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lunes, 11 de octubre de 2021

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo, nos recuerda que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios.

Los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes. En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.

En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza.

No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos.

La carta a los Hebreos, nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.

Los seguidores de Cristo estamos invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra flojera, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.

En el Evangelio de san Marcos, con motivo de la petición de los dos discípulos de “sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”, hemos leído unas palabras de Jesús sobre el poder.

El deseo de poder es una de las grandes pasiones del hombre.  Todos de alguna manera queremos ejercer alguna forma de poder.  Imponemos muchas veces nuestra manera de ver las cosas; queremos decir siempre la última palabra; incluso las simples conversaciones normales son con frecuencia más una lucha que un diálogo sereno y respetuoso.

El evangelio de hoy, encontramos una descripción muy clara de los problemas del poder: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen”. 

Jesús habla en contra del dominio, la explotación, la usurpación del poder.  San Lucas llega a hablar de una manera irónica diciendo: “y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores”.

Jesús nos propone un camino: “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.  Estas palabras son el programa cristiano ante el carácter, a veces injusto, del poder.

“el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”.  Con su palabra y con su vida Jesús condena como inhumanos la opresión y el dominio de unos seres sobre otros.

“No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” Jesús sabe que habla en un mundo que piensa y vive al revés, que consideran primero a quien está en lo alto de la escala social.  El mensaje de Jesús es: hay que cambiar las categorías, hay que empezar a servir abandonando las ganas de dominar y ser servido.

El error más grande es querer mandar para ser el primero y que nos sirvan.  Hay que ser como el Hijo de Dios; Él es el verdadero hombre, Él es el que se coloca al lado de los demás hombres, de todos, en actitud de acogida y de servicio, sea quien sea.

Nosotros vivimos en un mundo movido por hombres, como también nosotros, por mil intereses.  Hay que amar hasta servir.  Cuando sabemos servir entregando incluso trozos de vida, entenderemos la verdadera grandeza del Evangelio.

Hay que crear hombres nuevos según el Evangelio, ésta debe ser la repuesta cristiana.

lunes, 4 de octubre de 2021

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre qué cosas son importantes en nuestra vida.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos pone el ejemplo de Salomón que, antes que la belleza, la riqueza o la salud, prefirió la Sabiduría para poder gobernar a su pueblo.  La sabiduría de la que nos habla la primera lectura no se refiere a la sabiduría de saberes humanos, sino la Sabiduría que viene de Dios.

Ser sabio no es saber muchas cosas o tener grandes conocimientos.  Es tener paz interior para ver las cosas desde los ojos de Dios y encontrar así el sentido de la vida.

Vivimos de lo que dicen los periódicos, de los chismes, de esas personas que admiramos por sus muchos conocimientos. Algunas personas son un auténtico depósito de conocimientos. Tienen una memoria prodigiosa que les permite hablar de todo, de casi todo. Pero, ¡vana es la ciencia! Lo que vale es “la sabiduría”. Es un don divino. Un poco de sabiduría vale más que mil libros, que mil periódicos.  Debemos preferir la Sabiduría de Dios a cualquier otra cosa si realmente queremos ser felices.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

Cuántas veces no nos hemos sentido defraudados ante las palabras. Hay quienes tienen como tarea decir muchas palabras. Todo lo dicen. Pero, sin embargo, la palabra no llega, no resuelve nada. Es como el polvo, “innecesario”. Y, sin embargo, hay algunas palabras que nunca pasan. Hay palabras capaces de herir hasta en lo más profundo del ser. ¡Llegan! ¡Llegan tanto… que resultan inolvidables! ¿Quién de nosotros podrá olvidar algunas frases que escuchó, una vez, y desde entonces han formado parte de su vida? Así es la Palabra de Dios: Viva, eficaz, tajante, penetrante.

Hemos de descubrir la importancia de confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios, ella nos puede ayudar a aclarar nuestra vida, a tomar decisiones importantes, a ayudarnos a crecer, y a discernir el bien del mal. Por eso, la Palabra de Dios que leemos en cada misa siempre tiene un mensaje importante para el ser humano.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado al joven rico que le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para salvarse.

Un antiguo proverbio dice: “Todos nacemos con los puños cerrados pero todos debemos morir con las manos abiertas”.  Los puños cerrados y las manos abiertas simbolizan el espíritu de posesión y el espíritu de desprendimiento.

No podemos disfrutar de algo, al menos que tengamos libertad para soltarlo y dejarlo.  Sin esta libertad, lo que poseemos nos posee.  Nos convertimos en esclavos de nuestras posesiones.

Dios nos dice que debemos amar a las personas y usar las cosas.  Jesús nos dice: “guarda tu corazón para amar a las personas: tu familia, tus vecinos, Dios”. 

Jamás le des tu corazón a una cosa, porque si lo haces, esa cosa, sea lo que sea, se convertirá en tu dueño.  Si entregamos nuestro corazón a las cosas, eso nos causará ansiedad y nos quitará hasta el sueño.  Cuando empiezas a amar las cosas, comienzas a usar las personas para conseguir cada vez más abundantes cosas.

La Biblia no dice que el dinero sea la raíz de todos los males, sino que el amor al dinero es la raíz de todos los males.

Tener dinero no es un mal, pero entregarle el corazón al dinero es una tragedia y un pecado.  Acumular riquezas, olvidándonos de los demás no nos da paz, no nos hace crecer como persona humana, sino que nos destruye y nos deshumaniza, nos va haciendo indiferentes e insolidarios antes las desgracias ajenas

Si entregas tu corazón a las cosas de este mundo, pronto empezarás a competir con los demás a ver quién tiene más.  Empezarás a vivir a toda prisa, a fin de hacerte cada vez más rico.  Y esto producirá hipertensión, úlceras, ansiedad y depresión.  Si escoges este camino, pronto estará uno tratando de hacer trampas o engañar a otros para conseguir más.

Tenemos que estar dispuestos a abrir nuestras manos y a desprendernos de las cosas.  Seremos dichosos si entregamos nuestro corazón solamente al amor de Dios y a las personas.

Todos los seres humanos somos hijos de Dios, debemos vivir como hermanos entre nosotros, compartiendo y así podremos llamar a Dios, Padre.  Dios ha creado el mundo para todos; el mundo es de todos y todos tenemos derecho a disfrutar de él y de sus riquezas.  Y mientras que no compartamos solidariamente estamos apropiándonos indebidamente de lo que Dios ha puesto en el mundo para que lo disfrutemos todos y no sólo unos pocos.

lunes, 27 de septiembre de 2021

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo presentan, como tema principal, el proyecto ideal de Dios para la mujer y para el hombre: formar una comunidad de amor, estable e indisoluble, que les ayude mutuamente a realizarse y a ser felices.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.

Dios no ha creado al hombre para vivir en soledad, sino en relación, en compañía. La compañía de los animales es buena, pero es insuficiente, no basta para el hombre. Es una relación de dominio, es una relación desigual, que no da plenitud de realización y de gozo al ser humano. La única relación plena, satisfactoria, regocijante, es la relación con quien es igual que él, “carne de su carne”. “No es bueno que el hombre esté solo”, dice Dios. Es una bella forma de decir que estamos hechos no para la soledad y el individualismo, sino para la relación, la comunicación, la comunión.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.

Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.

Sin embargo, cuando escuchamos y acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para todos aquellos con los que compartimos la vida.

El evangelio de Marcos nos invita a pensar en una realidad actual, ante la que los cristianos no podemos cerrar los ojos: los matrimonios separados o los divorciados. Entre nosotros encontramos cada vez más personas, que han fracasado en su primer matrimonio y se han vuelto a casar civilmente o viven en unión libre. Es una realidad compleja, delicada, con frecuencia muy dolorosa. No podemos ser indiferentes ante esta realidad.

Cada vez parece más normal romper con la pareja, buscarse un nuevo amor y volver a empezar. Todo parece así más fácil y llevadero. Sin embargo, detrás de cada separación hay casi siempre mucho sufrimiento y desilusión. Hay a veces humillación. ¿No es posible vivir en pareja de manera más estable?

Lo primero, es no confundir el amor con los sentimientos y el deseo erótico. Por lo general, la primera atracción del amor es muy intensa pero casi nunca se mantiene así. El deseo cambia y evoluciona. Quien identifica el amor con la atracción se dedica a enamorarse una y otra vez de alguien distinto. En cada comienzo disfruta. Luego, sufre y hace sufrir.

Es importante también recordar que, si no hay una decisión y compromiso por buscar el bien del otro, no hay todavía amor. Por eso, es un error continuar una relación de pareja de manera apresurada, si no estamos dispuestos a hacer feliz al otro. En esto no hay que mentirse ni mentir. ¡Cuántos sufrimientos se hubieran evitado si no se hubiera pronunciado nunca un “te amo”, que no era verdad!

Tampoco hay que olvidar que “amar es fundamentalmente dar, no recibir”. Por eso sólo el amor sin condiciones es duradero. Si cada uno vive buscando sólo lo que el otro le puede dar, el futuro de la pareja está en peligro. Nunca la persona amada responde perfectamente a lo que desearíamos. El amor crece cuando uno es feliz haciendo feliz al otro.

El mayor error es ignorar que amar significa respetar a la persona amada, no sentirse el dueño. Cuando no se respeta la manera de pensar, de sentir y de ser del otro, se está arruinando el amor. Sólo amando con respeto se le ayuda al otro a crecer y a dar lo mejor que hay en él. Por el contrario, cuando hay manipulación y utilización interesada, la pareja se está ya separando.

Pero hoy también, hemos de entender con más serenidad la posición de la Iglesia ante el divorcio y ver con claridad que la defensa de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio no ha de impedir nunca una postura de comprensión, acogida y ayuda para con los divorciados o separados.

Los cristianos no podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que realmente existió.Y muchos de ellos necesitan ayuda, de Dios y de los hombres y esa ayuda hemos de estar dispuestos a ofrecérsela los que nos decimos seguidores de Jesús.

Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la palabra de Dios, a tomar parte en la asamblea eucarística, a colaborar en diferentes apostolados y a recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.

Sin embargo, la Iglesia, hoy, sigue diciéndonos que el ideal del matrimonio no es separarse, sino llegar a “ser una sola carne”. Lo decía Jesús hoy.

lunes, 20 de septiembre de 2021

 

XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan de que “Nadie tiene el monopolio de Dios”. Esto quiere decir que nadie controla a Dios, ni nadie tiene la exclusividad de Dios. Nadie tiene el monopolio de Dios, pero nadie puede hacer con Dios y su Iglesia lo que él quiera. Todo tiene que ser conforme a los valores del Evangelio.

La 1ª lectura del libro de los Números nos cuenta cómo Moisés tiene colaboradores, los 70 ancianos, para llevar a cabo su misión; pero Dios elige a dos, Eldad y Medad, que no estaban en la reunión.  Moisés no tuvo celos, ni envidia, ni miedo de aceptar que otras personas lo ayudaran en la misión que Dios le había encomendado. 

A veces, pensamos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otras personas. Los celos representan un grave problema tanto en la convivencia familiar, como en las relaciones de trabajo, en las relaciones humanas.

Los celos hacen que nos dé tristeza todo aquello que los demás hacen bien; los celos nos impiden reconocer las capacidades del otro.  Por desgracia hay celos en lo deportivo, en lo político, en lo religioso.

Por celos caemos en fanatismos, en intransigencias e intolerancia e impedimos que otras personas, que pueden ser muy valiosas, nos ayuden al bien de la comunidad.  Por celos no dejamos que los demás nos ayuden, no compartimos el peso de la responsabilidad porque creemos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otros.

¡Cuánto bien podríamos hacer por el bien común, por el bien de nuestra propia vida personal si no actuáramos por celos sino por el bien de la comunidad, compartiendo responsabilidades y no actuando por celos!

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos hablaba de los ricos.  La acumulación de riquezas es un pecado que clama al cielo, porque esta riqueza acumulada implica que junto a ella se acumula al mismo tiempo pobreza y muerte.  Y el que tiene la riqueza como objetivo de su vida no puede al mismo tiempo seguir a Jesús: son incompatibles.

Pero cuando el apóstol Santiago nos dice que “el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros habéis retenido, está gritando… a los oídos del Señor”, no solo se refiere a los ricos.  Porque no sólo los ricos, sino los medio ricos y los pobres también cometemos fraudes: cuando no damos las muestras de cariño y horas de convivencia al cónyuge y a los hijos, comentemos fraude contra la familia.

Cuando no trabajamos las horas estipuladas, comentemos fraude a quien nos paga; cuando pagamos menos de lo establecido, porque necesitan el trabajo, comentemos fraude contra los trabajadores; cuando el alumno no estudia lo suficiente, cometemos fraude contra nuestros padres; cuando no damos el cariño y la ayuda a los ancianos, comentemos fraude contra los ancianos; cuando no votamos o lo hacemos sin reflexionar, comentemos fraude contra nuestra patria; cuando no ayudamos y colaboramos en la Iglesia, comentemos fraude contra nuestra parroquia; cuando no educamos cristianamente a nuestros hijos, comentemos fraude contra nuestra fe.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos enfadados porque otras personas expulsaban demonios en el nombre del Señor y se lo quisieron impedir. La respuesta de Jesús es una llamada a la tolerancia: “No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”.

Quitar demonios significa humanizar, liberar a las personas de los miedos, de la opresión, de las injusticias, de la violencia.  Es decir, de todo aquello que impide que el Reino de Dios se haga realidad en nosotros y en el mundo.

Nosotros como cristianos deberíamos valorar y apoyar a todas las personas y a todos los grupos que trabajan por la justicia, por el bien, desde la política, la economía o la vida social.  Nosotros, debemos colaborar, en la medida de nuestras posibilidades, apoyando a todos aquellos que realizan una labor social con autenticidad y verdad.

Los políticos que trabajan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los sindicatos que defienden a sus trabajadores, los educadores que se desviven por educar responsablemente a sus alumnos; en general, todo aquel que se esfuerza en su vida por trabajar por la justicia, por la verdad, aunque nos sean “de los nuestros”, como decían los discípulos, “están a favor nuestro”, como decía Jesús, si se esfuerzan por un mundo más humano.

Como cristianos debemos apoyar a todas esas personas, a todos esos grupos que aunque no sean de Iglesia, pero trabajan por el bien de nuestro mundo, por el bien del ser humano.

Jesús fue tolerante con todos aquellos que hacían el bien y trabajaban por un mundo mejor.  Seamos también nosotros tolerantes con todas aquellas personas que, aunque no sean de los nuestros, hacen el bien, trabajan por la justicia, la verdad y nos ayudan a quitar los demonios que nos deshumanizan cada día más.

lunes, 13 de septiembre de 2021

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos hablan de que existen malentendidos y enfrentamientos entre personas cuyo comportamiento debería de ser un comportamiento perfecto.

La 1ª lectura del libro de Sabiduría, nos presenta la eterna lucha entre el bien y el mal.

La conducta del Justo (Jesucristo, Hijo de Dios) y de todos los que tratan de ser justos, siempre resulta una amenaza para los que no desean ser justos. La conducta de los buenos es como el espejo de la maldad de los malos. Los malos reaccionan maniobrando contra los buenos, calumniando o criticando, para tratar de quitarlos del medio. Esto fue así muy especialmente para Jesús, pero lo es también para todo el que trata de seguirlo a Él.

Al hombre justo lo quieren hacer callar y eliminarlo si pueden. El hombre bueno estorba. Como estorban todos los que han alzado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.  El hombre justo, muchas veces es despreciado en nuestro mundo porque su vida resulta como una denuncia para los que tienen mal comportamiento, por eso “lo quieren someter a prueba, lo condenarán y lo matarán”. Pero el hombre justo sale victorioso de la prueba porque Dios está con él.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña cómo hay muchas personas que hacen el mal, y son además presumidos que no soportan que nadie los corrija.

Vivimos en nuestra sociedad una cultura competitiva: competencia para tener más, queremos tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; competencia en el poder; competencia en quien es más influyente, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando.  Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y guerras están al orden del día.

La ambición, la envidia, el orgullo, la competitividad, el egoísmo, crean divisiones y destruyen la comunidad y a las personas.

Los robos, los asesinatos y la mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir estas cosas.

¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder!

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos discutiendo sobre quién iba a ser el primero en el Reino, quien iba a mandar allí.

Jesús los interrumpe: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Servir a todos, significa vivir según el estilo de Cristo, significa quedar el último.

Entre nosotros cuando se quiere realizar algo en serio se busca a los mejores y la norma fundamental para lograrlo es la competitividad. Hay que competir para todo, superar a los demás, demostrar que lo mío, nosotros mismos somos los primeros, lo mejor. Competitividad que se ha convertido en pensamiento único y en norma intocable para desarrollar actividades en instituciones empresariales, sociales, profesionales, culturales, religiosas. Así está organizada nuestra vida con la competición para lograr un puesto de trabajo, el poder, para ser los primeros.

Entre nosotros servir a los demás, servir al pueblo, se utiliza con frecuencia comolema y consigna para prestar unos servicios en los que se busca ante todo dinero o poder. Jesús no habla de esta servicialidad sino de un servicio sin factura ni beneficios, cuyo único beneficio es humanizar a los demás, ayudar a vivir humanamente a los demás, y humanizarse uno mismo al servir.

Pero también hay personas que se comprometen a servir a los demás.  Ponen su profesión, sus bienes, su vida al servicio de organizaciones que trabajan en lograr la justicia y la paz para todos.  Hay personas que sólo son felices sirviendo a los demás, como lo hacía Jesús.

Es posible que muchas personas se engañen a sí mismas pensando que no pueden hacer prácticamente nada por los demás.  Y no podemos olvidarnos que todos, desde cualquiera que sea nuestra situación en la vida, desde nuestra ocupación, podemos servir, ofrecer algún servicio a los demás.  Lo importante es tener las ganas y el deseo sincero de ayudar.  Hasta una buena palabra, una sonrisa pueden ser ayudas, servicios inapreciables.

En definitiva, quien quiera seguir Jesús, hoy nos lo dice, está llamado a servir como Él, voluntariamente, sin olvidar que la vida se vive intensamente solo cuando amamos, cuando regalamos, cuando servimos.

lunes, 6 de septiembre de 2021

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

¿Qué buscamos en la vida?  Seguramente tener buena salud, que haya felicidad en nuestra familia, tener trabajo, buenas relaciones con la gente y con Dios.  Sin embargo, las lecturas de hoy nos van a hablar del misterio del dolor humano –tan difícil de aceptar y de comprender– y así ayudarnos a entenderlo un poco más.

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor.

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado.

No podemos pasarnos la vida, inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo. Hay que confiar en Dios.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

La fe tiene que ser acompañada por las obras. Lo que pide Santiago es coherencia entre la fe y el estilo de vida.

Santiago denuncia la tendencia que todos tenemos a contentarnos con las palabras – palabras bonitas, solemnes – pero sin pasar a cumplirlas en la vida.

¿Cómo es nuestra conducta con los que no tienen que comer ni vestir?  No basta con decirles palabras de ánimo y no ayudarles.

Mirando a países más pobres, o mirando sencillamente a nuestro alrededor, referido a lo económico, o también a lo humano: ¡cuántos necesitan de nuestro interés, de nuestro tiempo, de nuestra acogida, de nuestra esperanza! Y podemos quedarnos en palabras muy bien sonantes – comunidad, solidaridad, justicia, democracia, amor fraterno – y no pasar a lo concreto, a una actuación coherente. También lo dice san Juan en su primera carta: “Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad”

En Evangelio de San Marcos, Jesús decía: “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

El seguimiento de Jesús no consiste en un camino de rosas. Para seguir sus pasos es necesario negarse uno a sí mismo, tomar nuestra propia cruz y acompañarlo. Pero no estamos solos. Podemos vivir el sufrimiento acompañados por Jesús.

El que gane su vida la perderá, el que no piense más que en todo eso que tantas veces constituye nuestra vida: el dinero, la posición social, la diversión, la salud. El que no viva más que para triunfar a toda costa en la vida humana se perderá a sí mismo.

El hombre vale, no lo que valen sus posesiones. El hombre vale lo que vale su corazón, en su tendencia hacia fuera. El hombre comienza a ser hombre de verdad cuando empieza a amar y llega al sumo de ser hombre, cuando se da del todo y da su vida por el amigo.  “el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Pero… ¿qué significa querer salvar nuestra vida? Significa querer aferrarnos a todo lo que consideramos que es “vida” sin realmente serlo.  Es aferrarnos a lo material, a lo perecedero, a lo temporal, a lo que nos da placer, a lo que nos da poder, a lo ilícito, etc. Si pretendemos salvar todo esto, lo perderemos y, como si fuera poco, perderemos la verdadera “Vida”. Pero si nos desprendemos de todas estas cosas, salvaremos nuestra Vida, la verdadera, porque obtendremos, como Cristo, el triunfo final: la resurrección y la Vida Eterna.

Que esta Eucaristía que ahora celebramos nos dé la fuerza que necesitamos para vivir con mayor intensidad la enseñanza de Jesús.

lunes, 30 de agosto de 2021

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo.

Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.

Hay también muchas personas que viven angustiadas por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones.

Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie.

En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son.

Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas.

El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo.

Jesús nos tendría que curar también a nosotros, porque a veces somos sordos y mudos. No oímos lo que tendríamos que oír: la Palabra de Dios, o también las palabras de nuestros hermanos. Y no hablamos lo que tendríamos que hablar: en la alabanza a Dios y también en nuestras palabras de ayuda a los hermanos.

Hoy existen miles de satélites por los aires. Nuevos cables submarinos por todos los mares. Autopistas que unen naciones. Facilidades de paso por las fronteras. Todo nos lleva a una mayor comunicación y sin embargo nunca ha habido más sordos ni más mudos.

Tantas ondas, tanto ruido ha estropeado nuestro tímpano y cada vez somos menos capaces de oírnos y de oír a los demás. Y el que habla abre y cierra la boca como en el cine mudo, no nos parece que pronuncia palabras accesibles, porque nadie le presta atención.  Nunca ha habido tanta soledad. Soledad de los ancianos que, o viven solos, o en medio de las familias no encuentran a quien contar sus batallitas.  Los esposos no se entienden con los hijos y no pocas veces entre ellos.

Los jóvenes acusan a los mayores que no los entienden.  Sea por nuestro propio egoísmo, sea por las desilusiones que nos hemos llevado con lo demás, sea porque nos sentimos llenos de problemas y no nos basta con los propios para ocuparnos de los demás, el caso es que en la era de las comunicaciones estamos incomunicados unos con otros. El contacto de Tú a Tú va pasando a ser pieza de museo, o motivo de novela romántica.

Nunca ha tenido más actualidad el grito de Jesús al sordomudo del evangelio: “¡ábrete!”

Ábrete al hombre, abre tu corazón y sal al encuentro de los hombres que te necesitan y tú necesitas. Ábrete al hombre que te ofrece su amistad. Ábrete al que necesita tu cariño. Ábrete al que tiende su mano hacia ti en espera de ayuda. Ábrete y escucha al que te cuenta esos problemas que nadie más puede contar. Ábrete al que necesita tus palabras de consuelo, sal de tu mudez y deja oír tus palabras. Apártate de la muchedumbre de vez en cuando, como Jesús apartó al sordomudo para hacerle oír su voz.