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lunes, 6 de junio de 2022

 

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO C)


En este primer domingo después de Pentecostés celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Es una fiesta muy especial.  La fiesta de la Santísima Trinidad, es un misterio difícil de comprender.  Imposible, si no es por la fe.  Este misterio es uno de los más importantes de nuestra fe cristiana.  Esta celebración es, en esencia, la fiesta de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es bueno dedicar un día a admirar el misterio divino, que, por otra parte, está muy presente en toda nuestra vida. Toda celebración cristiana la hacemos en nombre de la Trinidad. El cristiano que viene a Misa, y trata de vivirla, observará que desde el comienzo, cuando nos santiguamos diciendo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, hasta que el sacerdote nos da la bendición trinitaria final, constantemente invocamos a la Santísima Trinidad.

Hemos sido bautizados en su nombre y empezamos el día invocándola con la señal de la Cruz; todo lo hacemos en su nombre y por su gloria.

Decir Trinidad es decir amor. Si no existiese la Trinidad, no existiría el amor.  Creemos que el mundo y los hombres se han desentendido de Dios, porque no creen en un Dios amor. Tal vez creemos en un Dios aislado de nosotros, en un Dios casi como que se desentiende de nuestras angustias y de nuestras tribulaciones. Pero, gracias a Dios, Cristo nos muestra a un Dios que vive con nosotros, un Dios vivo, un Dios que está implicado en la historia de los hombres.  Un Dios que va con nuestra historia.

Un Dios que se preocupa de la esclavitud de los hombres para hacerlos libres. Un Dios que vive con los pueblos subdesarrollados para que se desarrollen en la verdadera imagen que Él quiso hacer de cada rostro humano. Un Dios que se preocupa de nosotros.

Dios no es un ser aislado, solitario. Cristo nos ha revelado que Dios es comunión, que Dios es tres personas. 

Dios es Padre y Creador: la creación es la obra amorosa de Dios.  El hombre es la criatura más perfecta por Dios creada, pero a su vez pequeña ante la inmensidad de la creación.

El Padre, el Dios amor es el que da origen a todo lo que vive. Él es la fuente de todo y del que nace todo lo bueno, lo bello y misericordioso. En Él comienza todo lo que es vida y amor. El Padre no sabe sino darse y dar gratuitamente y sin condiciones.

Creer en un Dios Padre es saberse acogido. Dios me acepta como soy. Sólo quiere mi vida y mi felicidad eterna. Puedo vivir con confianza y sin temor. No conoceré la experiencia más terrible e insoportable para un ser humano: sentirse rechazado por todos, no ser aceptado por nadie. Dios es mi Padre. Nunca seré un extraño para Dios, sino un hijo.

Dios es Hijo, que nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros, que se hizo hombre para enseñarnos  a querernos como hermanos. Nos muestra que sólo es feliz aquél que es capaz de darse al otro, de perdonar una y otra vez como Él nos perdona.

El Hijo es acogida, respuesta perfecta al Padre, reflejo fiel de su amor.  El Hijo es nuestro hermano mayor, el que nos revela el rostro verdadero del Padre y nos enseña el camino hacia Él.

Creer en un Dios Hijo es saberse acompañado. No estamos solos ante Dios, perdidos y desorientados, sin saber cómo situarnos ante su misterio. El Hijo de Dios hecho hombre nos enseña a vivir acogiendo y difundiendo el amor del Padre. Injertados en Cristo no conoceremos la experiencia destructora de la soledad. Quien no sabe recibir amor, no sabe lo que es vivir. Quien no sabe dar amor, se muere.

Dios es Espíritu que nos fortalece y nos da su aliento. Ahora es el tiempo del Espíritu. Con Él viviremos nuestra fe, porque no es cuestión de doctrina, sino de vivencia. Decía San Juan que “sólo el que ama conoce a Dios”.  El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, no lo echemos en saco roto, aprovechemos el regalo que se nos hace en abundancia.

Dios es comunidad: Dios es amor y amor entre personas.  El Espíritu Santo es comunión del Padre y el Hijo, amor compartido, entendimiento mutuo. El Espíritu Santo es comunicación de amor, fuerza creadora y renovadora, energía amorosa que lo transforma todo.

Creer en Dios Espíritu Santo es saberse habitado por el amor. No estamos vacíos e indefensos ante nuestro propio egoísmo. Nos habita el Espíritu del amor. El Espíritu nos mantiene en comunión con el Padre y con el Hijo. Él nos consuela, nos renueva y mantiene vivo en nosotros el deseo de Dios reinando en un mundo más humano y fraterno.

Celebramos a la Trinidad siempre que los hombres nos esforzamos, mucho o poco, por construir una sociedad en la que las personas vayamos aprendiendo a convivir, compartir y dialogar.

lunes, 30 de mayo de 2022

 

PENTECOSTÉS (CICLO C)

Estamos celebrando hoy la fiesta de Pentecostés.  Han transcurrido 50 días desde el domingo de Resurrección hasta hoy.  Pentecostés es celebrar la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Virgen María.  Con la venida del Espíritu Santo comienza el tiempo de la Iglesia.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles,  nos ha descrito la venida del Espíritu Santo sobre los após­toles: se encontraban todos juntos, reunidos en un mismo lugar.  De repente, se oyó un ruido del cielo, como de un viento recio, que resonó en toda la casa. Se les aparecieron como unas lenguas de fuego. Todo eso era lo que experimentaban por fuera, en el exterior. Ahora bien, lo más importante era lo que les pasaba dentro, en el interior de cada uno: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”.

También nosotros hemos recibido muchos signos exteriores de la presencia de Dios: ahora mismo estamos en la iglesia, reunidos ante el altar, hemos hecho la señal de la cruz, hemos cantado, hemos escuchado la palabra del Señor.  Pero, ¿y por dentro? ¿Nos damos cuenta de que el Espíritu Santo está en cada uno de nosotros y llena nuestro interior?

El Dios que aparece en el Antiguo Testamento, puede parecernos un Dios un poco lejano, sin embargo, Jesús es “Dios entre nosotros”, Dios hecho hombre: vive y habla humanamente, comparte nuestra vida y nuestra muerte, se sienta a la mesa con los pecadores, conocemos su historia, de Belén al Calvario. Pero quedaba, todavía, una aproximación más íntima de Dios. Jesús la había anunciado: el Espíritu de la verdad estará dentro de nosotros. Es éste el acontecimiento de Pentecostés: su Espíritu está en nuestro interior.

Desde el día de nuestro Bautismo y, especialmente, desde nuestra confirmación, también nosotros estamos llenos del Espíritu Santo.  El Espíritu está actuando en cada persona, impulsando nuestro saber, nuestra manera de vivir, o posiblemente esperando  a que lo dejemos actuar, a que abandonemos nuestro egoísmo, nuestras violencias, a veces hasta nuestro temperamento, a que lo dejemos actuar.

Y ¿qué hace, en nuestro interior, el Espíritu Santo?

Nos habita profundamente. Podríamos decir que se mezcla con nuestra personalidad y, desde ella, nos revela la verdad plena. Conocemos la palabra, conocemos el Evangelio. Pero cada uno de nosotros es diferente e irrepetible… ¿Cómo vivir mi vida según el Evangelio? Eso no está escrito: eso me lo dice el Espíritu Santo.

Me hace recordar vivencialmente todo lo que el Señor ha dicho y me lo hace entender.

Es el defensor: me defiende de mí mismo, de mis dudas, de mis cobardías. También me defiende del mal exterior: del ambiente de incredulidad, del materialismo y del consumismo que me rodean e intentan seducirme.

Es el consolador. Me consuela en las horas duras, no deja que me sienta huérfano, me anima en la tristeza, en el desencanto, en la depresión. Me ofrece generosamente sus frutos: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, dulzura y dominio de mí mismo.

Aquellos hombres asustados que eran los apóstoles, cuando quedaron llenos del Espíritu Santo empezaron a hablar en diversas lenguas. Salen fuera y son capaces de establecer una comunicación personal con personas que provenían de diversas nacionalidades: “cada uno los oía hablar en su propia lengua”.

Pentecostés nos debe cuestionar y darnos cuenta que el Espíritu que hay en nosotros nos ha sido dado para que salgamos fuera, para que anunciemos a Jesús, para que todo el mundo nos pueda escuchar desde donde está y desde como es.

¿No os parece que evangelizamos poco? Que cada uno de vosotros se pregunte: ¿cuál es la última vez que he hablado con alguien de Dios, de Jesús, del Evangelio?  En Jerusalén había gentes de Judea y de Mesopotamia, de Egipto y de Libia. A nuestro alre­dedor hay personas de muchas mentalidades, de edades diversas, de estilos de vida diferentes. ¿Cómo haremos para que todos puedan oír las grandezas de Dios en sus propias lenguas, en su propio estilo de vida?

La fiesta de hoy es una llamada a cultivar más, a descubrir nuestro mundo interior y a vivir más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros. Necesitamos descubrir en lo más profundo de nuestro ser, al Espíritu de Dios que habita en cada uno de nosotros.

lunes, 23 de mayo de 2022

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO C)


Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos.  Jesús se va, pero se queda entre nosotros. El sentido de su ida al cielo es que los cristianos asumamos nuestra mayoría de edad y empecemos a enfrentarnos con la vida, con el mundo “como si Dios no existiese”, no para aprovecharnos y vivir la vida sin criterios y sin valores, malgastando nuestra vida, sino para vivirla responsablemente.  Por ello nos decía la 1ª lectura: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”.

Con la Ascensión ha nacido nuestro compromiso con la tierra y sus habitantes. No hay que huir del mundo, ni de la gente. No hay que huir, pero tampoco dominar, subyugar, como lo han hecho, a veces, algunas personas.

Hemos de preguntarnos hoy: ¿Me he puesto a trabajar por el bien común, por el bien de la Iglesia, o sigo con los brazos cruzados y el espíritu pasivo, mirando no sé a dónde, sin hacer nada?

La Ascensión nos saca de  nuestra pasividad, que lo espera todo del cielo, con los brazos cruzados, sin hacer nada. Hay personas que quieren alcanzar el cielo sin trabajarlo en la tierra.

En esta fiesta de la Ascensión del Señor, los creyentes celebramos el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte, su resurrección y regreso al Padre, después de haber vivido como un hombre más, entre nosotros.  Es importante en esta fiesta, escuchar con gozo, las palabras de Jesús al encomendarnos seguir su misión, evangelizar a todos los pueblos: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Cuando decimos que Jesús ascendió “al cielo”, no podemos pensar en el cielo como un lugar en el espacio, físico, sino como un signo de la presencia de Dios entre nosotros.

Ascender es “volver a Dios Padre”. La ascensión de Cristo al cielo es un pasar, pero del tiempo a la eternidad, de lo visible a lo invisible, de la fragilidad de lo humano a la vida plena junto a Dios.

Con su ascensión al cielo Cristo penetró en una realidad que escapa a nuestras posibilidades. Nadie sube hasta allí si no ha sido elevado, resucitado por Dios. Él vive ahora con Dios, en la absoluta perfección, en la absoluta presencia, amor y felicidad. Cuando proclamamos que Cristo subió al cielo pensamos en todo eso también para nosotros.

Y alguno podrá preguntarse hoy, ¿qué sentido tiene esta fiesta en la que conmemoramos que Cristo, nuestro salvador se ha ido lejos de nosotros, cuando lo que nos preocupa y nos importa hoy es la solución de los problemas de nuestro mundo cada vez más graves y amenazadores?  Más que nunca necesitamos escuchar en este tiempo el mensaje de esta fiesta de la ascensión del Señor.

Porque Jesús se ha ocultado en Dios no para ausentarse de nosotros sino para vivir desde ese Dios una cercanía nueva con nosotros, así nos lo ha prometido, estar con nosotros, todos los días hasta el fin de los tiempos.

Este acompañamiento constante de Jesús, es el que nos debe de impulsar a llevar su mensaje tan dentro de nosotros, que lo contagiemos allí dónde nos encontremos. Amar la vida de cada día con sus luchas, sus alegrías, sus  penas, trabajar por la justicia, por hacer nuestro entorno pacífico, es hacer, ya aquí y ahora, presente el cielo en la tierra.

Los cristianos no podemos sentirnos ajenos a las angustias y esperanzas de este mundo, que es también nuestro mundo; llevamos en nosotros una fe que nos ofrece razones para vivir y esperanza para morir, porque esperamos este encuentro definitivo con Cristo nuestro hermano y con Él con nuestro Dios.

Hemos recibido de Cristo una misión que hoy la escuchamos de nuevo: Jesús insiste a los que quieren seguirlo que han de ir al mundo: “Id a todos los pueblos”, es una misión universal. Es una invitación para llevar su mensaje de paz, de fraternidad, de esperanza a nuestro mundo descompuesto, amenazado y amenazador. Se han encerrado en él muchos odios, muchas injusticias, se ha explotado a pueblos enteros, se ha despreciado a razas, a culturas, se ha humillado con indignidad a hombres y mujeres en represiones inhumanas, ¿cómo extrañarnos de que brote el terror?  El odio solo engendra odio.  “Pon amor y encontraras amor”, decía Juan de la Cruz.

Porque ser cristiano es también  encontrarnos ahora con un Cristo lleno de vida, con un Cristo que ha muerto por amor a nosotros, pero que ahora vive, y que hoy nos dice: “creed en la vida futura, será como la mía, la vida no termina en la muerte”. Nuestra vida será como la vida que hoy vive Jesús.

Ser cristiano es encontrarse con un Cristo lleno de vida, cuyo espíritu nos hace vivir, con un Cristo que ha entregado su vida libremente por amor al ser humano pero que vive resucitado.

Hoy nos toca trabajar en este mundo. Hoy nos toca trabajar en esta tierra, para que seamos y nos sintamos hermanos. Mañana será nuestro triunfo con Cristo en el cielo.

lunes, 16 de mayo de 2022

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Homilia – Página 13 – Noticias

La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de acompañar permanentemente a su comunidad.  No estamos solos en la vida, Jesús resucitado va siempre con nosotros.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.

Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos.  

Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.

Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.

La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.

Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús “hasta el final de los tiempos”.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.

Todos estamos llamados a formar parte de esa Iglesia celestial.  Para ello debemos, ya desde ahora, ir asemejándonos cada vez más a Cristo.  Por eso, sabiéndonos pecadores, no debemos dejarnos llenar más de tinieblas en nuestra vida, tinieblas que nacen de la maldad del corazón, sino que hemos de estar en una continua conversión, para manifestar al mundo nuestra fe en el Señor.

Seamos, conforme al mandato del Señor, luz que ilumine a todas las naciones, pues la Iglesia es el regalo que Dios ha dado al mundo, para que por medio de la Iglesia y unidos al Señor encontremos la salvación y el camino que nos conduce a Dios.

En el Evangelio de san Juan, Jesús habla de amarlo a Él.  Ama a Jesús quien cumple sus palabras; no lo ama quien no las cumple.  ¿Amamos  a Jesús?  

A veces, expresamos muy poco nuestro amor a Jesús. Hay muchas personas que pueden pasar días y días, pueden incluso ir a misa… sin tener unos momentos de conversación con Él, sin dirigirle unas palabras que salgan del corazón.  No es un amor sólo verbal, teórico. “El que me ama, dice, cumplirá mi palabra”.  No siempre tenemos en cuenta las palabras de Jesús cuando llega el momento de aplicarlas a nuestra vida de cada día.  Y entonces pasamos a formar parte de los que no hacen caso de sus palabras y, por lo tanto, de los que no lo aman o no lo aman lo suficiente.

Pero el evangelio de este domingo también nos habla de paz.  Pero con la paz ocurre como con otras muchas palabras como amor, solidaridad, que a fuerza de repetirlas pierden la fuerza del sentido original.

A la hora de hablar de paz muchas veces lo que realmente sucede es que los cañones y los rifles han callado, aunque sigan manteniéndose situaciones de injusticia y opresión. Lo mismo ocurre a nivel familiar, de vecinos o de parroquia. Y así, por ejemplo, cuando hay un enfrentamiento o una discusión fuerte solemos decir, “haya paz” para calmar los ánimos; y eso está bien. El problema es que todo se quede en eso, en que se calmen los ánimos, pero no se produzca entendimiento, ni comprensión del otro, ni reconciliación. Y puede haber paz pero, continúan los rencores y los odios.

Para resolver los conflictos hemos de hacer una opción: o escogemos la vía del diálogo y del mutuo entendimiento, o seguimos los caminos de la violencia y del enfrentamiento destructor.

Frente a esta “cultura de la violencia” que tanto se ha cultivado entre nosotros, necesitamos promover hoy una “cultura de la paz”.  Esta “cultura de la paz” exige buscar la eliminación de las injusticias sin introducir otras nuevas y sin aumentar más las divisiones. Una “cultura de paz” exige además crear un clima de diálogo social promoviendo actitudes de respeto y escucha mutuos. La “cultura de paz” se basa siempre en la verdad. Deformarla o manipularla al servicio de intereses partidistas o de estrategias oscuras no conduce a la verdadera paz. La mentira y el engaño al pueblo engendran siempre violencia.

La “cultura de paz” sólo se asienta en una sociedad cuando las personas están dispuestas al perdón sincero, rechazando sentimientos de venganza y revancha. El perdón ayuda a construir el futuro para todos.

lunes, 9 de mayo de 2022

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado el trabajo concreto de Pablo y Bernabé de ir llevando el Evangelio a todas partes.  Vemos también, como la Iglesia, al ir aumentado el número de creyentes y de comunidades cristianas, necesitaba organizarse.

Igual que todo grupo humano necesita líderes, las comunidades cristianas también los necesitan.  Por ello, Pablo y Bernabé, animados con la oración y la fuerza del Espíritu Santo, nombraron obispos y presbíteros en las comunidades que se iban formando.

Pero Pablo y Bernabé también les recuerda a los cristianos que “hay que perseverar en la fe y que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.

El Señor ya había anunciado muchas veces y Él lo experimentó personalmente, que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.

Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.

Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan.  

El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado mandamiento nuevo del amor: que nos amemos como Cristo nos ha amado a cada uno de nosotros.

Pocas veces se habrá hablado tanto del amor y se habrá falseado al mismo tiempo tanto su contenido más hondo y humano, como en nuestros días.

Hay revistas de amor, canciones de amor, películas de amor, citas de amor, cartas de amor, técnicas para “hacer el amor”… Pero, ¿qué es el amor? ¿Cómo se vive y se alimenta el amor?

Hay tantas cosas a las que se llama hoy “amor” y en realidad son formas de desintegrar el verdadero amor. Hay quienes llaman amor al contacto breve y superficial de dos personas que se “disfrutan” mutuamente vacías de ternura, afecto y mutua entrega.

Para otros, amor es someter a otros a sus intereses egoístas. Otros creen vivir el amor cuando sólo buscan en realidad un refugio y un remedio para la soledad que, de otro modo, les resultaría insoportable.

En esta sociedad donde los creyentes hemos de escuchar la actualidad de las palabras de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.

Los cristianos estamos llamados a distinguirnos no por nuestra sabiduría, o por una doctrina ni por la observancia de unos ritos o unas leyes. Nuestra verdadera identidad y distintivo se basa en nuestro modo de amar. Se nos tiene que conocer por nuestro estilo de amar que tiene como criterio y punto de referencia el modo de amar de Jesús.

Un amor, por tanto, desinteresado, que sabe acoger y ponerse al servicio del otro, sin límites ni discriminaciones. Un amor que sabe afirmar la vida, el crecimiento, la libertad y la felicidad de los demás.

Esta es la tarea del creyente en esta sociedad donde se falsifica tanto el amor. Desarrollar nuestra capacidad de amar siguiendo el estilo de Jesús.

Sólo el verdadero amor hace posible experimentar la gran alegría de vivir.

lunes, 2 de mayo de 2022

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Estamos en el cuarto domingo de Pascua.  Este domingo es el domingo del Buen Pastor.  El Buen Pastor es una imagen que emplea el Señor para referirse a sí mismo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pablo y a Bernabé en su actividad evangelizadora.  Son enviados por Jesús, para salvar no sólo a los judíos, sino a todos los que quieren recibir el mensaje del Señor.

Dios ha enviado a su Hijo para salvar a todos aquellos que acepten en libertad esta oferta de salvación de parte de Dios.  La Iglesia naciente, empieza a abrir sus puertas a la universalidad.  Los apóstoles no se quedan encerrados en predicar sólo a los judíos sino a todos los hombres, a todos los pueblos.  Esto crea envidias y celos por parte de los dirigentes religiosos judíos.

La Iglesia tiene la misión de cumplir con el mandato del Señor: “Id por todas partes y predicad el Evangelio”.   Hay que anunciar la salvación a todos los hombres a todos los pueblos.  Pero la misión de la Iglesia no es ganar seguidores sea como sea, para aumentar el número de sus fieles, ni para presumir de ser más que otros, ni para imponerse sobre otras religiones o culturas. La Iglesia tampoco busca hacer propaganda barata para aumentar su influencia en la sociedad, para controlar las creencias de las personas o para obtener mayores beneficios económicos.

La Iglesia católica se define, como su nombre indica, por su universalidad y ésta es la gran misión de la Iglesia, para esto existe para ser universal, porque esto es lo que Cristo le pidió a sus apóstoles: que todos los hombres de todo tiempo y lugar sepan del amor con que Dios los ama; sepan que Dios es su Padre y que quiere la felicidad de todos sus hijos; sepan que han sido elegidos por Dios para la vida eterna, de modo que la muerte no será una realidad definitiva sino el paso hacia la vida eterna, hacia la vida sin fin.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis de san Juan nos presenta la imagen del final de los tiempos con una nueva humanidad, formada por una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, presididos por su Pastor. Todos nosotros somos llamados a formar parte de esa nueva humanidad.

Cada día, tenemos la experiencia de la alegría y de la esperanza, pero también del dolor, de la incomprensión, del miedo, del sufrimiento, de la desesperación.  Caemos en el pesimismo que nos ata y nos limita, nos esclaviza y nos impide saborear el don de la vida.

Por ello, esta lectura nos dice que hay esperanza y que no estamos condenados al fracaso, sino destinados a formar parte de esa nueva humanidad; estamos destinados a esa vida nueva y plena; a la libertad auténtica, a la felicidad total. 

Lo que necesitamos para formar parte de esa nueva humanidad es acoger la salvación que Dios nos ofrece; acoger el mensaje de Jesús y seguirlo por el camino del amor, de la entrega, para que obtengamos la felicidad plena.

El Evangelio de san Juan nos habla de Cristo, el Buen Pastor que nos da la vida eterna.

En nuestro mundo hay mucha gente que “viven sin vivir”, llenos de sufrimientos, sin norte en la vida, en definitiva, como ovejas sin pastor.  El creyente, a pesar de los problemas de la vida, se siente salvado, porque tenemos la seguridad de que nada, ni nadie, puede acabar con nosotros. Tenemos la seguridad de la victoria final.  Claro, que vamos a tener dificultades en el camino de la vida, pero, como cristianos, sabemos que no podemos hacer como muchos hacen: “viviendo sin ilusiones ni esperanzas”, porque tenemos un camino que recorrer con Cristo.

A veces, porque somos un “rebaño débil”, nos cuesta seguir al Pastor, porque seguir a Cristo Pastor no es sabernos algunas cosas de nuestra fe.  Es aceptar a Jesús, como la verdad última de la vida, como el criterio de actuación y como la única esperanza de salvación definitiva.

Tenemos que escuchar y seguir a Cristo, nuestro Buen Pastor.  “Mis ovejas escuchan mi voz”.  Hay que escuchar a Cristo que nos llama en medio de tantas voces que oímos, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna.  A veces, en nuestra vida, nos despistamos y nos dejamos seducir por voces de falsos pastores, o por pastos que no nos alimentan.  No nos dejemos engañar.  Escuchemos la voz de Cristo, una voz que sabemos que no nos miente nunca, una voz en la que podemos confiar.

Recordemos también hoy, que hay muchas personas que no pertenecen al rebaño del Señor y que hay que ayudarlas para que formen parte del único rebaño que Cristo quiere: un solo rebaño y un solo Pastor.

Hoy, la Iglesia nos pide que pidamos de una manera especial a Dios por las vocaciones sacerdotales y religiosas.  Personas que dedican su vida exclusivamente a anunciar el Evangelio.

Pidamos, pues, a Dios, que el Buen Pastor, nos guíe a la patria de la felicidad y la alegría eternas.

lunes, 25 de abril de 2022

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  Cada uno tiene una misión que cumplir.  Nos han dado una vocación.  Pero no podremos desempeñarla sin la ayuda del Señor. 

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo. 

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

El Evangelio de san Juan nos presenta la tercera de las apariciones de Jesús resucitado. 

Jesús resucitado nos pide que lo sigamos.  A Jesús lo seguían de cerca no solamente los doce apóstoles, también lo seguían otras muchas personas.  Seguían a Jesús para escuchar su palabra, para encontrar respuesta a sus problemas, para dar sentido a sus vidas.

Ser cristiano significa conocer profundamente a Jesús, tratar con Él como se trata a un amigo cercano para después poder seguirlo. A nosotros también nos llama Jesús, a cada uno. Jesús nos llama en nuestra vida cotidiana, en nuestros quehaceres diarios, como a sus discípulos, mientras pescaban; allí donde estamos podemos encontrarlo. Todos somos diferentes, las llamadas también son diferentes. Cada uno tenemos la nuestra.

¿Cómo seguir hoy a Jesucristo?  El seguir a Jesús no ha cambiado. Ser cristiano es ir descubriendo poco a poco la salvación que trae Jesús, es irse identificando con los valores y el estilo de vida de Jesús.  Seguir a Cristo no es buscar ningún tipo de privilegios sociales ni políticos, ni económicos, ni religiosos, ni tan siquiera salud.

En nuestra vida seguimos unos valores, unas metas, unos objetivos que son los que orientan las decisiones que tomamos. Cuando alcanzamos las metas que nos hemos propuesto nos alegramos y nos llenamos de optimismo; nuestras preocupaciones llegan cuando por nuestra limitación humana, no logramos esa meta que nos hemos propuesto.

Los valores que Cristo vivió eran valores verdaderos. Los nuestros, a veces son tan limitados y relativos. Seguir a Cristo es tratar de conocer y vivir los valores que Cristo vivió. Se trata de creer lo que Él creyó, amar lo que Él amó y esto significa, dar importancia a lo que Él dio, interesarse por lo que Él se interesó, defender la causa que Él defendió, mirar a las personas como Él las miró, acercarse a los necesitados como Él lo hizo, confiar en el Padre como Él confió, enfrentarse a la vida con la esperanza con que Él se enfrentó. Buscar a Dios que está presente en la vida, como Él lo buscó.

Hay que aprender a confiar en Dios, no en nuestras fuerzas.  El Señor está ahí, en la orilla, sigue estando aquí también, con nosotros. Y una vez más el Señor nos dice “¡ánimo, volved a echar las redes!”.

Los discípulos consiguieron aquél día una gran pesca, porque se fiaron del Señor. Nosotros estamos llamados también a fiarnos de Él, a seguir echando las redes. 

Que esta eucaristía nos ayude a tomarnos en serio nuestra vida cristiana, y que el Señor se manifieste en nuestro corazón para darnos ánimo y alegría.