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lunes, 24 de julio de 2023

 

XVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia sobre qué cosas son importantes en nuestra vida, qué valores son los que rigen nuestra existencia.  Para el cristiano, la vida, la tenemos que construir sobre los valores que nos propone Jesús.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presenta al Rey Salomón pidiéndole a Dios una sola cosa: sabiduría.  Salomón no pide bienes personales, tampoco pide poder.  Pide lo que más necesita un gobernante: sabiduría para distinguir el bien del mal y así gobernar rectamente a su pueblo.

Salomón ha preferido los bienes espirituales a los materiales.  Él es un buen ejemplo para todos nosotros que tantas veces pedimos a Dios bienes materiales y nos olvidamos que los bienes espirituales son más importantes que los materiales.

Esta lectura de hoy, es también una llamada de atención para nuestros gobernantes.  ¡Qué fácil es decir que la autoridad debe fundamentarse en el servicio a los ciudadanos!, pero en la práctica el poder lleva consigo la tentación de ser utilizado para otros fines o para fines personales.  De ahí la famosa frase: “el poder corrompe”.

Servir desde el poder es fundamentalmente comprender y escuchar a las personas.  Ya no puede ser válido ese dicho: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.  Nuestros gobernantes deben también pedirle sabiduría a Dios para tener una verdadera actitud de servicio y que el poder que tienen no sea para la realización de sus propios planes personales, sino para el bien de toda la comunidad, para la realización del bien común.

¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración de cada día?

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda que Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros a cumplir una misión en la vida: imitar a Cristo en su escala de valores, en su estilo de vida.

Desde toda la eternidad, Dios pensó en cada uno de nosotros con amor.  Tenemos que tomar conciencia de ese amor que Dios siente por nosotros.  Dios viene continuamente a nuestro encuentro, nos señala el camino para que tengamos vida plena y verdadera y nos invita a formar parte de su familia.

El Evangelio de san Mateo nos exhorta a “vender”, a “dejar” todo aquello que nos impida alcanzar el verdadero tesoro: Dios y su reino.

Podemos aparentar que somos gente muy segura, que sabemos muy bien a dónde vamos, que todo lo tenemos resuelto o que nos sentimos a gusto con nuestra vida, pero la verdad es que dentro guardamos muchos miedos, muchas inseguridades y muchas carencias. Tenemos sed de Dios, y esa sed no es fácil taparla con otras cosas.

Podremos dedicamos a ganar dinero, a acumular bienes materiales de todo tipo, a disfrutar de la vida, pero, aunque llenáramos nuestra vida de cosas, nos seguiría a todas partes esa sed de Dios.

¿Qué buscamos en Dios? ¿Qué nos puede dar? Dios no nos proporciona éxitos mundanos, ni dinero, ni vida cómoda, ni negocios prósperos, pero nos pone paz en el corazón, nos da confianza para vivir, nos inunda de fuerza para construir un mundo nuevo y experimentamos la esperanza, la alegría y la ternura de Dios.

Sentir en el alma que Dios nos quiere y nos acoge con cariño es una experiencia inolvidable. Esa sed honda de Dios es lo que nos hace venir a la iglesia. Podríamos estar en casa, con nuestros amigos o haciendo tareas atrasadas, pero acudimos a nuestra iglesia.

Para quien sienta esa sed en el corazón es muy hermoso disfrutar de la cercanía amorosa de Dios. Es como un hallazgo inolvidable y feliz. De esto nos habla el evangelio de este día.

Jesús nos dice que es como encontrar un tesoro escondido o una perla de gran valor.

Lo mismos que para los primeros cristianos el encuentro con Jesús fue el comienzo de algo maravillo en sus vidas porque encontraron el tesoro escondido por el que lo demás perdía valor, así también para nosotros Jesús tiene que ser ese tesoro que al encontrarlo cambie radicalmente nuestra vida.  Porque cualquier cosa de este mundo pierde valor frente a Jesús.

Pidamos al Padre la gracia de disfrutar del gran don de la fe. Y no nos olvidemos que Jesús, en cada eucaristía, se nos ofrece como el tesoro escondido del que está sedienta nuestra vida.

lunes, 17 de julio de 2023

 

XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo son una llamada de atención para que no nos olvidemos que Dios siempre nos ofrece la oportunidad para cambiar porque Él es paciente con nosotros.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos enseña que Dios, pudiendo condenar nuestra maldad, siempre está dispuesto a perdonarnos, ofreciéndonos el camino de la conversión. Nosotros, juzgamos a los hombres y sin embargo Dios siempre nos da una oportunidad para el arrepentimiento. ¡Qué manera tan distinta la actuación de Dios y la nuestra!

Dios no quiere la muerte del pecador, sino su conversión; Dios ama a todos los hombres que ha creado, incluso a aquellos que hacen el mal.

Además, todos somos pecadores, pero nuestros fallos y caídas no han de alejarnos de Dios, sino que nos deben servir para acudir, como hijos débiles al abrazo de Dios nuestro Padre, que siempre espera nuestro arrepentimiento. El mayor pecado del hombre es desconfiar del amor y del perdón de Dios. Sentirse amados y perdonados por Dios es el comienzo de una vida nueva que nos ha de llevar a sentir compresión por aquellos que optar por vivir injustamente.

La 2ª lectura, de san Pablo a los romano, señala de otra forma, la bondad y la misericordia de Dios, al afirmar que el Espíritu Santo nos ayuda en nuestras fragilidades y nos guía por buen camino.

Tenemos que tomar conciencia del amor que Dios nos tiene y que lo que desea es salvarnos y que nos realicemos plenamente. Somos hijos de Dios y por ello, Dios no se cansa de indicarnos, todos los días, el camino hacia la felicidad a través del Espíritu Santo.

El ritmo de la vida diaria nos puede apartar de Dios. El trabajo, los problemas familiares, la necesidad de ganarnos la vida nos tiene todos los días ocupados, cansados y estresados y esto hace que nos olvidemos de poner nuestra atención en lo esencial. Es necesario encontrar tiempo y espacio para ver si estamos conduciendo nuestra vida según el Espíritu de Dios, según la voluntad de Dios o según nuestros caprichos.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado tres parábolas: la cizaña en medio del trigo, el grano de mostaza que crece hasta que anidan los pájaros en sus ramas, y la levadura que fermenta toda la masa.

El trigo y la cizaña es la realidad de nuestros días. Acostumbramos a dividir el mundo, la historia y las sociedades, en buenos y malos. Los que piensan distinto a nosotros, los que son de otro grupo o religión, los de diferente partido no solamente son “los otros”, con frecuencia son considerados perversos, separados y en extremos opuestos. Han cometido el delito de ser diferentes.

Las actuales guerras, los conflictos internacionales, las diferencias políticas, son casi imposibles de resolver porque no aceptamos a los otros, porque los juzgamos incapaces de tener algo bueno y condenamos a priori cualquier propuesta o posible solución que los otros presentan.

La parábola de la cizaña tiene sus grandes enseñanzas: es en realidad el mal en nuestra vida, no podemos arrancar al otro simplemente porque a nosotros nos parezca mal, sólo hay un verdadero juez que en el momento justo revelará la verdad.

Con la parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos enseña que Dios está en todas partes y que a todos acoge, y lo expresa despertando el respeto por los demás, alentando la paciencia y fortaleciendo la esperanza en que habrá un día en que se puedan alcanzar niveles de justicia, de igualdad y de paz. Pero el camino no es exterminando, destruyendo, sino respetando procesos y diferencias.

El mal que está no sólo en nuestro mundo, sino en nuestra propia persona. Tenemos que reconocer que en el corazón de cada uno de nosotros descubrimos grandes riquezas, pero también hay graves errores, tropiezos, egoísmos y equivocaciones. Es fácil reconocer los defectos de los demás pero ¡qué difícil es reconocer nuestros propios fallos!

También nos ayuda esta parábola a cuestionarnos sobre el bien y el mal. Es tendencia actual disculpar todo y caminar como si cada quien pudiera hacer lo que le venga en gana sin importar si es bueno o malo. Y Jesús nos recuerda que en el mundo también hay el mal y que no lo podemos llamar “bien” por más que se le parezca o se le disfrace.

Conscientes de que en nuestro propio interior encontramos esa duplicidad del bien y el mal ¿somos comprensivos con el hermano diferente y descubrimos sus cualidades? ¿Cuánta paciencia tenemos con los demás y con nosotros mismos?

lunes, 10 de julio de 2023

 

XV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia de la importancia de la Palabra de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos dice que la Palabra de Dios es, verdaderamente, fecunda y creadora de vida.  Nos da esperanza, nos indica el camino que debemos recorrer y nos anima a transformar este mundo.

En tiempo de sequía pedimos que llegue la lluvia porque el agua es imprescindible para que haya vida en la tierra.  La Palabra de Dios es como la lluvia, es decir, tiene que producir frutos en nosotros y en nuestro mundo.

La Palabra de Dios nos da esperanza, nos indica el camino que debemos recorrer y nos anima para que transformemos nuestro mundo según los proyectos de Dios y nos lancemos a un compromiso por transformar y renovar el mundo y las injusticias.  Sólo cambiaremos las situaciones injustas cuando nos dejemos guiar por la Palabra de Dios y la pongamos en práctica.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que la creación entera está gimiendo con dolores de parto.

Hoy día hay una mayor preocupación por la forma en que utilizamos el mundo que Dios creó y nos entregó.  El hombre de hoy se ha dado cuenta que el mundo no es para ser explotado, violentado, utilizado de acuerdo con los criterios del egoísmo.  Pero no sólo debemos preocuparnos por el agotamiento de los recursos naturales del mundo, sino también por la fraternidad que debe unir al hombre y a las otras cosas creadas por Dios.  Sólo cuando tomemos conciencia de que todos somos hermanos en la existencia, podremos liberar a toda la creación del egoísmo y de la explotación en la que el hombre ha convertido este mundo.

El Evangelio de san Mateo nos has presentado la parábola del sembrador y la semilla como una invitación a reflexionar sobre la importancia y el significado de la Palabra de Dios en nuestra vida.

La Palabra para que dé fruto debe tener la oportunidad de germinar, necesita un espacio de acogida y calor para romper la vida que lleva dentro y hacerla crecer. ¿Damos esta oportunidad a la Palabra? ¿La guardamos en nuestro corazón acogiéndola y meditándola? Cristo mismo explica el sentido de su parábola.

¿Qué representa y qué son los diferentes terrenos en los cuales cae la Palabra de Dios, su semilla?

Hay varias clases de “tierra”. Tierra dura del camino, tierra de paso, tierra estéril. Nada mejor para describir nuestro mundo de la superficialidad, la inconstancia y las conveniencias. El hombre moderno nace de prisa, camina de prisa y muere de prisa, casi sin darse cuenta. No hay tiempo para nada. No hay tiempo para crecer, no hay tiempo para la familia porque está muy ocupado, no hay tiempo para los hijos, para los amigos.

Siempre está de prisa, de aquí para allá, llevando su superficialidad. Es cierto, gusta de los valores, del amor y de la Palabra, pero no los deja entrar en su corazón. Siempre está dejando para después las cosas importantes. Y también dejamos para después la Palabra de Dios, nos acercamos pero no la recibimos.

¿Seremos camino donde todo pasa y nada se queda? El dolor y las agresiones,  la inseguridad y la vida moderna nos han hecho duros e insensibles, con corazón de piedra. Pasamos junto a las personas como desconocidos, no sonreímos, no nos detenemos, no saludamos. Nos escabullimos rapido para no dar la oportunidad que entre al corazón.

Cada quien su mundo y cada quien sus problemas. El respeto al derecho ajeno es la paz es un principio que con frecuencia se convierte en indiferencia y egoísmo. No me meto con nadie y nadie se mete conmigo.

Y con Cristo y su Palabra nos pasa igual, lo saludamos pero no le permitimos que entre a nuestro corazón; lo escuchamos con agrado pero no queremos comprometernos ¿Tendremos el corazón tan endurecido que no permitimos entrar en él la Palabra de Dios?

Otro tipo de tierra son las espinas. La vida fácil es el ideal de muchos de nosotros: no al dolor, no al sufrimiento, no al esfuerzo, no a cualquier tipo de espina. Y los comerciantes bien que se aprovechan de esta sed de comodidad y nos ofrecen una felicidad basada en los bienes, en el placer y en el poder.

​Estas espinas ahogan el Evangelio. ¿Cuáles son las espinas que no me permiten dar el fruto que Cristo espera de mí? 

La Palabra de Dios debe fecundar nuestras vidas, darles sentido, hacerlas fértiles y producir mucho fruto.

La parábola del sembrador es una parábola de esperanza, de confianza y de compromiso. ¿A qué me compromete? ¿Cómo y cuando escucho la Palabra? ¿Qué frutos estoy dando?

lunes, 3 de julio de 2023

 

XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos enseñan dónde encontrar a Dios.  Dios se da a conocer en la sencillez, en la humildad. 

La 1ª lectura, del libro de Zacarías, nos presenta la preocupación de Dios por salvar a su pueblo. 

Actualmente, los gobiernos de este mundo, tratan de hacer pactos, alianzas multinacionales para ser eficaces y poder imponerse a los demás.  Sin embargo, Dios nos ofrece la salvación, la liberación, en el símbolo de un Mesías que nos trae la paz desde la sencillez de su persona.  Esto que le prometió Dios a su pueblo sigue siendo un hecho para nosotros, porque Dios no ha cambiado su esencia ni sus deseos de darnos paz y salvación.

Los países creen que es necesario tener muchas armas, poderosos ejércitos, gastar mucho dinero en instrumentos de guerra, para imponer, por la fuerza y por el miedo, la paz y la seguridad del mundo.  El profeta Zacarías nos dice que Dios viene desarmado, pacífico, humilde y así es como Él salva y nos libera.  Dios se manifiesta en la humildad, en la pobreza y en la sencillez.

A veces, nos sentimos decepcionados, frustrados, sin esperanza; sin ser capaces de tomar en serio nuestro futuro y dar un sentido a nuestra vida.  En esas circunstancias, somos invitados a descubrir a ese Dios que viene a nuestro encuentro, que restaura nuestra esperanza y nos ofrece la paz.

La 2ª  lectura, de San Pablo a los Romanos nos invita a vivir “según el Espíritu” y no “según la carne”.

Vivimos una época de grandes descubrimientos, todos ellos van encaminados a conseguir una vida cada vez más agradable y cómoda.  Sin embargo, aunque vivimos mejor cada día, no somos más felices, porque como nos dice San Pablo la felicidad no puede consistir en dar rienda suelta a los deseos humanos del cuerpo.

Como cristianos no nos podemos dejar dominar por la carne, es decir, por una vida de pecado, porque el pecado es rebeldía contra Dios.  Hemos de dejar que sea el Espíritu de Dios el que habite en nosotros para cambiar las obras del pecado por obras de bien, obras responsables, obras de Dios.  El cristiano debe dar muestras en su vida de ser guiado por Dios y no por el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Hoy, Jesús nos invita a acercarnos a Él. Es claro que, para acercarnos a Cristo necesitamos dos disposiciones fundamentales: Primeramente, necesitamos reconocer que los problemas de la vida nos rebasan y que, además, estamos cansados, fatigados y agobiados por tantos asuntos. Y en segundo lugar, también necesitamos reconocer que solamente en Cristo podemos encontrar la ayuda que nos hace falta.

Muchas veces no aceptamos esta invitación de Cristo porque creemos que nosotros podemos solucionar nuestros problemas por nosotros mismos.  Para ayudarnos, Jesús nos pide dos cosas: la primera es que carguemos con su yugo. Y la segunda es que aprendamos de Él.

¿De qué yugo nos está hablando Jesús? Nos habla del yugo del amor. El yugo o mandamiento que Cristo nos da es el yugo suave del amor. Muchas de las cosas de nuestra vida se nos hacen pesadas e insoportables porque no las enfrentamos con amor. Nos falta amor a Dios y a los hermanos.

El hacer las cosas por obligación es lo que hace que las cosas se nos hagan más pesadas. El amor es lo que aligera las cargas.

Luego, después de invitarnos a cargar con su yugo, Jesús nos invita a aprender de Él, que es manso y humilde de corazón. Estos dos elementos, juntamente con el yugo de amor que Cristo nos ofrece, son los que nos van a liberar de nuestras angustias y desesperaciones.

La mansedumbre y la humildad de las que Cristo nos habla consisten, en primer lugar, en reconocer, por medio de la humildad, nuestras propias capacidades y limitaciones; y en segundo lugar, por medio de la mansedumbre, hemos de aprender a dominar nuestra agresividad.

Las cosas de la vida se nos hacen pesadas y molestas, porque en el fondo vivimos peleando y compitiendo en contra de los demás. Gran parte de la formación que se nos ha dado ha sido para competir. Y nuestros fracasos y limitaciones son los que nos hacen sentir constantemente frustrados. Esto hace que nuestras cargas se hagan cada vez más pesadas.

Hagamos las cosas lo mejor que podamos. Dios nunca nos va a pedir que demos más allá de nuestras propias capacidades. Por eso, es que nunca hemos de compararnos con los demás.

Seamos lo que somos.

lunes, 26 de junio de 2023

 

XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús.

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes, nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo.

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita: “El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”. 

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva.

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás? La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado.

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios y los valores de Jesús.

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella?

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo.

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús.

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”.

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.

lunes, 19 de junio de 2023

 

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos presentan un tema, algo difícil de entender: si queremos vivir como auténtico cristianos, dando testimonio de Jesús, podemos llegar a sufrir dificultades o persecuciones por ser fiel a Dios.

En la 1ª lectura de Jeremías vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “Oía la acusación de la gente”.

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos, nos recordaba que el pecado y la muerte son dos realidades inseparables.

El primer pecado originó la muerte, y desde entonces todo hombre, por el solo hecho de serlo, desde que nace está en pecado, condenado a morir. Es un misterio difícil de comprender, pero al mismo tiempo un fenómeno fácil de comprobar. El niño apenas entra en los primeros balbuceos, ya está dando muestras de las malas inclinaciones que lleva dentro. Apenas se aprenden las primeras palabras y ya es posible el engaño y la mentira. Y con el pecado, la muerte se va sembrando cada día más en nuestra vida.  A más pecados en nuestra vida, más muerte y más dolor.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

En el evangelio de San Mateo, Jesús nos decía: “No tengáis miedo”.  ¿Quién puede afirmar que no ha tenido miedos en su vida?

Existen miedos muy diversos, miedos personales, miedos sociales. Los miedos personales: la caducidad de nuestra existencia corporal, el miedo a perder el prestigio, la seguridad, la comodidad o el bienestar, miedos al querer tomar decisiones. El miedo a no ser acogidos, el quedarse solos en la vida, sin amistad, sin amor y tener que enfrentarse a la dureza de la vida diaria sin la compañía cercana y amistosa de alguien. El miedo a la misma vida, para muchos el vivir resulta difícil, incierto, complejo; el mañana problemático, el futuro de los hijos, miedo a la enfermedad, a envejecer, a perder los ahorros. Miedo a la muerte. Tantos miedos.

Existen también los miedos sociales.  Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas, o dicho de otra manera, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza. Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.   Parece que ya nadie cree ni confía en nadie. Es verdad que las instituciones políticas, sociales y también la Iglesia han cometido errores.   Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, y acabamos viviendo encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Pero si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.   Porque todo se oscurece, y uno llega a plantearse si merece la pena vivir.   Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita hoy a encontrarla en Dios.   Dios nuestro padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!   Nuestro padre Dios nos ama tanto que nos ha dado a su único Hijo.   Esta es la Roca en la que podemos afianzar firmemente nuestra confianza.  Confianza en que somos queridos uno a uno por Dios, queridos con nuestras virtudes y defectos.  Confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina irremediablemente al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.   Confianza finalmente en las personas, confianza que tiene que estar unida al respeto y a la paciencia con las limitaciones y debilidades de los demás.   

Jesucristo nos repetía hoy por tres veces, “¡no tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.    Que esta eucaristía nos anime a todos a vivir en la verdad y en la confianza, porque hemos descubierto que Dios está de nuestra parte.

lunes, 12 de junio de 2023

 

XI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


En este Domingo, la Palabra de Dios nos recuerda la presencia constante de Dios en el mundo y la voluntad que Él tiene de ofrecer a los hombres, a cada paso, su vida y su salvación.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado al Dios de la “alianza”, que elige a un Pueblo para establecer con él lazos de comunión y de familiaridad; a ese Pueblo, Dios le confía una misión sacerdotal: Israel debe ser el Pueblo reservado para el servicio de Dios, esto es, para ser un signo de Dios en medio de las naciones.

Vivimos un tiempo en el que no es fácil, en medio de la vorágine en la que la vida discurre, reconocer la presencia, el amor y el cuidado de Dios por la humanidad que creó. Algunos de nuestros contemporáneos llegan a hablar incluso de la “muerte de Dios”, para expresar la realidad de una historia en donde Dios parece estar totalmente ausente.

¿Es Dios quien está ausente de la historia de los hombres, o son los hombres quienes apuestan por otros dioses (esto es, otros esquemas de felicidad) y no tienen tiempo disponible para encontrarse con el Dios de la “alianza” y de la comunión? ¿Es Dios quien se ha vuelto indiferente e insensible al destino de los hombres, o son los hombres los que prefieren andar por caminos de orgullo y de autosuficiencia al margen de Dios? ¿Habrá renunciado Dios a establecer lazos de familia con nosotros, o somos nosotros los que, en nombre de una pretendida libertad, preferimos construir la historia del mundo lejos de Dios y de sus propuestas?

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos sugiere que la comunidad de los discípulos es, fundamentalmente, una comunidad de personas a las que Dios ama. Su misión en el mundo es dar testimonio del amor de Dios por los hombres, un amor eterno, inquebrantable, gratuito y absolutamente único.

El amor de Dios es totalmente gratuito, incondicional y eterno. No espera nada a cambio; no pone condiciones para derramarse sobre el hombre. En una época en la que la cultura dominante vende la imagen del amor interesado, condicionado y efímero, el amor de Dios constituye un tremendo desafío para los creyentes. El amor de Dios es universal. No margina ni discrimina a nadie, no distingue entre amigos y enemigos, no condena irremediablemente. ¿Nosotros, discípulos de Jesús, somos testigos de ese amor?

El Evangelio de san Mateo nos muestra una catequesis sobre la elección, la llamada, y el envío de los “doce” discípulos (que representan a la totalidad del Pueblo de Dios) a anunciar el “Reino”. Esos “doce” serán los continuadores de la misión de Jesús y deberán llevar la propuesta de salvación y de liberación que Dios hace a los hombres por Jesús, a toda la tierra.

Dios nunca se ausentó de la historia de los hombres; Él continúa conduciendo la historia de la salvación e insiste en llevar a su Pueblo al encuentro de la verdadera libertad, de la verdadera felicidad, de la vida definitiva. ¿Cómo actúa hoy Dios en el mundo? La respuesta que el Evangelio nos da es: a través de esos discípulos que aceptan responder positivamente a la llamada de Jesús y se embarcan en la aventura del “Reino”.

Ellos continúan hoy en el mundo la obra de Jesús y anuncian, con palabras y con gestos, ese mundo nuevo de felicidad sin fin que Dios quiere ofrecer a los hombres.

Jesús no llama a “especialistas” para seguirlo y para dar testimonio del “Reino”. Los “doce” representan a la totalidad del Pueblo de Dios. Es a la totalidad del Pueblo de Dios (los “doce”) a los que enviará, a fin de continuar la obra de Jesús en medio de los hombres y anunciarles el “Reino”

¿Cuál es la misión de los discípulos de Jesús? Es luchar objetivamente contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz. Hoy hay estructuras que generan guerra, violencia, terror, muerte: la misión de los discípulos de Jesús es contestarlas y desmontarlas; hoy hay “valores” que generan esclavitud, opresión, sufrimiento: la misión de los discípulos de Jesús es rechazarlos y denunciarlos; hoy hay sistemas de explotación (disfrazados de sistemas económicos productores de bienestar) que generan miseria, marginación, debilidad, exclusión: la misión de los discípulos de Jesús es combatirlos. La propuesta liberadora de Jesús tiene que estar presente (a través de los discípulos) en cualquier lugar donde haya un hermano víctima de la esclavitud y de la injusticia. ¿Es esto lo que yo intento hacer?