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lunes, 14 de diciembre de 2020

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B) 

Llegamos al final del Adviento. Hemos completado la iluminación del altar con la cuarta vela de nuestra corona.  A lo largo de tres semanas, la Iglesia ha querido prepararnos para la venida de Jesús en la Navidad y para su venida definitiva al final de los tiempos. 


La Navidad no se improvisa, hay que prepararla. La Navidad no puede reducirse a preparativos ambientales de nacimientos, árboles, villancicos, luces, comidas, etc. Es también necesaria una preparación interior este es el sentido y la finalidad del Adviento que estamos concluyendo.


La 1ª lectura del segundo libro de Samuel nos ha relatado cómo el rey David, que sabe que todo lo que es y todo lo que tiene se lo debe a Dios, quiere construir un templo para Dios. El rey David decía: “yo habito en una casa de cedro, mientras el Arca de Dios habita en una tienda”. 


El profeta Natán le hace ver a David que esa no es la voluntad de Dios, que eso no es lo que Dios quiere.  Dios no quiere templos ostentosos, sino que para Él la mejor morada es la persona humana misma.  Dios quiere habitar con su pueblo, ser Dios con nosotros.  Cada cristiano, en la medida que acoge a Dios en su interior, se convierte en templo de Dios.  


¿Qué acogida encuentra Cristo en nuestro corazón y en nuestra vida?


La 2ª lectura, de San Pablo a los romanos, nos dice que Dios tiene un plan de salvación que ofrecer a los hombres.


Dios se preocupa por nosotros y Dios nos ama, y ese amor no es un amor pasajero, sino que forma parte del ser de Dios y está siempre en la mente de Dios amarnos a todos sus hijos.  Por ello no olvidemos esto: no  somos seres abandonados a nuestra suerte, perdidos y a la deriva en un universo sin fin; sino que somos seres amados de Dios, personas únicas e irrepetibles que Dios conduce con amor a lo largo del camino de la historia y Dios tiene un proyecto eterno de vida plena, de fidelidad total, de salvación. 


Prepararnos para la Navidad significa preparar nuestro corazón para acoger a Jesús, para aceptar sus valores, para comprender su manera de vivir, para adherirse al proyecto de salvación que, a través de Él, Dios Padre nos propone.


El Evangelio de san Lucas nos ha narrado la Anunciación a María.


De María debemos aprender las actitudes básicas que tenemos que tener para poder encontrarnos con el Señor.  La primera actitud es la fe.  Fe, es decir, confianza en Dios, confianza en que Dios cumplirá sus promesas de salvarnos, aunque nosotros no comprendamos, a veces, los caminos y los métodos de Dios.


La segunda actitud a imitar de María es la esperanza.  Esperanza de que el mundo y nosotros mismos a pesar de nuestras debilidades y errores, nos dirigimos hacia el encuentro definitivo con Dios.  Y en tercer lugar, hemos de aprender de María la disponibilidad.  La disponibilidad que se desprende de esas palabras de María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.  Hemos de estar disponibles para que Dios haga de nosotros lo que quiera, para aceptar sus indicaciones para nuestra vida.  En una palabra disponibilidad para tomar a Dios en serio, y dejar que Él sea el centro de nuestra vida.


Hemos de aprender también de María a aceptar los planes de Dios.  Gracias a María, el Hijo de Dios se hizo hombre y vino a cambiar el sentido de nuestro mundo.  Vino a construir el Reino de Dios entre los hombres, a decirnos que la humanidad puede y debe vivir en convivencia de paz, de justicia, de libertad, que podemos formar una humanidad de verdaderos hermanos.  Este es el proyecto que Dios quiere para nuestro mundo, para nuestra sociedad.


María nos enseña también a vivir la vida, la vida de cada día optando por hacer el bien, porque a esto nos llama Dios, a vivir comprometidos cada día haciendo todo el bien que podamos.


Gracias a María, Jesús entró en nuestra historia, se hizo el Dios con nosotros, y esto no es un cuento.  Esta es la gran verdad que nos recuerda la Navidad, a pesar de que muchas personas se olvidan de esta gran verdad de la Navidad.  Dios se hace hombre, para acompañarnos en la vida y para que vayamos realizando en nuestra vida la construcción del Reino de Dios, un reino de justicia, paz y libertad.  Para esto se hace hombre.


La gran noticia para la Navidad es que Jesús nos da la oportunidad a todos de poder ser y vivir como verdaderos hermanos entre nosotros, ser los hijos de Dios.  Esta es la gran noticia, la gran alegría que se le comunica hoy a María, porque nos nace el Salvador.


Alegrémonos hoy con María y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que a lo largo de los siglos han dejado que Dios naciese en su corazón.  


Que María nos ayude a todos a vivir estas fiestas de Navidad con alegría porque, como ella, preparamos nuestro corazón para que pueda nacer en nosotros nuestro Mesías, nuestro Salvador.


lunes, 7 de diciembre de 2020

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

El tercer domingo de Adviento se llama “Gaudete”, es decir domingo de la alegría.  La alegría es el gran signo de Dios.  La alegría es parte de una Iglesia que confía en Dios, que mira compasiva a los necesitados, que celebra la vida y que apuesta por ser signo de un Niño que seguirá transformando corazones y renovando la humanidad.

El profeta Isaías, en la 1ª lectura, nos recuerda su vocación y la misión que Dios le ha encomendado. Ha sido “ungido”, es decir consagrado para una extraordinaria aventura: llevar el gozo, la alegría a quienes carecen de ella.

Dios cumple sus promesas y esta es la señal: los pobres reciben la Buena Noticia.  Esto quiere decir que Dios cura los corazones rotos: ¡hay tanto desamor en nuestro mundo!; proclama el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros: ¡cuántas esclavitudes nos domina!  Dios viene a dignificar a todos los seres humanos: ¡no basta con ayudar al pobre, sino que debemos hacer de él un hombre digno!

Dios pregona el año de gracia del Señor: ¡Sólo es posible que la gracia llegue a todos si eliminamos la pobreza y sus causas injustas!  Es decir tenemos que trabajar por un nuevo orden internacional donde el hombre deje de ser explotado por el propio hombre.

Hoy seguimos, como en épocas pasadas, excluyendo a una parte importante de la población mundial del derecho a una vida digna.  La falta de justicia se manifiesta como una constante a lo largo de la historia y hoy se justifica esa falta de justicia mediante una sutil manipulación de las fuentes de información.  La exclusión, la pobreza, no sólo no disminuyen sino que van adoptado nuevas formas y se propagan con mayor velocidad. 

Por eso el hombre necesita urgentemente un Salvador, pero un salvador que sea hombre entero y verdadero, pero que sea también un Dios. Necesita un Salvador que aporte luz a sus pasos inciertos, que lo cure de muchas enfermedades, que le dé razones para vivir, que le enseñe lo que es la vida, que entone el himno de la libertad y de la alegría. Un Salvador que nos diga dónde está la verdad del hombre y de Dios. Este Salvador es Jesús.

San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, nos habla de la alegría. 

No parece fácil mantener un ritmo de alegría y gozo en estos tiempos nuestros marcados por el desencanto, el desengaño y el pesimismo.

Podríamos preguntarnos: ¿Podemos hoy vivir alegres? ¿Tenemos derecho a estar alegres? Cuando pensamos en los problemas que nos rodean, cuando experimentamos la crisis económica y la inseguridad, cuando ha muerto una persona querida… ¿podemos estar alegres? Cuando muchas personas mueren de hambre, cuando muchos pueblos están en guerra, cuando es pisoteada la dignidad de tantas personas… ¿podemos estar alegres? Con todo, san Pablo nos ha dicho hoy: “Estad siempre alegres”.  Esto significa que la alegría es posible. Los cristianos debemos reivindicar la alegría, porque creemos y tenemos esperanza. Los problemas que he dicho al principio son reales, existen de veras. Pero no nos podemos resignar a quedarnos sin hacer nada. Debemos aportar una solución.

En medio de los problemas podemos experimentar la alegría, porque el mundo puede cambiar. Armados con la fe, la esperanza y la alegría, podemos hacer mucho más de lo que podemos imaginar.

El Evangelio de san Juan nos presenta la figura humilde y sincera de Juan el Bautista.

Juan es obligado a decir quién es y él responde: “Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”. 

Hoy en día hay muchas voces que gritan por todas partes: en los mercados, en las plazas, en las calles, en los periódicos, en la televisión, etc.  Son voces que nos obligan a comprar, a protestar, a aceptar ciertas mentiras, a hacernos más egoístas e insolidarios.  Son voces que nos hablan de guerras, violencia, placer, etc.  Sin embargo, la voz de Juan es única: “Allanad el camino del Señor”.  Con esto nos dice Juan que por otros caminos no encontraremos a Dios.

Nuestro testimonio como cristianos es ser en medio de este mundo una voz diversa.  Una voz que denuncia aquellos caminos que no conducen a Dios, esos caminos que son el egoísmo, el engaño, la mentira, la injusticia,  esos caminos no nos llevan a Dios.

Juan, una vez que se ha definido como la voz, también aclara los equívocos sobre su persona, él no es el Mesías, el Mesías es otro que viene detrás de él.  Juan es simplemente un testigo.

Juan es el testigo que Jesús ha querido enviar, y Jesús quiere seguir enviando testigos a nuestro mundo. Dispongámonos para serlo también nosotros, para ser su voz y su luz, y como hemos oído al Bautista, “allanemos el camino” para que nos resulte más fácil recibir internamente el Espíritu que Jesús nos quiere comunicar y llegar a sentir la experiencia gozosa de su presencia.

Alegrémonos en este domingo en el Señor, porque Él está en medio de nosotros y nos invita a ser más humanos, más fraternos, más solidarios, para así poder celebrar una Navidad más cristiana.

lunes, 30 de noviembre de 2020

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

Hoy celebramos el segundo domingo de Adviento.  Las lecturas que hemos escuchado hoy nos ayudan a descubrir los obstáculos con los que vamos tropezando en nuestra vida diaria, en nuestro caminar hacia Dios, y, a la vez nos ofrecen esperanza para convertir nuestro corazón a Dios y vivir en justicia y paz.

La 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla del don de la Consolación de Dios hacia su pueblo.  Dios, a pesar de los pecados del pueblo, permanece fiel. 

Dios no nos ha abandonado ni nos ha olvidado.  Hoy podemos sentirnos hundidos y fracasados porque la violencia y el terrorismo llenan de sangre y sufrimiento la vida de tantas personas o porque los pobres y lo débiles son olvidados y no son tenidos en cuenta, o porque la sociedad global se construye con egoísmo, con indiferencia.  Sin embargo Dios es fiel a los compromisos con nosotros sus hijos, Dios no está al margen de lo que nos ocurre. 

En nuestros días quedan muchas barreras por derribar y muchos obstáculos por superar para que el pueblo de Dios pueda vivir tranquilamente en su casa, en medio de un mundo pacífico, unido y fraterno. Un mundo en el que los más pequeños sean los más queridos, y las relaciones humanas pasen por el corazón más que por las armas. Muchas veces, la tarea parece imposible, pero no es imposible, porque sabemos que Dios viene a consolarnos.

Dios nunca nos ha abandonado, somos nosotros los que nos alejamos del calor y del cariño de Dios, por eso la primera lectura de hoy nos invita a volver a casa, porque Dios quiere caminar con nosotros, para ello enderecemos todo lo torcido que haya en nuestra vida, igualemos todo lo que nos hace crear diferencias entre los seres humanos, todos somos iguales, y entonces, Dios mismo acompañará nuestro regreso a casa.

San Pedro, en la 2ª lectura, responde a los incrédulos que no creen en la segunda venida del Señor.

Si Dios tarda, no es porque le cueste mucho cumplir lo que promete. Es porque tiene misericordia y da tiempo a los que necesitan tiempo para convertirse.

Dios es grande y su misericordia infinita, su amor a los hombres inagotable. Lo que a nosotros nos parece tardanza no es otra cosa que paciencia y misericordia con los pecadores, pues “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Sin embargo, los hombres no debemos abusar de tanta misericordia y perder el tiempo que Dios nos da para convertirnos. Pues lo cierto es que el día del Señor llegará cuando menos se piense, repentinamente, como llega un ladrón sin dar aviso. Hay que vigilar en todo momento.

El evangelio de San Marcos nos pone la figura de Juan el Bautista.  Desde la austeridad, la justicia y la honradez, Juan se dirige a sus contemporáneos y les anuncia que la llegada de Dios está muy cercana.

Para ello, nos invita a preparar el camino para el Señor.  Esto significa optar por un modo nuevo de vivir como personas, como el Señor quiere, y para ello hay que convertirse. 

La conversión no es invitación para dejar nuestra vida y tomar la de otros.  La conversión que Dios quiere es que seamos sus hijos, que vivamos como hermanos entre nosotros. Dios nos ha dado la posibilidad de disfrutar de lo bueno y lo bello, de que hagamos el bien, nos ha hecho capaces de amar y nos ha dado el dominio del mundo, pero ¿estará Él conforme de cómo lo hacemos, de cómo lo llevamos entre nuestras manos?

Por eso grabemos hoy con claridad en nuestra mente lo que significa conversión.  La llamada a la conversión es una llamada que viene del Dios que nos ama, que quiere nuestro bien. La conversión consiste ante todo en que echemos una mirada a nuestro interior para descubrir cuales son de verdad nuestros deseos, nuestra voluntad y purificarlos ante el criterio del amor. Lo que Dios quiere y desea de cada uno de nosotros es que amemos.

Hemos de convertirnos de nuestro egoísmo y nuestra superioridad, de la agresividad y violencia, de la mentira y del desamor, del pecado que se aloja en nuestro corazón, para empezar a ser generosos, humildes y pacíficos, acogedores y serviciales, sinceros y testigos de esperanza. Sin olvidar los pecados de omisión: ¡cuánto bien dejamos de hacer y cuánto testimonio dejamos de dar por cobardía, comodidad o descuido!

La figura de Juan el Bautista nos recuerda en este tiempo de Adviento, que todo creyente, si lo es de verdad, estamos llamados a acercarnos a Jesús, a reflexionar ante Él en nuestra propia vida. A tratar de vivir el camino verdadero que nos lleve a ser lo que Dios espera de cada uno y a dar testimonio, ser luz y testigos de Jesús, de su palabra, de sus valores ante nuestros hermanos.

Así nos iremos convirtiendo y prepararemos el camino del Señor como nos pide el Bautista, para que esta Navidad, el Señor pueda entrar en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestra historia y en nuestro mundo.

lunes, 23 de noviembre de 2020

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

Hoy estamos comenzando un nuevo año litúrgico.  Comenzamos el tiempo de Adviento.  Adviento significa “el que viene”, o “el que ha de venir”, y con esto la Liturgia nos quiere ayudar para prepararnos a recibir al que “ha de venir”, es decir a Cristo. 

El tiempo de Adviento tiene un doble significado: es tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida de Dios a los hombres, y a la vez es un tiempo de prepararnos hacia la llegada de la segunda venida de Cristo, al fin de los tiempos. Por este doble motivo, el tiempo de Adviento aparece como un tiempo de devota y gozosa espera. 

La 1ª lectura del profeta Isaías, es un clamor, un grito, una sentida oración que nace de lo más profundo del corazón: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!
En tu presencia se estremecerían las montañas.
 El pueblo de Israel se sentía huérfano y perdido y clama a Dios como padre, por un Salvador.

Quizás, en más de una ocasión nos hemos preguntado: ¿por qué permite Dios que nos desviemos de sus caminos? ¿Por qué permite Dios tanta injusticia? ¿Por qué no arregla Dios este mundo de una vez para siempre? 

La respuesta a estas preguntas es que muchas personas prescinden de Dios en sus vidas y no viven los mandamientos. 

Como cristianos hemos de reconocer que sólo Dios puede salvar y redimir a este mundo.  Nosotros, por nosotros mismos, somos incapaces de superar la indiferencia, el egoísmo, la violencia, la mentira, la injusticia que tantas veces están presentes en nuestra vida. Cuando uno contempla los males del mundo: hambre, guerra, violencia, injusticia, terrorismo, etc., y comprobamos la impotencia de la humanidad para salir de esta situación, nos damos cuenta que esto ocurre porque nos olvidamos de Dios, el mundo se olvida de Dios y hemos de tomar conciencia de que Dios es nuestro Padre y nuestro Salvador y Él está siempre dispuesto a ofrecernos, gratuita e incondicionalmente, la salvación.  ¿Estamos dispuestos en este Adviento que estamos comenzando a acoger a Dios en nuestra vida? 

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios, nos recuerda que Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su Espíritu. 

A través de los dones que Dios nos da, Dios viene a nuestro encuentro y nos manifiesta su amor.  Y a pesar de esos dones que Dios nos da nos cansamos, nos fatigamos y corremos el peligro de abandonarlo todo. Por eso, debemos reavivar la esperanza.  No hay por qué desanimarse.  Los dones que Dios nos da son para que seamos fieles a Él y seamos felices.  Por ello hemos de estar vigilantes y preparados para acoger a Dios que viene a nuestro encuentro y nos muestra su amor a través de sus dones que nos da y hay que estar vigilantes para que esos dones no sean utilizados para fines egoístas. 

El Evangelio de san Marco, nos invita a esperar en el Señor. Pero esperar y confiar en Dios, no significa descuido y no hacer nada.  No nos olvidemos que el tiempo y sobre todo nuestro tiempo se acaba. 

La tarea que tenemos entre manos, que Dios nos ha encomendado es inmensa y no podemos echarnos para atrás y encomendársela a otros.  Cada uno de nosotros, como cristianos, nos hemos comprometido a seguir a Jesús, nos hemos responsabilizado de construir, junto con Jesús, un mundo más justo y más fraterno.  Dios ha creado este mundo con todo lo bello y bueno que hay para que nosotros, responsablemente lo gobernemos y lo cuidemos. 

Por eso, Dios quiere que seamos una humanidad de verdaderos hermanos, porque Dios nos quiere a todos como hijos y espera que nos encontremos con Él al final de los tiempos. 

Mientras llega ese final de los tiempos, el evangelio de hoy nos invitaba a estar vigilantes.  A estar siempre preparados.  No podemos jugar con Dios y dejar de lado lo que debemos hacer hoy para mañana.  No podemos esperar a que la tarea que Dios nos ha encomendado, la realicen otros.  A todos nos toca trabajar y estar vigilantes.  La venida del Señor será cuando menos lo pensemos y Él quiere encontrarnos dispuestos para abrirnos la puerta y entrar con Él al Reino de los Cielos. 

Por eso el Adviento, más que un tiempo limitado a estas cuatro semanas, ha de ser una actitud permanente, para vivir siempre comprometidos con Dios, con los hermanos en la construcción de un mundo mejor.  Todos podemos responder a la llamada de Dios: aliviando sufrimientos, tratando de hacer felices a los demás, cada uno según sus posibilidades, pero todos tenemos capacidad para ayudar. 

No olvidemos de pensar en estos días cómo llevar a cabo nuestro compromiso con Dios.  Compromiso que puede empezar por nuestra familia, nuestros amigos, nuestro trabajo.  No olvidemos que allí donde haya alguien que trabaje por la paz, por la justicia, por ayudar a quienes sufren allí está presente, allí nace Jesús, no le demos la espalda. 

Por eso la mejor actitud que podemos tener para este Adviento es vigilar: ¡Velemos porque nos sabemos ni el día ni la hora! 

Vigilar porque estamos malgastado nuestra vida, nuestra realización como personas.  Hay que despertar de nuestra indiferencia e involucrarnos en la promoción del ser humano.  Que este Adviento sea tiempo de esperanza, hagámosla realidad con Jesús nuestro hermano.

lunes, 16 de noviembre de 2020

 

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (CICLO A)

Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.   Hoy es el final del año litúrgico cristiano.   La fiesta de “Jesucristo, Rey del universo” es la culminación de todas las fiestas del Señor que hemos celebrado a lo largo del año. 

La 1ª lectura, del profeta Ezequiel, utilizaba la imagen del Buen Pastor para representar a Dios y para definir su relación con los hombres.  La imagen del Buen Pastor nos muestra la preocupación, el cariño, el cuidado, el amor de Dios por su Pueblo.  

En el Antiguo Testamento al rey se le representaba muchas veces bajo la figura del pastor que debía hacer justicia de acuerdo a las necesidades de cada uno de las personas de su pueblo.  Sin embargo, esto no había sido así. 

Apacentarse a uno mismo, y no apacentar al pueblo, es provocar la corrupción política, económica...; apacentarse, y no apacentar, es buscar el lucro por encima del interés del pueblo, es dar puestos de trabajo al compañero del partido por encima de la valía de otras personas mucho mejor preparadas; apacentarse, y no apacentar, es engañar al pueblo sencillo prometiendo y no dando. 

Apacentar es estar cerca del oprimido, del pobre, del que no puede devolvernos nada porque nada tiene. Apacentar es tratar con el marginado, con el pobre que recorre nuestras calles para poder malvivir. Apacentar es salir en defensa del desvalido frente a los poderosos y prepotentes de la vida. 

Trabajemos todos por una sociedad más justa que es lo que todos anhelamos y es la meta que todos deseamos para vivir en un mundo más feliz.  Esto es lo que esperamos y deseamos de todas las autoridades: que hagan justicia igual para todos y que construyan un mundo más justo.  

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios nos dice que la meta final del hombre es el Reino de Dios. 

Contrariamente a lo que suelen prometer las autoridades y gobernantes de este mundo, Cristo promete a sus discípulos, a quienes quieran pertenecer a su Reino: sufrimientos, persecuciones, duros trabajos, etc.  Parece que este no es un programa demasiado atractivo comparado con lo que ofrecen los gobernantes: triunfo, éxitos, puestos importantes, seguridad, comodidades, etc.  Pero hay algo especial que ofrece el mensaje de Jesús y que no pueden ofrecernos los demás.  Es lo que nos decía hoy san Pablo: “Cristo ha resucitado de entre los muertos”… “en Cristo todos serán vivificados.” 

Con la destrucción de la muerte, Cristo ha destruido también todo poder y dominación del maligno en este mundo y así un día, cuando llegue la total purificación y destrucción de todo mal en el mundo, podremos reinar también nosotros con Cristo en el cielo para siempre.  Ese es nuestro destino, esa es nuestra meta: el Cielo. 

El evangelio de San Mateo, nos presentaba ese juicio de Dios, ese encuentro último y definitivo de Jesucristo Rey del Universo con todos los hombres y mujeres de todas las naciones, de toda la humanidad. 

Dios no está lejos, Dios está cerca, nos lo decía el evangelio de hoy.  Dios está en el pobre, en el enfermo, en el preso, en el marginado.  Y Jesús nos dice hoy que no son nuestras creencias ni nuestros sentimientos, ni nuestras palabras lo que va a tener en cuenta para salvarnos, sino nuestras obras de ayuda solidaria.  Es decir el amor al hermano necesitado, es por tanto, la condición esencial para formar parte del Reino de Dios. 

No nos confundamos, no nos escudemos diciendo que el bienestar de los pobres depende de los políticos, no se trata de hacer política o no, sino de pensar a quiénes estamos apoyando nosotros como cristianos.  Un creyente debe apoyar a las organizaciones que favorezcan mejor a los más necesitados y abandonados. 

Hoy como siempre se nos pide dar un vaso de agua a quien encontremos sediento, pero además se nos pide ir transformando nuestra sociedad con justicia, al servicio de los más necesitado y desposeídos. 

Dios reina donde hay hombres y mujeres, cuya preocupación no es sólo trabajar para ganar dinero, sino que su vocación es hacer el bien no sólo gratuitamente sino también eficazmente, por eso hay que apoyar a las instituciones que trabajar por establecer la justicia, por crear condiciones en las que la vida sea verdaderamente humana. 

El evangelio de hoy nos cuestiona con esta pregunta: ¿qué hago yo por remediar, por ayudar a los hermanos que sé están sufriendo en esta vida? 

No lo olvidemos si queremos formar parte de ese Reino de Dios, todo depende de lo que hagamos con los necesitados de este mundo, y así iremos construyendo el Reino de Dios desde aquí y ahora.

lunes, 9 de noviembre de 2020

 XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos.  Dios nos ha dado muchas cosas en la vida y todas ellas las tenemos que hacer fructificar para no llegar al encuentro de Dios con las manos vacías. 

La 1ª lectura del libro de los Proverbios hace un elogio de la mujer ideal dentro de la familia. 

La igualdad entre el hombre y la mujer no es algo que ya vivamos.  En parte porque, en muchos sectores de la vida la mujer sigue ocupando un puesto secundario.  Tenemos que admitir que hombre y mujer somos iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, porque ambos somos seres humanos. 

No podemos ignorar la marginación y la sumisión en que la mayoría de los países ha tenido y sigue teniendo a la mujer.  Es una pena que muchos hombres que se llaman cristianos han explotado a las mujeres a través de los siglos.  En la casa han mirado a las mujeres como objetos de deseo.  En el trabajo han pagado a las mujeres menos que a los hombres y a menudo han exigido más horas de trabajo que a los hombres.  Por eso podemos hablar de los pecados contra las mujeres que hemos cometido a lo largo de los siglos.  

Hoy, se insiste en la igualdad del hombre y de la mujer, y esto es así, porque Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.  Ahora bien esta igualdad no ha de hacer que la mujer olvide el sentido de la maternidad que no está reñido con su desarrollo ni con un trabajo profesional.  La mujer debe tener en alta estima el ser madre, en ser transmisora de la vida. 

Como cristianos debemos esforzarnos cada día para que la mujer crezca cada día más como personas, que sea cada día más ser humano y no sólo objeto de placer, que la mujer sea cada día más mujer. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses nos decía que la vida del cristiano ha de estar marcada por una actitud de vigilancia y preparación. 

Hoy día, de vez en cuando, se alzan voces diciendo que el fin del mundo está próximo. De ahí que San Pablo nos dice que no debemos estar preocupados por el momento de la venida del Señor, sino por estar preparados para cuando esa venida tenga lugar. Mientras llega el día de la muerte, el cristiano ha de encarnarse en “el trabajo de cada día”, que es la única forma de presentarse ante Dios, pronto o tarde, con las manos medianamente llenas de amor al hombre. 

El Evangelio de san Mateo nos hablaba de las cuentas que el hombre ha de rendir a Dios. En la época de Jesucristo, un “talento” significaba unos 35 kilos de metal precioso. En esta parábola el Señor usa los talentos para significar las capacidades que Dios da a cada uno de nosotros, las cuales debemos hacer fructificar. 

Dios nos ha hecho a cada uno administradores de sus bienes y dones.  Mientras hay personas que invierten en la Bolsa, en los Bancos o en otros negocios, Dios invierte todo en nosotros.  Nosotros somos la Bolsa de inversiones de Dios. 

Los dones que hemos recibido no son nuestros, son de Dios que nos los ha dado para que los pongamos a trabajar.  Dios no quiere que se los devolvamos tal y como Él nos lo ha dado, sino convertidos en nueva cosecha.  Un agricultor siembra sus granos de trigo no para recoger luego otro grano, sino para que cada grano dé una espiga. 

Esto nos obliga a preguntarnos no si tenemos fe, sino qué hacemos con nuestra fe. ¿La compartimos con los demás? No es cuestión de preguntarnos si tenemos esperanza, sino cómo compartimos nuestra esperanza para que también los demás sigan esperando.

No es cuestión de preguntarnos si tenemos amor en nuestros corazones, sino a cuántos amamos y cuántos se sienten amados. No es cuestión de preguntarnos si somos Iglesia sino qué hacemos nosotros con la Iglesia. Si le damos vida a la Iglesia, creamos más Iglesia, hacemos más bella la Iglesia.

No es cuestión de preguntarnos si creemos en Dios, sino qué significa Dios en nuestras vidas y que hacemos con Dios en nuestros corazones. 

De los tres de la parábola, dos negociaron sus talentos y uno se los guardó por miedo a perderlo. Dios no quiere cobardes que viven del miedo sino que vivan arriesgándose cada día por Él. Dios no quiere cajas fuertes donde guardamos sus dones, sino cristianos que se arriesgan por Él. Dios no necesita de cobardes, Dios no necesita de cristianos embalsamados, sino de cristianos que viven, que se arriesgan y hacen fructificar los dones del Señor. Cristianos que saben dar la cara por Él. Cristianos que saben compartir con los demás los dones que han recibido. 

En la Iglesia de Dios no hay discapacitados. Todos valemos para algo. No podemos enterrar nuestro talento. Si no valemos para hacer las grandes cosas, valemos para cosas pequeñas. Tenemos los dones que el Señor nos ha dado y delante de nosotros está un mundo inmenso para trabajar. Que el Señor no nos llame nunca “siervo inútil y holgazán”.

lunes, 2 de noviembre de 2020

 XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo es una fuerte llamada a la esperanza.  Sin embargo, esa esperanza la hemos de vivir desde la responsabilidad y la vigilancia, pues Dios no duerme y está viniendo a nuestro encuentro, sin avisar ni el día ni la hora de su llegada. 

La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, hacía un elogio de la sabiduría y nos invitaba a buscar la sabiduría que ilumina nuestra vida y que nunca se apaga. 

 La “sabiduría” de la que nos habla la primera lectura es distinta a lo que nosotros llamamos cultura o capacidad para conocer muchas cosas. 

La “sabiduría” de la que nos habla la Palabra de Dios es la capacidad de descubrir a Dios en el mundo y en sus acontecimientos; es la “luz” que nos lleva a caminar hacia el Señor en medio de las oscuridades y desconciertos de la vida. Por eso es importante “buscarla” porque nos hace amigos de Dios y nos conduce al Reino. 

Es sabio quien encuentra el camino que lleva a Dios y lo recorre sin confusión, aunque carezca de cultura humana. Esa sabiduría se alcanza abriendo el corazón a Dios y practicando sus mandatos, aunque no se tengan grandes estudios. Hay grandes sabios para las ciencias, pero perfectos ignorantes para Dios. Sin embargo, hay muchísimas gentes que carecen de conocimientos científicos y son los sabios para Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Tesalonicenses, nos habla de la esperanza y la confianza en el Señor. 

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para cada hombre; y que ese proyecto se hará realidad cuando nos encontremos definitivamente con Dios. 

Nuestra vida presente no es, una vida sin sentido y sin finalidad; es un camino, aunque a veces, con sufrimiento y dolor, hacia la vida total con Dios.  Esto no quiere decir que ignoremos las cosas buenas de este mundo, viviendo solamente a la espera de alcanzar el cielo; nuestra vida presente debe ser, ya en este mundo, una búsqueda de la felicidad, por ello, no podemos conformarnos con todo aquello que nos roba la vida y nos impide alcanzar la felicidad completa. 

No podemos vivir con miedo: tenemos que comprometernos en la lucha por la justicia y por la paz, sabiendo que la injusticia y la opresión no pueden poner fin a nuestra vida inmortal.  En la medida que nos comprometamos a hacer el bien y vayamos construyendo un mundo nuevo, estamos anunciando la resurrección de todos nosotros. 

El evangelio de san Mateo, nos presentaba la parábola de las 10 jóvenes que van a la boda. Con esta parábola el Señor nos está llamando a la responsabilidad. 

Hay cristianos que piensan que pueden vivir su fe al margen de la Iglesia y de los sacramentos. No participan de la Eucaristía, no celebran el sacramento de la confesión. No tienen un encuentro real con Cristo a través de los sacramentos; no viven según los valores de Dios. Por ello el Señor nos dice que si somos cristianos hemos de ser responsables al vivir nuestra fe. 

Y la verdad es que esta llamada a la responsabilidad no es fácil hacerla en un mundo como el nuestro. Vivimos desencantados de tantas y tantas promesas que no se han cumplido. 

Y mientras tanto nuestra fe se debilita poco a poco.  Hay personas que ya no saben lo que es pecado. Algunos piensan que no tienen pecado porque no han hecho mal a nadie o no han matado. Y no nos damos cuenta de los tres grandes pecados capitales de nuestro tiempo que todos cometemos: la insolidaridad, la intolerancia y la falta de compromiso tanto a nivel social como en la Iglesia. 

Hay hambre en el mundo porque somos insolidarios; hay guerras porque somos intolerantes en las ideas; no hay un verdadero desarrollo sustentable porque no nos comprometemos con nada ni con nadie. 

El Señor nos llama hoy al compromiso, a revitalizar nuestra fe, a redescubrir el sentido de la vida que quizás habíamos perdido, a responsabilizarnos todos de nuestra Iglesia. 

Nuestra fe nos habla de que tenemos que estar preparados para el encuentro con el Señor porque no sabemos ni el día ni la hora, pero el Señor viene ya a nuestro encuentro aquí y ahora, invitándonos a mantener viva nuestra fe, a seguir en pie ante las dificultades, a comprometernos en la lucha por un mundo mejor, cada uno desde su lugar, con sus muchas o pocas posibilidades, pero con el corazón puesto en ese día feliz en que descansaremos en los brazos del Señor. 

Que el Señor nos encuentre a todos vigilantes y preparados para entrar con Él en su Reino.