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lunes, 15 de noviembre de 2021

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO B)

Con esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo concluimos el presente Año Litúrgico, para comenzar el próximo domingo con el Adviento, en preparación para la Navidad.  La fiesta de hoy es como un resumen del año, un resumen de todo lo que hemos celebrado y vivido los cristianos durante todo el año.

La 1ª lectura del profeta Daniel, anuncia que Dios va a intervenir en el mundo, para eliminar la crueldad, la ambición, la violencia, la opresión que marcan la historia de los reinos humanos.

Muchos gobiernos de este mundo están basados en el poder y son generadores de explotación, de miseria, de violencia.  Esta forma de gobernar, será tarde o temprano destruida, ya que el reino del mal no será eterno porque Dios intervendrá en la historia para destruir las fuerzas de muerte que impiden al hombre alcanzar la libertad, la paz y una vida plena.  Dios espera y desea unos gobiernos y una forma de gobernar más humana, más cercana al pueblo.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis, nos presenta Jesús como el principio y el fin de todas las cosas. 

En este mundo, hay unas pocas personas que son importantes, que tienen infinidad de privilegios, sin embargo, la mayoría de las personas que formamos parte de un pueblo, de una nación somos considerados como la mano de obra, los que no cuentan, los que no tienen derechos, los que no son escuchados.  Para Dios, todos somos importantes, porque nos ha convertidos a todos los seres humanos en reyes, es decir, hijos de Dios y herederos del Reino de Dios.

En el Evangelio de san Juan, Pilato le pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”  Efectivamente Jesús es rey, pero no como los reyes de este mundo.

Lo que diferencia el reino de Cristo de los otros reinos o repúblicas de este mundo es la manera de gobernar.  El Reino de Dios no gobierna por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para atraerse a los ciudadanos. Otras veces tienen que consentir a los ciudadanos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social.

Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. Decir la verdad delante de las autoridades religiosas y civiles llevó a Jesús a la muerte.

La verdad que Jesús nos anuncia no es algo que se puede aprender en la Universidad o en los libros. Es más bien su propia persona.

El problema de nuestra cultura es que ha renunciado a la verdad o la identifica simplemente con la opinión de la mayoría o con lo que se dice en la televisión.  Muchas veces no importa la verdad de las personas, ni la verdad de las cosas, sino que el sistema funcione aunque sea a base de mentiras.  Esto fue lo que hizo Pilato, lavarse las manos ante el problema de la verdad de la inocencia de Jesús.  Para Pilato, no importaba la verdad, lo que importaba era conservar su cargo, complacer a los judíos.

Cuantos gobiernos hay que se apoyan en la violencia de las armas, y se apoyan en la violencia de sus mentiras para gobernar.  Las mentiras de muchos gobernantes hacen que muera mucha gente.  Cuantos pueblos hay que sufren el terror de los que en nombre de la paz y la democracia mueren por defender su libertad; cuantos países subdesarrollados, en nombre de la libertad de mercado, son mantenidos en la pobreza y la miseria; cuantas naciones, en nombre de la globalización de la economía son sometidos a condiciones comerciales que acaban con la soberanía y la libertad de las naciones pobres.

Nosotros, como cristianos, tenemos que estar a favor de la verdad y esto supone y exige estar en total desacuerdo con la mentira.  No podemos ser neutrales.

La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor, como nuestro único Rey. 

Por todo esto y de esta manera el Reino de Dios no es de este mundo y Jesús no es rey como los de este mundo. No porque no tenga nada que decir acerca de los problemas de esta tierra, sino porque tiene mucho que decir; y porque para que su reinado se establezca plenamente en él, este mundo tiene mucho que cambiar, este mundo tiene que convertirse en ese otro mundo posible y necesario que desean los que tienen hambre y sed de justicia.

Jesús nunca buscó el éxito, su muerte en la cruz no fue un fracaso, sino la manifestación del amor de Dios Padre que hace que nosotros nos convirtamos en ciudadanos del Reino de Dios.  Un Reino de verdad, de justicia, de amor, de gracia y de paz.

lunes, 8 de noviembre de 2021

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Estamos acabando el año litúrgico, y las lecturas nos hablan del final de los tiempos, del final del mundo. 

La 1ª lectura del profeta Daniel nos muestra al pueblo judío que no goza de paz porque está siendo perseguido y en estas circunstancias el profeta Daniel les anuncia que Dios va a intervenir para liberar al pueblo fiel. En su tiempo, el pueblo de Israel, sufría persecución, muerte y derrota por la persecución de los reyes de Persia.

Hoy, nosotros, sufrimos también desgracias y desesperanzas en esta sociedad moderna, donde a veces perdemos las ilusiones y hasta las mismas esperanzas, y nos dan ganas de echarlo todo a rodar, cuando vemos cómo la inmoralidad y la falta de honestidad nos las imponen en los mismos hogares, a través de la televisión, jugando con nuestros instintos y pasiones y  destruyendo la moral de nuestros hijos, niños y jóvenes; cuando vemos que grupos fuertes de narcotraficantes imponen su ley de muerte con la venta de drogas, enfrentándose y amordazando a los mismos gobiernos, que nosotros hemos elegido para que nos administren con honestidad y justicia y para que nos defiendan; cuando vemos también y sufrimos tantas injusticias, sintiéndonos impotentes y derrotados, como aquel pueblo de Israel ante la persecución a muerte de sus reyes.

Hay personas, hoy en día, que son “perseguidos” por ser fieles a los valores cristianos, y si acaso no son perseguidos sangrientamente, sí, muchas veces no son tomadas en cuenta estas personas o son motivo de risa, de marginación o de rechazo.

La lectura de hoy nos dice que Dios no abandona a aquellas personas que le son fieles y que la victoria final será para aquellos que se mantienen fieles a Dios y que siguen su camino.  Tenemos que ser muy conscientes que Dios no nos va a abandonar y que el justo, es decir, el que ha permanecido fiel a Dios despertará para la vida eterna; los otros, los que no han sido fieles a Dios despertarán para la tribulación perpetua.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda que Jesús vino al mundo para liberar al hombre del pecado, para hacernos hombres justos.

Cuando en nuestra vida tomamos decisiones equivocadas, que incluso nos pueden apartar de Dios, Él no nos abandona.  Todo el mal que, a veces, hay en nuestra vida, en nuestro interior, no tiene la última palabra.  La última palabra es siempre el amor misericordioso de Dios, un amor que siempre está buscando nuestra salvación.

Que no seamos nosotros quienes hagamos inútil o estéril la muerte de Jesús, sino que avivemos nuestra fe en el Señor y la esperanza en su perdón. Porque Jesucristo vino al mundo para cumplir una única misión: salvar y liberar a los hombres de su pecado.

El Evangelio de san Marcos nos habla del fin del mundo.

El Evangelio de hoy nos invita a pensar en el futuro, a pensar en el destino final de la humanidad y de nuestra historia, a pensar el destino final de cada uno de nosotros.  ¿Hacia dónde vamos?  ¿Qué pasará al final de los tiempos?  A veces, hacernos estas preguntas nos da miedo y por eso no pensamos mucho en el final de los tiempos.

La ciencia nos dice que esta tierra con todos los seres vivos y el universo entero llegará un día en que desaparecerán.  El Sol, dicen los científicos, en sus últimos años de vida, aumentará de tamaño y se comerá la Tierra, después explotará quedando sólo un pequeño resto de materia que se irá apagando poco a poco.  Y como el Sol todas las demás estrellas del universo, irán apagándose y desapareciendo.  Esto pasará dentro de miles de millones de años.  Quizás la humanidad haya desaparecido mucho antes, y desde luego cada uno de nosotros ya no existirá. Por eso nos preguntamos ¿cuál es nuestro destino? ¿Desaparecer? 

El Señor, anticipándose a los descubrimientos de los científicos también nos predijo que el cielo y la tierra pasarían, pero nos dijo que sus Palabras, sus promesas permanecerán para siempre.  Al final, nuestro destino no es desaparecer para siempre sino encontrarnos con el Señor.  El Dios que nos dio la vida es el mismo que también estará presente al final de la historia.  Por eso todos los días de nuestra vida, se nos invita a confiar en Dios, a confiar en su Palabra, a confiar en su promesa de vida eterna.

Confiar en el Señor no es solamente para consolarnos a la hora de la muerte, sino que hemos de confiar en el Señor porque sabemos que al final de la vida nos vamos a encontrar con Él cara a cara, pero ya desde ahora nos encontramos también con Dios todos los días en cada acontecimiento de la vida.

Si Dios está al final de la vida, lo está también ahora y aquí, por eso tenemos que saber descubrir a Dios en el sufrimiento, sintiendo a Dios solidarios con nosotros e invitándonos a resistir al mal.  Tenemos que descubrir a Dios también en las alegrías dejando que brote en nosotros la alabanza y el agradecimiento a Dios.  Tenemos que vivir la vida sabiendo que Dios está a nuestro lado en lo bueno y en lo malo.  Dios está aquí queriendo encontrarse con nosotros, queriendo que ya desde ahora vivamos la alegría de ese encuentro definitivo que tendremos con Él en la vida eterna.

martes, 2 de noviembre de 2021

 

XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son una invitación a que seamos auténticos, coherentes, personas con una vida interior.  Podemos vivir una vida de apariencias, preocupados por lo que piense la gente, o podemos vivir una vida auténtica, llena de riqueza interior.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presentó al profeta Elías que le pide agua a una viuda pobre que estaba recogiendo leña.  Después, el profeta Elías le pide también pan.  La viuda protesta, pero Elías insiste.  La mujer obedece y se realiza el milagro.

Que importante es tener fe, esperar contra toda esperanza.  Aceptar los planes de Dios, por muy extraños que sean.  Cuando obedecemos a Dios, cuando aceptamos la voluntad de Dios, podemos superar cualquier desgracia que estemos viviendo.

Esta pobre viuda se olvidó por un momento del hambre y se dispuso a entregar lo que Dios le pedía por medio del profeta.  Y entonces “la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó”

Esta mujer dio todo lo que tenía, hasta quedarse ni nada.  Nosotros hemos de dar lo que más podamos.  Y mientras más demos, mayor será nuestra recompensa.  Lo poco que demos se nos devolverá triplicado por Dios.  Claro que lo que mejor podemos darle a Dios es entregarle nuestra propia persona, darle nuestro tiempo, darle nuestro corazón.

Debemos aprender a desprendernos de todo aquello que puede atar nuestro corazón y que pueda impedirnos acoger los retos y propuestas de Dios.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos dice que Cristo vino a este mundo a liberar al hombre de las cadenas del egoísmo y del pecado.

Cristo se entregó por nosotros y derramó su sangre por nuestros pecados.  Por lo tanto ya no son necesarios los sacrificios de animales como se hacía en el Antiguo Testamento, porque dichos sacrificios no valen para nada. 

Es por ello, que debemos evitar el pecado en nuestra vida.  Esto no quiere decir que el pecado no siga existiendo en el corazón humano, pero el pecado no debe triunfar sobre este mundo, ni sobre nuestro corazón.  El mal ha sido vencido por la muerte de Cristo.  Este mundo, se acabará un día y entonces el pecado habrá desaparecido.  Pero mientras vivimos y este mundo sea mundo, tenemos la fuerza de Cristo para vencer el pecado.  Hemos de esforzarnos en vivir en gracia de Dios y no en pecado.

El Evangelio de san Marcos nos habla hoy de la virtud de la generosidad.

Jesús no admira el dinero que echan a las alcancías los poderosos e importantes de este mundo, a Jesús le conmueve la generosidad de la pobre mujer que da dos monedas, lo que tenía para vivir.

En nuestro mundo no es fácil comprender el sufrimiento de los necesitados y resulta difícil dar gratuitamente.  Se hace difícil la generosidad.  Siempre tenemos una excusa para no compartir lo nuestro, para no compartir lo que hemos ganado honradamente.  Y nos olvidamos que los bienes de este mundo han sido dados por Dios para que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad.

Es posible que tengamos que dar de nuestros bienes por obligación legal, por ejemplo, pagando los impuestos.  Pero pagar impuestos no quiere decir que seamos generosos.  El Evangelio nos invita a pensar en nuestra generosidad, a pensar en lo que damos y cómo lo damos. Si tenemos o no un espíritu generoso.

¿Damos de lo que nos sobra, o como la pobre del evangelio, damos de lo necesario para vivir?  ¿Damos a Cáritas esa ropa que impide que sigamos llenando nuestro armario de más ropa?  Mientras des solo el tiempo que te sobra, las monedas que te sobran y te mo­lestan por su peso en la bolsa, mientras des las sobras de todo lo de tu vida, no puedes esperar nada que pueda llenar ni tu vida, ni los amores de tu co­razón.

Cada uno sabe cuánto y cómo da, damos sin duda, pero ¿llegamos a ser generosos? Nuestra verdadera grandeza no se mide ni por los bienes que hayamos conseguido acumular, ni por los conocimientos que tengamos, ni por el éxito social alcanzado, sino por nuestra disposición para servir y ayudar a otros a ser más humanos, a vivir.

La generosidad es elegancia del espíritu, aunque esté poco de moda. Por eso cobra especial importancia la invitación del Evangelio a valorar a las personas por su capacidad de servicio y solidaridad.

Pensemos hoy en lo que damos y en cómo lo damos. No lo olvidemos: el dar generoso enriquece nuestro espíritu, aunque nuestras manos queden vacías.

lunes, 25 de octubre de 2021

 

XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La celebración de este domingo es una invitación a que redescubramos qué es lo más importante en nuestra vida y en nuestra fe, porque quizás lo hemos olvidado y tenemos que saber qué es lo más importante para poder llevarlo a la práctica.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos presenta la solemne proclamación de fe que todo israelita debe hacer diariamente al amanecer, al medio día, al ponerse el sol y cuando va a morir. 

El mensaje es muy claro: “Sólo hay un Dios al que debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas”.

A veces, nos olvidamos que Dios tiene que ser el eje fundamental sobre el cual debe girar nuestra vida y dejamos que nuestro corazón se vaya tras otras cosas y ponemos nuestra confianza, nuestra seguridad y nuestra esperanza en el dinero, el poder, el éxito, la realización profesional, la posición social, los títulos, etc.

Decir que Dios es único, es decir que Él es el único y verdadero camino para una vida en plenitud.  Nunca nos vamos a realizar plenamente como seres humanos viviendo al margen de Dios. 

Sin Dios, contando únicamente con nuestras fuerzas, no vamos a encontrar el camino para realizarnos plenamente, para encontrar la felicidad, para vivir una vida en plenitud.

Afirmar que hay que amar a Dios, supone que hay que analizar la cuestión de los ídolos, a quienes tantas veces, les entregamos la dirección de nuestra vida.

Muchas canciones hablan del olvido: del amor que fue y ya no es; se lamentan del desencuentro después del encuentro, de la distancia después de la cercanía.  Muchas canciones son interpretaciones de tantas experiencias de desengaños amorosos.  Pero muchas de esas canciones podría cantarla el mismo Dios. Muchas de esas canciones de amores y desamores, muchas de esas historias, podría tener a Dios como el protagonista.  Dios está siendo objeto de desamor, de infidelidad amorosa, de indiferencia y de olvido.

Nuestro Dios es Amor, es Pasión amorosa hacia nosotros y no se merece un trato frío, de indiferencia y olvido.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo como el sumo sacerdote que vino al mundo para realizar el proyecto salvador de Dios Padre y para ofrecer su vida en donación de amor a los hombres.

Nosotros, como creyentes, siempre estamos preocupados de cómo agradar a Dios y cómo darle culto, y a veces, nos olvidamos que a Dios lo que más le gusta es la entrega de nosotros mismos a Él.  El culto que Dios nos pide y que le agrada es que obedezcamos y hagamos realidad sus proyectos y el amor a los hermanos.

El evangelio de san Marcos nos dice hoy qué es lo central, lo primero y principal, lo fundamental para un cristiano.  Y Jesús nos dice que es el amor a Dios y el amor a los hermanos.  Esto es lo fundamental y estos dos mandamientos no se pueden separar.

Amar a Dios y al prójimo, a la vez, sin división, porque el amor al prójimo es prueba del amor que decimos profesar a Dios.   Pero hay un problema, el problema de saber qué es el amor. 

Porque quizás no haya una palabra tan maltratada y adulterada como esta del amor.  Amor romántico, amor posesivo, amor familiar, amor de pareja, hacer el amor… ¿qué es el amor?  ¿Cuál es el verdadero amor?  Nos pasamos la vida pensando que amamos a alguien y quizás lo único que estamos haciendo es comerciar con los sentimientos y las necesidades de cada uno. 

Decimos amar pero damos por supuesto siempre que tenemos que ser correspondidos. Y no hablemos ya del problema que la psicología moderna nos ha descubierto con la autoestima, porque hay muchas personas que no se aman en absoluto, personas que desprecian su imagen, su trabajo, su vida en general. Personas quizás poco agraciadas físicamente, quizás poco inteligentes, personas que cometieron graves errores, personas que nadie las amó, ni les dijo una palabra de aceptación…  ¡Cómo pedirles a estas personas que amen a los demás como a sí mismos si no se aman nada!

La solución hay que buscarla en las palabras y los gestos de Jesús, cuando en la noche del Jueves Santo revelará a sus discípulos cómo tienen que amarse: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” les dirá.  Así, para saber en qué consiste el amor, sabemos que no depende del sentimiento amoroso, ni de la autoestima, ni de mis necesidades, sino que el amor consiste en amar como Jesús nos ha amado, dando la vida. Y dar la vida significa estar dispuesto a gastarse en favor de los demás.  Gastar nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestro dinero.  Es como dar un cheque en blanco. 

Que lleguemos a conseguir en nuestra vida amar de esta manera no es fácil.  Pero al menos tenemos claro el camino, y siempre en nuestras relaciones con los demás podremos traer a la mente el amor de Jesucristo y así estaremos seguros de nunca fallar.

Que el Señor nos enseñe a amar en la escuela de su corazón. 

TODOS LOS SANTOS (CICLO B)

Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos.  En este día la Iglesia recuerda a todos los hombres y mujeres buenos y justos, conocidos o desconocidos que han pasado por este mundo haciendo el bien.

Entre estos santos que hoy celebramos, puede que haya algún familiar, algún amigo que hayamos conocido.  Ellos nos han dado las mejores lecciones de cómo vivir en familia, cómo vivir la amistad, cómo vivir en sociedad.  Seguro que todos podemos recordar a alguna persona que ha vivido en santidad.  Todos podemos recordar a alguien que ha sido un ejemplo de vida, un santo, es decir, un hombre o mujer que ha sido un verdadero regalo, que Dios puso junto a nosotros y que nos enseñaron tantas cosas buenas.

Nosotros conocemos a algunos Santos, a nuestros patronos, los patronos de nuestros pueblos.  Conocemos otros Santos, que la Iglesia ha querido canonizar y están en los altares.  Conocemos también a otros santos más cercanos, que han vivido junto a nosotros y que es posible que aún los lloremos cuando pensamos en ellos: familiares, amigos, vecinos que han dejado un gran vacío en nuestras vidas.

Estos hombres y mujeres vivieron una vida de bondad, de fe, nos ayudaron a creer en Dios, a confiar en Dios.  Muchos de ellos han vivido una vida oculta, callados, sin darse a conocer, pero han vivido una vida santa.  Estos son los santos que hoy celebramos en esta fiesta de Todos los Santos.

Entre ellos no hay distinción de razas, ni de pueblos, ni de clases sociales, han nacido y vivido en todos los pueblos de la tierra. 

Algunos de estos santos han trabajado en la vida social, política, sindical, comprometidos y trabajando por  la justicia y la paz de sus pueblos, de sus gentes; otros han vivido lejos de la tierra en que nacieron, en tierras de misión queriendo ayudar a vivir, a enseñar la verdad; otros han vivido aquí cerca, con una vida callada, quizás sus acciones de misericordia no llamaban demasiado la atención, visitaban a ancianos en su soledad, les hacían pequeños favores, los visitaban; en una palabra, hacían el bien a todos aquellos que los necesitaban.

Hoy, todos estos hombres y mujeres viven con Dios, llenos de gozo y de alegría y desde el cielo nos acompañan en nuestra vida.  Podemos sentir su presencia cerca, muy cerca de nosotros porque no se han ido de nuestro lado.

Al celebrar esta fiesta de Todos los Santos, Dios nos llama a todos a ser santos, a que la santidad sea la meta de nuestra vida.  Sin embargo, nos damos cuenta que para muchas personas la meta de su vida no es buscar la santidad.  Para muchos la meta de su vida es tener un buen trabajo, tener una familia, viajar, tener un buen coche, tener muchos amigos, tener una buena posición social, ser inteligente, etc.  Y todo esto es legítimo, está bien, siempre y claro está que para obtener estas cosas no tengamos que sacrificar a otros ni tengamos que dejar de ser honrados.  Tener muchas cosas no nos da siempre la felicidad, sobre todo cuando descubrimos que otros no tienen ni lo mínimo para sobrevivir.  Nuestra máxima aspiración en la vida debe ser buscar la santidad.

Y ¿cómo podemos ser santos?  El Evangelio nos propone el camino de las bienaventuranzas para llegar a ser santos. Las bienaventuranzas son, a la vez que el motivo de santidad de todos los santos, el camino de la santidad para todos nosotros.

Dichosos los pobres de espíritu, los que son sencillos y humildes; los que, por no tener, es más fácil que confíen en Dios que los que tienen, que confían en sus bienes. Se puede ser más feliz viviendo la pobreza de espíritu que estando esclavo del espíritu de riqueza, que estando pendiente del tener, el poder y el gozar.

Dichosos los sufridos, los que tienen capacidad de aguante ante las adversidades y no responden con violencia a los contratiempos de la vida y de la convivencia. Se puede ser más feliz controlando la violencia que todos llevamos dentro que teniendo agresividad. Se puede ser más feliz renunciando a los propios derechos, por amor, que estando continuamente reclamando los derechos que uno tiene.

Dichosos los que lloran. Dichosos los que afrontan con entereza el dolor y las lágrimas, porque después de llorar con todas las ganas podrán reír con todas las ganas. Se puede ser más feliz asumiendo el dolor y las lágrimas que huyendo de él.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, dichosos los que quieren que la voluntad de Dios se cumpla; la justicia es lo que se ajusta a la voluntad de Dios. Se puede llegar a la plenitud de la felicidad cumpliendo la voluntad de Dios, porque su voluntad es nuestra felicidad, más que si nos dedicamos a cumplir nuestra caprichosa voluntad.

Dichosos los misericordiosos.  Se puede ser más feliz siendo comprensivo, siempre, con los pecados y las miserias de los demás que “llevando cuentas del mal”, porque el amor no lleva cuentas del mal, olvida las ofensas.

Dichosos los que trabajan por la paz. Se puede ser más feliz viviendo reconciliados con Dios, con uno mismo y con los demás, que viviendo enemistados y divididos.

Este es el camino de la santidad, el camino que millones de personas como nosotros han recorrido y están recorriendo, con dificultades, pero con fe y confianza en la ayuda del Señor.

lunes, 18 de octubre de 2021

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan de la preocupación que Dios tiene porque el hombre encuentre la vida verdadera y nos señala el camino que es necesario seguir para alcanzar esa meta.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta al profeta invitando a los judíos que sufrían en el destierro una situación desesperada, a tener ánimo, porque Dios los quería liberar.

El Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre.

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta. Sin embargo, la primera lectura nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera. Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Cristo como sacerdote, mediador entre Dios y los hombres.

Jesús, al asumir nuestra humanidad, experimentó nuestra fragilidad, nuestra debilidad; se hizo tan humano, que es capaz de comprender nuestros errores y fallos y mirarnos con ojos de bondad y misericordia.  De esta manera de mirarnos Jesús, podemos sacar dos consecuencias para nuestra vida. 

La primera, es tener plena confianza en Dios y vivir con esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestros fallos, siguen creyendo en nosotros y sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a trabajar por todos aquellos que son humillados, explotados e incomprendidos.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba el episodio del ciego Bartimeo. 

El ciego está “sentado, al borde del camino, pidiendo limosna”. Esto indica una situación de marginación y exclusión y cierta pasividad. Lo único especial es que el ciego conoce su situación y quiere salir de ella, por lo que suplica: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Esta situación quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué necesitado está nuestro mundo de que todos los hombres reconozcamos que Dios, que pasa a nuestro lado, tenga compasión de nosotros!, ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!

Conocida la realidad de nuestro mundo, viene otro momento importante del proceso de la fe: los intermediarios. Normalmente todos debemos nuestra fe al ejemplo de alguna persona, a la educación de alguien… En el pasaje del evangelio los intermediarios entre Jesús y el ciego tienen una doble actitud. Por un lado, le regañan para que no moleste a Jesús; por otro lado, le dicen: “Ánimo, levántate que te llama”. Todos nosotros podemos ser intermediarios en el proceso de la fe de nuestros hermanos. Y podemos ser un obstáculo o una ayuda. Ojalá que no seamos un impedimento para nadie en su fe. Pero el papel del intermediario es mediar y desaparecer, porque después viene lo que es realmente importante en el proceso de la fe: la relación personal con Jesús.

El ciego da un salto, deja el manto y se acerca a Jesús. “¿Qué quieres que te haga?… que recobre la vista… Anda, tu fe te ha salvado”. Lo importante es que el ciego y Jesús tienen un encuentro personal en el que el ciego expresa lo que desea y Jesús lo libera del mal que le entristece. En el proceso de la fe, lo importante es el encuentro personal con Jesús.

¿Cómo se puede ser cristiano, por la fuerza de la costumbre o ciertas tradiciones, sin experimentar esta relación personal con Dios en la oración y en los sacramentos?

Después del encuentro, viene el seguimiento: “Y lo seguía por el camino”. Si uno de verdad se ha encontrado con Dios, su vida se transforma; comienza a seguir a Jesús; es decir a identificarse con su mensaje, con sus valores, con su modo de entender la vida y su modo de vivirla. ¡Cuántos cristianos, bautizados, no han llegado a este nivel en el proceso de su fe!

El seguimiento de Jesús tiene un proceso y un momento importante de este proceso es la relación personal con Jesús, en la que uno tiene que experimentar cómo Dios lo cura de sus pecados, de su ceguera, lo libera.

El mal del que Jesús nos quiere curar quizá no sea nuestra ceguera, físicamente hablando, sino la ceguera espiritual. No hay mayor ceguera que la obstinación, la cerrazón, la cabezonería, en lo que uno piensa acerca de Dios y de los demás. También nosotros podemos estar ciegos en este sentido. Nuestro modo de concebir a Dios, a la Iglesia, puede ser un obstáculo para descubrir la novedad del mensaje del Evangelio. Por eso debemos hacer nuestra la petición del ciego: “Maestro, que pueda ver”.

Que seamos conscientes de que nuestra fe tiene un proceso, unas etapas. Que lleguemos al final de ese proceso, al seguimiento e imitación de Jesús.

lunes, 11 de octubre de 2021

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo, nos recuerda que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios.

Los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes. En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.

En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza.

No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos.

La carta a los Hebreos, nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.

Los seguidores de Cristo estamos invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra flojera, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.

En el Evangelio de san Marcos, con motivo de la petición de los dos discípulos de “sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”, hemos leído unas palabras de Jesús sobre el poder.

El deseo de poder es una de las grandes pasiones del hombre.  Todos de alguna manera queremos ejercer alguna forma de poder.  Imponemos muchas veces nuestra manera de ver las cosas; queremos decir siempre la última palabra; incluso las simples conversaciones normales son con frecuencia más una lucha que un diálogo sereno y respetuoso.

El evangelio de hoy, encontramos una descripción muy clara de los problemas del poder: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen”. 

Jesús habla en contra del dominio, la explotación, la usurpación del poder.  San Lucas llega a hablar de una manera irónica diciendo: “y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores”.

Jesús nos propone un camino: “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.  Estas palabras son el programa cristiano ante el carácter, a veces injusto, del poder.

“el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”.  Con su palabra y con su vida Jesús condena como inhumanos la opresión y el dominio de unos seres sobre otros.

“No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” Jesús sabe que habla en un mundo que piensa y vive al revés, que consideran primero a quien está en lo alto de la escala social.  El mensaje de Jesús es: hay que cambiar las categorías, hay que empezar a servir abandonando las ganas de dominar y ser servido.

El error más grande es querer mandar para ser el primero y que nos sirvan.  Hay que ser como el Hijo de Dios; Él es el verdadero hombre, Él es el que se coloca al lado de los demás hombres, de todos, en actitud de acogida y de servicio, sea quien sea.

Nosotros vivimos en un mundo movido por hombres, como también nosotros, por mil intereses.  Hay que amar hasta servir.  Cuando sabemos servir entregando incluso trozos de vida, entenderemos la verdadera grandeza del Evangelio.

Hay que crear hombres nuevos según el Evangelio, ésta debe ser la repuesta cristiana.

lunes, 4 de octubre de 2021

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre qué cosas son importantes en nuestra vida.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos pone el ejemplo de Salomón que, antes que la belleza, la riqueza o la salud, prefirió la Sabiduría para poder gobernar a su pueblo.  La sabiduría de la que nos habla la primera lectura no se refiere a la sabiduría de saberes humanos, sino la Sabiduría que viene de Dios.

Ser sabio no es saber muchas cosas o tener grandes conocimientos.  Es tener paz interior para ver las cosas desde los ojos de Dios y encontrar así el sentido de la vida.

Vivimos de lo que dicen los periódicos, de los chismes, de esas personas que admiramos por sus muchos conocimientos. Algunas personas son un auténtico depósito de conocimientos. Tienen una memoria prodigiosa que les permite hablar de todo, de casi todo. Pero, ¡vana es la ciencia! Lo que vale es “la sabiduría”. Es un don divino. Un poco de sabiduría vale más que mil libros, que mil periódicos.  Debemos preferir la Sabiduría de Dios a cualquier otra cosa si realmente queremos ser felices.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

Cuántas veces no nos hemos sentido defraudados ante las palabras. Hay quienes tienen como tarea decir muchas palabras. Todo lo dicen. Pero, sin embargo, la palabra no llega, no resuelve nada. Es como el polvo, “innecesario”. Y, sin embargo, hay algunas palabras que nunca pasan. Hay palabras capaces de herir hasta en lo más profundo del ser. ¡Llegan! ¡Llegan tanto… que resultan inolvidables! ¿Quién de nosotros podrá olvidar algunas frases que escuchó, una vez, y desde entonces han formado parte de su vida? Así es la Palabra de Dios: Viva, eficaz, tajante, penetrante.

Hemos de descubrir la importancia de confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios, ella nos puede ayudar a aclarar nuestra vida, a tomar decisiones importantes, a ayudarnos a crecer, y a discernir el bien del mal. Por eso, la Palabra de Dios que leemos en cada misa siempre tiene un mensaje importante para el ser humano.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado al joven rico que le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para salvarse.

Un antiguo proverbio dice: “Todos nacemos con los puños cerrados pero todos debemos morir con las manos abiertas”.  Los puños cerrados y las manos abiertas simbolizan el espíritu de posesión y el espíritu de desprendimiento.

No podemos disfrutar de algo, al menos que tengamos libertad para soltarlo y dejarlo.  Sin esta libertad, lo que poseemos nos posee.  Nos convertimos en esclavos de nuestras posesiones.

Dios nos dice que debemos amar a las personas y usar las cosas.  Jesús nos dice: “guarda tu corazón para amar a las personas: tu familia, tus vecinos, Dios”. 

Jamás le des tu corazón a una cosa, porque si lo haces, esa cosa, sea lo que sea, se convertirá en tu dueño.  Si entregamos nuestro corazón a las cosas, eso nos causará ansiedad y nos quitará hasta el sueño.  Cuando empiezas a amar las cosas, comienzas a usar las personas para conseguir cada vez más abundantes cosas.

La Biblia no dice que el dinero sea la raíz de todos los males, sino que el amor al dinero es la raíz de todos los males.

Tener dinero no es un mal, pero entregarle el corazón al dinero es una tragedia y un pecado.  Acumular riquezas, olvidándonos de los demás no nos da paz, no nos hace crecer como persona humana, sino que nos destruye y nos deshumaniza, nos va haciendo indiferentes e insolidarios antes las desgracias ajenas

Si entregas tu corazón a las cosas de este mundo, pronto empezarás a competir con los demás a ver quién tiene más.  Empezarás a vivir a toda prisa, a fin de hacerte cada vez más rico.  Y esto producirá hipertensión, úlceras, ansiedad y depresión.  Si escoges este camino, pronto estará uno tratando de hacer trampas o engañar a otros para conseguir más.

Tenemos que estar dispuestos a abrir nuestras manos y a desprendernos de las cosas.  Seremos dichosos si entregamos nuestro corazón solamente al amor de Dios y a las personas.

Todos los seres humanos somos hijos de Dios, debemos vivir como hermanos entre nosotros, compartiendo y así podremos llamar a Dios, Padre.  Dios ha creado el mundo para todos; el mundo es de todos y todos tenemos derecho a disfrutar de él y de sus riquezas.  Y mientras que no compartamos solidariamente estamos apropiándonos indebidamente de lo que Dios ha puesto en el mundo para que lo disfrutemos todos y no sólo unos pocos.