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lunes, 4 de diciembre de 2023

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Allanar el camino es la invitación que nos hace la liturgia este segundo domingo de Adviento, para dejar de lado nuestras perspectivas en la vida y aceptar las de Dios, al mismo tiempo que aceptamos la compañía que Dios nos ofrece.

La 1ª lectura, del profeta Isaías, nos hacía una llamada a la conversión; una llamada a preparar el camino al Señor y a quitar los obstáculos que dificultan o retrasan la venida del Señor.

Para ello se nos pide que abandonemos nuestros hábitos de comodidad, de egoísmo y de autosuficiencia y que aceptemos los retos que Dios nos presenta.

La primera lectura contiene un mensaje de consolación para todas aquellas personas que viven amargadas o desilusionadas.  Dios no nos ha abandonado ni nos ha olvidado.  Hoy podemos sentirnos hundidos y fracasados porque la violencia y el terrorismo llenan de sangre y sufrimiento la vida de tantas personas o porque los pobres y lo débiles son olvidados y no tenidos en cuenta, o porque la sociedad global se construye con egoísmo, con indiferencia.  Sin embargo Dios es fiel a los compromisos con nosotros sus hijos, Dios no está al margen de lo que nos ocurre.  Dios viene a nuestro encuentro y nos ofrece llevarnos con amor y solicitud al encuentro de la verdadera vida y de la verdadera libertad.

El Señor trae paz y justicia, pero espera nuestra colaboración.  Nuestra tarea es preparar el camino a nuestro Dios, y para ello hemos de rebajar el monte de nuestro orgullo.  El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. El Adviento es el tiempo favorable para que limpiemos los caminos de nuestra vida, de forma que Dios pueda nacer en nosotros y, a través de nosotros, liberar al mundo.

La 2ª lectura, de la carta de San Pedro,  nos invitaba a la vigilancia.  San Pedro responde a los incrédulos que se burlan de la venida del Señor, tantas veces anunciada y que no acaba de llegar. No debemos olvidar que Dios es eterno y que su grandeza trasciende todas las medidas humanas, que para Él un día es como mil años, y mil años como un solo día; esto es, que Dios no tiene prisa, Él, puede hacerlo todo en un instante. Si Dios tarda, no es porque le cueste mucho cumplir lo que promete. Es porque tiene misericordia y da tiempo a los que necesitan tiempo para convertirse.

Dios es grande y su misericordia infinita, su amor a los hombres inagotable. Lo que a nosotros nos parece tardanza no es otra cosa que paciencia y misericordia con los pecadores, pues “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Sin embargo, los hombres no debemos abusar de tanta misericordia y perder el tiempo que Dios nos da para convertirnos. Pues lo cierto es que el día del Señor llegará cuando menos se piense, repentinamente, como llega un ladrón sin dar aviso. Hay que vigilar en todo momento.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a Juan el Bautista.  Llama la atención su forma de vestir, su manera de alimentarse y sobre todo su forma de ser.  Invitaba a todo aquel que acudía a él a la conversión.

Juan usaba un vestido de pelo de camello.  ¿Cómo vestimos nosotros?  ¿Con la piel de la oración o con el vestido de la frialdad hacia Dios?  ¿Con qué nos alimentamos?  ¿Con la Palabra y la Eucaristía o, por el contrario, con todo aquello que es agradable a nuestros ojos, a la boca, al placer?

¿En qué dirección estamos caminando?  ¿Hacia la Navidad, preparándonos para recibir a nuestro Salvador o hacia la vanidad de disfrutar, gastar y derrochar en este tiempo de Navidad?

Juan el Bautista nos sitúa ante un dilema.  ¿Qué camino estamos construyendo para la llegada de Jesús?  ¿Estamos realmente preocupados por quitar de nuestra vida todo aquello que nos impide recibir y acoger a Cristo: envidias, orgullo, soberbia, malos modos, egoísmo, etc., todo estas cosas que hacen que nuestra fe sea algo irrelevante o simbólico?

En estos días se adornan las calles, las plazas, los centros comerciales e incluso nuestras casas con adornos navideños.  ¿Cómo vamos a adornar nuestra vida?  ¿Hasta dónde estamos dispuestos a iluminar el interior de cada uno de nosotros para que el Señor, cuando nazca pueda entrar en nuestra vida y nacer de verdad?

Ojala que en estos días que nos estamos preparando para la Navidad no nos dejemos seducir por todo aquello que ha hecho de la Navidad una fiesta comercial.  Desde ahora, hemos de comprometernos en hacer una profunda revisión de nuestra vida cristiana y enderezar todo lo que está torcido, iluminar lo que está oscuro, dejar atrás los caminos equivocados por los que hemos ido en la vida, agarrarnos al poder y fuerza de la oración para pedirle al Señor que nos ayude a convertirnos a Él, para optar por el amor y la paz que nos trae y nos da el Evangelio.

Es tiempo, antes de que celebremos la Navidad, de ver si nos hemos equivocado de camino para regresar al camino del Señor, no vaya a ser que Dios vaya por un camino y nosotros en dirección contraria.

lunes, 27 de noviembre de 2023

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Hoy empezamos a celebrar con toda la Iglesia el Adviento. El Adviento es un tiempo de espera y preparación para la venida de Jesús. A lo largo de estos cuatro domingos vamos a estar vigilantes para que no nos pase nada inadvertido. Vendrá alguien a anunciarnos una buena noticia y nos traerá un importante mensaje. Por fin, una joven israelita llamada María, será la elegida para el gran acontecimiento.

Tenemos que estar con los ojos muy abiertos y vigilar, vigilar mucho, no vaya a ser que la venida de Jesús se nos pase sin darnos cuenta.

La 1ª lectura del profeta Isaías es un clamor, un grito, una sentida oración que nace de lo más profundo del corazón. Los antiguos clamaron angustiados a Dios, conscientes de la necesidad en que se encontraban, y apurados por el dolor: “¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas”. Se sentían huérfanos y perdidos y clamaron a Dios como padre, por un Salvador.

La pregunta que se plantea el profeta, en la primera lectura, seguro que nosotros también nos la hemos hecho en más de una ocasión, ante diferentes hechos, en nuestra vida. ¿Por qué permites que nos desviemos de tus caminos? ¿Por qué permites, Señor, tanta injusticia? ¿Por qué no arreglas de una vez este mundo, si todo lo puedes?

Dios es omnipotente, pero el amor sólo tiene efecto si es aceptado. El amor es oferta, no imposición. Querer forzar una respuesta de amor es hacerlo imposible, porque el amor supone la libertad de respuesta. Una persona puede amar a otra, pero si la otra permanece indiferente, el amor no puede realizarse. Un Dios-Amor no puede ser responsable de los males de la humanidad, muchos de los cuales son responsabilidad de los hombres, que no respondemos a este amor que nos viene. Por eso el mismo Isaías reconoce el pecado del pueblo (nuestra responsabilidad en el mal) y, por tanto, el disgusto de Dios.

Ahora bien, Isaías, nos recuerda que Dios es perdón que es el único Salvador y no hay otro; que Él es el que hemos de esperar. Por eso en medio de nuestras oscuridades, depresiones, angustias, hundimientos en la culpa… Dios nos ofrece nuevamente la recuperación, la paz, la reconciliación. Porque Dios es Padre fiel, y nos ha enriquecido ya con su amor.

La 2ª lectura de la 1ª carta de san Pablo a los Corintios, nos recuerda que Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su Espíritu. Pero todo estos dones, aunque Dios nos los ha dado para siempre, no es definitivo en nuestras manos. Nos cansamos, nos fatigamos y corremos el peligro de abandonarlo todo. Debemos reavivar la esperanza. No hay por qué desanimarse. Dios ha comenzado la obra; Él la llevará a buen término. Dios es fiel.

El evangelio de San Marcos, nos sitúa ante una certeza fundamental: “El Señor viene”.

Hay esperanza.  El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza.  Hoy los seres humanos necesitamos recuperar la esperanza.  Porque vivimos en un mundo en el que se han perdido los grandes ideales; donde los proyectos se ven más desde el dinero que uno se puede robar que desde el bien que puede hacer a la humanidad.

Desencanto, apatía, indiferencia, son palabras que expresan nuestra manera de vivir.  El único objetivo de la vida es pasarlo lo mejor posible, que no nos falte de nada y vivir lo más cómodamente posible. Sentimos indiferencia ante la formación humana y el compromiso social.

Por eso al comenzar este Adviento, este nuevo año cristiano, hemos de recuperar al menos nosotros los cristianos la esperanza.  Una esperanza que nos dice que el mundo, a pesar de todo, se dirige hacia el encuentro con Dios.  Una esperanza que nos dice que todavía es tiempo para mejorar las condiciones de vida humanas, de luchar para que se reconozcan la dignidad humana por encima de los intereses económicos, de partido o de grupos.

Una esperanza que nos dice que aunque sea poco, cada uno de nosotros puede aportar algo al proyecto del Reino de Dios.  Por eso la mejor actitud que podemos tener para recuperar la esperanza es la vigilancia: ¡Velad  porque nos sabemos ni el día ni la hora!

Vigilar porque estamos malgastado nuestra vida, nuestra realización como personas.  Hay que despertar de nuestra indiferencia e involucrarnos en la promoción del ser humano.

Miremos a nuestro alrededor para descubrir la presencia amorosa de Dios que denuncia nuestras injusticias y nos impulsa a salir de nuestra apatía.

Vigilemos lo que pensamos, lo que vemos, lo que decimos, lo que hacemos para que nuestro corazón no se corrompa con el virus de la indiferencia.

Pidamos a Dios, que la celebración de este Adviento nos permita recuperar la esperanza y despertar en nosotros la ilusión por un mundo, un pueblo y una familia mejores.

lunes, 20 de noviembre de 2023

 

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (CICLO A)


Con la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, concluye el año litúrgico, que no coincide con el año civil.  El año litúrgico empieza el primer domingo de Adviento, y tiene su culminación en la fiesta que estamos celebrando hoy.

La fiesta de Jesucristo, Rey del Universo es la culminación de todas las fiestas del Señor que hemos celebrado a lo largo del año.

¿Cómo, dónde, cuándo tiene que reinar Jesucristo? Su reino no es de este mundo, por eso su forma de reinar es desde la humildad, desde la cruz… Su corona es de espinas, su cetro una caña rota, su manto un trapo de color púrpura, su trono la cruz. Reina en el corazón de cada hombre y cada mujer que se acerca a otro, descubre su necesidad y lo ayuda. Reina en aquél que descubre a Cristo en el necesitado. Cristo debe reinar en nuestro interior.

Cristo es Rey, pero Él no vino a dominar, sino a amar y a servir. Él no tiene soldados, ejércitos ni policías; tiene tan sólo la pobreza por defensa y el amor del Padre del cielo. Es el rey del amor.

La 1ª lectura del Profeta Ezequiel nos habla del momento en que “se encuentran dispersas las ovejas” y de cómo Jesús, el Buen Pastor atenderá a cada una y las apacentará.

Apacentarse a uno mismo, y no apacentar al pueblo, es provocar la corrupción política, económica…; apacentarse, y no apacentar, es buscar el lucro por encima del interés del pueblo, es dar puestos de trabajo al compañero del partido por encima de la valía de otras personas mucho mejor preparadas; apacentarse, y no apacentar, es engañar al pueblo sencillo prometiendo y no dando.

Apacentar es estar cerca del oprimido, del pobre, del que no puede devolvernos nada porque nada tiene. Apacentar es ayudar al marginado, al pobre que recorre nuestras calles para poder malvivir. Apacentar es salir en defensa del desvalido frente a los poderosos y prepotentes de la vida.

Jesús es el Buen Pastor, que sí sabe apacentarnos como nos dice el salmo Resposorial: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

El Evangelio de San Mateo es el famoso pasaje sobre el Juicio Universal o Juicio Final.

Nuestra suerte se decidirá a partir de nuestro comportamiento práctico ante el sufrimiento ajeno de los pobres, hambrientos, enfermos, encarcelados… Esa será la pregunta: ¿Qué has hecho tú ante ése hermano al que encontraste sufriendo en la vida?

Nosotros hemos querido resolver todo de una manera muy sencilla: dando dinero, aportando nuestra limosna y contribuyendo en las colectas.  Pero, las cosas no son tan sencillas.

El amor a los necesitados no puede quedar reducido a “dar dinero”, entre otras cosas porque no tiene sentido expresar nuestra solidaridad y compasión al necesitado con un dinero adquirido quizás de manera insolidaria y sin compasión de ninguna clase.

En la Biblia, la limosna se entiende como “justicia”.  “Dar limosna” equivale a “hacer justicia” en nombre de Dios a quienes no se la hacen los hombres.

Hoy como siempre se nos pide dar un vaso de agua a quien encontremos sediento. Pero se nos pide además, ir transformando nuestra sociedad al servicio de los más necesitados y desposeídos. Ante las injusticias concretas de nuestra sociedad, un cristiano no puede pretender una neutralidad, diciendo que no se quiere “meter en política”. De una manera o de otra, con nuestras actuaciones o con nuestra pasividad, todos “hacemos política”, los individuos y las instituciones.

Un creyente que escucha las palabras de Jesús, siga el partido que siga, sólo puede hacer una política: la que favorezca a los más necesitados y abandonados.

Nos decía hoy Jesús: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Sólo tienen un lugar reservado en el Reino aquellos que han amado, aquellos que han vivido la caridad: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Si queremos formar parte del Reino de Dios hemos de seguir el camino que Jesús nos propone.  Y, además, es tan enorme y grande el amor a los más necesitados que Jesús mismo se identifica con ellos, al decir: “conmigo lo hicieron”.

Basta con observar a nuestro entorno: nuestra familia, los vecinos, los compañeros de trabajo, aquellas personas con las que me cruzo a diario y descubrir a las personas necesitadas. Todos son hermanos nuestros. Y los más necesitados, son los predilectos de Jesús, son Jesús mismo.

lunes, 13 de noviembre de 2023

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos. 

La 1ª lectura, del libro de los Proverbios, nos ofrece hoy un canto a la mujer.

La igualdad entre el hombre y la mujer no es algo que ya vivamos.  En parte porque, en muchos sectores de la vida la mujer sigue ocupando un puesto secundario.  Tenemos que admitir que hombre y mujer somos iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, porque ambos somos seres humanos.

No podemos ignorar la marginación y la sumisión en que la mayoría de los países ha tenido y sigue teniendo a la mujer.  Es una pena que muchos hombres que se llaman cristianos han explotado a las mujeres a través de los siglos.  En la casa han mirado a las mujeres como objetos de deseo.  En el trabajo han pagado a las mujeres menos que a los hombres y a menudo han exigido más horas de trabajo que a los hombres,

Por eso podemos hablar de los pecados contra las mujeres que hemos cometido a lo largo de los siglos.  Hoy, se insiste en la igualdad del hombre y de la mujer, y esto es así, porque Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.  Ahora bien esta igualdad no ha de hacer que la mujer olvide el sentido de la maternidad que no está reñido con su desarrollo ni con un trabajo profesional.  La mujer debe tener en alta estima el ser madre, en ser transmisora de la vida.

Como cristianos debemos esforzarnos cada día para que la mujer crezca cada día más como personas, que sea cada día más ser humano y no sólo objeto de placer, que la mujer sea cada día más mujer.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses nos hace saber que lo importante no es conocer cuándo vendrá el Señor por segunda vez sino estar vigilantes y preparados.

A nosotros no nos debe importar la fecha de la segunda venida del Señor, sino cómo esperar y preparar ese momento.  San Pablo nos dice que hay que estar vigilantes.  “Estar vigilantes” no significa mirar hacia el cielo, sin hacer nada, y olvidarnos de las cosas del mundo y de los problemas de los hombres, sino que significa vivir, día a día, de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, esforzándonos por la transformación del mundo y la construcción del Reino de Dios.

Los creyentes, tenemos que ser hombres y mujeres de esperanza, abiertos al futuro, un futuro que tenemos que conquistar con fe y amor, pero sobre todo un con esperanza de que podremos estar con Dios para siempre.

El evangelio de san Mateo, nos presenta la parábola de los talentos.  Hemos recibido de Dios, los talentos, los valores. 

Los dones que hemos recibido no son nuestros, son dones recibidos, se nos han dado para que los administremos. La gracia de Dios no se nos da simplemente para “que vivamos en gracia”, sino para que la activemos y la hagamos fructificar.

La vocación del cristiano no es conservar. La vocación del cristiano es dar frutos, es florecer, es manifestar y revelar los dones de Dios. Por eso, el primer paso es reconocer los dones que Dios nos ha regalado porque quien no los reconoce tampoco es capaz de dar gracias por ellos. El segundo paso, es hacerlos florecer.

Los dones de Dios son para ponerlos en circulación, no para enterrarlos. Dios no quiere que se los devolvamos tal y como Él nos los ha dado, sino convertidos en nueva cosecha. El agricultor siembra sus granos de trigo no para recoger luego otro grano, sino para que cada grano le regale una espiga.

Esto nos obliga a preguntarnos no si tenemos fe, sino qué hacemos con nuestra fe. ¿La compartimos con los demás? No es cuestión de preguntarnos si tenemos esperanza, sino cómo compartimos nuestra esperanza para que también los demás sigan esperando. No es cuestión de preguntarnos si tenemos amor en nuestros corazones, sino a cuántos amamos y cuántos se sienten amados. No es cuestión de preguntarnos si somos Iglesia sino qué hacemos nosotros con la Iglesia. Si le damos vida a la Iglesia, creamos más Iglesia, hacemos más bella la Iglesia. No es cuestión de preguntarnos si creemos en Dios, sino qué significa Dios en nuestras vidas y que hacemos con Dios en nuestros corazones.

De los tres de la parábola, dos negociaron sus millones y uno se los guardó por miedo a perderlo. Dios no quiere cobardes que viven del miedo sino que viven arriesgándose cada día por Él. Dios no quiere cajas fuertes donde guardamos sus dones, sino cristianos que se arriesgan por Él. Dios no necesita de cobardes, Dios no necesita de cristianos momificados, sino de cristianos que viven, que se arriesgan y hacen fructificar los dones del Señor.

lunes, 6 de noviembre de 2023

 

XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo es una fuerte llamada a la esperanza.  Sin embargo, esa esperanza la hemos de vivir desde la responsabilidad y la vigilancia, pues Dios no duerme y está viniendo a nuestro encuentro, sin avisar ni el día ni la hora de su llegada.

La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, hacía un elogio de la sabiduría y nos invitaba a buscar la sabiduría que ilumina nuestra vida y que nunca se apaga.

 La “sabiduría” de la que nos habla la primera lectura es distinta a lo que nosotros llamamos cultura o capacidad para conocer muchas cosas.

La “sabiduría” de la que nos habla la Palabra de Dios es la capacidad de descubrir a Dios en el mundo y en sus acontecimientos; es la “luz” que nos lleva a caminar hacia el Señor en medio de las oscuridades y desconciertos de la vida. Por eso es importante “buscarla” porque nos hace amigos de Dios y nos conduce al Reino.

Es sabio quien encuentra el camino que lleva a Dios y lo recorre sin confusión, aunque carezca de cultura humana. Esa sabiduría se alcanza abriendo el corazón a Dios y practicando sus mandatos, aunque no se tengan grandes estudios. Hay grandes sabios para las ciencias, pero perfectos ignorantes para Dios. Sin embargo, hay muchísimas gentes que carecen de conocimientos científicos y son los sabios para Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Tesalonicenses, nos habla de la esperanza y la confianza en el Señor.

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para cada hombre; y que ese proyecto se hará realidad cuando nos encontremos definitivamente con Dios.

Nuestra vida presente no es, una vida sin sentido y sin finalidad; es un camino, aunque a veces, con sufrimiento y dolor, hacia la vida total con Dios.  Esto no quiere decir que ignoremos las cosas buenas de este mundo, viviendo solamente a la espera de alcanzar el cielo; nuestra vida presente debe ser, ya en este mundo, una búsqueda de la felicidad, por ello, no podemos conformarnos con todo aquello que nos roba la vida y nos impide alcanzar la felicidad completa.

No podemos vivir con miedo: tenemos que comprometernos en la lucha por la justicia y por la paz, sabiendo que la injusticia y la opresión no pueden poner fin a nuestra vida inmortal.  En la medida que nos comprometamos a hacer el bien y vayamos construyendo un mundo nuevo, estamos anunciando la resurrección de todos nosotros.

El evangelio de san Mateo, nos presentaba la parábola de las 10 jóvenes que van a la boda. Con esta parábola el Señor nos está llamando a la responsabilidad.

Hay cristianos que piensan que pueden vivir su fe al margen de la Iglesia y de los sacramentos. No participan de la Eucaristía, no celebran el sacramento de la confesión. No tienen un encuentro real con Cristo a través de los sacramentos; no viven según los valores de Dios. Por ello el Señor nos dice que si somos cristianos hemos de ser responsables al vivir nuestra fe.

Y la verdad es que esta llamada a la responsabilidad no es fácil hacerla en un mundo como el nuestro. Vivimos desencantados de tantas y tantas promesas que no se han cumplido.

Y mientras tanto nuestra fe se debilita poco a poco.  Hay personas que ya no saben lo que es pecado. Algunos piensan que no tienen pecado porque no han hecho mal a nadie o no han matado. Y no nos damos cuenta de los tres grandes pecados capitales de nuestro tiempo que todos cometemos: la insolidaridad, la intolerancia y la falta de compromiso tanto a nivel social como en la Iglesia.

Hay hambre en el mundo porque somos insolidarios; hay guerras porque somos intolerantes en las ideas; no hay un verdadero desarrollo sustentable porque no nos comprometemos con nada ni con nadie.

El Señor nos llama hoy al compromiso, a revitalizar nuestra fe, a redescubrir el sentido de la vida que quizás habíamos perdido, a responsabilizarnos todos de nuestra Iglesia.

Nuestra fe nos habla de que tenemos que estar preparados para el encuentro con el Señor porque no sabemos ni el día ni la hora, pero el Señor viene ya a nuestro encuentro aquí y ahora, invitándonos a mantener viva nuestra fe, a seguir en pie ante las dificultades, a comprometernos en la lucha por un mundo mejor, cada uno desde su lugar, con sus muchas o pocas posibilidades, pero con el corazón puesto en ese día feliz en que descansaremos en los brazos del Señor.

Que el Señor nos encuentre a todos vigilantes y preparados para entrar con Él en su Reino.

lunes, 30 de octubre de 2023

 

TODOS LOS SANTOS (CICLO A)


Celebramos hoy esta fiesta grande de Todos los Santos, festejamos que Dios hace partícipes de su felicidad a todos los hombres y mujeres que han vivido en este mundo y que hoy gozan ya con Él de su felicidad para siempre. Esta fiesta que ha de colmar también nuestra esperanza y nuestros deseos de ser felices.

Aunque son muchos los santos canonizados por la Iglesia, solo representan un pequeño grupo ante esta masa grandiosa que llega de todas las partes del mundo, de todos los tiempos, de todas las culturas y religiones, entre ellos podemos reconocer a parientes, amigos nuestros. Pasaron entre nosotros dejando una huella de bondad, en muchas ocasiones casi sin hacer notar su presencia. Ellos con su vida, de la que hemos sido testigos, nos han dado las mejores lecciones por su forma de vivir y de creer.

Hemos escuchado este relato del evangelio en el que Jesús propone un proyecto de vida válido para todos los seres humanos. Un proyecto de felicidad, es un proyecto fundamentalmente ético, apropiado a nuestro mundo de hoy dominado por un sistema económico que enriquece a unos pocos a costa del sufrimiento y dolor de la gran mayoría.

Parece paradójico, pero tratemos de tomar en serio esta palabra de Jesús, las bienaventuranzas.

En las primeras Jesús invita a vivir la felicidad, presenta la pobreza, la aflicción, el desprendimiento, el hambre, la sed de justicia como fundamento, como la seguridad de alcanzar la felicidad.

En las siguientes invita a la generosidad, a la solidaridad, a tener un corazón compasivo, misericordioso, al trabajo por la paz, a la reconciliación. Es el comienzo del Reinado que ya está aconteciendo con su vida y que invita a asumir a quienes acepten su proyecto

A nosotros puede ser que nos desconcierten estas palabras, que nos den miedo, porque pensamos que la felicidad está en el goce, en el éxito, en el superar a los demás, en superar a los competidores con una posición más brillante.

Nosotros vivimos nuestras propias bienaventuranzas. Son nuestros bienes, nuestras compras, nuestros triunfos, nuestra seguridad. Jesús ha trastocado el sentido de nuestra felicidad. Ha dado un vuelco total a nuestra manera de entender la vida y nos ha descubierto que vamos contra corriente.

Jesús vivió las bienaventuranzas. Fue el camino que Él siguió, acercándose a los pobres y enfermos tratando de devolverles la salud, la felicidad. La cercanía de Jesús nos asegura siempre la cercanía de Dios, la esperanza del amor de Dios, de vivir en su gozo.

El rostro de Jesús está especialmente presente en los que sufren, en los que tienen hambre, en los maltratados, en los emigrantes; el vivir conscientes de esa presencia nos ha de dar la fuerza para tener un corazón generoso, ser misericordiosos y creadores de paz y de justicia.

Ser cristiano no es buscar el sufrimiento por sí mismo, es buscar la verdadera felicidad viviendo como hoy nos dice Jesús. Una felicidad que comienza aquí, aunque alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios. Una felicidad radicada en lo profundo de nuestro ser al abrir el corazón al que sufre, al rebelarnos ante sus miserias y desgracias, al poner el mayor coraje en la búsqueda de la justicia en este mundo nuestro en el que están entronizados el poder y la violencia.

Debemos contemplar su presencia obrando en los acontecimientos, sobre todo en los acontecimientos que causan dolor e inquietud, en cada uno de los acontecimientos sangrantes de nuestro tiempo, que aportan tanto sufrimiento. En toda suerte de violencia, en las violencias de género, en el maltrato y desprecio a mujeres, en el y odio, la mentira, en la vida política, en los robos y distorsiones…

Esa presencia de Jesús en nuestra historia nos ha de dar valor para vivir la caridad difícil de comprometernos en trabajar por la justicia y la paz, aunque nos acarree persecuciones e incomprensión.

Esta fiesta que celebra el Padre con todos sus hijos, nos recuerda que hay otro camino de felicidad aunque nos parezca falso e increíble. Esta fiesta nos dice que la verdadera felicidad es algo que se la encuentra de paso, en el correr de la vida, como fruto del seguimiento fiel a Jesús.

Jesús nos invita hoy a todos vivir con el espíritu del sermón el monte, es el espíritu, que como nos ha dicho Juan en la segunda lectura, nos conduce a ir siendo los hijos de Dios, cada uno a su estilo, hay tantos tipos y vocaciones de santos cuantas situaciones humanas existen, pero hay algo común a todas: ser y vivir como hijos del mismo Padre, en una hermandad universal, sin esto no hay santidad. Nosotros hemos de alcanzar nuestra santidad propia, aquella a la que Jesús nos invita a cada uno.

Pidamos a Jesús un corazón generoso que permita ver a Dios en cada uno de los hermanos de modo que vivamos con todos, especialmente con los que sufren con verdadera misericordia y seamos fieles a la misión que nos ha confiado con la esperanza de que se realizará la promesa de Jesús: Felices los que sufren, los que viven con un corazón generoso, ellos serán plenamente felices.

Todos estamos llamados a disfrutar de la felicidad y el gozo de Dios al verle cara a cara y al sentirnos amados por Él. Unámonos hoy a Todos los Santos que ya disfrutan de esta felicidad.

No lo olvidemos, el Reino de Dios comenzará en su plenitud cuando se cumplan las bienaventuranzas anunciadas por Jesús y que hoy hemos escuchado una vez más.

XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


En este domingo, la Iglesia nos invita a una reflexión responsable sobre la seriedad, la verdad y la coherencia de nuestro compromiso con Dios y con el Reino.

La 1ª Lectura del Profeta Malaquías es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas.  Los sacerdotes de la Antigua Alianza habían olvidado sus obligaciones como hombres de Dios.  Rompieron el pacto hecho con Dios y en lugar de guiar al pueblo por buenos caminos, lo descarriaban por senderos torcidos que no conducían hasta Dios.

El Señor, les dijo a sus apóstoles que los enviaba como ovejas en medio de lobos.  Esta es una difícil tarea para los sacerdotes.  Por eso no debemos extrañarnos que a veces fallemos como sacerdotes.  Por ello este es un buen momento para que pensemos que todos los fieles deben de echar siempre una mano a los sacerdotes y que hay que rezar por ellos.  Para que seamos fieles a la misión que Dios nos ha encomendado y seamos un estímulo para que todos hagamos el bien y nunca el mal.

Hay que esforzarse por comprender a los sacerdotes, por perdonarlos, por ayudarlos, por animarlos a seguir con la ilusión del primer día por el difícil camino del sacerdocio.

Para que esta Comunidad pueda alcanzar su meta y llevar a cabo la misión del Señor, necesita de la colaboración de todos sus miembros: sacerdotes y laicos.  Unos y otros tenemos una importante misión que realizar en la Iglesia de Dios.

San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Tesalonicenses, manifiesta su alegría por la acogida que los Tesalonicenses dieron a su mensaje.  Debido a ello les habla con gran ternura y delicadeza. Pero también les manifiesta que ha trabajado y luchado fuertemente para que la palabra de Dios realizara su fruto en aquella comunidad.

El amor a la comunidad lleva al sacerdote, a ofrecer lo más valioso que tiene: Cristo, el Señor.  El amor a los fieles es lo que hace que el sacerdote no haga distinciones de ninguna clase; que siempre predique la verdad, aunque, a veces, nos incomode; que corrija a sus fieles cuando sea necesario; que cuando vea algo indigno a los ojos de Dios, sepa ser exigente, ejerciendo su autoridad como ministro de la Iglesia; que pida a sus fieles que se dejen guiar en su vida por el Evangelio.

El Evangelio de san Mateo nos habla de la hipocresía. Todos hemos de evitar caer en hipocresías, egoísmo y luchas de poder, pues todas estas actitudes dañan fuertemente a las comunidades.

El Evangelio de hoy no sólo está dirigido solamente a nosotros, los que tenemos responsabilidades en la comunidad.  Se dirige a todos, a todos los que llevamos el nombre de cristianos.

Porque de hecho, todos los que llevamos el nombre de cristianos, todos los que ahora estamos participando de esta Eucaristía, somos anunciadores del Evangelio, y por lo tanto tenemos el deber de cumplir en nuestras vida lo que anunciamos.

Llamarse cristiano significa afirmar que creemos en Jesús, en lo que nos ha dicho, en lo que nos ha enseñado; y significa que tenemos que vivir y actuar como cristianos con palabras y con hechos.  Si nos decimos cristianos pero vivimos como si no lo fuéramos, estamos actuando como esos fariseos que Jesús criticaba hoy en el Evangelio.  No podemos ser cristianos en determinados momentos y en otros no. 

Las palabras de Jesús van dirigidas a cada uno de los cristianos, pero muy especialmente a los que tienen cualquier tipo de responsabilidad en la fe de los demás.  Por ejemplo a esos papás que se dicen cristianos y que un día bautizaron a sus hijos y se comprometieron a educar en la fe a sus hijos y llegado el momento se ha olvidado de esta educación porque mintieron ante la comunidad y ahora les dicen a sus hijos que si quieren que vayan a la Iglesia y que si no quieren ir que no vayan.  ¿Qué seria si esto mismo lo aplicásemos a la escuela?  Decirles: “si quieres ir a la escuela ve y si no, no vayas”.

A los sacerdotes nos corresponde ofrecer una catequesis, preparar los programas, animar a los miembros de la comunidad a ejercer un apostolado, un servicio a Dios y a su Iglesia, pero a los papás cristianos les corresponde la responsabilidad de mandar a sus hijos a la catequesis y de interesarse por la formación cristiana de sus hijos, y también le corresponde a los papás preocuparse por la asistencia a misa de sus hijos.

Ahora bien, muchos padres, ¿cómo van a enviar a sus hijos a la catequesis o a misa si ellos no vienen nunca?

Hoy, estas palabras duras de Jesús, deberían hacer reflexionar a muchos padres y madres cristianas que han olvidado su cristianismo y su compromiso como educadores cristianos de sus hijos.

Pidamos, al Señor, que todos seamos capaces de vivir de acuerdo a nuestra fe.  Todos: los que tenemos responsabilidades en la Iglesia y en las familias.

lunes, 23 de octubre de 2023

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente. 

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos. 

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata. 

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados.

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados? 

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados.

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús.

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios. 

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios.

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan.

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás.

Hay que amar al Señor durante toda la vida, pero hay que amar al prójimo también con corazón sincero. 

El amor a Dios y al prójimo hay que expresarlo con todas las facultades del hombre: corazón, alma, ser.  Hay que amar a Dios y al prójimo en plenitud.  Por lo tanto lo que no te gusta a ti, no se lo hagas al prójimo.  Hay que amar al prójimo como a uno mismo.

Pero no olvidemos esto que Jesús nos dice amar al prójimo como a ti mismo.  Hay un deber de amarnos a nosotros mismos, esto no quiere decir ser egoísta.  Hay que aceptarse a uno mismo, amarse a uno mismo para poder amar a los demás.  Yo creo que muchos cristianos son incapaces de amar y aceptar a los demás, porque son incapaces de amarse y aceptarse a sí mismos.

Hay que aprender a amar y esto sólo lo haremos si empezamos amándonos.  El amor al prójimo es la medida para amar a Dios.

¿Y quién es mi prójimo?  Los que me caen bien y los que me caen mal, todos son mis prójimos.

Un día Jesús dijo: “Amaos los unos a los otros”  y nosotros hemos entendido: “Armaos los unos contra los otros”.

“Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.  Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”.