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lunes, 21 de agosto de 2023

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Hoy la liturgia nos transmite, fuerte, alto y claro la pregunta de qué es Jesús para nosotros, quien es Él, realmente, para nuestras vidas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al mayordomo Sobná que abusa del poder que tiene y por eso Dios lo destituye de su cargo por haber usado su cargo en beneficio propio, y no como un servicio en favor de los demás.

Esta primera lectura nos invita a reflexionar sobre el sentido del poder.  El poder es un servicio a la comunidad.  Quien ejerce el poder, debe hacerlo pensando siempre en los demás.  La autoridad no es cuestión de poder sino de servir a todos.  El que tiene el poder no puede usarlo para satisfacer sus intereses personales.

Sobná ejercía el poder, asociado a la corrupción, al aprovechamiento del servicio de la autoridad para fines egoístas e intereses personales. Y Dios nos dice que el ejercicio del poder sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del bien común.  El ejercicio de un cargo público no es para buscar intereses personales sino para ejercerlo en beneficio del bien común.

Por desgracia los abusos de poder de algunos gobernantes no han cambiado desde entonces.  Muchos utilizan el poder para su propia ambición, o por delirios de grandeza, negocios sucios, éxito del partido o como tapadera de sus propios intereses.

Nosotros como creyentes tenemos que estar dispuestos a poner fin a estas situaciones, no viviendo de forma superficial sino viviendo desde el Evangelio, aunque ello a veces nos complique la vida.  Puede ser que eso no cambie mucho las cosas, pero al menos no nos sentiremos cómplices de la injusticia.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos en una invitación a contemplar la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios. 

El verdadero creyente no es aquel que “sabe” todo sobre Dios, que cree conocerlo perfectamente y dominarlo; sino que es aquel que con honestidad y verdad reconoce su pequeñez y se pone confiadamente en las manos de Dios y con asombro y admiración adora y alaba a Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a Jesús preguntado: “¿quién dice la gente que soy yo?” “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Si queremos vivir coherentemente nuestra fe, tenemos que tener muy claro en quién y qué creemos.  Porque a veces estamos confundidos y por eso llegamos a decir que nos da lo mismo creer en una cosa que creer en otra.

Hay personas que dicen: “no hay que creer ni dejar de creer”.  Piensan que son muy sabios diciendo esto.  Y lo que demuestran es que no tienen fe en nada y que hacen las cosas “por si acaso”.  Es una manera de aceptarlo todo sin comprometerse con nada. Esta es la postura de algunos cristianos. 

Por eso no crecen en la fe y son víctimas de supersticiones. Se dicen cristianos pero practican la brujería, acuden a los adivinos y van a que les echen las cartas.  Este tipo de personas pisotea el primer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas.

Tenemos que tener muy claro en quién creemos.  Por eso Jesús nos pregunta: ¿quién dices tú que soy yo para ti?

Para muchos Jesús es, como decían los judíos de sus tiempos, un gran profeta. Otros opinan que ha sido un gran pensador. Otros que ha sido un revolucionario social. Otros afirman que ha sido un hombre perfecto. Hay toda clase de opiniones. Pero todas ellas están viendo a Jesús desde afuera. Realmente no saben nada de Cristo. No lo conocen.

Ante cristianos que desconocen realmente a Jesús, no es de extrañar que la vida cristiana sea algo nulo, superficial y solamente como un ingrediente social.

¿Quién es Jesús para nosotros? No se trata de dar una respuesta que hayamos aprendido de memoria. Tenemos que descubrir lo que verdaderamente Cristo significa para cada uno de nosotros personalmente.

Esta respuesta la vamos a encontrar en lo concreto de nuestra vida. Nosotros mostramos lo que Cristo significa y vale para nosotros a través de nuestras obras. Nuestra manera de vivir y de actuar es, en realidad, la expresión de lo que nosotros creemos.

Podemos decir muchas cosas acerca de Cristo. Pero si esto no se convierte en vida, si no luchamos por expresarlo a través de nuestras obras, quiere decir que no creemos en Jesús.

Decir que Jesús es el Mesías es aceptarlo como el único que puede darle sentido a nuestra vida.

Es importante, pues, que en este domingo, con toda sinceridad dejemos que la pregunta de Jesús resuene profunda y fuertemente en nuestros corazones y que tratemos de responderla con toda sinceridad.

lunes, 14 de agosto de 2023

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos manifiestan que Dios quiere que todos los hombres se salven, a todos nos llama a la salvación sin distinción de raza ni lugar.  Todos somos uno en la fe.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, hayan rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo no decía hoy: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia”.

El evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, gritando y pidiendo curación para su hija.  Esta mujer es un ejemplo de fe y de cómo tenemos que orar, es decir, pedirle a Dios.

A veces Dios no nos responde. Es lo que le sucedió a esta mujer en tiempos de Jesús. El Evangelio especifica que la mujer era “cananea” para significar que no era judía, sino pagana.

Y Jesús se hace el que no escucha. Así es Dios a veces: simula no escucharnos. Y ¿por qué? O, más bien ¿para qué? … Para reforzar nuestra fe. Se habla de “poner a prueba” nuestra fe. Pero no se trata de una prueba como un examen, sino más bien como un ejercicio que fortalece la fe.

Cuando el Señor parece esconderse o parece no hacernos caso puede ser que esté tratando de reforzar nuestra fe débil.

Ahora bien, hay otro tema en la Liturgia de este Domingo: la salvación es para todos, judíos y no judíos.

¿Qué difícil es a veces compartir nuestra fe y nuestra vida con quienes son distintos a nosotros? No solamente los extranjeros, sino incluso dentro de nuestra misma sociedad o familia muchas veces “designamos” personas que no son “dignas” de nuestra atención o de nuestro cariño. Relegamos a quienes son distintos, criticamos a quienes piensan diferente, e incluso atacamos a quienes tienen valores diversos. Si Jesús fue capaz de aprender de una “mujer extranjera” ¿no seremos nosotros capaces de aprender de quienes nos rodean? Abrir nuestro interior para aprender de nuestra pareja que “siempre parece ser tan necio(a)”, para aprender de nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, del pobre o de nuestros padres.

Para el Señor no existen las fronteras puestas por los límites familiares, nacionales, religiosos, sociales, políticos. Dios es para todos. En Él no hay distinción de personas.

Uno de los deberes de nuestra Iglesia es aceptar a todos, y aceptarlos con alegría y con amor, dejándoles entrar plenamente en las actividades de la comunidad.  Pero, por desgracia, esto no siempre pasa en nuestras comunidades eclesiales. Si no aceptamos a los nuevos como Cristo nos pide que lo hagamos nos estaremos comportando de la misma manera que se comportaba el pueblo judío en los tiempos de Cristo.

Con frecuencia vemos cómo algunas personas muestran abiertamente hostilidad, y hasta desprecio, frente a los que tratan de integrarse en nuestras comunidades. Hay personas que se sienten amenazadas, como si alguien les fuera  a arrebatar su puesto en la comunidad. Lo que olvidan es que la Iglesia pertenece a todos y que hay que compartir.

En esta Eucaristía roguémosle al Señor, por intercesión de María, la humilde Sierva del Señor, que nos conceda entrañas de misericordia para con los demás, para velar por sus derechos.

lunes, 7 de agosto de 2023

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir la manera de librarnos de todos los temores y miedos  en los que a veces se ve envuelta nuestra vida. 

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios.

Dios aparece donde menos se le espera, y en el momento que menos nos imaginábamos. Elías vive esa experiencia. Donde él espera verlo (viento, terremoto y fuego), Dios no aparece.

Sin embargo, en la tranquilidad, en la paz, en las cosas pequeñas, en el amor de cada día, en el crecer de la hierba, en la salida del sol y en el ocaso, debemos aprender a descubrir el paso del Señor por nuestras vidas. Dios nos habla cada día, con voz suave e insinuante, valiéndose de situaciones y acontecimientos cotidianos y habituales. Debemos tener siempre bien abiertos los ojos y los oídos del alma para descubrir cada día el paso del Señor por nuestras vidas.

Cuando estemos angustiados, cuando pasemos por momentos de sufrimientos, en nuestras dudas, no nos cansemos nunca de buscar a Dios, pero busquemos a Dios con sencillez, con humildad y Él se hará presente en nuestra vida, no de una manera espectacular sino de una manera sencilla como lo hizo con el profeta Elías.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos manifestaba la gran pena que san Pablo sentía por su pueblo.  Le vence el sentimiento y llega a decir, en un momento de tristeza inmensa, que por el bien de sus hermanos, los de su raza y sangre, quisiera incluso ser un olvidado lejos de Cristo.

Es de corazones buenos amar a los más cercanos, a los de nuestra raza y sangre, pero también es propio de los corazones generosos dedicar todas las fuerzas de la vida a salvar a los que nos parece que están más lejos, a los que no son ni de nuestra raza, ni de nuestras creencias, ni de nuestras mismas ideas, hasta a nuestros enemigos. Porque así lo hizo Jesús, así lo hizo también san Pablo.

En el Evangelio de san Mateo Jesús le dice a sus discípulos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.

El ser humano es un ser con muchos miedos.  Tenemos miedo de muchas cosas: a la muerte, al sufrimiento y al dolor, a la incomprensión, a la soledad, a perder lo que tenemos, al futuro, a las personas que no conocemos.  El miedo nos paraliza, nos hace vivir a la defensiva.

¿Qué podemos hacer con nuestros miedos?  ¿Olvidarnos de ellos?  ¿No hacerles caso? ¿Huir de ellos?  Huir del miedo es lo que hace la mayoría de las personas.  Otros huyen del miedo teniendo muchas cosas, viajando, siempre de prisa de un lugar a otro, buscando diversiones a cualquier precio.

Pero ¿realmente podemos vencer el miedo con diversiones y evasiones?  No es tan fácil librarse de los miedos en nuestra vida.  Normalmente cuando vencemos un miedo, viene otro a ocupar su lugar.  Además huir de los miedos no significa superarlos.  Y por eso cuando parece que huyendo de nuestros miedos los hemos superado, aparecen de nuevo.

Jesús cuando se encuentra con Pedro asustado por la tempestad no le dice que huya, que salga corriendo.  Le dice que confíe en Él.  Confiar en Jesús es lo mismo que tener fe.

La fe es necesaria para vencer nuestros miedos y superar las dificultades de la vida.  Por ello, el problema no es no tener miedo, ya que los miedos son algo propio del ser humano, el problema es no confiar en Dios.

Jesús nos dice: “Ven”,  nos llama a seguirlo, a vencer con Él las dificultades, los miedos, la falta de fe.

Jesús le dice a Pedro: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”  Jesús nos invita a enfrentar con valentía las tempestades de esta vida y que lo hagamos con fe. 

La fe consiste en saber que Dios se encuentra siempre a mi lado, para ayudarme a superar los miedos.  Dios, siempre nos toma de su mano y nos conduce por caminos seguros. La fe me permite caminar en la oscuridad, en medio de las dificultades; la fe da sentido a nuestras vidas.  Cuando tenemos fe, esa barca que es la Iglesia no se hunde. 

En el mundo hay muchas cosas negativas que nos causan temor y miedo, pero si tenemos fe, si confiamos en Dios, podremos vencer todos esos miedos.  Cuando tenemos poca fe, tenemos que gritar: “¡Señor sálvame!” y entonces Jesús nos da su mano y nos dice ven. Con la ayuda de Dios podemos superar el miedo que nos paraliza a trabajar por un mundo mejor.  Con la ayuda de Dios podemos superar nuestros miedos y caminar alegres por la vida.

miércoles, 2 de agosto de 2023

 

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR (CICLO A)


Celebramos hoy la fiesta de la Transfiguración de Jesús.  Jesús torna consigo a sus discípulos más íntimos y los lleva a una “montaña alta”. No es la montaña a la que le ha llevado el tentador para ofrecerle el poder y la gloria de “todos los reinos del mundo”. Es la montaña en la que sus más íntimos van a poder descubrir el camino que lleva a la gloria de la resurrección.

El rostro transfigurado de Jesús “resplandece como el sol” y manifiesta en qué consiste su verdadera gloria. No proviene del diablo sino de Dios su Padre.

Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías. No tienen el rostro resplandeciente, sino apagado. No se ponen a enseñar a los discípulos, sino que “conversan con Jesús”. La ley y los profetas están orientados y subordinados a Él.

La escena de “la transfiguración de Jesús” concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: “Este es mi Hijo amado”: el que tiene el rostro transfigurado. “Escuchadle a Él”. No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a Él.

“Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto”. Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.

La actuación de Jesús es conmovedora: “Se acerca” para que sientan su presencia amistosa. “Los toca” para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: “Levantaos. No temáis”. Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.

En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.

Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad pero hay, sobre todo, miedo a correr riesgos.

Hay miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo el buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar.

Miedo a hablar de los “derechos humanos” dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el Espíritu de Cristo.

Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el “ministerio del juicio y la condena”, sino el “ministerio de la reconciliación”.

Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en “odres nuevos” el “vino nuevo” del Evangelio?

Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo “hacer memoria” de Él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?

Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?

En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: “Levantaos. No tengáis miedo”.

lunes, 31 de julio de 2023

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo, la podríamos resumir en unas palabras: el milagro de compartir.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace tomar conciencia de que gastamos mucho tiempo y muchas energías en lo que realmente no nos llena ni nos da la felicidad.  Debemos alimentarnos de algo más que de cosas materiales.

“venid a mí: escuchadme y viviréis”, nos decíael profeta Isaías. Estas palabras están llenas de verdad.  Mientras que el Señor nos ofrece lo mejor, sin pagar nosotros nada, vamos ansiosos de aquí para allá y tiramos y tiramos el dinero y la vida, comprando un pan que no alimenta y unos manjares que no satisfacen. 

Todos buscamos disfrutar tanto de la vida y nos damos cuenta, con todas las consecuencias, de que nuestro corazón es demasiado grande para que pueda saciarlo nada ni nadie, excepto Dios que nos ha creado.  San Agustín lo dijo con una frase memorable: “Nos creaste para Ti, Señor, y nuestro corazón está intranquilo mientras no descanse en Ti”.

El profeta nos invita a poner nuestros ojos en Dios que será el único que saciará nuestros deseos y nuestra hambre.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda, que nada debe apartarnos del amor de Dios. 

Las dificultades, las persecuciones, no son suficientemente fuertes como para derrotar al cristiano.  Ciertamente que tendremos que pasar por pruebas, problemas, incluso por la muerte.  Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará triunfar sobre cualquier enemigo que tengamos.  Nada nos puede separar del amor de Dios, excepto el pecado, es decir, nuestra decisión de no querer acoger el amor de Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el relato de la multiplicación de los panes y los pescados. 

Jesús para realizar el Milagro pide colaboración. Cuando un muchacho ofrece lo que tiene, cuando pone lo suyo a disposición de los demás se realiza el milagro.  Cuando se comparte, Dios hace el milagro de que haya para todos y aún sobre.

Lo que a uno le sobra, a otro le falta. Lo que para uno puede ser ya innecesario para otros puede ser algo esencial. Muchos vivirían dignamente como personas con lo que les sobra a muchos otros.


¿Te has puesto a pensar cuántas cosas abundan en tu corazón y que pudieras compartir con los demás? Y no siempre se trata de llenar estómagos vacíos. No solo el estómago tiene necesidades. Hay otras muchas necesidades vitales en el corazón humano.

En tu corazón abunda y sobra mucho amor. No lo desperdicies dándolo solo a tus amigos, a los que tienes cerca o a los que te caen bien. Hay tanta gente hoy necesitada de un poco de cariño, de un poco de amor. Gente que se muere de hambre de pan, pero también de hambre de un poco de amor y de cariño. Comparte el amor que sobra en tu corazón que es mucho. ¡Que no se pierda nada del amor que es capaz de dar tu corazón!

En tu corazón abunda la bondad. No la des solo a quienes ya tienen suficiente. ¡Como siempre nos han enseñado a ver todo lo que llevamos de malo, ya nos hemos olvidado de reconocer toda la bondad que brota de nuestro corazón! Porque hay muchos que están necesitados: de una palabra de cariño, de un gesto de bondad que les haga sentirse mejor. 

En tu corazón abunda y sobra el tiempo. ¿Sabes cuánto tiempo tienes de sobra? Examina bien cómo administras tu tiempo y verás que tienes tiempo de sobra. ¿Y por qué no dedicar un poco de tu tiempo a quienes viven solos, sin tener con quien hablar, sin que nadie los visite? A eso que cada día se están muriendo en su soledad, en la soledad de su corazón.  Enfermos que nadie visita. Ancianos que nadie les hace compañía. Niños que carecen de hogar y de familia. Regalarles un poco de ese tiempo que a ti te sobra, sería como devolverles un poco de vida que no tienen.

En tu corazón abunda la generosidad. Es posible que haya mucho de egoísmo dentro de ti. Todos llevamos demasiado. Pero aun así, ¿te das cuenta de cuánta generosidad hay dentro de tu corazón? No la repartas sólo con los que ya tienen demasiado. ¡Hay tantos necesitados de eso que a ti te está sobrando!  No te piden que se la regales toda. Basta que les regales todo lo que tienes de sobra para ti y para los tuyos.

En tu corazón abunda la alegría.  ¿No podías compartir un poco de ella con tanta gente que vive triste, angustiada, desolada, desconsolada?

En tu corazón te sobra paciencia.  ¿Qué ancianos son insoportables? Regálales un poco de la paciencia que te sobra. ¿Que los vecinos ya no los aguantas? Regálales algo de la paciencia que te sobra.

Si te miras por dentro, te darás cuenta de cuántas cosas sobran en tu vida, que no sabes qué hacer con ellas.  Hagamos el milagro de compartir todas esas cosas que nos sobran y que tenemos almacenadas en nuestro corazón y veremos cómo se produce el milagro.

lunes, 24 de julio de 2023

 

XVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia sobre qué cosas son importantes en nuestra vida, qué valores son los que rigen nuestra existencia.  Para el cristiano, la vida, la tenemos que construir sobre los valores que nos propone Jesús.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presenta al Rey Salomón pidiéndole a Dios una sola cosa: sabiduría.  Salomón no pide bienes personales, tampoco pide poder.  Pide lo que más necesita un gobernante: sabiduría para distinguir el bien del mal y así gobernar rectamente a su pueblo.

Salomón ha preferido los bienes espirituales a los materiales.  Él es un buen ejemplo para todos nosotros que tantas veces pedimos a Dios bienes materiales y nos olvidamos que los bienes espirituales son más importantes que los materiales.

Esta lectura de hoy, es también una llamada de atención para nuestros gobernantes.  ¡Qué fácil es decir que la autoridad debe fundamentarse en el servicio a los ciudadanos!, pero en la práctica el poder lleva consigo la tentación de ser utilizado para otros fines o para fines personales.  De ahí la famosa frase: “el poder corrompe”.

Servir desde el poder es fundamentalmente comprender y escuchar a las personas.  Ya no puede ser válido ese dicho: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.  Nuestros gobernantes deben también pedirle sabiduría a Dios para tener una verdadera actitud de servicio y que el poder que tienen no sea para la realización de sus propios planes personales, sino para el bien de toda la comunidad, para la realización del bien común.

¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración de cada día?

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda que Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros a cumplir una misión en la vida: imitar a Cristo en su escala de valores, en su estilo de vida.

Desde toda la eternidad, Dios pensó en cada uno de nosotros con amor.  Tenemos que tomar conciencia de ese amor que Dios siente por nosotros.  Dios viene continuamente a nuestro encuentro, nos señala el camino para que tengamos vida plena y verdadera y nos invita a formar parte de su familia.

El Evangelio de san Mateo nos exhorta a “vender”, a “dejar” todo aquello que nos impida alcanzar el verdadero tesoro: Dios y su reino.

Podemos aparentar que somos gente muy segura, que sabemos muy bien a dónde vamos, que todo lo tenemos resuelto o que nos sentimos a gusto con nuestra vida, pero la verdad es que dentro guardamos muchos miedos, muchas inseguridades y muchas carencias. Tenemos sed de Dios, y esa sed no es fácil taparla con otras cosas.

Podremos dedicamos a ganar dinero, a acumular bienes materiales de todo tipo, a disfrutar de la vida, pero, aunque llenáramos nuestra vida de cosas, nos seguiría a todas partes esa sed de Dios.

¿Qué buscamos en Dios? ¿Qué nos puede dar? Dios no nos proporciona éxitos mundanos, ni dinero, ni vida cómoda, ni negocios prósperos, pero nos pone paz en el corazón, nos da confianza para vivir, nos inunda de fuerza para construir un mundo nuevo y experimentamos la esperanza, la alegría y la ternura de Dios.

Sentir en el alma que Dios nos quiere y nos acoge con cariño es una experiencia inolvidable. Esa sed honda de Dios es lo que nos hace venir a la iglesia. Podríamos estar en casa, con nuestros amigos o haciendo tareas atrasadas, pero acudimos a nuestra iglesia.

Para quien sienta esa sed en el corazón es muy hermoso disfrutar de la cercanía amorosa de Dios. Es como un hallazgo inolvidable y feliz. De esto nos habla el evangelio de este día.

Jesús nos dice que es como encontrar un tesoro escondido o una perla de gran valor.

Lo mismos que para los primeros cristianos el encuentro con Jesús fue el comienzo de algo maravillo en sus vidas porque encontraron el tesoro escondido por el que lo demás perdía valor, así también para nosotros Jesús tiene que ser ese tesoro que al encontrarlo cambie radicalmente nuestra vida.  Porque cualquier cosa de este mundo pierde valor frente a Jesús.

Pidamos al Padre la gracia de disfrutar del gran don de la fe. Y no nos olvidemos que Jesús, en cada eucaristía, se nos ofrece como el tesoro escondido del que está sedienta nuestra vida.

lunes, 17 de julio de 2023

 

XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo son una llamada de atención para que no nos olvidemos que Dios siempre nos ofrece la oportunidad para cambiar porque Él es paciente con nosotros.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos enseña que Dios, pudiendo condenar nuestra maldad, siempre está dispuesto a perdonarnos, ofreciéndonos el camino de la conversión. Nosotros, juzgamos a los hombres y sin embargo Dios siempre nos da una oportunidad para el arrepentimiento. ¡Qué manera tan distinta la actuación de Dios y la nuestra!

Dios no quiere la muerte del pecador, sino su conversión; Dios ama a todos los hombres que ha creado, incluso a aquellos que hacen el mal.

Además, todos somos pecadores, pero nuestros fallos y caídas no han de alejarnos de Dios, sino que nos deben servir para acudir, como hijos débiles al abrazo de Dios nuestro Padre, que siempre espera nuestro arrepentimiento. El mayor pecado del hombre es desconfiar del amor y del perdón de Dios. Sentirse amados y perdonados por Dios es el comienzo de una vida nueva que nos ha de llevar a sentir compresión por aquellos que optar por vivir injustamente.

La 2ª lectura, de san Pablo a los romano, señala de otra forma, la bondad y la misericordia de Dios, al afirmar que el Espíritu Santo nos ayuda en nuestras fragilidades y nos guía por buen camino.

Tenemos que tomar conciencia del amor que Dios nos tiene y que lo que desea es salvarnos y que nos realicemos plenamente. Somos hijos de Dios y por ello, Dios no se cansa de indicarnos, todos los días, el camino hacia la felicidad a través del Espíritu Santo.

El ritmo de la vida diaria nos puede apartar de Dios. El trabajo, los problemas familiares, la necesidad de ganarnos la vida nos tiene todos los días ocupados, cansados y estresados y esto hace que nos olvidemos de poner nuestra atención en lo esencial. Es necesario encontrar tiempo y espacio para ver si estamos conduciendo nuestra vida según el Espíritu de Dios, según la voluntad de Dios o según nuestros caprichos.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado tres parábolas: la cizaña en medio del trigo, el grano de mostaza que crece hasta que anidan los pájaros en sus ramas, y la levadura que fermenta toda la masa.

El trigo y la cizaña es la realidad de nuestros días. Acostumbramos a dividir el mundo, la historia y las sociedades, en buenos y malos. Los que piensan distinto a nosotros, los que son de otro grupo o religión, los de diferente partido no solamente son “los otros”, con frecuencia son considerados perversos, separados y en extremos opuestos. Han cometido el delito de ser diferentes.

Las actuales guerras, los conflictos internacionales, las diferencias políticas, son casi imposibles de resolver porque no aceptamos a los otros, porque los juzgamos incapaces de tener algo bueno y condenamos a priori cualquier propuesta o posible solución que los otros presentan.

La parábola de la cizaña tiene sus grandes enseñanzas: es en realidad el mal en nuestra vida, no podemos arrancar al otro simplemente porque a nosotros nos parezca mal, sólo hay un verdadero juez que en el momento justo revelará la verdad.

Con la parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos enseña que Dios está en todas partes y que a todos acoge, y lo expresa despertando el respeto por los demás, alentando la paciencia y fortaleciendo la esperanza en que habrá un día en que se puedan alcanzar niveles de justicia, de igualdad y de paz. Pero el camino no es exterminando, destruyendo, sino respetando procesos y diferencias.

El mal que está no sólo en nuestro mundo, sino en nuestra propia persona. Tenemos que reconocer que en el corazón de cada uno de nosotros descubrimos grandes riquezas, pero también hay graves errores, tropiezos, egoísmos y equivocaciones. Es fácil reconocer los defectos de los demás pero ¡qué difícil es reconocer nuestros propios fallos!

También nos ayuda esta parábola a cuestionarnos sobre el bien y el mal. Es tendencia actual disculpar todo y caminar como si cada quien pudiera hacer lo que le venga en gana sin importar si es bueno o malo. Y Jesús nos recuerda que en el mundo también hay el mal y que no lo podemos llamar “bien” por más que se le parezca o se le disfrace.

Conscientes de que en nuestro propio interior encontramos esa duplicidad del bien y el mal ¿somos comprensivos con el hermano diferente y descubrimos sus cualidades? ¿Cuánta paciencia tenemos con los demás y con nosotros mismos?