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lunes, 16 de octubre de 2023

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos dice que Dios es nuestra prioridad y que es a Él a quien debemos subordinar toda nuestra existencia; pero nos avisa también que Dios nos convoca a un compromiso efectivo en la construcción del mundo.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recordaba que Dios es el verdadero Señor de la historia y que Él es el que nos conduce a la felicidad y realización plena.  Los hombres somos instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus proyectos de salvación.

Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor.  Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en el hombre, comete la simpleza de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado.

Siempre que el pueblo prescinde de Dios, cava una fosa a sus pies y prepara la ruina, mientras no se produzca la conversión y la vuelta, porque Dios es el único bien total del hombre.  No nos engañemos.  Sólo Dios es los suficientemente fuerte para agarrarnos a Él.  Sólo Él puede salvarnos, sólo en Dios está la solución de todos nuestros problemas. 

Fuera de Dios nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo.  “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios”, nos decía hoy la primera lectura.

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses nos presenta el ejemplo de una comunidad cristiana que pone a Dios en el centro de su camino y que, a pesar de las dificultades, se compromete con los valores y los esquemas de Dios.

Hoy, una comunidad cristiana que viva, con fidelidad y entusiasmo, la fe, la esperanza y la caridad, no es noticia; sin embargo, los medios de comunicación social explotan, con gusto, la vida de una comunidad cristiana que esté marcada por escándalos, por infidelidades. 

Nos estamos volviendo, poco a poco, insensibles a las cosas bellas y buenas y nos dejamos impresionar por los escándalos, por lo malo, por lo negativo.  Por eso san Pablo nos invita a fijarnos en los testimonios de fe, de amor y de esperanza que hay a nuestro alrededor y a que veamos ahí la presencia y la acción de Dios en el mundo.

El Evangelio de San Mateo nos presentaba hoy esa frase tan polémica: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o también se ha utilizado como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común.  No se refería a esto Jesús cuando dijo esta famosa frase.  Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas, tanto se trate de la obligación de mandar como de la obligación de obedecer.

Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone una religión.

Siempre han existidos gobernantes que confunden su propio proyecto político con la causa de Dios, pero también ha habido representantes de Dios que han querido tener poder político.  Por eso se han manipulado autoridades pero también nos hemos callado antes injusticias con nuestro silencio e indiferencia, como si el cristiano no tuviera que exigir justicia y verdad. 

Por supuesto que Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel.  Jesús afirma la primacía de Dios.

Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Nadie queda excluido de la obligación de promover una verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los cristianos. Pero tampoco nadie puede apropiarse la inteligencia y la bondad divina utilizando la religión para sus proyectos personales o partidistas.

Si el ser humano es la imagen de Dios, éste es propiedad de Dios y con él no se puede jugar con otros intereses. Queda desautorizada cualquier pretensión de dominio absoluto sobre el pueblo, la tierra y la persona humana.

El verdadero cristiano no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión fuera un tranquilizante; al contrario, hay que llevar el Evangelio y la presencia de Dios a la vida social, económica y política.

El Evangelio de este día nos recuerda que hay que escuchar siempre la palabra de Dios, por encima de cualquier otro interés, y que no se puede arrinconar a Dios al mundo de lo privado. No podemos convertirnos en esclavos de las cosas, del poder ni de la religión, sino en servidores del Dios vivo.

lunes, 9 de octubre de 2023

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo son una invitación de parte de Dios a que seamos felices, porque Dios lo que desea para todos es la felicidad y por eso cada vez que celebramos la eucaristía somos invitados al banquete festivo con su Hijo Jesús.

La 1ª lectura, del profeta Isaías, nos dice que la salvación es una realidad que se dará en el cielo.  La salvación consistirá en gozar eternamente de Dios y vernos libres de todos los males.  El cielo será como una gran fiesta, como una comida festiva permanente, donde Dios secará nuestras lágrimas y destruirá la muerte para siempre.

Hoy como ayer, en medio de un mundo que nos ofrece muchos remedios para ser felices y para salvarnos, la lectura del profeta Isaías es una llamada a la esperanza en Dios.    Es Dios el que nos va a salvar.  Nuestra vida no terminará con la muerte.  Hay esperanza más allá de la muerte para todos los hombres que buscan a Dios.  El Dios de la vida no puede permitir que los hombres y mujeres que Él ha creado tengan como destino final la muerte.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Filipenses, es una llamada a la solidaridad en las necesidades básicas.

Dios nos recompensa ampliamente cuando ayudamos a los necesitados.  Hemos de compartir no sólo el Evangelio sino también nuestra ayuda material con los que menos tienen.

Nos decía también San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Aunque tengamos problemas y tentaciones, podemos vencerlas porque tenemos con nosotros, en nosotros, a Jesucristo que es nuestra fuerza.

La fuerza de Cristo nos da el poder para cumplir con nuestras obligaciones diarias;  la fuerza de Cristo nos da la paciencia para soportar las adversidades.  Una persona que ama la justicia y la verdad tiene siempre que soportar adversidades de todo tipo; tiene que soportar incomprensiones y ataques de los enemigos.

La fuerza de Cristo nos da el valor para vencer nuestros miedos y desconfianzas.  No tenemos que tener miedo de luchar por el bien.  Con Cristo hay esperanza para nosotros y para nuestro mundo, para un mundo mejor.

La fuerza de Cristo nos da nos da las energías para cumplir con nuestra misión en la vida.  Cada uno tiene su propia misión en esta vida y no siempre sentimos la fuerza para llevarla a cabo y es Cristo el que nos fortalece  para no caer.  Todo lo podemos, si estamos unidos a Cristo.

El Evangelio de San Mateo nos habla del Reino de Dios y nos lo presenta bajo la figura de un banquete.

Para los judíos un banquete era signo de unidad y de fraternidad.  Ser invitado era un honor, no se invitaba a la gente por compromiso sino por amistad.

Tenemos que tener muy claro que es Dios quien toma la iniciativa de llamarnos a la salvación.  Invitarnos a participar en el Reino es un gesto de amor por parte de Dios. Dios ha puesto su mirada en nosotros y ha tomado la iniciativa de invitarnos porque nos ama. 

Dios nos invita y sin embargo a veces, hemos rechazado las invitaciones que Dios nos hace.

Ante las llamadas de Dios, preferimos encerrarnos en nuestros asuntos y no hacemos caso a lo que Dios nos pide. Le damos mucho más valor a las invitaciones que el mundo nos hace, aunque sean invitaciones para cosas sin importancia. Preferimos un programa de Televisión, un partido de fútbol, una fiesta con los amigos, cualquier cosa vale en vez de acoger la invitación que Dios nos hace. 

La violencia que se vive en el mundo es fruto del rechazo a las invitaciones de Dios. Nos viene del olvidarnos de Dios o de ponerlo en un segundo lugar. 

Nunca podremos llegar a ser verdaderas personas humanas mientras le demos las espaldas a Dios.

Toda persona humana, sin distinción alguna, está invitada a participar del Reino de Dios. Lo único que se necesita es aceptar la invitación de Dios. De nosotros depende aceptar o rechazar esta invitación. 

Pero nuestra respuesta debe ser en serio. No se trata de decirle sí al Señor y después vivir como se nos dé la gana. Debemos ser consecuentes con nuestra Fe. Vivir lo que creemos y creer lo que vivimos. Por eso es que no basta con decir que aceptamos a Cristo, sino que hay que manifestar en nuestras obras que lo hemos aceptado y que creemos en Él.  

A la invitación que nos hace el Señor hay que ir con el traje de fiesta que es revestirnos de Cristo, es decir, vivir la Caridad, vivir el perdón, ser constructores de la Paz, ser serviciales con los demás, vivir nuestra intimidad con Dios, rechazar el pecado y vivir en la gracia de Dios

No basta, pues, decir que somos cristianos y que pertenecemos a la Iglesia, hay que vivir revestidos de Cristo.

lunes, 2 de octubre de 2023

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La Eucaristía de este domingo es una invitación para que en nuestra vida de cristianos demos frutos abundantes. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de todos los cuidados de Dios por nosotros, pero a pesar de todos los cuidados de Dios por nosotros, no sabemos darle los frutos que le corresponde.

Esta lectura es toda una historia de amor, una historia que no termina porque Dios continúa derramando sobre nosotros, todos los días, su amor, su bondad y su misericordia. Pero es una historia de amor no correspondido. Cada uno de nosotros somos cuidados por Dios.  Dios nos ha dado la vida, una familia, un hogar, una casa, una educación, nos ha hecho sus hijos, nos da su gracia. 

La mayoría de nosotros hemos sido, desde niños, elegidos por Dios; en nuestra familia empezamos a aprender las primeras oraciones.  Tenemos la suerte de poder haber ido a la escuela y tener, por medio de la catequesis, una educación cristiana.  Nos prepararon bien para recibir a Cristo en la primera comunión.  Posteriormente siguieron educándonos en la fe para recibir la confirmación y así reafirmar nuestra fe, pero llegamos al bachiller o nos vamos a la Universidad y ahí se acabó toda nuestra vivencia religiosa, todo nuestro compromiso con Dios. Por eso, hoy, hay que preguntarse: ¿Por qué habiendo recibido tantos cuidados de parte de Dios, damos frutos malos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos dice cómo debemos actuar para que nuestra respuesta a Dios dé frutos sabrosos.

En muchas ocasiones solemos escuchar, y también lo decimos nosotros, que ahora no se sabe lo que es bueno ni lo que es malo porque ¡todo ha cambiado!

Por ello, es muy importante poner en práctica lo que San Pablo recomendaba a los cristianos de Filipo.  Como cristianos debemos vivir en el mundo, pero todo lo que hagamos tiene que tener un sentido cristiano.

El Señor no pide a la Iglesia hacer cosas sorprendentes y raras, sino hacer, sencillamente, lo que es bueno, lo que es justo, sentirse solidarios con todo lo que es verdadero y noble.

El evangelio de San Mateo nos presentaba la parábola de los viñadores asesinos.

Todos nosotros formamos parte de este “viñedo divino”, de este Pueblo del Señor, y como parte de él estamos llamados a dar frutos.

¿Cuáles son los frutos amargos que estamos dando  en nuestros días?

El afán de poseerqueva configurando normalmente un estilo de hombre insolidario, preocupado casi exclusivamente de sus bienes, indiferente al bien común de la sociedad. El resultado es una sociedad estructurada en función de los intereses de los más poderosos, y no al servicio de los más necesitados.

Por otra parte, el deseo ilimitado de adquirir, conservar y aumentarlos propios bienes, va creando un hombre que lucha egoístamente por lo suyo y se organiza para defenderse de los demás. Va surgiendo así una sociedad que separa y enfrenta a los individuos empujándolos hacia la rivalidad y la competencia, y no hacia la solidaridad y el mutuo servicio.

El deseo de poder quehace surgir una sociedad asentada sobre la agresividad y la violencia, y donde, con frecuencia, sólo cuenta la ley del más fuerte y poderoso. No lo olvidemos. En una sociedad se recogen los frutos que se van sembrando en nuestras familias, nuestras escuelas, nuestras instituciones políticas, nuestras estructuras sociales y nuestras comunidades religiosas.

Dios nos ha bendecido con toda clase de dones, materiales y espirituales, ahora nos toca a nosotros regresarle a Dios su parte. Entreguemos lo que Dios nos pida con alegría, con gratitud.

El Señor nos dice que nos ha elegido para que demos fruto y nuestro fruto permanezca.  Así quiere que cada uno de nosotros seamos una viña fructífera que dé buenos frutos.

En nuestra Parroquia hay  grupos y actividades en las que los miembros de la comunidad pueden colaborar. La pasividad y la apatía son desastrosas para la Iglesia. Has recibido un carisma por parte de Dios, no lo entierres miserablemente, sé generoso. La mayoría de edad del laico dentro de la Iglesia debe manifestarse dando testimonio en medio del mundo, que es el lugar donde se desenvuelve su actividad. Dejemos que cada cual aporte su granito de arena en la construcción del Reino.

Que la Eucaristía que estamos celebrando nos ayude a descubrir el sentido de nuestro trabajo y nos anime a ser generosos y a hacerlo todo con alegría y esperanza.

lunes, 25 de septiembre de 2023

 

XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a comprometernos seria y coherentemente con Dios, un Dios que quiere construir un mundo nuevo de justicia y de paz para todos.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos dice hoy que cada uno es responsable de lo que hace; no se vale echarles la culpa a los demás o a Dios.

Las personas nunca quieren echarse la culpa de nada de lo que ocurre.  Hay personas que no tienen lo más mínimo para vivir dignamente.  La culpa es de la economía internacional.  Hay situaciones de violencia y de injusticia.  La culpa es del gobierno que no cumple las leyes ni pone suficientes policías.

Esta manera de pensar hace que siempre encontremos una excusa a los males presentes ya que pensamos que son otros los que los causan.  Es cierto que somos solidarios en los pecados sociales y comunitarios, pero Dios juzgará a cada uno según su personal responsabilidad y conducta.  Por eso el profeta Ezequiel levantó su voz para decir que cada uno es responsable de lo que hace sea para bien o para mal.

Ciertamente que a veces, la familia o las circunstancias en las que vivimos pueden influirnos a la hora de hacer el bien o el mal, pero siempre tendremos la oportunidad de cambiar. No debemos decir que no podemos cambiar porque venimos de una familia desintegrada o vivimos en un barrio de gente de mal vivir.  No podemos decir que porque mis padres son ladrones yo también tengo que serlo y así justificarnos para no cambiar y dejarlo que todo siga igual. 

Es cada persona quien dará cuentas al Señor de su conducta.  Y no se vale echarle la culpa a los papás, o a la sociedad en la que vivimos.  Tenemos que ver cuál es nuestra responsabilidad en tantos males como hay en la sociedad y no echarles siempre la culpa a los demás de lo que ocurre o de lo que soy.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos invita a que nos comportemos y vivamos de modo humilde y servicial como lo hizo Jesús.

Los valores que vivió Cristo, no son demasiado apreciados en muchos ambientes de nuestro mundo.  Para la sociedad, los grandes ganadores no son los que ponen su vida al servicio de los demás con humildad y sencillez, sino que son los que se enfrentan al mundo con agresividad, con autosuficiencia y se esfuerzan por ser los mejores, aunque eso signifique emplear cualquier medio para alcanzar sus metas y superar a los demás. 

Nosotros tenemos que seguir el ejemplo de Cristo que con su humildad y su servicio nos ha salvado.

El evangelio de san Mateo nos presenta la parábola de los dos hijos llamados a trabajar en la viña.  Uno dice sí pero no va; el otro dice no pero sí va a trabajar a la viña de su padre.

Hay personas que piensan: “Las palabras y las promesas no valen, se pueden tirar a la basura”.  Que tristes es que haya tanta incongruencia entre lo que decimos y lo que hacemos: “Mañana te pago”, “En un  rato entrego tu trabajo”, “Prometo que voy a hacerlo” y un largo etcétera. Esto es una  lacra de nuestra humanidad que hace perder el valor de la palabra.

Hay quien dice sí y luego es no; hay quien dice que no, pero después actúa positivamente. Evidentemente que Dios se complace más en aquellos que dicen sí y que lo hacen de verdad.

Esta parábola es una crítica de Jesús contra aquellos que se declaran cristianos, que alardean de su fe, pero que sus acciones no convencen a nadie.  A las palabras deben seguir las acciones; a los principios, la conducta coherente; y a las enseñanzas, el ejemplo personal.

La parábola delinea perfectamente nuestro tibio cristianismo porque le decimos a Dios: “Ya voy, Señor”, pero demoramos nuestras acciones hasta lo infinito. Con que facilidad decimos si, que no implica ningún compromiso. Gritamos y alabamos a la Virgen, hacemos peregrinaciones y entonamos vivas a Cristo Rey, pero después pisoteamos los valores del Reino, nos mostramos intransigentes con el prójimo, rechazamos el perdón y no dudamos en herir, en humillar y en despreciar.

Aun confesándonos católicos, vivimos de hecho alejados de la fe, abandonando las prácticas religiosas y perdiendo progresivamente la propia identidad de creyentes.  Hay bastantes cristianos que terminan por instalarse cómodamente en una fe aparente, sin que su vida se vea afectada en lo más mínimo por su relación con Dios.

Decimos una cosa y hacemos otra. Quizás hoy lo más urgente será descubrir las contradicciones de nuestra vida y ponerlas delante de Dios, ponerlas sin miedo y sinceramente, para que Él nos cure y purifique, para que Él nos vaya purificando y nos haga libres.

Aprendamos a decir sí, con alegría y prontitud, y después cumplir con fidelidad la palabra empeñada con Dios y con el prójimo.

lunes, 18 de septiembre de 2023

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir a un Dios cuyos caminos y cuyos pensamientos están por encima de los caminos y de los pensamientos de los hombres.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recuerda que debemos buscar al Señor y seguir sus caminos; hay que dejar que Él sea el que guíe nuestra vida y no seguir los caminos torcidos de los hombres.

Si le preguntamos a la gente si creen en Dios, seguramente la mayoría nos diría que sí, pero ¿creemos en el Dios verdadero?  ¿No tenemos otros dioses a los cuales estamos sometidos y a los que les dedicamos más tiempo y más energías que al Dios verdadero?

Nuestra cultura actual, quiere prescindir de Dios.  Cree que el hombre es el único señor de su destino y que cada persona tiene derecho a construir su felicidad al margen de Dios y sus valores, considera que los antivalores del mundo pueden llegar a ser mejores que los valores de Dios.

Por eso el profeta Isaías nos invita a buscar a Dios, a volvernos a Él.  Es decir, a reorganizar nuestra vida, de modo que Dios sea el centro de nuestra existencia, que Dios ocupe siempre en nuestra vida el primer lugar.

Si volvemos a Dios, Dios tendrá compasión y misericordia de nosotros.  No nos encerremos en nosotros mismos.  Abramos nuestro corazón a Dios, dejemos que Él habite dentro de nosotros.  Dios no viene a destruirnos, ni a quitarnos nuestra libertad, sino que Dios viene a dignificarnos y hacernos felices.  Si buscamos, sinceramente a Dios, nunca quedaremos defraudados.  No demos nuestro corazón a los ídolos de este mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos muestra el dilema en el que se encuentra san Pablo; no sabe qué elegir si el bien de su muerte para unirse a Cristo para siempre, o seguir viviendo para ejercer su misión de servicio a la comunidad. 

Cada uno de nosotros tenemos una misión en el mundo y no podemos huir, renunciar o abandonar la tarea que Dios nos ha encomendado, hasta que esa tarea la llevemos hasta el final, aunque encontremos dificultades a la hora de cumplir con nuestra misión.  Como cristianos debemos saber que el trabajo que realicemos por y para el Señor no será inútil a pesar de las contrariedades que podamos tener.  Hay que seguir adelante con ánimo, confiando en la ayuda del Señor y la presencia del Espíritu Santo.

El Evangelio de san Mateo nos decía hoy que todos somos invitados a trabajar en la viña del Señor y no hay trabajadores de primera o de segunda clase.  Lo que hay es personas que aceptan la invitación del Señor.

Los planes de Dios no son como los nuestros; ni su justicia es como la nuestra.  Nosotros nos hemos imaginado que Dios actúa a nuestro modo. Que Dios valora a las personas y a los acontecimientos como lo hacemos nosotros. Pero Dios no es así.

Si Dios actuara como actuamos nosotros, ciertamente no tendríamos ni la más mínima esperanza de salvarnos. Ya que la salvación es un don que Dios nos concede gratuitamente y no es algo que nosotros merezcamos por nuestras obras.

E! amor de Dios es infinitamente más grande que la justicia. La justicia humana es entendida por nosotros dar “A cada quien lo que le corresponde”.

De acuerdo a la ley humana: dar menos de lo que a una persona le toca es algo injusto. Y también es injusto, el darle más de lo que le toca. Cuando hablamos de justicia, nos olvidamos de la generosidad. En lo humano, la justicia no tiene nada que ver con el amor.

En Dios la justicia es totalmente distinta. La justicia de Dios está regida por el amor. Dios es justo cuando ama y no cuando castiga. La justicia de Dios está marcada por la gratuidad. Esto significa que Dios no nos da lo que merecemos. Sino que lo que Dios nos da sobrepasa totalmente nuestros merecimientos.

No le impongamos a Dios nuestro modo de pensar y de actuar. No nos olvidemos de que toda justicia humana, todo pensamiento humano, todo camino humano, siempre tiene algo de injusto y por eso es totalmente distinto de la justicia divina.

La parábola nos lleva a preguntarnos: ¿Qué es lo justo? Todo depende de la justicia que se use.  Nosotros pensamos que el que ha trabajado más habrá de recibir más y sin embargo, el amo de la Parábola no actuó así, sino que a todos les dio lo mismo.

Fijémonos bien: a los primeros no los engañó, porque les dio el denario que había prometido darles.  En el fondo, no reclaman por una razón de justicia, sino que en realidad, sienten envidia. 

Esta parábola quiere hacernos comprender cómo actúa Dios. Él no nos da de acuerdo a nuestros méritos, sino conforme a su bondad. Dios no actúa de acuerdo a la justicia humana, sino de acuerdo a la gratuidad. Todo es gratuito; un regalo que Él nos hace.

lunes, 11 de septiembre de 2023

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos hablan sobre el perdón y la misericordia.  Un tema que no está muy de moda en un mundo lleno de venganza y violencia.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico no dice que el rencor y el odio son sentimientos malos que no nos ayudan a alcanzar la felicidad y la realización como personas.

Todos los días, los medios de comunicación, nos presentan noticias de todos los lugares del mundo, de violencia y de muerte.  Para vengar ofensas reales o imaginarias, buscamos mecanismos de venganza que son responsables de la muerte de inocentes, de sufrimiento y de violencia sin límites.  ¿Este es el mundo que queremos?

Hay personas que piensan que sólo somos fuertes cuando respondemos con fuerza y agresividad ante las ofensas de los demás, sin embargo, el libro del Eclesiástico nos dice que el éxito y la felicidad del ser humano, no se obtienen alimentando sentimientos de odio y de rencor sino cultivando sentimientos de perdón y de misericordia.  La paz interior sólo la tendremos perdonando y siendo misericordioso como Dios lo es con nosotros.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos dice que “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”.  El cristiano, tanto en la vida como en la muerte, pertenece al Señor resucitado que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida.

Jesús es el Señor de vivos y muertos.  Si somos cristianos, tenemos que orientar toda nuestra vida hacia Dios y orientar nuestra vida hacia Dios significa que tenemos que vivir al estilo de Jesús, es decir, hay que amar al prójimo y vivir para el Señor, y esto no se puede separar.  Quien vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo porque en la vida y en la muerte somos del Señor.

El Evangelio de san Mateo nos presentaba a san Pedro preguntándole a Jesús: “si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?

Hay que reconocer que a los adultos nos cuesta perdonar y nos cuesta también pedir perdón.

Como cuesta perdonarse incluso entre miembros de una misma familia.  A veces surgen conflictos entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos que supuestamente se quieren.  En ocasiones esos conflictos son cosas pequeñas pero que al repetirse adquieren peso en la convivencia.    Convertimos el hogar en una especie de infierno, lo que tendría que ser lugar de descanso, un anticipo del paraíso.

Qué fácilmente surge el odio y el rencor ante una ofensa, ante una  acción injusta, ante quien nos hiere de alguna forma. Aunque a veces sea tan sólo por cosas sin importancia.  Cuánto enfado y mal humor se acumula en las carreteras, en las calles y plazas de nuestras ciudades. Cuánto insulto, cuánta palabra malsonante, medio reprimida o dichas, de modo incontrolado y conscientemente. En ocasiones, cuando estamos en la calle reprimimos nuestros enfados, pero al llegar a la casa damos rienda suelta a ese enfado amargándoles la vida a nuestros familiares.

En la amistad, en el trabajo, entre vecinos, quizá disimulamos nuestros odios, pero la relación a menudo se hace difícil, dura y cada vez menos cordial.  Hay personas que no se hablan incluso siendo familiares, o compañeros de trabajo, o vecinos.  Todos debemos reconocer que tenemos establecidos unos límites a  nuestra capacidad de perdón.  Cuando nos parece excesivo lo que nos han hecho, muchas  veces no somos capaces de perdonar.

A veces también otorgamos un perdón de escasa calidad: es lo que reflejan frase como “perdono pero no olvido”, “perdono pero que se vaya con cuidado”.  Esto es a nivel personal.  Pero sucede también a nivel colectivo: Los conflictos entre países  están basados en hechos reales, pero también hay una considerable dificultad para perdonar.

El Evangelio nos hablaba hoy del siervo malvado que tras recibir el perdón de su amo, es incapaz de perdonar a su compañero que le debía menos que lo que a él le perdono su amo.

¿No nos ocurre esto con frecuencia también a nosotros? Acudimos a Dios buscando el perdón ante nuestras faltas y, luego, somos capaces de humillar gravemente a nuestros hermanos ante faltas mucho menos graves.

¿Cómo puede Dios perdonarnos, si nosotros regateamos tanto nuestro perdón a los demás? No nos damos cuenta de que si no perdonamos al marido o a la esposa, al hijo al padre, al amigo, al compañero, al vecino, a quien sea, pedimos que Dios no nos perdone. 

El amor nos ayudará a entender y perdonar. Si somos capaces de perdonar, mejoraremos como personas y seremos también capaces de perdonarnos a nosotros mismos.

La “revolución” que trae Jesús al mundo, es precisamente el amor y el perdón.

Pidamos al Señor que nos ayude a perdonar como Él lo supo siempre hacer.

lunes, 4 de septiembre de 2023

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos hace ver la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos que están cerca de nosotros.  No podemos ser indiferentes ante aquello que amenaza la vida y la felicidad de un hermano porque todos somos responsables de corregir y aceptar la corrección.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.  El profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, por eso debe estar siempre con los oídos bien abiertos y los ojos bien despiertos para escuchar y ver los peligros que acechan a su comunidad.

El profeta debe denunciar todo aquello que está mal tanto en el mundo como en la vida de las personas.  Es verdad que Dios juzgará a cada uno según su propia conducta, pero también es verdad que somos responsables del mal que otros hacen por culpa nuestra o del bien que dejan de hacer por falta de ejemplo o de colaboración.

Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.

Cuantas veces sabemos de algún joven que se droga y nos callamos, o de una personas alcohólica y nos callamos, o de un esposo agresivo y nos callamos y cuando ocurre una desgracia por culpa de nuestro silencio, entonces decimos: “Yo sospechaba algo” o “ah, si hubiera hecho”, “si hubiera dicho” ¿Pero ya para qué?  Por eso, no nos callemos ante el mal y esforcémonos por corregir a todo aquel que anda en malos pasos.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.

Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.

Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.

En el evangelio de san Mateo Jesús nos dice hoy “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”.  Es el  camino que Jesús nos señala si queremos ayudar a alguien en sus defectos o pecados, hablar a solas con él. Cuánto bien haríamos si hiciéramos caso a Jesús. 

Poco ha cambiado el ser humano. Con qué facilidad nuestras conversaciones preferidas son los defectos, lo malo que vemos en los demás. Como desperdiciamos tanto tiempo de nuestra vida en hablar mal de los demás.

¡Qué distinto es Jesús de todos nosotros! A nosotros nos encanta airear la vida de los demás. Los programas televisivos que más audiencia tienen son los que sacan al aire los trapitos sucios de los demás.  ¿Será que a nosotros nos gusta el chisme y hablar de los demás?  No hay conversación en la que no hablemos mal de alguien.

Sin embargo, el Evangelio de hoy nos dice todo lo contrario. El Señor sabe que podemos fallar, que podemos pecar, pero luego nos dice: “Si tu hermano peca”, no lo lleves a la TV, ni lo lleves al Club de los chismosos, sino que nos dice: “Llámale y corrígelo a solas.” Que no se enteren los demás. Que su pecado quede entre los dos y que tu amor salve al que ha pecado.

Para Jesús mucho más importante que el pecado es la persona. Para Él, la persona, aunque haya pecado, se merece toda nuestra atención, comprensión y amor. La murmuración y la crítica no sanan a nadie. El amor silencioso puede curar muchas heridas. La murmuración y la crítica, en vez de curar las heridas, las hacen más grandes, mientras que el amor y la comprensión las curan y las cierra.

Nadie tiene derecho a murmurar y criticar al otro si antes no lo ha amado, lo ha comprendido y lo ha corregido fraternalmente.

La misma Iglesia impone un secreto absoluto al confesor. Un confesor que revelase los pecados de alguien queda suspendido en el ejercicio de su ministerio. Es que la persona es sagrada y también sus debilidades.

Si los que han caído encontrasen alguien que les eche una mano, es posible que hoy estuviesen en pie. Si los que han pecado encontrasen en su camino alguien que, a pesar de todo, los ama, es posible que hoy fuesen buena gente y hubiesen abandonado el pecado.

Dios es más comprensivo que nosotros y mucho más respetuoso con la persona y su dignidad. Dios no es de los que airean los pecados de los demás, sino que los perdona y los borra.