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lunes, 18 de septiembre de 2023

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir a un Dios cuyos caminos y cuyos pensamientos están por encima de los caminos y de los pensamientos de los hombres.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recuerda que debemos buscar al Señor y seguir sus caminos; hay que dejar que Él sea el que guíe nuestra vida y no seguir los caminos torcidos de los hombres.

Si le preguntamos a la gente si creen en Dios, seguramente la mayoría nos diría que sí, pero ¿creemos en el Dios verdadero?  ¿No tenemos otros dioses a los cuales estamos sometidos y a los que les dedicamos más tiempo y más energías que al Dios verdadero?

Nuestra cultura actual, quiere prescindir de Dios.  Cree que el hombre es el único señor de su destino y que cada persona tiene derecho a construir su felicidad al margen de Dios y sus valores, considera que los antivalores del mundo pueden llegar a ser mejores que los valores de Dios.

Por eso el profeta Isaías nos invita a buscar a Dios, a volvernos a Él.  Es decir, a reorganizar nuestra vida, de modo que Dios sea el centro de nuestra existencia, que Dios ocupe siempre en nuestra vida el primer lugar.

Si volvemos a Dios, Dios tendrá compasión y misericordia de nosotros.  No nos encerremos en nosotros mismos.  Abramos nuestro corazón a Dios, dejemos que Él habite dentro de nosotros.  Dios no viene a destruirnos, ni a quitarnos nuestra libertad, sino que Dios viene a dignificarnos y hacernos felices.  Si buscamos, sinceramente a Dios, nunca quedaremos defraudados.  No demos nuestro corazón a los ídolos de este mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos muestra el dilema en el que se encuentra san Pablo; no sabe qué elegir si el bien de su muerte para unirse a Cristo para siempre, o seguir viviendo para ejercer su misión de servicio a la comunidad. 

Cada uno de nosotros tenemos una misión en el mundo y no podemos huir, renunciar o abandonar la tarea que Dios nos ha encomendado, hasta que esa tarea la llevemos hasta el final, aunque encontremos dificultades a la hora de cumplir con nuestra misión.  Como cristianos debemos saber que el trabajo que realicemos por y para el Señor no será inútil a pesar de las contrariedades que podamos tener.  Hay que seguir adelante con ánimo, confiando en la ayuda del Señor y la presencia del Espíritu Santo.

El Evangelio de san Mateo nos decía hoy que todos somos invitados a trabajar en la viña del Señor y no hay trabajadores de primera o de segunda clase.  Lo que hay es personas que aceptan la invitación del Señor.

Los planes de Dios no son como los nuestros; ni su justicia es como la nuestra.  Nosotros nos hemos imaginado que Dios actúa a nuestro modo. Que Dios valora a las personas y a los acontecimientos como lo hacemos nosotros. Pero Dios no es así.

Si Dios actuara como actuamos nosotros, ciertamente no tendríamos ni la más mínima esperanza de salvarnos. Ya que la salvación es un don que Dios nos concede gratuitamente y no es algo que nosotros merezcamos por nuestras obras.

E! amor de Dios es infinitamente más grande que la justicia. La justicia humana es entendida por nosotros dar “A cada quien lo que le corresponde”.

De acuerdo a la ley humana: dar menos de lo que a una persona le toca es algo injusto. Y también es injusto, el darle más de lo que le toca. Cuando hablamos de justicia, nos olvidamos de la generosidad. En lo humano, la justicia no tiene nada que ver con el amor.

En Dios la justicia es totalmente distinta. La justicia de Dios está regida por el amor. Dios es justo cuando ama y no cuando castiga. La justicia de Dios está marcada por la gratuidad. Esto significa que Dios no nos da lo que merecemos. Sino que lo que Dios nos da sobrepasa totalmente nuestros merecimientos.

No le impongamos a Dios nuestro modo de pensar y de actuar. No nos olvidemos de que toda justicia humana, todo pensamiento humano, todo camino humano, siempre tiene algo de injusto y por eso es totalmente distinto de la justicia divina.

La parábola nos lleva a preguntarnos: ¿Qué es lo justo? Todo depende de la justicia que se use.  Nosotros pensamos que el que ha trabajado más habrá de recibir más y sin embargo, el amo de la Parábola no actuó así, sino que a todos les dio lo mismo.

Fijémonos bien: a los primeros no los engañó, porque les dio el denario que había prometido darles.  En el fondo, no reclaman por una razón de justicia, sino que en realidad, sienten envidia. 

Esta parábola quiere hacernos comprender cómo actúa Dios. Él no nos da de acuerdo a nuestros méritos, sino conforme a su bondad. Dios no actúa de acuerdo a la justicia humana, sino de acuerdo a la gratuidad. Todo es gratuito; un regalo que Él nos hace.

lunes, 11 de septiembre de 2023

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos hablan sobre el perdón y la misericordia.  Un tema que no está muy de moda en un mundo lleno de venganza y violencia.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico no dice que el rencor y el odio son sentimientos malos que no nos ayudan a alcanzar la felicidad y la realización como personas.

Todos los días, los medios de comunicación, nos presentan noticias de todos los lugares del mundo, de violencia y de muerte.  Para vengar ofensas reales o imaginarias, buscamos mecanismos de venganza que son responsables de la muerte de inocentes, de sufrimiento y de violencia sin límites.  ¿Este es el mundo que queremos?

Hay personas que piensan que sólo somos fuertes cuando respondemos con fuerza y agresividad ante las ofensas de los demás, sin embargo, el libro del Eclesiástico nos dice que el éxito y la felicidad del ser humano, no se obtienen alimentando sentimientos de odio y de rencor sino cultivando sentimientos de perdón y de misericordia.  La paz interior sólo la tendremos perdonando y siendo misericordioso como Dios lo es con nosotros.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos dice que “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”.  El cristiano, tanto en la vida como en la muerte, pertenece al Señor resucitado que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida.

Jesús es el Señor de vivos y muertos.  Si somos cristianos, tenemos que orientar toda nuestra vida hacia Dios y orientar nuestra vida hacia Dios significa que tenemos que vivir al estilo de Jesús, es decir, hay que amar al prójimo y vivir para el Señor, y esto no se puede separar.  Quien vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo porque en la vida y en la muerte somos del Señor.

El Evangelio de san Mateo nos presentaba a san Pedro preguntándole a Jesús: “si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?

Hay que reconocer que a los adultos nos cuesta perdonar y nos cuesta también pedir perdón.

Como cuesta perdonarse incluso entre miembros de una misma familia.  A veces surgen conflictos entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos que supuestamente se quieren.  En ocasiones esos conflictos son cosas pequeñas pero que al repetirse adquieren peso en la convivencia.    Convertimos el hogar en una especie de infierno, lo que tendría que ser lugar de descanso, un anticipo del paraíso.

Qué fácilmente surge el odio y el rencor ante una ofensa, ante una  acción injusta, ante quien nos hiere de alguna forma. Aunque a veces sea tan sólo por cosas sin importancia.  Cuánto enfado y mal humor se acumula en las carreteras, en las calles y plazas de nuestras ciudades. Cuánto insulto, cuánta palabra malsonante, medio reprimida o dichas, de modo incontrolado y conscientemente. En ocasiones, cuando estamos en la calle reprimimos nuestros enfados, pero al llegar a la casa damos rienda suelta a ese enfado amargándoles la vida a nuestros familiares.

En la amistad, en el trabajo, entre vecinos, quizá disimulamos nuestros odios, pero la relación a menudo se hace difícil, dura y cada vez menos cordial.  Hay personas que no se hablan incluso siendo familiares, o compañeros de trabajo, o vecinos.  Todos debemos reconocer que tenemos establecidos unos límites a  nuestra capacidad de perdón.  Cuando nos parece excesivo lo que nos han hecho, muchas  veces no somos capaces de perdonar.

A veces también otorgamos un perdón de escasa calidad: es lo que reflejan frase como “perdono pero no olvido”, “perdono pero que se vaya con cuidado”.  Esto es a nivel personal.  Pero sucede también a nivel colectivo: Los conflictos entre países  están basados en hechos reales, pero también hay una considerable dificultad para perdonar.

El Evangelio nos hablaba hoy del siervo malvado que tras recibir el perdón de su amo, es incapaz de perdonar a su compañero que le debía menos que lo que a él le perdono su amo.

¿No nos ocurre esto con frecuencia también a nosotros? Acudimos a Dios buscando el perdón ante nuestras faltas y, luego, somos capaces de humillar gravemente a nuestros hermanos ante faltas mucho menos graves.

¿Cómo puede Dios perdonarnos, si nosotros regateamos tanto nuestro perdón a los demás? No nos damos cuenta de que si no perdonamos al marido o a la esposa, al hijo al padre, al amigo, al compañero, al vecino, a quien sea, pedimos que Dios no nos perdone. 

El amor nos ayudará a entender y perdonar. Si somos capaces de perdonar, mejoraremos como personas y seremos también capaces de perdonarnos a nosotros mismos.

La “revolución” que trae Jesús al mundo, es precisamente el amor y el perdón.

Pidamos al Señor que nos ayude a perdonar como Él lo supo siempre hacer.

lunes, 4 de septiembre de 2023

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos hace ver la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos que están cerca de nosotros.  No podemos ser indiferentes ante aquello que amenaza la vida y la felicidad de un hermano porque todos somos responsables de corregir y aceptar la corrección.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.  El profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, por eso debe estar siempre con los oídos bien abiertos y los ojos bien despiertos para escuchar y ver los peligros que acechan a su comunidad.

El profeta debe denunciar todo aquello que está mal tanto en el mundo como en la vida de las personas.  Es verdad que Dios juzgará a cada uno según su propia conducta, pero también es verdad que somos responsables del mal que otros hacen por culpa nuestra o del bien que dejan de hacer por falta de ejemplo o de colaboración.

Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.

Cuantas veces sabemos de algún joven que se droga y nos callamos, o de una personas alcohólica y nos callamos, o de un esposo agresivo y nos callamos y cuando ocurre una desgracia por culpa de nuestro silencio, entonces decimos: “Yo sospechaba algo” o “ah, si hubiera hecho”, “si hubiera dicho” ¿Pero ya para qué?  Por eso, no nos callemos ante el mal y esforcémonos por corregir a todo aquel que anda en malos pasos.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.

Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.

Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.

En el evangelio de san Mateo Jesús nos dice hoy “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”.  Es el  camino que Jesús nos señala si queremos ayudar a alguien en sus defectos o pecados, hablar a solas con él. Cuánto bien haríamos si hiciéramos caso a Jesús. 

Poco ha cambiado el ser humano. Con qué facilidad nuestras conversaciones preferidas son los defectos, lo malo que vemos en los demás. Como desperdiciamos tanto tiempo de nuestra vida en hablar mal de los demás.

¡Qué distinto es Jesús de todos nosotros! A nosotros nos encanta airear la vida de los demás. Los programas televisivos que más audiencia tienen son los que sacan al aire los trapitos sucios de los demás.  ¿Será que a nosotros nos gusta el chisme y hablar de los demás?  No hay conversación en la que no hablemos mal de alguien.

Sin embargo, el Evangelio de hoy nos dice todo lo contrario. El Señor sabe que podemos fallar, que podemos pecar, pero luego nos dice: “Si tu hermano peca”, no lo lleves a la TV, ni lo lleves al Club de los chismosos, sino que nos dice: “Llámale y corrígelo a solas.” Que no se enteren los demás. Que su pecado quede entre los dos y que tu amor salve al que ha pecado.

Para Jesús mucho más importante que el pecado es la persona. Para Él, la persona, aunque haya pecado, se merece toda nuestra atención, comprensión y amor. La murmuración y la crítica no sanan a nadie. El amor silencioso puede curar muchas heridas. La murmuración y la crítica, en vez de curar las heridas, las hacen más grandes, mientras que el amor y la comprensión las curan y las cierra.

Nadie tiene derecho a murmurar y criticar al otro si antes no lo ha amado, lo ha comprendido y lo ha corregido fraternalmente.

La misma Iglesia impone un secreto absoluto al confesor. Un confesor que revelase los pecados de alguien queda suspendido en el ejercicio de su ministerio. Es que la persona es sagrada y también sus debilidades.

Si los que han caído encontrasen alguien que les eche una mano, es posible que hoy estuviesen en pie. Si los que han pecado encontrasen en su camino alguien que, a pesar de todo, los ama, es posible que hoy fuesen buena gente y hubiesen abandonado el pecado.

Dios es más comprensivo que nosotros y mucho más respetuoso con la persona y su dignidad. Dios no es de los que airean los pecados de los demás, sino que los perdona y los borra.

lunes, 28 de agosto de 2023

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos dicen que a veces es difícil ser cristiano por las incomprensiones que lleva consigo.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos hace ver que ser profeta no es una vocación fácil, cómoda y tranquila.  La historia de Jeremías, es la historia de todos aquellos a los que Dios llama a ser profetas.

Ser profeta significa ser signo de Dios y de sus valores en este mundo y por lo tanto, el profeta tiene que enfrentarse a la injusticia, a la opresión, al pecado y cuestionar los intereses egoístas de los poderosos de este mundo; por eso el camino del profeta es un camino de críticas, calumnias, amenazas y mucho sufrimiento por ser fiel al encargo de Dios.

El que halaga a la gente dice a la gente lo que la gente quiere y les gusta escuchar aunque no sea verdad. Por eso este tipo de personas son bien acogidos y recibidos.  El profeta no puede halagar a un pueblo que se aparta de Dios.

Qué difícil es nadar contra corriente.  De igual forma, es arriesgado predicar lo que la gente no quiere oír, como también es una empresa difícil corregir los comportamientos o costumbres equivocadas de las personas.  Y esta es la misión ingrata, incómoda y llena de amargura del profeta.

Por ello, anunciar la Palabra de Dios, muchas veces, es ocasión de incomodidad hasta de sufrimiento.  Y sin embargo el profeta no puede callarse porque está seducido por Dios y por su proyecto de amor que no se puede silenciar. 

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos exhorta a que nos ofrezcamos como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”. 

El culto no es principalmente pedir a Dios, agradecer a Dios, alabar a Dios… aunque es cierto que con todo esto le rendimos culto. El culto consiste principalmente en ofrendar nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos a Dios. Así seremos santos y agradables a Él, como nos dice San Pablo.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos decía: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.”  Al que se une a Jesús, Él le promete el descanso y el alivio en sus tareas.

Jesús nos habla en el evangelio de “negarse a sí mismo”, de “cargar la cruz”, de “perder la vida”. 

Años atrás se nos decía a los cristianos que habíamos venido a esta vida a sufrir.  Ahora, el hombre moderno huye de la cruz de Cristo, huye del sufrimiento.  Casi sin darnos cuenta, hemos construido una sociedad donde lo importante es “obtenerlo todo y ahora mismo”.

Tenemos una educación excesivamente permisiva, una falta casi total de autodisciplina. Uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual es la incapacidad para el sufrimiento y la renuncia.

Nuestra civilización del confort y la comodidad no quiere oír ni entender que no puede construirse un verdadero hombre sin renuncia y esfuerzo. Una sociedad incapaz de “renunciar” es una sociedad que avanza hacia su propia descomposición.

Esto lo vemos en la educación de los hijos a los que se les quiere ahorrar el mínimo sufrimiento.  Esto es un gran error por parte de los papás.  Escuchamos a los hijos que cuando sus papás les piden algo, ellos contestan: “no tengo ganas”, “no me apetece”.

Hoy hay que enseñar a los hijos ejercicios de gimnasia de fuerza de voluntad para que aprendan “a hacer esto sin ganas porque es su obligación.  Me obligo a hacer aquella tarea, aunque no me apetezca, porque sé que es bueno para mí.  Más tarde haré aquello otro porque hará de mí una persona mucho más preparada”.  ¡Qué pena da, la imagen del niño consentido que siempre hace lo que quiere! ¡No llegará muy lejos en la vida!

Esta actitud de los hijos, es también la actitud de tantos cristianos, jóvenes y adultos, que, para justificar su falta de participación en la Eucaristía, dicen: es que no me apetece ir.  Participar en la Eucaristía no es cuestión de ganas o de gustos, sino de convicción.  ¿Qué pasaría si los papás dejaran de atender y alimentar a sus hijos cuando no tienen ganas de hacerlo?  ¿Qué pasaría si dejáramos de trabajar cuando no nos apetece?

Cuando cada uno va a lo suyo o quiere salir con la suya, la sociedad se convierte en un auténtico infierno. ¿Por qué rompen muchos matrimonios casi en sus mismos comienzos? Porque ninguno de los cónyuges ha aprendido a renunciar, buscan una felicidad barata y a costa del otro. El niño o joven consentido de hoy es el esposo y el padre frustrado y frustrante del mañana. Por eso, consentir a los hijos es prepararlos para la desventura.

Lo queramos o no, el hombre madura y crece, cuando sabe renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de todos sus deseos en aras de una libertad, unos valores y una plenitud de vida más noble, digna y enriquecedora.

Recordemos hoy las palabras de Jesús en el evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga…  ¿de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

lunes, 21 de agosto de 2023

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Hoy la liturgia nos transmite, fuerte, alto y claro la pregunta de qué es Jesús para nosotros, quien es Él, realmente, para nuestras vidas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al mayordomo Sobná que abusa del poder que tiene y por eso Dios lo destituye de su cargo por haber usado su cargo en beneficio propio, y no como un servicio en favor de los demás.

Esta primera lectura nos invita a reflexionar sobre el sentido del poder.  El poder es un servicio a la comunidad.  Quien ejerce el poder, debe hacerlo pensando siempre en los demás.  La autoridad no es cuestión de poder sino de servir a todos.  El que tiene el poder no puede usarlo para satisfacer sus intereses personales.

Sobná ejercía el poder, asociado a la corrupción, al aprovechamiento del servicio de la autoridad para fines egoístas e intereses personales. Y Dios nos dice que el ejercicio del poder sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del bien común.  El ejercicio de un cargo público no es para buscar intereses personales sino para ejercerlo en beneficio del bien común.

Por desgracia los abusos de poder de algunos gobernantes no han cambiado desde entonces.  Muchos utilizan el poder para su propia ambición, o por delirios de grandeza, negocios sucios, éxito del partido o como tapadera de sus propios intereses.

Nosotros como creyentes tenemos que estar dispuestos a poner fin a estas situaciones, no viviendo de forma superficial sino viviendo desde el Evangelio, aunque ello a veces nos complique la vida.  Puede ser que eso no cambie mucho las cosas, pero al menos no nos sentiremos cómplices de la injusticia.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos en una invitación a contemplar la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios. 

El verdadero creyente no es aquel que “sabe” todo sobre Dios, que cree conocerlo perfectamente y dominarlo; sino que es aquel que con honestidad y verdad reconoce su pequeñez y se pone confiadamente en las manos de Dios y con asombro y admiración adora y alaba a Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a Jesús preguntado: “¿quién dice la gente que soy yo?” “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Si queremos vivir coherentemente nuestra fe, tenemos que tener muy claro en quién y qué creemos.  Porque a veces estamos confundidos y por eso llegamos a decir que nos da lo mismo creer en una cosa que creer en otra.

Hay personas que dicen: “no hay que creer ni dejar de creer”.  Piensan que son muy sabios diciendo esto.  Y lo que demuestran es que no tienen fe en nada y que hacen las cosas “por si acaso”.  Es una manera de aceptarlo todo sin comprometerse con nada. Esta es la postura de algunos cristianos. 

Por eso no crecen en la fe y son víctimas de supersticiones. Se dicen cristianos pero practican la brujería, acuden a los adivinos y van a que les echen las cartas.  Este tipo de personas pisotea el primer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas.

Tenemos que tener muy claro en quién creemos.  Por eso Jesús nos pregunta: ¿quién dices tú que soy yo para ti?

Para muchos Jesús es, como decían los judíos de sus tiempos, un gran profeta. Otros opinan que ha sido un gran pensador. Otros que ha sido un revolucionario social. Otros afirman que ha sido un hombre perfecto. Hay toda clase de opiniones. Pero todas ellas están viendo a Jesús desde afuera. Realmente no saben nada de Cristo. No lo conocen.

Ante cristianos que desconocen realmente a Jesús, no es de extrañar que la vida cristiana sea algo nulo, superficial y solamente como un ingrediente social.

¿Quién es Jesús para nosotros? No se trata de dar una respuesta que hayamos aprendido de memoria. Tenemos que descubrir lo que verdaderamente Cristo significa para cada uno de nosotros personalmente.

Esta respuesta la vamos a encontrar en lo concreto de nuestra vida. Nosotros mostramos lo que Cristo significa y vale para nosotros a través de nuestras obras. Nuestra manera de vivir y de actuar es, en realidad, la expresión de lo que nosotros creemos.

Podemos decir muchas cosas acerca de Cristo. Pero si esto no se convierte en vida, si no luchamos por expresarlo a través de nuestras obras, quiere decir que no creemos en Jesús.

Decir que Jesús es el Mesías es aceptarlo como el único que puede darle sentido a nuestra vida.

Es importante, pues, que en este domingo, con toda sinceridad dejemos que la pregunta de Jesús resuene profunda y fuertemente en nuestros corazones y que tratemos de responderla con toda sinceridad.

lunes, 14 de agosto de 2023

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos manifiestan que Dios quiere que todos los hombres se salven, a todos nos llama a la salvación sin distinción de raza ni lugar.  Todos somos uno en la fe.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, hayan rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo no decía hoy: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia”.

El evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, gritando y pidiendo curación para su hija.  Esta mujer es un ejemplo de fe y de cómo tenemos que orar, es decir, pedirle a Dios.

A veces Dios no nos responde. Es lo que le sucedió a esta mujer en tiempos de Jesús. El Evangelio especifica que la mujer era “cananea” para significar que no era judía, sino pagana.

Y Jesús se hace el que no escucha. Así es Dios a veces: simula no escucharnos. Y ¿por qué? O, más bien ¿para qué? … Para reforzar nuestra fe. Se habla de “poner a prueba” nuestra fe. Pero no se trata de una prueba como un examen, sino más bien como un ejercicio que fortalece la fe.

Cuando el Señor parece esconderse o parece no hacernos caso puede ser que esté tratando de reforzar nuestra fe débil.

Ahora bien, hay otro tema en la Liturgia de este Domingo: la salvación es para todos, judíos y no judíos.

¿Qué difícil es a veces compartir nuestra fe y nuestra vida con quienes son distintos a nosotros? No solamente los extranjeros, sino incluso dentro de nuestra misma sociedad o familia muchas veces “designamos” personas que no son “dignas” de nuestra atención o de nuestro cariño. Relegamos a quienes son distintos, criticamos a quienes piensan diferente, e incluso atacamos a quienes tienen valores diversos. Si Jesús fue capaz de aprender de una “mujer extranjera” ¿no seremos nosotros capaces de aprender de quienes nos rodean? Abrir nuestro interior para aprender de nuestra pareja que “siempre parece ser tan necio(a)”, para aprender de nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, del pobre o de nuestros padres.

Para el Señor no existen las fronteras puestas por los límites familiares, nacionales, religiosos, sociales, políticos. Dios es para todos. En Él no hay distinción de personas.

Uno de los deberes de nuestra Iglesia es aceptar a todos, y aceptarlos con alegría y con amor, dejándoles entrar plenamente en las actividades de la comunidad.  Pero, por desgracia, esto no siempre pasa en nuestras comunidades eclesiales. Si no aceptamos a los nuevos como Cristo nos pide que lo hagamos nos estaremos comportando de la misma manera que se comportaba el pueblo judío en los tiempos de Cristo.

Con frecuencia vemos cómo algunas personas muestran abiertamente hostilidad, y hasta desprecio, frente a los que tratan de integrarse en nuestras comunidades. Hay personas que se sienten amenazadas, como si alguien les fuera  a arrebatar su puesto en la comunidad. Lo que olvidan es que la Iglesia pertenece a todos y que hay que compartir.

En esta Eucaristía roguémosle al Señor, por intercesión de María, la humilde Sierva del Señor, que nos conceda entrañas de misericordia para con los demás, para velar por sus derechos.

lunes, 7 de agosto de 2023

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir la manera de librarnos de todos los temores y miedos  en los que a veces se ve envuelta nuestra vida. 

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios.

Dios aparece donde menos se le espera, y en el momento que menos nos imaginábamos. Elías vive esa experiencia. Donde él espera verlo (viento, terremoto y fuego), Dios no aparece.

Sin embargo, en la tranquilidad, en la paz, en las cosas pequeñas, en el amor de cada día, en el crecer de la hierba, en la salida del sol y en el ocaso, debemos aprender a descubrir el paso del Señor por nuestras vidas. Dios nos habla cada día, con voz suave e insinuante, valiéndose de situaciones y acontecimientos cotidianos y habituales. Debemos tener siempre bien abiertos los ojos y los oídos del alma para descubrir cada día el paso del Señor por nuestras vidas.

Cuando estemos angustiados, cuando pasemos por momentos de sufrimientos, en nuestras dudas, no nos cansemos nunca de buscar a Dios, pero busquemos a Dios con sencillez, con humildad y Él se hará presente en nuestra vida, no de una manera espectacular sino de una manera sencilla como lo hizo con el profeta Elías.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos manifestaba la gran pena que san Pablo sentía por su pueblo.  Le vence el sentimiento y llega a decir, en un momento de tristeza inmensa, que por el bien de sus hermanos, los de su raza y sangre, quisiera incluso ser un olvidado lejos de Cristo.

Es de corazones buenos amar a los más cercanos, a los de nuestra raza y sangre, pero también es propio de los corazones generosos dedicar todas las fuerzas de la vida a salvar a los que nos parece que están más lejos, a los que no son ni de nuestra raza, ni de nuestras creencias, ni de nuestras mismas ideas, hasta a nuestros enemigos. Porque así lo hizo Jesús, así lo hizo también san Pablo.

En el Evangelio de san Mateo Jesús le dice a sus discípulos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.

El ser humano es un ser con muchos miedos.  Tenemos miedo de muchas cosas: a la muerte, al sufrimiento y al dolor, a la incomprensión, a la soledad, a perder lo que tenemos, al futuro, a las personas que no conocemos.  El miedo nos paraliza, nos hace vivir a la defensiva.

¿Qué podemos hacer con nuestros miedos?  ¿Olvidarnos de ellos?  ¿No hacerles caso? ¿Huir de ellos?  Huir del miedo es lo que hace la mayoría de las personas.  Otros huyen del miedo teniendo muchas cosas, viajando, siempre de prisa de un lugar a otro, buscando diversiones a cualquier precio.

Pero ¿realmente podemos vencer el miedo con diversiones y evasiones?  No es tan fácil librarse de los miedos en nuestra vida.  Normalmente cuando vencemos un miedo, viene otro a ocupar su lugar.  Además huir de los miedos no significa superarlos.  Y por eso cuando parece que huyendo de nuestros miedos los hemos superado, aparecen de nuevo.

Jesús cuando se encuentra con Pedro asustado por la tempestad no le dice que huya, que salga corriendo.  Le dice que confíe en Él.  Confiar en Jesús es lo mismo que tener fe.

La fe es necesaria para vencer nuestros miedos y superar las dificultades de la vida.  Por ello, el problema no es no tener miedo, ya que los miedos son algo propio del ser humano, el problema es no confiar en Dios.

Jesús nos dice: “Ven”,  nos llama a seguirlo, a vencer con Él las dificultades, los miedos, la falta de fe.

Jesús le dice a Pedro: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”  Jesús nos invita a enfrentar con valentía las tempestades de esta vida y que lo hagamos con fe. 

La fe consiste en saber que Dios se encuentra siempre a mi lado, para ayudarme a superar los miedos.  Dios, siempre nos toma de su mano y nos conduce por caminos seguros. La fe me permite caminar en la oscuridad, en medio de las dificultades; la fe da sentido a nuestras vidas.  Cuando tenemos fe, esa barca que es la Iglesia no se hunde. 

En el mundo hay muchas cosas negativas que nos causan temor y miedo, pero si tenemos fe, si confiamos en Dios, podremos vencer todos esos miedos.  Cuando tenemos poca fe, tenemos que gritar: “¡Señor sálvame!” y entonces Jesús nos da su mano y nos dice ven. Con la ayuda de Dios podemos superar el miedo que nos paraliza a trabajar por un mundo mejor.  Con la ayuda de Dios podemos superar nuestros miedos y caminar alegres por la vida.