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lunes, 14 de noviembre de 2022

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO C)


Celebramos en este domingo la fiesta de Jesucristo Rey del Universo.  Con esta fiesta de hoy, la Iglesia nos propone que reconozcamos a Cristo como el Señor de nuestras vidas.

La 1ª lectura del 2° Libro de Samuel nos habla del rey David.  Fue durante el reinado de David cuando los hebreos experimentaron de manera más efectiva a Dios en medio de su pueblo.  David era el rey pero los bienes que el pueblo recibió en aquellos años hacían sentir a todos que Dios estaba guiando, defendiendo y fortaleciendo a los suyos.

El rey David es el “rey-pastor”.  Habiendo sido él mismo pastor de ovejas en su juventud, David conoció que significa guiar al rebaño pero también qué quiere decir dar la vida por el rebaño o buscar los mejores pastos y las aguas más limpias. La enseñanza de esto es que hay dos maneras de gobernar: hay unos que gobiernan para sí mismos, preocupándose de su gloria, su fama, sus riquezas, su bienestar y nada más. Hay en cambio otros, como David, que tienen por norma gobernar cuidando de los que gobiernan. Y tal es el reinado de Cristo: nuestro rey de hecho ha dado su vida por nosotros.

La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses es un himno que celebra la realeza y la soberanía de Cristo sobre toda la creación.  San Pablo le da gracias a Dios Padre que “nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor”.  Esto quiere decir, que ya desde aquí y ahora nosotros participamos de la dignidad real de Cristo.

El Evangelio de san Lucas nos presenta a Cristo reinando desde la cruz.  Vemos que nuestro rey es un rey distinto a los reyes y gobernantes de este mundo.  Nuestro rey es un rey clavado en una cruz.

La fiesta de Cristo Rey es una llamada a servir y no a dominar. Es como un grito a los que ostentan el poder político, económico, intelectual y religioso, para que se preocupen de los demás, especialmente de los pobres y marginados. A trabajar por una sociedad más justa en la que todos estén incluidos.

El reino de Cristo no es como los reinados de este mundo, que con frecuencia se imponen a base del poderío económico, militar o político. Su reino es de servicio, de entrega generosa y desinteresada al bienestar de la humanidad. Reina dando la vida por nosotros desde la cruz.

El trono de Cristo rey: la cruz.  Su corona: las espinas.  Su manto real: la sangre corriendo por su espalda. Y su sentencia: el perdón.  Y nos preguntamos qué tiene que ver la realeza de Cristo con la realeza y el poder de este mundo: porque el poder de Cristo es servicio y no opresión, su riqueza está en desprenderse  y no en robar a los demás, su gobierno es ofrecimiento  y no imposición, su autoridad no le viene de nadie sino que surge del ejemplo y coherencia de su vida, su esplendor y gloria no le viene por el título de rey sino por su humildad y obediencia al Padre.

El Reino de Dios es la utopía de la justicia. Es una utopía porque es algo difícil de conseguir, pero es posible. La justicia no se entiende en la Biblia como el simple pronunciamiento de una sentencia imparcial entre dos personas que están en litigio. La justicia de Dios es el amparo real de los desvalidos, la protección de los débiles, la elevación de los pobres. Un mundo en el que reina la justicia es aquel en el que, desaparecido el egoísmo y la explotación, no hay opresores ni oprimidos; en el que todo se ajusta a la voluntad de Dios.

El Reino de Dios es la utopía de la paz. Las espadas se convertirán en rejas para el arado y del hierro de las lanzas se harán hoces y podaderas. El Reino de Dios viene a anunciar la gran reconciliación entre Dios y los hombres y entre unos hombres con otros.  

El Reino de Dios es la utopía de la vida. Ningún mal aflige tanto al hombre como la vejez, la enfermedad y la muerte. Cuando los profetas divisan los tiempos mesiánicos, ve en ellos la desaparición de las lágrimas, la prolongación de la vida, la aniquilación de la muerte. Se refiere principalmente a la vida eterna, pero incluyen también la vida temporal. Jesús quiere para todos la vida plena.

El Reino de Dios es la utopía del amor. El proyecto de una humanidad ideal sólo es posible si los hombres abandonan sus tendencias egoístas y se deciden a vivir amándose unos a otros. El amor al prójimo debe ser universal y abarcar a todos, sin discriminar a nadie; ha de ser desinteresado, sin buscar la recompensa, y tan generoso que no tenga más límites que las necesidades ajenas y las posibilidades propias.

¡Qué distintos son los que reinan según los criterios de este mundo! Hay quienes se imaginan reinar por su belleza física, por su musculatura, por sus títulos universitarios, por su habilidad en los negocios, por el cargo que tienen, por su facilidad de palabra para agredir e insultar, por su astucia en el manejo de las armas, por su habilidad en usar las leyes para su conveniencia, por sus influencias y por su amistad con personas importantes. Hay quienes se sienten reyes porque abusan del poder que tienen, sea económico, político, cultural, partidista e incluso religioso.

Pidamos hoy, al Señor, que Él reine en nuestros corazones, para que podamos vivir los valores del Evangelio, los valores del reino: justicia, paz, vida y amor.  ¡Que Dios reine en nuestra vida!

lunes, 7 de noviembre de 2022

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Estamos en la penúltima semana del año litúrgico y las lecturas de hoy nos hacen reflexionar sobre el sentido de la salvación y nos dicen que la meta final hacia la que Dios nos conduce es el nuevo cielo y la nueva tierra de felicidad plena y de vida definitiva.

La 1ª  lectura del profeta Malaquías, nos habla del final del mundo y de una especie de juicio final tanto para los injustos como para los justos.  Ese día, el día del Señor, finalmente habrá justicia, esa justicia que recompensará a los buenos y castigará a los malos.

El deseo de la justicia divina ha recorrido toda la historia de la humani­dad desde el origen hasta nuestros días.    El hombre, ante la adversidad siempre ha dirigido sus ojos al cielo pidiendo justicia.  Justicia para los que lo pasan mal, justicia para los explotados de esta tierra,  justicia para los pobres y enfermos, justicia ante la muerte injusta de los buenos. Ese día llegará con la venida última del Señor.  

En la 2ª lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses, escuchábamos como algunos habían dejado de trabajar y San Pablo les dice que quien no trabaje que no coma. El motivo de dejar de trabajar era la proximidad, de la llegada del reino de Dios, del final del mundo.

San Pablo exhorta a los tesalonicense, y a nosotros también, que debemos ser buenos cumplidores en nuestros trabajos. San Pablo nos habla hoy sobre el valor y la dignidad del trabajo. 

Algunos cristianos vivían ociosamente. Y, a pesar de no hacer nada, a pesar de no aportar nada a la comunidad, se entremetían en todo, algo que sigue ocurriendo hoy en día.  Pablo les rogó a todos los miembros de la comunidad, por Cristo nuestro Señor, que trabajaran, que se ganaran la vida. Sabía él que el trabajo, bien hecho, es fuente de paz y alegría.  El trabajo nos dignifica, hace que nos sintamos personas útiles ya que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor.

El trabajo es el medio normal de subsistencia en este mundo pero también es el medio en el cual el ser humano desarrolla las virtudes humanas. La fe cristiana nos enseña a no dejar nuestro trabajo para que lo hagan otros.  La persona que deja el trabajo para el compañero da un mal ejemplo cristiano.

El Evangelio de San Lucas nos habla del fin del mundo.  El fin del mundo es algo que llegará, eso, todos lo sabemos y lo aceptamos, pero lo que no sabemos es cuándo llegará.  Lo que si es cierto es que todos estamos, poco a poco, fabricando ese fin del mundo.

Hoy también debemos nosotros escuchar la advertencia de Jesús    “Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos”.

Hoy hay muchos que nos quieren engañar.  Nos engaña la publicidad que pretende convertir al hombre en un “ser-para-consumir”, y terminamos trabajando para poder comprar cada día más cosas.

Nos engañan los políticos, para quienes el pueblo no es más que un voto cada elección, y el hombre sólo un resignado consumidor de esperanzas no cumplidas, de palabras engañosas.

Nos engaña la ciencia y la técnica asegurándonos que lo van a resolver todo o casi todo a muy breve plazo.  Aunque los médicos sigan sin tener una vacuna realmente eficaz contra algo tan viejo como la gripe.  Es cierto que la ciencia progresa, que muchos problemas se van resolviendo, pero ¿lo resolverá todo?

Nos engañan los medios de comunicación social, tan frecuentemente parciales, vendidos al mejor postor, o incluso transmitiendo falsedades nacidas unas veces de mala voluntad, otras del interés partidista y algunas de la ignorancia.  Y pretenden engañarnos al querer decirnos qué y cómo debemos pensar, razonar, valorar, buscar, entender y hacer.

Nos pretenden engañar la droga, la música, el vídeo, la moda, la astrología, las «escuelas de meditación trascendental», el deporte…, cosas muy sanas muchas de ellas, si permaneciesen en su lugar de “medios de entretenimiento” en lugar de convertirse -como ha sido para muchos- en “fines en la vida”.

Jesús nos dice hoy: “Que nada de todo esto os engañe; nada de todo esto es la salvación del hombre, ni el sentido de su vida, ni su primordial preocupación”. Todas ésas son cosas que deben ponerse en su sitio, no supravalorarlas. Entonces, ¿qué es lo importante? Lo importante es ganar la vida; ganarla de verdad y del todo. Porque hay un engaño muy frecuente: “Creer que” uno está ganando la vida porque gana dinero, fama, poder, prestigio, comodidad, placer.

Jesús no invita hoy a mantenernos firmes en nuestra fe, a pesar de todos estos engaños de felicidad que nos ofrece la sociedad, porque la vida, la verdadera vida solo nos la da Dios.

lunes, 31 de octubre de 2022

 

TODOS LOS SANTOS (CICLO C)

Cada año, el día primero de noviembre, la Iglesia celebra la Solemnidad de Todos los Santos. Esta es una gran fiesta litúrgica que debe mover nuestra mente y nuestro corazón para comprender y contemplar la santidad como una especial vocación que todos los bautizados hemos recibido de parte de Dios nuestro Señor.

Los santos y santas que la Iglesia celebra este día son todos aquellos hermanos y hermanas en la fe que entendieron perfectamente de qué se trataba la vida cristiana; no se contentaron con un estilo de vida mediocre, sino que, escuchando la invitación del Señor: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lev 19,2), “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48), tomaron la mejor decisión de su vida y, buscando agradar plenamente a Dios poniendo en práctica su Palabra, reprodujeron en sus personas los mismos sentimientos que tuvo Cristo (Cfr. Flp 2,5), llegando al extremo, muchos de ellos, de dar la vida por la causa del Evangelio.

Ellos ya murieron y ahora gozan de la presencia de Dios en la vida eterna, y la Iglesia, una vez que los ha canonizado, los propone como dignos de ser venerados, como ejemplos y como intercesores nuestros. ¿Quién de nosotros no recuerda con cariño y admiración a san Juan Pablo II, santo de nuestro tiempo?

Tengamos en cuenta, además, que junto con los grandes santos de la historia de la Iglesia cuyas fiestas celebramos en días determinados del año, hoy debemos recordar y hacer presente, de manera especial, a aquellos santos y santas que quizá no llegarán nunca a los altares, pero que gozan ya de la presencia de Dios en el cielo, entre ellos, sin duda, familiares y conocidos nuestros.

Los seres humanos, por otra parte, tendemos a imitar a quienes, por su personalidad, virtudes o comportamiento, representan mucho para nosotros; buscamos incluso ser como ellos, porque los hemos conocido felices, triunfadores y realizados en su vocación. Hoy en día necesitamos, con urgencia, hombres y mujeres de extraordinaria virtud, maduros humanamente hablando, santos en su vivencia cristiana, comprometidos en la transformación de la sociedad. ¡Basta ya de resaltar solo la apariencia y la vanidad, el poder y el prestigio! Esto solo nos conduce a una sociedad egoísta en la que lo importante es lo superficial, lo pasajero, lo útil, lo agradable a los sentidos.

Las lecturas bíblicas de esta fiesta expresan algunos aspectos significativos que, sin duda, nos ayudarán a optar por el camino a la santidad. Así el autor del Apocalipsis, hablando de la gran muchedumbre de personas salvadas, afirma con un lenguaje lleno de simbolismos: “Todos estaban de pie, delante del trono y del Cordero, iban vestidos con una túnica blanca; llevaban palmas en las manos y exclamaban con voz potente: ‘La salvación viene de nuestro Dios…’”. San Mateo, por último, nos propone el camino de las bienaventuranzas como el camino a la santidad: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos…”.

Pidamos a Dios nuestro Señor, en la eucaristía de este domingo, que la santidad siga siendo el adorno de su Iglesia. Y que cada uno de nosotros nos esforcemos no solo en pedir favores a los santos, sino en imitar sus ejemplos y virtudes.

XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de hoy son una reflexión sobre la vida, la muerte y la resurrección.  La vida nos enseña que la muerte es compañera de viaje, pero la muerte no es el punto final, sino un punto y seguido, es un paso doloroso, pero un paso hacia Dios nuestro Padre.

La 1ª lectura del segundo libro de los Macabeos nos cuenta la historia de la persecución, tortura y martirio de 7 hermanos por causa de la fe.  Estos hermanos no consintieron renunciar a sus tradiciones religiosas de comer algo impuro y prefirieron morir antes que serles infiel a Dios.

Cuando se da la vida por algo, siempre se hace porque, como cristianos, sabemos que la vida aquí en la tierra no lo es todo, sabemos que hay otra vida.

¿Qué sentido tendría nuestra vida, nuestros sueños, nuestras metas tan deseadas, si lo que nos espera es, inevitablemente la muerte?  ¿Cómo puede ser que nuestro destino sea perder todo aquello que amamos? ¿Cómo puede ser que la muerte sea el viaje fatal en dirección hacia la nada?

La fe nos da la certeza de que la vida continúa más allá de esta tierra.  Lo que motivó a los 7 hermanos mártires y lo que motiva a tantos mártires de ayer y de hoy para enfrentar la tortura y la muerte es la certeza de que Dios reserva la vida eterna a aquellos que, en este mundo viven con fidelidad.

Quien cree en la resurrección no puede dejarse paralizar por el miedo, porque el miedo muchas veces nos impide defender los valores en los que creemos.  Quien cree en la resurrección es la persona que puede comprometerse en la lucha por la justicia y por la verdad, porque sabe que la muerte no lo puede vencer ni destruir.

En un mundo en el que lo que es verdad por la mañana, dejar de serlo en la tarde, en que parecen legítimos cualquier medio para alcanzar ciertos fines, la primera lectura de hoy nos cuestiona sobre si somos capaces de defender, con verdad y determinación aquello en lo que creemos; si somos capaces de luchar, aún contra corriente, por los valores verdaderos y auténticos.  ¿Somos capaces de defender lo que creemos hasta la muerte?

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos exhorta a vivir con constancia nuestra fe: una fe expresada en buenas obras. 

Nos pide también que hagamos oración para que el Evangelio sea conocido por todos y que no nos desanimemos si vemos que hay personas que no aceptan el Evangelio, porque como nos dice san Pablo, la fe no la aceptan todos.  Para algunos la fe no es suya porque nunca la han tenido, ni se les ha concedido ese don.  Para otros la fe es algo que tuvieron en algún momento de su vida pero que la dejaron adormecer.  Otros, simplemente no la han cultivado ni la han dejado crecer y se les ha quedado pequeña.

Por eso, alegrémonos nosotros por el don de la fe y haber sido elegidos por el Señor.

El Evangelio de san Lucas nos presenta a unos saduceos que le plantean a Jesús una pregunta capciosa, una pregunta para ridiculizar la creencia en la resurrección.  Basándose en la “Ley del levirato”, por la que el hermano del esposo debía casarse con la viuda si ésta no tenía descendencia, le preguntan a Jesús: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer”.

Jesús afirma la existencia de otra vida después de la muerte.  Pero también nos dice que la vida eterna no es continuación de la actual.

Jesús responde a los saduceos diciendo que no se imaginen la vida eterna según el modelo de la vida actual. La resurrección no debe ser imaginada como la reanimación de un cadáver. La vida eterna no es, una mera prolongación de la vida de este mundo; ya no está sujeta a la muerte. La resurrección es una forma de existencia totalmente nueva y transformada. Se trata de una nueva vida, de la participación plena en la vida de Dios.

Los cristianos estamos llamados a tener un convencimiento total en la existencia de otra vida después de la muerte.

Dios creó la vida y nos la regala.  Lo que Dios ama no puede terminar, no puede tener fin en el tiempo, el amor de Dios ha de vivir para siempre como Él.  Somos sus hijos y por eso nos ha dado a su propio Hijo para que tengamos vida y superemos la muerte.  Dios nos resucitará un día para vivir con Él.

La muerte acaba con nuestra vida biológica, pero no puede terminar con la vida que brota de Dios.  El creador de la vida es más fuerte que la muerte, porque “nuestro Dios, no es un Dios de muertos, sino de vivos”.

Porque Dios es un Dios de vivos, todos nosotros debemos apostar por la vida.  Tenemos que cuidar nuestra vida aquí y la vida en definitiva en el más allá.  Hay que luchar por la vida y esforzarnos por tener una vida digna para nosotros y para todos.  Optar por la vida es, por lo tanto, optar por Dios, es no apoyar los antivalores de muerte que se propagan en nuestro mundo, como la violencia, el odio, la miseria, etc.

Hoy, Jesús nos invita a fortalecer nuestra fe en la resurrección y a creer en un Dios que es Padre y que nos ha dado una vida maravillosa que la continuaremos después de la muerte.

lunes, 24 de octubre de 2022

 

XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos invita a contemplar el amor de Dios.  Dios ama a todas las criaturas, porque todos encontramos en el amor de Dios nuestra razón de ser.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos presenta una reflexión sobre el mundo, sobre lo hombres, sobre la historia, todo ello desde la luz de la fe en Dios creador de todo lo que existe.

El mundo que Dios creó, lo creó bueno y todas las cosas buenas nos las regaló Dios a nosotros los hombres.  Sin embargo, existen cosas malas e injustas, que no proceden de Dios, sino que proceden del hombre.

Existe el mal porque los poderosos abusan del poder y cometen injusticias, porque saben que su poder es limitado.  El poderoso es injusto, porque ambiciona más poder, porque teme perder el poder, por codicia, porque no ama al prójimo, sino que se ama a sí mismo.

Dios, por el contrario, es un Dios lleno de bondad, de misericordia, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta.

Ante la gran misericordia de Dios, podemos tener diferentes posturas.  Hay personas que piensan: “Si Dios está dispuesto siempre a perdonarme, da lo mismo hacer el bien que el mal”.  Esto nos puede llevar a burlarnos del amor de Dios y por supuesto pensar así es un terrible pecado. 

Dios nos llama a corregir todas aquellas cosas que hacemos mal, nos invita a reconocer nuestros pecados y a cambiar nuestra mentalidad y nuestra forma de vivir.  Dios es grande, y espera siempre nuestra conversión para poder salvarnos.

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos da una serie de consejos para que no nos equivoquemos en la manera de seguir al Señor.

A lo largo de nuestra vida, es necesario estar atentos para saber discernir lo que es verdad de lo que es mentira, lo cierto de lo equivocado, lo que es de Dios y lo que es solamente palabra humana.  Hay personas que por buscar ser protagonistas, perturban y engañan a la gente, enseñando o predicando un evangelio distinto a que nos transmitió el Señor. 

El camino para descubrir lo cierto de lo equivocado está en la Palabra de Dios y en una vida de comunión y de intimidad con Dios en su Iglesia.

También, hoy, San Pablo, nos decía que hay problemas tanto sociales como personales y familiares que no están en nuestras manos resolverlos y por ello nos invita a la oración para pedir al Señor su ayuda y su solución.

El evangelio de San Lucas, nos has presentado la conversión de Zaqueo.  El Señor sale al encuentro de todos para ofrecernos incondicionalmente su amistad. Él siempre toma la iniciativa. No importa cómo sean las personas. No nos ama porque seamos buenos, sino que podemos ser buenos porque Él nos ama. Su amor es precisamente lo que nos hace buenos.

La misericordia de Jesús se transforma en perdón.  Jesús le dice a Zaqueo: “bájate pronto”.  En definitiva, le está diciendo: Quiero ser tu amigo. Zaqueo bajó y lo recibió muy contento.Cuando todos lo miran mal, Jesús lo mira con buenos ojos; cree en él.

También a nosotros nos cuesta creer que Dios nos ama por encima de nuestras pequeñeces, a pesar de nuestros pecados. No creemos que aquí y ahora Jesús nos dice lo mismo que a Zaqueo: “Baja, acércate a mí, ábreme las puertas de tu casa. Tú no eres un ser anónimo; tú eres importante para mí. Hoy quiero hospedarme en tu casa, ser tu amigo, tener una relación personal contigo”.

En el momento en que tengamos, como Zaqueo, esta experiencia de amor personal, nos sentiremos obligados a corresponder a ese amor gratuito. Aquel día dirá Jesús lo mismo que a Zaqueo: “Hoy ha entrado la salvación en esta casa”.

Jesús no lo regaña ni le urge a que cambie de vida. Es él quien, al experimentar el amor gratuito y generoso del corazón de Jesús, se siente avergonzado de sí mismo: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”. La experiencia del amor gratuito de Jesús despierta en el publicano una inmensa generosidad, lo impulsa espontáneamente al amor gratuito a los demás. Antes se aprovechaba, ahora comparte.

La figura de Zaqueo se repite a lo largo de la historia. Dios apuesta por lo mejor que hay en cada hombre.  Nos dice: “Quiero sacar de ti, lo mejor que hay en ti”.

El comportamiento de Zaqueo nos demuestra que un hombre, si se encuentra con Jesús y se abre a su Palabra, es capaz de liberarse de los mayores frenos y cadenas. Cuando entra el amor se rompen las cadenas.

lunes, 17 de octubre de 2022

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes, por los pobres y marginados y no por aquellos que se sienten seguros de sí mismo.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico manifiesta la actitud de Dios para quien acude a Él pidiendo protección.  Dios es un “juez justo” que no se deja sobornar por nadie.

La verdadera religión es aquella que vive y pone en práctica el mandamiento del amor hacia los más necesitados.  No es verdadera religión la de aquellos que dan dinero a la parroquia o a obras de caridad, pero no pagan justamente a sus obreros; no es verdadera religión la de aquellos que el domingo dan una buena limosna, pero no respetan la dignidad y la libertad de los otros; no es verdadera religión la de aquellos que le hacen promesas a Dios para que les vaya bien en sus negocios chuecos o para hacerle daño a alguna persona.

Una religión desligada de la vida es una religión falsa, hipócrita, con la cual Dios no quiere tener nada que ver.

Por eso, Dios tiene debilidad y compasión por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo no los toma en cuenta.  Dios los ama a todos ellos y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos, ni se olvida cuando violamos la dignidad de hijos de Dios.

Nosotros, como hijos de Dios que somos, tenemos que luchar contra todo lo que genera muerte, infelicidad, explotación, injusticia y opresión.

No olvidemos, pues, que quien acude a Dios con humildad, con confianza, con esperanza no quedará defraudado.

La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una invitación a vivir nuestra vida cristiana con entusiasmo, con entrega, con ánimo.

Ser cristiano, implica muchas veces renunciar a los falsos valores del mundo; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado y difamado.

Sin embargo, aquel que elige a Cristo, no está sólo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; aunque seamos criticados por anunciar el evangelio, por vivir auténticamente nuestra fe, el Señor está a nuestro lado, nos da fuerza, nos anima y nos libra de todo mal. No nos olvidemos que no estamos solos.  Contamos con la fuerza de Dios.

En el Evangelio de san Lucas, Jesús confronta dos tipos de religiosidad que se dan en todas partes: la del fariseo que se cree bueno por lo que hace, por lo que piensa y dice, por sus prácticas religiosas, y desprecia y acusa a los demás, y la del publicano que se reconoce pecador, se avergüenza, quiere cambiar y se arrepiente ante Dios.

El evangelio de hoy nos dice una cosa muy clara: para acercarnos a Dios debemos sentir que lo necesitamos de verdad.  Debemos sentir que sin su ayuda y su fuerza no somos nada.  Debemos sentir que, por mucho que nos esforcemos por ser buenos, siempre nos quedará un gran camino que recorrer para llegar a amar a Dios como Él nos ama.

Hoy, como ayer, nadie se considera fariseo.  Pero esto no quiere decir que los fariseos hayan desaparecido.  Jesús llama fariseos a “quienes teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás”.

Queremos cambiar las cosas, lograr una sociedad más humana, pero pensamos cambiar la sociedad sin cambiar nosotros.  Posiblemente sea éste uno de los males más perjudiciales de nuestros días.

Queremos paz y nos hacemos insensibles a la violencia: hasta cuando hablamos de la paz, lo hacemos de forma violenta; cuando luchamos contra la violencia, estamos provocando una nueva violencia, insultando, atacando a los demás.  Pensamos estar libres de toda culpa, porque condenamos a los demás.

El fariseo de ayer y de hoy es esencialmente el mismo.  Un hombre que se siente satisfecho de sí mismo y seguro de lo que vale.  Un hombre que se cree siempre con la razón.  Que se cree que tiene la verdad absoluta y por eso se atreve a juzgar y condenar a los demás.

El fariseo juzga, condena y se cree con las manos limpias.  El fariseo no cambia, no se arrepiente de nada, no se corrige.  No siente que comete injusticias.  Por eso exige siempre a los demás que cambien, que se renueven que sean más justos.

Con demasiada facilidad nos comparamos con los demás y nos convertimos en sus jueces, pero eso sí, nosotros somos siempre, o casi siempre, los buenos, los justos, los que hacemos las cosas buenas y bien.

Hoy podríamos hacer un examen de conciencia, es decir, repasar las cosas que hacemos mal.  O las cosas que deberíamos hacer y no las hacemos, en casa, en el trabajo, en nuestra relación con los demás, en el uso de nuestro dinero o de nuestro tiempo, en el servicio a la comunidad, en la ayuda a los pobres, en nuestra relación con Dios.  Seguro que ya sabemos en qué cosas estamos fallando más.  Pues, recordemos todas esas cosas y reconozcamos nuestros pecados ante Dios y pidámosle ayuda para seguir adelante y no ser o actuar como el fariseo.

Celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones, el «Domingo Mundial de la Propagación de la Fe», el Domund. Esta Jornada nos recuerda que la misión de Cristo, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en esta tarea, porque a cada uno de nosotros se nos ha dicho: “Seréis mis testigos”

La Jornada del Domund que hoy celebramos nos invita a sostener la misión y a los misioneros con nuestra oración y también con nuestra cooperación económica. Llega el momento de la colecta. Recordemos que nuestra generosidad es otra forma de ser testigos y que nuestra aportación colabora de forma eficaz para que el Evangelio sea predicado “hasta los confines de la tierra”

lunes, 10 de octubre de 2022

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La Palabra de Dios hoy nos invita a mantener una estrecha relación con Dios.  Hay que saber pedirle a Dios con insistencia por medio de la oración.

La 1ª lectura del libro del Éxodo, quiere ofrecernos, no tanto el detalle de una batalla de guerra, cuanto el hecho de que es Dios quien salva al pueblo elegido.

El éxito de nuestras luchas y preocupaciones, depende de la perseverancia (a pesar del cansancio) y de la solidaridad, ayudándonos unos a otros.
A Moisés, en su oración, se le doblan los brazos de cansancio, pero se sobrepone a ello ayudado por sus compañeros y alcanzan la victoria sobre sus enemigos.

Hay que entender que los brazos levantados son un signo de oración, de invocación a Dios. Así, pues, mientras el pueblo, a través de su intercesor Moisés, pone la confianza en Dios, obtiene lo que necesita. En cambio, cuando prescinde de Dios, todo va mal.


Es el ejemplo para nosotros hoy: no desanimarse en la lucha, aunque sintamos la tentación del cansancio en el orar, o no veamos los frutos de nuestros ruegos de modo inmediato. Insistir en la oración como Moisés lo hizo, y la victoria estará de nuestra parte.

En la 2ª lectura, de San Pablo a Timoteo, San Pablo exhorta a todos los sacerdotes, catequistas, educadores cristianos a que tengamos como base de nuestros trabajos, de nuestra acción pastoral y de nuestro compromiso la Sagrada Escritura.

En ocasiones parece como si nos sintiéramos desorientados en nuestras vidas; como si no supiéramos cómo actuar para hacerlo bien. Estamos presionados por las dudas.  San Pablo nos dice hoy que en nuestras dudas, prestemos atención a la Palabra de Dios, a las Sagradas Escrituras. En ellas encontraremos luz suficiente para actuar siempre en la línea de la fe cristiana.

La Palabra de Dios orienta nuestro proceder. Y no solamente debemos acudir a ella para encontrar la luz que nos oriente, sino que debemos proclamarla con decisión, con claridad y ejemplaridad.

Por ello debemos frecuentar la lectura, meditación, reflexión sobre la Palabra de Dios, pues esto es fundamental, imprescindible, tanto personalmente como en el servicio de la evangelización.  Si no conocemos la Palabra de Dios, no sabremos hablar de Dios. 

El evangelio de San Lucas nos ha presentado hoy la parábola del juez y la viuda.  Con esta parábola nos anima el Señor a ser perseverantes en la oración.

Hay una canción que dice: “cuando de nada nos sirve rezar”.  Y así piensan muchas gentes de hoy con respecto a la oración. Así han terminado sucumbiendo también grandes rezadores de todos los tiempos. Cuando la oración no parece eficaz; cuando nada sale como pedimos; cuando parece que Dios hace oídos sordos a nuestro clamor insistente; cuando empezamos a compararnos a quienes no rezan, en cómo les van las cosas; cuando nos duele que la injusticia parece triunfar sobre la verdad y que los débiles e indefensos continúan muriendo aplastados por la fuerza de los poderosos; cuando alguien nos acusa de que nos falta acción porque con la oración no resolvemos los problema, es entonces cuando debemos ser más perseverantes en la oración.  No debemos desanimarnos.

Debemos saber que Dios está siempre al otro lado, que siempre nos escucha, que se alegra cuando sus hijos queridos le presentan su oración en sus necesidades. ¿Resultados? No nos toca a nosotros valorarlos y muchas veces, ni siquiera verlos o recogerlos.

El desánimo y el desaliento, el abandono o el ir siempre apresurados no son propios del cristiano orante. Lo que pasa es que no nos conformamos con pedir ayuda a Dios, sino que hasta le decimos cómo y de qué manera queremos que nos ayude, y no le dejamos la libertad que le debemos.

Cuántas veces pedimos a Dios algo en concreto y no nos da eso, sino algo que no habíamos pedido.  Hay que aprovechar lo que Dios nos ha dado y no quedarnos lamentándonos por lo que hemos recibido;  quizá Dios quiere llevarnos por otro camino.  Es decir: si le pedimos a Dios patatas y nos da una lechuga, pues hagamos una ensalada; pero aprovecha y come.  Por ello es necesaria mucha fe para perseverar en la oración; es necesario no desfallecer en la oración e ir renunciando a nuestra propia voluntad para ir buscando siempre hacer la voluntad de Dios.

La oración constante nos unirá cada día más a Dios y a nuestros hermanos.

lunes, 3 de octubre de 2022

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo, nos dan una lección siempre actual: que hemos de saber dar gracias a Dios.  El amor de Dios es universal y hay que saber corresponder a ese amor con nuestra gratitud.

La 1ª  lectura del 2° Libro de los Reyes, nos recuerda la curación de Naamán de Siria, sanado de la lepra por el Profeta Eliseo.

Naamán, rey de Siria, estaba afectado de lepra. Ni sus curanderos ni sus sacerdotes habían podido curarlo. Pero uno de sus sirvientes había oído hablar de un profeta de Israel que obraba prodigios. El rey se presentó ante Eliseo, pero se sorprendió de su receta: lavarse siete veces en el Jordán. Pero no es el agua la que cura, sino la fe.

El rey recuperó la salud por obedecer la orden de Eliseo. Y con la salud recibió la fe en el Dios de Israel.    Naamán al recobrar la salud se encuentra con el Dios verdadero.  Encontrarse con Dios es el gran reto del hombre sobre la tierra. Quiera o no reconocerlo, así es. Encontrarse con Dios es, sobre todo, el gran reto para un cristiano que, por el hecho de serlo, no quiere decir que lo haya ya encontrado.

Podemos vivir toda una vida llamándonos cristianos y no haber descubierto de verdad a Dios, ni siquiera haberlo conocido. Por eso, hoy es un buen día para colocarnos al lado de Naamán y del leproso del evangelio y ponernos con ellos a los pies de Jesús y suplicarle que nos diga la frase más importante que podemos escuchar en nuestra vida: Vete. Tu fe te ha salvado.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos recordaba san Pablo que la Palabra de Dios no está encadenada. Tal vez nosotros tengamos que padecer mucho por la Palabra; mas no por eso nos quedaremos mudos, pues aún en medio de grandes tormentos hemos de proclamar el amor que Dios tiene a todos los suyos.  Y no importa que por el Evangelio tengamos que entregar nuestra vida; pues no es la muerte, sino la vida la que tendrá la última palabra en nosotros.  Seamos, pues, fieles a la Palabra de Dios.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la curación de 10 leprosos.

Tanto los enfermos de lepra como los extranjeros eran marginados en tiempos de Jesús. ¿Por qué? Los enfermos de lepra estaban marginados por dos razones: Nunca se ha dado un trato de privilegio a los enfermos. Pero menos aún si se sospechaba que podían contagiar a los sanos, como era el caso de los leprosos, obligados a vivir en el campo, sin entrar en la población; o se les tenía por impuros y relacionados con los malos espíritus.

Pero, además, por incluirlos entre los pecadores; creían muchas veces que las enfermedades las mandaba Dios como un castigo por los pecados cometidos.

El mensaje de las lecturas de este domingo es tremendamente claro: Jesús está con los marginados de su tiempo, no con los que se creen los elegidos de Dios. También el Señor nos dice con este evangelio que Dios no castiga con las enfermedades. Las enfermedades son degeneraciones de la naturaleza de la que estamos hechos, pero nunca un castigo de Dios porque uno haya pecado. Esto es muy  importante porque en la creencia popular hay muchísimos comportamientos que se deben a esta mentalidad: ¿Qué habré hecho yo para merecer esto?, se preguntan ante cualquier accidente o enfermedad en un hijo o en uno mismo. Y hay que hacer alguna penitencia o promesa para alejar el posible “maleficio” o condena divina. Dios no castiga a nadie y menos con enfermedades.

El evangelio de hoy también nos habla de ser agradecidos.  De los diez leprosos curados uno solo le da las gracias a Jesús por su curación.

Ser agradecido es muy importante. Serlo en las cosas pequeñas, en casa, o  en el trabajo. Y serlo en las cosas  grandes, cuando hemos pedido ayuda y alguien nos ha sacado de una dificultad grave.  Es muy importante ser agradecido porque eso nos hace la vida más amable. Más amable  para quien recibe el agradecimiento, porque se siente apreciado y reconocido. Y más  amable para nosotros, porque así reconocemos la importancia que tienen los demás en  nuestra vida, y sentimos la alegría de poder contar con ellos. 

De hecho, el agradecimiento es una manera de estrechar los lazos entre las personas, y  romper el aislamiento y el egoísmo que a veces cultivamos en nuestra sociedad. 

Y al mismo tiempo que somos agradecidos con los demás, no debemos olvidarnos de ser  agradecidos con Dios. Bien lo sabemos que Él es nuestro Padre y que somos fruto de su  amor. Pero a veces no nos acordamos.  No nos acordamos muchas veces de ponernos ante Dios y decirle gracias porque Él está con nosotros y nos acompaña siempre y nos da  fuerzas para seguir adelante.

Ante el amor, la bondad y la misericordia de Dios sólo cabe la respuesta agradecida del creyente. Gracias Señor.