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lunes, 19 de octubre de 2020

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente.  Que nuestro corazón se sumerja en el amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos.  

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata.  

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Me refiero a esas personas que tienen sida, y son expulsados de sus hogares, condenados a vivir una vida de sombras, lejos, muchas veces, de sus hogares; cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados. 

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados?  

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús. 

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios.  

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios. 

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan. 

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás. 

El amor, sí el amor, esa palabra que tanto significa y que tan mal utilizamos, a veces.  El amor, esa asignatura que reprobamos demasiadas veces.  El amor, eso que tanto necesitamos y que tan pocas veces saboreamos. 

Amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo.  Esto es lo que nos pedía Jesús.  Quizás el problema de tanto desamor en el mundo es que no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos.  Hemos querido amar a Dios y al prójimo y nos faltaba algo fundamental: el amor hacia nuestra propia persona, eso que los psicólogos llaman autoestima, tan necesaria para vivir con plenitud.  Un amor hacia nosotros mismos que nada tiene que ver con el egoísmo y el orgullo. 

Y ¿cómo podemos edificar nuestra autoestima?  Primero necesitamos humildad, mucha humildad para aceptarnos con nuestros defectos y cualidades; humildad para aceptar nuestra historia con todo lo bueno y malo que hay en ella; humildad para reconocernos poca cosa, y a la vez como lo más importante del mundo, porque cada uno de nosotros es únicos y queridos por Dios. 

Nuestro mundo cree que la felicidad, está en tener muchas cosas, en ser más que nadie, en aparentar.  Pero Dios nos propone otro camino, el camino de ser hijos suyos y hermanos todos.  Hay que empezar por reconocernos como hijos de Dios y hermanos.  Hay que descubrir que nuestra dignidad no depende de las cosas que tengo, ni de mis cualidades, ni de lo que hago, sino del amor que Dios me tiene. 

Es triste que poco a poco, la falta de amor vaya haciendo de nosotros un ser solitario, un ser nunca satisfecho, que la falta de amor vaya deshumanizando nuestros esfuerzos y luchas por obtener unos determinados objetivos políticos y sociales. 

Si nos falta amor nos falta todo. Hemos perdido nuestras raíces. Hemos abandonado la fuente más importante de vida y felicidad. Dios nos ha creado para amar.


lunes, 12 de octubre de 2020

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

La liturgia de este domingo nos dice que Dios es nuestra prioridad y que es a Él a quien debemos subordinar toda nuestra existencia; pero nos avisa también que Dios nos convoca a un compromiso efectivo en la construcción del mundo. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recordaba que Dios es el verdadero Señor de la historia y que Él es el que nos conduce a la felicidad y realización plena.  Los hombres somos instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus proyectos de salvación. 

Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor.  Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en el hombre, comete la simpleza de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado. 

Siempre que el pueblo prescinde de Dios, cava una fosa a sus pies y prepara la ruina, mientras no se produzca la conversión y la vuelta, porque Dios es el único bien total del hombre.  No nos engañemos.  Sólo Dios es los suficientemente fuerte para agarrarnos a Él.  Sólo Él puede salvarnos, sólo en Dios está la solución de todos nuestros problemas.  

Fuera de Dios nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo.  Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios”, nos decía hoy la primera lectura. 

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses nos presenta el ejemplo de una comunidad cristiana que pone a Dios en el centro de su camino y que, a pesar de las dificultades, se compromete con los valores y los esquemas de Dios. 

Hoy, una comunidad cristiana que viva, con fidelidad y entusiasmo, la fe, la esperanza y la caridad, no es noticia; sin embargo, los medios de comunicación social explotan, con gusto, la vida de una comunidad cristiana que esté marcada por escándalos, por infidelidades.  

Nos estamos volviendo, poco a poco, insensibles a las cosas bellas y buenas y nos dejamos impresionar por los escándalos, por lo malo, por lo negativo.  Por eso san Pablo nos invita a fijarnos en los testimonios de fe, de amor y de esperanza que hay a nuestro alrededor y a que veamos ahí la presencia y la acción de Dios en el mundo. 

El Evangelio de San Mateo nos presentaba hoy esa frase tan polémica: dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. 

Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o también se ha utilizado como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común.  No se refería a esto Jesús cuando dijo esta famosa frase.  Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas, tanto se trate de la obligación de mandar como de la obligación de obedecer. 

Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone una religión. 

Siempre han existidos gobernantes que confunden su propio proyecto político con la causa de Dios, pero también ha habido representantes de Dios que han querido tener poder político.  Por eso se han manipulado autoridades pero también nos hemos callado antes injusticias con nuestro silencio e indiferencia, como si el cristiano no tuviera que exigir justicia y verdad.  

Por supuesto que Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel.  Jesús afirma la primacía de Dios. 

Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Nadie queda excluido de la obligación de promover una verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los cristianos. Pero tampoco nadie puede apropiarse la inteligencia y la bondad divina utilizando la religión para sus proyectos personales o partidistas. 

Si el ser humano es la imagen de Dios, éste es propiedad de Dios y con él no se puede jugar con otros intereses. Queda desautorizada cualquier pretensión de dominio absoluto sobre el pueblo, la tierra y la persona humana. 

El verdadero cristiano no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión fuera un tranquilizante; al contrario, hay que llevar el Evangelio y la presencia de Dios a la vida social, económica y política. 

El Evangelio de este día nos recuerda que hay que escuchar siempre la palabra de Dios, por encima de cualquier otro interés, y que no se puede arrinconar a Dios al mundo de lo privado. No podemos convertirnos en esclavos de las cosas, del poder ni de la religión, sino en servidores del Dios vivo.

lunes, 5 de octubre de 2020

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

El mensaje que nos quiere transmitir las lecturas de este domingo es que Dios nos ha elegido, nos ha invitado a entrar en comunión con Él, a gozar de su salvación.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de un banquete donde Dios nos dará su paz y secará las lágrimas de nuestros ojos. 

Hoy como ayer, el mundo nos ofrece muchos supuestos “salvadores” de todos nuestros problemas, por eso el profeta Isaías nos llama a la esperanza porque sabemos que Dios nos va a salvar y podremos celebrar gozosos con Él nuestra salvación. 

Dios tiene un proyecto de vida para cada uno de nosotros, y ese proyecto de vida es para todos, nadie queda excluido, a no ser que él no quiera.  Hay personas que piensan que Dios nos ha abandonado, y no es así.  Nosotros sus hijos no somos una humanidad abandonada a su suerte, somos personas a las que Dios ama, a quienes invita a formar parte de su familia y a quienes ofrece la vida plena y definitiva.  Tenemos que tomar conciencia de que no vamos solos por el mundo, Dios nos acompaña, por eso hemos de tener esperanza y confianza en nuestro caminar por esta tierra. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Filipenses, es una llamada a la solidaridad en las necesidades básicas. 

Dios nos recompensa ampliamente cuando ayudamos a los necesitados.  Hemos de compartir no sólo el Evangelio sino también nuestra ayuda material con los que menos tienen. 

Nos decía también San Pablo: Todo lo puedo en aquel que me conforta”.   Aunque tengamos problemas y tentaciones, podemos vencerlas porque tenemos con nosotros, en nosotros, a Jesucristo que es nuestra fuerza. 

La fuerza de Cristo nos da el poder para cumplir con nuestras obligaciones diarias; la fuerza de Cristo nos da la paciencia para soportar las adversidades.  Una persona que ama la justicia y la verdad tiene siempre que soportar adversidades de todo tipo; tiene que soportar incomprensiones y ataques de los enemigos. 

La fuerza de Cristo nos da el valor para vencer nuestros miedos y desconfianzas.  No tenemos que tener miedo de luchar por el bien.  Con Cristo hay esperanza para nosotros y para nuestro mundo, para un mundo mejor. 

La fuerza de Cristo nos da nos da las energías para cumplir con nuestra misión en la vida.  Cada uno tiene su propia misión en esta vida y no siempre sentimos la fuerza para llevarla a cabo y es Cristo el que nos fortalece para no caer.  Todo lo podemos, si estamos unidos a Cristo. 

El Evangelio de San Mateo nos presentaba la parábola del banquete de bodas. 

El Reino de Dios es como un banquete de bodas, como una fiesta.  Dios quiere que todos participemos plenamente de la alegría, de la vida, que seamos felices de verdad.  Dios nos llama a la vida y a la alegría. 

Dios nos llama, nos invita, pero siempre estamos ocupados para Dios. Nuestro teléfono da siempre ocupado cuando Dios llama. Como en la parábola, nos justificamos para no responder a esta invitación que Dios nos hace y ponemos excusas diciendo que tenemos cosas más importantes que hacer.  Siempre estamos ocupados para Dios.  

Dios nos llama y en vez de atender su invitación, le damos la espalda. Dios nos ofrece la oportunidad de ir a su fiesta y de tener la felicidad para siempre, y... ¿cómo respondemos? ¿No preferimos los negocios temporales a las invitaciones eternas? ¿No preferimos los banquetes de la tierra al Banquete Celestial? 

En nuestra vida diaria hay muchas cosas que nos hacen estar siempre ocupados: el deseo de ganar mucho dinero para tener una vida mejor, el deporte, la televisión, el estudio, etc., ¡De qué manera nos entregamos a las cosas del mundo, las cuales nos absorben tanto, que no nos queda tiempo para atender a Dios!

Puede ocurrir también que aceptemos la invitación del Señor pero no llevemos el traje de fiesta.  ¿Y cuál es ese traje de fiesta? Es el vestido del amor y de la aceptación. No podemos excluir a nadie de nuestro corazón. 

Cerrar la puerta a los demás, no acogerlos bien, es rechazar el banquete de Jesús, es ir sin el vestido de fiesta, porque la fiesta de Jesús es el amor y el perdón. 

No seamos sordos a la invitación divina, no dejemos pasar ocasión alguna de aceptar lo que nos ofrece. Aunque por ello tengamos que privarnos de otra cosa, estemos convencidos de que al final siempre saldremos ganando.

lunes, 28 de septiembre de 2020

 XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

 Hoy la Palabra de Dios nos invita a descubrir cómo el Señor nos mira con afecto y ternura, cuenta con nosotros.  Dios confía en nosotros. Por eso nos ofrece trabajar en su viña.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado la historia de Dios con su pueblo.  Una historia de un amor no correspondido.  Dios se acerca al hombre, lo cuida, lo defiende, pero la respuesta no suele ser un “fruto bueno” sino un “fruto amargo”.

 Dios se ha volcado en nuestra vida, nos ha mimado a lo largo de los años. Se ha desvivido con la solicitud con que un campesino cuida a su viña. Y al cabo de tanto tiempo y de tanto amor, Dios ha esperado nuestra respuesta con la misma ilusión con que el agricultor espera los frutos de su viña.

 Dios siempre tiene esperanza de que demos buenos frutos, y aunque no le demos buenos frutos, Dios no “castiga”, sino que nos deja que sigamos nuestro camino y nos demos cuenta por nosotros mismos, las desventajas que tenemos en nuestra vida al separarnos del Señor.

 Dios nos cuida, cuida de la Iglesia, cuida de nosotros miembros de la Iglesia.  Por ello hemos de esforzarnos por ofrecer a Dios una gran cosecha, no de frutas amargas sino dulces.  Hemos recibido mucho de Dios y debemos corresponder, no con palabras sino con hechos, con frutos. 

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos invita a no dejarnos llevar por la angustia y el miedo, sino a poner nuestra confianza en Dios y a elegir los valores verdaderos: la verdad, la justicia, la amabilidad, la pureza y la vida. 

Como cristianos no tenemos que vivir intranquilos y preocupados, porque somos de Cristo, y por lo tanto las dificultades son accidentes del camino que no nos tienen que apartar de Dios, porque nuestra meta es estar con Dios para siempre en el Cielo.

 El evangelio de San Mateo nos presentaba la parábola de los viñadores asesinos.

 Hoy, Jesús, con esta parábola nos está diciendo: Hijo, no mates a Dios en tu corazón”. No sólo los hombres corremos el peligro de que nos maten. También Dios hoy está en peligro.

 La gran tentación de la cultura actual es querer matar a Dios.  Silenciar a Dios.  Hay personas que creen que el hombre y el mundo sólo podrán lograr su verdadera libertad e independencia si quitamos a Dios de nuestra vida.  Ven a Dios como el gran enemigo del hombre y de su libertar.  Piensan que hay que matar a Dios para que viva el hombre. 

Pero más muere el que mata que el que muere.  Cuando intentamos matar a Dios, terminamos por morirnos nosotros mismos.  Porque sin Dios ¿qué es y qué sentido tiene el hombre?  Si destruimos la brújula y destruimos el faro, ¿a dónde nos dirigimos? 

Hay muchas maneras de querer matar a Dios. 

La primera, el silencio sobre Dios. ¿Podemos hablar de Dios hoy en la calle, en política, en economía, en nuestra vida social?  ¿Se puede hablar de Dios hoy en las reuniones de amigos, en las reuniones sociales?

 La segunda, es la indiferencia. El no ver que Dios tenga sentido en nuestras vidas y vivir como si no existiese. ¿Acaso el silencio y la indiferencia no matan más que las mismas armas?  Cuando siento que nadie habla de mí o cuando siento la indiferencia de los demás, siento que no existo para nadie.

 El silencio sobre Dios es una de las formas de “matar a Dios” de nuestra cultura contemporánea.  Pero silencio sobre Dios no sólo en la sociedad sino en el seno de las familias que se dicen cristianas.

 En muchos hogares ya no se habla de Dios. Los niños no pueden aprender a ser creyentes junto a sus padres. Nadie en casa les inicia en la fe. Lo que se transmite de padres a hijos no es fe, sino indiferencia y silencio religioso.

 No es, pues, extraño que encontremos entre nosotros un número cada vez más elevado de niños sin fe. ¿Cómo van a creer en Aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo se va a despertar su fe religiosa en un hogar indiferente?

 Hay padres que, aun sintiéndose creyentes, renuncian fácilmente de su propia responsabilidad y lo dejan todo en manos de los catequistas. Parecen ignorar que nada puede sustituir el ambiente de fe del propio hogar y el testimonio vivo de unos padres creyentes.

 No es posible transmitir lo que no se vive. No se puede enseñar a rezar al hijo cuando uno no reza nunca. No se le puede explicar por qué el domingo es fiesta si en casa no se celebra ese día de manera cristiana.

 Preguntémonos: ¿Qué espera Dios de mi hoy?

lunes, 21 de septiembre de 2020

 XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a comprometernos seria y coherentemente con Dios, un Dios que quiere construir un mundo nuevo de justicia y de paz para todos.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos hacer ver que cada uno es responsable de lo que hace; no vale echarle la culpa a los demás, ni a Dios de nuestros actos. 

Las personas nunca quieren echarse la culpa de nada de lo que ocurre.  Hay personas que no tienen lo más mínimo para vivir dignamente.  La culpa es de la economía internacional.  Hay situaciones de violencia y de injusticia.  La culpa es del gobierno que no cumple las leyes ni pone suficientes policías.

Esta manera de pensar hace que siempre encontremos una excusa a los males presentes ya que pensamos que son otros los que los causan.  Es cierto que somos solidarios en los pecados sociales y comunitarios, pero Dios juzgará a cada uno según su personal responsabilidad y conducta.  Por eso el profeta Ezequiel levantó su voz para decir que cada uno es responsable de lo que hace sea para bien o para mal. 

Ciertamente que a veces, la familia o las circunstancias en las que vivimos pueden influirnos a la hora de hacer el bien o el mal, pero siempre tendremos la oportunidad de cambiar. No debemos decir que no podemos cambiar porque venimos de una familia desintegrada o vivimos en una colonia de gente de mal vivir.  No podemos decir que porque mis padres son ladrones yo también tengo que serlo y así justificarnos para no cambiar y dejarlo que todo siga igual.  

Es cada persona quien dará cuentas al Señor de su conducta.  Y no se vale echarle la culpa a los papás, o a la sociedad en la que vivimos.  Tenemos que ver cuál es nuestra responsabilidad en tantos males como hay en la sociedad y no echarles siempre la culpa a los demás de lo que ocurre o de lo que soy. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos decía: Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”. 

A menudo nos hallamos en situaciones, con problemas, que no sabemos cómo resolver.  Ante una situación personal, familiar, de trabajo, etc., de problemas, ¿qué hacer?  Tenemos que procurar vivir los problemas con “los sentimientos propios de una vida en Cristo-Jesús”. 

San Pablo nos invita a tener un mismo amor, un mismo sentir, a tener entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo, sentimientos como la humildad, la entrega, el servicio.  Hay que tener buenos sentimientos, buenos pensamientos para que nuestro actuar sea correcto. 

El evangelio de san Mateo nos presenta a través de esta parábola, el tema de la obediencia y la desobediencia. 

A veces, decimos que y después decimos que no; otras veces llegamos a decir no, y al final de cuentas resulta que sí; o decimos que sí, pero suena más bien a quién sabe; o decimos que no, por temor al compromiso aunque sabemos que deberíamos decir que sí. 

Jesús no quiere ambigüedades, Él nos exige una clara y contundente decisión frente al Reino de Dios, una determinación que no puede quedarse en palabras bonitas pero huecas, sino que se tiene que traducir en hechos concretos.  No podemos decirle a Dios sí y luego actuar como nos dé la gana.  No podemos hacerle un juramento a Dios o comprometernos con Él y que nuestras palabras estén huecas y sin compromiso. 

Con que facilidad, a veces, decimos que sí, pero ese sí no implica ningún compromiso.  Nos decimos cristianos pero después no vivimos los valores del Reino de Dios, o nos mostramos intransigentes con el prójimo, o rechazamos el perdón y no dudamos en herir, en humillar y en despreciar a nuestro prójimo. 

Aun confesándonos católicos, vivimos de hecho alejados de la fe, abandonando las prácticas religiosas, mintiendo y cometiendo injusticias y perdiendo progresivamente la propia identidad de creyentes, con graves consecuencias morales, espirituales y sociales. Hay bastantes cristianos que terminan por instalarse cómodamente en una fe aparente, sin que su vida se vea afectada en lo más mínimo por su relación con Dios. 

Nuestra respuesta al amor de Dios nos debe llevar a un sí, sostenido y constante, que nos permita soñar metas que siempre habíamos creído inalcanzables y construir una nueva sociedad. 

No podemos ser cristianos de un día a la semana. Cristianos de una hora de misa y luego que viva la vida, sino cristianos de las 24 horas del día y de todos los días de la semana. No podemos ser cristianos que hoy le decimos que sí a Dios y mañana le decimos no. El gran problema de nosotros los creyentes es nuestra separación entre Iglesia y mundo, Domingo y semana, fe y vida. No se puede ser cristianos de luz intermitente ni semáforo que constantemente está cambiado de luz. 

Ante Dios las palabras no sirven. No son las palabras que llegan a Dios sino las disposiciones del corazón y de la vida.

lunes, 14 de septiembre de 2020

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a descubrir a un Dios que no actúa conforme a las leyes humanas. Su Justicia tiene poco que ver con nuestra justicia. 


La 1ª lectura del profeta Isaías nos recuerda que debemos buscar al Señor y seguir sus caminos; hay que dejar que Él sea el que guíe nuestra vida y no seguir los caminos desatinados de los hombres.


Si le preguntamos a la gente si creen en Dios, seguramente la mayoría nos diría que sí, pero ¿creemos en el Dios verdadero?  ¿No tenemos otros dioses a los cuales estamos sometidos y a los que les dedicamos más tiempo y más energías que al Dios verdadero?


Nuestra cultura actual, quiere prescindir de Dios.  Cree que el hombre es el único señor de su destino y que cada persona tiene derecho a construir su felicidad al margen de Dios y sus valores, considera que los antivalores del mundo pueden llegar a ser mejores que los valores de Dios.


Por eso el profeta Isaías nos invita a buscar a Dios, a volvernos a Él.  Es decir, a reorganizar nuestra vida, de modo que Dios sea el centro de nuestra existencia, que Dios ocupe siempre en nuestra vida el primer lugar.


Hay que aprovechar las ocasiones, no podemos dejar que pasen las oportunidades que la vida nos brinda para buscar a Dios. 


La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos muestra el dilema en el que se encuentra san Pablo; no sabe qué elegir si el bien de su muerte para unirse a Cristo para siempre, o seguir viviendo para ejercer su misión de servicio a la comunidad.  


Cada uno de nosotros tenemos una misión en el mundo y no podemos huir, renunciar o abandonar la tarea que Dios nos ha encomendado, hasta que esa tarea la llevemos hasta el final, aunque encontremos dificultades a la hora de cumplir con nuestra misión.  


Como cristianos debemos saber que el trabajo que realicemos por y para el Señor no será inútil a pesar de las contrariedades que podamos tener.  Hay que seguir adelante con ánimo, confiando en la ayuda del Señor y la presencia del Espíritu Santo.


El Evangelio de san Mateo nos decía hoy que todos somos invitados a trabajar en la viña del Señor y no hay trabajadores de primera o de segunda clase.


Jesús pregunta en el evangelio: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”  Hoy, nos preguntaría: “¿Por qué hay tantos cristianos pasivos que sólo reciben pero que no dan nada ni de sí mismos, ni de su tiempo, ni de su esfuerzo por el Reino de Dios?”


Hay muchas personas que piensan que en la Iglesia todo lo han de hacer los sacerdotes, las monjas y los catequistas.  Cómo cuesta convencer a la mayoría de los cristianos que todos debemos trabajar por el Reino de Dios, que también vosotros tenéis voz y podéis decir algo en la Iglesia.  No basta el capitán del barco, también se necesita el resto de marineros.


No basta una Iglesia o una parroquia con su párroco, si luego todos las demás personas, todo el pueblo de Dios permanece pasivo, sin comprometerse, sin hacer nada por su Iglesia.   San Pablo ya decía que somos muchos miembros, todos necesarios, y que por eso mismo la cabeza no puede decir a los pies no os necesito porque una cabeza sin pies o sin manos podrá tener grandes ideas, pero no podrá caminar ni podrá hacer cosas. 


La parábola del evangelio de hoy cuestiona a todos los cristianos sobre su responsabilidad de trabajar en la viña del Señor.


Durante mucho tiempo, hay que reconocerlo, no se contaba en la Iglesia con los laicos, pero a partir del Concilio Vaticano II, los fieles laicos ya no son cristianos menores de edad.  Ahora la Iglesia os llama a vosotros, os invita, quiere contar con todos vostros, tanto en la sociedad como en la Iglesia. 


Dios nos llama a todos a trabajar en la construcción de su Reino, y a todos nos promete “recompensarnos” con la vida eterna y la felicidad de sabernos Hijos de Dios. Este llamado, Dios lo hace desde un principio a todos nosotros. La parábola es una invitación a responderle al Señor que nos invita a trabajar en su viña, para poder así recibir nuestra paga, que es la felicidad en este mundo y la vida eterna.

Unos reciben la invitación siendo niños, los llamados a primera hora; otros en su adolescencia, a media mañana; hay quien oyó la llamada de Dios en la madurez, a medio día; otros escuchan la voz en la tercera edad, a media tarde; y también quien va a la viña en sus últimos años, al caer la tarde.  Cada cual tiene su tiempo y su momento. 


No olviden lo que nos dice el Evangelio hoy: también vosotros estáis invitados a trabajar en la viña del Señor, aunque sea al mediodía o media tarde.


lunes, 7 de septiembre de 2020

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de hoy nos habla del perdón.  Dios mismo nos demuestra su amor perdonando. Si vivimos superando rencores y ofensas y derramando perdón, nos parecemos a Dios.

 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico no dice que el rencor y el odio son sentimientos malos que no nos ayudan a alcanzar la felicidad y la realización como personas.
 
Con que facilidad el enfado y el mal humor ante una ofensa, ante una acción injusta, ante quien nos hiere de alguna forma.  A veces nos enfurecemos por cosas insignificantes, como con el conductor del coche que nos adelantó.  Cuanto enfado y rencor se aculan en las carreteras, en las calles.  Cuantos insultos decimos, a veces calladamente, a lo largo del día.
 
Cuantos enfados hay en el hogar.  Convertimos en un infierno lo que tiene que ser un lugar de descanso.  Cuanto mal humor reprimimos con una sonrisa falsa, para luego amargar la vida a los familiares y amigos.
 
Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo… y pasa por alto la ofensa”, nos decía hoy la primera lectura.
 
Tenemos que tomar la vida con sentido del humor, tomar a risa eso que nos altera los nervios.  Si lo hacemos, entonces, seremos más felices y haremos más felices a los demás.  Perdona la ofensa al prójimo, y se te perdonarán tus pecados. En caso contrario no esperemos que Dios nos perdone. Por eso Dios cierra las puertas de su perdón al que se niega a perdonar a los demás.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos dice que Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”.  El cristiano, tanto en la vida como en la muerte, pertenece al Señor resucitado que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida.
 
Jesús es el Señor de vivos y muertos.  Si somos cristianos, tenemos que orientar toda nuestra vida hacia Dios y orientar nuestra vida hacia Dios significa que tenemos que vivir al estilo de Jesús, es decir, hay que amar al prójimo y vivir para el Señor, y esto no se puede separar.  Quien vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo porque en la vida y en la muerte somos del Señor.
 
El Evangelio de san Mateo nos habla de un Dios lleno de bondad y de misericordia que derrama sobre sus hijos, de forma total, ilimitada y absoluta, su perdón.
 
Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Las graves matanzas que estamos sufriendo, los terribles asesinatos y los horrendos crímenes, no se pueden entender de personas con sentimientos humanos, muchos menos cristianos. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón, se nubla la razón, se endurecen nuestras entrañas y se comenten los más atroces actos.
 
¿Qué pasa en el corazón de una persona para actuar de esa manera? El odio y el rencor no sólo hacen daño a los otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos.  Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo.
 
Y no sólo pensemos en el plano meramente individual; el odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la humanidad están presenten también en el corazón del sistema social vigente. Hay pueblos, naciones enteras, que se mueven por sentimientos de odios y revanchas.
 
La mejor manera de decir que somos discípulos de Jesús es perdonando, o dicho de otra manera, amando a los enemigos.  Amar a los que nos aman y nos tratan con consideración no tiene ninguna dificultad; pero amar a quien juzgamos que nos ha ofendido, requiere un heroísmo grande y una grandeza de corazón. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a actuar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente.
 
Sólo quien se sabe amado por Dios es capaz de amar gratuitamente a los demás, y sólo quien ha experimentado la grandeza del perdón de Dios, será capaz de superar las ofensas y dar de corazón el perdón. Es tratar a los demás como Dios nos ha tratado a nosotros.
 
El ejemplo de Jesús es por demás evidente: hemos recibido miles de regalos de Dios, la vida, la salud, la familia, el tiempo… y somos malagradecidos ofendiéndolo con nuestros pecados. Recibimos su perdón, solamente porque nos ama. Pero por el contrario, nos sentimos muy indignados cuando un hermano no nos ha ofrecido el saludo, no ha respetado nuestro derecho o nos ha faltado en alguna cuestión. No hay proporción entre el amor que Dios nos otorga y el perdón que debemos ofrecer.
 
Sólo experimentando el amor que Dios nos tiene, seremos capaces de superar nuestros deseos de venganzas.