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lunes, 9 de mayo de 2022

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado el trabajo concreto de Pablo y Bernabé de ir llevando el Evangelio a todas partes.  Vemos también, como la Iglesia, al ir aumentado el número de creyentes y de comunidades cristianas, necesitaba organizarse.

Igual que todo grupo humano necesita líderes, las comunidades cristianas también los necesitan.  Por ello, Pablo y Bernabé, animados con la oración y la fuerza del Espíritu Santo, nombraron obispos y presbíteros en las comunidades que se iban formando.

Pero Pablo y Bernabé también les recuerda a los cristianos que “hay que perseverar en la fe y que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.

El Señor ya había anunciado muchas veces y Él lo experimentó personalmente, que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.

Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.

Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan.  

El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado mandamiento nuevo del amor: que nos amemos como Cristo nos ha amado a cada uno de nosotros.

Pocas veces se habrá hablado tanto del amor y se habrá falseado al mismo tiempo tanto su contenido más hondo y humano, como en nuestros días.

Hay revistas de amor, canciones de amor, películas de amor, citas de amor, cartas de amor, técnicas para “hacer el amor”… Pero, ¿qué es el amor? ¿Cómo se vive y se alimenta el amor?

Hay tantas cosas a las que se llama hoy “amor” y en realidad son formas de desintegrar el verdadero amor. Hay quienes llaman amor al contacto breve y superficial de dos personas que se “disfrutan” mutuamente vacías de ternura, afecto y mutua entrega.

Para otros, amor es someter a otros a sus intereses egoístas. Otros creen vivir el amor cuando sólo buscan en realidad un refugio y un remedio para la soledad que, de otro modo, les resultaría insoportable.

En esta sociedad donde los creyentes hemos de escuchar la actualidad de las palabras de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.

Los cristianos estamos llamados a distinguirnos no por nuestra sabiduría, o por una doctrina ni por la observancia de unos ritos o unas leyes. Nuestra verdadera identidad y distintivo se basa en nuestro modo de amar. Se nos tiene que conocer por nuestro estilo de amar que tiene como criterio y punto de referencia el modo de amar de Jesús.

Un amor, por tanto, desinteresado, que sabe acoger y ponerse al servicio del otro, sin límites ni discriminaciones. Un amor que sabe afirmar la vida, el crecimiento, la libertad y la felicidad de los demás.

Esta es la tarea del creyente en esta sociedad donde se falsifica tanto el amor. Desarrollar nuestra capacidad de amar siguiendo el estilo de Jesús.

Sólo el verdadero amor hace posible experimentar la gran alegría de vivir.

lunes, 2 de mayo de 2022

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Estamos en el cuarto domingo de Pascua.  Este domingo es el domingo del Buen Pastor.  El Buen Pastor es una imagen que emplea el Señor para referirse a sí mismo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pablo y a Bernabé en su actividad evangelizadora.  Son enviados por Jesús, para salvar no sólo a los judíos, sino a todos los que quieren recibir el mensaje del Señor.

Dios ha enviado a su Hijo para salvar a todos aquellos que acepten en libertad esta oferta de salvación de parte de Dios.  La Iglesia naciente, empieza a abrir sus puertas a la universalidad.  Los apóstoles no se quedan encerrados en predicar sólo a los judíos sino a todos los hombres, a todos los pueblos.  Esto crea envidias y celos por parte de los dirigentes religiosos judíos.

La Iglesia tiene la misión de cumplir con el mandato del Señor: “Id por todas partes y predicad el Evangelio”.   Hay que anunciar la salvación a todos los hombres a todos los pueblos.  Pero la misión de la Iglesia no es ganar seguidores sea como sea, para aumentar el número de sus fieles, ni para presumir de ser más que otros, ni para imponerse sobre otras religiones o culturas. La Iglesia tampoco busca hacer propaganda barata para aumentar su influencia en la sociedad, para controlar las creencias de las personas o para obtener mayores beneficios económicos.

La Iglesia católica se define, como su nombre indica, por su universalidad y ésta es la gran misión de la Iglesia, para esto existe para ser universal, porque esto es lo que Cristo le pidió a sus apóstoles: que todos los hombres de todo tiempo y lugar sepan del amor con que Dios los ama; sepan que Dios es su Padre y que quiere la felicidad de todos sus hijos; sepan que han sido elegidos por Dios para la vida eterna, de modo que la muerte no será una realidad definitiva sino el paso hacia la vida eterna, hacia la vida sin fin.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis de san Juan nos presenta la imagen del final de los tiempos con una nueva humanidad, formada por una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, presididos por su Pastor. Todos nosotros somos llamados a formar parte de esa nueva humanidad.

Cada día, tenemos la experiencia de la alegría y de la esperanza, pero también del dolor, de la incomprensión, del miedo, del sufrimiento, de la desesperación.  Caemos en el pesimismo que nos ata y nos limita, nos esclaviza y nos impide saborear el don de la vida.

Por ello, esta lectura nos dice que hay esperanza y que no estamos condenados al fracaso, sino destinados a formar parte de esa nueva humanidad; estamos destinados a esa vida nueva y plena; a la libertad auténtica, a la felicidad total. 

Lo que necesitamos para formar parte de esa nueva humanidad es acoger la salvación que Dios nos ofrece; acoger el mensaje de Jesús y seguirlo por el camino del amor, de la entrega, para que obtengamos la felicidad plena.

El Evangelio de san Juan nos habla de Cristo, el Buen Pastor que nos da la vida eterna.

En nuestro mundo hay mucha gente que “viven sin vivir”, llenos de sufrimientos, sin norte en la vida, en definitiva, como ovejas sin pastor.  El creyente, a pesar de los problemas de la vida, se siente salvado, porque tenemos la seguridad de que nada, ni nadie, puede acabar con nosotros. Tenemos la seguridad de la victoria final.  Claro, que vamos a tener dificultades en el camino de la vida, pero, como cristianos, sabemos que no podemos hacer como muchos hacen: “viviendo sin ilusiones ni esperanzas”, porque tenemos un camino que recorrer con Cristo.

A veces, porque somos un “rebaño débil”, nos cuesta seguir al Pastor, porque seguir a Cristo Pastor no es sabernos algunas cosas de nuestra fe.  Es aceptar a Jesús, como la verdad última de la vida, como el criterio de actuación y como la única esperanza de salvación definitiva.

Tenemos que escuchar y seguir a Cristo, nuestro Buen Pastor.  “Mis ovejas escuchan mi voz”.  Hay que escuchar a Cristo que nos llama en medio de tantas voces que oímos, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna.  A veces, en nuestra vida, nos despistamos y nos dejamos seducir por voces de falsos pastores, o por pastos que no nos alimentan.  No nos dejemos engañar.  Escuchemos la voz de Cristo, una voz que sabemos que no nos miente nunca, una voz en la que podemos confiar.

Recordemos también hoy, que hay muchas personas que no pertenecen al rebaño del Señor y que hay que ayudarlas para que formen parte del único rebaño que Cristo quiere: un solo rebaño y un solo Pastor.

Hoy, la Iglesia nos pide que pidamos de una manera especial a Dios por las vocaciones sacerdotales y religiosas.  Personas que dedican su vida exclusivamente a anunciar el Evangelio.

Pidamos, pues, a Dios, que el Buen Pastor, nos guíe a la patria de la felicidad y la alegría eternas.

lunes, 25 de abril de 2022

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  Cada uno tiene una misión que cumplir.  Nos han dado una vocación.  Pero no podremos desempeñarla sin la ayuda del Señor. 

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo. 

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

El Evangelio de san Juan nos presenta la tercera de las apariciones de Jesús resucitado. 

Jesús resucitado nos pide que lo sigamos.  A Jesús lo seguían de cerca no solamente los doce apóstoles, también lo seguían otras muchas personas.  Seguían a Jesús para escuchar su palabra, para encontrar respuesta a sus problemas, para dar sentido a sus vidas.

Ser cristiano significa conocer profundamente a Jesús, tratar con Él como se trata a un amigo cercano para después poder seguirlo. A nosotros también nos llama Jesús, a cada uno. Jesús nos llama en nuestra vida cotidiana, en nuestros quehaceres diarios, como a sus discípulos, mientras pescaban; allí donde estamos podemos encontrarlo. Todos somos diferentes, las llamadas también son diferentes. Cada uno tenemos la nuestra.

¿Cómo seguir hoy a Jesucristo?  El seguir a Jesús no ha cambiado. Ser cristiano es ir descubriendo poco a poco la salvación que trae Jesús, es irse identificando con los valores y el estilo de vida de Jesús.  Seguir a Cristo no es buscar ningún tipo de privilegios sociales ni políticos, ni económicos, ni religiosos, ni tan siquiera salud.

En nuestra vida seguimos unos valores, unas metas, unos objetivos que son los que orientan las decisiones que tomamos. Cuando alcanzamos las metas que nos hemos propuesto nos alegramos y nos llenamos de optimismo; nuestras preocupaciones llegan cuando por nuestra limitación humana, no logramos esa meta que nos hemos propuesto.

Los valores que Cristo vivió eran valores verdaderos. Los nuestros, a veces son tan limitados y relativos. Seguir a Cristo es tratar de conocer y vivir los valores que Cristo vivió. Se trata de creer lo que Él creyó, amar lo que Él amó y esto significa, dar importancia a lo que Él dio, interesarse por lo que Él se interesó, defender la causa que Él defendió, mirar a las personas como Él las miró, acercarse a los necesitados como Él lo hizo, confiar en el Padre como Él confió, enfrentarse a la vida con la esperanza con que Él se enfrentó. Buscar a Dios que está presente en la vida, como Él lo buscó.

Hay que aprender a confiar en Dios, no en nuestras fuerzas.  El Señor está ahí, en la orilla, sigue estando aquí también, con nosotros. Y una vez más el Señor nos dice “¡ánimo, volved a echar las redes!”.

Los discípulos consiguieron aquél día una gran pesca, porque se fiaron del Señor. Nosotros estamos llamados también a fiarnos de Él, a seguir echando las redes. 

Que esta eucaristía nos ayude a tomarnos en serio nuestra vida cristiana, y que el Señor se manifieste en nuestro corazón para darnos ánimo y alegría.

lunes, 18 de abril de 2022

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  Este domingo se llama el domingo de la Divina Misericordia.  En el Salmo Responsorial hemos repetido varias veces la frase “porque es eterna su misericordia”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado los comienzos de la Iglesia naciente.  Poco a poco se iban uniendo a la Iglesia nuevos creyentes que abrazaban la fe que los apóstoles predicaban. Y así, quienes se convertían a la fe en Jesús iban reuniéndose cada semana.

Se iba formando la primera comunidad cristiana.  ¿Qué características debe tener una comunidad cristiana?

Una comunidad cristiana, tiene que ser una comunidad de fe.  La fe se vive en comunidad y no por libre y en solitario.  Lo que mantiene al grupo cristiano unido a Cristo y a sus pastores, es la fe en Cristo resucitado. 

Otra característica que debe tener una comunidad cristiana es ser una comunidad que vive de la Eucaristía y de la oración.  En la primera comunidad cristiana eran constantes en la celebración de la Eucaristía o fracción del pan y en las oraciones.   Sin Eucaristía viva y eficaz no puede haber una comunidad cristiana.  En la Eucaristía culmina también la oración, y la oración ha de ser parte importante de nuestro vivir diario.

Una tercera característica que debe tener una auténtica comunidad cristiana es ser una comunidad misionera.  Hay que evangelizar, y esto es una tarea de todo bautizado: anunciar la salvación de Dios y el perdón de los pecados.

El libro de los Hechos de los apóstoles nos decía que el número de los creyentes iba creciendo.  Y  hoy, ¿crecemos o disminuimos en número? ¿Será que nos vamos alejando cada vez más del estilo de vida de las primitivas comunidades cristianas y por eso cada vez son menos los que viven una fe comprometida?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta la visión que tiene san Juan de Cristo resucitado. 

Cristo ya no es víctima de los soldados que lo crucificaron.  Ahora Cristo es “el primero y el último, el que está vivo, el que murió pero ahora vive”  Cristo es el que tiene “las llaves de la muerte y del más allá”.

Nos llamamos y decimos que somos cristianos, es decir, que creemos en Cristo, lo amamos y confiamos en Él.  Y, sin embargo, muchas veces nos olvidamos del Señor, vivimos como si no existiera, nos comportamos como si su persona hubiera desaparecido para siempre.  Y no es así.  Cristo está vivo, está presente de modo real y verdadero en la Eucaristía.  Esa lámpara al lado del sagrario nos recuerda la presencia real de Cristo entre nosotros.

No cerremos nuestro corazón a la oportunidad que Dios nos da de salvarnos y de vivir con Él eternamente.

El evangelio de San Juan nos ha presentado la figura de Tomás el incrédulo,el que decía que a él no lo podían engañar diciéndole que Cristo había resucitado.

Tomás es como los hombres modernos de hoy, que no creen más que en lo que tocan, o en lo que pueden medir o contar.  Tomás representa a tantas personas que no confían en Cristo-resucitado.

Es notable la testarudez de este discípulo: “Si no veo en sus manos las huellas de los clavos, si no meto mi dedo  por el agujero de los clavos y mi mano en su costado, ¡no creeré!”  Este hombre se resiste a creer.  Para creer exige pruebas.  No tiene esperanzas.

Los hombres de hoy arriesgan su vida varias veces al día: atraviesan calles sin mirar, se bajan del autobús en marcha, adelantan imprudentemente al coche que va delante.  Pero no les gusta ofrecer su vida por Cristo.

¡Es hermosa la época que nos ha tocado vivir!  Pero no ha habido jamás ningún otro tiempo en el que se haya creído tan poco, en el que se haya sido tan ateo, tan desesperados y negativos.

Tenemos miedo a que nos engañen, y creemos que Cristo nos va a engañar, por eso nuestra vida religiosa no es una vida comprometida, porque no se  nos da lo que pedimos.

Tomás presenta una serie de exigencia para tener fe y Cristo le responde diciendo: “Ven Tomás, mete tu dedo… mete tu mano… y no seas incrédulo sino fiel”.  Y cuando Tomás vio al Señor, lleno de ternura, resplandeciente de paz y de amor, comprendió enseguida que Cristo había resucitado.  El peor castigo que se le pudo dar a Tomás fue concederle aquello que exigía.  Él se dio cuenta que había fallado, de que tenía que haber tenido fe.  Jesús tiene que decirle: “Tomás, porque has visto, has creído; ¡dichosos los que no han visto y han creído!”  Estas palabras eran humillantes para Tomás y por eso no le queda más remedio que  exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!”

De ese pobre Tomás que no creía, ha obtenido Jesús el acto de fe más hermoso del evangelio. 

Tengamos cuidado, no vayamos a ser como Tomás, que pedimos pruebas a Dios y Dios acceda a nuestras pretensiones y tengamos que humillarnos ante Dios como lo hizo Tomás.   Hay que creer sin ver.

lunes, 11 de abril de 2022

 

JUEVES SANTO, VIERNES SANTO, VIGILIA PASCUAL Y DOMINGO DE RESURRECCIÓN

JUEVES SANTO

Esta tarde comenzamos, como un momento muy especial de gracia, el triduo pascual: tres días que nos sumergen de una manera especial en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador. Iniciamos, pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía como memorial de la nueva alianza. Hoy también celebramos el día del Amor fraterno y la institución del sacerdocio ministerial, íntimamente ligados a la Eucaristía.

La celebración de esta tarde tiene un tono especial, que quiere rememorar aquel mismo ambiente íntimo, intenso, que debía tener aquel encuentro de Jesús con sus discípulos. “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. Y en estos últimos momentos, Jesús quiere reunirse con sus amigos, para despedirse de ellos para dejarles su último mensaje.


Nosotros, esta tarde, queremos ser aquellos amigos de Jesús que estamos con Él en ese momento importante, porque lo amamos y queremos cumplir su voluntad.

Hoy, Jesús en su última cena, la víspera de su muerte en cruz, culmina una vida abierta y ofrecida a Dios y a los demás. Una vida que alcanza a toda  la gente y a los discípulos que lo siguen. Jesús no ignora a nadie. Incluso los que se saben alejados de Dios, encuentran un lugar cerca de Jesús. En la última cena los doce apóstoles están cerca de Jesús, y ellos representan a la Iglesia, es decir, nos representan a todos nosotros.

Jesús toma el pan y toma el cáliz, lleno de vino, y los ofrece a los discípulos. Parte el pan, después de dar gracias a Dios por el humilde don que alimenta a todos, y dice: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.  Aquel pan es el cuerpo del Señor, para la vida del mundo. Con el pan de la Eucaristía recibimos la vida, abrimos la puerta al mismo Señor que entra en nuestra casa y habita en nosotros.

Hoy, los apóstoles comen y beben el cuerpo y la sangre de Señor. Mañana su cuerpo será triturado por la malicia de los hombres.

Esta tarde, permitamos, a Jesús, no sólo que nos alimente, sino también que nos lave los pies. Es decir, que nos preste el servicio —puesto que a eso vino— de salvarnos del odio y de la mentira, a fin de que podamos nosotros, por nuestra parte, abrirnos unos a otros en el amor. Jesús se entregó por nosotros, como acción suprema del amor de Dios por nosotros y nos mandó que nos atreviéramos a hacer lo mismo. Que nuestra felicidad no dependiera de otra cosa que no fuera el amor hasta la muerte por los que nos necesitan.


La Eucaristía es el signo eficaz del amor de Dios por nosotros y, por eso, la fuente del amor en el servicio de unos con otros. El servicio que da sentido a todo lo que vivimos en la ventura y en la desventura. El servicio es lo que más nos asemeja a Dios porque es la mejor expresión del amor.

Amor, servicio y vida es lo que celebramos hoy en este jueves santo.  No hay amigo que haya dado su vida por el amigo con tanto derroche de dolor y de amor como Cristo nuestro Señor. Y por eso Cristo nos dice: Esta será también la señal del cristiano, este mandamiento nuevo les doy: “Que se amen como yo los he amado”.

Esta es la gran enfermedad del mundo de hoy: No saber amar. Todo es egoísmo todo es explotación del hombre por el hombre. Todo es crueldad y tortura. Todo es represión y violencia. Cultura de la muerte frente a la cultura del amor.

Junto con la Eucaristía e inseparable de ella, más aún, en función de ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio ministerial. Es un don para la Iglesia más que un don personal. Porque fue a los apóstoles a quienes dio el Señor el mandato de hacerla “en memoria mía”.  Esta es la razón por la que en este día celebramos la institución del sacerdocio de Cristo, confiado a hombres frágiles, entresacados del pueblo, consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación, Por el ejercicio sacerdotal, la Iglesia se congrega para la escucha de la Palabra y para ofrecer a Cristo al Padre y con Él también ella se ofrece.

Hoy es muy buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones sacerdotales. Por tanto oremos para rogar al Padre de misericordia que suscite en los corazones de mucho jóvenes el deseo de consagrar la vida al servicio del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos porque en nuestras familias se vivan de tal manera los valores del Evangelio que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.

Agradezcámosle a Jesús su invitación a estar con Él esta tarde tan importante, digámosle que lo amamos y queremos cumplir su voluntad y que estamos convencidos de que como discípulos suyos tenemos que distinguirnos por nuestra capacidad de amar.

VIERNES SANTO

Esta tarde nos reunimos para contemplar el rostro doliente de Cristo crucificado.  Queremos acercarnos al misterio de su Pasión y de su cruz, queremos comulgar con sus padecimientos, queremos agradecer la inmensidad de su amor.

Al comenzar esta tarde la celebración de la muerte de Cristo, lo hemos hecho arrodillándonos en silencio meditativo y agradecido.  Es la actitud de quien adora.  Ante esta realidad de un Dios que muere por nosotros, ¡qué otra cosa podemos hacer sino echarnos por tierra repitiendo en el corazón: qué grande, y qué fuerte, Dios mío es tu amor! ¡Tu amor ha llegado hasta el fin! ¡Tu amor nos ha salvado! ¡Gracias, Señor!

La celebración de esta tarde toda ella se centra en la Cruz.  Hoy, de hecho, la Iglesia no celebra la Eucaristía, el más importante sacramento del culto católico; pero asistimos al memorial mismo de la muerte de Cristo.

Veamos en la cruz algunos aspectos que a lo largo del año litúrgico pasamos por desapercibidos: La cruz implica sufrimiento, pero se trata del sufrimiento que lleva a la alegría.

La Iglesia, mediante su liturgia de hoy, nos invita a creer en el Mesías crucificado y a aceptar en la fe: que la muerte de Cristo es el acto de amor supremo de Dios, por medio del cual nos salva; que Dios ha querido manifestar todo su poder en la debilidad de la cruz; que la locura de la cruz es más sabia que la sabiduría del mundo; que a partir de la muerte de Jesús en el calvario, todo en la vida del creyente adquiere un sentido imposible de alcanzar por otros medios; que gracias a la cruz del Señor podemos tener la certeza de que todos nuestros pecados han quedado perdonados; que después de la cruz, no existe otra fuerza mayor en el mundo que no sea el amor;  y, que la vida adquiere su mayor sentido en el amor.

Acabamos de escuchar el impresionante relato de la Pasión.  Jesús ha dado su vida por nosotros.  Él, el inocente y el justo, ha muerto violentamente a manos de verdugos como si de un criminal se tratase.

La pasión nos muestra todo lo que Jesús ha hecho por nosotros, todo el inmenso amor que ha tenido para con todos los hombres.  Hoy, más que nunca, debemos compartir su sufrimiento.  Y, también hoy, debemos sentirnos más cerca de Jesús, incluso sintiéndonos culpables de haber pecado, puesto que, como hemos escuchado en la 2ª lectura, Él no es alguien que “no sea capaz de compadecerse de nuestras flaquezas”.  Jesús ha pagado a un precio muy caro el mal del mundo.  Por eso podemos acercarnos a Él sabiendo que nos perdona y que somos bien acogidos. 

Esta tarde, nos acercamos a la cruz con humildad y confianza, sabiendo que Jesús abre sus brazos para acogernos, perdonarnos y fortalecernos.  ¡Ojalá supiéramos contemplar los brazos abiertos de Jesús!  Por una parte, estos brazos abiertos vencen todo el mal y todo el pecado de nuestro corazón y nos hace mejores y más sencillos, y, por otra parte, nos animan a acercarnos a Él con más fuerza que nunca, con mayor ilusión, superando el desánimo y el desencanto.

Es tremendo la inmensidad de sufrimiento que existe en nuestro mundo.  Sufrimiento físico y moral.  Guerras, miseria, hambre, violencia y muerte.  Toda clase de sufrimientos.  Cárceles y torturas.  Odios, envidias y desprecios.  Y la lista sería interminable.  ¡Cuántos rostros marcados por el dolor!

Jesús hoy y aquí sigue muriendo por nuestros hermanos.  Jesús sigue siendo escupido, pisoteado, abandonado, torturado, despreciado.  En toda persona que sufre debemos ver el rostro de Cristo.  Si así lo hiciéramos, nuestra visión del mundo sería muy distinta y nos daríamos cuenta de los valores por los que vale la pena trabajar.  Cuando en el camino de nuestra vida nos encontramos con el sufrimiento propio o de algún hermano, sepamos que en este sufrimiento está presente Jesús con los brazos abiertos.  De este modo nunca estaremos totalmente solos.  Siempre Jesús estar con nosotros.  Desde Jesús, la soledad total ya no existe.

Que esta tarde sea para nosotros, tarde de silencio contemplando al crucificado, tarde de oración y de plegaria ante Cristo en la cruz, tarde de adoración y agradecimiento a Jesús que por su cruz nos ha librado de la muerte, tarde de silencio y acompañamiento junto a María que nos dio tal redentor, tarde de esperanza porque nuestra semana santa no termina en viernes de sepultura sino en Domingo de Resurrección.

VIGILIA PASCUAL

¡Jesucristo ha resucitado!  Acabamos de escucharlo. Y ésta es una gran noticia. Sí, Jesús no podía corromperse en el interior del sepulcro. Por eso aquellas mujeres piadosas que iban a ungir el cuerpo de Jesús con aromas se encontraron con aquellos dos hombres con vestidos refulgentes que les dije­ron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” “No está aquí: ha resucitado”. ¡Jesús vive! ¡Jesús ha resucitado! La muerte no ha podido destruirlo.

Es lo que celebramos esta noche. Y la liturgia se vuelca en ello con toda la abundancia de signos: fuego, luz, agua, Palabra, cantos y flores. Todo es vida. Todo proclama la resurrec­ción de Jesús. Todo, esta noche, es un grito de fiesta. Todo se puede resumir en una palabra significativa y que hemos cantado con toda el alma: ¡ALELUYA!

El apóstol Pablo nos ha dicho en la epístola de esta noche: “Así como Cristo resucitó de en­tre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva”. No­sotros creemos en la vida. Y queremos que todo el mundo viva dignamente. Y porque cree­mos en la resurrección de Jesucristo y en la vida, se nos abren nuevos y amplios horizontes.

Nos damos cuenta de que es posible cambiar y que hay que cambiar, puesto que debemos emprender una nueva vida. Tenemos que abandonar el pecado, el egoísmo y todo lo que nos encadena. Tenemos que saber ser libres de verdad. Es el mismo Pablo quien nos lo dice: debemos vivir “libres de la esclavitud del pecado”.

Dejar la esclavitud y proclamar la vida. He aquí la grandeza de nuestra misión. Y podemos conseguir esto porque la energía de Jesús resucitado también nos ha transformado. Pode­mos ser diferentes. Podemos ser mejores.

Esta noche es también la noche de la esperanza. Debemos proclamar muy fuerte, con el tes­timonio de nuestra vida, que nuestro mundo dormido y triste, puede cambiar. Sin ilusión y esperanza somos personas derrotadas y, de este modo, no podemos ser testigos de Aquel que luchó, dio la vida y resucitó. Tenemos que saber ver y valorar la vida en toda su riqueza y en todas las personas.  A veces quedamos atrapados por algo que nos preocupa y dejamos escapar una inmensidad de vida sin darnos cuenta.

¡Cuánta vida pasa ante nosotros! Valorar la vida en todas sus manifestaciones y promocionarla, podría ser también un fruto de la Pascua.

Emprendamos, pues una nueva vida.  Vencer la esclavitud, vivir con esperanza y amar la vida y valorarla.  Estos deseos podrían ser nuestra felicitación pascual.

Por esto hoy, en esta noche, exultamos de alegría con toda la tierra, tal como se ha proclamado en el anuncio de la Pascua: “Goce también la tierra, inundada de tanta claridad y que radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero”

Hoy, todo es vida, todo es luz, todo es alegría, todo es esperanza, porque Jesús ha resucitado y nosotros también hemos de resucitar con Él.

¡Feliz Pascua de resurrección para todos!

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Hermanos: Esta es la fiesta de los cristianos. Ninguna otra es fiesta si no está fundada en ésta. Los cristianos vivimos en fiesta. Cristo ha resucitado lo cual significa que ha vencido definitivamente a la muerte. Y si su muerte fue nuestra muerte, con mayor razón su victoria es nuestra victoria. Este es la gran noticia que la Iglesia pregona a los cuatro vientos y por todas las edades, desde hace más dos mil años.

El primer día después del sábado, María Magdalena va al sepulcro y lo encuentra vacío. Su desilusión es inmensa. Corre al encuentro de Pedro y le dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Pedro y Juan acuden al sepulcro y lo encuentran todo tal como María se lo ha contado. Y entonces es cuando creen, puesto que, precisamente al ver el sepulcro vacío, comprenden lo que el Señor les había dicho: “Él debía resucitar de entre los muertos”.

Sí, hermanos, nosotros creemos que Jesús ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra fe y hoy, más que en otros momentos, lo celebramos solemnemente y con gran gozo. Fíjen­se en este cirio que esta noche hemos estrenado. Su luz es el símbolo de Jesucristo resuci­tado que quiere iluminar nuestra vida. Y también las flores y la luz y el agua. Hoy estamos rodeados de fiesta.    

Nosotros, que creemos en Jesús sentimos una gran alegría en nuestro interior porque cree­mos en Alguien que vive, que ha resucitado. La muerte no lo atrapó. Él es el vencedor de la muerte y del mal. El sepulcro no pudo retenerlo, porque el sepulcro es el lugar de los muertos.

Lo hemos escuchado en la primera lectura: “Nosotros somos testigos de cuanto Él hizo en Judea y en Jerusalén… hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”. Los apóstoles anunciaban por todo el mundo la buena noticia de la resurrección de Jesús.

También nosotros hemos creído y creemos que Jesús ha resucitado. Y por eso creemos que también nosotros resucitaremos.

Esta fe nos ayuda a luchar por la vida y a amarla. Los cristianos debemos trabajar, por tanto, en todas las instituciones y grupos que quieren mejorar el mundo, tenemos que dar un alien­to a la vida y a la esperanza. Sí, la fe en Jesús nos ayuda a luchar contra el mal y el egoísmo.

Sí, ya es hora de cambiar. Con la fuerza de Jesús seremos más capaces de luchar contra el mal, de abandonar el egoísmo. El mensaje de la Palabra de Dios nos atrae: “Puesto que vosotros habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Poned todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”.

Los apóstoles tuvieron una experiencia única. Fueron testigos de la resurrección. Y esto los transformó. Ellos resucitaron con Cristo. Y desde entonces nada los detuvo.

Tenemos que ver más allá de nosotros mismos, debemos tener unas metas más elevadas, debemos mirar a lo alto. Y ello no para alejarnos de la realidad, sino todo lo contrario. Con esta fe y mirada profundas tendremos la fuerza necesaria para transformar la realidad.

La Pascua nos hace optimistas. Con frecuencia los defectos y las dificultades nos abruman, nos entristecen y nos envejecen. Sabemos que es difícil mejorar. Pero, sea cual sea nuestra edad, la Pascua nos invita a ser mejores, a dar muerte a nuestro pecado. a no dejarnos arrastrar por la rutina, a liberarnos de la tristeza… y nos dice que esto es posible.

La fiesta de Pascua es, por tanto una fiesta de optimismo. Jesús resucitado nos dice que podemos amar más, que podemos tener más gozo que podemos tener más paciencia, que podemos en una palabra, mejorar, porque hemos “resucitado con Cristo”.