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lunes, 10 de marzo de 2025

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.

Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.

El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.

La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.

¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.

Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.

Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.

Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.

El Evangelio de san Lucas nos presenta la Transfiguración del Señor. Jesús se lleva a sus discípulos al monte, al silencio y allí les muestra su gloria, allí el Padre hace oír su mensaje: “Éste es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”.  

Hoy se nos dirige a nosotros esas palabras.  Es difícil escuchar.  Muy difícil.  Oímos ruidos.  Mucha gente vive la experiencia de que su palabra se convierte en un ruido más de tantos que escuchamos.  Algunos llegan a decir: “Me siento solo, nadie me escucha, nadie me toma en serio, nadie toma en serio lo que digo”.  Es tremenda la soledad que siente las personas que no son escuchadas. 

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.

La soledad es saber que nadie te escucha, que nadie guarda tu palabra en su corazón, que nadie te comprende. Que nadie te presta atención.

Dios, nuestro Padre, nos pide hoy que lo escuchemos, que le prestemos atención, que le demos importancia a Él, que escuchemos a su Hijo que es la Palabra de Dios, su enviado.  Hay que hacer las “obras de Dios”, pero es necesario también escuchar a Dios.  Cuando escuchamos a Dios vamos a sentir que Dios también nos escucha a nosotros, que nos toma en cuenta.

Nos sobran ruidos, preocupaciones, ansiedades, por eso necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escuchar seriamente a Dios que nos habla.  Hay que escuchar a Jesús porque sabemos que dice la verdad.  Porque sabemos que Él nos puede decir por qué vivir y por qué morir.  Hay que escuchar a Jesús porque así descubriremos cual es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Hay que escuchar a Jesús para darnos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Que no se nos olvide que ser cristiano es vivir escuchando a Jesús, sólo desde la escucha, cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana.  Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

lunes, 3 de marzo de 2025

 

MIÉRCOLES DE CENIZA (CICLO C)


Las Lecturas de este importante día con que la Iglesia da inicio a la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, nos llaman a la conversión, al arrepentimiento y a la humildad… tres cosas que hay que tener en cuenta en este tiempo especial que llamamos Cuaresma, durante el cual debemos prepararnos para la conmemoración de la Pasión y Muerte del Señor y la celebración de su Resurrección triunfante el Domingo de Pascua. 

Al empezar la cuaresma, Jesús en el Evangelio de hoy nos ofrece tres herramientas, tres actividades que son necesarias para renovar y confirmar nuestro seguimiento de Jesús, y expresar la nueva vida que Dios ha hecho nacer en nosotros: la oración, el ayuno y la limosna. Constituye un buen programa para este tiempo. Cada uno de nosotros debiera salir de esta celebración de hoy concretando la práctica de este ejercicio cuaresmal: ¿Cómo y cuándo rezaremos a este Dios estos 40 días? ¿De qué cosas ayunaré este año? ¿Qué gesto de amor haré a favor de mis hermanos, en especial de los más necesitados?

La oración ha de ocupar un lugar preferente en el tiempo de Cuaresma. Una oración permanente y fiel al momento del día que hayamos decidido elegir. Una oración que refuerce nuestros vínculos con Jesús. Una oración que sea un diálogo amoroso con el Señor que consiste en hablarle, en explicarle nuestras cosas, las necesidades de los hermanos, en escucharlo en todo aquello que Él nos dice en el evangelio y en el fondo del corazón. Una oración en la que expresemos cómo lo amamos, y en la que sintamos su amor, su entrega, al contemplarlo clavado en la cruz y glorioso una vez resucitado. Y eso tanto en su persona, como en la de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

En un mundo como el nuestro, enloquecido por el consumo, la diversión, la evasión, y que nos endurece el corazón ante tanta creciente pobreza y tanto sufrimiento, necesitamos ayunar. No porque nos guste el ayuno por el ayuno, ni porque esperemos acumular muchos méritos ante Dios, sino porque el ayuno nos hace capaces de abrir los ojos y de esponjar el corazón, nos hace más libres para amar y seguir a Jesús. Ayunar de aquello que nos engorda de orgullo, de vicio, de pasiones, de ataduras con las cosas, de ser esclavos de nosotros mismos y nos priva de amar, de llenarnos de Dios y de los demás. Cada uno verá de qué cosas debe ayunar. Y sabemos que no siempre el ayuno deberá ser de comida y bebida. ¿Qué ayuno hará cada uno durante esta Cuaresma para ampliar su capacidad de amar?

La limosna, ha de ser también signo de nuestra sincera conversión cuaresmal, de la autenticidad de nuestra oración, de los frutos de nuestros ayunos. Dar y compartir nuestro dinero, las cosas, el tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Tener demasiado hace daño. Nos hace incapaces de andar ligero, nos esclaviza, nos distancia de los demás, nos aprieta el corazón. ¿Qué daré a los demás en esta Cuaresma? ¿Más tiempo a mi familia, mayor delicadeza a mi trato con los demás? ¿Vaciar algo mi bolsillo para llenar el de aquellos que lo tienen vacío? ¿Qué haré para ser más solidario con el mundo pobre y marginado? ¿Con qué grupos puedo colaborar o aportar mi ayuda? Aquello que ahorre con mi ayuno y privaciones cuaresmales, ¿por qué no lo entrego a los necesitados?

El gesto penitencial de la imposición de la ceniza y el acercarnos a la mesa del Señor para recibir la Eucaristía han de ser expresión ante Dios y la comunidad aquí reunida de nuestro firme compromiso de ser fieles al Señor. Han de ser, también, reconocimiento de nuestra debilidad, de nuestra condición pecadora, de nuestras ganas de renovar la vida y la necesidad que todos tenemos de la comunión con Jesús.


En este tiempo de cuaresma estamos invitados a intentar recuperar el espíritu verdadero de nuestra fe, el sentido de porqué somos y nos llamamos cristianos, y esto sólo lo conseguiremos si nos tomamos en serio seguir a Jesús. Hacer del Señor el centro de nuestra vida.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio es una manifestación de fe.  El pueblo tiene que recordar su historia para no olvidarse de todo lo que Dios ha hecho por ellos.

Una persona o un pueblo que desconoce su historia es como un árbol sin raíces o un edificio sin bases. Está abocado a repetir los mismos errores del pasado. Una de las características del hombre actual, es precisamente su poco interés por la historia y por todo aquello que implique esfuerzo y sacrificio. El hombre de hoy prefiere las cosas prácticas, fáciles y rápidas.

Algunas personas pobres que lograron, por algún medio, cierta capacidad económica, son quienes más desprecian y explotan a sus hermanos.  Algunos padres de familia que pasaron una niñez difícil, y tuvieron que trabajar fuerte para progresar, hacen hasta lo imposible para ofrecerles a sus hijos todo lo necesario y hasta más, con el fin de evitarles las fatigas y sufrimientos que a ellos les tocó vivir. Muchos de estos niños y jóvenes crecen como en una caja de cristal, totalmente protegidos y dependientes. Se convierten en personas duras de corazón, miedosas e incapaces de hacer compromisos serios por su vida y por los demás. Se avergüenzan del pasado de sus padres y hasta preferirían tener otro apellido de más tradición.

Esta primera lectura pretende mantener viva la memoria histórica en el pueblo. Para que el pueblo valore y agradezca la entrega de sus antepasados y la acción de Dios en él. Para que no desprecie a los más pobres, pues él mismo fue pobre y esclavo. Para que acoja a los forasteros, pues él fue forastero en otros países. Para que comparta solidariamente con los hambrientos, pues él también pasó hambre. Para que no se convierta en explotador, pues él también fue explotado. Para que en tiempo de crisis luche por estar mejor, pues la voluntad salvífica de Dios es la plena libertad y la felicidad para sus hijos.

Vale la pena que como personas, como familia y como pueblo, mantengamos viva nuestra memoria histórica.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que nuestros labios pueden pronunciar la mejor oración dirigida a Dios si las palabras son una auténtica confesión de que Jesús es nuestro único Señor. Nada ni nadie debe ocupar nuestra mente ni nuestro corazón por encima de Él. Ningún otro señor de esta tierra puede satisfacer nuestras ansias de plenitud. Más bien, nos dejan más sedientos e insatisfechos. Dios desea liberarnos, sacarnos de la muerte. Dejemos a Dios que actúe en nuestra vida.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado las tentaciones de Jesús en el desierto.  Las tentaciones son símbolo del mal y de todo lo que nos aleja de Dios. Nosotros también somos tentados.

Resulta curioso que la Cuaresma tenga lugar a continuación de los carnavales. Porque los carnavales son el tiempo de los disfraces. El tiempo de máscaras, cuando nadie quiere mostrar su propia cara y cada uno se esconde detrás de su propio disfraz. Somos los mismos, pero disfrazados. Somos los mismos pero disimulando nuestra identidad y revistiéndonos de cualquier otro personaje.

Y lo más curioso todavía es que la Cuaresma comienza también con un disfraz: con las tentaciones de Jesús que no son sino un disfraz del demonio para engañar a Jesús. Cualquiera de las tres tentaciones no son sino disfraces del mal contra el bien.

El pecado necesita revestirse del bien para que nosotros lo aceptemos libremente. El pecado se disfraza de la bondad del placer. El pecado se disfraza de la bondad de la libertad. El pecado se disfraza de la bondad del éxito. El pecado se disfraza de la trampa de que “nadie se va a enterar”.

Los enamorados se disfrazan diciendo “es que lo hacemos por amor”. Las infidelidades se disfrazan de “oportunidades”. Las mentiras se disfrazan de “piadosas”. Unos traguitos de más, se disfrazan “para matar las penas”.

El pecado nunca presenta la cara al descubierto. Siempre aparece escondido y disfrazado.  Pero ¿dónde está el verdadero disfraz de las tentaciones de Jesús? En tratar de justificarlas con la Palabra de Dios. Por tanto utilizar a Dios como una justificación y legitimación de lo que podía y debía hacer. Y esta es la peor tentación y el peor de los disfraces.

Jesús y el diablo aparecen como dos conocedores de la Palabra de Dios. Los dos citan la Palabra de Dios. Con la única diferencia de que el Diablo leía la Escritura según sus conveniencias. En tanto que Jesús le dio una lectura correcta.

Este tiempo de Cuaresma es tiempo de gracia para nosotros, tiempo para que reflexionemos sobre qué estamos construyendo nuestra vida. Tiempo para que elijamos adherirnos definitivamente al Señor Jesús. Que su Espíritu nos ayude a vencer la tentación de ir por la vida con nuestros disfraces. Que esta Cuaresma nos quitemos nuestras máscaras para poder reconocernos como Hijos de Dios y hermanos de nuestros prójimos.

lunes, 24 de febrero de 2025

 

VIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La Palabra de Dios de este domingo nos quiere invitar a preguntarnos acerca de nuestra mirada, nuestras acciones y nuestras palabras, para que busquemos siempre una coherencia entre nuestra vida y nuestras palabras.

La 1ª lectura del libro del libro del Eclesiástico, es un breve poema que nos invita a no equivocarnos a la hora de valorar a las personas.

¿Cómo conocer a los hombres?  La primera lectura nos señala tres criterios: la criba, el horno y el fruto. Igual que la criba separa el trigo de la cascarilla y la suciedad, así la bondad o la maldad de los hombres se reflejan en sus acciones y en sus palabras.

Igual que los fallos en las piezas de alfarería se ven a la hora de ser cocida en el horno, así las pasiones de los hombres se revelan en el calor de la discusión. Y lo mismo que los árboles se conocen por sus frutos, así los pensamientos y los corazones de los hombres se traslucen en sus palabras y en sus obras.

Por lo tanto para conocer bien a una persona, es necesario conocer antes su modo de pensar, hablar y obrar.  Por ello, la sabiduría nos recomienda extremada prudencia a la hora de juzgar a los demás, ya que sólo Dios conoce el interior de cada persona.  Así que no nos precipitemos a la hora de emitir juicios sobre las personas.

La 2ª lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios, termina la exposición que hemos venido oyendo sobre la forma de la resurrección de los cuerpos, y especialmente en torno a la forma de transformación de quienes estén todavía vivos en ese momento.

Tenemos que darle gracias a Dios que nos ha dado la victoria sobre la muerte gracias a Jesucristo. La vida cristiana ha de ser por lo tanto optimista y libre de temor.  El cristiano es un vencedor de la muerte en Cristo resucitado, por ello, en la vida del cristiano no hay lugar alguno para la tristeza, ni existe nada que nos quite la certeza de participar en la gloria en Jesucristo.  La muerte es tránsito a la gloria.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado una breve comparación o parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”.

En las parroquias comprobamos muy a menudo que se utilizan medidas diferentes para juzgar a las personas: cuando nos referimos al sacerdote, siempre le criticamos por lo que no hace y que nosotros creemos que debería hacer; cuando hablamos de los políticos o sindicalistasles dejamos verdes; cuando hablamos del compañero de trabajo, de la vecina o de la suegra, siempre son ellos los malos. Pero cuando hemos de hablar de nosotros mismos, entonces no tenemos gran cosa de que convertirnos, porque no mato, no robo, y de vez en cuando hago una visita relámpago a mis padres, a mis abuelos.

Pues bien, el Evangelio de hoy nos invita a la autocrítica: si no soy capaz de ver la viga que tengo en mi ojo, ¿cómo podré ver la mota que tiene el vecino en el suyo?

No tenemos derecho a juzgar a nadie por las apariencias -pues estas frecuentemente engañan-, ni mucho menos debemos condenar a nadie. ¿Qué sabemos de esa persona a la que ligeramente juzgamos? ¡Hay tantos dramas encerrados en el interior de la persona, tantos sufrimientos físicos y psicológicos que desconocemos, tantas razones ocultas!

Necesitamos una buena dosis de amor, misericordia y tolerancia ante las diferencias.  Por sus frutos se conoce si un árbol es bueno o malo. Diríamos también que por las palabras podemos conocer cómo es el corazón del hombre. Hay palabras duras, hirientes, que matan. Son el fruto de un corazón de piedra que no sabe amar. ¡Cuánto daño podemos hacer con nuestras palabras envenenadas! Con la palabra podemos ridiculizar, engañar, humillar, hundir… a nuestro prójimo.

¡Con qué facilidad detectamos los defectos de los demás y cuánto nos cuesta ver los nuestros!

Pensemos… ¿cómo reaccionamos cuando se nos denuncia algún defecto propio? ¿Excusándonos? ¿Negándolo? ¿Esperando que los demás también nos excusen y nos acepten así? ¿O tal vez -por casualidad- aceptamos la corrección y tratamos de cambiar? De eso se trata la seria advertencia del Señor hoy en el Evangelio.

Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y conoce muy bien nuestras “máscaras”.

Por eso es tan importante ir disminuyendo los defectos y aumentando las cualidades, que es lo mismo que decir: ir borrando pecados y creciendo virtudes.

Un buen programa de vida para esta semana: que nuestra palabra sea constructiva y no destructiva, que esté guiada por el amor y el deseo de hacer el bien.

lunes, 17 de febrero de 2025

 

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


En este domingo, las lecturas nos invitan a reconocer la dignidad de Hijos de Dios y por tanto dignos de ser amados tal como Dios los ama, a todas las personas, incluso a aquellas personas que nos insultan y persiguen y que consideramos despreciables por su forma de ser  o de actuar.

Estamos llamados a amar a todos los hijos de Dios. A ser misericordiosos, incluso con los que no lo son, porque Dios ama y es justo incluso con los que no lo aman.

La 1ª lectura del Primer libro de Samuel nos presenta el ejemplo de David.  David tenía la posibilidad de matar a su enemigo Saúl, en cambio, en lugar de matarlo, escoge perdonarlo.

La violencia se ha adueñado de nuestras vidas, de la historia de la humanidad.  En los últimos 100 años hemos conocido dos guerras mundiales y muchísimas pequeñas guerras por todas partes.  Como resultado, han muerto y siguen muriendo, muchos millones de seres humanos y el sufrimiento de muchas familias.  Existe también el miedo de una guerra nuclear y vemos diariamente en las noticias la violencia por todas partes y la violencia dentro de la propia familia.

La violencia no puede ser la solución para construir un mundo en paz, no puede ser la solución para solucionar los conflictos tanto personales como mundiales. No podemos aplicar la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.  Hay que aprender a perdonar, a amar. 

La vida humana es sagrada y no tenemos derecho a quitársela a nadie.  Por ello, en ningún caso se justifica ni podemos estar de acuerdo con la pena de muerte. 

Tenemos el derecho de exigir justicia cuando nos han causado algún daño y esto está bien, pero si sabemos perdonar al que nos ha causado ese daño, habremos actuado como auténticos cristianos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos sigue hablando, como el domingo pasado, de la resurrección de Cristo y de la nuestra.

Somos imagen del hombre terreno, pero estamos llamados a ser imagen del hombre celestial.  Por eso no hemos nacido para quedarnos aquí en la tierra sino para ir un día al cielo.  El hombre ha soñado siempre con ser un superhombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico.  Los nazis quisieron crear un superhombre y para ello mataron a 6 millones de judíos.

Sin embargo, Cristo, que es el último Adán, nos garantiza este sueño no de ser superhombres, sino algo mejor: hombres celestiales.  Con la resurrección, Dios nos garantiza que vamos a ser transformados y vamos a vivir una nueva vida no como hombres terrenales sino como hombres celestiales.

En el Evangelio de san Lucas, vemos como Jesús, nos invita hoy a amar a nuestros enemigos, a poner la otra mejilla, a perdonar siempre y a devolver con bien el mal que nos hagan. 

¿Por qué tanta gente vive descontenta? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, superficial, indiferente? ¿Por qué se enojan en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?

Quizás la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida, sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien.  El hombre está llamado a amar desinteresadamente. Y si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar.

Hoy escuchamos a Jesús que dice: “Haced el bien… sin esperar nada”. Esto puede  ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.

Es fácil terminar sin amar a nadie en la vida.  Hay muchas personas que dicen: no hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida.

Pero eso, ¿es vida? Despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, ajeno a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mí mismo, me aíslo de todo. ¿Para qué? ¿Para encontrar mi felicidad?

Vivimos en una sociedad en donde es difícil aprender a amar gratuitamente. En casi todo nos preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos.

Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene “pagando”: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión. Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en un puro intercambio de servicios.

Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la intimidad, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior… no se obtienen con dinero. Son algo gratuito, que se ofrece sin esperar nada a cambio.

Hoy, también nos dice Jesús que hemos de amar a nuestros enemigos.  El amor a los enemigos es una característica esencial del mensaje de Jesús. Es la meta que Él nos señala. Es una realidad humanamente inalcanzable. ¡Cuántas personas manifiestan un rechazo total al perdón de los enemigos! Y es ésta la meta que nos pone Jesús. Esta es la meta: amar a los enemigos.

Es evidente que solamente con nuestro esfuerzo humano no lo podremos conseguir. Por ello es necesario pedir la gracia de Dios que nos puede ayudar a hacer realidad lo que decimos en el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden… “.

Jesús nos dice: ama como yo amo, ama como yo te amo. Ama a tu enemigo. Yo te ayudaré, si quieres obtener este don. Con tu fuerza no podrás dar este paso, pero yo te extiendo la mano y te acompaño. Es éste mi camino y el tuyo. Conmigo traspasarás los límites que tú sólo no puedes traspasar. Y el perdón a los demás ensanchará tu corazón y te sentirás liberado. Y tu paz será plena. Entonces sabrás qué quiere decir amar, entonces sabrás qué es el amor.

lunes, 10 de febrero de 2025

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la verdadera felicidad.  Muchas personas se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad, felicidad que para muchos está fuera de su alcance, y para otros, cuando creen que la han alcanzado, la felicidad desaparece como una burbuja de jabón.

El profeta Jeremías, en la primera lectura, llama maldito al hombre que confía en el hombre, y llama bendito al hombre que confía en Dios.

Confiar en el hombre es confiar en las propias fuerzas, es sentirse autosuficiente, es rechazar cualquier tipo de ayuda, cualquier tipo de auxilio de Dios.  Es creer que el ser humano es más que Dios. 

Hay personas que sólo confían en el hombre, en el poder humano y buscan la felicidad hecha a su medida y al margen de Dios, y normalmente esa felicidad está muy alejada de la felicidad que Dios quiere para nosotros.  El que confía en el hombre es aquel que no quiere formar parte de la aventura que Dios nos ha preparado.

El que confía en el hombre es aquel que sólo cree en su cuenta bancaria, en amistades influyentes, en la posición social.  En definitiva, el que construye su vida la margen de Dios.

Estas personas, puede que aparentemente les vaya bien, pero tarde o temprano será una persona sola y desamparada.

La persona que confía en el Señor es aquella que produce abundantes frutos, es aquella que se entrega absoluta e incondicionalmente a Dios.  La persona que confía en el Señor, cuando llegan los momentos duros como una enfermedad, quedarse sin trabajo, estar sólo, etc., se mantiene firme en su fe, y sigue dando frutos. 

Prescindir de Dios es nuestra vida es andar por caminos de muerte y renunciar a la felicidad y a una vida plena.  Hemos pues de hacer una opción fundamental en nuestra vida: confiar en el Señor o confiar en el hombre.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos habla hoy de la certeza de la resurrección.

Si nuestra vida terminara aquí, en la tierra, entonces, sí que lo único importante en esta vida sería llenarnos solamente de bienes materiales.  Pero nuestra vida no termina, se transforma con la muerte y comenzamos a vivir la vida de Cristo resucitado.

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para todos nosotros.  Si no hubiera resurrección no tendría sentido cree en Dios, no tendría sentido nuestros esfuerzos por más atractiva que fuera esta vida.  La resurrección es la base y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.  No olvidemos que en la vida y en la muerte somos del Señor.

San Lucas, en el Evangelio de hoy,  nos dice que Jesús viene a proclamar dónde y cómo podemos encontrar la felicidad.

Hay personas que  confunden la felicidad con la prosperidad. Y, para muchos lo importante para ser feliz es “tener dinero”.  No tienen otro proyecto en la vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad.

Buscar, alcanzar la felicidad es el deseo más fuerte que siente todo ser humano. Todos nosotros anhelamos la felicidad, queremos ser felices.  Ser feliz es la aspiración más profundamente humana, más auténtica. Dios nos ha creado para ser felices.

Pero el problema está en que escogemos el camino equivocado y la felicidad no llega. Jesús nos propone un camino seguro de felicidad.

Jesús da un giro total a los criterios humanos sobre la felicidad, a lo que nosotros pensamos sobre la felicidad. Nos dice quiénes están en el verdadero camino de ser felices y quiénes en el camino de ser infelices, pero infelices de verdad.

Jesús declara dichosos, porque poseen el reino de Dios, ya desde ahora y no sólo en la otra vida, a los que el mundo tiene por infelices: son los pobres y los que tienen hambre, los que lloran y los que sufren, los misericordiosos que saben perdonar, los honrados y limpios de corazón, los que trabajan por la paz desde la no violencia, los perseguidos a causa de su fidelidad a Dios y a su Reino.

Y por el contrario, proclama infelices, dignos de lástima y amenazados de maldición a los que son ricos, están saciados, ríen y son aplaudidos por todos.

Las bienaventuranzas, nos ofrecen la imagen de un Dios Padre, que se coloca de parte de los pequeños y de los humildes, que “pone su fuerza  al servicio de los desheredados”, se preocupa de los excluidos, privilegia a los que no cuentan, toma en serio la suerte de quien es marginado y rechazado.

No podemos buscar la felicidad a costa del otro. Eso genera desgracia a nuestro alrededor y desgracia en el fondo del corazón.

La felicidad no está en el bienestar, en el tener. La civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida pero no nos ha hecho felices. Para lograr nuestro bienestar somos capaces de mentir, defraudar, traicionarnos a nosotros mismos y destrozarnos unos a otros. Y así, no se puede ser feliz. Pidamos hoy al Señor que descubramos el camino de la verdadera felicidad. ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más? 

lunes, 3 de febrero de 2025

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.

La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.

Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.

Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.

La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.

Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado. 

¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.

Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.

El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.

Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.

Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.

EN el Evangelio de san Lucas nos ha relatado el encuentro de Jesús con Pedro, Santiago, Juan y sus compañeros pescadores.  Jesús se acerca a ellos, les pide que tengan confianza y los invita a echar de nuevo las redes.  Y se realizó lo imposible, la pesca abundante.

Nosotros como cristianos, somos seguidores de Jesús. Y a todos nos dice lo mismo que a Pedro: “no temas”.

Todos debemos salir a pescar, a predicar el Evangelio de Jesús con nuestras palabras y con nuestra vida, en nuestras familias, con nuestros hijos, nietos, padres o hermanos; en nuestro pueblo: con nuestros amigos, vecinos, conocidos, en nuestros lugares de trabajo o de estudio: con nuestros compañeros; en nuestros lugares de diversión, hacer realidad los valores del Evangelio: el perdón, el amor, la comprensión, la generosidad, la solidaridad…

Esta labor de ser mensajeros del Evangelio de Jesús no la hacemos los cristianos en el templo, sino en la vida, donde vivimos y con quienes vivimos; compartiendo sus alegrías y sus penas, sus gozos y sus problemas, sus éxitos y sus fracasos.

Donde las personas trabajamos, luchamos, sufrimos y disfrutamos es donde tenemos que hacer presente el Evangelio de Jesús.  Ahí es donde tenemos que demostrar que el evangelio nos puede dar luz que nos ayude a todos a ser más felices. Ahí es donde los cristianos debemos ser responsables de anunciar a los demás nuestra fe.

Al terminar la Eucaristía deberíamos decirle a Dios: Aquí estoy, Señor. Mándame a mí a seguir anunciando tu Evangelio a lo largo de toda la semana.

lunes, 27 de enero de 2025

 

LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (CICLO C)


La fiesta que hoy celebramos, cuyo sentido amplísimo y muy profundo está expresado en las lecturas que acabamos de escuchar y en las oraciones, nos debe llevar a un mejor conocimiento vital y encarnado del misterio del Señor, Hijo de Dios, su Palabra eterna, pero también hermano nuestro, carne y sangre nuestra, luz que nos ilumina.  Nos debe llevar también a salir al encuentro de este Señor que se nos presenta; condición indispensable para que actúe en nosotros su obra de salvación.

No podemos escuchar la narración de san Lucas, simplemente como la narración de un hecho histórico o una anécdota, sino como la presentación del misterio de la Salvación en toda su majestuosa amplitud, pero expresado en un cuandro de pequeñas dimensiones para que la grandeza de su contenido no nos ahuyente, para que se nos facilite su comprensión.

Tratemos de profundizar en su significado.  Pensemos en lo que para los judíos expresaba el Templo de Jerusalén, morada de Dios, lugar único de su culto, expresión gráfica, simbólica, de su grandeza y majestad únicas.  Allí Dios era adorado y venerado por su pueblo; allá tenían que ir los israelitas a expresar su pertenencia al pueblo de la Alianza.

La larga serie de acontecimientos difíciles y situaciones humildes de la historia de Israel hacían que continuamente la voz de los profetas, de parte de Dios, renovara la esperanza de una manifestación gloriosa, restauradora y reivindicadora del Señor, que estaría gloriosamente en su casa.

Había sueños de grandeza, de poder y de dominio material.

Pero la realización de esta esperanza y de las promesas de Dios se lleva a cabo de una forma no sospechada: un niño pequeñito es llevado al Templo en brazos de sus padres, gente sencilla y humilde, para cumplir la Ley del Señor.

Externamente nadie se dio cuenta de lo que allí pasaba.  Sin embargo, ese niño era el Rey de la gloria, revestido de nuestra carne mortal; era la Luz del mundo que alumbraría a las naciones, la Gloria de Israel, el Pontífice en todo idéntico a sus hermanos, compasivo y fiel, sometiéndose a la Ley antigua.

La ofrenda del Sumo y Eterno sacerdote, iniciada en el momento mismo de su concepción: «Vengo para hacer tu voluntad» (Heb 10,7), y que un día se realizará plenamente en el Calvario, hoy encuentra una expresión muy especial, al ser ofrendado por manos de María en el lugar central del culto antiguo.  Un día ese Niño, con su sacrificio único y pleno, hará obsoletos los múltiples sacrificios del Templo.

Toda esta grandeza que los ojos humanos no podían captar, Dios la quiere revelar por medio de dos ancianos piadosos.  El evangelio dice de Simeón: «En él moraba el Espíritu Santo»; el mismo Espíritu le había dado la seguridad de no morir sin ver al tan largamente esperado Mesías; el Espíritu le inspira ir al encuentro del Salvador.

Tal vez lo que él vio lo desconcertó: ¿El Mesías, Señor, Jefe, Dominador, Salvador, es este pequeñito, pobre y necesitado de todo?  La mirada de Dios superó la mirada humana, y Simeón prorrumpió en el canto de alabanza que hace un momento escuchamos.

Los dos ancianos, Simeón y Ana, pueden ser testigos, porque han recibido el testimonio mismo de Dios: «Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1Cor 2, 11).

Para reconocer a Cristo, en la Iglesia, en sus sacramentos, en los hermanos, sobre todo en los pobres y disminuidos, necesitamos absolutamente este Espíritu Santo de Dios.

Para salir al encuentro de Cristo, Luz que ilumina a todas las naciones, necesitamos limpiar nuestros ojos de  perspectivas meramente humanas y carnales.

María, la Madre de Cristo, la primera cristiana, la más fiel seguidora del Señor, es nuestro modelo hoy, ofreciendo al Padre lo que ella más ama; preludia la entrega materna total del Calvario.  Allí  va a ser  designada Madre nuestra, pero hoy ya ejerce su maternidad.

Que nuestra Eucaristía de hoy, bajo el impulso del Espíritu, sea un encuentro nuevo y más profundo con Jesús, una aceptación nueva de Jesús como luz y guía, y una ofrenda cada vez más plena y perfecta, total, de lo que somos y tenemos junto con Cristo, la ofrenda perfecta al Padre.