Vistas de página en total

lunes, 17 de octubre de 2022

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes, por los pobres y marginados y no por aquellos que se sienten seguros de sí mismo.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico manifiesta la actitud de Dios para quien acude a Él pidiendo protección.  Dios es un “juez justo” que no se deja sobornar por nadie.

La verdadera religión es aquella que vive y pone en práctica el mandamiento del amor hacia los más necesitados.  No es verdadera religión la de aquellos que dan dinero a la parroquia o a obras de caridad, pero no pagan justamente a sus obreros; no es verdadera religión la de aquellos que el domingo dan una buena limosna, pero no respetan la dignidad y la libertad de los otros; no es verdadera religión la de aquellos que le hacen promesas a Dios para que les vaya bien en sus negocios chuecos o para hacerle daño a alguna persona.

Una religión desligada de la vida es una religión falsa, hipócrita, con la cual Dios no quiere tener nada que ver.

Por eso, Dios tiene debilidad y compasión por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo no los toma en cuenta.  Dios los ama a todos ellos y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos, ni se olvida cuando violamos la dignidad de hijos de Dios.

Nosotros, como hijos de Dios que somos, tenemos que luchar contra todo lo que genera muerte, infelicidad, explotación, injusticia y opresión.

No olvidemos, pues, que quien acude a Dios con humildad, con confianza, con esperanza no quedará defraudado.

La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una invitación a vivir nuestra vida cristiana con entusiasmo, con entrega, con ánimo.

Ser cristiano, implica muchas veces renunciar a los falsos valores del mundo; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado y difamado.

Sin embargo, aquel que elige a Cristo, no está sólo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; aunque seamos criticados por anunciar el evangelio, por vivir auténticamente nuestra fe, el Señor está a nuestro lado, nos da fuerza, nos anima y nos libra de todo mal. No nos olvidemos que no estamos solos.  Contamos con la fuerza de Dios.

En el Evangelio de san Lucas, Jesús confronta dos tipos de religiosidad que se dan en todas partes: la del fariseo que se cree bueno por lo que hace, por lo que piensa y dice, por sus prácticas religiosas, y desprecia y acusa a los demás, y la del publicano que se reconoce pecador, se avergüenza, quiere cambiar y se arrepiente ante Dios.

El evangelio de hoy nos dice una cosa muy clara: para acercarnos a Dios debemos sentir que lo necesitamos de verdad.  Debemos sentir que sin su ayuda y su fuerza no somos nada.  Debemos sentir que, por mucho que nos esforcemos por ser buenos, siempre nos quedará un gran camino que recorrer para llegar a amar a Dios como Él nos ama.

Hoy, como ayer, nadie se considera fariseo.  Pero esto no quiere decir que los fariseos hayan desaparecido.  Jesús llama fariseos a “quienes teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás”.

Queremos cambiar las cosas, lograr una sociedad más humana, pero pensamos cambiar la sociedad sin cambiar nosotros.  Posiblemente sea éste uno de los males más perjudiciales de nuestros días.

Queremos paz y nos hacemos insensibles a la violencia: hasta cuando hablamos de la paz, lo hacemos de forma violenta; cuando luchamos contra la violencia, estamos provocando una nueva violencia, insultando, atacando a los demás.  Pensamos estar libres de toda culpa, porque condenamos a los demás.

El fariseo de ayer y de hoy es esencialmente el mismo.  Un hombre que se siente satisfecho de sí mismo y seguro de lo que vale.  Un hombre que se cree siempre con la razón.  Que se cree que tiene la verdad absoluta y por eso se atreve a juzgar y condenar a los demás.

El fariseo juzga, condena y se cree con las manos limpias.  El fariseo no cambia, no se arrepiente de nada, no se corrige.  No siente que comete injusticias.  Por eso exige siempre a los demás que cambien, que se renueven que sean más justos.

Con demasiada facilidad nos comparamos con los demás y nos convertimos en sus jueces, pero eso sí, nosotros somos siempre, o casi siempre, los buenos, los justos, los que hacemos las cosas buenas y bien.

Hoy podríamos hacer un examen de conciencia, es decir, repasar las cosas que hacemos mal.  O las cosas que deberíamos hacer y no las hacemos, en casa, en el trabajo, en nuestra relación con los demás, en el uso de nuestro dinero o de nuestro tiempo, en el servicio a la comunidad, en la ayuda a los pobres, en nuestra relación con Dios.  Seguro que ya sabemos en qué cosas estamos fallando más.  Pues, recordemos todas esas cosas y reconozcamos nuestros pecados ante Dios y pidámosle ayuda para seguir adelante y no ser o actuar como el fariseo.

Celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones, el «Domingo Mundial de la Propagación de la Fe», el Domund. Esta Jornada nos recuerda que la misión de Cristo, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en esta tarea, porque a cada uno de nosotros se nos ha dicho: “Seréis mis testigos”

La Jornada del Domund que hoy celebramos nos invita a sostener la misión y a los misioneros con nuestra oración y también con nuestra cooperación económica. Llega el momento de la colecta. Recordemos que nuestra generosidad es otra forma de ser testigos y que nuestra aportación colabora de forma eficaz para que el Evangelio sea predicado “hasta los confines de la tierra”

lunes, 10 de octubre de 2022

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La Palabra de Dios hoy nos invita a mantener una estrecha relación con Dios.  Hay que saber pedirle a Dios con insistencia por medio de la oración.

La 1ª lectura del libro del Éxodo, quiere ofrecernos, no tanto el detalle de una batalla de guerra, cuanto el hecho de que es Dios quien salva al pueblo elegido.

El éxito de nuestras luchas y preocupaciones, depende de la perseverancia (a pesar del cansancio) y de la solidaridad, ayudándonos unos a otros.
A Moisés, en su oración, se le doblan los brazos de cansancio, pero se sobrepone a ello ayudado por sus compañeros y alcanzan la victoria sobre sus enemigos.

Hay que entender que los brazos levantados son un signo de oración, de invocación a Dios. Así, pues, mientras el pueblo, a través de su intercesor Moisés, pone la confianza en Dios, obtiene lo que necesita. En cambio, cuando prescinde de Dios, todo va mal.


Es el ejemplo para nosotros hoy: no desanimarse en la lucha, aunque sintamos la tentación del cansancio en el orar, o no veamos los frutos de nuestros ruegos de modo inmediato. Insistir en la oración como Moisés lo hizo, y la victoria estará de nuestra parte.

En la 2ª lectura, de San Pablo a Timoteo, San Pablo exhorta a todos los sacerdotes, catequistas, educadores cristianos a que tengamos como base de nuestros trabajos, de nuestra acción pastoral y de nuestro compromiso la Sagrada Escritura.

En ocasiones parece como si nos sintiéramos desorientados en nuestras vidas; como si no supiéramos cómo actuar para hacerlo bien. Estamos presionados por las dudas.  San Pablo nos dice hoy que en nuestras dudas, prestemos atención a la Palabra de Dios, a las Sagradas Escrituras. En ellas encontraremos luz suficiente para actuar siempre en la línea de la fe cristiana.

La Palabra de Dios orienta nuestro proceder. Y no solamente debemos acudir a ella para encontrar la luz que nos oriente, sino que debemos proclamarla con decisión, con claridad y ejemplaridad.

Por ello debemos frecuentar la lectura, meditación, reflexión sobre la Palabra de Dios, pues esto es fundamental, imprescindible, tanto personalmente como en el servicio de la evangelización.  Si no conocemos la Palabra de Dios, no sabremos hablar de Dios. 

El evangelio de San Lucas nos ha presentado hoy la parábola del juez y la viuda.  Con esta parábola nos anima el Señor a ser perseverantes en la oración.

Hay una canción que dice: “cuando de nada nos sirve rezar”.  Y así piensan muchas gentes de hoy con respecto a la oración. Así han terminado sucumbiendo también grandes rezadores de todos los tiempos. Cuando la oración no parece eficaz; cuando nada sale como pedimos; cuando parece que Dios hace oídos sordos a nuestro clamor insistente; cuando empezamos a compararnos a quienes no rezan, en cómo les van las cosas; cuando nos duele que la injusticia parece triunfar sobre la verdad y que los débiles e indefensos continúan muriendo aplastados por la fuerza de los poderosos; cuando alguien nos acusa de que nos falta acción porque con la oración no resolvemos los problema, es entonces cuando debemos ser más perseverantes en la oración.  No debemos desanimarnos.

Debemos saber que Dios está siempre al otro lado, que siempre nos escucha, que se alegra cuando sus hijos queridos le presentan su oración en sus necesidades. ¿Resultados? No nos toca a nosotros valorarlos y muchas veces, ni siquiera verlos o recogerlos.

El desánimo y el desaliento, el abandono o el ir siempre apresurados no son propios del cristiano orante. Lo que pasa es que no nos conformamos con pedir ayuda a Dios, sino que hasta le decimos cómo y de qué manera queremos que nos ayude, y no le dejamos la libertad que le debemos.

Cuántas veces pedimos a Dios algo en concreto y no nos da eso, sino algo que no habíamos pedido.  Hay que aprovechar lo que Dios nos ha dado y no quedarnos lamentándonos por lo que hemos recibido;  quizá Dios quiere llevarnos por otro camino.  Es decir: si le pedimos a Dios patatas y nos da una lechuga, pues hagamos una ensalada; pero aprovecha y come.  Por ello es necesaria mucha fe para perseverar en la oración; es necesario no desfallecer en la oración e ir renunciando a nuestra propia voluntad para ir buscando siempre hacer la voluntad de Dios.

La oración constante nos unirá cada día más a Dios y a nuestros hermanos.

lunes, 3 de octubre de 2022

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo, nos dan una lección siempre actual: que hemos de saber dar gracias a Dios.  El amor de Dios es universal y hay que saber corresponder a ese amor con nuestra gratitud.

La 1ª  lectura del 2° Libro de los Reyes, nos recuerda la curación de Naamán de Siria, sanado de la lepra por el Profeta Eliseo.

Naamán, rey de Siria, estaba afectado de lepra. Ni sus curanderos ni sus sacerdotes habían podido curarlo. Pero uno de sus sirvientes había oído hablar de un profeta de Israel que obraba prodigios. El rey se presentó ante Eliseo, pero se sorprendió de su receta: lavarse siete veces en el Jordán. Pero no es el agua la que cura, sino la fe.

El rey recuperó la salud por obedecer la orden de Eliseo. Y con la salud recibió la fe en el Dios de Israel.    Naamán al recobrar la salud se encuentra con el Dios verdadero.  Encontrarse con Dios es el gran reto del hombre sobre la tierra. Quiera o no reconocerlo, así es. Encontrarse con Dios es, sobre todo, el gran reto para un cristiano que, por el hecho de serlo, no quiere decir que lo haya ya encontrado.

Podemos vivir toda una vida llamándonos cristianos y no haber descubierto de verdad a Dios, ni siquiera haberlo conocido. Por eso, hoy es un buen día para colocarnos al lado de Naamán y del leproso del evangelio y ponernos con ellos a los pies de Jesús y suplicarle que nos diga la frase más importante que podemos escuchar en nuestra vida: Vete. Tu fe te ha salvado.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos recordaba san Pablo que la Palabra de Dios no está encadenada. Tal vez nosotros tengamos que padecer mucho por la Palabra; mas no por eso nos quedaremos mudos, pues aún en medio de grandes tormentos hemos de proclamar el amor que Dios tiene a todos los suyos.  Y no importa que por el Evangelio tengamos que entregar nuestra vida; pues no es la muerte, sino la vida la que tendrá la última palabra en nosotros.  Seamos, pues, fieles a la Palabra de Dios.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la curación de 10 leprosos.

Tanto los enfermos de lepra como los extranjeros eran marginados en tiempos de Jesús. ¿Por qué? Los enfermos de lepra estaban marginados por dos razones: Nunca se ha dado un trato de privilegio a los enfermos. Pero menos aún si se sospechaba que podían contagiar a los sanos, como era el caso de los leprosos, obligados a vivir en el campo, sin entrar en la población; o se les tenía por impuros y relacionados con los malos espíritus.

Pero, además, por incluirlos entre los pecadores; creían muchas veces que las enfermedades las mandaba Dios como un castigo por los pecados cometidos.

El mensaje de las lecturas de este domingo es tremendamente claro: Jesús está con los marginados de su tiempo, no con los que se creen los elegidos de Dios. También el Señor nos dice con este evangelio que Dios no castiga con las enfermedades. Las enfermedades son degeneraciones de la naturaleza de la que estamos hechos, pero nunca un castigo de Dios porque uno haya pecado. Esto es muy  importante porque en la creencia popular hay muchísimos comportamientos que se deben a esta mentalidad: ¿Qué habré hecho yo para merecer esto?, se preguntan ante cualquier accidente o enfermedad en un hijo o en uno mismo. Y hay que hacer alguna penitencia o promesa para alejar el posible “maleficio” o condena divina. Dios no castiga a nadie y menos con enfermedades.

El evangelio de hoy también nos habla de ser agradecidos.  De los diez leprosos curados uno solo le da las gracias a Jesús por su curación.

Ser agradecido es muy importante. Serlo en las cosas pequeñas, en casa, o  en el trabajo. Y serlo en las cosas  grandes, cuando hemos pedido ayuda y alguien nos ha sacado de una dificultad grave.  Es muy importante ser agradecido porque eso nos hace la vida más amable. Más amable  para quien recibe el agradecimiento, porque se siente apreciado y reconocido. Y más  amable para nosotros, porque así reconocemos la importancia que tienen los demás en  nuestra vida, y sentimos la alegría de poder contar con ellos. 

De hecho, el agradecimiento es una manera de estrechar los lazos entre las personas, y  romper el aislamiento y el egoísmo que a veces cultivamos en nuestra sociedad. 

Y al mismo tiempo que somos agradecidos con los demás, no debemos olvidarnos de ser  agradecidos con Dios. Bien lo sabemos que Él es nuestro Padre y que somos fruto de su  amor. Pero a veces no nos acordamos.  No nos acordamos muchas veces de ponernos ante Dios y decirle gracias porque Él está con nosotros y nos acompaña siempre y nos da  fuerzas para seguir adelante.

Ante el amor, la bondad y la misericordia de Dios sólo cabe la respuesta agradecida del creyente. Gracias Señor.

lunes, 26 de septiembre de 2022

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo nos invitan a crecer en la fe para que en nuestra vida demos frutos abundantes.

La 1ª lectura del profeta Habacuc nos muestra al profeta pidiéndole a Dios que intervenga en el mundo para poner fin a la violencia, a la injusticia y al pecado.

Con frecuencia encontramos personas que dicen: si Dios existe, ¿Por qué hay injusticias? ¿Por qué hay gente que muere de hambre? ¿Por qué existen las enfermedades? ¿Por qué los buenos sufren y a los malos les va bien en la vida? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué las guerras, los terremotos?

Cuantas veces, nosotros mismos, nos hemos quejado y enfadado con Dios, al ver todas las desgracias que hay en el mundo.  Cuantas veces, a pesar de pedir y pedir a Dios, las cosas no nos salen bien o nos salen mal.  Cuantas veces no hemos dicho: ¿Por qué permite Dios esto?

En primer lugar, hemos de saber, que los planes de Dios superan nuestra manera pequeña de ver las cosas.  Nunca podremos entender los planes de Dios, ya que los caminos de Dios no son iguales a los nuestros.  Dios tiene su propia manera de actuar, y la manera de actuar de Dios no es con impaciencia o de prisa.

En segundo lugar, necesitamos aprender a confiar en la bondad Dios, a ponernos en sus manos, a sentir que Él es un Padre que nos ama como a hijos y que hará todo, para que alcancemos vida y felicidad.

Dios nos llama a denunciar todo lo que impide la realización plena del proyecto de vida y felicidad que Él tiene para los hombres.  Dios intervendrá en la historia del mundo, ¿Cuándo? Solamente Dios sabe cuando.  Lo que a nosotros nos toca es tener paciencia y saber sobre todo que Dios no nos abandona.  No debemos temer.  A cada uno le llegará su día y quien saldrá vencedor será el que se ha mantenido fiel al Señor.  Como nos decía hoy el profeta Habacuc: “Mira, el altanero no triunfará; pero el justo por su fe vivirá”.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos invita a renovar cada día nuestro compromiso, como cristianos, con Cristo y el Reino de Dios.

Hemos ido llenando nuestra vida de tantas ocupaciones, que esas ocupaciones nos alejan de servir a Dios y vivir los valores del Evangelio.  Por eso, San Pablo, nos invita hoy a vivir con entusiasmo nuestra fe, nuestra entrega y servicio a Dios y al prójimo.  Nos invita a dejar de lado la flojedad, la comodidad, el “no tengo tiempo para las cosas de Dios”  y a no avergonzarnos, a no tener miedo de dar la cara por Dios, porque quien se avergüence del Señor y de servirlo, también Dios se avergonzará de él.

El Evangelio de San Lucas nos habla de la fe.

Los discípulos le piden al Señor: “Auméntanos la fe”.  Esto es como decirle al Señor: ¡Ayúdanos Señor, ayúdanos a creer que lo que nos dices es lo mejor para nosotros, ayúdanos a confiar en Ti, ayúdanos a seguirte porque nos sentimos débiles, incapaces de compartir nuestros bienes, incapaces de perdonar, incapaces de comprometernos en la lucha por un mundo mejor!  Como aquellos discípulos nosotros hoy le hacemos al Señor esa misma petición: “¡Auméntanos la fe, Señor, ayúdanos! Ayúdanos porque sabemos que tienes razón, pero también sabemos que el egoísmo nos tiene apresado el corazón”.

Y hoy, como hace dos mil años, el Señor nos dice a nosotros: «Si tuvieran un poco de fe, si confiaran en Mí, serían capaces de todo, hasta de mover montañas».

El Señor nos invita a hacer una revolución en nuestro corazón,  pasar de confiar en las cosas, en los bienes, en nosotros mismos, a poner definitivamente nuestra confianza en el Señor. Se trata de caer en la cuenta que cuando vivimos en amistad con Dios, todo recobra otro sentido, la vida con sus conflictos se nos hace más llevadera, los demás empiezan a verse no como competidores sino como hermanos, descubrimos la alegría de las cosas sencillas, comprendemos que sólo Dios puede darnos la paz y la alegría perfectas.

Confiar en el Señor y dejarle que Él realice el milagro de levantar la montaña de nuestro egoísmo y descubrir el verdadero rostro de nuestro corazón, un corazón de hijos y hermanos.  Confiar en Dios y dejarle que en la noche de nuestra muerte, su mano mueva la losa de nuestro sepulcro y nos levante a gozar del día luminoso de la vida eterna.

¡Señor, auméntanos la fe!  Esta es nuestra petición hoy al Señor, una petición que la hacemos desde el fondo de nuestro corazón, con humildad y sinceridad.

lunes, 19 de septiembre de 2022

 

XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos propone, de nuevo, la reflexión sobre nuestra relación con los bienes de este mundo y cómo debemos comportarnos con todo aquello que nos es dado.

El profeta Amós, en la 1ª lectura que hemos proclamado, denuncia a los que viven rodeados de lujos y comodidades a espaldas del sufrimiento de los oprimidos. Amós denuncia a aquellos que viven ciegos ante los sufrimientos y desgracias de los demás.  No podemos desentendernos del sufrimiento del hermano; no puede ser que sólo nos preocupemos de nuestro propio bienestar; que nos hagamos de la vista gorda ante el dolor ajeno; que no seamos solidarios con los que viven peor que nosotros; que ignoremos la necesidad del hermano.  Todas estas actitudes Dios las reprueba.

Es inmoral silenciar y vivir a espaldas de las necesidades de los hermanos.  No podemos estar rodeados de lujos, viviendo en una celebración de fiesta constante, ignorando al mismo tiempo la solidaridad y la justicia, haciendo oídos sordos al clamor del hermano necesitado.

San Pablo, en su carta a Timoteo, nos hace una llamada a la lucha por la fe. El hombre piadoso, religioso, sabe que en este mundo, mantener la fe, no es fácil, porque las cosas de Dios y del evangelio no se imponen por sí mismas. Otros dioses, otros poderes, roban el corazón de los hombres y es necesario mantener la perseverancia. Por ello San Pablo nos urge a vivir seriamente nuestra vida cristiana practicando las virtudes y guardando el “Mandamiento de Jesús”.

El cristiano debe luchar por mantenerse fiel a las exigencias de su fe, en medio de un mundo adverso a ella. Nuestra fidelidad, nos llevará a poseer la vida en el Reino de Dios, a la que todos hemos sido llamados. Pero es preciso dar testimonio de nuestra fe cristiana como lo hizo Jesús en el momento más crucial de su vida.

En el evangelio de San Lucas, hemos escuchado la parábola del rico epulón y  el pobre Lázaro.  La persona que sólo vive para sí mismo, que no comparte lo que tiene con los demás, acaban en la muerte, en el aislamiento, en la oscuridad.  El egoísta acaba en el infierno. Y el infierno es sobre todo la expresión de la soledad y el sufrimiento de aquél que ha decidido no vivir más que para sí mismo.

Ésta parábola no quiere meternos miedo sobre lo que nos espera en el más allá,  la parábola intenta sobre todo que reflexionemos sobre nuestra vida, que veamos en qué estamos poniendo nuestros intereses y motivaciones.   Y para conseguir esto nos habla del futuro que nos espera.  Y en ese futuro puede estar Dios o puede no estar.   Es el hombre el que ya aquí, se está forjando su destino y su futuro.   Si uno de nosotros ha decidido vivir de espaldas a Dios o si no ha tenido en cuenta para nada los dictámenes de su conciencia, si los gritos de los pobres y hambrientos de este mundo no han conmovido su corazón, si no ha pensado más que en engordar su cuenta bancaria y rodearse de las mayores comodidades,  ése al final se encontrará con lo que ha elegido:  la soledad, el aislamiento, la oscuridad absoluta, en definitiva con la muerte eterna, porque el que no puede relacionarse ni comunicarse es como el que está muerto. Una eternidad sin posibilidad de relacionarse ni de comunicarse.   ¿Se puede imaginar un infierno peor?  Sin embargo, aquél que teniendo mucho o poco, se ha preocupado por los demás, ha compartido su tiempo y dinero, ha trabajado por un mundo más justo y humano, ése al final, se encontrará con el Reino de Dios, el Reino de la fraternidad, de la relación, del amor, de la compañía y del gozo eterno.  Eso es el cielo, estar con los demás en paz, comunicar y compartir todo lo que se es, y sobre todo ver y contemplar a Dios, el Padre de todos.

Por eso también, tenemos que dejar de tener miedo a Dios, porque Él no castiga. Es el hombre el que elige su destino: egoísmo o solidaridad, individualismo o comunidad, muerte o vida. Dios respeta nuestra libertad. Dios lo que hace es ofrecernos la oportunidad de llevar a plenitud todos nuestros deseos y trabajos por establecer un mundo más justo y más fraterno.   Por eso, si hemos de tener miedo a algo es al egoísmo y a todas esas fuerzas malignas que nos llevan a romper con los demás.

El mundo nos dice que después de la muerte no hay nada.  Que lo único que importa es pasarlo bien, prosperar, aprovecharse de todos y de todo.  Es mejor vivir como el rico epulón,  y los lázaros de este mundo que soporten su desgracia y allá ellos.   Sin embargo nosotros hemos oído otro mensaje. Nuestra conciencia nos dice que no, que  esto no puede ser, que el amor y la libertad, la justicia tienen que tener un destino mejor.

¿A quién creeremos, a Dios y a la conciencia o a lo que nos dicta la moda, la sociedad consumista?  Hermanos,  pidamos al Señor en esta eucaristía que nos ilumine y nos de fuerzas para que elijamos servir a la vida, y nos libre de la muerte eterna.

lunes, 12 de septiembre de 2022

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo son una llamada de atención a nuestra conciencia para que aprendamos a poner tanto el dinero como los demás bienes materiales en su justo lugar y que sepamos hacer de ellos un uso adecuado.

La 1ª lectura del profeta Amós es una denuncia contra todas aquellas personas que sin ningún tipo de escrúpulos se enriquecen a costa del pobre.

Una de las constantes en la historia de la humanidad es que hay gente que engaña a los demás para su propio beneficio.  La corrupción está, por desgracia, muy presente en nuestro mundo.  Hay gente que cobra más de la cuenta; aumentan los precios; utilizan pesos con trampa. Cuantas veces nos venden como bueno un producto que en realidad es malo.

Cuánta especulación no se hace con los productos de primera necesidad.  Pensemos lo que sucede con los medicamentos, indispensables para combatir las enfermedades y que son vendidos a precios que no los pueden comprar muchas personas.

Pensemos también en todos esos productos adulterados, que algunos comerciantes venden y que ponen en peligro la salud de las personas.

Pensemos en los bancos, cuantas veces obtenemos un crédito y cuánto dinero más hemos de pagar por ese crédito que nos han dado.  ¡Cuánta impunidad hay, porque la explotación está legítimamente organizada!

Cuántas personas hay que pisotean al pobre, lo compran por dinero y como hay necesidad de trabajar se explota al trabajador con sueldos mínimos.

Pues Dios, nos dice hoy el profeta Amós, no soporta la injusticia y la opresión.  Dios no está del lado de los opresores, y cualquier injusticia contra el prójimo es un crimen contra Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recomienda que recemos por todos los hombres, para que todos se salven.

Hay que rezar, pero no solamente rezar por nosotros, por la solución de nuestros problemas, o rezar sólo por nuestra familia, hay que rezar por todos: conocidos y desconocidos, amigos y enemigos, buenos y malos.  No es posible rezar y al mismo tiempo, sentir odio, división, intolerancia.

Cuántos males existen hoy porque no rezamos suficientemente; cuánto odio, envidia y divisiones porque no rezamos suficientemente.  Debemos orar por todos como lo hacía Jesús.

El Evangelio de san Lucas terminaba diciendo: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

El mundo en el que vivimos ha decidido que el dinero es el dios fundamental y que todo deja de tener importancia, desde el momento en el que se puedan aumentar las cifras de la cuenta bancaria. Para ganar más dinero, hay quien trabaja doce o quince horas al día, con un ritmo de esclavo, y prescinde de la familia y de los amigos. Por dinero, hay quien sacrifica su dignidad y está dispuesto a mostrar, ante una cámara de televisión, su intimidad y su privacidad. Por dinero, hay quien entierra su conciencia y renuncia a los principios en los que cree. Por dinero, hay quien no tiene escrúpulos en sacrificar la vida de sus hermanos y vende drogas y armas que matan. Por dinero, hay quien es injusto, explota a sus empleados, se niega a pagar el salario debido porque el trabajador es ilegal y no puede denunciar esta situación. ¿Qué pensamos de esto? ¿Ser esclavo de los bienes, es algo que sólo les sucede a los demás? Tal vez no lleguemos nunca a estos casos extremos, pero, ¿hasta dónde seríamos capaces de llegar por dinero?

Jesús avisa a los discípulos de que la apuesta obsesiva por el “dios dinero” no es el camino más seguro para encontrar valores duraderos, generadores de vida plena y de felicidad. Es preciso, les sugiere, que comprendamos en qué debemos apostar. ¿Qué es, para nosotros, más importante: los valores del “Reino” o el dinero? En nuestra actividad profesional, ¿qué es lo que nos mueve: el dinero, o el servicio que prestamos y la ayuda que damos a nuestros hermanos? ¿Qué es lo que nos hace más libres, más humanos y más felices: la esclavitud de los bienes o el amor y el compartir?

Todo este discurso no significa que el dinero sea una cosa despreciable e inmoral, de la que debamos huir a toda costa. El dinero (es preciso tener los pies bien asentados en tierra) es algo imprescindible para vivir en este mundo y para tener una vida de calidad y digna. Sin embargo, Jesús recomienda que el dinero no se tome como una obsesión, una esclavitud, pues no nos asegura (y muchas veces hasta nos estorba) la consecución de los valores duraderos y de vida plena.

lunes, 5 de septiembre de 2022

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos habla de cómo Dios ama infinita e incondicionalmente al hombre y por eso siempre está dispuesto a ofrecernos su perdón.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos presenta a Moisés intercediendo ante Dios por su pueblo.  Dios había sacado al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y poco después, este pueblo se había desviado del camino adorando a una imagen de metal.  Dios deseaba castigar a ese pueblo, pero Moisés pide al Señor que no lo destruya, y Dios perdonó al pueblo.

Cuántas personas hay que son capaces de “vender su alma al diablo” para ser importantes, para tener éxito, para llegar a los primero puestos.  Cuántas personas hay que son capaces de sacrificar los valores más sagrados para ser populares, conocidos, famosos, para que la gente les tenga envidia, o para tener influencias.

Esta clase de personas son capaces de abandonar al Dios verdadero y hacerse adoradores de ídolos para llegar a ser importantes.  Hoy los hombres siguen fabricando ídolos: dinero, placer, comodidad, etc.  Nos entusiasmamos con Dios y le juramos lealtad y, al rato, lo dejamos para seguir otros caminos.

Dios es siempre fiel, si nos hemos equivocado y hemos ido tras los ídolos de este mundo, podemos pedirle perdón y volver de nuevo a Él.  Dios sabe perdonar, aunque nos exige fidelidad a Él.

En la 2ª lectura de san Pablo a Timoteo San Pablo reconoce haber sido blasfemo y perseguidor de la Iglesia de Cristo. Y habla de cómo el Señor -a pesar de todo eso- le había tenido confianza para ponerlo a su servicio.

San Pablo le asegura a Timoteo que Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores.  Recordemos eso nosotros: el propósito de la venida de Cristo al mundo fue para buscar y salvar a los pecadores. Como hizo con Pablo, quien se confiesa el más grande pecador.

El evangelio de hoy de San Lucas, es llamado las parábolas de la misericordia. Las tres nos hablan de la alegría de la recuperación de lo que se había perdido: la oveja, la moneda, el hijo. Y en los tres casos se señala la alegría de esa recuperación por parte del pastor, de la mujer y del padre, respectivamente.

Estas parábolas nos hablan de cómo es Dios, un Dios que “nos deja desconcertados” porque a menudo, sus caminos no son nuestros caminos,  un Dios que es capaz de salir a buscar al pecador representado en esa oveja y en esa moneda perdida. Un Dios que se sienta a la puerta de la casa a esperar ver volver al hijo pródigo, y cuando lo ve lo abraza y hace una gran fiesta en su casa.   Todas estas parábolas nos sorprenden porque nos hablan de que el amor de Dios es infinito, tiende a desbordarse, el amor de Dios no lleva cuentas del mal, perdona siempre y no pone condiciones al perdón, espera siempre y siempre está dispuesto a darse.  

Nuestro amor, la mayoría de las veces es interesado, somos amigos de nuestros amigos mientras ellos nos correspondan, siempre exigiendo nuestros derechos y nunca dispuestos a reconocer los derechos de los demás.  Aceptamos al que piensa como nosotros, pero al que no piensa igual, estamos siempre dispuestos a humillarlo. A veces hasta el amor a nuestros hijos se ve corrompido por querer someterlos a nuestra voluntad y a nuestros deseos.

Jesús nos invita a sentirnos amados por Dios, a sentirnos queridos, cada uno de una manera especial porque cada uno es único ante Él,  a sentirnos perdonados sin condiciones, aceptados tal y como somos. Y desde esa experiencia gratuita y gratificante, levantar nuestra mirada hacia los demás y reconocer en ellos no a nuestros competidores, ni a nuestros enemigos, sino a nuestros hermanos tan pecadores y tan necesitados de perdón como nosotros, tan hijos de Dios como nosotros. Y desde ese reconocimiento tender la mano a todos.

Los cristianos no debemos temer a relacionarnos con los que son reconocidos como pecadores; antes bien podemos ser ocasión propicia para ellos para recuperarlos para el Padre.

Ojalá empecemos a comprender que la verdadera vida, la vida que es más fuerte que la muerte, consiste en amar a los hermanos como Dios ama.