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martes, 1 de junio de 2021

 

CORPUS CHRISTI (CICLO B)

Jesucristo vivió en medio de nosotros, murió, resucitó y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre. Pero Jesucristo también permanece en la Hostia Consagrada, en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser alimento de nuestra vida espiritual. Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi. 

El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte. Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido la festividad del Corpus Christi en esta época litúrgica en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés. 

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres… Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse…  Cierto que se ha quedado, como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver. 

En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la Hostia Consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la Hostia Consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser.

Todos los hombres hemos sido alimentados durante nueve meses en el seno de nuestra madre, con su propio cuerpo y con su propia sangre. De una manera semejante, Cristo nos alimenta con su propia carne y su propia sangre. Y nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la gracia que recibimos en el Bautismo.

Jesucristo nos ha dicho: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él”. Y a Santa Catalina de Siena le ha dicho el Señor que al recibirlo en la Eucaristía, “… el alma está en Mí y Yo en ella. Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí…” 

Las palabras de la consagración crean una presencia real y permanente de Cristo, por tanto, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

Por la comunión Cristo entra en nosotros y, a través de nosotros, en todo el mundo. 

El misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo es un misterio de Amor. Dios Padre nos entrega a su Hijo para pagar nuestro rescate, para redimirnos.  La presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada es muestra del infinito Amor de Dios por nosotros.  Al recibir nosotros a Jesucristo, todo Dios y todo Hombre en la Sagrada Comunión, recibimos Su Amor. Y su Amor es para amarlo a Él y para compartir ese Amor con los demás y multiplicarlo a todos. 

¡Qué agradecidos debemos estar por el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia viva de Jesucristo en la Hostia Consagrada! ¡Qué agradecidos por poder recibir ese alimento tan necesario para nuestra vida espiritual!  ¡Qué agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual! 

Hoy, al mirar el pan y el vino de la Eucaristía convertidos en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, os invito a que nos miremos también los unos a los otros. Es impensable mirar con amor hacia el altar sin mirarnos con amor los unos a los otros. Es impensable un cariño verdadero hacia el bendito pan de la Eucaristía sin saber tratamos con cariño y calor dentro de la comunidad eclesial.

¡Convirtamos esta celebración en un caluroso “gracias” al Dios que nos alimenta con su propia vida! ¡Gracias, Señor!

X DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan de la existencia del pecado desde el origen de la humanidad y la urgencia que tenemos de luchar contra el mal, con la confianza de que Cristo es más fuerte que el mal y ya lo ha vencido.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presentaba al pueblo de Israel preguntándose cómo había comenzado el mal en nuestro mundo.

El mal y el pecado existen en nuestra vida y en nuestra sociedad.  La tentación y el pecado es una experiencia que todos tenemos: niños y mayores, religiosos y laicos.  El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.  A veces, le echamos la culpa a los demás o al ambiente, sin embargos somos nosotros los que hacemos una opción libre por el mal.  Somos débiles, y ante el programa que Jesús nos ofrece, preferimos otros programas que las “serpientes” en turno nos van ofreciendo con sutiles argumentos.

En nuestra sociedad y en nuestro mundo existe el pecado a pesar de todos los avances tecnológicos.

Ante el mal no podemos quedarnos indi­ferentes o desanimados. Somos invitados a resistir, a trabajar para que el mal no triunfe en este mundo ni en nosotros mismos.

La 2ª lectura de la 2ª carta de san Pablo a los Corintios nos narraba cómo es la vida de un apóstol y de una comunidad.

En la vida de un cristiano hay momentos de dificultades que a veces nos desaniman.  Ante estas dificultades, de las que san Pablo tiene amplia experiencia, hay una respuesta: los esfuerzos que se hagan para superar esas dificultades tienen sentido, “todo es para nuestro bien”.  A veces, vale la pena sufrir un poco porque ese sufrimiento puede ser fecundo: la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria”, nos decía san Pablo.

Pero hay también otro “enemigo” que amenaza nuestra fidelidad: nuestra caducidad y el pensamiento de la muerte.  Hay personas que piensan que como ya les queda poco tiempo de vida ya no vale la pena seguir trabajando.  San Pablo nos recuerda que siempre debemos trabajar por el Reino de Dios porque así en nuestra vida y en nuestra muerte nos unimos a Cristo: “sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús”

El Evangelio de san Marcos nos hablaba del único pecado que no se puede perdonar: “todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”.  Ese “pecado contra el Espíritu” es no querer ver la luz y la llamada de Cristo, es ignorar a Dios.

También Jesús nos ha hablado hoy de quién es su verdadera familia. 

No basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios.

Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre.

En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más seguras.

Es pues muy importante que descubramos la fraternidad en nuestras familias, y formar nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que la enriquezcan y la lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella?

lunes, 24 de mayo de 2021

 

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO B)

Estamos hoy celebrando la festividad de la Santísima Trinidad.  El misterio de la Santísima Trinidad es un gran misterio.  Es el misterio central del cristianismo.  

Dios es Uno y, al mismo tiempo, Tres. Un misterio que quizá es difícil de entender y de explicar, pues no podemos concebir cómo se puede ser al mismo tiempo uno y tres. Hay una sola naturaleza divina y tres personas con esa naturaleza divina. Un solo Dios verdadero y tres personas distintas.

Muchos Teólogos han tratado de explicar lo de las Tres Personas y un solo Dios mediante diversas comparaciones, tratando de ponerlo al alcance de todos.  Una de estas comparaciones, tal vez la más convincente, es la de comparar a las Tres Divinas Personas con tres velas encendidas, cuyas llamas se unen formando una sola llama. Todas las comparaciones humanas, sin embargo, quedan cortas, como es todo lo humano al referirlo a la infinidad de Dios. 

El Misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que está muy, muy por encima de nuestras capacidades intelectuales, pues entre nuestra inteligencia y la Sabiduría de Dios existe una distancia ¡infinita!

Sin embargo, lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario. Ciertamente, mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir este misterio de una manera oscura, incompleta.  Sin embargo, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es. En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo. Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a ser habitados por las Tres Divinas Personas. Jesucristo nos dice: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. 

La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé a conocer. Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero un mismo Dios.  Y Dios comienza a revelarse como Trinidad poco a poco. Desde el segundo versículo de la Biblia, desde el momento mismo de la creación, vemos una alusión al Espíritu Santo: “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” nos dice el libro del Génesis.

Luego es Jesucristo mismo quien nos lo da a conocer. El primer momento en que se revelan las Tres Personas juntas fue en el Bautizo de Jesús en el Jordán. Nos dice así el Evangelio: “Una vez bautizado Jesús salió del río.  De repente se le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre Él. Y se oyó una voz celestial que decía: ‘Este es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco’ ” 

Posteriormente Jesucristo al dar el mandato de evangelizar a sus Apóstoles, les ordena bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. 

Aunque las Tres Divinas Personas son inseparables en su ser y en su obrar, al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación.

Muchas veces recordamos nuestra pertenencia gozosa a Dios Trino. 

Al principio de nuestra vida cristiana ya fuimos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Por tanto, ya desde entonces fuimos como sellados por su amor salvador. 

¿Cuántas veces trazamos sobre nosotros mismos la señal de la cruz, invocando a las tres Personas? 

¿Cuántas veces decimos el “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”, expresándole nuestra alabanza y gratitud? 

Al inicio de cada Eucaristía, el sacerdote nos saluda deseándonos la gracia y la paz de Dios Padre y del Hijo y del Espíritu, y al final nos despide bendiciéndonos en el mismo santo nombre. 

Nuestra oración litúrgica va siempre dirigida al Padre, por medio del Hijo, y movidos por el Espíritu.

Cuando profesamos nuestra fe, decimos creer en Dios Padre, en Cristo Jesús que murió y resucitó, y en el Espíritu Santo, que anima a la Iglesia y la lleva a la unidad.

Nuestra vida es claramente trinitaria. Eso nos tiene que llenar de luz. Tiene que dar sentido a nuestra historia de cada día. Iniciamos nuestra vida en el nombre de Dios Trino, y esperamos terminar la etapa de aquí abajo con su bendición, para iniciar, ya para siempre, una vida llena de felicidad, plenamente en comunión con Él.

Recordemos hermanos, que lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y recordemos que aunque aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario de una manera oscura, incompleta, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.   

Decir Trinidad significa decir amor.  Si no existiese la Trinidad, no existiría el amor.  Y si no hay amor no hay nada.


lunes, 17 de mayo de 2021

 

PENTECOSTÉS (CICLO B)

Hoy, al cumplirse las siete semanas de la Pascua, estamos celebrando con gozo la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre la Iglesia.  Celebramos pues, la fiesta de Pentecostés y con esta fiesta, celebramos el nacimiento de la Iglesia.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y como éstos pasan del miedo a la valentía para dar testimonio de Jesús.

El Espíritu Santo transformó a los acobardado, discípulos que estaban encerrados por miedo a los judíos, en personas capaces de expresarse en diferentes idiomas y hacerse entender por todos.

El día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo, en nombre de Dios Padre, para hacer posible el entendimiento entre las personas, a hacer realidad la fraternidad.  El orgullo, la soberbia, crean división entre las personas; el Espíritu crea comunión, cercanía, diálogo, fraternidad.  

El lenguaje por el cual se hicieron entender los apóstoles fue el lenguaje del amor, lenguaje que todos entienden y que todos deberíamos de practicar y hablar.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos dice que en cada uno de nosotros se manifiesta el Espíritu para el bien común; esa es la finalidad primera del Espíritu, el Bien Común; por eso dice que hay diversidad de dones, de servicios, de funciones, pero un mismo Espíritu.

Los cristianos formamos el Cuerpo de Cristo; en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común: todos somos necesarios para la comunión. Cuando entre nosotros no hay fraternidad, cuando entre nosotros hay división es señal de que no estamos dejando actuar al Espíritu, es señal de que estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a Dios.

Por eso, no debemos de olvidarnos que “todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”.

El Evangelio de San Juan nos decía: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.  Es la descripción de una comunidad que no ha experimentado el Espíritu de Jesús resucitado.  Por eso cuando lo experimentan y creen en Jesús resucitado “se llenaron de alegría”.  Alegría, gozo, paz, son dones del Espíritu Santo.  

Hoy nosotros podríamos preguntarnos por nuestros miedos.  Miedo, porque quizá somos pocos; miedo, porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones.  ¡Cómo si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!

“Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos”.  Este es el fuego del Espíritu, la llama del amor viviente.  Fuego que significa amor, amor fiel y exclusivo.  Fuego que es indomable e incontrolable.  El Espíritu Santo es “fuego que procede del fuego”.  El Espíritu Santo es el “Amor que procede del Amor”.

Pero pensemos: ¿Quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre. Él es la presencia de Dios en medio de nosotros los hombres. Es el regalo que recibimos de Jesús para hacernos partícipes de su vida.  Nosotros sabemos que el mejor regalo que podemos dar y recibir es el amor, el afecto.

¿Y dónde está el Espíritu Santo? 

Allí donde hay un corazón inocente, incapaz de engaño o maldad, allí está el Espíritu Santo.  Allí donde nace un amor sincero, sin trampa, limpio y alegre, allí está el Espíritu Santo. Allí donde la venganza se convierte en brisa suave y en perdón, allí está el Espíritu Santo.  Allí donde la indiferencia egoísta hacia el hermano se transforma en cálida acogida, allí está el Espíritu Santo.

Allí donde se toma una decisión heroica en la honda paz del corazón, allí está el Espíritu Santo. Allí donde una frase de la Escritura cien veces oída de repente adquiere un nuevo sentido, allí está el Espíritu Santo. Allí donde ni razas ni lenguas crean fronteras entre los hombres, allí está el Espíritu Santo.

¿Cuándo recibimos el Espíritu Santo?

Recibimos el Espíritu Santo en los sacramentos y también en otros muchos momentos en los que Cristo se hace presente en nuestra vida: en un rato de oración, en momentos alegres, momentos de enfermedad, de sufrimiento.

Esta fiesta de Pentecostés de hoy es una llamada a vivir más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros. Todos necesitamos el Espíritu. Sin el Espíritu, Cristo queda lejos, como un personaje de la historia, del pasado; sin el Espíritu el evangelio puede ser un libro maravilloso de literatura, pero letra muerta y nuestra misión evangelizadora queda reducida a simple propaganda, a palabras vacías, a organización sin vida. 

Necesitamos el Espíritu de Dios que nos enseñe a dialogar como hermanos. Que nos enseñe a entender el lenguaje del adversario. Necesitamos el Espíritu que nos ayude a saber que nadie puede dar un paso hacia la paz si no comprendemos que nuestro adversario es nuestro hermano.

martes, 11 de mayo de 2021

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO B)

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión de Cristo a los cielos.  Jesucristo que murió y que fue sepultado y que al tercer día resucitó, ha sido glorificado por su Padre. Hoy celebramos pues la entrada de Jesús resucitado en el mundo de Dios.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos decía: “¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”

La Ascensión nos invita a estar en la tierra, haciendo lo que aquí tengamos que hacer, todo dentro de la Voluntad de Dios y llevando a todo el que podamos la Palabra de Dios.  Pero debemos estar en la tierra sin perder de vista el Cielo, la Casa del Padre, a donde nos va llevando Cristo.

A los cristianos se nos ha acusado muchas veces de estar demasiado atentos al cielo futuro, y poco comprometidos en la tierra presente. Pero, ciertamente, son bastantes los cristianos que actualmente han dejado de mirar al cielo. Las consecuencias pueden ser graves. Olvidar el cielo no conduce automáticamente a preocuparse con mayor responsabilidad de la tierra. Ignorar al Dios que nos espera y nos acompaña hacia la meta final, no da una mayor eficacia a nuestra acción social y política. No recordar nunca la felicidad a la que estamos llamados, no acrecienta nuestra fuerza para el compromiso diario.

Por otra parte, obsesionados por el logro inmediato de bienestar, atraídos por pequeñas y variadas esperanzas, atrapados en la rueda del trabajo y el consumo, quizás necesitamos que alguien nos grite: “Creyentes, ¿qué hacéis en la tierra sin mirar nunca al cielo?”.

En la 2ª lectura de San Pablo a los Efesios aparecen tres palabras en torno a las cuales gira esta lectura: Esperanza, Gloria y Poder.

Esperanza: que se nos abran los ojos del corazón para que comprendamos que hay esperanza, que hay un futuro inigualable para nosotros, que no hay razones para deprimirse, ni para desesperar. Hemos sido llamados no para el fracaso, sino para el éxito más insospechado.

Gloria: Hay una inmensa riqueza que nos espera. Esa herencia está llena de esplendor, de belleza. Dios mismo, en su Belleza infinita, quiere ser nuestra Herencia.

PoderDios va a desplegar todo su poder en favor nuestro; ha comenzado a hacerlo en Jesús, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha. Ese es el comienzo. El poder llegará a nosotros y también nos inundará con su gracia omnipotente.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba un reto: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Ahora que Cristo ha subido al cielo, comienza el tiempo de la responsabilidad de los cristianos.

Hay que evangelizar, con el ejemplo y con la palabra, a tiempo y a destiempo, como nos indica la Sagrada Escritura. Pero hay que buscar nuevos métodos, hay que actuar con un nuevo vigor, para que la evangelización sea “nueva” y para que, los valores del Reino de Dios se hagan presentes en la sociedad en estos momentos.

Hoy más que nunca tenemos que evangelizar.  Evangelizar para que los valores del Reino de Dios estén presentes en nuestra sociedad.  Es tiempo, por tanto de asumir nuestra responsabilidad de difundir el mensaje del evangelio por toda nuestra persona y por todas las personas.

Ahora la gente no ve ya a Jesús, no oye sus palabras, no admira sus milagros. Pero nos ve y nos oye a nosotros. Si nos ve animados por la caridad, unidos, armónicamente organizados en diversos ministerios, todos activos y entusiastas, es como si vieran al mismo Jesús.

El mensaje de Jesús es un mensaje de paz, de fraternidad que hemos de llevar a nuestro mundo desorientado, amenazado y amenazador. Se han encerrado en él muchos odios, muchas injusticias, se ha explotado a pueblos enteros, se ha despreciado a razas, a culturas, cómo extrañarnos de que brote el terror. El odio solo engendra odio. “Poned amor y encontraréis amor”, decía Juan de la Cruz.

La Ascensión es fiesta, pero es también compromiso. Es ausencia, pero implica una presencia: la presencia invisible del Resucitado y de su Espíritu, y la presencia visible de nosotros, sus seguidores, constituidos en comunidad eclesial.

lunes, 3 de mayo de 2021

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos revelan el rostro de Dios y su identidad más profunda: Dios es Amor. No se dice: Dios es Poder, Dios es Misterio, Dios es Grandeza, sino Dios es Amor.

En la 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Cornelio.  La comunidad primera, por medio de Pedro, primero, y luego de todos, aceptan en la fe a una familia pagana, romana por más señas, la familia del centurión Cornelio. Iluminados por el Espíritu, se dan cuenta de que Dios no hace “distinción de personas”, que no distingue entre naciones y lenguas y procedencias.

Dios ha venido para todas las personas, no para unos pocos. El amor de Dios no es “nacionalista”, “exclusivista”, sino que es católico, universal. Dios es Señor de todos. Dios acepta a todo el que lo acoge, sea de la nación que fuere. Y su amor no conoce ninguna frontera: ni de naciones, ni las del color, ni de la situación social, ni tantas otras fronteras que establecemos los hombres entre nosotros. La fe es universal y el mensaje evangélico del amor está dirigido a todos los hombres de buena voluntad. La Iglesia no puede convertirse en monopolio de nadie: ni de partidos, ni de ideologías, ni de territorios o pueblos. 

Nosotros, a veces, nos encerramos, en mi grupo, mi familia, mi partido, mi parroquia, porque creemos ser los mejores. En nuestra religión hay una llamada importante a amar a todos, a estar abiertos a todos. Pertenecer a algún grupo no puede ser excluyente de los demás. 

Dios quiere a todos, Cristo se entregó por todos, por tanto nosotros debemos amar también con corazón universal. 

La 2ª lectura de la primera carta de san Juan nos decía: “amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.  

Amar quiere decir tener el corazón y el alma dispuestos siempre a darse a todo aquel que necesite de nosotros, aunque no nos caiga bien o aunque pensemos que no tenemos la culpa de sus problemas.

Amar quiere decir ser capaz de conmoverse ante los dolores y las debilidades, y sentirlos como propios, sentirse responsable de ellos.  Amar quiere decir estar en contra de la guerra y de los que hacen negocios a costa de ella.

Amar quiere decir querer un mundo diferente, en el que todos los hombres vivan con dignidad, la dignidad de amados de Dios.  Amar quiere decir crear relaciones de confianza con los demás, no murmurar, ayudar, entender lo que les pasa a los demás en lugar de criticarlos.

Nuestra vida, tanto en la familia como en la sociedad, nos ofrece muchas ocasiones para ejercitar el mandato del amor.  “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos dejaba el mandamiento del amor: “que os améis unos a otros como yo os he amado”.

El verdadero amor es valoración de la persona amada, interés por el bien de ella, disposición para ayudarla, respeto por su manera de ser, donación personal al otro, atención a sus necesidades y voluntad inquebrantable de hacerla feliz. Cuando uno ama verdaderamente, el otro es el importante.

Hoy en día nos encontramos con muchas situaciones que se resolverían con mucha más tranquilidad si comprendiéramos y creyéramos en las palabras de Cristo. 

Es triste contemplar como un matrimonio se ve destrozado porque uno de los dos, o los dos no han comprendido que por encima del dinero, la fama o el placer está el amor, y que ese amor no se podrá vivir si no se reconoce su fuente: Dios.  A todos esos matrimonios que hoy tienen tantas dificultades hoy Jesús les dice: “que os améis unos a otros como yo os he amado”.  Pero, ¿cómo han de cumplir ese mandato si permanecen al margen de Dios? 

A todos los jóvenes que no encuentran su felicidad y que buscan evasiones en la música, la moda, el alcohol, la droga, el dinero o el poder; hoy Jesús les reclama su amistad y les dice: “Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos”, “no sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”. 

¡No tengamos miedo a dejarnos llamar y amar por Jesús! Él es la fuente de nuestra felicidad, Él es quien ha dado la vida por nosotros; todos aquellos que nos quieren llevar por el camino de la evasión y el placer nunca han estado dispuestos a dar la vida por nosotros. 

Acerquémonos a Jesús, vivamos amados por Él, cumpliendo sus mandamientos, llenos de alegría porque nos sabemos infinitamente amados por aquel que quiso dar la vida por nosotros.

lunes, 26 de abril de 2021

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos invitan por una parte, a mantenernos unidos a Cristo y, por otra, a construir comunidad. Si lo hacemos así, vale la pena la Pascua de resurrección que estamos celebrando. 

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos habla de San Pablo.  San Pablo era un perseguidor de los cristianos, pero camino a Damasco se encuentra con Cristo resucitado.  Y este encuentro con el Señor cambia radicalmente su vida y de perseguidor de Jesús se convierte en un gran apóstol del Señor. Pablo se convierte en un nuevo cristiano y se une a la comunidad cristiana.

El cristiano no es un ser aislado, sino una persona que es miembro de un cuerpo, el Cuerpo de Cristo, formando parte de una comunidad, de la Iglesia.  No se es cristiano por libre, sino injertado en una comunidad.

Es en diálogo y compartiendo con los demás hermanos de la comunidad como nuestra fe nace, crece y madura y es en la comunidad, unidos por los lazos del amor y de la fraternidad, como nos realizamos plenamente como cristianos.

En una comunidad cristiana pueden surgir conflictos, tensiones porque podemos tener diferencias entre unos y otros miembros de la comunidad, pero porque existan esas diferencias, esto no nos puede servir de pretexto para abandonar la comunidad y creer que podemos ir por la vida como cristianos en solitario.

La Iglesia es una comunidad formada por hombres y mujeres, con debilidades y fragilidades, pero es, sobre todo una comunidad asistida, conducida y guiada por el Espíritu Santo.

La 2ª lectura de la primera carta de san Juan nos invita a no “amar de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”. Somos expertos en decir muchas palabras, muchas ideas. Pero una cosa es hablar y otra actuar. Palabras sin obras son ruidos, son meros sonidos. Cuántas palabras decimos que no son verdad.  Cuantas palabras decimos porque buscamos el aplauso, o el reconocimiento o la posición política, pero esas palabras no son verdad. 

Cuando un sistema opresor habla de libertad, una organización discriminadora habla de comunión, un grupo idolátrico habla de Dios… ahí la palabra es mentira, no porque la idea sea mentira, sino porque la vida la desmiente. Por eso, en este domingo se nos invita a las buenas obras, a la acción transformadora.

“Amor” es una palabra que tenemos demasiado en la boca. Pero tantas veces no es palabra de fuego, ni de compromiso, no es palabra eficaz. Amar como Jesús nos amó, significa “amar primero”, no esperar a que los otros den el primer paso. Cumplir el mandamiento del amor es el resultado de acoger a Dios en nuestra vida. Abrirse al Amor auténtico es renunciar a la mentira, a las palabras falsas, a las conductas hipócritas. Amar en la verdad es lo que Jesús nos pide. Amar con las obras y no con el halago o por interés social. Amar es permanecer en Jesús, asumir su estilo, vivir su vida. 

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comparándose con una vid y diciéndonos que nosotros somos los sarmientos.  

Si queremos tener vida y dar frutos tenemos que estar unidos a Cristo.  “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”. Sin estar unidos a Cristo no podemos dar fruto, no podemos sobrevivir como cristianos.

Hay personas que creen que se puede ser cristiano por libreuno tiene unas creencias, unos sentimientos religiosos y unas prácticas piadosas, promesas… pero no “cree” en la Iglesia, ni celebra los sacramentos; tan sólo ocasionalmente. Sin estar unidos a Cristo no podemos dar fruto en nuestra vida.

La unión con Cristo es una unión sacramental o no es tal unión. Estoy unido a Cristo por el sacramento del Bautismo, acogido por Dios en el sacramento de la Penitencia, comulgo su presencia real en comunidad en el sacramento de la Eucaristía, el Espíritu está en mí por el sacramento de la Confirmación… Si no acepto esta relación con Dios sacramental es como despreciar a Cristo y toda su obra y preferir la imagen que yo me he hecho de Dios. Esto es muy serio y hoy está muy extendido. Ser cristiano no es tener un sentimiento religioso y nada más.  Es estar unido a Cristo.

Hay personas que quizás se pregunten: “¿Para qué hace falta la Iglesia?”. ¿Para qué es necesario estar unidos a Cristo? Porque es necesario amar a los demás desde Dios, desde sus valores; seguimos pensando que es necesaria la gracia de Dios para no cansarse de amar desinteresadamente a los demás; seguimos pensando que es necesaria la fe para construir un mundo mejor, abierto a la otra vida.

Por eso, si el hombre quiere realizarse en plenitud, si quiere construir el Reino de Dios, si quiere ser verdadera y plenamente feliz, nada podrá hacer para conseguirlo si no permanece en Jesús. No hay hombre, que se diga cristiano que pueda ser feliz sin Cristo. No seamos insensatos, no pretendamos ser felices sólo con nuestro esfuerzo; Dios necesita de nuestro esfuerzo para hacernos felices, pero nosotros necesitamos de Dios para alcanzar la felicidad.

lunes, 19 de abril de 2021

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)

Hoy, nosotros que somos la Iglesia, celebramos a Cristo-resucitado Buen Pastor.  

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Jesucristo como el único salvador: “no hay salvación en ningún otro”. No nos dejemos engañar por otras personas, por otros caminos que nos presentan propuestas falsas de salvación.  

A veces el camino de salvación que Jesús nos propone está totalmente en contradicción con los caminos de supuesta salvación que nos proponen los líderes políticos, o las modas o la opinión pública; y nosotros tenemos que elegir coherentemente de acuerdo a nuestra fe y a nuestro compromiso cristiano.

A la hora de elegir entre lo que nos propone Jesús y lo que nos proponen otros líderes, no nos olvidemos que la propuesta de Jesús tiene el sello de garantía de Dios, y no olvidemos que el camino que nos conduce al encuentro con Dios, es sólo el camino de Jesús.

Para nosotros los cristianos, Cristo ha de ser “la piedra angular” sobre la cual construimos nuestra vida y la historia de nuestro tiempo.  ¿Es Cristo, para nosotros, el punto de referencia de todo lo que hacemos?

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos recuerda que Dios nos ama con un amor sin límites y por eso somos hijos de Dios.  Ser hijos de Dios significa que todos los hombres tenemos la misma “categoría”, el derecho al mismo respeto y podemos exigir ser tratados todos de la misma manera porque nadie es más hijo de Dios que otro, todos podemos decir: “¡soy hijo de Dios!”

¿Cómo debemos responder los hijos de Dios al amor que Él nos tiene?  El hijo de Dios es aquel que responde al amor de Dios viviendo coherentemente su fe, esto quiere decir, respetando y cumpliendo los mandamientos de Dios; viviendo el amor al prójimo, a ejemplo de Jesucristo.

Vivir como hijos de Dios implica que muchas veces hemos de tomar opciones y hay que desechar aquellas opciones que están en contradicción con los valores de Dios aunque esto suponga que nos desprecien, se rían o no nos tomen en cuenta.  No olvidemos que Jesús también fue rechazado por eso mismo.  Los cristianos no debemos tener miedo de ser coherentes con nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado a Jesús como el Buen Pastor.  Jesús mismo nos ha dicho cuáles deben ser las cualidades del Buen Pastor. 

La primera cualidad del Buen Pastor es que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas.  Él nos conoce a todos, uno por uno. Para Él no somos una sociedad anónima: Él respeta nuestra personalidad y nos ofrece a cada uno cercanía y salvación.  La segunda cualidad es que las alimenta y las defiende de los peligros, el verdadero pastor está dispuesto a dar su vida por las ovejas.  Él ha dado su vida por nosotros. La tercera cualidad es que quiere reunir a todas las ovejas, hasta que haya un solo rebaño, una sola comunidad.  Él quiere que todos formemos una comunidad unida, unida por Él, nuestro Pastor y Hermano, que además se nos da en alimento a todos, en la Eucaristía.

Pero saquemos consecuencias para nuestra vida de esta imagen del Buen Pastor. Porque todos, de alguna manera, somos “pastores” en esta vida y deberíamos actuar con esas mismas cualidades que nos ha descrito Jesús. 

Unos hemos recibido, por el sacramento del Orden, el ministerio llamado precisamente “pastoral”, para bien de la comunidad. Somos los que con mayor humildad debemos ser espejo hoy ante este cuadro de Jesús Buen Pastor, ya que Él mismo, como a Pedro, nos ha encargado: “Apacienta mis ovejas”.

Pero es que todos participamos en algún grado del encargo de cuidar y de animar a los demás: los padres, los maestros y educadores, los catequistas, los misioneros, los que por una misión especial o voluntariamente prestan atención a los ancianos o a los niños o a los enfermos… 

Por eso todos deberíamos preguntarnos hoy, admirando el ejemplo de Jesús: ¿Nos esforzamos, como Él, por conocer a los que conviven con nosotros?  ¿Estamos cercanos a ellos y nos interesamos por ellos? ¿Estamos dispuestos a sacrificarnos por los demás (hijos, alumnos, compañeros de trabajo, miembros de la comunidad), sobre todo en los momentos difíciles, buscando su bien y no nuestro interés? ¿Servimos a nuestros hermanos o nos aprovechamos de ellos? ¿Tenemos un corazón amplio, misionero, abierto también a los menos agradables y a los más alejados? ¿Tenemos un corazón dispuesto siempre a unir y no a juzgar y condenar? 

Ser buenos pastores no le toca sólo al Papa, o a los obispos y sacerdotes, sino a todos nosotros, que debemos imitar la actitud comprensiva y servicial de Jesús.

Todos los que pertenecemos al rebaño de Jesús, todos los cristianos, por nuestra entrega a los demás, estamos llamados a ser pastores. Pero hoy, en concreto, se recuerda a quienes han consagrado su vida de un modo especial a Dios: religiosos y sacerdotes. Todos ellos quieren continuar el “pastoreo” de Jesús en la Iglesia. Se nos invita a pedir hoy por las vocaciones sacerdotales que el Espíritu suscite vocaciones en su Iglesia para que siga creciendo el reino de Dios.