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martes, 10 de diciembre de 2019

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
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III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
El tercer domingo de Adviento se llama el domingo “Gaudete” (Alegraos). Las lecturas nos invitan a llenarnos de alegría por la salvación que Dios nos trae.  Por eso en este tiempo de Adviento decimos: “Ven, Señor Jesús, y sálvanos”.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta una situación de desesperanza y desencanto que vive el pueblo de Israel.  El profeta invita al pueblo a poner la mirada en Dios y a ver cómo hay razones para la esperanza porque Dios mismo intervendrá a favor de su pueblo.
 
En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven nuestra vida y la vida del mundo, también, el profeta Isaías, nos invita hoy, a nosotros, a la alegría, a dejar de lado nuestro miedos, a llenar nuestra alma de paz.
 
Nuestra vida, puede ser una vida vacía y estéril, una vida árida como el desierto.  Podemos sentirnos inútiles, podemos sentir que no tenemos nada que presentarle a Dios.  Podemos tener la sensación de no haber hecho nada que tenga realmente valor para Dios.  Podemos sentirnos como esa tierra seca y estéril.
 
Hoy nos dice Dios, que si nosotros dejamos que Él actúe en nuestra vida, esa vida seca y estéril la puede transformar como transforma el desierto en un vergel para que no vivamos una vida sin pena ni gloria.
 
A veces, el miedo, la timidez, el creernos poca cosa, ahogan la grandeza de nuestro corazón, ahogan nuestras más grandes aspiraciones hasta hacernos caer en una vida sin sentido, sin esperanza.  Siempre vamos de prisa, y esto hace que aumenten las enfermedades, los infartos, los complejos, la angustia.  No tengamos miedo, ahí tenemos a nuestro Dios que viene a salvarnos.  No nos angustiemos, tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios.  Podemos estar seguros que el Señor viene a salvarnos y a ofrecernos una vida mejor.
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no desesperarnos y a tener paciencia.
 
Hay muchas personas que diariamente sufren la injusticia, el miedo y se les priva de su dignidad.  El apóstol Santiago nos dice que a pesar del sufrimiento, Dios no nos abandona ni nos olvida, sino que viene a liberarnos.  Hay que esperar en Dios, y hay que esperarlo, no con el corazón lleno de deseos de venganza sino con esperanza y confianza.
 
Esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados, sin hacer nada.  Lo que Dios nos pide es que no dejemos que los sentimientos agresivos y destructivos tomen posesión de nosotros, porque Dios no puede salvar a una persona que su corazón esté dominado por el odio, por el rencor o por el deseo de venganza. Cultivemos la virtud de la paciencia, como el agricultor o como la mujer que tiene que esperar 9 meses hasta que da a luz.
 
Seamos pacientes porque Dios nos dice que la situación de injusticia y de pecado no tendrá la última palabra.
 
El Evangelio de San Mateo nos presenta a Juan Bautista, encarcelado por Herodes, por ser fiel al mensaje de Dios, que envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús: “Tú, quién eres”.  ¿Eres tú nuestro Salvador?
 
Cuando el hombre para superar sus angustias, sus preocupaciones ve que no puede hacerlo por sí mismo busca a alguien que lo ayude a liberarse de sus problemas, necesita de alguien que sea capaz de resolver lo que él no puede.
 
En esta situación de impotencia el hombre busca uno o varios “salvadores” y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones; estos salvadores se presentan como la solución definitiva a nuestros problemas.  Además la sociedad nos crea necesidades falsas que todavía nos hacen sentirnos más preocupados y necesitados de salvadores.
 
Tenemos, pues, una serie de necesidades y una serie de salvadores en quienes depositamos, en muchas ocasiones, nuestras esperanzas porque nos han prometido resolver nuestras necesidades, angustias y problemas: nos encontramos con los políticos que prometen resolverlo todo; con los adivinos y lectores de cartas que tienen recetas para todo; con los predicadores protestantes que nos van a curar de todas nuestras enfermedades y vicios.  En otras ocasiones ponemos nuestras ilusiones en cantantes, futbolistas, actores y los convertimos en nuestros ídolos.
 
Pero todos estos “salvadores” ¿son el verdadero salvador que necesitamos?  El Evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  ¿Qué respuesta darán los supuestos salvadores de nuestro mundo a esta pregunta?  ¿Acaso pueden responder con la misma firmeza con que respondió Jesús?
 
Nuestros falsos y pequeños salvadores actuales no pueden salvar al hombre, podrán, quizás, resolver algún problema, pero son incapaces del salvar al hombre.  Sólo Jesús nos puede salvar.
 
Preparémonos para recibir en la Navidad ya cercana al único que nos salva y que nos llena de alegría, al único que puede romper todas nuestras ataduras que nos impiden realizarnos como auténticas personas: Cristo Jesús.
 
 

martes, 3 de diciembre de 2019

HOMILÍAS PARA EL II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A) Y PARA LA INMACULADA CONCEPCIÓN
 
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II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 

Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a vivir el reinado de paz y de justicia que viene a instaurar Jesucristo, el Mesías prometido.
 
Cristo es el Príncipe de la Paz, Él ya ha venido y nos ha dejado su paz, pero seguimos viviendo tiempos de violencia y terror, de inseguridad y de angustia. Por eso es preciso recordar que la paz, además de ser un don de Dios es tarea de todos, a cada uno nos toca construirla.
 
La 1ª Lectura del Profeta Isaías nos describe al Mesías y también describe ese ambiente de justicia y de paz que Él vendrá a traernos.
 
Y el Profeta lo hace con un relato simbólico en que nos presenta a animales      -que por instinto son enemigos entre sí- viviendo en convivencia pacífica: el lobo con el cordero, el leopardo con el cabrito, el novillo con el león... y hasta un niño con la serpiente.
 
Con esta descripción hecha por Isaías, en la cual nos presenta una situación aparentemente imposible, Dios quiere exigir a los seres humanos a que vivamos en paz. Nos está invitando el Señor a que, a pesar de nuestra naturaleza de pecado, por la que a veces también tendemos a ser opuestos y rivales unos de los otros -como los animales que presenta el Profeta- intentemos vivir en paz y en justicia. Y podremos convivir en paz y en justicia, si recibimos al Mesías, si aceptamos su Palabra, si vivimos de acuerdo a ella.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos invita a formar una comunidad cristiana donde reine el amor, el compartir con los demás, la armonía, la acogida.  Sin embargo, muchas veces, nuestras comunidades cristianas están divididas, se critican los unos a los otros por la espalda, hay agresividad, se discriminan a ciertas personas; algunos se agarran al poder y hacen todo lo que sea para dominar a los demás.
 
Por eso, San Pablo nos propone hoy algo que, mientras se hace realidad ese mundo ideal que Dios quiere, nosotros podemos hacer: hay que acogernos unos a otros como Cristo nos acoge.  Sin tener en cuenta los gustos, las simpatías o antipatías de los demás.  
 
Hay que “tener los mismos sentimientos” de Cristo hacia los demás, a pesar de las diferencias que puedan existir.  Tenemos que llegar a ser una sola voz, contribuir a crear una sola comunidad donde todos los creyentes tengamos “una sola alma con un solo corazón”.  Esto es lo que nos pide Dios para que vayamos construyendo el Reino de Dios en este mundo.
 
El Evangelio de san Mateo nos prestaba hoy a Juan Bautista diciendo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos… Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.
 
Se nos pide que ya cercanos a la Navidad, para poder celebrar bien la venida de Cristo a nuestra existencia, nos convirtamos a Él, que reorientemos nuestra vida. Que tomemos en serio la vida cristiana. Nuestra vida, se ha convertido en un estar siempre haciendo cosas, en estar siempre ocupados, y vemos que eso no nos llena, no nos hace felices.
 
Por eso hay que buscar a Dios en la soledad y el silencio, para que nuestra vida tenga sentido.  Hay que encontrarse con Dios a través de la soledad y el silencio, no para huir del mundo, ni evadirse, sino para darnos cuenta que Dios nos habla, lo hace para construir un mundo mejor, más justo, más solidario.
 
Juan el Bautista nos invita a la conversión, o sea, que cambiemos nuestra forma de pensar y valorar, que nuestra vida cambie de rumbo. Hoy se puede afirmar que hay miedo en las calles, sobre todo a determinadas horas y por ciertos sectores de cualquier ciudad. Es verdad también que la sangre salta con demasiada frecuencia, y con excesiva cercanía, a las páginas de los periódicos. También podemos decir, sin exageraciones, que la degradación moral está destruyendo los cimientos de nuestro viejo mundo, que se rompe la familia, sin que haya formas adecuadas para recomponerla una vez rota. Se busca con demasiada frecuencia el placer y el confort por encima de todo y a costa de lo que sea. Sí, sin ponernos trágicos, hay que reconocer que cada día ocurren cosas de las que hemos de lamentarnos, o que hemos de temer.
 
Ante todo esto podemos pensar que el hombre de hoy anhela con ansiedad la salvación, ese nuevo Mesías que nos redima otra vez, sin considerar que ya estamos redimidos y que lo que hay que hacer es cooperar con Dios para hacer realidad sus planes de redención. Por ello las palabras del Bautista tienen plena vigencia. Sí, también nosotros tenemos que convertirnos, hacer penitencia y preparar nuestro espíritu para la llegada del Señor. Convertirnos y hacer penitencia. Volver a Dios, que eso es convertirse a Él. Dejar nuestra situación de pecado, o de tibieza.
 
Tenemos que convertirnos a cambiar nuestros pensamientos, a cambiar el estar pensando siempre en nosotros mismos, en nuestros negocios, en nuestros intereses, y orientar nuestra vida hacia Dios.
 
La conversión es cambiar nuestra vida a Dios, es volver nuestra mirada a Dios, es hacer presente a Dios en nuestra vida en todo momento.  Dios no es para un momento, Dios no es para un día a la semana.  Dios es para todos los momentos de nuestra vida.
 
INMACULADA CONCEPCIÓN

La fiesta que estamos celebrando hoy es para que todos nos llenemos de alegría y esperanza.  No sólo es la fiesta de una mujer, María de Nazaret, concebida por sus padres ya sin mancha alguna de pecado porque iba a ser la Madre del Mesías. 

Hoy es la fiesta también de todos los que nos sentimos de alguna manera representados por ella. 

La Virgen, es el inicio de la Iglesia.  Ya desde la primera página de la historia humana, como escuchamos en la primera lectura, cuando los hombres cometieron el primer pecado, Dios tomó la iniciativa y anunció la llegada del Salvador que llevaría a término la victoria sobre el mal.  Y junto a Él ya desde el libro del Génesis aparece "la Mujer", su Madre, asociada de algún modo a esta victoria. 
 
Hoy celebramos con gozo que María fue la primera salvada, la que participó de modo privilegiado de ese nuevo orden de cosas que su Hijo vino a traer a este mundo.  En la primera oración de la misa decíamos: "Preparaste una digna morada a tu Hijo" y en previsión de su muerte, "preservaste a María de toda mancha de pecado". 
 
Pero si estamos celebrando el "Sí" que Dios ha dado a la raza humana en la persona de María, también nos gozamos hoy de cómo Ella, María de Nazaret, cuando le llegó la llamada de Dios, le respondió con un "Sí" decidido.  El "sí" de María, podemos decir que es el "Sí"  de tanto y tantos millones de personas que a lo largo de los siglos han tenido fe en Dios, personas que tal vez no veían claro, que pasaban por dificultades, pero se fiaron de Dios y dijeron como María: "Cúmplase en mí lo que me has dicho". 
 
María, la mujer creyente, la mejor discípula de Jesús, la primera cristiana.  Ella no era una persona importante de su tiempo.  Era una mujer sencilla de pueblo, una muchacha pobre, novia y luego esposa de un humilde trabajador.  Pero Dios se complace en los humildes, y la eligió a Ella como Madre del Mesías.  Y Ella desde su sencillez, supo decir "Sí" a Dios.
 
Pero a la vez, se puede decir que esta fiesta es también nuestra.  
   
La Virgen María, en el momento de su elección y de su "Sí" a Dios, fue "imagen y comienzo de la Iglesia".   Cuando Ella aceptó el anuncio del ángel, de parte de Dios, se puede decir que empezó la Iglesia: la humanidad empezó a decir sí a la salvación que Dios ofrecía con la llegada del Mesías. 
 
En María quedó bendecida toda la humanidad: la podemos mirar como modelo de fe y motivo de esperanza y alegría. 
 
Tenemos en María una buena maestra para este Adviento y para la Navidad.  Nosotros queremos prepararnos a acoger bien en nuestras vidas la venida del Salvador.  Ella, María, la Madre, fue la que mejor vivió en sí misma el Adviento y la Navidad y la manifestación de Jesús como el Salvador. 
 
Que nuestras Eucaristía de hoy, sea una entrañable acción de gracia a Dios, porque ha tomado la iniciativa para salvarnos y porque ya lo ha empezado a realizar en la Virgen María.

martes, 26 de noviembre de 2019

I DOMINGO DE ADVIENTO(CICLO A)
 
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I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
 
Comenzamos hoy el Adviento. Dios decide hacerse hombre, quiere compartir nuestra naturaleza con sus grandezas y debilidades, quiere vivir entre nosotros para trasmitirnos su palabra y su vida.
 
Adviento es tiempo de espera del Señor.  Las cuatro semanas del Adviento representan una llamada a la esperanza ante el nacimiento de Dios en la Navidad y su manifestación a toda la humanidad en la Epifanía. Será nuestro encuentro con Jesús el Dios niño, que ha querido nacer y crecer como uno de nosotros.
 
Adviento es el tiempo en el que oiremos a Jesús que nos predica que el Reino de Dios está cerca, ya está entre nosotros, que preparemos los caminos del Señor.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías ilumina un momento de oscuridad que vivía el pueblo de Israel.  El pueblo vive en el exilio, sin esperanzas, sin ánimos.  El profeta les recuerda que hay futuro para el pueblo.  Que las armas de destrucción y muerte se pueden convertir e instrumentos para el trabajo y la justicia y la paz pueden reinar para siempre.
 
Nuestra vida puede estar pasando por un momento de oscuridad. Como ocurrió con el pueblo escogido, Dios quiere que salgamos de ella. Para eso tendremos que mirar adelante con esperanza.  No podemos estar pensando y recreándonos en nuestro propio dolor y estar siempre autocompadeciéndonos porque entonces no avanzaremos nunca hacia delante.
 
Pero para salir de nuestra oscuridad, habremos de caminar a la luz del Señor.  Dejemos que su luz penetre en nuestra mente y en nuestro corazón porque será capaz de ayudarnos a estrenar una vida nueva, esa vida con la que tantas veces hemos podido soñar: la vida de paz y de amor que el Padre pensó para nosotros desde la creación del mundo.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos decía: ya es hora de despertaros del sueño”…  dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz
 
Es decir, ya es hora de dejar atrás una vida sin sentido, esa vida sin sentido que tantas veces llevamos y ya es hora por tanto de revestirnos del Señor viviendo de acuerdo a su evangelio.  Ya es hora de vivir una vida más cristiana, más de acuerdo al proyecto de vida que nos ofrece Jesús.
 
El evangelio de san Mateo nos ha hablado del fin de los tiempos.  Nos pone frente a la venida última del Señor.
 
Para los cristianos hay 2 venidas de Cristo: una es a la que nos estamos preparando ahora: nacimiento de Jesús; y la segunda venida será cuando Cristo, envuelto en luz, venga a juzgarnos.
 
El evangelio nos dice que el cristiano tiene que vivir en estado de espera, nuestra mirada ha de estar puesta en dirección a estas 2 venidas de Cristo.
 
Nosotros no sabemos cuándo va a llegar Cristo a juzgarnos, a pedirnos cuentas de lo que hemos hecho.  La segunda venida de Cristo no sabemos cuándo será.
 
Solamente el velar permite no ser tomados de improviso por Cristo.   Hay que estar preparado porque no sabemos cuándo va a venir el Señor. El sueño representa la indiferencia, el no tomar en serio las cosas de Dios; el dejar a Dios siempre para más tarde.  El sueño es no querer ocuparnos de Dios.
 
Jesús en el evangelio nos ha recordado los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de lo fundamental de su vida: su relación con Dios.  Y así, mientras ellos andaban comiendo y bebiendo, llegó el diluvio.                        
 
No podemos seguir con el sueño del desinterés por Cristo, no podemos seguir sintiéndonos lejanos de Cristo.  Esperar al Salvador, significa sentirse interesados por Cristo, reconocer que tenemos necesidad de salvación. Esperar al Salvador, significa que en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, darnos cuenta que es necesario preocuparse de un negocio fundamental: Dios. 
 
No podemos ser como esos hombres que nacen, viven y mueren sin haberse comprometido con Dios, sin haber servido siquiera una vez a Dios.  Esperar al Salvador es hacer que cada día, el trabajo y nuestras responsabilidades tengan como referencia a Dios.
 
Los cristianos tenemos que centrar nuestra esperanza en una Persona viva, presente ya desde hace más de dos mil años en nuestra historia: Cristo Jesús. Cristo es la respuesta de Dios a los deseos y las preguntas de la humanidad. No nos va a salvar la política ni la economía ni los adelantos de la ciencia y la técnica, nos va a salvar Dios.
 

martes, 19 de noviembre de 2019

XXXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
 
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XXXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Celebramos en este domingo la fiesta de Jesucristo Rey del Universo.  Con esta fiesta de hoy, la Iglesia nos propone que reconozcamos a Cristo como el Señor de nuestras vidas.
 
La 1ª lectura del segundo libro de Samuel nos presenta el momento en el que David se convirtió en rey de todo Israel.  Con él, se inició un tiempo de felicidad, de abundancia, de paz, que quedó en la memoria de todo el Pueblo de Dios. 
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses es un himno que celebra la realeza y la soberanía de Cristo sobre toda la creación.  San Pablo le da gracias a Dios Padre que nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor”.  Esto quiere decir, que ya desde aquí y ahora nosotros participamos de la dignidad real de Cristo.
 
Tenemos que ser y sentirnos hijos e hijas de Dios, y esto significa que tenemos que vivir de acuerdo con tal dignidad y nobleza y empeñarnos, con todas nuestras fuerzas, en honrar, respetar y hacer crecer la dignidad de cada persona, y luchar contra cualquier gesto, acción o palabra que constituya una humillación hacia las personas por cualquier razón: raza, país, edad, sexo, condición social, etc.  Ser y sentirnos hijos de Dios significa vivir como hermanos.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a Cristo reinando desde la cruz.  Vemos que nuestro rey es un rey distinto a los reyes y gobernantes de este mundo.  Nuestro rey es un rey clavado en una cruz.
 
El “salón del trono” de nuestro Rey es el Calvario.  Tiene por trono la cruz de un condenado a muerte; por corona una de espinas, por cetro los clavos que lo sujetan en la cruz.
 
El pueblo presencia la escena “mirando”.  Los soldados burlándose, dándole a beber vinagre.  Uno de los ladrones, crucificado con Él, insultándolo.  El mismo letrero de la Cruz es una burla.
 
Pero está también el buen ladrón.  Capaz de reconocer en aquel condenado a muerte, al enviado de Dios.  Reconoce que en Jesús, que muere por amor, que se humilla hasta morir, está la verdadera realeza.  Y le pide que se acuerde de él en su Reino.  Muchos no reconocieron a Cristo como el Hijo de Dios, cuando pasaba curando enfermos y haciendo milagros.  Sin embargo el buen ladrón lo reconoce como salvador cuando Cristo está en la cruz.
 
Hoy Jesús nos invita a todos a trabajar por su Reino.  Tenemos que presentar ante el mundo la Palabra de Dios, los valores que Jesús vivió y ésta es una tarea de todos. 
 
Tenemos que reconocer que nos cuesta aceptar la Palabra y el estilo de vida del Señor.  Nos cuesta ser cristianos responsables con todas sus consecuencias.  Nos cuesta ser solidarios con los que sufren.  Nos cuesta comprometernos con la justicia, con la paz que son las cosas que nos acercan al verdadero deseo de Jesús.
 
Cada uno de nosotros puede ser constructor del Reino de Dios si trabajamos por la paz y la justicia, si somos capaces de servir como lo hizo el mismo Jesús, de perdonar como Él, de luchar por la vida y la fraternidad.
 
Jesús desde la cruz nos muestra una actitud de respeto total al hombre, y nos cuestiona a todos en nuestro estilo de vida.  No avanzaremos hacia una sociedad más humana, si, para lograrla, tenemos que violar los derechos de los hombres, pisotear su dignidad y destruir incluso la vida.
 
Por ello,  el Reino de Dios no se impone a nadie, se propone.  Cuántas veces en nuestro mundo se impone los poderes políticos y económicos.
 
Que diferente es la propuesta que Jesús nos hace de vivir el Reino de Dios a la propuesta de las revoluciones de este mundo.  Las revoluciones siempre se autoproclaman defensoras de las libertades, de la justicia, de la verdad y de todo lo bueno que requiere el ser humano para ser feliz. Pero la gran mayoría de éstas han terminado oprimiendo al mismo ser humano que dicen defender.
 
La revolución marxista que vivió Rusia, una vez que estuvieron en el poder cayó en los mismos errores por los que habían luchado.  Todo aquel que cuestionara el ejercicio del poder era considerado un enemigo de la revolución y, por lo tanto, debía ser eliminado.
 
Los “padres de la patria”, en cuyas manos quedó el destino de muchos de nuestros pueblos latinoamericanos después de la independencia, siguieron con la misma lógica de poder y se convirtieron en los nuevos tiranos.
 
Las revoluciones armadas además de no haber logrado el cambio, se convirtieron en una jauría de lobos hambrientos de dinero y poder, que terminaron oprimiendo a los mismos pobres por los cuales decían luchar.
 
Jesús sí ha hecho la más grande de las revoluciones.  La historia nos demuestra cada día que Jesús tenía razón: ante todo tenemos que cambiar la lógica del poder que domina, oprime y genera muerte, por la lógica del amor que sirve, levanta y genera vida.
 
Pidamos en esta Eucaristía que nos dé fuerza y coraje para ser capaces de extender su Reino para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario y más humano.
 

martes, 12 de noviembre de 2019

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 

Estamos en la penúltima semana del año litúrgico y las lecturas de hoy nos hacen reflexionar sobre el sentido de la salvación y nos dicen que la meta final hacia la que Dios nos conduce es el nuevo cielo y la nueva tierra de felicidad plena y de vida definitiva.
 
La 1ª lectura del profeta Malaquías nos hace ver que Dios va a intervenir en el mundo, va a derrotar al que oprime y roba la vida y va a hacer que nazca un “sol de justicia” que traiga la salvación.
 
Muchas veces tenemos la sensación de que nuestro mundo camina hacia la perdición y que nada lo puede detener. Vemos tantas guerras y vemos tanta sangre derramada en el presente y en el futuro de tantos pueblos; contemplamos la naturaleza y la vemos devorada por los intereses de las multinacionales de la industria; vemos a tantas personas cerradas en su mundo, desinteresadas de los grandes problemas que existen.
 
Existen también en nuestro mundo el deseo de justicia.  El hombre, ante la adversidad siempre ha dirigido sus ojos al cielo pidiendo justicia.  Justicia para los que lo pasan mal, justicia para los explotados de esta tierra, justicia para los pobres y enfermos, justicia ante la muerte injusta de los buenos.
 
Hoy nos dice la primera lectura, que llegará el día del Señor en que finalmente habrá justicia, esa justicia que premiará a los buenos y castigara a los malos.  Mientras llega ese día, a nosotros nos toca unirnos a Jesús para luchar y trabajar por la justicia ya aquí y ahora.  Porque Dios no quiere salvarnos sin nuestra colaboración.
 
Los cristianos debemos saber que Dios cuenta con nosotros para construir un mundo nuevo y debemos saber que todo lo que hagamos aquí, por muy poco que sea: perdonar, compartir, denunciar la opresión, defender al pobre y al oprimido, todo esto está ya preparando la venida del Reino de Dios y su justicia.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses insiste en la idea de que mientras esperamos la vida definitiva, no tenemos derecho a ser perezosos y vivir en la comodidad de no hacer nada, sin preocuparnos de los problemas del mundo y sin aportar nuestra colaboración a la construcción del Reino de Dios.
 
No podemos vivir esperando que todo nos caiga del cielo y olvidándonos de luchar por los demás.  Tenemos que, como cristianos, comprometernos por la construcción de un mundo más justo y fraternos, todos los días y las 24 horas del día.
 
Hay personas que hablan mucho y hacen poco y muchas veces se aprovechan del trabajo de los demás para quedar bien ante los otros.  Hay también personas que son parásitos de la sociedad y que lo único que hacen es consumir lo que produce la sociedad y no se esfuerzan lo más mínimo en colaborar con ningún tipo de trabajo.  No olvidemos las palabras de San Pablo: “si alguno no quiere trabajar, que no coma”, tenemos que saber combinar trabajo y oración.
 
El Evangelio de San Lucas nos ofrece una reflexión sobre el camino que debemos recorrer hasta la segunda venida del Señor.
 
Jesús nos recuerda hoy que un día llegará el día del juicio sobre la humanidad entera y ante este día no podremos permanecer indiferentes.
 
Los discípulos del Señor le preguntan: “¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?” Jesús no contesta a la primera pregunta, pero sí contesta a las señales que sucederán: habrá guerras, revoluciones, terremotos, epidemia y hambre.  Como veis, son señales que se dan en nuestro mundo actual; por ello, algunos pueden pensar que el final del mundo está cerca.
 
Sin embargo, Jesús nos advierte: “Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos”.
 
En el mundo de hoy se levantan voces engañosas que ofrecen falsas respuestas a los problemas del mundo y nos proponen caminos extraños para alcanzar la felicidad.  Hay grupos que nos venden libros esotéricos que carecen de todo fundamento filosófico, teológico y científico y que ofrecen recetas de espiritualidad y de realización personal.  Hay todo un mercado de amuletos, inciensos, cristales de cuarzo, bebidas, etc., que pretenden darnos paz y felicidad.  Hay quienes aprovechando el dolor de la muerte de un familiar se ofrecen como “médium” para que nos comuniquemos con nuestro ser muerto.  Jesús nos pone en guardia frente a las ofertas de estos mentirosos. 
 
No pongamos nuestra mirada ni nuestra esperanza en falsos mesías que nos prometen la felicidad aquí y ahora, haciéndonos olvidar la vida que nos espera junto a Jesús.
 
Jesús no quiere que hagamos de adivinos, quiere que abramos nuestro corazón a su venida, con esperanza y con un profundo deseo de estar preparados, aunque no sepamos ni el día ni la hora.