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lunes, 5 de junio de 2023

 

CORPUS CHRISTI (CICLO A)


Hoy estamos celebrando la solemnidad del Corpus Christi. Celebramos el gran regalo que Cristo nos dejó al quedarse entre nosotros en el Santísimo Sacramento del Altar.

La Eucaristía es, en primer lugar, el sacramento de la presencia de Cristo entre nosotros. Cristo se ha quedado para siempre con nosotros. No nos ha dejado solos. Aquí está día y noche bajo las especies del Pan y del Vino.

En la Eucaristía, Cristo se ofrece constantemente en sacrificio por nosotros y por nuestra salvación. Cada vez que ofrecemos la Eucaristía hacemos presente entre nosotros su entrega en la cruz. Por eso es tan importante la celebración de la Eucaristía.

No se trata simplemente de una ceremonia piadosa. No se trata de un acto de culto. Es el sacrificio de Cristo que se actualiza entre nosotros para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Y no solamente se ofrece Cristo en Sacrificio, sino que además ha querido darse a nosotros como alimento. Nos invita a alimentarnos de su cuerpo y de su sangre. Por eso, se nos da como alimento para sostenernos en el camino de la vida, para que no vayamos a desfallecer.

El Evangelio de hoy nos dice que Jesús es el pan vivo que ha bajado del cielo, pan que da la vida eterna, no como el maná, que lo comieron y murieron. El cuerpo de Cristo es alimento para la vida presente y para la vida eterna.

Un cristiano no puede vivir sin Eucaristía, sin comulgar el Cuerpo de Cristo. ¡Cuántos cristianos hay que pretenden vivir su fe por libre sin celebrar la Eucaristía con la comunidad! ¡Cuántos cristianos hay que, celebrando la Eucaristía, no se atreven a comulgar porque tienen conciencia de estar alejados de Dios por el pecado, pero no se acercan al sacramento de la penitencia! No se puede ser cristiano sin celebrar la Eucaristía.

Así como necesitamos el alimento material para vivir, así también necesitamos el alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo para conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el bautismo.  No puede uno vivir como cristiano y no alimentarse del Pan de la Vida en la Eucaristía.  Como tampoco puede haber una comunidad cristiana auténtica si no tiene como sustento la celebración de la Eucaristía.

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana porque es Cristo mismo que se hace presente en medio de nosotros. No es una imagen, ni un recuerdo, ni un  signo de su persona. Es Cristo que realmente está presente en el Santísimo Sacramento del Altar. 

Por eso es que la Eucaristía es nuestro gran tesoro. Pero nosotros muchas veces no lo hemos sabido apreciar.  

La Eucaristía es la presencia del mejor amigo que nosotros podemos tener. Es la presencia de Cristo.  Es el memorial de su Pasión, porque cada vez que nosotros celebramos la Eucaristía, el único sacrificio de Cristo se hace realmente presente en medio de nosotros. Y es nuestro alimento. Cristo nos une íntimamente a Él. Nos hace un solo cuerpo con Él. Es la unión más profunda que podemos tener con Aquel que nos ama infinitamente. 

Sólo unidos a Cristo es como podemos encontrar las fuerzas que necesitamos para perseverar en el camino de nuestra vida cristiana sin desfallecer. 

Todos sabemos por experiencia que vivir la vida cristiana, no es nada fácil ni sencillo. Tenemos que luchar en contra del mal y del pecado. Tenemos que luchar en contra de las tentaciones. Tenemos que luchar en contra de los desánimos y desalientos. Tenemos que ir creciendo en gracia y santidad.  

Cristo ya nos conoce, por eso quiso unirse a nosotros de tal manera que con su misma fuerza podamos ir creciendo en la vida divina que recibimos en el bautismo.

Además, la Eucaristía no solamente nos une íntimamente a Cristo, sino que es el alimento que nos une a todos aquellos  que lo comen. Nos une a los cristianos para que formemos un solo cuerpo: el Cuerpo de Cristo. 

Por eso es que la Eucaristía es el Sacramento del amor. Solamente alimentándonos del cuerpo y de la sangre de Cristo es como podemos ir creciendo en la vida de los hijos de Dios. 

Aprovechemos cada vez más y mejor este alimento que se nos ofrece. Para eso es necesario que nos preparemos bien para recibir la Sagrada Comunión. No se trata solamente de comulgar o de comulgar por rutina, sino de participar digna y conscientemente. 

Para ayudarnos a recibir dignamente el Sacramento de la Eucaristía la Iglesia nos enseña que hemos de estar en gracia de Dios; que hemos de ser conscientes de que vamos a recibir al mismo Cristo; y que hemos de tener libre el corazón de odios y resentimientos contra nuestro prójimo. 

Ojalá que esta Celebración avive en nosotros el amor y el cariño hacia Cristo en el Santísimo Sacramento del altar. 

lunes, 29 de mayo de 2023

 

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO A)


El domingo pasado terminábamos el tiempo de Pascua, y esta semana al comenzar la segunda parte del Tiempo Ordinario lo celebramos con una fiesta también solemne, que es la Santísima Trinidad. La Trinidad es un misterio de fe, es “uno de los misterios escondidos en Dio, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto”.

La Trinidad es una.  No confesamos 3 dioses sino un solo Dios en 3 personas.  Cada una de las personas divinas es enteramente Dios: “El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que es el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza”.

El misterio de la Trinidad es la síntesis de nuestra fe cristiana y del Año litúrgico. La Trinidad no es un problema numérico, como si se tratase de que tres sean uno.

Los cristianos somos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, somos bautizados en un solo Dios: la Santísima Trinidad. 

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana.  Es el misterio de Dios en sí mismo. Creer en la Trinidad no es cuestión de alta teología; sino de vivir y experimentar profundamente la fe y el amor del Padre por el Hijo y en el Espíritu Santo.

Dios es Padre, y cuando decimos esto, pensamos sin duda alguna que Dios es algo parecido a mi padre de la tierra.  Pero Dios es mucho más padre que nuestro padre terrenal.  Las cosas terrenales están hechas a imitación de las cosas celestiales.  Nuestros padres no son más que imagen y reflejo de Dios.

Dios es un verdadero Padre porque se entrega totalmente a su Hijo.  “Todo lo que es tuyo, es mío”, dice Jesús, “y todo lo que es mío es tuyo”.  Toda la vida de Dios Padre es darse, en Él no hay ni una partícula de egoísmo.  Por eso mismo es por lo que el Padre tiene un Hijo perfecto: porque le ha dado todo, porque todo lo ha recibido su Hijo de su Padre.

Dios es Hijo.  El Padre, al amarse, al difundirse, forma una imagen purísima de sí mismo.  Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.  El Hijo es igual a su Padre.  El Hijo es el que manifiesta al Padre, el que cuenta, el que manifiesta a Dios Padre.  Dice Jesús: “a fin de que el mundo sepa que yo amo al Padre y que obedezco los mandatos que el Padre me ha dado”.

Dios es Espíritu.  El Señor decía: “¡Padre, que sean uno como tú en mí, y yo en ellos, que ellos sean uno como nosotros!”.  De esta manera revelaba Cristo aquel Espíritu de familia vivido en aquella familia divina en la que la entrega del Padre al Hijo y la del Hijo al Padre es una realidad tal que se convierte en una persona, en un Espíritu de amor y de entrega.

La Trinidad es como una familia en la que 3 personas son perfectamente una, perfectamente transparentes entre sí en su conocimiento y amor.  Este es el motivo por el que realizamos todas nuestras acciones y recibimos todos los sacramentos en el nombre de la Trinidad, esto es, en el nombre del Espíritu de amor, de entrega mutua y de unión que debe inspirarnos a nosotros cada vez que realicemos cualquier cosa en nuestra vida.

La Trinidad es pues, Tres divinas personas que se aman desde toda la eternidad. El Padre, que engendra al Hijo, y el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Una sola naturaleza divina y tres divinas personas, que no son tres dioses sino un solo Dios. Iguales en todo, en la divinidad, en la gloria, en la majestad.

Como es el Padre así es el Hijo y así el Espíritu Santo: increado, inmenso, eterno, omnipotente. En la Santísima Trinidad nada es anterior o posterior, nada mayor o menor, sino que las tres personas son coeternas entre sí e iguales.  Dios es compasivo, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, en amor y fidelidad, en bondad y en verdad. Ante este profundo misterio de amor que es  Dios Uno y Trino, sólo nos queda postrarnos por tierra, en actitud de honda adoración.

La Iglesia nos invita hoy a recordar al Dios Trinidad.  Celebremos esta fiesta dando gracias a Dios Padre que nos ha creado; dando gracias a Jesús, nuestro hermano, que dio su vida por nosotros; y dando gracias al Espíritu Santo que nos fortalece y nos convierte en Templos vivos de Dios.

lunes, 22 de mayo de 2023

 

PENTECOSTÉS (CICLO A)


Hoy celebramos el domingo de Pentecostés.  Con este domingo se cierran los 50 días de Pascua, dedicados por entero a celebrar el gozo y la resurrección de Cristo, y también celebrar la novedad de los bautizados y el comienzo de la Iglesia, animada por el Espíritu Santo.

El día de Pentecostés está marcado por la conmemoración de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles.  Es un día en el que la Iglesia dirige su atención de una manera especial a honrar a la tercera persona de la Trinidad.

La función del Espíritu Santo no es suceder a Cristo, ni suplantarlo.  Es “llevar a plenitud la obra de Cristo en el mundo”.  Corresponde al Espíritu asegurar la presencia invisible y perenne de Cristo y de su obra.  Por eso los apóstoles reciben el Espíritu Santo.  Ellos que estaban encerrados por miedo a los judíos, a través de la fuerza del Espíritu Santo son capaces de vencer ese miedo y salir al mundo a predicar el Evangelio, a predicar la novedad de Jesucristo.

El domingo de Pentecostés es “fiesta de la Iglesia”.  El acontecimiento que hoy celebramos marca el nacimiento de la Iglesia.

En la 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado como todos los que se encontraban en Jerusalén en esos días: medos, partos, elamitas, judíos, egipcios, libios, etc., todas esas personas, que hablaban idiomas diferentes, sin embargo eran capaces de entender a los apóstoles, porque los apóstoles hablaban un idioma internacional que es el amor, y el amor debe hablar de Dios, si no lo hace así, es que no es un amor verdadero.

El Espíritu que reciben los apóstoles es: luz, don, fuente de consuelo, huésped, descanso, tregua, brisa, gozo, aliento.

En la 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, San Pablo nos ha hablado también de los dones que reparte el Espíritu Santo.  Cada uno de nosotros tiene un oficio concreto que hacer dentro de la Iglesia, ninguno es más importante que otro, aunque son diferentes las funciones de cada uno, sin embargo, todos tienen la misma dignidad.

Cuando una comunidad se deja penetrar por el Espíritu Santo, en esta comunidad crece la unidad, esta unidad tan necesaria hoy día, para que podamos predicar el evangelio de Cristo a todas las personas.

En el Evangelio de san Juan vemos que Jesús se presenta en medio de sus discípulos, como lo había prometido: “me voy y volveré a vosotros”.  Atraviesa las puertas de la casa y las puertas internas del miedo de sus discípulos y les comunica a sus discípulos cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión y el Espíritu Santo.

A los hombres se les reconoce y se les califica por el espíritu que les anima: El espíritu del poder anima al político, y sin él, posiblemente se quedaría tranquilamente en su casa. El espíritu de la competición anima al deportista y por él se entrena y se esfuerza. El espíritu del dinero y de la influencia anima al hombre de negocios.  El espíritu de la vanidad anima a una “estrella” a estar siempre de actualidad. E incluso, hay hombres y mujeres a los que calificamos diciendo: “no tienen espíritu”. Son los apáticos, los indiferentes, aquellos a los que resulta difícil saber cuál es el impulso que los anima, porque más bien parecen “inanimados”.

A los cristianos también se nos reconoce por el espíritu que tenemos.  Si un hombre o una mujer: eligen siempre el último lugar pudiendo estar en el primero por derecho propio, lo anima el Espíritu Santo. Si es amigo de la verdad y procura ser siempre sincero, tiene al Espíritu Santo con él. Si no hace distinción de personas y trata a todos por igual, está lleno del Espíritu Santo. Si cumple en su trabajo con responsabilidad y se alegra de que otros colaboren y no se siente molesto, el Espíritu Santo habita en él. Si colabora, buscando el bien de todos y no está pendiente de aplausos y felicitaciones, lo anima el Espíritu Santo. Si no duda en dar generosamente su tiempo y su dinero a los demás, para que sean un poco más felices, tiene al Espíritu Santo con él. Si ama al prójimo como a sí mismo, el Espíritu Santo habita en él.

Y si todo esto lo hace por Dios: estamos ante un cristiano al que anima el Espíritu Santo.

Pero, sinceramente: ¿cuántos cristianos hay así? Quizá no muchos. 

Podría decirse que estamos en una etapa semejante a la de los apóstoles en Pentecostés: miedosos, indiferentes, sin captar la gran misión para la que Cristo nos  ha elegido y nos ha llamado.

Por eso, la frase de Cristo: “Recibid el Espíritu Santo”, debe ser, una urgencia en  el camino de nuestro cristianismo. Nos hace falta la confirmación de nuestra fe. Nos hace falta vivir según Espíritu Santo.

lunes, 15 de mayo de 2023

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO A)


Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. Jesús sube al cielo y encomienda la tarea de continuar su misión a los Apóstoles, a la Iglesia, a cada uno de nosotros, que somos sus discípulos.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos ha contado el episodio de la Ascensión del Señor a los cielos. 

Jesús subió al cielo no como un astronauta.  Jesús resucitó para vivir en el cielo después de haber vivido en la tierra.  Nosotros tenemos que mirar al cielo y a la tierra.  Tenemos que mirar al cielo, porque el cielo es nuestra felicidad.  La felicidad sólo la encontramos en Dios.

Muchos buscan la felicidad en las riquezas, pero las riquezas son como el agua salada, que cuento más se bebe da más sed.  También, cuantas más riquezas se tienen, más se quieren.  Algunos parecen que todo lo tienen.  Andan de fiesta en fiesta, y sin embargo, se sienten vacíos.  Buscan la felicidad donde no está, y al no encontrarla caen en la desesperación y en la depresión.

Muchas personas piensan que el tiempo pasa, que pasan los años y que se acerca la vejez, y ven que tienen sus manos vacías porque buscaron la felicidad por caminos equivocados.

Nosotros, además de mirar al cielo, tenemos que mirar a la tierra. Jesús ha dicho que no todos los que dicen “Señor, Señor” entrarán en el reino de los cielos, sino los que cumplen la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es que una persona egoísta se haga una persona de amor a los demás.

El amor ha de mostrarse también en las palabras, pero dejaría de ser amor si sólo se quedara en palabras. Dicen que vale más un acto de amor que mil palabras sin amor.

Cristo, en su Ascensión, ya ha alcanzado lo que nosotros esperamos: el gozo de estar con Dios.  Si queremos seguir su camino, hemos de procurar la fraternidad y no el odio, la justicia y no la injusticia, la paz y no la guerra, lo que nos une y no lo que nos separa.

Para seguir el camino de Cristo, tendremos que remar contra corriente. Pero vale la pena, porque el pez que está muerto es el que se deja llevar por la corriente, no el pez que está vivo.

No es fácil remar contra corriente, pero no estamos solos. Jesús nos acompaña: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con Jesús resucitado como compañero de nuestra vida.

Día a día, Él está con nosotros quitando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien cercano a cada uno de nosotros. Él está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza.

En Él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento. No puede haber lugar para la desesperanza.  El gran secreto que nos hace caminar día a día llenos de vida, de ternura y esperanza es que Jesús está con nosotros.

Hoy celebramos la Jornada Mundial de las comunicaciones con el lema: Hablar con el corazón”

Hoy es más necesario que nunca que se afirme una comunicación no hostil. Una comunicación abierta al diálogo con el otro, que favorezca un “desarme integral”, que trabaje para desmontar la “psicosis bélica” que se anida en nuestros corazones.

Hablar con el corazón significa “dar razón de la esperanza que hay en nosotros” y hacerlo con afabilidad, utilizando el don de la comunicación como un puente y no como un muro. En un tiempo caracterizado –también en la vida eclesial– por polarizaciones y debates exasperados que exacerban los ánimos, estamos invitados a ir contra corriente.

No hemos de tener miedo de afirmar la verdad, a veces incómoda, que tiene su fundamento en el Evangelio; pero, al mismo tiempo, no hemos de separar este anuncio de un estilo de misericordia, de sincera participación en las alegrías y los sufrimientos de las personas de nuestro tiempo, como nos enseña de modo sublime la página evangélica que narra el diálogo entre el misterioso Viandante y los discípulos de Emaús.

lunes, 8 de mayo de 2023

 

VI DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este 6° Domingo de Pascua nos invita a descubrir la presencia de Dios en su Iglesia por eso nos decía el Señor “no os dejaré desamparados”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar y de ser coherentes con el sacramento de la Confirmación.

No podemos quedarnos sin hacer nada.  No digamos que no tenemos tiempo.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar algo de tiempo a los demás.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar horas a la familia, a los enfermos, a los amigos, a la Parroquia.  ¡Nunca es tiempo perdido!  Es preocupante que se atente contra los derechos de la familia en la educación de los hijos y nos quedemos de brazos cruzados e indiferentes.

Que importantes es, pues, que todos evangelicemos.  Nos decía la primera lectura que la predicación de Felipe produjo que “la ciudad se llenara de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que lo acogen: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

Evidentemente la alegría del evangelio no es la misma que la alegría del mundo,  la alegría del evangelio no tiene que ver con el tener mucho dinero, con el vivir cómodamente, con el tener buena salud.   La alegría del evangelio es la alegría que Dios da a los que lo acogen.   Es la alegría del que ha descubierto que su vida, su destino, está en manos de Dios.  

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro exhorta a los creyentes a glorificar a Cristo Jesús. Es algo que sólo se puede hacer desde la alegría y el gozo, desde el agradecimiento que supone el saberse salvados, rescatados por el Señor.

En un ambiente de consumismo, de indiferencia religiosa, los cristianos tenemos una tarea muy importante que realizar en este mundo.  Esa tarea es la que hoy nos decía san Pedro: “dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza”. La fe no tiene miedo a la razón.  Fomentemos el diálogo que es el camino que la Iglesia ha escogido para seguir evangelizando.

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre  y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión,  el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

En el Evangelio de san Juan nos decía Jesús: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”

Nosotros manifestamos el amor que le tenemos a Cristo cuando cumplimos fielmente sus mandamientos.  No por el castigo que nos pueda venir, sino porque lo amamos a Él. Si nosotros realmente amamos a Cristo nos vamos a esforzar por hacer vida lo que Él nos dice.

Quizá, una de las razones por las que nosotros no vivimos en serio nuestra vida cristiana es porque la vemos solamente bajo el aspecto de obligaciones y de leyes y no hemos llegado a comprender todavía que solamente podremos seguir a Cristo viviendo en el amor. 

Muchas veces se nos hace pesada la oración y por eso, la dejamos con mucha facilidad. Sin embargo, en el fondo no se trata de que estemos cansados o de que la oración sea algo aburrido. Se trata de que no amamos a Dios hasta el punto de sentir necesidad de estar con Él, de abrirle nuestro corazón y de escuchar su voz. 

Debemos amar a Dios tanto que sin Él no podemos vivir.  Debemos desear a Dios como necesitamos el aire para respirar.

Esto es lo que Jesús quiere enseñarnos cuando nos dice: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Ese amor a Dios debe impulsarnos a hacer todo lo que Cristo nos pide. No importa que sea algo que nos cueste.  

Para vivir como verdaderos hijos de Dios necesitamos amar a Dios con todo nuestro corazón y con ese mismo amor amar a nuestro prójimo.  Solamente podremos vivir como Dios nos enseña en la medida en que el amor esté presente en nuestra vida.

A veces decimos que nos cuesta perdonar, o que no aceptamos a tal o cual persona, o que nos cae mal esta o aquella actividad que tenemos que hacer, o que la misa nos aburre… Para cambiar nuestras actitudes lo que necesitamos es amar con todo nuestro corazón. 

Pidamos al Señor que el amor sea el fundamento de nuestra vida.

lunes, 1 de mayo de 2023

 

V DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre la Iglesia y la necesidad de que como comunidad cristiana estemos organizados, tomando parte activa en los diferentes ministerios de la Iglesia para seguir a Cristo Camino, Verdad y Vida.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha relatado la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia.

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados. 

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.

Pero la Iglesia, aun cuando debe dedicarse en primer lugar a la oración y al anuncio de la Palabra de Dios, no puede descuidar su preocupación por el bienestar de los que sufren las consecuencias de la pobreza, de la injusticia social, de la enfermedad.  La Iglesia tiene que cuidar y asistir a quienes necesitan de nuestra ayuda, viendo en el necesitado el Rostro del mismo Cristo a quien hemos de amar sirviéndolo.

La 2ª lectura de San Pedro, nos hablaba también de la Iglesia, la llama “templo espiritual”, del que Cristo es la “piedra angular” y los cristianos son “piedras vivas”

Esta lectura nos habla del sacerdocio común que debe ejercer todo fiel bautizado.  Todo cristiano debe ser una piedra viva de la Iglesia. 

Hemos de preguntarnos ¿cuál es la presencia del cristiano en nuestro mundo?  Porque somos una civilización cristiana, pero no hemos impedido el recurso a las armas, a los genocidios, a los actos salvajes del terrorismo, a las guerras religiosas, al capitalismo salvaje. Los criterios que presiden la construcción del mundo están, demasiadas veces, lejos de los valores del Evangelio.

Esto sucede porque Cristo no es muchas veces la referencia fundamental para el cristiano.  Pero no podemos olvidarnos que cada cristiano es una piedra viva de la Iglesia que debe trabajar para construir una auténtica sociedad basada en los principios del evangelio.

En el Evangelio de San Juan, Jesús decía hoy: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.  Nadie va al Padre si no es por Mí”.

El problema de muchas personas es que viven una vida sin camino.  Pueden viajar mucho, ir siempre de prisa, pero en realidad no van a ninguna parte.  Su vida es sólo monotonía.

No conocen la alegría de renovarse y crecer.  Van añadiendo años a su vida, pero no saben dar vida a sus años.  Su vida transcurre sin dirección ni horizonte.

Todos queremos vivir.  Vivir más.  Vivir mejor.  A veces pensamos que vivir es algo que ya sabemos y que lo único importante es que a uno lo dejen vivir en paz.  Pero no podemos convertirnos en “simples vividores de la vida”. Tenemos que descubrir cuál es la manera más acertada, más humana y más plena de vivir la vida con profundidad.

A través de la historia, al hombre se le han ofrecido incontables caminos, para ser feliz, para conseguir la plenitud.

Se nos ha ofrecido: El camino del dinero, de la riqueza: que da felicidad durante algún tiempo, pero al final esclaviza y degenera. El camino del éxito, de la fama: que suele acabar en orgullo y soberbia. El camino del placer: que también da felicidad durante un tiempo, pero acaba oxidando la mente y degradando. El camino del poder: que normalmente acaba en abuso y en tiranía. El camino de la violencia, de la fuerza: que acaba destruyendo.

Si queremos vivir la vida en plenitud, hemos de descubrir que Cristo el Camino para vivir una vida plena.  Cristo es el único camino acertado para vivir intensamente, para buscar nuestra verdad, para acoger la vida hasta su última plenitud.

¿Cuál es el camino de Cristo? ¿Cuál es el camino que Cristo nos invita a seguir?

El camino del amor, de la amistad, de la comprensión. El camino de la fraternidad, de la solidaridad. El camino de la paz, de la no violencia. El camino del perdón. El camino de la sencillez, de la humildad.

Y Cristo es nuestro camino, porque todo lo que nos enseñó, Él fue el primero en vivirlo. Cristo amó, fue comprensivo, fue humilde y sencillo; perdonó, fue pacífico, solidario…

Y solamente quien es así puede decir: Yo soy el camino, la verdad y la vida.

lunes, 24 de abril de 2023

 

IV DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


En este 4° domingo de Pascua la Iglesia celebra el domingo de Cristo el Buen Pastor y la única puerta para llegar a Dios.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pedro predicando a Cristo resucitado como enviado por Dios para la salvación de todos los hombres.

Al oír a Pedro, sus oyentes preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”

Nosotros también debemos hacernos esta pregunta.  Hacerse esta pregunta es ponerse en actitud de tomar conciencia de que vamos muchas veces en la vida por caminos equivocados; que tomamos ciertas opciones, comportamientos y valores que no son los que nos propone Cristo, ni son auténticamente cristianos.  Hacernos esta pregunta es reconocer que ponemos nuestras seguridades y certezas en cosas equivocadas y que lo que debemos hacer es aceptar el desafío de Dios, la propuesta que Dios tiene para nuestra vida.

Hemos de aceptar nuestras limitaciones, buscar humildemente el camino verdadero y no tener una actitud prepotente de pensar que nunca me equivoco o no poner en duda nunca nuestras acciones.

Pedro pedía conversión a los que lo escuchaban.  Convertirse es optar por Jesús y aprender de Él a amar, a servir, a dar la vida.

Hemos de preguntarnos hoy qué es lo que en mi vida más necesita ser cambiando, qué ideas, valores, comportamientos, etc., necesito cambiar para acomodar mi vida a los ideales cristianos.  Hemos de realizar en nuestra vida una verdadera conversión a Jesús resucitado y su Evangelio.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pedro nos dice que Cristo nos ha dejado un ejemplo para que sigamos sus huellas y aceptemos el sufrimiento.

Siempre, tarde o temprano, aparece en la vida del hombre el tema del sufrimiento físico o psíquico y, ante ese mal surge la angustiosa pregunta: ¿Qué sentido tiene el sufrir injustamente? Cristo no intentó darnos unas enseñanzas sobre el mal en sus diversas formas, sino que lo asumió, Él inocente, hasta morir una muerte de cruz.

Cuando nuestras fuerzas flaqueen, ante el sufrimiento personal o de nuestros hermanos, miremos la “cruz” y allí encontraremos la respuesta. Amemos la cruz, y en ella tendrás la experiencia suave y dolorosa de poder compartir tu sufrimiento y el de tus hermanos con el de Cristo.

El evangelio de San Juan,  nos presentaba a Cristo como el Buen Pastor.

Evidentemente, no solamente nosotros los sacerdotes somos pastores. También los padres de familia han de ser los pastores de cada uno de los que integran su familia. Y allí es donde necesitamos también buenos pastores.

Las familias son la base de las comunidades. Las familias son los semilleros de las vocaciones. Si las familias viven y actúan de acuerdo al corazón de Cristo, nuestras comunidades serán verdaderamente cristianas. 

Las autoridades también son pastores de la comunidad. Por eso es necesario que actúen como Cristo, buscando el bien de todos. Tristemente, muchas personas que tienen puestos de autoridad lo único que buscan es su propio beneficio y se olvidan del bien de los más pobres y necesitados.

Hay muchas autoridades que no buscan el bien de las comunidades ni tienen actitud de servicio. Son simplemente bandidos.

Da mucha tristeza ver que muchos solamente buscan enriquecerse utilizando los recursos públicos para sí mismos. Son malos pastores a los que Dios pedirá cuentas de su administración.

Ojalá podamos tener autoridades que actúen con rectitud de conciencia y con honestidad.

Son pastores también los maestros, quienes tienen en sus manos la formación de las nuevas generaciones. Porque no se trata solamente de llenar las cabezas de conocimientos, sino de formar a personas enteras, haciendo que cada uno desarrolle los dones que ha recibido de Dios.

Ojalá que podamos ver de nuevo a aquellos maestros que realmente tenían vocación de maestros y que eran un vivo ejemplo para sus alumnos. La vocación magisterial debe acercar a los maestros a Cristo que también fue llamado “Maestro” y que se presentó a sí mismo como el Buen Pastor.

Ojalá que Jesús el Buen Pastor nos ayude a todos los que de una manera o de otra tenemos la misión de ser pastores en la comunidad. Ojalá que desempeñemos con fidelidad la misión que se nos ha encomendado

Y ojalá también que todos los que somos ovejas, sepamos escuchar la voz de los buenos pastores, para que podamos seguir el camino que nos lleva al encuentro de Cristo que es el Pastor de los Pastores y el modelo que todos nosotros debemos imitar.