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lunes, 15 de junio de 2020

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Miedo y confianza son palabras que aparecen hoy en la Palabra de Dios que hemos proclamado.  Por encima de nuestros miedos hemos de tener confianza en Dios porque sabemos que Dios nos cuida.

En la 1ª lectura vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  A la gente no le gusta que pongan en duda o que cuestionen su forma incorrecta de vivir, sus injusticias o sus antivalores.  Por eso la vida del profeta es una vida de incomprensión, soledad, lucha y riesgo.  Y sin embargo es un camino que Dios nos llama a recorrer con fidelidad a su Palabra.

El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “oía la acusación de la gente”. 

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel.  

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos y nos preguntemos: ¿estoy dispuesto a ser distinto, a ser auténtico, a ser fiel a Dios?  Porque, cuando intentamos vivir como buenos cristianos se tiene que notar lo que somos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos habla de la entrada del pecado en el mundo.  El pecado es una vieja realidad en el mundo.  Tan vieja como el hombre ya que el hombre, y sólo el hombre, es el responsable de la condición pecadora de la humanidad.

No podemos cerrar nuestros ojos ante la realidad de pecado que existe en nuestro mundo.  Es verdad que el mal destaca escandalosamente en el mundo.  Algunos acontecimientos que marcan nuestro tiempo confirman que una historia construida sobre el pecado y al margen de Dios es una historia llena de egoísmo y de injusticias.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos dice hoy que la Palabra liberadora de Jesús no puede ser silenciada, escondida sino que tiene que ser proclamada “sin miedo”.

Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos hoy, es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas.  Hoy, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza.  Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.

Parece que ya nadie confía en nadie.  Es verdad que son muchísimos los problemas con que nos enfrentamos hoy en día: la corrupción, la falta de trabajo, el terrorismo, la incertidumbre económica, la falta de moral social y política, las guerras, el hambre, la pobreza cada día mayor.  Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.  Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita a confiar en Dios.  Dios, nuestro Padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más no cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!

Hay que tener confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.  Confianza en las personas.

Jesucristo nos repetía hoy: “¡No tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.

martes, 9 de junio de 2020


CORPUS CHRISTI (CICLO A)

Hoy celebramos la fiesta del Corpus Christi, esta fiesta quiere ser un clamor que recuerde a los cristianos y al mundo que la fuente de la vida sólo se halla en Dios que se hace presente en la Eucaristía.  Por eso, nos hemos reunido hoy para celebrar esta fiesta siempre entrañable del “Corpus”, la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor. 

El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.

Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido la festividad del Corpus Christi en esta época litúrgica en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres... Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse... Cierto que se ha quedado -dijéramos- como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad -cuerpo, alma y espíritu- para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz.

Cuando ingerimos alimentos, en virtud del proceso digestivo y metabólico, nuestro cuerpo asimila dichos alimentos. Pero cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Comunión, no pensemos que asimilamos a Cristo como asimilamos los alimentos al comer, sino que es Él quien nos asimila a nosotros; es decir, el Señor nos hace semejantes a Él, al hacernos participar de su Vida Divina. ¡Así de maravilloso es este gran regalo que nos da Jesús al recibirlo en la Hostia Consagrada!

Las palabras que hemos escuchado en el evangelio de San Juan son rotundas: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.  Y el pan que yo os doy es mi carne para que el mundo tenga vida”.  “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no podréis tener vida en vosotros”.

En la Eucaristía comemos y bebemos vida.  Claro está que no podemos entender la Eucaristía como una especie de fuente mecánica.  Sabemos que la Eucaristía es la culminación de la vida de la Iglesia y del creyente, al mismo tiempo que su fuente.

Jesucristo nos ha dicho estas palabras: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él”.  Tenemos que comer para vivir, pero en modo alguno podemos reducir nuestra vida a comer o consumir.  Nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la gracia que recibimos en el Bautismo.

Comulgar no es, por tanto, como piadosamente se suele decir, recibir a Cristo, sino entrar en comunión con Él, hacer causa común con Jesús. Y bien sabemos que la causa de Jesús es el hombre, sobre todo el débil, el oprimido, el empobrecido, el explotado, el reducido a la miseria y al hambre.

¡Qué agradecidos debemos estar por el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada! ¡Qué agradecidos por poder recibir ese alimento tan necesario para nuestra vida espiritual! ¡Qué agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual!

Pero para que se realice en nosotros y a través nuestro el contenido del Misterio Eucarístico es necesario recibir el Sacramento del Cuerpo de Cristo en estado de gracia.

Es decir: para comulgar bien, además de comprender a Quién se va a recibir y de guardar el ayuno requerido, se necesita no haber cometido pecado grave o haberlo confesado al Sacerdote, estando verdaderamente arrepentido.

Así podemos recibir la plenitud de Su Gracia y de Su Amor en el Sacramento del “Corpus Christi”, la Sagrada Eucaristía.

La fiesta del Corpus quiere ser un clamor que recuerde a los cristianos y al mundo: la fuente de la vida sólo se halla en Dios que se hace presente por Jesús en la Eucaristía.




XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Seguimos ya con normalidad los domingos del tiempo ordinario.

En el libro del Éxodo aparece un aspecto poco conocido de la historia de Israel. Dios no sólo ha liberado a este pueblo de la esclavitud de Egipto y lo ha conducido por el desierto a la tierra prometida, sino que lo ha constituido “pueblo sacerdotal”, o sea, pueblo “mediador”. En medio de los demás pueblos, que están sumidos en la oscuridad doctrinal y moral del politeísmo, el pueblo de Israel debe ser, según la intención de Dios, signo suyo y mediador de salvación, para que todos vayan conociendo cuál es el Dios verdadero y vivan según su voluntad. ¡Cuántas veces dicen los profetas, o los salmos, que Jerusalén debe ser faro de luz, de verdad y de santidad para todos los pueblos! Otra cosa será si los israelitas entendieron esto o se encerraron en una perspectiva nacionalista que no admitía demasiado la universalidad de su misión.

En la carta a los Romanos, que seguiremos leyendo durante tres meses, Pablo hace hoy unas gozosas afirmaciones: por su muerte en la cruz, Cristo Jesús nos ha reconciliado con Dios Padre. Es una noticia como para animar a cada uno y para comunicar a los demás, como hace Pablo.

En el evangelio es Jesús quien, compadecido de las turbas que andan desorientadas, como ovejas sin pastor, no sólo se dedica él a una evangelización continuada, sino que llama a discípulos que le ayuden en esta misma tarea.

Si alguien nos pregunta sobre las posibilidades que tenemos los cristianos de hacer crecer la fe en el mundo de hoy, ¿verdad que nuestras respuestas a menudo son negativas? Cuántas veces, hablando de este tema, refiriéndonos quizá a la gente que nos rodea, o a la juventud, o a la sociedad en general, habremos oído, o incluso dicho, esta expresión: “No hay nada que hacer...”

Esta visión pesimista contrasta con la de Jesús. Él dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”. Es decir, el problema no es de falta de trigo, sino de falta de segadores... Por eso añade: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.

Procuremos entrar, hermanos y hermanas, en esa forma de ver las cosas que tiene Jesús. Ensanchemos nuestras perspectivas de futuro con las que él nos propone. Impregnémonos del espíritu misionero del evangelio de hoy.

Debemos, en primer lugar, prestar atención a nuestro corazón. La misión nace en el corazón de Jesús, el cual, al ver a la multitud de gente extenuada y abandonada, se compadece de ellos.

Si no compartimos esta piedad profunda, no tendremos impulso misionero. Tenemos que cambiar nuestro corazón, como primer paso para lograr unas comunidades cristianas más proyectadas hacia fuera, más evangelizadoras.

¿Y de qué se compadece Jesús? ¿De la pobreza? ¿De la enfermedad?
Sí, desde luego: él pasa haciendo el bien, curando a muchos hombres y muchas mujeres, de cuerpo y de espíritu.

Pero el evangelio de hoy apunta a una cuestión más radical. Dice que se compadecía de la gente porque los veía extenuados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor. Es decir: Jesús se compadece del fondo de la persona. No aspira sólo a ofrecernos pequeños consuelos. Nos quiere hacer justos y por eso dará la vida, como nos ha explicado la carta de Pablo a los cristianos de Roma.
        
Las generaciones actuales de cristianos hemos ganado mucho en sensibilidad social: nos preocupan, más que en otras épocas, la injusticia, la pobreza, el tercer mundo... Este es un hecho positivo, evangélico, una gracia de Dios. Pero, ¿nos duele suficientemente que tantos hermanos nuestros hayan abandonado la Eucaristía dominical, y que tantos otros hayan perdido o medio perdido la fe, que haya tanta desorientación, que Jesucristo y su Evangelio sean desconocidos y, en definitiva, que tantos vivan como abandonados, como ovejas que no tienen pastor? ¿Qué podemos hacer por ellos? Por ellos... porque no queremos evangelizar por afán de ser más, para llenar nuestras iglesias, para tener éxito... sino para compartir con muchos la felicidad de conocer el amor que nos tiene Dios, la paz impagable que nos da el poder decir: “El Señor es mi pastor”.

Por eso Jesús llama a sus discípulos y los hace apóstoles, es decir, enviados. Él, que es el enviado del Padre, envía a la Iglesia. Hemos escuchado los nombres de los primeros doce apóstoles: Simón, llamado Pedro, y Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano, Santiago y Tadeo, Simón y Judas, el Iscariote, el que lo entregó. Sobre el fundamento de estos apóstoles Jesús levantará su Iglesia y la enviará a segar. Su Iglesia es nuestra Iglesia. Y todos nosotros, cada uno según su ministerio y su carisma, somos enviados a evangelizar.

Hermanos y hermanas, nos lo dice el Señor: “íd y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. No nos guardemos la buena noticia para nosotros solos. Seamos fieles a la misión, y acreditémosla con los signos que el mismo Evangelio nos ha confiado: curemos, resucitemos, purifiquemos, libremos del mal.



martes, 2 de junio de 2020

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO A)

El domingo pasado terminábamos el tiempo de Pascua, y esta semana al comenzar la segunda parte del Tiempo Ordinario lo celebramos con una fiesta también solemne, que es la Santísima Trinidad. Es el misterio central de nuestra fe. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de un solo Dios en tres Personas.

En la 1ª lectura, del libro del Éxodo, vemos cómo Dios se muestra como Padre.  Moisés habla con Dios-Padre y le pide dos cosas importantes: una, que perdone la infidelidad del pueblo a la alianza que había hecho con Dios; y la otra, que Dios los acompañe en su peregrinación por el desierto.  Y este Dios Padre se muestra compasivo y misericordioso, que concede siempre su favor a los que confían en Él.

Aunque nos equivoquemos, aunque pequemos, y tantas veces nos alejemos de Dios, Dios no nos abandona, siempre nos acompaña y se hace presente en nuestra vida y camina a nuestro lado. El amor de Dios por nosotros es gratuito y libre.  Por ello ante este Dios Padre, nosotros debemos de tener una actitud de agradecimiento, de adoración, de contemplación y hemos de darle gloria y alabanza a Dios por los siglos.

La 2ª lectura, de la 2ª carta de San Pablo a los Corintios, terminaba con el saludo litúrgico trinitario que usamos en todas nuestras celebraciones: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”.  Como comunidad cristiana estamos invitados a descubrir que Dios es amor.  La fórmula “Padre, Hijo y Espíritu Santo” expresa esa realidad de Dios como amor, como familia, como comunidad.

Como bautizados estamos llamados a formar una comunidad de amor.  Nuestro fin en esta tierra es pertenecer a la familia trinitaria.  Estamos llamados a vivir una vida comunitaria.  Nuestra relación con los hermanos debe reflejar el amor, la ternura, la misericordia, la bondad, el perdón, el servicio, que son las consecuencias prácticas de nuestro compromiso con la comunidad trinitaria.

El Evangelio de san Juan nos decía: “Tanto amó Dios al mundo…”

La vida de la Trinidad es una vida de amor.  Y el amor es sinónimo de entrega, donación y diálogo.

Dios Padre es el que desde siempre nos ha amado.  Él es la fuente del amor.

El Hijo se hizo hombre por amor a nosotros, murió en la cruz, como máxima expresión de amor por la humanidad.

El Espíritu Santo es el fuego que enciende en nosotros el amor, para que podamos nosotros amarnos como se aman entre sí Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nuestra vida, es una vida trinitaria de principio a fin.  Toda nuestra vida está marcada y orientada por el amor de Dios.

En nuestro bautismo fuimos signados y bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.  Ya desde el principio de nuestra existencia fuimos envueltos por el amor de Dios.

En la celebración de la Eucaristía, al principio nos santiguamos en su nombre, el sacerdote nos saluda en su nombre y al final nos bendice también en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Durante la misa cantamos el Gloria y el Credo, centrados en la actuación de las tres divinas Personas; y el sacerdote, en nombre de la comunidad, siempre dirige la oración al Padre, por medio de Cristo y en el Espíritu.

En la alabanza final de la Plegaria Eucarística, se dice solemnemente cuál es la dirección de toda nuestra oración: “por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”.

¿Cuántas veces, durante nuestra vida, nos santiguamos en el nombre del Dios Trino, recordando nuestra pertenencia a Él?

¿Cuántas veces rezamos esa breve y densa oración que es el “Gloria al Padre”, como resumen de nuestras mejores actitudes de fe?

Realmente se puede decir que todos “somos trinitarios”, que estamos invadidos del amor y la cercanía y la vida de ese Dios Trino. Eso es lo que puede darnos fuerzas para seguir con confianza el camino de Jesús en nuestra vida.

Nosotros creemos en un Dios trinitario: tres personas distintas, un solo Dios verdadero.  Estamos ante un misterio que nuestra inteligencia humana no puede resolver ni comprender.

lunes, 25 de mayo de 2020


PENTECOSTÉS (CICLO A)

Hoy termina el tiempo de Pascua.  Hemos dedicado 50 días a celebrar el gozo y la resurrección de Cristo.  Y culminamos este tiempo pascual con una gran fiesta: Pentecostés, la plenitud de la Pascua: la venida del Espíritu Santo a la Virgen y a los Apóstoles.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos recuerda lo que significó la venida del Espíritu Santo en la primera iglesia y lo que debe significar el Espíritu en la Iglesia de hoy.

El Espíritu Santo cuando vino sobre los apóstoles, se manifestó con el don de la “glosolalia”; es decir, que les dio la posibilidad a los apóstoles de hablar en distintos idiomas y de hacerse entender por todos.  Esto que sucedió el día de Pentecostés es lo contrario a lo que sucedió con la torre de Babel: Los hombres quisieron construir una torre tan alta que llegara al cielo para hacerle la competencia a Dios; pero Dios confundió sus lenguas, de modo que no podían entenderse.

El egoísmo, la envidia, la soberbia, no sólo alejan de Dios sino que nos separa a los hombres entre nosotros; se crea división entre las personas; nuestro lenguaje se hace incomprensible para los demás.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo viene a hacer posible el entendimiento entre las personas, a hacer realidad la fraternidad.  El lenguaje del Espíritu es el amor y el lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.  El Espíritu hace que nos entendamos las personas, la división dificulta la presencia del Espíritu en nuestras vidas.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que hemos recibido el Espíritu Santo para que vivamos unidos y a cada uno nos ha dado un don especial para ponerlo al servicio de la Iglesia, al servicio del bien común.

Cada uno de nosotros tiene un oficio concreto que hacer dentro de la Iglesia, ninguno es más importante que otro, aunque son diferentes las funciones de cada uno, sin embargo, todos tienen la misma dignidad.

Los dones que hemos recibido son para construir la unidad; por eso los dones que el Espíritu Santo nos da no son para ser utilizados en beneficio propio, sino que deben ser puestos al servicio de todos.

Cuando entre nosotros no hay fraternidad, cuando entre nosotros hay división es señal de que no estamos dejando actuar al Espíritu, es señal de que estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a Dios.

El Evangelio de San Juan nos presenta a la comunidad cristiana reunida alrededor de Jesús resucitado. Esta comunidad pasa a ser una comunidad viva, sin miedo, a partir del momento que reciben al Espíritu Santo.

Hemos de cultivar nuestra amistad y relación con el Espíritu Santo.  Como bautizados, hemos de descubrir que tenemos, si vivimos en gracia, un “dulce huésped” en nuestro corazón que es el Espíritu Santo y somos templos vivos del Espíritu Santo.

Hoy deberíamos decir: “¡Ven, Espíritu Santo, fuerza y energía!” porque hay muchos cristianos que se encuentran cansados y no quieren recorrer el camino de Jesús.  Hay muchos cristianos que han perdido la esperanza y necesitan nuevas ilusiones para superar todos sus miedos.  Ven, Espíritu Santo para que seamos una Iglesia viva y atenta a los lamentos de nuestro pueblo.

“¡Ven, Espíritu Santo, bálsamo y consuelo!” porque hay muchos hombres y mujeres que viven tristes, que vive con dolor porque han perdido la alegría.  Ven, Espíritu Santo para que enciendas el fuego de nuestro entusiasmo y que todos gocemos la alegría de vivir.  Que nuestro pesimismo se transforme en una búsqueda sincera de soluciones a los problemas que hoy oprimen al hombre.  Ven, Espíritu Santo para que veamos las luces para descubrir el camino que nos lleva a la luz plena.

“¡Ven, Espíritu Santo, lenguaje y palabra!”, porque las fronteras, las discriminaciones y las diferencias han dividido a los pueblos. Los hombres ya no se llaman hermanos y se miran como rivales y enemigos. Reúnenos en un solo pueblo donde se superen las divisiones y donde la Palabra y el Amor de Dios Padre nos unan. Que sea posible amarnos a pesar de nuestras diferencias, caprichos y egoísmos. Que sea posible respetarnos descubriendo, más allá de los rostros y los vestidos, a personas con derechos, con oportunidades, con dignidad. Que sea posible encontrar reconciliación, paz y armonía.

“¡Ven, Espíritu Santo, Padre de los pobres!” porque los desheredados se sienten huérfanos y perdidos, porque por un trozo de pan quieren comprar sus conciencias, porque tienen que vender cuerpo y alma para poder subsistir, porque se sienten engañados y olvidados. Renueva sus ilusiones y alienta sus deseos, muéstrales que es posible construir el Reino que inspiraste a Jesús y que hoy tenemos que hacer realidad. 

Pentecostés debe ser un grito suplicando la venida del Espíritu Santo para que dejemos nuestra comodidad y nos involucremos en un verdadero compromiso con Dios y con nuestros hermanos.

Que realmente abramos nuestro corazón a la presencia y acción del Espíritu en nuestro corazón, en nuestra familia y en nuestra Iglesia. También para nosotros son las palabras de Jesús: “Recibid al Espíritu Santo”.

lunes, 18 de mayo de 2020


LA ASCENSION DEL SEÑOR 
(CICLO A)

Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos.  Jesús se va al cielo y ahora es nuestro turno. Nosotros tenemos que llevar a cabo la misión de Jesús; nosotros tenemos que continuar el trabajo que Jesús comenzó: Anunciar la Buena Noticia a los hombres y ser testigos del amor de Dios.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos ha contado el episodio de la Ascensión del Señor a los cielos.  

La Ascensión de Jesús nos recuerda que al subir al cielo, Él nos encargó continuar haciendo realidad su proyecto liberador en medio de los hombres de nuestro tiempo.  

Desde que Jesús sube al cielo hasta que vuelva de nuevo, no podemos quedarnos sin hacer nada, “mirando al cielo” sino que hemos de ser continuadores de su proyecto de liberación del ser humano. 

Hemos de sembrar el evangelio en el mundo.  Como cristianos hemos de comprometernos con la transformación de este mundo.  Hay que estar atentos a los problemas y a las angustias de los hombres.  Hemos de ser solidarios con todos los hombres, especialmente con los que sufren.  No podemos vivir pasivamente ante los problemas de este mundo, sino que como cristianos hemos de involucrarnos y aportar, desde el evangelio, soluciones para construir un mundo más humano y solidario.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Efesios, nos dice que nuestra misión es hacer presente el evangelio en el mundo.

En nuestro caminar por el mundo, conviene que tengamos muy presente “la esperanza a la que hemos sido llamados”.  Hemos sido llamados a resucitar con el Señor y a subir al cielo.  Con esta esperanza hemos de afrontar, llenos de la fuerza que nos da el Espíritu Santo, las dificultades pero para ello es necesario que vivamos en comunión total con Jesús y en solidaridad total con nuestros hermanos. 

Tenemos la obligación de dar testimonio de Cristo, de hacerlo presente en el mundo, de llevar a plenitud su proyecto liberador que Él comenzó a favor de los hombres.  Esta es nuestra tarea antes de subir con Él, un día, al cielo.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús, antes de subir al cielo le dice a sus discípulos: “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.  Jesús se manifiesta con todo poder como el Señor, como el triunfador de la muerte.  Y Jesús antes de subir al cielo les da una misión a sus apóstoles: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos”.  

Los discípulos de Jesús tienen 2 obligaciones: bautizar y enseñar.  Los discípulos no van a estar solos en este trabajo, porque Jesús les dice: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.

La Ascensión no es ausencia de Jesús, sino que se inicia el comienzo de una presencia en un modo distinto.

Los hombres, aunque nuestra meta sea el cielo, debemos de contribuir a hacer un mundo más justo y más humano.  Tenemos que hacer presente el Reino de Dios en nuestros días y en nuestro mundo.

Hoy es la fiesta del compromiso y la esperanza.  El compromiso de hacer presente el Reino de Dios entre nosotros.  Hay que hacer el bien, con nuestras limitaciones, pero hemos de hacer el bien.

San Juan Pablo II decía: “No seremos cristianos verdaderos si nuestra vida no está comprometida en hacer el bien”.

lunes, 11 de mayo de 2020

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

La liturgia de este 6° Domingo de Pascua nos invita a descubrir la presencia de Dios en su Iglesia y a prepararnos para recibir el gran don y regalo de Pascua: el Espíritu Santo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar.

Cuando un pueblo, una ciudad recibe a Jesús, nos decía la 1ª lectura, esa ciudad “se va llenando de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que acogen al Señor: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  

Quizás en nuestra vida nos falta alegría y nos sobran problemas, preocupaciones, angustias y dudas y esto es muchas veces debido a que nos falta alegría y paz y la causa de ello es “la ausencia de Dios en nuestras vidas”. 

Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

La 2ª lectura de la 1ª carta de san Pedro nos exhortaba a dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida.

No podemos vivir auténticamente nuestra fe, si ignoramos, si no conocemos la esencia de nuestra fe.  A veces, decimos que tenemos fe, pero, ¿esa fe está fundamentada en la verdad, en la Palabra de Dios, en la Tradición de la Iglesia? ¿O por el contrario, nuestra fe está basada en creencias populares o tradiciones familiares, o en supersticiones?

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión, el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

Hay que vivir con más empeño nuestra fe, con más conocimiento de causa. De lo contrario, la vida se nos hace rutinaria y sin sentido.  Frecuentamos los sacramentos, sin saber lo que son. Rezamos o hablamos de nuestra fe, cuando en realidad no conocemos qué es lo que decimos creer o esperar.

En el Evangelio de San Juan nos decía el Señor: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo... en vosotros”.

Algunas personas ven a Jesús como un gran personaje histórico, como un hombre importante, pero se olvidan de ver a Jesús como Dios. A veces, vemos a Cristo de una manera mundana.  Nos acercamos a Cristo fijándonos en aquél que nos puede solucionar problemas y no sabemos ver la voluntad de Dios.  Cristo es mucho más que alguien que soluciona los problemas de la vida.

Cristo está presente y actuante en el mundo y nos pide solo una cosa: amarlo, y amarlo significa cumplir sus mandamientos.

“El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.  El amor a Jesús es la condición para cumplir sus mandamientos en libertad, lo mismo que cumplirlos será la prueba del amor que le tengamos a Él. Quien no ama a Jesús no puede amar a los demás; quien no ama a los demás no es posible que ame a Jesús.  El que ama lo manifestará en todo lo que haga, ya que el amor posee a la persona. No podemos actuar con amor unas veces y otras no.

Amar, ciertamente es difícil.  Y todavía más ser fiel en el amor.  Obedecer unos mandamientos sólo se puede hacer desde el amor.  Por eso nos dice Jesús que guardaremos sus mandamientos si lo amamos, porque obras son amores y no buenas razones.

Pero Jesús se apresura a decir que intercederá por nosotros para que el Padre nos dé su Espíritu.  Cristo conoce nuestra fragilidad.  Sabe el poco aguante que tenemos.  Sabe que necesitamos vitaminas para poder avanzar en su camino, camino de amor.  Por eso nos envía al Espíritu Santo.  Un Espíritu que crea comunidad, Iglesia, como veíamos en la primera lectura.  Un Espíritu que hemos recibido en el bautismo y la Confirmación y que a veces no reconocemos.  

Jesús nos dice que “habita entre vosotros y estará en vosotros.”.  Pero hay que abrir el corazón para dejarlo actuar.  Hay que abrir las barreras que lo tienen atado.  Esas barreras que son nuestra flojera en servir, nuestro comodismo, nuestro egoísmo.  Dejemos actuar al Espíritu en nosotros y manifestemos nuestro amor a Dios cumpliendo sus mandamientos.


lunes, 4 de mayo de 2020

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

La liturgia de este 5° domingo de Pascua nos plantea la pregunta: “¿A dónde vamos en la vida, o para qué vivimos?”  Y Jesús nos responde que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta el comportamiento de las primeras comunidades cristianas frente a las necesidades de sus miembros y cómo se resolvían esos problemas bajo la luz del Evangelio.

Cuando la Iglesia va creciendo surgen problemas nuevos que hay que resolver.  Los apóstoles no pueden llevarlo todo ellos personalmente y esto origina que una parte de la comunidad quede desatendida.  Este es un problema de la limitación humana de los apóstoles.  Pero la comunidad acepta y afronta estas limitaciones.  Por eso eligen de entre ellos a “7 hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de Sabiduría” para ayudar a los apóstoles

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados.  

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.  En la Iglesia todos los miembros están llamados a ser miembros activos.

La 2ª lectura de San Pedro, nos hablaba también de la Iglesia, la llama “templo espiritual”, del que Cristo es la “piedra angular” y los cristianos son “piedras vivas” Todo cristiano debe ser una piedra viva de la Iglesia.  

Hemos de preguntarnos ¿cuál es la presencia del cristiano en nuestro mundo?  Porque somos una civilización cristiana, pero no hemos impedido el recurso a las armas, a los genocidios, a los actos salvajes del terrorismo, a las guerras religiosas, al capitalismo salvaje. Los criterios que presiden la construcción del mundo están, demasiadas veces, lejos de los valores del Evangelio. 

Esto sucede porque Cristo no es muchas veces la referencia fundamental para el cristiano.  Porque Cristo no es muchas veces la “piedra angular” sobre la cual construimos nuestra vida y nuestra historia. Pero no podemos olvidarnos que cada cristiano es una piedra viva de la Iglesia que debe trabajar para construir una auténtica sociedad basada en los principios del evangelio.

Si Cristo es la piedra angular de nuestra vida, la referencia fundamental, entonces ¿Por qué estamos colaborando con nuestro silencio y nuestra apatía a construir una sociedad, un mundo, tan alejado de los valores del Evangelio?  

El Evangelio de san Juan nos presenta a Cristo como el Camino, la Verdad y la Vida.

Nunca estamos solos. Jesús está con nosotros. Ser cristiano es, antes que nada, creer en Cristo. Tener la suerte de habernos encontrado con Él. Por eso no dice hoy el Señor: “No se turbe vuestro corazón”. Cristo está con nosotros.

Cristo es el camino.  A veces andamos desorientados. Con frecuencia vamos muy apenados. A veces nos preguntamos si el camino que llevamos nos lleva a alguna parte. Quizá estamos en un callejón sin salida… Y caminos se nos ofrecen muchos, pero ¿adónde nos conducen? ¿Nos dan plenitud? 

Yo soy el Camino dice el Señor. No sólo nos enseña el camino, sino que Él mismo “es el camino” porque ha resucitado.  Jesús es el camino porque es en quien tenemos que creer. Y creer en Jesús es confiar en Él, aceptar su palabra, seguir sus pasos.

Cristo es la verdad.  Andamos desorientados, confusos. Se dicen tantas cosas. ¿Quién tiene la verdad? Todo es relativo hoy en día.

Yo soy la verdad dice el Señor. Jesucristo es la verdad del hombre, que está hecho a su imagen. Jesucristo es el hombre ideal que todos debemos imitar.  Cuanto más nos acercamos a Cristo más nos humanizamos; cuanto más nos alejamos de Cristo más nos deshumanizamos.  Cristo, el hombre perfecto, el hombre verdadero. Él es la Verdad.

Cristo es la vida.  ¡Cuánta gente está en un sin-vivir! Vegetando, sin ilusión ni esperanza. 

Yo soy la vida, dice el Señor. Vino a nosotros para rescatarnos de la muerte, para que tuviéramos vida y en abundancia. Pero no es que nos da vida, como el médico nos da una receta. Él es a la vez médico y medicina. Él es la Vida; el encuentro con Él nos hace vivir esta vida con sentido y nos abre a la vida en plenitud. 

Jesús es “camino, verdad y vida”. Encontrarse con Él y creer en Él es el mejor modo de caminar por la vida.