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lunes, 19 de abril de 2021

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)

Hoy, nosotros que somos la Iglesia, celebramos a Cristo-resucitado Buen Pastor.  

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Jesucristo como el único salvador: “no hay salvación en ningún otro”. No nos dejemos engañar por otras personas, por otros caminos que nos presentan propuestas falsas de salvación.  

A veces el camino de salvación que Jesús nos propone está totalmente en contradicción con los caminos de supuesta salvación que nos proponen los líderes políticos, o las modas o la opinión pública; y nosotros tenemos que elegir coherentemente de acuerdo a nuestra fe y a nuestro compromiso cristiano.

A la hora de elegir entre lo que nos propone Jesús y lo que nos proponen otros líderes, no nos olvidemos que la propuesta de Jesús tiene el sello de garantía de Dios, y no olvidemos que el camino que nos conduce al encuentro con Dios, es sólo el camino de Jesús.

Para nosotros los cristianos, Cristo ha de ser “la piedra angular” sobre la cual construimos nuestra vida y la historia de nuestro tiempo.  ¿Es Cristo, para nosotros, el punto de referencia de todo lo que hacemos?

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos recuerda que Dios nos ama con un amor sin límites y por eso somos hijos de Dios.  Ser hijos de Dios significa que todos los hombres tenemos la misma “categoría”, el derecho al mismo respeto y podemos exigir ser tratados todos de la misma manera porque nadie es más hijo de Dios que otro, todos podemos decir: “¡soy hijo de Dios!”

¿Cómo debemos responder los hijos de Dios al amor que Él nos tiene?  El hijo de Dios es aquel que responde al amor de Dios viviendo coherentemente su fe, esto quiere decir, respetando y cumpliendo los mandamientos de Dios; viviendo el amor al prójimo, a ejemplo de Jesucristo.

Vivir como hijos de Dios implica que muchas veces hemos de tomar opciones y hay que desechar aquellas opciones que están en contradicción con los valores de Dios aunque esto suponga que nos desprecien, se rían o no nos tomen en cuenta.  No olvidemos que Jesús también fue rechazado por eso mismo.  Los cristianos no debemos tener miedo de ser coherentes con nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado a Jesús como el Buen Pastor.  Jesús mismo nos ha dicho cuáles deben ser las cualidades del Buen Pastor. 

La primera cualidad del Buen Pastor es que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas.  Él nos conoce a todos, uno por uno. Para Él no somos una sociedad anónima: Él respeta nuestra personalidad y nos ofrece a cada uno cercanía y salvación.  La segunda cualidad es que las alimenta y las defiende de los peligros, el verdadero pastor está dispuesto a dar su vida por las ovejas.  Él ha dado su vida por nosotros. La tercera cualidad es que quiere reunir a todas las ovejas, hasta que haya un solo rebaño, una sola comunidad.  Él quiere que todos formemos una comunidad unida, unida por Él, nuestro Pastor y Hermano, que además se nos da en alimento a todos, en la Eucaristía.

Pero saquemos consecuencias para nuestra vida de esta imagen del Buen Pastor. Porque todos, de alguna manera, somos “pastores” en esta vida y deberíamos actuar con esas mismas cualidades que nos ha descrito Jesús. 

Unos hemos recibido, por el sacramento del Orden, el ministerio llamado precisamente “pastoral”, para bien de la comunidad. Somos los que con mayor humildad debemos ser espejo hoy ante este cuadro de Jesús Buen Pastor, ya que Él mismo, como a Pedro, nos ha encargado: “Apacienta mis ovejas”.

Pero es que todos participamos en algún grado del encargo de cuidar y de animar a los demás: los padres, los maestros y educadores, los catequistas, los misioneros, los que por una misión especial o voluntariamente prestan atención a los ancianos o a los niños o a los enfermos… 

Por eso todos deberíamos preguntarnos hoy, admirando el ejemplo de Jesús: ¿Nos esforzamos, como Él, por conocer a los que conviven con nosotros?  ¿Estamos cercanos a ellos y nos interesamos por ellos? ¿Estamos dispuestos a sacrificarnos por los demás (hijos, alumnos, compañeros de trabajo, miembros de la comunidad), sobre todo en los momentos difíciles, buscando su bien y no nuestro interés? ¿Servimos a nuestros hermanos o nos aprovechamos de ellos? ¿Tenemos un corazón amplio, misionero, abierto también a los menos agradables y a los más alejados? ¿Tenemos un corazón dispuesto siempre a unir y no a juzgar y condenar? 

Ser buenos pastores no le toca sólo al Papa, o a los obispos y sacerdotes, sino a todos nosotros, que debemos imitar la actitud comprensiva y servicial de Jesús.

Todos los que pertenecemos al rebaño de Jesús, todos los cristianos, por nuestra entrega a los demás, estamos llamados a ser pastores. Pero hoy, en concreto, se recuerda a quienes han consagrado su vida de un modo especial a Dios: religiosos y sacerdotes. Todos ellos quieren continuar el “pastoreo” de Jesús en la Iglesia. Se nos invita a pedir hoy por las vocaciones sacerdotales que el Espíritu suscite vocaciones en su Iglesia para que siga creciendo el reino de Dios.

lunes, 12 de abril de 2021

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)

Seguimos celebrando la resurrección del Señor Jesús.  En este tiempo de Pascua, la Iglesia nos anuncia sin descanso que Cristo ha resucitado y que ruega a Dios Padre por nosotros.  Nosotros como cristianos hemos de decirle al mundo que Jesús está vivo y continúa ofreciendo a los hombres la salvación.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta, como portavoz de la Resurrección, a Pedro, en uno de sus primeros discursos diciendo al pueblo judío: el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino”. Lo más duro que Pedro les dice es: “¡matasteis al autor de la vida!” 

Pedro reconoce que este pueblo es un pueblo que asesina la Vida misma. Pedro se juega también la vida al ser tan claro. Sin embargo, se muestra enormemente comprensivo: “lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades”. Con esto se revela un drama de cualquier ser humano: podemos ser asesinos, sin darnos cuenta. 

Nos ocurre con frecuencia: mientras por una parte defendemos la vida, por otra nos brotan sentimientos asesinos hacia aquellas personas que no son de nuestro agrado o que nos amenazan. Para defender la vida -en todo momento y circunstancia- se hace necesaria una fuerte espiritualidad, una sensibilidad divina, que nos permita cuidar la vida en todas sus expresiones: en la naturaleza, en la humanidad, en la historia. 

Es probable que no pocos cristianos no se sientan demasiado afligidos por las muertes de las guerras. Es probable que a no pocos apenas les quiten del sueño las ejecuciones de inocentes a manos de los narcotraficantes o las muertes de tantas mujeres en manos de las redes del tráfico de seres humanos. ¡Estamos siendo solicitados, constantemente, a ser cómplices de unas muertes u otras! 

Quizá votemos a favor de ciertas muertes… ¡Eso sí! ¡Por ignorancia! La ignorancia nos hace hacer estas cosas. Nosotros también cometemos pecados causados por esa misma ignorancia y debilidad. El pecado no se borra disimulándolo.  Por ello, el Señor, nos llama a la conversión. Y Él, que es compasivo y misericordioso, nos concederá el perdón merecido por la muerte y resurrección de Jesús.

El apóstol San Juan, en la 2ª lectura, nos decía que quien se deja orientar por el Evangelio de Jesús camina en la Luz, que es distinto de caminar en la oscuridad del pecado.

Pero la luz del Evangelio no ha de quedarse en un simple conocimiento de Él, sino que tiene que traducirse en obras prácticas, en el cumplimiento de los mandamientos.

Ante la situación de pecado tenemos un “defensor” que aboga ante el Padre por nosotros: Jesucristo. Por consiguiente, no podemos estar dominados por la resignación, la indiferencia o la desesperación. Cristo-Jesús, el Justo, intercede por nosotros.

Nos decía san Juan también que todos sabemos lo que es una mentira y procuramos evitarla. Sin embargo, San Juan nos muestra una clase de mentira sobre la que no sentimos demasiado temor al cometerla: “decir que conocemos a Jesucristo, que somos cristianos, pero ponemos poco esfuerzo en cumplir los mandamientos del Señor”.

De ahí que nuestras mentiras, en este terreno, sean demasiado frecuentes y van sembrando la desorientación a nuestro alrededor. Una vez más tenemos que esforzarnos para que nuestra vida de cada día se ajuste, y esté en armonía, con nuestra fe cristiana. ¡Que nuestra vida no sea una mentira!

El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús manifestándoles a sus discípulos que Él está vivo, que no es un fantasma, que está vivo y ha resucitado.

El Jesús que se presenta a sus discípulos es el mismo Jesús que vive hoy en la Iglesia y se nos hace presente en la Eucaristía y en las Escrituras.  Es en la Eucaristía donde vamos conociendo los mandatos del Señor y los ponemos en práctica obedeciendo y amando a Dios y al prójimo.

Jesús resucitado, por medio de su Espíritu, abre la mente a sus discípulos para comprender; les da “un corazón para entender, ojos para ver, y oídos para oír”.

Todas las comunidades cristianas de todos los tiempos hemos de comprender las Escrituras con amor y con fe y así experimentar la presencia real de Cristo resucitado, que nos abre la mente y el corazón con la fuerza de su Espíritu, y podremos ser testigos delante de todos los pueblos.

Sin las Escrituras no sabríamos nada de Dios, los signos y gestos sacramentales no tendrían ningún sentido. Sin la Eucaristía no tendríamos alimento espiritual.  Alimentémonos de estos dos alimentos que Jesús nos ha dejado para esta vida: su Palabra y la Eucaristía.

lunes, 5 de abril de 2021

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor. El tiempo pascual comienza con el domingo de resurrección y dura hasta Pentecostés.  A este segundo domingo de Pascua se le llama el domingo de la Divina Misericordia.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta los rasgos de la comunidad ideal: es una comunidad formada por personas diferentes, pero todos los miembros de la Iglesia tienen y viven la misma fe con un solo corazón y una sola alma.

La comunidad cristiana es una comunidad que comparte que vive el amor, el servicio.  El cristiano no puede, por tanto vivir cerrado en su egoísmo, indiferente a lo que le pasa a sus hermanos.  La comunidad ideal es aquella que sabe compartir sus bienes.  Una comunidad cristiana donde algunos malgastan sus bienes mientras otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente, no puede ser una comunidad cristiana.  No podemos creernos que somos cristianos porque damos unas monedas de limosna en la parroquia pero explotamos a los obreros o cometemos injusticias.

Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y más generosos para ser esa comunidad ideal que nos describe hoy la primera lectura.

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos dice que amar a Dios significa adherirse a Jesús y por lo tanto amar a los hermanos.  Quien no ama a los hermanos no cumple los mandamientos de Dios y no sigue a Jesús.

Si amamos a Dios, a Cristo y a los hermanos, podemos “vencer al mundo”, es decir, podemos vencer al egoísmo, al odio, a la injusticia, a la violencia que gobierna el mundo.  A esta manera de vivir de muchas personas, nosotros tenemos que vivir el amor, el estilo de vida de Jesús.  Sólo el amor nos asegura una vida verdadera y eterna, sólo el amor es el camino para construir un mundo nuevo y mejor.

El Evangelio de san Juan nos decía hoy que Jesús se presentó en medio de sus discípulos y estos se llenaron de alegría al ver a Jesús.

También nosotros, en medio de los sinsabores y angustias de la actual situación, debemos llenarnos de alegría, porque ese Jesús que “estaba en medio de ellos” es el mismo que está en medio de nosotros: “dichosos los que creen sin ver”. La fe en el Resucitado es la que puede vencer la verdadera enfermedad del hombre contemporáneo que es la tristeza. Para el hombre que anda en búsqueda nerviosa de distracciones, en afán desmedido de comodidades, nadando en placeres fugases, hay una buena noticia: el Resucitado, Cristo el Señor, puede dar una verdadera alegría que el mundo no da.

Pero la paz y la alegría no nos pueden llegar sin el perdón. Por eso Jesús el Resucitado nos ha dejado este gran regalo en su Iglesia: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Sólo podremos tener la verdadera paz cuando nos hayamos reconciliado con Dios y con los hermanos; gozaremos de la verdadera alegría cuando hayamos experimentado en nuestra vida el amor misericordioso de Aquél que entregó su vida por nosotros.

Por eso este domingo celebramos el domingo de la Divina Misericordia. 

Nuestra sociedad y nuestro mundo necesitan un baño fuerte de misericordia que haga desaparecer para siempre la violencia, el odio, la guerra, la venganza, el rencor.  Todo esto hace mucho daño al ser humano, a la historia, al mundo.  Todos necesitamos personas que, desde la experiencia de la misericordia infinita de Dios, sean testigos verdaderos y constructores auténticos de una historia llena de misericordia, de perdón, de ternura. 

Muchos seres humanos son víctimas del odio, del rencor, de la violencia, del hambre, de la marginación, de la exclusión, como    vemos en los medios de comunicación social. Muchas personas sufrientes y perseguidas son ignoradas, olvidadas, no tenidas en cuenta ¿Nos quedamos tan tranquilos ante tantos seres humanos que sufren injustamente, que padecen en la más grande soledad? ¿Damos un rodeo para no encontrarnos con los que más sufren en el camino de la vida? ¿Damos la espalda a los que vienen de lejos y se acercan a nosotros para pedirnos ayuda, pan, casa?

Esta fiesta de la misericordia de Dios es una llamada urgente a todos y a cada uno de nosotros. No nos quedemos indiferentes ante esa llamada.  Preguntémonos si en nuestro corazón hay algo de desamor, de envidia, de odio que nos hagan marginar al vecino, despreciar al que está a nuestro lado. 

Construyamos la civilización del amor, de la misericordia, del perdón.  Todos saldremos ganando siendo misericordiosos como Dios lo es con nosotros.

lunes, 29 de marzo de 2021

 

JUEVES SANTO, VIERNES SANTO, VIGILIA PASCUAL Y DOMINGO DE RESURRECCIÓN (CICLO B)

JUEVES SANTO

Estamos celebrando en estos días los momentos más importantes de la historia de Jesús.  Por eso para nosotros los cristianos, estos días del año son los más importantes. Con la misa de la Cena del Señor en este día de Jueves Santo empezamos el Triduo Pascual, los días de la Pasión, muerte y resurrección del Señor.

Hoy el Evangelio nos narra la última cena de Jesús con sus discípulos en la que Jesús instituye la Eucaristía, el orden sacerdotal, donde lava los pies de sus discípulos y donde nos deja el mandamiento del amor.

Esta tarde, lo primero que sobresale en la liturgia de este día es el “amor extremo, total de Jesús”. Nunca nadie había amado tanto. Aquí se rebasan todos los límites y se llega hasta el fin. Esta tarde, Jesús “los amó” y nos amó y nos sigue amando hasta el fin, hasta destruirse materialmente por nosotros. Dios nos ama, esta es la mejor noticia. Este es el mejor regalo. Este amor se nos da, hoy, en la Eucaristía y lo reconocemos al partir el pan con el hermano.

Y lo que ahora nos hace falta es: Creer en ese amor. Hermanos, para ser cristiano no basta creer que Dios existe, es necesario creer que Dios nos ama. El Dios que se ha manifestado en Jesucristo, es todo Amor y sólo Amor. Y ese Amor de Dios vive ahora penetrándolo todo de su energía vital. De manera oculta pero real, cada vez que lo amamos, va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. Él es “la ley secreta” que dirige la marcha de todo hacia la Vida. Él es “el corazón del mundo”.

Por eso, celebrar la Cena del Señor, es darnos cuenta con gozo que el Amor de Dios está aquí en medio de nosotros, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito.

El Amor de Dios, también está en nuestras lágrimas y penas, en nuestros dolores y enfermedades, como consuelo permanente y misterioso que da sentido al sufrimiento. Y el Amor de Dios, está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. El Amor de Dios está en nuestras depresiones y decepciones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza incomprendida.

Lo que ahora nos hace falta es dejarnos amar por Cristo-Jesús, dejarnos alcanzar o conquistar o enamorar o llenar por el mismo Dios, que hoy se nos ofrece en pan y vino. Sentirse amado, querido, aceptado, salvado por su Amor; Amor de Dios.

Ningún ser humano está ya solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en vacío. Ningún grito deja de ser escuchado, porque el Amor de Dios está con nosotros y en nosotros para siempre.

Lo que hace falta ahora, es saber amar: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. Y para enseñarnos, Jesús, se pone a lavarles los pies a sus discípulos.

Esto es un rito fuera de lo común para nuestro mundo de hoy, pero que por sí solo, ilumina toda la vida cristiana. Jesús quiso enseñarnos a todos nosotros, la actitud de servicio y de humildad que debemos tener todos los cristianos.

Lavar los pies a otros era un signo de cortesía y de hospitalidad, en esos lugares donde los caminos resecos y llenos de polvo lo requerían. En general era una tarea reservada a los sirvientes, sin embargo, a veces el mismo dueño de casa lo hacía en forma personal, y siempre significaba sumisión y hasta humillación por parte de quien lo realizaba. Y cuando Jesús lo hace, nos está dejando un legado completo sobre la manera en que debemos comportarnos con los que nos rodean.

Lavamos los pies del prójimo cuando nos acercamos a dar una mano a quien lo necesita, cuando escuchamos sus problemas. Lavamos los pies del prójimo cuando no acortamos nuestro tiempo para visitar a un enfermo, a un anciano.

Esta es una manera concreta de amar: la del servicio humilde, la del detalle inadvertido.

Hermanos, mientras haya un caído, un pródigo, un ateo, hay que seguir esperando y amando como nos mandó el Señor. Mientras haya un marginado, un hambriento, una persona sin trabajo, un esclavizado, hay que seguir liberando y amando como nos mandó el Maestro. Siempre hay que seguir acompañando y amando.

Hermanos, no hace falta pensar siempre en grandes obras y admirables entregas. He aquí un amor bien concreto y cercano; bien sencillo y callado. Vivir de rodillas a los pies de tantas personas heridas, ayudándolas, ya que en ellas vemos el rostro de Jesús que se arrodilla, y arrodillándose, llama amigos a los que sirve.

Esta tarde de Jueves Santo es la tarde de Amor Total. Esta es la gran palabra, la única ley que recibimos de Cristo, su última voluntad. Del amor y sólo del amor seremos “examinados a la tarde de la vida”, cuando nos encontremos con Él Resucitado, cara a cara para siempre.

VIERNES SANTO

Hoy, Viernes Santo, en un día como hoy, hace más de dos mil años, Jesús fue clavado en la Cruz. Toda su vida estuvo dirigida a este momento supremo. El Señor está firmemente clavado en la cruz. A su alrededor hay un espectáculo desolador. Algunos pasan y lo insultan. Los príncipes de los sacerdotes, más hirientes, se burlan de Él, y otros, indiferentes, miran el acontecimiento.

¿Y nosotros? En todo este espectáculo ¿A quién nos parecemos? ¿Cuál habría sido nuestro papel allí, en Jerusalén, en aquellos días de la Pascua de hace más de dos mil años, mientras Jesús se encaminaba hacia la muerte? ¿Cómo habríamos actuado? Cada año, cada Viernes Santo, cuando escuchamos este relato emocionado en que el evangelista nos narra los últimos pasos de Jesús en este mundo, podemos formularnos esta pregunta: ¿a quién nos parecemos? ¿qué habríamos hecho nosotros en aquellas circunstancias?

Cada año, pasan ante nuestros ojos muchos personajes: Judas, el amigo desengañado que cae en la traición; los soldados y los guardias que cumplen órdenes, aunque éstas sean órdenes injustas; los sacerdotes y las autoridades del pueblo, que obran el mal en nombre de Dios; Pedro, quien primero parece dispuesto a enfrentarse con el mundo entero, y después niega a Jesús y se esconde; Pilato, el gobernador romano que no sabe cómo escapar de aquel enredo y para eludir problemas no le importa ejecutar a un inocente; el gentío que se deja empujar en aquel espectáculo sanguinario; los otros que observan sin hacer nada, neutrales, ni a favor ni en contra; María, y las otras mujeres, y el discípulo, que allí están, firmes, al pie de la cruz; el soldado compasivo que le ofrece vinagre para aliviar la agonía; José de Arimatea y Nicodemo, discípulos clandestinos y de buena posición, que entierran el cuerpo de su Maestro.

Cada año, cada Viernes Santo, pasan delante de nuestros ojos todos estos personajes que nos invitan a mirarnos a nosotros mismos y a comprobar cómo es nuestra vida. Nosotros, ante Jesús, ¿cómo actuamos? Nosotros, en nuestro mundo, en el que el rostro dolorido de Jesús se refleja de tantas y tantas maneras, ¿cómo actuamos? ¿Estamos a favor de Jesús? ¿Luchamos por aquello por lo que Él luchó? ¿Seguimos el mismo camino que Él siguió?

Sería muy triste que no fuera así. Sería muy triste que contribuyéramos al mal que hay a nuestro alrededor, ese mal que llevó a Jesús a la cruz. Y también sería muy triste que simplemente hiciéramos como mucha gente de Jerusalén: ser espectadores del sufrimiento y el mal que Jesús cargó sobre sí, sin hacer nada, permaneciendo inmóviles, diciendo que “éste no es nuestro problema”, que nosotros somos neutrales y no queremos meternos en problemas.

Hoy, Viernes Santo, ante la cruz de Jesús, tenemos que reafirmar con todas nuestras fuerzas nuestra voluntad de seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias, de andar por su mismo camino, de aprender a amar como Él amó, de buscar siempre que se haga realidad en el mundo el proyecto de vida que Dios tiene para toda la humanidad.

Hoy, ante la cruz de Jesús, tenemos que hacer, sobre todo y por encima de todo, un acto de fe.  Jesús ha muerto por amor. Jesús ha sido destrozado por el mal que hay en el mundo, porque ante este mal Él no ha opuesto ningún tipo de resistencia, ningún tipo de fuerza. Su respuesta ante el mal que lo rodeaba y lo perseguía ha sido tan sólo la respuesta de un amor infinito, total.

Nosotros creemos que en Jesús muerto en cruz tenemos la salvación, que Él es el único camino que conduce a la vida, que gracias a Él y a su amor hasta la muerte se ha roto el círculo infernal del mal y del pecado. Sólo su amor nos salva, sólo su entrega nos salva.

Hoy es un día apropiado para mirarnos a nosotros mismos y reafirmar nuestro deseo de ser más fieles al camino de Jesús. Y sobre todo, es un día apropiado para mirar hacia la cruz en la que Jesús murió, y agradecerle su amor, y decirle que creemos en Él y que lo amamos. Y dejar que arda cada vez más en nuestro interior aquella llama que, ahora hace más de dos mil años, Él encendió en Palestina con su vida y con su muerte.

VIGILIA PASCUAL

“No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. ”  Estas palabras las acabamos de escuchar en el Evangelio. 

Todas las lecturas del Antiguo Testamento que acabamos de escuchar esta noche, anuncian y anticipan a su manera el gran acontecimiento: Cristo ha resucitado. Este es el anuncio central de la celebración de esta noche: ¡Cristo ha resucitado! Esta es la mejor noticia que podíamos recibir los hombres y las mujeres de esta sociedad nuestra, tan desilusionada, enfrentada, violenta e injusta. Cristo vive para siempre. 

La Luz que es Cristo ha disipado definitivamente las tinieblas.  Todo es nuevo.  Todo puede volver a empezar de verdad.  Todo es posible.

Esta noche hemos vuelto a inaugurar el fuego que iluminó los albores de la existencia.  Hemos encendido de este fuego nuevo, el Cirio Pascual, que nos ha puesto en camino, como pueblo de Dios, iluminado por Cristo.

Hemos cantado “Cristo, luz del mundo”, Luz gozosa y santa que nos trae la vida transformadora de Dios.  De esta luz hemos ido encendiendo las velas que han iluminado nuestros rostros, expresando así que hoy, este anochecer, cada uno de nosotros renace a la vida nueva.  Nacemos de nuevo.

Nacemos de nuevo porque Cristo ha resucitado. El amor de Dios Padre a su Hijo y a nosotros ha sido más fuerte que la misma muerte. Dios no ha permitido que el mal prevaleciera sobre el bien. No ha querido que el egoísmo ahogara la fraternidad. No ha consentido que la tristeza se sobrepusiera a la alegría. No ha tolerado que la mentira amordazara a la verdad. No ha soportado que el pecado fuera más fuerte que la gracia. El Dios del amor ha resucitado a Jesús.

No tengamos miedo porque Dios al resucitar a Jesús ha hecho que los hombres y mujeres de este mundo tengamos un futuro para nuestra vida. El temor del futuro es una de nuestras tentaciones más insistentes. ¿Qué será de mí, que será de mi familia, qué será de nuestra Iglesia, qué será de nuestra sociedad? El Dios que resucitó a Jesús nos ha tomado a su cargo. Ha unido nuestra suerte con el destino del Resucitado. Como Jesús, tendremos que padecer y sudar y llorar. Pero no nos faltará la fuerza, el consuelo, la alegría, la perseverancia nacida del Resucitado.

Cristo ha Resucitado para nuestra salvación, ahora sabemos que Dios es incapaz de defraudar las esperanzas de quienes lo invocan como Padre. Dios es Alguien con fuerza para vencer la muerte y resucitar todo lo que puede quedar muerto.

Ahora sabemos que Dios es Alguien que no está conforme con este mundo injusto, en el que los hombres somos capaces de crucificar, incluso al mejor hombre que ha pisado nuestra tierra. Dios es Alguien, hermanos, empeñado en salvarnos por encima de todo, incluso, por encima de la muerte.

Con Jesús Resucitado, ni el mal, ni la injusticia, ni la muerte tienen ya la última palabra. Con Jesús Resucitado, la vida no es un misterio sin meta ni salida. Porque, conocemos ya, de alguna manera, el final: nuestra resurrección.

Vayamos a anunciar a todos esta gran noticia de la Noche Pascual: Jesucristo está vivo. Es la mejor noticia para todo el mundo. Todo el mundo necesita conocer esta noticia; todo el mundo tiene derecho a conocerla. Nosotros que la hemos acogido tenemos el deber de anunciarla con obras y palabras, con entusiasmo y convicción, con paciencia y perseverancia.

Después de bendecir el agua bautismal vamos a renovar nuestra fe, la fe que un día profesamos en nuestro bautismo.  Los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido sumergidos en su muerte y resurrección, para que veamos este mundo con ojos de bautizados, ojos de resucitados y dar frutos del “cielo nuevo y la tierra nueva”.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

En esta mañana de Pascua me dirijo a todos vosotros con la noticia más importante que el hombre haya podido escuchar y conocer jamás: Nuestro Señor Jesucristo, que sufrió todo un sin fin de tormentos hasta morir en la cruz del Gólgota para que fueran perdonados nuestros pecados, ha resucitado como lo había previsto.  

Demos gracias al Padre porque Jesús ha vencido a la muerte, y vive para siempre, y con esa victoria sobre la muerte, nosotros también hemos vencido a la muerte y podremos disfrutar algún día, con Él y con todos los santos, las moradas que nos tiene preparadas en el cielo.

Porque Cristo ha resucitado y está vivo hoy todo es nuevo.  Todo lo podemos contemplar desde esta luz.  Es posible renacer, es posible cambiar el mundo, es posible confiar en nosotros mismos y en los demás porque el Espíritu de Dios está en nuestro interior.

Cristo ha vencido la fatalidad, el “no hay nada que hacer”.  Podemos volver a empezar de nuevo.  Nuestra vida tiene sentido en Cristo.  “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.  Con Él todo lo podemos.  Con Él hemos recuperado nuestra libertad y nuestra capacidad de amar de verdad.

Podemos decir, con la antorcha de la fe en Cristo en nuestras manos, sí a la vida y a la esperanza.  Sí a la dignidad de la persona humana, al amigo, a la esposa(o), al niño.  Sí al enfermo y al anciano.  Sí a Cristo que nos precede y que ha abierto un horizonte de esperanza a la humanidad, la esperanza de una vida mejor, la esperanza de la resurrección.

Hoy también nos dicen los ángeles a nosotros: “No temáis”.  Cristo está con nosotros.  Él está vivo. Hoy la muerte ha sido derrotada. Y si ésta es la noticia, como hijos salvados del pecado y de la muerte, ahora nosotros tenemos el deber hermosísimo de continuar la obra que Él inició.

Porque quien murió por nuestros pecados quiere que nosotros seamos quienes lo ayudemos a llevar el mensaje de la Resurrección al resto de nuestros hermanos, allí donde se encuentren.

Pero, ¿dónde se encuentran nuestros hermanos? Las mujeres que acudieron al sepulcro en aquella primera mañana de Pascua son el ejemplo perfecto de la transmisión de la buena noticia.  Ellas no dudaron, corrieron hacia donde estaban los tristes, los acobardados, los sufrientes, y así, ellos fueron los primeros en recibir el mensaje de la salvación.

No es difícil encontrar entre nosotros a hombres y mujeres tristes y desconsolados porque no encuentran el sentido de sus vidas: cuando muere un familiar, cuando la crisis económica amenaza a tantas de nuestras familias, cuando vemos tantas injusticias a las que no podemos poner remedio desde nuestros limitados recursos humanos.  Todos sabemos quién es ese familiar, amigo o vecino que necesita de la esperanza de la resurrección para continuar su vida con dignidad.

En nuestros tiempos, donde los hombres caminan tan perdidos detrás de las modas y de los falsos profetas, se hace urgente que todos los cristianos seamos testigos de la Resurrección del Señor. Proclamemos, pues, todos juntos y cada uno en su lugar, que Cristo es la esperanza para todos los hombres.

Por eso, nosotros como cristianos que creemos y tenemos esperanza en la resurrección tenemos que ser los testigos de Cristo resucitado en el mundo de hoy.  Si nosotros no damos fe de Jesús resucitado, ¿Quién lo hará?  Si nosotros no enseñamos la Palabra de Dios, ¿Quién lo hará? ¿Quedará muda la voz de Dios en nuestra sociedad actual porque no prestamos nuestra voz para dejar oír el mensaje de Dios a nuestro mundo? 

Esto no es posible.  Dejaríamos de ser cristiano le robaríamos al mundo el mensaje más importante y valioso: Cristo resucitado y su Evangelio.  Tenemos que ser testigos de Cristo resucitado y ser portavoces de la Buena Noticia para este mundo que nos ha tocado vivir.

Proclamemos, pues, todos juntos y cada uno en su lugar, que Cristo es la esperanza para todos los hombres.

Con la celebración de la Pascua de Resurrección ponemos punto final a Triduo Pascual e iniciamos la Cincuentena Pascual que, a diferencia del Adviento y la Cuaresma, no nos prepara para nada especial, sino que nos prolonga la celebración de la fiesta más importante del año, como si fuese un domingo de cincuenta días. Tenemos, pues, 50 días para celebrar la noticia más importante para nosotros: Cristo vive y no estamos solos.

Feliz Pascua de Resurrección a todos.

lunes, 22 de marzo de 2021

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO B)

Empezamos hoy la Semana Santa.  Un tiempo especial para contemplar los misterios de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo.  Y empezamos la Semana Santo con el domingo de Ramos en el que celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.


La Pasión de San Marcos nos ha presentado las conspiraciones de los fariseos y sacerdotes; el juicio contra Jesús, lleno de calumnias y mentiras; la negación de Pedro y el miedo de los discípulos; el horror de la tortura, la angustia y el sufrimiento de Jesús.


Cuando vemos todo esto que sucedió, uno se pregunta: ¿Cómo es posible que todo esto sucediera en unos pocos días?  ¿Cómo es posible que nadie saliese en defensa de Jesús?  ¿Dónde estaba toda aquella gente que lo aclamaba y vitoreaba a la entrada de Jerusalén? Esa misma multitud que hoy lo vitorea es la que a los pocos días pedía a gritos su crucifixión.  ¿Cómo pudieron olvidar tan pronto todo el bien que Jesús había hecho?


Pero el problema de la Pasión de Jesús es que se sigue repitiendo hoy día.  Todo lo que sucedió entonces, sigue sucediendo hoy.  Aquellos protagonistas somos hoy nosotros.  También hoy, como aquella multitud de entonces, somos capaces de vitorear a Jesús, pero sólo cuando nos conviene: cuando nos viene una enfermedad o ante un problema grave, entonces buscamos el milagro fácil.  Pero con mucha facilidad somos capaces de negar a Jesús, de rechazarlo cuando nos damos cuenta que lo que Él quieres es servicio y no poder ni privilegios; coherencia y no apariencia; solidaridad y no egoísmo.  También nosotros hoy, nos podemos convertir en fariseos cuando con la excusa de defender la ley, humillamos y despreciamos a los demás.


La negación de Pedro se repite hoy, cuando no queremos complicarnos la vida con compromisos con la Iglesia; y el miedo de los discípulos está presente en nosotros cuando huimos del compromiso con la justicia y con los más necesitados de nuestro mundo y permitimos que se siga hoy crucificando a todos aquellos que pide justicia y compasión.


La Cruz nos recuerda que este mundo sigue rechazando a Dios.  Pero la Cruz también nos recuerda cómo es Dios.  Y el Dios que muere en la Cruz es el Dios que nos ama, es el Dios que abre sus brazos en la Cruz para reconciliarnos con nosotros mismos y con Dios.


Dios sigue cargando sobre sus espaldas todo el horror y la maldad que los seres humanos somos capaces de hacer y sin embargo sigue apostando por nosotros.  Jesús ha dejado en este mundo una esperanza para todos los pobres y desheredados de este mundo, nos ha dicho que hay que seguir trabajando por la dignidad humana para que nadie más sea crucificado en este mundo.


El relato de la Pasión acababa con el testimonio de un centurión, un pagano, un testimonio proveniente del que menos cabía esperarlo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.   Este sí es el verdadero personaje con el que tenemos que identificarnos.  Después de haber colaborado en dar muerte al Señor, desde nuestra miseria y pecado, todavía podemos reconocerle a Él como el verdadero Hijo de Dios. Y desde este reconocimiento, volver nuestro corazón hacia todos los crucificados de la tierra para evitar que se levanten nunca más nuevas cruces.


Celebremos muy de verdad estos días santos.  Que nuestra participación en las celebraciones de esta semana santa sea una participación activa, ya que para vivir esta semana, nos hemos estado preparando durante toda la Cuaresma.  


lunes, 15 de marzo de 2021

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Estamos ya cerca de la Semana Santa, el próximo domingo celebraremos el domingo de Ramos. Durante todo este tiempo de cuaresma hemos ido haciendo un recorrido por la Historia de la Salvación para prepararnos a celebrar mejor la Pascua: la muerte y resurrección de Jesús.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos ha presentado la propuesta de Dios de hacer una nueva Alianza con su pueblo.  

Unas de las grandes preocupaciones de Dios es que el hombre se realice como persona, que alcance la felicidad plena.  Por eso Dios quiere cambiar el corazón del hombre.  Sólo con un corazón transformado el hombre será capaz de aceptar los planes de Dios y de conducir su vida de acuerdo a los valores que Dios nos propone para que así podamos alcanzar la armonía, la paz y la verdadera felicidad.

Dios lo que nos pide es que lo acojamos a Él en nuestra vida, que nos dejemos transformar, que aceptemos los retos que Dios nos propone para poder formar parte de la familia de Dios.  Tenemos que aceptar incondicionalmente las propuestas que Dios nos hace, no podemos ponerle “peros” a lo que Dios nos pide.  

Hay que estar atentos a los proyectos de Dios, aceptar sus planes, conducir nuestra vida de acuerdo a sus valores y dar testimonio de nuestro ser cristianos viviendo en comunión con Dios.

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo, el sumo sacerdote de la nueva Alianza, que se solidariza con los hombres y les señala el camino de la salvación.

Jesús vino a nuestro encuentro, asumió nuestra humanidad, conoció nuestra fragilidad, compartió nuestros dolores, miedos e inseguridades. Él comprendió a los hombres y sus flaquezas.

No estamos solos frente a nuestra fragilidad y debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar. Sobre todo, Cristo, camina con nosotros, nos muestra el camino hacia esa vida plena y definitiva que Dios nos quiere ofrecer. 

¿Tenemos tiempo en nuestra vida para escuchar a Dios y responder a sus retos? ¿Cumplimos siempre su voluntad? O no nos interesa lo que Dios tenga que decirnos o proponernos.

El evangelio de san Juan nos describe el temor y la angustia que Jesús está sintiendo ante la hora de su muerte.  Jesús no vivió para morir en la cruz. En su vida alivió los sufrimientos de las gentes, buscó la felicidad para todos.  Esto fue lo que lo llevó a la cruz porque sus enemigos no aceptaron lo que Jesús hacía y decía.

Tengámoslo claro, Dios no envió a su Hijo para que sufriera, para que lo mataran. Dios no quiere el sufrimiento de nadie. El Padre envió a su Hijo para salvarnos, para anunciarnos el Reino de Dios. No es el sufrimiento de Jesús lo que nos salva, sino el amor con que vivió ese sufrimiento. Jesús no murió de muerte natural, fue asesinado por la causa que defendía. 

A Jesús no le mataron por “ser bueno“, sino porque cuestionó y rechazó las instituciones y poderes que pervertían a aquella sociedad.

No siempre se ha entendido bien el sufrimiento. Hay sufrimientos que podríamos llamar normales: enfermedades, achaques, envejecimiento, son sufrimientos inevitables.  Hemos de tratar de superar estos sufrimientos, el dolor de la enfermedad, de nuestras torpezas personales. Hemos de buscar disminuirlos, evitarlos en lo posible, es legítimo. La vida es un don de Dios y hemos de conservarla mientras esté de nuestra mano.

Pero nuestra vida tiene también su límite: la muerte, y este dolor no podemos suprimirlo ni evitarlo.

Hay además un sufrimiento en el mundo fruto de nuestros egoísmos e injusticias. Injusticias con que nos herimos mutuamente, provocamos el reparto injusto de bienes, el hambre, generamos miseria y dolor, las amenazas, el terrorismo, la guerra. Estos sufrimientos son consecuencia de nuestra maldad, y hay que evitarlos. Dios quiere que vivamos como hermanos, que no provoquemos el sufrimiento de los demás, que nos ayudemos a vivir dignamente. 

Podemos y debemos también impedir los sufrimientos causados por las injusticias, por la privación de los derechos humanos, por el hambre, por la incultura, por no tener una casa digna.

Jesús sufrió, y como Él todos los que nos comprometemos en la tarea de organizar este mundo como un mundo de hermanos, un mundo justo, sufriremos el acoso de quienes se benefician de las injusticias, de los perversos.

Cuando se ama y se vive intensamente la vida, no se puede ser indiferente a las injusticias y al dolor grande o pequeño que provocan en las gentes. El amar incluye solidaridad en el dolor, porque “no existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno”. 

Quien quiere seguir a Jesús se dispone a seguir el camino de Jesús, que es desvivirse por los demás.

lunes, 8 de marzo de 2021

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Estamos ya en el cuarto domingo de cuaresma y las lecturas nos hablan del amor de Dios por su pueblo.  Las lecturas de hoy son un canto de alegría al mostrarnos que el amor de Dios por nosotros no sólo lo manifestó en palabras, sino con obras, al enviar a su Hijo para nuestra salvación. Por eso a este domingo se le llama “laetare”, es decir, el domingo de la alegría.  


La 1ª lectura del segundo libro de las Crónicas nos ha narrado cómo los israelitas había sido infieles a Dios y a su alianza y no habían escuchado a los profetas.  Por eso perdieron su templo y su patria y se convirtieron en esclavos.  Pero Dios que es misericordioso, después de 70 años regresaron a Israel y construyeron un templo símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.


La actitud permanente de Dios es compadecerse del pecador y del pueblo pecador porque el amor de Dios es incondicional; la actitud del pueblo pecador es obstinarse en el pecado cada vez más.


No siempre el pueblo de Israel respondió con fidelidad a Dios. La historia de Israel, como seguramente también la nuestra, es una historia de idas y retrocesos, de pecado y conversión y vuelta al pecado. Hay épocas en nuestra vida de gran crecimiento religioso, de entusiasmo personal y colectivo; y otras épocas de caída, de enfriamiento o de guerra contra Dios.


Si en nuestro mundo existe el mal es porque abandonamos a Dios; si existe corrupción e injusticias es porque abandonamos a Dios, nuestras infidelidades y nuestros pecados están llevando a este mundo a la ruina.  Todo el mal, la corrupción de tantas personas, tanto mal que hay en el mundo se puede evitar si dejamos de pecar.  Dios confía en nuestra fidelidad a Él, Dios confía en nosotros, Dios espera mucho de cada uno de nosotros.  Mantengámonos siempre fieles a Dios.


La 2ª lectura, de San Pablo a los Efesios nos dice que el amor de Dios por nosotros es tan grande que por eso estamos vivos con Cristo y muertos al pecado, y a tanto amor nuestra respuesta deber ser convertirnos a Él.


Dios es misericordioso y, por ello, nos ofrece la salvación, que no es un merecimiento nuestro, sino un efecto del amor de Dios a nosotros.  Ahora bien, nadie puede ser salvado si no quiere. Nosotros no podemos acudir a Dios con exigencias. Lo único que podemos presentar ante Dios para recibir el regalo de la salvación es nuestra profunda pobreza y el deseo de ser salvados por Él.


Los cristianos estamos llamados a vivir siempre alegres, porque la esencia de nuestra vida está en el hecho de que Dios nos ha amado con un amor individual y personal, particularmente a cada uno de nosotros. Y Jesús no deja de amarnos, ni nos abandona, ni se olvida de cada uno de sus hijos, ni aún en los momentos de mayor ingratitud de nuestra parte ni cuando nos apartamos de sus enseñanzas y recorremos la vida por caminos totalmente opuestos a los suyos.  El verdadero amor nunca pasa de moda ni se acaba.  Por eso Dios nunca pasa de moda, es eterno, porque Dios es amor.  


El Evangelio de san Juan nos muestra un diálogo de Jesús con Nicodemo. El diálogo concluye diciendo Jesús: “el que obra la verdad se acerca a la luz”.


Estas palabras son un resumen del mensaje que Jesús ha venido a traernos y expresan los deseos de los seres humanos: buscar la verdad, buscar la luz en medio de las tinieblas del vivir diario.  Todos buscamos la verdad, la luz que ilumine nuestra vida, pero no siempre estamos seguros de encontrarla.  Jesús nos dice hoy: el que busca la verdad, encuentra la luz.


En nuestra vida hay momentos de seguridad, de confianza, pero también hay momentos de dudas y de confusión, de no saber qué hacer.  Cuando nos pase eso, Jesús nos dice que busquemos la verdad y llegaremos a la luz.  Pero la verdad no es un archivo de documentos que se guarden en una caja fuerte o una mina que haya que descubrir y explotar.  La verdad es lo que Jesús le dice a Nicodemo: “Yo soy la Verdad enviada por Dios, el amor de Dios que nos salva, que nos lleva a la verdad, el que actúa con verdad, llega a la luz”.


La Verdad es vivir conforme a la luz que Jesús nos trae, es vivir como Dios nuestro Padre desea: amando a los hermanos.  La verdad tiene que ser llevar a cabo en nuestra vida los proyectos y deseos que Dios quiere que hagamos y que vivamos fieles al amor a Dios y a los hermanos.


Buscamos la verdad cuando huimos de las tinieblas, del odio, de la violencia, del egoísmo; buscamos la verdad cuando huimos de la mentira.  Buscamos la verdad cuando trabajamos por la justicia, la paz, la honradez; cuando ayudamos a quien lo necesita.  Buscamos la verdad cuando somos fieles a los compromisos que hemos hechos con Dios.


Preguntémonos hoy: ¿buscamos la verdad en nuestra vida o hemos convertido nuestra vida en una mentira?  ¿Educamos a los niños, y a los jóvenes a vivir en la verdad o los hacemos cómplices de nuestras mentiras?  Si nosotros no los enseñamos y los educamos a vivir en la verdad, ¿Quién lo hará?


Nosotros seremos verdaderos cristianos cuando optemos por la verdad, cuando nuestra fe sea verdadera, porque una fe verdadera hace personas más honestas, misericordiosas y justas. Personas que optan por la vida, la luz y la verdad.