y egoísmos. Que sea posible respetarnos descubriendo, más allá de los rostros y los vestidos, a personas con derechos, con oportunidades, con dignidad. Que sea posible encontrar reconciliación, paz y armonía.

“¡Ven, Espíritu Santo, Padre de los pobres!” porque los desheredados se sienten huérfanos y perdidos, porque por un trozo de pan quieren comprar sus conciencias, porque tienen que vender cuerpo y alma para poder subsistir, porque se sienten engañados y olvidados. Renueva sus ilusiones y alienta sus deseos, muéstrales que es posible construir el Reino que inspiraste a Jesús y que hoy tenemos que hacer realidad. 

Pentecostés debe ser un grito suplicando la venida del Espíritu Santo para que dejemos nuestra comodidad y nos involucremos en un verdadero compromiso con Dios y con nuestros hermanos.

Que realmente abramos nuestro corazón a la presencia y acción del Espíritu en nuestro corazón, en nuestra familia y en nuestra Iglesia. También para nosotros son las palabras de Jesús: “Recibid al Espíritu Santo”.

lunes, 18 de mayo de 2020


LA ASCENSION DEL SEÑOR 
(CICLO A)

Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos.  Jesús se va al cielo y ahora es nuestro turno. Nosotros tenemos que llevar a cabo la misión de Jesús; nosotros tenemos que continuar el trabajo que Jesús comenzó: Anunciar la Buena Noticia a los hombres y ser testigos del amor de Dios.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos ha contado el episodio de la Ascensión del Señor a los cielos.  

La Ascensión de Jesús nos recuerda que al subir al cielo, Él nos encargó continuar haciendo realidad su proyecto liberador en medio de los hombres de nuestro tiempo.  

Desde que Jesús sube al cielo hasta que vuelva de nuevo, no podemos quedarnos sin hacer nada, “mirando al cielo” sino que hemos de ser continuadores de su proyecto de liberación del ser humano. 

Hemos de sembrar el evangelio en el mundo.  Como cristianos hemos de comprometernos con la transformación de este mundo.  Hay que estar atentos a los problemas y a las angustias de los hombres.  Hemos de ser solidarios con todos los hombres, especialmente con los que sufren.  No podemos vivir pasivamente ante los problemas de este mundo, sino que como cristianos hemos de involucrarnos y aportar, desde el evangelio, soluciones para construir un mundo más humano y solidario.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Efesios, nos dice que nuestra misión es hacer presente el evangelio en el mundo.

En nuestro caminar por el mundo, conviene que tengamos muy presente “la esperanza a la que hemos sido llamados”.  Hemos sido llamados a resucitar con el Señor y a subir al cielo.  Con esta esperanza hemos de afrontar, llenos de la fuerza que nos da el Espíritu Santo, las dificultades pero para ello es necesario que vivamos en comunión total con Jesús y en solidaridad total con nuestros hermanos. 

Tenemos la obligación de dar testimonio de Cristo, de hacerlo presente en el mundo, de llevar a plenitud su proyecto liberador que Él comenzó a favor de los hombres.  Esta es nuestra tarea antes de subir con Él, un día, al cielo.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús, antes de subir al cielo le dice a sus discípulos: “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.  Jesús se manifiesta con todo poder como el Señor, como el triunfador de la muerte.  Y Jesús antes de subir al cielo les da una misión a sus apóstoles: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos”.  

Los discípulos de Jesús tienen 2 obligaciones: bautizar y enseñar.  Los discípulos no van a estar solos en este trabajo, porque Jesús les dice: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.

La Ascensión no es ausencia de Jesús, sino que se inicia el comienzo de una presencia en un modo distinto.

Los hombres, aunque nuestra meta sea el cielo, debemos de contribuir a hacer un mundo más justo y más humano.  Tenemos que hacer presente el Reino de Dios en nuestros días y en nuestro mundo.

Hoy es la fiesta del compromiso y la esperanza.  El compromiso de hacer presente el Reino de Dios entre nosotros.  Hay que hacer el bien, con nuestras limitaciones, pero hemos de hacer el bien.

San Juan Pablo II decía: “No seremos cristianos verdaderos si nuestra vida no está comprometida en hacer el bien”.

lunes, 11 de mayo de 2020

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

La liturgia de este 6° Domingo de Pascua nos invita a descubrir la presencia de Dios en su Iglesia y a prepararnos para recibir el gran don y regalo de Pascua: el Espíritu Santo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar.

Cuando un pueblo, una ciudad recibe a Jesús, nos decía la 1ª lectura, esa ciudad “se va llenando de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que acogen al Señor: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  

Quizás en nuestra vida nos falta alegría y nos sobran problemas, preocupaciones, angustias y dudas y esto es muchas veces debido a que nos falta alegría y paz y la causa de ello es “la ausencia de Dios en nuestras vidas”. 

Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

La 2ª lectura de la 1ª carta de san Pedro nos exhortaba a dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida.

No podemos vivir auténticamente nuestra fe, si ignoramos, si no conocemos la esencia de nuestra fe.  A veces, decimos que tenemos fe, pero, ¿esa fe está fundamentada en la verdad, en la Palabra de Dios, en la Tradición de la Iglesia? ¿O por el contrario, nuestra fe está basada en creencias populares o tradiciones familiares, o en supersticiones?

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión, el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

Hay que vivir con más empeño nuestra fe, con más conocimiento de causa. De lo contrario, la vida se nos hace rutinaria y sin sentido.  Frecuentamos los sacramentos, sin saber lo que son. Rezamos o hablamos de nuestra fe, cuando en realidad no conocemos qué es lo que decimos creer o esperar.

En el Evangelio de San Juan nos decía el Señor: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo... en vosotros”.

Algunas personas ven a Jesús como un gran personaje histórico, como un hombre importante, pero se olvidan de ver a Jesús como Dios. A veces, vemos a Cristo de una manera mundana.  Nos acercamos a Cristo fijándonos en aquél que nos puede solucionar problemas y no sabemos ver la voluntad de Dios.  Cristo es mucho más que alguien que soluciona los problemas de la vida.

Cristo está presente y actuante en el mundo y nos pide solo una cosa: amarlo, y amarlo significa cumplir sus mandamientos.

“El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.  El amor a Jesús es la condición para cumplir sus mandamientos en libertad, lo mismo que cumplirlos será la prueba del amor que le tengamos a Él. Quien no ama a Jesús no puede amar a los demás; quien no ama a los demás no es posible que ame a Jesús.  El que ama lo manifestará en todo lo que haga, ya que el amor posee a la persona. No podemos actuar con amor unas veces y otras no.

Amar, ciertamente es difícil.  Y todavía más ser fiel en el amor.  Obedecer unos mandamientos sólo se puede hacer desde el amor.  Por eso nos dice Jesús que guardaremos sus mandamientos si lo amamos, porque obras son amores y no buenas razones.

Pero Jesús se apresura a decir que intercederá por nosotros para que el Padre nos dé su Espíritu.  Cristo conoce nuestra fragilidad.  Sabe el poco aguante que tenemos.  Sabe que necesitamos vitaminas para poder avanzar en su camino, camino de amor.  Por eso nos envía al Espíritu Santo.  Un Espíritu que crea comunidad, Iglesia, como veíamos en la primera lectura.  Un Espíritu que hemos recibido en el bautismo y la Confirmación y que a veces no reconocemos.  

Jesús nos dice que “habita entre vosotros y estará en vosotros.”.  Pero hay que abrir el corazón para dejarlo actuar.  Hay que abrir las barreras que lo tienen atado.  Esas barreras que son nuestra flojera en servir, nuestro comodismo, nuestro egoísmo.  Dejemos actuar al Espíritu en nosotros y manifestemos nuestro amor a Dios cumpliendo sus mandamientos.


lunes, 4 de mayo de 2020

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

La liturgia de este 5° domingo de Pascua nos plantea la pregunta: “¿A dónde vamos en la vida, o para qué vivimos?”  Y Jesús nos responde que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta el comportamiento de las primeras comunidades cristianas frente a las necesidades de sus miembros y cómo se resolvían esos problemas bajo la luz del Evangelio.

Cuando la Iglesia va creciendo surgen problemas nuevos que hay que resolver.  Los apóstoles no pueden llevarlo todo ellos personalmente y esto origina que una parte de la comunidad quede desatendida.  Este es un problema de la limitación humana de los apóstoles.  Pero la comunidad acepta y afronta estas limitaciones.  Por eso eligen de entre ellos a “7 hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de Sabiduría” para ayudar a los apóstoles

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados.  

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.  En la Iglesia todos los miembros están llamados a ser miembros activos.

La 2ª lectura de San Pedro, nos hablaba también de la Iglesia, la llama “templo espiritual”, del que Cristo es la “piedra angular” y los cristianos son “piedras vivas” Todo cristiano debe ser una piedra viva de la Iglesia.  

Hemos de preguntarnos ¿cuál es la presencia del cristiano en nuestro mundo?  Porque somos una civilización cristiana, pero no hemos impedido el recurso a las armas, a los genocidios, a los actos salvajes del terrorismo, a las guerras religiosas, al capitalismo salvaje. Los criterios que presiden la construcción del mundo están, demasiadas veces, lejos de los valores del Evangelio. 

Esto sucede porque Cristo no es muchas veces la referencia fundamental para el cristiano.  Porque Cristo no es muchas veces la “piedra angular” sobre la cual construimos nuestra vida y nuestra historia. Pero no podemos olvidarnos que cada cristiano es una piedra viva de la Iglesia que debe trabajar para construir una auténtica sociedad basada en los principios del evangelio.

Si Cristo es la piedra angular de nuestra vida, la referencia fundamental, entonces ¿Por qué estamos colaborando con nuestro silencio y nuestra apatía a construir una sociedad, un mundo, tan alejado de los valores del Evangelio?  

El Evangelio de san Juan nos presenta a Cristo como el Camino, la Verdad y la Vida.

Nunca estamos solos. Jesús está con nosotros. Ser cristiano es, antes que nada, creer en Cristo. Tener la suerte de habernos encontrado con Él. Por eso no dice hoy el Señor: “No se turbe vuestro corazón”. Cristo está con nosotros.

Cristo es el camino.  A veces andamos desorientados. Con frecuencia vamos muy apenados. A veces nos preguntamos si el camino que llevamos nos lleva a alguna parte. Quizá estamos en un callejón sin salida… Y caminos se nos ofrecen muchos, pero ¿adónde nos conducen? ¿Nos dan plenitud? 

Yo soy el Camino dice el Señor. No sólo nos enseña el camino, sino que Él mismo “es el camino” porque ha resucitado.  Jesús es el camino porque es en quien tenemos que creer. Y creer en Jesús es confiar en Él, aceptar su palabra, seguir sus pasos.

Cristo es la verdad.  Andamos desorientados, confusos. Se dicen tantas cosas. ¿Quién tiene la verdad? Todo es relativo hoy en día.

Yo soy la verdad dice el Señor. Jesucristo es la verdad del hombre, que está hecho a su imagen. Jesucristo es el hombre ideal que todos debemos imitar.  Cuanto más nos acercamos a Cristo más nos humanizamos; cuanto más nos alejamos de Cristo más nos deshumanizamos.  Cristo, el hombre perfecto, el hombre verdadero. Él es la Verdad.

Cristo es la vida.  ¡Cuánta gente está en un sin-vivir! Vegetando, sin ilusión ni esperanza. 

Yo soy la vida, dice el Señor. Vino a nosotros para rescatarnos de la muerte, para que tuviéramos vida y en abundancia. Pero no es que nos da vida, como el médico nos da una receta. Él es a la vez médico y medicina. Él es la Vida; el encuentro con Él nos hace vivir esta vida con sentido y nos abre a la vida en plenitud. 

Jesús es “camino, verdad y vida”. Encontrarse con Él y creer en Él es el mejor modo de caminar por la vida. 


lunes, 27 de abril de 2020

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

En este 4° domingo de Pascua la Iglesia celebra el domingo de Cristo el Buen Pastor y la única puerta para llegar a Dios.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pedro predicando a Cristo resucitado como enviado por Dios para la salvación de todos los hombres.

Al oír a Pedro, sus oyentes preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”

Nosotros también debemos hacernos esta pregunta.  Hacerse esta pregunta es ponerse en actitud de tomar conciencia de que vamos muchas veces en la vida por caminos equivocados; que tomamos ciertas opciones, comportamientos y valores que no son los que nos propone Cristo, ni son auténticamente cristianos.  Hacernos esta pregunta es reconocer que ponemos nuestras seguridades y certezas en cosas equivocadas y que lo que debemos hacer es aceptar el desafío de Dios, la propuesta que Dios tiene para nuestra vida.

Hemos de aceptar nuestras limitaciones, buscar humildemente el camino verdadero y no tener una actitud prepotente de pensar que nunca me equivoco o no poner en duda nunca nuestras acciones.

Pedro pedía conversión a los que lo escuchaban.  Convertirse es optar por Jesús y aprender de Él a amar, a servir, a dar la vida.

Hemos de preguntarnos hoy qué es lo que en mi vida más necesita ser cambiando, qué ideas, valores, comportamientos, etc., necesito cambiar para acomodar mi vida a los ideales cristianos.  Hemos de realizar en nuestra vida una verdadera conversión a Jesús resucitado y su Evangelio.

En la 2ª lectura, san Pedro nos decía: “Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios”.  

Para esto hemos sido llamados nos dice san Pedro en su epístola, para portarnos bien, aunque tengamos que sufrir por ser buenos.  Ser fiel a la doctrina de Cristo, ser honrados y generosos, ser comprensivos y humildes, es motivo a veces de que los demás se aprovechen de los que son buenos, los desprecien o los maltraten.

Ante esta situación podemos caer en la tentación de dejar de ser buenos y preocuparnos sólo por nuestros intereses.  Si cedemos a esta tentación de cansancio, traicionaremos nuestra vocación de cristianos, no seremos fieles al mandato de Cristo, a lo que Él nos ha enseñado con su propio ejemplo para que sigamos sus pasos.

Ciertamente que no tenemos que soportar las injusticias pero hemos de aprender a confiar más en la justicia de Dios que en la justicia de los hombres.  Somos cristianos, luego vivamos como Cristo vivió.

El evangelio de San Juan, nos presentaba a Cristo como el Buen Pastor.  Jesús es la puerta para que nosotros podamos alcanzar la salvación y llegar a Dios Padre.  Jesús denuncia a todos esos falsos mesías y pastores que sólo buscan su interés personal; que sólo se acercan a los fieles para aprovecharse de ellos, para sacar de ellos algún beneficio propio.  

Hoy encontramos en nuestro mundo muchos falsos líderes, muchos falsos fundadores de religiones y de sectas, muchos líderes políticos que lo único que buscan es enriquecerse a costa de los pobres a los que engañan.  Jesús no busca su interés personal, busca el interés de cada uno de nosotros.

Jesús no se aprovecha de nosotros, Jesús no nos quita sino que nos da; Él nos comunica su vida.  Los líderes que se aprovechan de los pobres hay que rechazarlos, porque sólo pueden ser ladrones y bandidos.  Ningún seguidor de Jesús debe seguir a esos falsos líderes.

Sin embargo, muchas veces hemos abandonado este rebaño que es la Iglesia y hemos ido detrás de líderes que buscaban su interés y no nuestra felicidad.  Hemos ido detrás de la publicidad, de la moda, de lo que se lleva; hemos ido detrás de líderes que nos han sacado la sangre y nos han dejado vacíos.  Hemos abandonado a nuestro Pastor, hemos dejado de reconocer su voz, pero Jesús, el Buen Pastor, no nos abandona nunca.

En este día del Buen Pastor, se nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a evangelizar, pero de un modo especial hoy debemos tener presentes a las vocaciones sacerdotales, a todos los hombres que han consagrado su vida a Dios.  

Os invito a pedir a Dios para que continúe habiendo vocaciones en su Iglesia, que el Señor siga enviando las vocaciones que Él considere necesarias para este mundo.

lunes, 20 de abril de 2020

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo. 

La 1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro predicando con valentía el núcleo del mensaje cristiano: Dios resucitó a Jesús y no permitió que la muerte lo derrotase. 

Algunos cristianos de hoy padecen un cierto “complejo de inferioridad” respecto a otros grupos o ideologías que les parece más atractivas o llamativas.  Sentimos miedo, a veces, de ser reconocidos como cristianos. 

No debemos olvidar que Cristo ha resucitado y esto prueba que nuestra vida la tenemos que emplear al servicio del Plan de Dios, entregándonos a los necesitados.  Hacer de nuestra vida una entrega a Dios y a los hermanos, no conduce a una vida fracasada sino a la resurrección, a vivir una vida plena.  Por ello, cuando nos sintamos desilusionados, decepcionados, fracasados, derrotados, criticados, porque empleamos nuestra vida en servir a Dios y al prójimo, recordemos que sólo así tiene sentido nuestra vida: dándonos a Dios y al prójimo.

Una vida que se hace don nunca es un fracaso; una vida vivida de forma egoísta y autosuficiente, al margen de Dios y de los demás, es la que es un fracaso, pues no lleva a una vida plena.

La 2ª lectura de San Pedro, nos habla de cuánto nos ama Dios que envió a su Hijo al mundo para salvarnos.

Ante ese amor de Dios, nuestra respuesta debe ser: obedecer a Dios, entregarnos incondicionalmente en las manos de Dios, adherirnos a sus planes, valores y proyectos.

El mundo en el que vivimos se potencia más el egoísmo y la autosuficiencia que el amor y la entrega. Los hombres de nuestro tiempo viven, de forma general, pensando en sí mismos, en sus pequeños intereses personales y buscando la realización inmediata de sus sueños, deseos y prioridades.
Nosotros los creyentes, por nuestra parte, estamos invitados a vivir y a anunciar el estilo de Dios, que es el del amor y de la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

El evangelio de san Lucas nos ha relatado el episodio de los discípulos de Emaús.  Dos discípulos de la primera comunidad cristiana, decepcionados y tristes por lo que ha ocurrido, recobran la alegría y la esperanza. 

Los discípulos de Emaús son la expresión de tantos cristianos de hoy y de siempre que están desilusionados, desengañados.  

Nos decepcionan los políticos y la sociedad, nos decepciona la familia, nos cansa el trabajo; ¡cuántas promesas que no han madurado en nuestras vidas, cuántos fracasos, cuántos planes que se han ido abajo, cuántas ilusiones perdidas!, y nos preguntamos para qué vivir.  ¿Qué sentido tiene todo? ¿Merece la pena luchar por un ideal?  ¿Es que en la vida no hay nada más que esta rutina de cada día?  Preguntas que de vez en cuando nos hacemos. 

En la historia de la fe de las personas y de los grupos, muchas veces chocamos con las dudas.  No nos explicamos muchas cosas. Quizás un día nos encontramos con Cristo en nuestra vida y eso significó para nosotros descubrir a alguien que era poderoso en obras y palabras y de quien esperábamos que nos resolviera todos o al menos algunos de nuestros problemas.  Y sin embargo, a veces hemos llegado a decir: “Si Dios existiera mi hijo no habría muerto”.  

Buscamos a Jesús muy ilusionados, llenos de entusiasmo.  Pero nuestra fragilidad hace que a veces nos decepcionemos y emprendamos el camino de vuelta, volvamos al lugar de donde habíamos salido, y termina nuestra búsqueda.

¿Cómo podemos experimentar los creyentes de hoy esa presencia de Jesús resucitado? El relato de Emaús nos da 3 pistas para saber descubrir la presencia real de Cristo resucitado en medio de nosotros: En la Palabra: El discípulo de Cristo debe desear escuchar la Palabra de Dios, esa palabra que va a guiar nuestra existencia, alimentar nuestra fe y eliminar las   indecisiones del corazón. En la Eucaristía: Jesús resucitado se encuentra en la Eucaristía.  Los dos de Emaús “contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan”. La Eucaristía dominical es como el motor de nuestra fe para vivir con entusiasmo toda la semana. En la Comunidad: los dos decepcionados regresaron a la comunidad.  Cristo nos dice: “Cuando dos o más se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”.


Ésta ha de ser nuestra tarea. Nosotros, como los de Emaús, encontramos a Cristo, escuchamos su Palabra y partimos el pan. Después de recibir sus enseñanzas y su alimento, hemos de salir entusiasmados, tratando de dar testimonio de lo que hemos visto y oído. Son muchos los que esperan un poquito de nuestra luz.