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lunes, 17 de agosto de 2020

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de hoy son una invitación a confesar nuestra fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al mayordomo Sebná que abusa del poder que tiene y por eso Dios lo destituye de su cargo por haber usado su cargo en beneficio propio, y no como un servicio en favor de los demás.

Esta primera lectura nos invita a reflexionar sobre el sentido del poder.  El poder es un servicio a la comunidad.  Quien ejerce el poder, debe hacerlo con cuidado, con bondad, con compresión, con tolerancia, con misericordia y pensando siempre en los demás.  La autoridad no es cuestión de poder sino de servir a todos.  El que tiene el poder no puede usarlo para satisfacer sus intereses personales.

Sebná ejercía el poder, asociado a la corrupción, al aprovechamiento del servicio de la autoridad para fines egoístas e intereses personales. Y Dios nos dice que el ejercicio del poder sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del bien común.  El ejercicio de un cargo público no es para buscar intereses personales sino para ejercerlo en beneficio del bien común.

Por desgracia los abusos de poder de algunos gobernantes no han cambiado desde entonces.  Muchos utilizan el poder para su propia ambición, o por delirios de grandeza, negocios sucios, éxito del partido o como tapadera de sus propios intereses.

Nosotros como creyentes tenemos que estar dispuestos a poner fin a estas situaciones, no viviendo de forma superficial sino viviendo desde el Evangelio, aunque ello a veces nos complique la vida.  Puede ser que eso no cambie mucho las cosas, pero al menos no nos sentiremos cómplices de la injusticia.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos en una invitación a contemplar la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios.  Nosotros, tenemos que reconocer nuestra incapacidad de entender los proyectos de Dios, porque Dios, en su infinita sabiduría, nos sobrepasa completamente.

El verdadero creyente no es aquel que “sabe” todo sobre Dios, que cree conocerlo perfectamente y dominarlo; sino que es aquel que con honestidad y verdad reconoce su pequeñez y se pone confiadamente en las manos de Dios y con asombro y admiración adora y alaba a Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a Jesús preguntado: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

En la vida de cada día decimos que hay preguntas y preguntas: Preguntas habituales: ¿qué día hace hoy? Preguntas maliciosas: ¿es verdad aquello que me dijeron de ti? Preguntas sin importancia: ¿te gusta el fútbol? Preguntas molestas… Y preguntas importantes: ¿Y después de la muerte? ¿De qué te sirve ganarlo todo si pierdes tu alma? ¿Para qué sirve la fe?

Las respuestas a ciertas preguntas se aprenden en la vida, la familia, en la escuela y hay respuestas que sólo Dios nos enseña.

Y hay respuestas que sólo yo puedo dar. No sirve yo opino como el otro, yo digo lo mismo que dice la Biblia,… dice el párroco,…dice la iglesia… Llega un momento en la vida en que nuestra respuesta tiene que ser personal, tiene que salir del corazón y brotar del amor.

Hoy, Jesús te pregunta a ti: ¿Y para ti, quién soy yo?

Nosotros podríamos responderle a Jesús diciendo: “tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el Salvador, la vida, el camino, la verdad, etc.”  Hasta un loro amaestrado podría repetir esa letanía de títulos.

La respuesta a esta pregunta no es nada fácil porque la verdad de nuestra respuesta se verifica en la vida y no en las palabras.

Cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que nosotros somos. Y proyectamos en Él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Y casi sin darnos cuenta, lo empequeñecemos y desfiguramos incluso cuando tratamos de exaltarlo.

Pero Jesús sigue vivo. Los cristianos no lo hemos podido disecar. No permite que lo disfracemos. No se deja etiquetar ni reducir a unos ritos, unas fórmulas, unas costumbres.

Jesús siempre desconcierta a quien se acerca a Él con una postura abierta y sincera. Siempre es distinto de lo que esperábamos. Siempre abre nuevas brechas en nuestra vida, rompe nuestros esquemas y nos empuja a una vida nueva.

Cuanto más se le conoce, más sabe uno que todavía está empezando a descubrirlo. Seguir a Jesús es avanzar siempre, no establecerse nunca, crear, construir, crecer.

A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a Él. Sólo hay un camino para ahondar en su misterio: seguirlo.

lunes, 10 de agosto de 2020

 

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la universalidad de la salvación que se ofrece a todas las personas y a todos los pueblos.  Dios quiere que todos los hombres se salven.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación por ser de una familia concreta, de una lengua, de una nación o de una raza.  Para Dios la salvación es universal: para todos los hombres y para todos los pueblos.

Tengamos nosotros también esta visión universalista para acoger a todos los seres humanos, vengan de donde vengan, tengan la cultura que tengan, sean de la raza que sean.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, han rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo no decía hoy: “Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, es decir, no judía, que pide ayuda a Jesús para su hija.

Puede sorprendernos hoy la actitud de Jesús en el evangelio.  En un primer momento, Jesús muestra indiferencia y permanece callado ante la angustia de esta mujer.  Luego le dice a la mujer: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.  Cualquier persona ante esta actitud pasiva de Jesús se hubiera desistido de seguir suplicando.  Sin embargo ella siguió confiando.

Hay dos rasgos en la mujer cananea que es importante destacar: la solidez de su fe. La fe de esta mujer está fundamentada en la total confianza en Jesús, a quien reconoce como Mesías, de ahí que Jesús le diga: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.

En segundo lugar hay que reconocer su constancia en la oración. ¡Qué bueno es orar!  Hoy también, para nosotros en necesario orar.  En medio de nuestras ocupaciones y de nuestras prisas, entre el ruido y el desasosiego, por encima de los compromisos sociales, en la casa o en la iglesia, ¡qué bueno encontrar tiempo para rezar!

¿Cómo podríamos vivir si no encontramos momentos para hablar con las demás personas, con nuestros amigos y familiares?

¿Qué pasaría con unos novios que nunca hablasen entre ellos? ¿Podríamos decir que existe amor entre un matrimonio en el cual los esposos no tuvieran nada que decirse? ¿Pueden ser amigos unas personas que no se hablan?  ¿Qué pensaríamos de unos padres que no hablasen con sus hijos?  Si el hombre no habla con aquellos que lo rodean y, sobre todo, con aquellos con los que comparte su vida, es que está perdiendo una de sus más preciosas facultades y está fabricándose un mundo de soledad y de angustia. Cuando falla el hablar entre los novios, o el matrimonio, o los amigos, o los hijos, es que se está acabando el amor y la amistad.

Pues así es lo que le pasa a un cristiano con Dios, un Dios personal con el que se comparte la vida, con todas sus ilusiones y sus decepciones, un Dios con el que se habla, con el que se cuenta, a quien se pide, como la Cananea, y a quien se agradece.

Dios y el cristiano son dos amigos que comparten la vida, que van juntos siempre.  Y esto no se puede hacer sin orar.  Es inconcebible una auténtica relación con Dios vivida en el silencio que supone la ausencia de oración.

Pidámosle al Señor que fortalezca nuestra fe y que esa fe alimente nuestra oración confiada al Señor, a imitación de la mujer cananea.

lunes, 3 de agosto de 2020

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos hablan de un Dios que se revela cercano al hombre, de un Dios que nos quita nuestros temores y nuestros miedos.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios.

En nuestro mundo actual hay demasiado ruido; demasiados gritos; las armas no están calladas.  Intentar encontrarse con Dios en medio de este estilo de vida que vivimos es a veces muy difícil. Todos los seres humanos queremos buscar a Dios y encontrarnos con Él, pero a Dios no lo vamos a encontrar en la violencia, el ruido, en la guerra, en la prisa con la que vamos siempre viviendo nuestra vida.

Si queremos encontrarnos con Dios, es necesario hacer silencio en nuestra vida para reflexionar y orar.  Es en la serenidad y tranquilidad donde vamos a sentir el suave murmullo de Dios, donde vamos a sentir la caricia de Dios y donde vamos a encontrar paz.

Cuando estemos angustiados, cuando pasemos por momentos de sufrimientos, en nuestras dudas, no nos cansemos nunca de buscar a Dios, pero busquemos a Dios con sencillez, con humildad y Él se hará presente en nuestra vida, no de una manera espectacular sino de una manera sencilla como lo hizo con el profeta Elías.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos manifestaba la gran pena que san Pablo sentía por su pueblo, ya que, habiendo sido elegido el pueblo judío como el nuevo pueblo de Dios, no aceptaron a Jesús como su Mesías y Salvador.

Esta lectura es una gran advertencia para nosotros.  A nosotros se nos ha ofrecido el conocimiento de Dios, se nos ha ofrecido la fe, la Buena Noticia de la Salvación.  ¿Cuál es nuestra aptitud? ¿Aceptamos a Cristo en nuestra vida o dudamos de Él y su mensaje o nos es indiferente? 

Como dice san Pablo, si nosotros, que somos cristianos de toda la vida y se nos ha ofrecido el mensaje de salvación de Dios, no lo aceptamos y no vivimos coherentemente con nuestra fe, la salvación será ofrecida a otros que quizás aún no conocen a Dios pero que sí quieren recibir los beneficios de esa salvación que Dios nos ofrece.

Si hemos sigo elegidos por Dios, hagamos vida nuestra fe.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús le dice a sus apóstoles: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.  Los discípulos tienen miedo.  El miedo forma parte de la vida del hombre, porque toda la vida humana está llena de incertidumbres, inseguridades, riesgos, etc. 

El miedo es un mal compañero de viaje, que impide ver las cosas claras y no deja hacer nada o incluso hace ver fantasmas por todas partes.

Jesús nos anima para que no tengamos miedo, para que sigamos unidos en la barca, y para que no nos sintamos nunca derrotados. El que tiene miedo, el que se siente derrotado, no hace nada y además ve cómo los problemas se agigantan. El miedo no deja ver la realidad y mucho menos hacer algo.

Por lo tanto, el “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”, pertenece al mensaje esencial de Jesús.  Es la perenne promesa que fue realidad aquella noche para los discípulos en la barca, y quiere ser realidad para nosotros, nos hallemos en la situación que sea.

Tanto la Iglesia, como nosotros, andamos seguros cuando fijamos la mirada en Jesús; pero cuando nos fijamos, sólo, en nosotros mismos, a la más ligera ventisca, temblamos de miedo.

Jesús nos dice: “Ven”, nos llama a seguirlo, a vencer con Él las dificultades, los miedos, la falta de fe.

Jesús le dice a Pedro: “hombre de poca fe, ¿Por qué has dudado?”  Jesús nos invita a enfrentar con valentía las tempestades de esta vida y que lo hagamos con fe. 

La fe no es seguridad para el cristiano; no es una garantía para los riesgos; no nos abre un camino de facilidad; no nos dispensa del duro oficio de ser hombre; no me facilita el camino; no es una escapatoria de las dificultades de la vida.

La fe me permite caminar en la oscuridad, en medio de las dificultades; la fe da sentido a nuestras vidas.  Cuando tenemos fe, esa barca que es la Iglesia no se hunde.  Cuando tenemos poca fe, tenemos que gritar: “¡Señor sálvame!” y entonces Jesús nos da su mano y nos dice ven.

lunes, 27 de julio de 2020


XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos hacen ver que no estamos nunca solos porque Dios, como un buen Padre siempre está pendiente de nosotros saciando nuestros deseos de felicidad y de realización personal.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace tomar conciencia de que gastamos mucho tiempo y muchas energías en lo que realmente no nos llena ni nos da la felicidad.

Vivimos en una sociedad de la abundancia, donde constantemente se nos invita a consumir por consumir y no nos preocupamos de las verdaderas necesidades del ser humano.  Muchas veces compramos cosas, no porque las necesitemos, sino para presumir que tenemos tal posición social.  Nos dejamos influenciar por la publicidad, que nos invita constantemente al consumismo, haciéndonos creer que ahí está la felicidad en tener muchas cosas y en ser diferentes a los demás, para que los demás nos admiren.  La publicidad explota la necesidad que tenemos de ser felices y de ser importantes para los demás.  Por desgracia la felicidad no se puede comprar a un precio tan barato.

Gastamos dinero en bienes que no alimentan nuestra vida, nuestro deseo de felicidad o de realización personal.

¿Cuáles son los bienes que merecen la pena adquirir y que pueden contribuir a nuestra felicidad?  El profeta Isaías nos dice hoy que la felicidad, lo deseos que tenemos los seres humanos de estar bien no se pueden comprar sino que hay que recibirlos gratuitamente como un don, porque son un regalo de Dios.  La verdadera felicidad la vamos a encontrar en Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda, que nada puede apartarnos del amor de Dios.  Cuando creemos esto firmemente, desparecen muchos problemas porque sabemos que en las dificultades, Dios sale a nuestro encuentro para ayudarnos.

Todos tenemos deseos de ser amados, de que alguien nos ame incondicionalmente, porque todos sabemos que el verdadero amor ni se compra ni se vende por dinero.  Ese amor nos lo ha manifestado Dios en la persona de Jesús, que se entregó por nosotros.  A los ojos de Dios cada uno de nosotros tiene un valor infinito y nada nos puede separar de ese amor.  Ciertamente que tendremos que pasar por pruebas, problemas, incluso por la muerte.  Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará triunfar sobre cualquier enemigo que tengamos.  Nada nos puede separar del amor de Dios, excepto el pecado, es decir, nuestra decisión de no querer acoger el amor de Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el relato de la multiplicación de los panes y los pescados.

Este milagro nos invita hoy a nosotros a pensar que el deseo de Jesús es que vivamos en fraternidad con los que sufren y pasan hambre y nos decidamos a compartir lo que tenemos, que convivamos como hermanos, porque vivir en fraternidad y solidaridad es la única manera de seguir a Jesús.

Jesús nos recuerda hoy que no podemos comer, ni vivir tranquilos mientras que junto a nosotros haya hombres y mujeres amenazados de tantas hambres.

No podemos admitir que unos tengan más alimento de lo que pueden consumir, mientras que otros muchos no tienen lo necesario para subsistir.  El problema del hambre en el mundo es consecuencia de una injusta distribución de los bienes, de una mala justicia social.  El hambre en el mundo no se va a resolver recurriendo únicamente a programas de asistencia social, o dando “limosnas”, sino que se necesita un cambio de mentalidad que lleve a los hombres a la lógica del compartir.

La Tierra produce y puede producir mucho más de lo necesario para alimentar a los millones de personas que la habitamos, pero para ello es necesario que aprendamos todos a compartir.  Los bienes que Dios puso a disposición de sus hijos, no pueden ser acaparados por algunos; pertenecen a todos los hombres y deben ser puestos al servicio de todos.

Cuando se comparte, Dios hace el milagro de que haya para todos y aún sobre.  Lo que a unos le sobra, a otros les falta.  Lo que para unos puede ser algo innecesario para otros puede ser algo esencial.  Cuantas personas podrían vivir dignamente como personas con lo que les sobre a muchos otros.

Si te miras por dentro, te darás cuenta de cuántas cosas sobran en tu vida, que no sabes qué hacer con ellas. Cosas que tú mismo ya no consumes e incluso hasta te pueden estorbar y no sabes qué hacer con ellas. No te fijes tanto en tu chequera, ni en los guardarropas que ya están llenos, ni siquiera en la nevera donde hay muchas cosas que se están echando a perder. Es preferible que mires a tu corazón. Porque es ahí donde más abundancia hay en tu vida y la podrías compartir con muchos a los que podrías enriquecer.

Hagamos el milagro de compartir todas esas cosas que nos sobran y que tenemos almacenadas en nuestro corazón y veremos cómo se produce el milagro.

lunes, 20 de julio de 2020

XVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia sobre qué cosas son importantes en nuestra vida, qué valores son los que rigen nuestra existencia.  Para el cristiano, la vida, la tenemos que construir sobre los valores que nos propone Jesús.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presenta al Rey Salomón pidiéndole a Dios una sola cosa: sabiduría.  Salomón no pide bienes personales, tampoco pide poder.  Pide lo que más necesita un gobernante: sabiduría para distinguir el bien del mal y así gobernar rectamente a su pueblo.

Salomón ha preferido los bienes espirituales a los materiales.  Él es un buen ejemplo para todos nosotros que tantas veces pedimos a Dios cosas para nosotros, sin preocuparnos por el bien de los demás.  Cuantas veces le pedimos a Dios bienes materiales y nos olvidamos que los bienes espirituales son más importantes que los materiales.

Esta lectura de hoy, es también una llamada de atención para nuestros gobernantes.  ¡Qué fácil es decir que la autoridad debe fundamentarse en el servicio a los ciudadanos!, pero en la práctica el poder lleva consigo la tentación de ser utilizado para otros fines o para fines personales.  De ahí la famosa frase: “el poder corrompe”.

Servir desde el poder es fundamentalmente comprender y escuchar a las personas.  Ya no puede ser válido ese dicho: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.  Nuestros gobernantes deben también pedirle sabiduría a Dios para tener una verdadera actitud de servicio y que el poder que tienen no sea para la realización de sus propios planes personales, sino para el bien de toda la comunidad, para la realización del bien común.

¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración de cada día?

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda que Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros a cumplir una misión en la vida: imitar a Cristo en su escala de valores, en su estilo de vida.

Desde toda la eternidad, Dios pensó en cada uno de nosotros con amor.  Tenemos que tomar conciencia de ese amor que Dios siente por nosotros.  Dios viene continuamente a nuestro encuentro, nos señala el camino para que tengamos vida plena y verdadera y nos invita a formar parte de su familia.

¿Somos conscientes de cuántos nos ama Dios y que lo único que desea Dios de nosotros es que alcancemos ese cielo que nos tiene preparado para cada uno de nosotros?

El Evangelio de san Mateo nos hablaba hoy del Reino de los Cielos como un tesoro escondido, como una perla muy valiosa que hay que encontrar.

Este mundo nos bombardea con su propaganda, ofreciéndonos mil “tesoros” y “perlas” que nos darían la felicidad.

A todos nos pasa que lo que nos ofrece la felicidad a corto plazo, nos atrae más: el dinero, el éxito, el placer de los sentidos, el prestigio social. Pero resulta que esos son valores externos, no profundos. Perecederos, no eternos. Sería una pena que “invirtiéramos” en unas “acciones” que no nos van a llevar a ninguna parte, sino que se van a devaluar rápidamente. Que buscáramos el aplauso de los hombres cuando, en realidad, el que importa es el aplauso de Dios.

Nosotros tenemos una vida, una vida que necesitamos vivir con plenitud. El mundo nos presenta muchos valores que deslumbran. Muchos valores también que van cambiando según las modas. Vemos a las personas que se mueven entusiasmadas, ahora con esto, ahora con aquello y, a menudo, después, las encontramos desencantadas, desorientadas, como si anduviesen sin norte. La vida necesita un tesoro. Pero muchas veces este tesoro está escondido.

Son muchos los esfuerzos que hacemos para encontrar lo que nos falta: trabajo, dinero, placer, cultura... ¿Hacemos los mismos esfuerzos para conseguir la verdadera dimensión humana: saber por qué y para qué vivimos? Quizá estemos pasando una de las crisis más profundas de la humanidad en toda su historia: tenemos de todo, pero carecemos de lo esencial.

Todas las demás cosas que puedan interesarnos que no sean el Reino de los Cielos, no valen la pena. Por más importantes que parezcan, por más lícitas que sea.  Busquemos lo que verdaderamente vale, es decir: el Reino de los Cielos y tendremos, como Salomón, eso... y mucho más.

lunes, 13 de julio de 2020


XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a descubrir al Dios paciente y lleno de misericordia.

La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, nos habla de un Dios que a pesar de ser omnipotente, es indulgente y misericordioso para con todos y que nos invita a ser “humanos”, es decir a tener un corazón misericordioso como el corazón de Dios.

Esta lectura, manifiesta el modo tan distinto de actuar Dios al de los hombres.  Dios es creador de todo y no quiere destruir lo que ha creado por amor.  Ni siquiera quiere destruir al hombre injusto y malvado.  Dios espera la conversión de las personas.

El modo de demostrar Dios su poder, al contrario de la mayoría de los poderosos, es el perdón.  La tiranía y el dominio sobre los demás no caben en los creyentes.  Nosotros tenemos que actuar como lo hace Dios: confiando y creyendo en la capacidad de los seres humanos para cambiar.

Dios no considera el pecado como algo definitivo, nuestro alejamiento de Él como algo definitivo.  Dios mantiene su confianza en que cambiemos, en nuestra conversión.  Dios nos invita a confiar y a creer en el hombre.

La gran diferencia entre Dios y nosotros es que Dios ejerce su poder y su fuerza para perdonar y salvar, y nosotros solemos utilizar el poder para condenar y castigar.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que como consecuencia de nuestras limitaciones, a veces, no sabemos lo que nos conviene, no sabemos qué opción elegir, por eso nos recuerda san Pablo que contamos con la ayuda del Espíritu Santo.

Cuantas veces decimos: “no sé rezar”, o “no sé qué decir”, o “me pongo a rezar y no me sale nada”.  Como seres humanos, ante Dios, siempre hemos de sentirnos necesitados de su ayuda.  Y es precisamente el Espíritu Santo el que viene en ayuda de cada uno de nosotros y reza en nosotros y por medio de nosotros.

La oración cristiana, la espiritualidad cristiana, no es un trabajo que realicemos por nosotros mismos o por nuestros propios medios, sino que es obra del Espíritu Santo al cual debemos dejarlo actuar en nuestra vida.

El evangelio de san Mateo nos decía que, al lado del buen trigo, apareció la cizaña.  En nuestras vidas hay esta mezcla: de trigo y cizaña. 

Cuando amamos a una persona, tendemos a verle sólo cosas buenas.  Cuando alguien no nos cae bien, sólo le vemos cosas malas.  Jesús quiere ayudarnos a descubrir el bien y el mal que hay en todos, en los grupos, en la Iglesia, en nosotros mismos, en cada uno de nosotros.

A veces, si nos fijamos bien, veremos que hay mucho más de bueno que de malo.  Claro que lo malo se siente mucho más, es noticia, sale en los diarios, nos hace daño.  Lo que hay de bueno es normal, se cuenta con ello, no hace falta hablar de ello.  Quizás ya es hora de revisar esta actitud y aprender a ver las cosas buenas que hay en los demás: promover el sentido de la admiración en contra del ya gastado sentido de la crítica.

La tentación que tenemos es querer arrancarlo todo y en seguida. 

La pena de muerte, el terrorismo, la tortura, la violencia, son cosas antievangélicas.  ¡Cuántos ejecutados que después se ha descubierto que eran inocentes!  Además, personas que han tenido un pasado malo, pueden cambiar, pueden convertirse en personas dignas y servir a la humanidad. 

El mensaje del evangelio es que Dios tiene tiempo.  Dios da tiempo para el arrepentimiento.  El mensaje cristiano proclama la tolerancia: “Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”.  La hora de la siega no está en las manos de los hombres, sino en manos de Dios.  El hombre no tiene derecho a anticipar el juicio final.  Eso toca a Dios exclusivamente.

lunes, 6 de julio de 2020


XV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Dios jamás se calla.  No deja de hablar.  La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia de la importancia de la Palabra de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del profeta Isaías compara la palabra de Dios con la lluvia y la nieve, que germinan la tierra. 

La palabra de Dios es fuente de vida y no un simple sonido para comunicar ideas y darnos información.  Hay palabras que han trastornado vidas enteras con su mensaje.  Un libro puede abrir horizontes insospechados y posibilitar nuevos caminos. 

En tiempo de sequía pedimos que llegue la lluvia porque el agua es imprescindible para que haya vida en la tierra.  La Palabra de Dios es como la lluvia, es decir, tiene que producir frutos en nosotros y en nuestro mundo.

Hoy, parece, que los malos, los corruptos, los violentos, son los que triunfan siempre y además parece que no son nunca castigados; mientras que los buenos, los justos, los humildes parece que son humillados.  Pues, bien, la Palabra de Dios no falla. 

La Palabra de Dios nos da esperanza, nos indica el camino que debemos recorrer y nos anima para que transformemos nuestro mundo según los proyectos de Dios y nos lancemos a un compromiso por transformar y renovar el mundo y las injusticias.  Sólo cambiaremos las situaciones injustas cuando nos dejemos guiar por la Palabra de Dios y la pongamos en práctica.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que en el mundo hay guerras, sufrimientos y grandes angustias. La creación entera grita y sufre como una mujer con dolores de parto.

El hombre de hoy se ha dado cuenta que el mundo no es para ser explotado, violentado, utilizado de acuerdo con los criterios del egoísmo.  Pero no sólo debemos preocuparnos por el agotamiento de los recursos naturales del mundo, sino que también hemos de tomar conciencia que la vida es para vivirla de acuerdo a los criterios de Dios.

Sólo cuando tomemos conciencia de que todos somos hermanos en la existencia, podremos liberar a toda la creación del egoísmo y de la explotación en la que el hombre ha convertido este mundo.

El Evangelio de san Mateo, nos propone, ser buena tierra y estar dispuestos a escuchar las propuestas de Jesús.

Muchas veces comprobamos que cuando se lee el Evangelio, o se predica la Palabra, hay personas que no prestan la más mínima atención. Y hay otras que, demostrando muy mala educación y muy poco interés en la Palabra de Dios, se ponen a ver el móvil. Con ese comportamiento nunca podrán asimilar lo que Dios les está diciendo. Están despreciando a Dios y lo que Él dice. Debido a eso, como no escuchan las lecturas, la Palabra no germina en ellos. Al no escucharla, no la entienden y no la ponen en práctica. Así que llega el Maligno con sus tentaciones, no le ponen resistencia y caen en pecado.

Hay otros que sí escuchan la Palabra, incluso la aceptan con alegría, demostrando optimismo mientras están en la iglesia. Pero no son perseverantes. No profundizan en la fe. Su entusiasmo se acaba rápidamente y van perdiendo la poca fe que tenían. También hay los que escuchan la Palabra de Dios pero la ambición, el deseo de adquirir y tener, ahoga la semilla y no da fruto.

¡Cuántos esfuerzos en la evangeliza­ción! ¡Cuánto trabajo pastoral! Y más bien constatamos, cada día, que muchas semillas caen al borde del camino, o en terreno pedregoso, o entre abrojos, y se pierden. Las distracciones, la superficialidad, la inconstancia, el afán de riquezas o de placer, las mil preocupaciones que nos agobian... son hoy las causas que hacen que la semilla no pueda echar raíces y dar fruto. A pesar de todo, siempre hay una pequeña parte de la semilla que cae en tierra buena, siempre hay alguien “que escucha la palabra y la entiende”. Sólo para esos pocos, el trabajo ya ha merecido la pena. Y todavía, el fruto que da en cada uno puede ser muy variado: “ciento y sesenta o treinta por uno”, depende de las circunstancias personales. Pero, por poco que sea, ya ha producido fruto.

Parece como si la semilla chocase con dificultades casi insuperables. Constatamos a esos niños y niñas que hacen su primera comunión o se confirman y ya no se vuelven a venir la Iglesia; a esos papás y padrinos, a esos adolescentes, a esos jóvenes, a esos matrimonios en los cuales un día se sembró la semilla y ya no han vuelto más ni a los grupos ni a la Iglesia.  ¡Cuántas horas de trabajo y de esfuerzo perdidas!  ¿Qué podemos hacer?

Hay que dejarse empapar por Dios, para que nos transforme y cambie esa vida de sequía que viven muchas personas.  Sólo la Palabra de Dios, si la dejamos que empape nuestra vida, puede transformarnos.