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lunes, 27 de septiembre de 2021

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo presentan, como tema principal, el proyecto ideal de Dios para la mujer y para el hombre: formar una comunidad de amor, estable e indisoluble, que les ayude mutuamente a realizarse y a ser felices.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.

Dios no ha creado al hombre para vivir en soledad, sino en relación, en compañía. La compañía de los animales es buena, pero es insuficiente, no basta para el hombre. Es una relación de dominio, es una relación desigual, que no da plenitud de realización y de gozo al ser humano. La única relación plena, satisfactoria, regocijante, es la relación con quien es igual que él, “carne de su carne”. “No es bueno que el hombre esté solo”, dice Dios. Es una bella forma de decir que estamos hechos no para la soledad y el individualismo, sino para la relación, la comunicación, la comunión.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.

Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.

Sin embargo, cuando escuchamos y acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para todos aquellos con los que compartimos la vida.

El evangelio de Marcos nos invita a pensar en una realidad actual, ante la que los cristianos no podemos cerrar los ojos: los matrimonios separados o los divorciados. Entre nosotros encontramos cada vez más personas, que han fracasado en su primer matrimonio y se han vuelto a casar civilmente o viven en unión libre. Es una realidad compleja, delicada, con frecuencia muy dolorosa. No podemos ser indiferentes ante esta realidad.

Cada vez parece más normal romper con la pareja, buscarse un nuevo amor y volver a empezar. Todo parece así más fácil y llevadero. Sin embargo, detrás de cada separación hay casi siempre mucho sufrimiento y desilusión. Hay a veces humillación. ¿No es posible vivir en pareja de manera más estable?

Lo primero, es no confundir el amor con los sentimientos y el deseo erótico. Por lo general, la primera atracción del amor es muy intensa pero casi nunca se mantiene así. El deseo cambia y evoluciona. Quien identifica el amor con la atracción se dedica a enamorarse una y otra vez de alguien distinto. En cada comienzo disfruta. Luego, sufre y hace sufrir.

Es importante también recordar que, si no hay una decisión y compromiso por buscar el bien del otro, no hay todavía amor. Por eso, es un error continuar una relación de pareja de manera apresurada, si no estamos dispuestos a hacer feliz al otro. En esto no hay que mentirse ni mentir. ¡Cuántos sufrimientos se hubieran evitado si no se hubiera pronunciado nunca un “te amo”, que no era verdad!

Tampoco hay que olvidar que “amar es fundamentalmente dar, no recibir”. Por eso sólo el amor sin condiciones es duradero. Si cada uno vive buscando sólo lo que el otro le puede dar, el futuro de la pareja está en peligro. Nunca la persona amada responde perfectamente a lo que desearíamos. El amor crece cuando uno es feliz haciendo feliz al otro.

El mayor error es ignorar que amar significa respetar a la persona amada, no sentirse el dueño. Cuando no se respeta la manera de pensar, de sentir y de ser del otro, se está arruinando el amor. Sólo amando con respeto se le ayuda al otro a crecer y a dar lo mejor que hay en él. Por el contrario, cuando hay manipulación y utilización interesada, la pareja se está ya separando.

Pero hoy también, hemos de entender con más serenidad la posición de la Iglesia ante el divorcio y ver con claridad que la defensa de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio no ha de impedir nunca una postura de comprensión, acogida y ayuda para con los divorciados o separados.

Los cristianos no podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que realmente existió.Y muchos de ellos necesitan ayuda, de Dios y de los hombres y esa ayuda hemos de estar dispuestos a ofrecérsela los que nos decimos seguidores de Jesús.

Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la palabra de Dios, a tomar parte en la asamblea eucarística, a colaborar en diferentes apostolados y a recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.

Sin embargo, la Iglesia, hoy, sigue diciéndonos que el ideal del matrimonio no es separarse, sino llegar a “ser una sola carne”. Lo decía Jesús hoy.

lunes, 20 de septiembre de 2021

 

XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan de que “Nadie tiene el monopolio de Dios”. Esto quiere decir que nadie controla a Dios, ni nadie tiene la exclusividad de Dios. Nadie tiene el monopolio de Dios, pero nadie puede hacer con Dios y su Iglesia lo que él quiera. Todo tiene que ser conforme a los valores del Evangelio.

La 1ª lectura del libro de los Números nos cuenta cómo Moisés tiene colaboradores, los 70 ancianos, para llevar a cabo su misión; pero Dios elige a dos, Eldad y Medad, que no estaban en la reunión.  Moisés no tuvo celos, ni envidia, ni miedo de aceptar que otras personas lo ayudaran en la misión que Dios le había encomendado. 

A veces, pensamos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otras personas. Los celos representan un grave problema tanto en la convivencia familiar, como en las relaciones de trabajo, en las relaciones humanas.

Los celos hacen que nos dé tristeza todo aquello que los demás hacen bien; los celos nos impiden reconocer las capacidades del otro.  Por desgracia hay celos en lo deportivo, en lo político, en lo religioso.

Por celos caemos en fanatismos, en intransigencias e intolerancia e impedimos que otras personas, que pueden ser muy valiosas, nos ayuden al bien de la comunidad.  Por celos no dejamos que los demás nos ayuden, no compartimos el peso de la responsabilidad porque creemos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otros.

¡Cuánto bien podríamos hacer por el bien común, por el bien de nuestra propia vida personal si no actuáramos por celos sino por el bien de la comunidad, compartiendo responsabilidades y no actuando por celos!

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos hablaba de los ricos.  La acumulación de riquezas es un pecado que clama al cielo, porque esta riqueza acumulada implica que junto a ella se acumula al mismo tiempo pobreza y muerte.  Y el que tiene la riqueza como objetivo de su vida no puede al mismo tiempo seguir a Jesús: son incompatibles.

Pero cuando el apóstol Santiago nos dice que “el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros habéis retenido, está gritando… a los oídos del Señor”, no solo se refiere a los ricos.  Porque no sólo los ricos, sino los medio ricos y los pobres también cometemos fraudes: cuando no damos las muestras de cariño y horas de convivencia al cónyuge y a los hijos, comentemos fraude contra la familia.

Cuando no trabajamos las horas estipuladas, comentemos fraude a quien nos paga; cuando pagamos menos de lo establecido, porque necesitan el trabajo, comentemos fraude contra los trabajadores; cuando el alumno no estudia lo suficiente, cometemos fraude contra nuestros padres; cuando no damos el cariño y la ayuda a los ancianos, comentemos fraude contra los ancianos; cuando no votamos o lo hacemos sin reflexionar, comentemos fraude contra nuestra patria; cuando no ayudamos y colaboramos en la Iglesia, comentemos fraude contra nuestra parroquia; cuando no educamos cristianamente a nuestros hijos, comentemos fraude contra nuestra fe.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos enfadados porque otras personas expulsaban demonios en el nombre del Señor y se lo quisieron impedir. La respuesta de Jesús es una llamada a la tolerancia: “No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”.

Quitar demonios significa humanizar, liberar a las personas de los miedos, de la opresión, de las injusticias, de la violencia.  Es decir, de todo aquello que impide que el Reino de Dios se haga realidad en nosotros y en el mundo.

Nosotros como cristianos deberíamos valorar y apoyar a todas las personas y a todos los grupos que trabajan por la justicia, por el bien, desde la política, la economía o la vida social.  Nosotros, debemos colaborar, en la medida de nuestras posibilidades, apoyando a todos aquellos que realizan una labor social con autenticidad y verdad.

Los políticos que trabajan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los sindicatos que defienden a sus trabajadores, los educadores que se desviven por educar responsablemente a sus alumnos; en general, todo aquel que se esfuerza en su vida por trabajar por la justicia, por la verdad, aunque nos sean “de los nuestros”, como decían los discípulos, “están a favor nuestro”, como decía Jesús, si se esfuerzan por un mundo más humano.

Como cristianos debemos apoyar a todas esas personas, a todos esos grupos que aunque no sean de Iglesia, pero trabajan por el bien de nuestro mundo, por el bien del ser humano.

Jesús fue tolerante con todos aquellos que hacían el bien y trabajaban por un mundo mejor.  Seamos también nosotros tolerantes con todas aquellas personas que, aunque no sean de los nuestros, hacen el bien, trabajan por la justicia, la verdad y nos ayudan a quitar los demonios que nos deshumanizan cada día más.

lunes, 13 de septiembre de 2021

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos hablan de que existen malentendidos y enfrentamientos entre personas cuyo comportamiento debería de ser un comportamiento perfecto.

La 1ª lectura del libro de Sabiduría, nos presenta la eterna lucha entre el bien y el mal.

La conducta del Justo (Jesucristo, Hijo de Dios) y de todos los que tratan de ser justos, siempre resulta una amenaza para los que no desean ser justos. La conducta de los buenos es como el espejo de la maldad de los malos. Los malos reaccionan maniobrando contra los buenos, calumniando o criticando, para tratar de quitarlos del medio. Esto fue así muy especialmente para Jesús, pero lo es también para todo el que trata de seguirlo a Él.

Al hombre justo lo quieren hacer callar y eliminarlo si pueden. El hombre bueno estorba. Como estorban todos los que han alzado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.  El hombre justo, muchas veces es despreciado en nuestro mundo porque su vida resulta como una denuncia para los que tienen mal comportamiento, por eso “lo quieren someter a prueba, lo condenarán y lo matarán”. Pero el hombre justo sale victorioso de la prueba porque Dios está con él.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña cómo hay muchas personas que hacen el mal, y son además presumidos que no soportan que nadie los corrija.

Vivimos en nuestra sociedad una cultura competitiva: competencia para tener más, queremos tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; competencia en el poder; competencia en quien es más influyente, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando.  Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y guerras están al orden del día.

La ambición, la envidia, el orgullo, la competitividad, el egoísmo, crean divisiones y destruyen la comunidad y a las personas.

Los robos, los asesinatos y la mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir estas cosas.

¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder!

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos discutiendo sobre quién iba a ser el primero en el Reino, quien iba a mandar allí.

Jesús los interrumpe: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Servir a todos, significa vivir según el estilo de Cristo, significa quedar el último.

Entre nosotros cuando se quiere realizar algo en serio se busca a los mejores y la norma fundamental para lograrlo es la competitividad. Hay que competir para todo, superar a los demás, demostrar que lo mío, nosotros mismos somos los primeros, lo mejor. Competitividad que se ha convertido en pensamiento único y en norma intocable para desarrollar actividades en instituciones empresariales, sociales, profesionales, culturales, religiosas. Así está organizada nuestra vida con la competición para lograr un puesto de trabajo, el poder, para ser los primeros.

Entre nosotros servir a los demás, servir al pueblo, se utiliza con frecuencia comolema y consigna para prestar unos servicios en los que se busca ante todo dinero o poder. Jesús no habla de esta servicialidad sino de un servicio sin factura ni beneficios, cuyo único beneficio es humanizar a los demás, ayudar a vivir humanamente a los demás, y humanizarse uno mismo al servir.

Pero también hay personas que se comprometen a servir a los demás.  Ponen su profesión, sus bienes, su vida al servicio de organizaciones que trabajan en lograr la justicia y la paz para todos.  Hay personas que sólo son felices sirviendo a los demás, como lo hacía Jesús.

Es posible que muchas personas se engañen a sí mismas pensando que no pueden hacer prácticamente nada por los demás.  Y no podemos olvidarnos que todos, desde cualquiera que sea nuestra situación en la vida, desde nuestra ocupación, podemos servir, ofrecer algún servicio a los demás.  Lo importante es tener las ganas y el deseo sincero de ayudar.  Hasta una buena palabra, una sonrisa pueden ser ayudas, servicios inapreciables.

En definitiva, quien quiera seguir Jesús, hoy nos lo dice, está llamado a servir como Él, voluntariamente, sin olvidar que la vida se vive intensamente solo cuando amamos, cuando regalamos, cuando servimos.

lunes, 6 de septiembre de 2021

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

¿Qué buscamos en la vida?  Seguramente tener buena salud, que haya felicidad en nuestra familia, tener trabajo, buenas relaciones con la gente y con Dios.  Sin embargo, las lecturas de hoy nos van a hablar del misterio del dolor humano –tan difícil de aceptar y de comprender– y así ayudarnos a entenderlo un poco más.

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor.

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado.

No podemos pasarnos la vida, inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo. Hay que confiar en Dios.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

La fe tiene que ser acompañada por las obras. Lo que pide Santiago es coherencia entre la fe y el estilo de vida.

Santiago denuncia la tendencia que todos tenemos a contentarnos con las palabras – palabras bonitas, solemnes – pero sin pasar a cumplirlas en la vida.

¿Cómo es nuestra conducta con los que no tienen que comer ni vestir?  No basta con decirles palabras de ánimo y no ayudarles.

Mirando a países más pobres, o mirando sencillamente a nuestro alrededor, referido a lo económico, o también a lo humano: ¡cuántos necesitan de nuestro interés, de nuestro tiempo, de nuestra acogida, de nuestra esperanza! Y podemos quedarnos en palabras muy bien sonantes – comunidad, solidaridad, justicia, democracia, amor fraterno – y no pasar a lo concreto, a una actuación coherente. También lo dice san Juan en su primera carta: “Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad”

En Evangelio de San Marcos, Jesús decía: “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

El seguimiento de Jesús no consiste en un camino de rosas. Para seguir sus pasos es necesario negarse uno a sí mismo, tomar nuestra propia cruz y acompañarlo. Pero no estamos solos. Podemos vivir el sufrimiento acompañados por Jesús.

El que gane su vida la perderá, el que no piense más que en todo eso que tantas veces constituye nuestra vida: el dinero, la posición social, la diversión, la salud. El que no viva más que para triunfar a toda costa en la vida humana se perderá a sí mismo.

El hombre vale, no lo que valen sus posesiones. El hombre vale lo que vale su corazón, en su tendencia hacia fuera. El hombre comienza a ser hombre de verdad cuando empieza a amar y llega al sumo de ser hombre, cuando se da del todo y da su vida por el amigo.  “el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Pero… ¿qué significa querer salvar nuestra vida? Significa querer aferrarnos a todo lo que consideramos que es “vida” sin realmente serlo.  Es aferrarnos a lo material, a lo perecedero, a lo temporal, a lo que nos da placer, a lo que nos da poder, a lo ilícito, etc. Si pretendemos salvar todo esto, lo perderemos y, como si fuera poco, perderemos la verdadera “Vida”. Pero si nos desprendemos de todas estas cosas, salvaremos nuestra Vida, la verdadera, porque obtendremos, como Cristo, el triunfo final: la resurrección y la Vida Eterna.

Que esta Eucaristía que ahora celebramos nos dé la fuerza que necesitamos para vivir con mayor intensidad la enseñanza de Jesús.

lunes, 30 de agosto de 2021

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo.

Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.

Hay también muchas personas que viven angustiadas por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones.

Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie.

En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son.

Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas.

El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo.

Jesús nos tendría que curar también a nosotros, porque a veces somos sordos y mudos. No oímos lo que tendríamos que oír: la Palabra de Dios, o también las palabras de nuestros hermanos. Y no hablamos lo que tendríamos que hablar: en la alabanza a Dios y también en nuestras palabras de ayuda a los hermanos.

Hoy existen miles de satélites por los aires. Nuevos cables submarinos por todos los mares. Autopistas que unen naciones. Facilidades de paso por las fronteras. Todo nos lleva a una mayor comunicación y sin embargo nunca ha habido más sordos ni más mudos.

Tantas ondas, tanto ruido ha estropeado nuestro tímpano y cada vez somos menos capaces de oírnos y de oír a los demás. Y el que habla abre y cierra la boca como en el cine mudo, no nos parece que pronuncia palabras accesibles, porque nadie le presta atención.  Nunca ha habido tanta soledad. Soledad de los ancianos que, o viven solos, o en medio de las familias no encuentran a quien contar sus batallitas.  Los esposos no se entienden con los hijos y no pocas veces entre ellos.

Los jóvenes acusan a los mayores que no los entienden.  Sea por nuestro propio egoísmo, sea por las desilusiones que nos hemos llevado con lo demás, sea porque nos sentimos llenos de problemas y no nos basta con los propios para ocuparnos de los demás, el caso es que en la era de las comunicaciones estamos incomunicados unos con otros. El contacto de Tú a Tú va pasando a ser pieza de museo, o motivo de novela romántica.

Nunca ha tenido más actualidad el grito de Jesús al sordomudo del evangelio: “¡ábrete!”

Ábrete al hombre, abre tu corazón y sal al encuentro de los hombres que te necesitan y tú necesitas. Ábrete al hombre que te ofrece su amistad. Ábrete al que necesita tu cariño. Ábrete al que tiende su mano hacia ti en espera de ayuda. Ábrete y escucha al que te cuenta esos problemas que nadie más puede contar. Ábrete al que necesita tus palabras de consuelo, sal de tu mudez y deja oír tus palabras. Apártate de la muchedumbre de vez en cuando, como Jesús apartó al sordomudo para hacerle oír su voz.

lunes, 23 de agosto de 2021

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella.

Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes.

Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.

Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad.

La 2ª lectura del apóstol Santiago invita a los creyentes a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

Nuestra sociedad padece una superabundancia de palabras, y la palabra se ha desvalorizado. Nos habituamos a no tomar demasiado en serio las palabras que escuchamos y a no concederles crédito.

Es necesario que demos a la Palabra que Dios nos dirige un peso infinitamente superior al de las palabras sin sentido que todos los días llenan nuestros oídos y que intoxican nuestra mente.

La Palabra de Dios es Palabra generadora de vida, de eternidad, de felicidad; por eso, debe ser tan valorada por nosotros.

Nuestra religión, sin la escucha atenta y comprometida de la Palabra de Dios, puede fácilmente convertirse en simple cumplimiento de ritos.

En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía.

Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar.

Muchas personas se les ven también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios.

Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior.

Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar.

El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?

¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

lunes, 16 de agosto de 2021

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida.

La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 

Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.

Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; que tipo de coche comprar.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”.

Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién quieres servir?”  

Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio.

Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.  

El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.

Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia.

En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”

Jesús como hombre debió sentir una cierta angustia por el abandono de sus discípulos. 

Nosotros debemos seguir a Jesús, y seguirlo a Él significa optar por Él en cada circunstancia de nuestra vida. No basta elegirlo una sola vez y después irnos desviando poco a poco: nuestra elección tiene que ser renovada, constante y permanente. 

Por otro lado, separase de Jesús puede también ser en forma progresiva.  Dice el Evangelio: “Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.”. 

Todos nosotros que formamos su Iglesia de hoy, inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida: esa elección hay que renovarla constantemente, en especial ante ciertos conflictos.

En nuestra vida de creyentes, hay momentos en que nos encontramos ante una situación y pregunta semejantes a la que nos plantea el evangelio: ¿continuamos con Jesús?, ¿lo abandonamos?

Cuando nos cansamos de seguir haciendo el bien y buscando la verdad, de promover el amor y la justicia, cuando dejamos de ir a misa o nos resulta insoportable tal o cual persona, cuando nos pesa la fidelidad matrimonial o la familia, cuando confrontamos la enseñanza del evangelio con nuestra manera de pensar y descubrimos que tenemos miedo a comprometernos y a seguir a Cristo incondicionalmente, estamos dejando de lado al Señor.

Y Cristo podría preguntarnos también: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.