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lunes, 21 de septiembre de 2020

 XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a comprometernos seria y coherentemente con Dios, un Dios que quiere construir un mundo nuevo de justicia y de paz para todos.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos hacer ver que cada uno es responsable de lo que hace; no vale echarle la culpa a los demás, ni a Dios de nuestros actos. 

Las personas nunca quieren echarse la culpa de nada de lo que ocurre.  Hay personas que no tienen lo más mínimo para vivir dignamente.  La culpa es de la economía internacional.  Hay situaciones de violencia y de injusticia.  La culpa es del gobierno que no cumple las leyes ni pone suficientes policías.

Esta manera de pensar hace que siempre encontremos una excusa a los males presentes ya que pensamos que son otros los que los causan.  Es cierto que somos solidarios en los pecados sociales y comunitarios, pero Dios juzgará a cada uno según su personal responsabilidad y conducta.  Por eso el profeta Ezequiel levantó su voz para decir que cada uno es responsable de lo que hace sea para bien o para mal. 

Ciertamente que a veces, la familia o las circunstancias en las que vivimos pueden influirnos a la hora de hacer el bien o el mal, pero siempre tendremos la oportunidad de cambiar. No debemos decir que no podemos cambiar porque venimos de una familia desintegrada o vivimos en una colonia de gente de mal vivir.  No podemos decir que porque mis padres son ladrones yo también tengo que serlo y así justificarnos para no cambiar y dejarlo que todo siga igual.  

Es cada persona quien dará cuentas al Señor de su conducta.  Y no se vale echarle la culpa a los papás, o a la sociedad en la que vivimos.  Tenemos que ver cuál es nuestra responsabilidad en tantos males como hay en la sociedad y no echarles siempre la culpa a los demás de lo que ocurre o de lo que soy. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos decía: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”. 

A menudo nos hallamos en situaciones, con problemas, que no sabemos cómo resolver.  Ante una situación personal, familiar, de trabajo, etc., de problemas, ¿qué hacer?  Tenemos que procurar vivir los problemas con “los sentimientos propios de una vida en Cristo-Jesús”. 

San Pablo nos invita a tener un mismo amor, un mismo sentir, a tener entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo, sentimientos como la humildad, la entrega, el servicio.  Hay que tener buenos sentimientos, buenos pensamientos para que nuestro actuar sea correcto. 

El evangelio de san Mateo nos presenta a través de esta parábola, el tema de la obediencia y la desobediencia. 

A veces, decimos que sí y después decimos que no; otras veces llegamos a decir no, y al final de cuentas resulta que sí; o decimos que sí, pero suena más bien a quién sabe; o decimos que no, por temor al compromiso aunque sabemos que deberíamos decir que sí. 

Jesús no quiere ambigüedades, Él nos exige una clara y contundente decisión frente al Reino de Dios, una determinación que no puede quedarse en palabras bonitas pero huecas, sino que se tiene que traducir en hechos concretos.  No podemos decirle a Dios sí y luego actuar como nos dé la gana.  No podemos hacerle un juramento a Dios o comprometernos con Él y que nuestras palabras estén huecas y sin compromiso. 

Con que facilidad, a veces, decimos que sí, pero ese sí no implica ningún compromiso.  Nos decimos cristianos pero después no vivimos los valores del Reino de Dios, o nos mostramos intransigentes con el prójimo, o rechazamos el perdón y no dudamos en herir, en humillar y en despreciar a nuestro prójimo. 

Aun confesándonos católicos, vivimos de hecho alejados de la fe, abandonando las prácticas religiosas, mintiendo y cometiendo injusticias y perdiendo progresivamente la propia identidad de creyentes, con graves consecuencias morales, espirituales y sociales. Hay bastantes cristianos que terminan por instalarse cómodamente en una fe aparente, sin que su vida se vea afectada en lo más mínimo por su relación con Dios. 

Nuestra respuesta al amor de Dios nos debe llevar a un sí, sostenido y constante, que nos permita soñar metas que siempre habíamos creído inalcanzables y construir una nueva sociedad. 

No podemos ser cristianos de un día a la semana. Cristianos de una hora de misa y luego que viva la vida, sino cristianos de las 24 horas del día y de todos los días de la semana. No podemos ser cristianos que hoy le decimos que sí a Dios y mañana le decimos no. El gran problema de nosotros los creyentes es nuestra separación entre Iglesia y mundo, Domingo y semana, fe y vida. No se puede ser cristianos de luz intermitente ni semáforo que constantemente está cambiado de luz. 

Ante Dios las palabras no sirven. No son las palabras que llegan a Dios sino las disposiciones del corazón y de la vida.

lunes, 14 de septiembre de 2020

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a descubrir a un Dios que no actúa conforme a las leyes humanas. Su Justicia tiene poco que ver con nuestra justicia. 


La 1ª lectura del profeta Isaías nos recuerda que debemos buscar al Señor y seguir sus caminos; hay que dejar que Él sea el que guíe nuestra vida y no seguir los caminos desatinados de los hombres.


Si le preguntamos a la gente si creen en Dios, seguramente la mayoría nos diría que sí, pero ¿creemos en el Dios verdadero?  ¿No tenemos otros dioses a los cuales estamos sometidos y a los que les dedicamos más tiempo y más energías que al Dios verdadero?


Nuestra cultura actual, quiere prescindir de Dios.  Cree que el hombre es el único señor de su destino y que cada persona tiene derecho a construir su felicidad al margen de Dios y sus valores, considera que los antivalores del mundo pueden llegar a ser mejores que los valores de Dios.


Por eso el profeta Isaías nos invita a buscar a Dios, a volvernos a Él.  Es decir, a reorganizar nuestra vida, de modo que Dios sea el centro de nuestra existencia, que Dios ocupe siempre en nuestra vida el primer lugar.


Hay que aprovechar las ocasiones, no podemos dejar que pasen las oportunidades que la vida nos brinda para buscar a Dios. 


La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos muestra el dilema en el que se encuentra san Pablo; no sabe qué elegir si el bien de su muerte para unirse a Cristo para siempre, o seguir viviendo para ejercer su misión de servicio a la comunidad.  


Cada uno de nosotros tenemos una misión en el mundo y no podemos huir, renunciar o abandonar la tarea que Dios nos ha encomendado, hasta que esa tarea la llevemos hasta el final, aunque encontremos dificultades a la hora de cumplir con nuestra misión.  


Como cristianos debemos saber que el trabajo que realicemos por y para el Señor no será inútil a pesar de las contrariedades que podamos tener.  Hay que seguir adelante con ánimo, confiando en la ayuda del Señor y la presencia del Espíritu Santo.


El Evangelio de san Mateo nos decía hoy que todos somos invitados a trabajar en la viña del Señor y no hay trabajadores de primera o de segunda clase.


Jesús pregunta en el evangelio: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”  Hoy, nos preguntaría: “¿Por qué hay tantos cristianos pasivos que sólo reciben pero que no dan nada ni de sí mismos, ni de su tiempo, ni de su esfuerzo por el Reino de Dios?”


Hay muchas personas que piensan que en la Iglesia todo lo han de hacer los sacerdotes, las monjas y los catequistas.  Cómo cuesta convencer a la mayoría de los cristianos que todos debemos trabajar por el Reino de Dios, que también vosotros tenéis voz y podéis decir algo en la Iglesia.  No basta el capitán del barco, también se necesita el resto de marineros.


No basta una Iglesia o una parroquia con su párroco, si luego todos las demás personas, todo el pueblo de Dios permanece pasivo, sin comprometerse, sin hacer nada por su Iglesia.   San Pablo ya decía que somos muchos miembros, todos necesarios, y que por eso mismo la cabeza no puede decir a los pies no os necesito porque una cabeza sin pies o sin manos podrá tener grandes ideas, pero no podrá caminar ni podrá hacer cosas. 


La parábola del evangelio de hoy cuestiona a todos los cristianos sobre su responsabilidad de trabajar en la viña del Señor.


Durante mucho tiempo, hay que reconocerlo, no se contaba en la Iglesia con los laicos, pero a partir del Concilio Vaticano II, los fieles laicos ya no son cristianos menores de edad.  Ahora la Iglesia os llama a vosotros, os invita, quiere contar con todos vostros, tanto en la sociedad como en la Iglesia. 


Dios nos llama a todos a trabajar en la construcción de su Reino, y a todos nos promete “recompensarnos” con la vida eterna y la felicidad de sabernos Hijos de Dios. Este llamado, Dios lo hace desde un principio a todos nosotros. La parábola es una invitación a responderle al Señor que nos invita a trabajar en su viña, para poder así recibir nuestra paga, que es la felicidad en este mundo y la vida eterna.

Unos reciben la invitación siendo niños, los llamados a primera hora; otros en su adolescencia, a media mañana; hay quien oyó la llamada de Dios en la madurez, a medio día; otros escuchan la voz en la tercera edad, a media tarde; y también quien va a la viña en sus últimos años, al caer la tarde.  Cada cual tiene su tiempo y su momento. 


No olviden lo que nos dice el Evangelio hoy: también vosotros estáis invitados a trabajar en la viña del Señor, aunque sea al mediodía o media tarde.


lunes, 7 de septiembre de 2020

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de hoy nos habla del perdón.  Dios mismo nos demuestra su amor perdonando. Si vivimos superando rencores y ofensas y derramando perdón, nos parecemos a Dios.

 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico no dice que el rencor y el odio son sentimientos malos que no nos ayudan a alcanzar la felicidad y la realización como personas.
 
Con que facilidad el enfado y el mal humor ante una ofensa, ante una acción injusta, ante quien nos hiere de alguna forma.  A veces nos enfurecemos por cosas insignificantes, como con el conductor del coche que nos adelantó.  Cuanto enfado y rencor se aculan en las carreteras, en las calles.  Cuantos insultos decimos, a veces calladamente, a lo largo del día.
 
Cuantos enfados hay en el hogar.  Convertimos en un infierno lo que tiene que ser un lugar de descanso.  Cuanto mal humor reprimimos con una sonrisa falsa, para luego amargar la vida a los familiares y amigos.
 
“Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo… y pasa por alto la ofensa”, nos decía hoy la primera lectura.
 
Tenemos que tomar la vida con sentido del humor, tomar a risa eso que nos altera los nervios.  Si lo hacemos, entonces, seremos más felices y haremos más felices a los demás.  Perdona la ofensa al prójimo, y se te perdonarán tus pecados. En caso contrario no esperemos que Dios nos perdone. Por eso Dios cierra las puertas de su perdón al que se niega a perdonar a los demás.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos dice que “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”.  El cristiano, tanto en la vida como en la muerte, pertenece al Señor resucitado que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida.
 
Jesús es el Señor de vivos y muertos.  Si somos cristianos, tenemos que orientar toda nuestra vida hacia Dios y orientar nuestra vida hacia Dios significa que tenemos que vivir al estilo de Jesús, es decir, hay que amar al prójimo y vivir para el Señor, y esto no se puede separar.  Quien vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo porque en la vida y en la muerte somos del Señor.
 
El Evangelio de san Mateo nos habla de un Dios lleno de bondad y de misericordia que derrama sobre sus hijos, de forma total, ilimitada y absoluta, su perdón.
 
Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Las graves matanzas que estamos sufriendo, los terribles asesinatos y los horrendos crímenes, no se pueden entender de personas con sentimientos humanos, muchos menos cristianos. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón, se nubla la razón, se endurecen nuestras entrañas y se comenten los más atroces actos.
 
¿Qué pasa en el corazón de una persona para actuar de esa manera? El odio y el rencor no sólo hacen daño a los otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos.  Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo.
 
Y no sólo pensemos en el plano meramente individual; el odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la humanidad están presenten también en el corazón del sistema social vigente. Hay pueblos, naciones enteras, que se mueven por sentimientos de odios y revanchas.
 
La mejor manera de decir que somos discípulos de Jesús es perdonando, o dicho de otra manera, amando a los enemigos.  Amar a los que nos aman y nos tratan con consideración no tiene ninguna dificultad; pero amar a quien juzgamos que nos ha ofendido, requiere un heroísmo grande y una grandeza de corazón. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a actuar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente.
 
Sólo quien se sabe amado por Dios es capaz de amar gratuitamente a los demás, y sólo quien ha experimentado la grandeza del perdón de Dios, será capaz de superar las ofensas y dar de corazón el perdón. Es tratar a los demás como Dios nos ha tratado a nosotros.
 
El ejemplo de Jesús es por demás evidente: hemos recibido miles de regalos de Dios, la vida, la salud, la familia, el tiempo… y somos malagradecidos ofendiéndolo con nuestros pecados. Recibimos su perdón, solamente porque nos ama. Pero por el contrario, nos sentimos muy indignados cuando un hermano no nos ha ofrecido el saludo, no ha respetado nuestro derecho o nos ha faltado en alguna cuestión. No hay proporción entre el amor que Dios nos otorga y el perdón que debemos ofrecer.
 
Sólo experimentando el amor que Dios nos tiene, seremos capaces de superar nuestros deseos de venganzas.

lunes, 31 de agosto de 2020

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este Domingo nos presentan una faceta importante, aunque muy delicada, del amor al prójimo. Se trata de la corrección fraterna; es decir, de cómo corregir a los demás de acuerdo a las instrucciones que nos da Jesús en el Evangelio.
 
La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.
 
El Señor es muy severo con respecto a personas que, teniendo la obligación de corregir a otros, no lo hacen. Aquéllos que teniendo responsabilidad para con otros, prefieren no corregir a quienes hay la obligación de corregir y dejan pasar las cosas por miedo a ser rechazados, por miedo a perder popularidad, por miedo a ser tachados de intransigentes o por miedo al conflicto, corren el riesgo de ser ellos mismos regañados por Dios por no cumplir su responsabilidad.
 
Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.
 
El creyente no puede ante el mal y el pecado, ante la injusticia y el desprecio de los derechos humanos que tienen su última raíz en Dios, el creyente no es libre de callar sino que sobre él pesa la grave responsabilidad de “reprender” y de no enmudecer.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.
 
Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.
 
Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.
 
En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos dice lo que tenemos que hacer con el hermano pecador.
 
Jesús nos dice hoy “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”…es el camino que Jesús nos señala si queremos ayudar a alguien en sus defectos o pecados, hablar a solas con él. Cuánto bien haríamos si hiciéramos caso a Jesús.
 
Con qué facilidad nuestras conversaciones preferidas son los defectos, lo malo que vemos en los demás. ¡Cómo desperdiciamos horas y horas en nuestra vida en proclamar los defectos de los demás!
 
¡Qué distinto es Jesús de todos nosotros! A nosotros nos encanta airear la vida de los demás. Hoy hay programas de televisión que se dedican a eso, y cómo le gusta esos programas a la gente: sacar los trapitos sucios de los demás.  ¿Será que a nosotros nos gusta el chisme, y el escándalo?
 
Si nos reunimos no hay conversación si no comenzamos a criticar a todo el mundo.
 
Sin embargo, el Evangelio de hoy nos dice todo lo contario. Jesús sabe que podemos fallar, que podemos pecar, pero luego nos dice. “Si tu hermano peca”, no lo lleves a la TV, ni lo lleves al Club de los chismosos, sino que nos dice: “Llámalo y corrígelo a solas.” Que no se enteren los demás. Que su pecado quede entre los dos y que tu amor salve al que ha pecado.
 
Para Jesús mucho más importante que el pecado mismo es la persona. Para Él, la persona, aunque haya pecado, se merece toda nuestra atención, comprensión y amor.  La murmuración y la crítica no sanan a nadie. El amor silencioso puede curar muchas heridas. La murmuración y la crítica, en vez de curar las heridas, las hacen más grandes, mientras que el amor y la comprensión las curan y las cierra.
 
Nadie tiene derecho a murmurar y criticar al otro si antes no lo ha amado, lo ha comprendido y lo ha corregido fraternalmente.
 
Si los que han caído encontrasen alguien que les eche una mano, es posible que hoy estuviesen en pie.  Si los que han pecado encontrasen en su camino alguien que, a pesar de todo, los ama, es posible que hoy fuesen buena gente y hubiesen abandonado el pecado.
Dios es más comprensivo que nosotros que, por lo demás, también somos pecadores. Dios es más comprensivo que nosotros y mucho más respetuoso con la persona y su dignidad. Dios no es de los que airean los pecados de los demás, sino que los perdona y los borra. “Sepultaré tus pecados”, para que nadie los vea ni se entere.

lunes, 24 de agosto de 2020

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A) 

Las lecturas de este domingo nos dicen que a veces es difícil ser cristiano por las incomprensiones que lleva consigo y porque si queremos ser seguidores de Dios al cien por cien, el camino es difícil porque hay que tomar la cruz para seguir a Cristo.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos hace ver que ser profeta no es una vocación fácil, cómoda y tranquila.  La historia de Jeremías, es la historia de todos aquellos a los que Dios llama a ser profetas. Ser profeta significa ser signo de Dios y de sus valores en este mundo y por lo tanto, el profeta tiene que enfrentarse a la injusticia, a la opresión, al pecado y cuestionar los intereses egoístas de los poderosos de este mundo; por eso el camino del profeta es un camino de críticas, calumnias, amenazas y mucho sufrimiento por ser fiel al encargo de Dios.

El que halaga a la gente dice a la gente lo que la gente quiere y les gusta escuchar aunque no sea verdad. Por eso este tipo de personas son bien acogidos y recibidos.  El profeta no puede halagar a un pueblo que se aparta de Dios.

Qué difícil es nadar contra corriente.  De igual forma, es arriesgado predicar lo que la gente no quiere oír, como también es una empresa difícil corregir los comportamientos o costumbres equivocadas de las personas.  Y esta es la misión ingrata, incómoda y llena de amargura del profeta.

Por ello, anunciar la Palabra de Dios, muchas veces, es ocasión de incomodidad hasta de sufrimiento.  Y sin embargo el profeta no puede callarse porque está seducido por Dios y por su proyecto de amor que no se puede silenciar.  Por eso Jeremías decía: “Me sedujiste Señor, y me dejé seducir”.  Que bella declaración de entrega y de fe hecha a un Dios que es amor y que al amor nos invita.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos dice que el culto que Dios quiere es el de nuestra vida, una vida vivida en amor, en servicio, en donación y en entrega a Dios y a los hermanos.

El cristiano es alguien que no pacta con un mundo que se construye al margen o contra los valores de Dios.  Como cristianos no podemos estar de acuerdo con la violencia como medio para resolver los problemas, ni con la mentalidad materialista de conseguir las cosas a cualquier precio, ni con las leyes neoliberales que crean cada vez más pobres, ni con una globalización que favorece a unos pocos y aumenta la miseria.

Por eso, San Pablo, hoy nos dice que nuestra vida ha de ser “limpia y ejemplar”, ajustándonos a lo que agrada a Dios.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos decía: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”. Al que se une a Jesús, Él le promete el descanso y el alivio en sus tareas.

Muchas veces hemos pensado que seguir a Cristo en serio, formar parte de sus seguidores de verdad es algo heroico y difícil; y es verdad, pero no del todo.

El seguir a Jesús así, no es heroico en el sentido de que haya que hacer grandes cosas, o incluso dar la vida por seguirlo, como los mártires.  No es ese el heroísmo que Dios nos pide hoy.  Pero sí es heroico en el sentido de que seguir a Jesús, ser cristiano, significa que en las pequeñas cosas de cada día tenemos que ir cumpliendo nuestro deber como cristianos, tenemos que realizar nuestras tareas cotidianas con responsabilidad y con esfuerzo.  Es decir, tenemos que ir dando poco a poco nuestra vida en esas tareas diarias.  Eso es seguir a Jesús.

Jesús, también nos dice hoy: “Venid a mi todos los que estáis cansados que yo os aliviaré”

Estas palabras de Jesús solemos tenerlas casi olvidadas.  Acudimos a Dios en momentos duros, pero no acudimos a Él para las tareas de cada día, aunque decimos que la vida es dura.  Debemos acudir a Él, no para dejar la tarea en sus manos, porque esa la debemos realizar nosotros, pero sí debemos acudir a Él para pedir apoyo y alegría.

Muchas veces cargamos con la cruz, con la tarea de cada día, pero queremos hacerlo solos; sin la ayuda de Dios ni de nadie.  El cristianismo es un estilo de vida y como tal debemos vivirla con la ayuda de Cristo y en grupo, como Él quiso.

Más de una vez hemos realizado los trabajos, las tareas de cada día entre varios, en grupos, ayudándonos unos a otros. Entonces nos hemos dado cuenta de que parece que el trabajo se multiplica y las tareas se hacen más llevaderas. La tarea se termina antes, y resulta más llevadera para todos.

Es lo que nos dice Jesús en el Evangelio: “Venid a Mí”, uníos los unos a los otros y el trabajo resultará más sencillo y no tan pesado. Uníos, ayudaos en las tareas de cada día en casa, entre vecinos, entre compañeros y la tarea no será tan pesada. Y esto es verdad, porque todos lo hemos experimentado alguna vez.

En esta Celebración de hoy vamos a aceptar esta enseñanza de Jesús, que es fácil de decir, y fácil de escuchar, pero nos cuesta ponerla en práctica.

Pero aunque nos cueste no vamos a dejar de intentarlo.  Tenemos la promesa de Jesús que nos ofrece su ayuda y el alivio en la tarea.

lunes, 17 de agosto de 2020

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de hoy son una invitación a confesar nuestra fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al mayordomo Sebná que abusa del poder que tiene y por eso Dios lo destituye de su cargo por haber usado su cargo en beneficio propio, y no como un servicio en favor de los demás.

Esta primera lectura nos invita a reflexionar sobre el sentido del poder.  El poder es un servicio a la comunidad.  Quien ejerce el poder, debe hacerlo con cuidado, con bondad, con compresión, con tolerancia, con misericordia y pensando siempre en los demás.  La autoridad no es cuestión de poder sino de servir a todos.  El que tiene el poder no puede usarlo para satisfacer sus intereses personales.

Sebná ejercía el poder, asociado a la corrupción, al aprovechamiento del servicio de la autoridad para fines egoístas e intereses personales. Y Dios nos dice que el ejercicio del poder sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del bien común.  El ejercicio de un cargo público no es para buscar intereses personales sino para ejercerlo en beneficio del bien común.

Por desgracia los abusos de poder de algunos gobernantes no han cambiado desde entonces.  Muchos utilizan el poder para su propia ambición, o por delirios de grandeza, negocios sucios, éxito del partido o como tapadera de sus propios intereses.

Nosotros como creyentes tenemos que estar dispuestos a poner fin a estas situaciones, no viviendo de forma superficial sino viviendo desde el Evangelio, aunque ello a veces nos complique la vida.  Puede ser que eso no cambie mucho las cosas, pero al menos no nos sentiremos cómplices de la injusticia.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos en una invitación a contemplar la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios.  Nosotros, tenemos que reconocer nuestra incapacidad de entender los proyectos de Dios, porque Dios, en su infinita sabiduría, nos sobrepasa completamente.

El verdadero creyente no es aquel que “sabe” todo sobre Dios, que cree conocerlo perfectamente y dominarlo; sino que es aquel que con honestidad y verdad reconoce su pequeñez y se pone confiadamente en las manos de Dios y con asombro y admiración adora y alaba a Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a Jesús preguntado: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

En la vida de cada día decimos que hay preguntas y preguntas: Preguntas habituales: ¿qué día hace hoy? Preguntas maliciosas: ¿es verdad aquello que me dijeron de ti? Preguntas sin importancia: ¿te gusta el fútbol? Preguntas molestas… Y preguntas importantes: ¿Y después de la muerte? ¿De qué te sirve ganarlo todo si pierdes tu alma? ¿Para qué sirve la fe?

Las respuestas a ciertas preguntas se aprenden en la vida, la familia, en la escuela y hay respuestas que sólo Dios nos enseña.

Y hay respuestas que sólo yo puedo dar. No sirve yo opino como el otro, yo digo lo mismo que dice la Biblia,… dice el párroco,…dice la iglesia… Llega un momento en la vida en que nuestra respuesta tiene que ser personal, tiene que salir del corazón y brotar del amor.

Hoy, Jesús te pregunta a ti: ¿Y para ti, quién soy yo?

Nosotros podríamos responderle a Jesús diciendo: “tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el Salvador, la vida, el camino, la verdad, etc.”  Hasta un loro amaestrado podría repetir esa letanía de títulos.

La respuesta a esta pregunta no es nada fácil porque la verdad de nuestra respuesta se verifica en la vida y no en las palabras.

Cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que nosotros somos. Y proyectamos en Él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Y casi sin darnos cuenta, lo empequeñecemos y desfiguramos incluso cuando tratamos de exaltarlo.

Pero Jesús sigue vivo. Los cristianos no lo hemos podido disecar. No permite que lo disfracemos. No se deja etiquetar ni reducir a unos ritos, unas fórmulas, unas costumbres.

Jesús siempre desconcierta a quien se acerca a Él con una postura abierta y sincera. Siempre es distinto de lo que esperábamos. Siempre abre nuevas brechas en nuestra vida, rompe nuestros esquemas y nos empuja a una vida nueva.

Cuanto más se le conoce, más sabe uno que todavía está empezando a descubrirlo. Seguir a Jesús es avanzar siempre, no establecerse nunca, crear, construir, crecer.

A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a Él. Sólo hay un camino para ahondar en su misterio: seguirlo.

lunes, 10 de agosto de 2020

 

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la universalidad de la salvación que se ofrece a todas las personas y a todos los pueblos.  Dios quiere que todos los hombres se salven.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación por ser de una familia concreta, de una lengua, de una nación o de una raza.  Para Dios la salvación es universal: para todos los hombres y para todos los pueblos.

Tengamos nosotros también esta visión universalista para acoger a todos los seres humanos, vengan de donde vengan, tengan la cultura que tengan, sean de la raza que sean.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, han rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo no decía hoy: “Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, es decir, no judía, que pide ayuda a Jesús para su hija.

Puede sorprendernos hoy la actitud de Jesús en el evangelio.  En un primer momento, Jesús muestra indiferencia y permanece callado ante la angustia de esta mujer.  Luego le dice a la mujer: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.  Cualquier persona ante esta actitud pasiva de Jesús se hubiera desistido de seguir suplicando.  Sin embargo ella siguió confiando.

Hay dos rasgos en la mujer cananea que es importante destacar: la solidez de su fe. La fe de esta mujer está fundamentada en la total confianza en Jesús, a quien reconoce como Mesías, de ahí que Jesús le diga: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.

En segundo lugar hay que reconocer su constancia en la oración. ¡Qué bueno es orar!  Hoy también, para nosotros en necesario orar.  En medio de nuestras ocupaciones y de nuestras prisas, entre el ruido y el desasosiego, por encima de los compromisos sociales, en la casa o en la iglesia, ¡qué bueno encontrar tiempo para rezar!

¿Cómo podríamos vivir si no encontramos momentos para hablar con las demás personas, con nuestros amigos y familiares?

¿Qué pasaría con unos novios que nunca hablasen entre ellos? ¿Podríamos decir que existe amor entre un matrimonio en el cual los esposos no tuvieran nada que decirse? ¿Pueden ser amigos unas personas que no se hablan?  ¿Qué pensaríamos de unos padres que no hablasen con sus hijos?  Si el hombre no habla con aquellos que lo rodean y, sobre todo, con aquellos con los que comparte su vida, es que está perdiendo una de sus más preciosas facultades y está fabricándose un mundo de soledad y de angustia. Cuando falla el hablar entre los novios, o el matrimonio, o los amigos, o los hijos, es que se está acabando el amor y la amistad.

Pues así es lo que le pasa a un cristiano con Dios, un Dios personal con el que se comparte la vida, con todas sus ilusiones y sus decepciones, un Dios con el que se habla, con el que se cuenta, a quien se pide, como la Cananea, y a quien se agradece.

Dios y el cristiano son dos amigos que comparten la vida, que van juntos siempre.  Y esto no se puede hacer sin orar.  Es inconcebible una auténtica relación con Dios vivida en el silencio que supone la ausencia de oración.

Pidámosle al Señor que fortalezca nuestra fe y que esa fe alimente nuestra oración confiada al Señor, a imitación de la mujer cananea.