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lunes, 1 de abril de 2024

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  La Pascua de resurrección es una fiesta tan grande que no se puede celebrar en un solo día.  Por eso la Iglesia dedica 50 días para celebrarla.  Este segundo domingo de Pascua se le llama el domingo de la Divina Misericordia.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta los rasgos de la comunidad ideal: es una comunidad formada por personas diferentes.  La Iglesia es una comunidad que agrupa a personas de diferentes razas y culturas, unidas por Jesús y su proyecto de vida, pero todos los miembros de la Iglesia tienen y viven la misma fe con un solo corazón y una sola alma.

La Iglesia es una comunidad fraterna, solidaria, que comparte y se entrega al servicio de todos y así testimonia a Jesús resucitado.  La comunidad cristiana es una comunidad que comparte que vive el amor, el servicio.  El cristiano no puede, por tanto vivir cerrado en su egoísmo, indiferente a lo que le pasa a sus hermanos. 

La comunidad ideal es aquella que sabe compartir sus bienes.  Una comunidad cristiana donde algunos malgastan sus bienes mientras otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente, no puede ser una comunidad cristiana.  No podemos creernos que somos cristianos simplemente porque venimos a la Iglesia, pero nos pasamos la vida acumulando bienes materiales y viviendo al margen de los sufrimientos de los hermanos más pobres.  No podemos creernos que somos cristianos porque damos unas monedas de limosna en la parroquia pero explotamos a los obreros o cometemos injusticias.

¿Qué nos ha pasado a los cristianos?  En nuestros corazones muchas veces lo único que hay es ambición y egoísmo.  La ley del amor la hemos sustituido por “mío, mío”, o “yo, yo, yo”.

Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y más generosos para ser esa comunidad ideal que nos describe hoy la primera lectura.

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos dice que amar a Dios significa adherirse a Jesús y por lo tanto amar a los hermanos.  Quien no ama a los hermanos no cumple los mandamientos de Dios y no sigue a Jesús.

Si amamos a Dios, a Cristo y a los hermanos, podemos “vencer al mundo”, es decir, podemos vencer al egoísmo, al odio, a la injusticia, a la violencia que gobierna el mundo.  A esta manera de vivir de muchas personas, nosotros tenemos que vivir el amor, el estilo de vida de Jesús.

El amor vence todo aquello que oprime al hombre y que le impide vivir una vida verdadera, una felicidad total.  Aunque el amor, a veces, parezca debilidad frente a los poderosos y a los dueños de este mundo, la verdad es que el amor siempre tendrá la última palabra.  Sólo el amor nos asegura una vida verdadera y eterna, sólo el amor es el camino para construir un mundo nuevo y mejor.

El Evangelio de San Juan, insiste hoy en que Jesús está vivo y presente en la comunidad, sobre todo cuando nos reunimos el domingo para celebrar la Eucaristía.

Los apóstoles estaba encerrado por miedo a los judíos y se aparece Jesús y les dice: “Paz a vosotros”. A nosotros los que estamos inquietos, belicosos unos contra otros, en una guerra interior más o menos sorda o ruidosa, a nosotros que hemos perdido la paz interior y quizá también la exterior, Jesucristo nos puede dar la paz, esa paz que sólo puede dar el que ha vencido definitivamente el odio y la violencia desde la cruz.

“Los apóstoles, al verlo, se llenaron de alegría”. También nosotros, en medio de los sinsabores y angustias de la actual situación, debemos llenarnos de alegría, porque Jesús que “estaba en medio de ellos” es el mismo que está en medio de nosotros: “dichosos los que creen sin ver”.

La fe en el Resucitado es la que puede vencer la verdadera enfermedad del hombre contemporáneo que es la tristeza. Para el hombre que anda en búsqueda nerviosa de distracciones, en afán desmedido de comodidades, nadando en placeres fugases, hay una buena noticia: el Resucitado, Cristo el Señor, puede dar una verdadera alegría que el mundo no da.

Pero la paz y la alegría no nos pueden llegar sin el perdón. Por eso Jesús el Resucitado nos ha dejado este gran regalo en su Iglesia: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Sólo podremos tener la verdadera paz cuando nos hayamos reconciliado con Dios y con los hermanos; gozaremos de la verdadera alegría cuando hayamos experimentado en nuestra vida el amor misericordioso de Aquél que entregó su vida por nosotros.

Sólo cuando experimentemos la salvación hecha perdón, paz, alegría, habremos descubierto lo que significó para los primeros cristianos decir “Jesús es el Señor”. Sólo cuando descubramos que Jesús es “nuestro Señor”, le encontraremos sentido a una catequesis continua en nuestra vida, sólo así podremos descubrir la maravilla de celebrar los sacramentos, no como ritos muertos, sino como presencia viva del Resucitado.

lunes, 25 de marzo de 2024

 

JUEVES SANTO (CICLO B)

Con esta celebración de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual, en el cual vamos a asistir a ese milagro de amor que es la Muerte y la Resurrección de Jesús.

Celebramos el Jueves Santo, el día del amor fraterno, el día de la caridad, el día del sacrificio y el sacerdocio.

En aquella Cena Pascual que Jesús celebró con sus íntimos amigos los apóstoles, Jesús nos dejó el Mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Es necesario que, quienes nos llamamos cristianos, porque creemos en Jesús; que quienes nos consideramos cristianos, porque intentamos seguir a Jesús en nuestra vida, nos esforcemos por vivir el Mandamiento del amor, ya que si nos amamos los unos a los otros, nos dice el Señor, “somos verdaderos seguidores suyos”.

Hoy, Jueves Santo, y todos los días de nuestra vida, los cristianos tenemos que tomar conciencia de la necesidad que tenemos de amarnos.  Y amarnos no sólo con palabras, sino con obras y de verdad.  Hoy también tenemos que tomar conciencia de la necesidad que tenemos de ayudarnos y comprendernos, como Cristo ayudó y comprendió siempre a quienes necesitaban ayuda y comprensión.  Hoy también tenemos necesidad de compartir lo que somos y lo que tenemos: nuestra fe, nuestra alegría, nuestra ilusión, nuestra generosidad y nuestro tiempo.

Hoy también tenemos necesidad de perdonarnos unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.  Por eso hoy celebramos el día del amor fraterno,  pero hoy también es el día del amor de Cristo, que en una tarde como ésta, nos amó hasta el fin.  Y Cristo nos manifestó su amor de muchas maneras: perdonando a los pecadores, curando enfermos, ayudando a los necesitados, defendiendo a las mujeres, hasta perdonando a sus propios verdugos.

Cristo nos manifestó su amor con palabras cariñosas: llama a sus discípulos “amigos, hijos”; les hace recomendaciones como un padre o una madre que se preocupa por sus hijos; los invita a vivir “unidos a Él”, como el sarmiento está unido a la vid.

Cristo nos manifestó su amor con promesas.  Jesús nos promete la paz: “la paz os dejo, mi paz os doy”.  Jesús nos promete la alegría: “Se alegrará vuestros corazones y nadie os quitará esa alegría”

Cristo nos manifestó su amor con gestos. Y el gesto más importante de Jesús, en esta noche del jueves Santo es el lavatorio de los pies.

Al lavar los pies a sus discípulos, Jesús nos está diciendo y enseñando lo que debe ser y hacer un cristiano.  Cristiano es el que sirve a los demás; el que se despoja y da incluso de lo que él necesita; es el que se pone a los pies del hermano, incluso del enemigo; es el que ama, el que ayuda, el que escucha, el que comprende y el que perdona.

La gran revelación de Jesús sobre Dios, es decir, lo más importante que Jesús nos dijo sobre Dios: no es que Dios existe, sino que nos ama; no es que Dios es Dios, sino que es nuestro Padre; no es que Dios es todopoderoso, sino que es misericordioso; No es que Dios es un Dios lejano, que está en el cielo, sino que es un Dios cercano, que está dentro de nosotros.

Si el amor de Dios a los hombres es lo más importante del mensaje de Jesús, nosotros tenemos que dar una respuesta a ese amor de Dios, amándolo a Él y amando al prójimo.

El Jueves Santo celebramos también la institución de la Eucaristía como manifestación del amor de Dios por nosotros.  Jesús en la Eucaristía se parte por nosotros, entrega su vida por nosotros. 

A la mesa de la Eucaristía todos somos invitados, a nadie se le excluye, por eso la Eucaristía es “la fuente y la cima de la vida cristiana”.  La Iglesia vive de la Eucaristía. 

No existe una verdadera comunidad cristiana si no celebra el sacramento de la Eucaristía, pero tampoco hay una auténtica Eucaristía, si no hay una verdadera comunidad cristiana.  Porque la Eucaristía es un banquete, una fiesta de comunión de hermanos.  No puede haber Comunión si no hay comunión de vida.

¿Quiénes no pueden ni deben participar en la Eucaristía?  Aquellos que no quieren vivir el valor de la fraternidad; aquellos que excluyen a los demás, aquellos que no comparten, aquellos que dicen amar a Dios con su boca pero se la llevan haciendo daño a los que lo rodean.  Aquellos que se creen mejores cristianos que los demás, aquellos que no están dispuestos a lavar los pies entregándose por todos, amigos y enemigos.

No podemos olvidarnos también hoy de la institución del sacramento del orden sacerdotal. 

Demos gracias a Dios por los sacerdotes. Jesús, en este día, se constituye en sacerdote, víctima y altar. ¡Cómo no dar gracias a Dios por este don! Pedid por nosotros los sacerdotes. Muchas son nuestras debilidades y otras tantas nuestras contradicciones. Que seamos capaces de mantener viva, con la ayuda del Espíritu Santo, la llama de la fe, el Ministerio que Dios nos ha regalado sin merecerlo.

Que con el testimonio, la audacia y valentía de todos los sacerdotes podamos seguir pregonando que Cristo está vivo y que, su presencia, es el camino, la verdad y la vida que el mundo necesita.

Esta tarde y el Domingo de Ramos son las dos ocasiones en que se proclama en la Iglesia la Pasión del Señor.

Hoy es el único día del año en que se suprime la celebración de la Eucaristía para dar paso, en la Liturgia de la Palabra, a la contemplación del acontecimiento en donde tienen origen todos los sacramentos, ya que del costado de Cristo en la cruz nacen todos ellos y nace la misma Iglesia.

Nos decía san Juan en el relato de la Pasión: “mirarán al que traspasaron”.  Nosotros miramos hoy a Cristo clavado en la cruz, el mismo a quien Pilato presentó al pueblo diciendo: “ahí tienen al hombre”.   Ahí está Cristo: perseguido como un criminal, calumniado, torturado física y moralmente, en medio de dos malhechores, ante las burlas del pueblo.

Hoy centramos toda nuestra liturgia y nuestra atención en la muerte de Cristo.  La celebración la hacemos con vestiduras rojas, el color de la sangre, por la muerte del primer mártir, Cristo Jesús.

Las lecturas que hemos proclamado nos presentan el dolor de Cristo, como el siervo que ha cargado sobre sus hombros el mal de toda la humanidad, como el enviado por Dios para salvarnos.  Jesús fue enviado por Dios para salvarnos y obedeció hasta el final, experimentando en sí mismo todo el dolor que puede sufrir una persona.

En la cruz de Cristo están representado todas las personas que han sufrido antes y después de Él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos, los que no han tenido suerte en la vida, los que sufre los horrores de la guerra, del hambre o de la soledad.

Pero Dios no está ajeno a nuestra historia.  No es un Dios que no se preocupe por nosotros.  Por medio de su Hijo ha querido experimentar lo que es sufrir, llorar y morir.  Cristo no sólo ha sufrido por nosotros, sino que ha sufrido con nosotros y como nosotros.  Cristo ha asumido nuestro dolor.

Con el ejemplo de la pasión y muerte de Cristo, tenemos más motivos para aceptar en nuestras vidas el misterio del dolor y del mal.

Lo que celebramos hoy da sentido a nuestros momentos de dolor y fracaso.  Ser cristiano no significa que nos vamos a ver libres de las dificultades o de la enfermedad o la soledad, el fracaso o la muerte.  Pero sí se nos ofrece luz y fuerza para que nuestra vivencia de todos esos momentos sea en sintonía con Cristo. Aunque no entendamos el misterio del mal o de la muerte, sabemos que si estamos unidos a Cristo en su Pasión, podremos vencer tanto el mal que nos rodea como la muerte eterna.

Ese Cristo clavado en la cruz, que dedica palabras de perdón al ladrón arrepentido y que ofrece su vida al Padre por nosotros, es nuestro modelo más vivo y convincente para nuestra vida. 

Al venerar y besar la Cruz de Cristo, veneremos y besemos también todo dolor y toda lucha de cualquier hombre y mujer que comparta la Cruz de Cristo. Y sepámonos preguntar qué hacemos por compartir este dolor, por ayudar a esta lucha.

Cuando hoy besemos la cruz, como signo de adoración a Cristo, pidámosle que nos enseñe a llevar nuestra cruz, nuestra pequeña o gran cruz, con la misma entereza con que Él la cargó sobre sus hombros.

Desde la Cruz, Jesucristo, es más que nunca hermano y compañero, amigo y amante de todos los hombres, de todos nosotros. Desde la Cruz, Jesucristo, nos enseña a vivir con los brazos abiertos, con el corazón abierto –con el corazón traspasado- del que brotó sangre y agua, símbolos de amor y de vida, para que también en nosotros lo que sea cruz se convierta en resurrección.

En un mundo lleno de noticias preocupantes, que nos inclina al desánimo; en medio de una sociedad indiferente, que estos días piensa tal vez más en las vacaciones que en la Pascua del Señor, nosotros nos hemos reunido esta noche para escuchar la Buena Noticia de la resurrección de Cristo Jesús.

¡Cristo ha resucitado!  Hoy es una noche de gozo y de alegría.  Jesucristo ha roto las cadenas de la muerte.  No tengamos  miedo.  Es cierto, es verdad: Jesús ha resucitado.  No tengamos miedo porque el Señor es nuestra Luz y nuestra salvación.  Confiemos en Él.

Las lecturas que esta noche hemos leído han sido nueve: siete lecturas del Antiguo Testamento, una lectura del apóstol san Pablo y el Evangelio.  Las siete lecturas son una historia de amor, de promesas y esperanzas que tienen su plenitud y cumplimiento en la vida, muerte y resurrección de Cristo, fiesta que hoy celebramos.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a  las mujeres que fueron a buscar a Jesús al sepulcro, pero Dios lo había sacado de ahí definitivamente.  Ahora, después de más de dos mil años, Jesús sigue vivo y presente, aunque no lo veamos, dando ánimo a su comunidad.  Quizás también nosotros necesitemos escuchar las palabras del ángel: “no tengáis miedo… no está aquí: ha resucitado”.

La resurrección de Cristo es lo que da sentido a nuestra fe.  Si somos cristianos es por eso, porque Jesús no se quedó en el sepulcro, sino que Dios los hizo pasar de la muerte a la vida.  Y desde entonces Jesús se nos hace presente continuamente sobre todo en la Eucaristía.

Ese “sepulcro vacío” es un símbolo elocuente de la victoria de Cristo sobre la muerte.  Nosotros no seguimos a un muerto, por importante que hubiera sido en su vida.  Seguimos a uno que está vivo.  El aviso del ángel es una consigna para todas las generaciones cristianas: “Jesús ha resucitado y va por delante de nosotros”

La alegría y la esperanza de esta noche deben recordarnos también el sentido del sacramento del Bautismo.  Por eso esta noche renovaremos nuestras promesas bautismales.  En nuestro bautismo, como nos dice san Pablo, fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que así “como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.

En esta noche santa debemos pedirle a nuestro Padre Dios que por los méritos de su Hijo, haga morir en nosotros al hombre viejo, para que podamos vivir revestidos del hombre nuevo. Debemos pedirle a Dios, nuestro Padre que el Espíritu de Cristo en el que fuimos bautizados se haga cada día más vivo y presente dentro de nosotros.

Esta noche también hemos bendecido el fuego nuevo.  Es el fuego de Cristo, su luz que queremos que se encienda en nosotros, que nos guíe y nos conduzca por el camino de una vida santa hasta la vida eterna.  Con esta intención hemos encendido nuestra vela en la Luz de Cristo, en el Cirio Pascual para pedirle a Dios que no se apague nunca en nosotros el fuego de su Espíritu.

Cristo vive para siempre.  Esta es la gran noticia de esta noche.  La Luz ha disipado definitivamente las tinieblas.  Todo es nuevo.  Todo puede volver a empezar de verdad.  Todo es posible.

Hoy es el domingo más importante del año, del que reciben sentido todos los demás.

En este día de Pascua me dirijo a todos vosotros con la noticia más importante que el hombre haya podido escuchar y conocer jamás: Nuestro Señor Jesucristo, que sufrió todo un sin fin de tormentos hasta morir en la cruz del Gólgota para que fueran perdonados nuestros pecados, ha resucitado como lo había dicho.  

Demos gracias al Padre porque Jesús ha vencido a la muerte, y con esa victoria también nosotros la venceremos y podremos disfrutar algún día, con Él y con todos los santos, las moradas que nos tiene preparadas en el cielo.

San Pablo nos decía anoche en la Vigilia Pascual: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte”, por ello, con su resurrección, también resucitamos todos los bautizados a una vida nueva, porque el que resucita ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.

En efecto, Cristo ha redimido a la humanidad entera, a todos los hombres, sin excepción de la muerte. Cristo, víctima inocente de una cruz, que debía ser la nuestra, nos ha reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre. Por eso, en esta gran Fiesta de la Pascua de Resurrección anunciamos la reconciliación de la humanidad con Dios, por obra de Cristo.

Pues bien, ésta es la historia del hombre. Éste pasa su vida luchando contra el mal, enfrentándose de continuo a la muerte. Pero, he aquí que, de pronto, descubrimos hoy, Domingo de la Resurrección de Jesucristo, que Dios interviene en nuestras pobres existencias para hacernos saber que los afanes por salvar nuestra vida son cumplidos por la misericordia de Dios.

¡Deténgase la angustia del hombre! Hoy la muerte ha sido derrotada. Y si ésta es la noticia, como hijos salvados del pecado y de la muerte, ahora nosotros tenemos el deber hermosísimo de continuar la obra que Él inició.

Porque quien murió por nuestros pecados quiere que nosotros seamos quienes lo ayudemos a llevar el mensaje de la Resurrección al resto de nuestros hermanos, allí donde se encuentren.

Pero, ¿dónde se encuentran nuestros hermanos? Las mujeres que acudieron al sepulcro en aquella primera mañana de Pascua con el ejemplo perfecto de la transmisión de la buena noticia. No dudaron. Corrieron donde estaban los tristes, los acobardados, los sufrientes, y así, ellos fueron los primeros en recibir el mensaje de la salvación.

No es difícil encontrar entre nosotros a hombres y mujeres tristes y desconsolados porque no encuentran el sentido de sus vidas: cuando muere un familiar, cuando la crisis económica amenaza a tantas de nuestras familias de este nuestro país, cuando vemos tantas injusticias a las que no podemos poner remedio desde nuestros limitados recursos humanos… Todos sabemos quién es ese familiar, amigo o vecino que necesita de la esperanza de la resurrección para continuar su vida con dignidad.

En nuestros tiempos, donde los hombres caminan tan perdidos detrás de las modas y de los falsos profetas, se hace urgente que todos los cristianos seamos testigos de la Resurrección del Señor. Proclamemos, pues, todos juntos y cada uno en su lugar, que Cristo es la esperanza para todos los hombres.

Que Dios permita participar de la alegría pascual a todos nuestros hermanos: los que viven bajo la tensión de las armas, los que entran o salen de nuestras fronteras en busca de una mejor vida para sí y para sus familias, los que sufren la violación de sus derechos, los que viven bajo la persecución religiosa…

Podemos decir hoy, con la antorcha de la fe en Cristo en nuestras manos, sí a la vida y a la esperanza.  Sí a la dignidad de la persona humana, al amigo, a la esposa(o), al niño.  Sí al enfermo y al anciano.  Sí a Cristo que nos precede y que ha abierto un horizonte de esperanza a la humanidad.

“No temáis”.  Cristo está con nosotros.  Él está vivo.  Él nos ha dejado su memorial, la Eucaristía.  Comulgar hoy, con Él, transformará nuestros corazones y nos hará testigos de su resurrección.

Renovemos hoy nuestra fe, como María Magdalena, como Pedro, como Juan, proclamemos que Cristo vive y está muy dentro de nosotros.  Él transforma nuestra vida. 

Hoy es un día para hacer fiesta con los hermanos.  Hoy es un día para vivir comunicando esperanza en que la muerte no podrá con la vida porque Dios está con nosotros.  Esta es la razón más profunda de nuestra fe y nuestra esperanza.

Hoy tenemos que profesar nuestra fe en el Dios de la vida y nosotros hemos de ser cultivadores, guardianes y protectores de la vida y de la fraternidad.

Hoy es un día para salir al mundo y gritar con nuestro testimonio y con nuestro estilo de vida: ¡Cristo ha resucitado!  ¡Alegrémonos!

lunes, 18 de marzo de 2024

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO B)


Empezamos hoy la Semana Santa con el domingo de Ramos en que celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén.

Las lecturas de hoy nos ayudan a entender la profundidad del misterio que vamos a celebrar.

El profeta Isaías nos hablaba del Siervo de Yahvé, éste es el que se ofrece a sí mismo, inocente, por los pecadores, para salvar a todos.  “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos”.

Este siervo del que nos habla Isaías es Cristo, que voluntariamente ha cargado con las culpas de todos.

San Pablo, en la 2a. lectura, nos decía: “Cristo Jesús, siendo de condición divina… se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres… se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”.

San Marcos nos ha narrado la Pasión de Jesús.

La pasión de Cristo no es sólo una página del pasado. Es también una página del presente, en la que seguimos teniendo responsabilidad. La pasión de Cristo no ha terminado. Cristo sigue hoy sufriendo en el hombre con el que Jesús se ha identificado.

Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando no sabemos acompañar a nuestros hermanos que sufren, que sienten angustia y se sienten solos, como hicieron los discípulos predilectos en el huerto de Getsemaní.

Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando vendemos nuestra vida por treinta monedas de plata; cuando nuestro deseo de prosperar nos lleva a hacer negocios no limpios a renunciar a nuestros valores más sagrados: familia, amigos, honradez, sinceridad, cuando vendemos nuestros mejores ideales por causas que no merecen la pena.

Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando buscamos en la violencia la solución de nuestros problemas, como aquellos que apresaron a Jesús con palos y espadas; cuando dejamos que cualquier tipo de violencia se apodere de nuestro corazón.

Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando acusamos injustamente a los hombres, como lo hicieron los líderes religiosos de Jerusalén; cuando no respetamos a los hombres y los acusamos sin verdad, cuando descalificamos injustamente.

Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando lo negamos por vergüenza y cobardía, como hizo Pedro; cuando no confesamos con valentía y sinceridad nuestra fe; cuando no defendemos la justicia por miedo a problemas y dificultades o al qué dirán…

Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos lavamos las manos como Pilato; cuando no vivimos comprometidos con la causa de los que sufren, cuando nos encogemos de hombros ante las injusticias, por miedo a las consecuencias.

Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos burlamos de los que sufren, de los marginados de la sociedad, como hicieron los soldados: cuando nos reímos del dolor ajeno, especialmente de los débiles.

No acusemos solamente a los judíos porque todos nosotros seguimos siendo responsables de la pasión de Cristo que aún no ha acabado.

Celebremos muy de verdad estos días santos.  En ellos se hace presente todo lo más grande y profundo que tenemos.  Que nuestra participación en las celebraciones de esta semana santa sea una participación activa, ya que para vivir esta semana, nos hemos estado preparando durante toda la Cuaresma.  Que estos días nos lleven a un renovador despertar de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestro amor.

lunes, 11 de marzo de 2024

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


Estamos ya en el último domingo de Cuaresma preparándonos para vivir intensamente la Semana Santa. 

La 1ª lectura, del profeta Jeremías, es una llamada a la responsabilidad personal para poner de manifiesto que aunque cambien las cosas, Dios no cambia y mantiene su promesa de salvación.

Hemos de ser fieles a Dios y buscar siempre el bien común, hemos de estar siempre atentos a descubrir la voz de Dios; hemos de estar siempre con la mente y el corazón abiertos para encontrarnos con Dios tanto en la prosperidad como en la adversidad, en compañía o en soledad.

Para poder encontrarnos con Dios no es esencial obedecer leyes, no deberíamos de amar a Dios porque hay una ley, un mandamiento que nos lo manda, sino que hemos de amar a Dios por convicción no por imposición.

Hay personas que creen que el hombre va a ser mejor con nuevas y mejores leyes, con más estudios, con mayores ingresos económicos, con mayor libertad, etc., y nos olvidamos que “hecha la ley, hecha la trampa”.  Se le ha hecho de todo al ser humano: torturarlo, perseguirlo, amarlo, llenarlo de cosas, de placeres, y al final descubrimos que hay una hierba mala que resiste todos los climas y culturas.  Necesitamos algo distinto y eso es lo que hoy nos dice la primera lectura: hay que ir a la raíz, directo al corazón.

El corazón es la sede de los pensamientos, decisiones y afectos más profundos y ahí es donde debemos permitir que entre Dios si de veras queremos acabar con el problema de mal. 

No es cumpliendo leyes como vamos a mejorar, a ser más felices, sino metiendo a Dios en nuestro corazón.

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos describe con palabras conmovedoras y llenas de realismo la oración y la angustia de Jesús.

Jesús es solidario con todos los hombres, es solidario con todos los instantes de nuestra vida.  No estamos solos frente a los problemas, frente a nuestra fragilidad o debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar y nos muestra el camino que nosotros debemos recorrer para vivir esa vida plena que Dios nos quiere ofrecer.

Jesús nos enseña que el único criterio de nuestra vida debe ser el amor, esa fue la única arma que Él utilizó, aunque el amor enfrentado al mundo muchas veces nos lleve a la muerte, por ello el Señor también nos recomienda la oración.  Amor y oración es el camino que nos enseña Jesús para nuestra vida.

El evangelio de san Juan nos muestra a unos griegos que le dicen a Felipe: “Quisiéramos ver a Jesús”. 

“queremos ver a Jesús”, esta es también la petición que el mundo moderno nos hace a los cristianos.  Y nosotros debemos satisfacer esa petición.  Nosotros, los cristianos, deberíamos de estar preparados para poder hablar de Jesús con todos aquellos que aún no lo conocen o están más apartados de Él.

Nosotros en nuestra vida cristiana nos hemos encontrado con Dios y debemos de compartir ese descubrimiento con otros. Nosotros que somos discípulos del Señor, debemos de conocerlo bien para mostrarlo a otros.

El mundo moderno está orgulloso de sus conquistas, de su progreso.  Progresar significa hacer mucho camino, correr, caminar cada vez más deprisa.  El hombre moderno corre, está devorado por la velocidad, pero en su carrera ha terminado por olvidarse de Dios, ha terminado por olvidarse de la oración, del amor, de la caridad.  El hombre de hoy incluso se ha olvidado de sí mismo, ya no sabe ni a donde va.  ¿Y para qué tanto correr?

El hombre de hoy, a pesar de tantas cosas como tiene le falta algo, el hombre de hoy se siente vacío y frustrado y esto es debido a que siente nostalgia de algo que ha perdido y lo que ha perdido es a Dios.

Hay que volverle a dar al hombre el deseo de Dios, el deseo de conocer a Dios.  Y conocer a Dio no de una forma teórica.  A Dios no lo podemos enseñar teóricamente, hay que experimentarlo, hay que vivirlo.  Hay que tener el corazón limpio para que Dios entre  en él.  Cristo nos dice: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Hoy, día, nos lamentamos de la indiferencia, del desinterés de muchas personas de nuestro tiempo hacia Dios, hacia las cosas de la Iglesia.  Hoy día hay muchas personas dormidas en la fe, pero ante esto se nos plantea una pregunta: ¿qué hacemos nosotros por despertar a tantas personas dormidas?  ¿Qué imagen de Dios somos capaces de presentar a otras personas? 

Hay muchas personas que las dejamos dormir.  Y nos olvidamos que nosotros tenemos una marca, la marca de los hijos de Dios.  En todos los hombres existe esta marca, quizá, en algunos, sepultada por el polvo y el sueño.  Nuestra tarea es hacer que todas esas personas despierten a Dios.

lunes, 4 de marzo de 2024

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


Estamos ya en el cuarto domingo de Cuaresma y a este domingo se le llama el domingo “laetare”, es decir, el domingo de la alegría.  Las lecturas de hoy son un canto de alegría al mostrarnos el amor de Dios por nosotros, amor que Dios manifestó no solo con palabras, sino con obras, al enviar a su Hijo para salvarnos.

La 1ª lectura, del segundo libro de las Crónicas, nos presenta a Dios como aquel que quiere ser nuestro amigo, pero Dios se queja porque muchas veces nos olvidamos de Él y lo traicionamos.  Lo peor que podemos hacer es olvidarnos de Dios, no acordarnos que Dios está detrás de nuestros éxitos; confiar sólo en nuestras propias fuerzas, darle la espalda al amor de Dios.

Si en nuestro mundo existe el mal es porque abandonamos a Dios; si existe corrupción e injusticias es porque abandonamos a Dios, nuestras infidelidades y nuestros pecados están llevando a este mundo a la ruina.

Todo el mal, la corrupción de tantas personas, tanto mal que hay en el mundo se puede evitar si dejamos de pecar.  Cuando nos olvidamos de Dios y le damos la espalda nos podemos convertir en verdaderos monstruos.  Entonces la vida se nos complica y se nos hace difícil porque pagamos las consecuencias de olvidarnos de Dios. 

Si estamos unidos a Dios, todo lo podemos en Él. Y lo que es más importante: vivimos y nos mantenemos en el amor.  Dios sigue preocupándose siempre por nosotros, aunque nosotros nos olvidemos de Él. Dios confía en nuestra fidelidad a Él, Dios confía en nosotros, Dios espera mucho de cada uno de nosotros.  Mantengámonos siempre fieles a Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos decía: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó”. Esta es la riqueza de Dios, su misericordia, su amor infinito. 

Nosotros, los hombres, medimos las riquezas con otra medida, valoramos los bienes con una jerarquía de valores muy peculiar.  Ordinariamente ponemos por encima de todo al dinero. Y hacemos una realidad el “tanto tienes, tanto vales”. Otras veces es el aprecio, el prestigio ante los demás, el buen nombre, el aplauso, la fama. Y luchamos a costa de lo que sea por conquistar la gloria de la aprobación humana.

Pero Dios tiene una medida diversa. Él mide según el amor. Ese es el gran bien que nunca pasa. Sólo el amor queda. Por eso Dios, nunca pasa, es eterno, porque Dios es amor. Y todo el que vive y muere por amor, es verdaderamente rico, realmente dichoso.

El Evangelio de san Juan nos muestra un diálogo de Jesús con Nicodemo.  

Nos decía el Evangelio de este domingo: “Tanto amó Dios al mundo…”.

Quien no haya descubierto el amor de Dios, lo que Dios lo quiere a él en concreto, no conoce a Dios. Quien siga pensando que Dios castiga con el mal, con la enfermedad, con el sufrimiento, no conoce a Dios. Quien siga pensando que Dios se desentiende de los problemas de la gente, de las catástrofes naturales, no conoce a Dios. Dios nos ama. Nos lo ha demostrado como nadie lo puede demostrar: creándonos, dándonos a su propio Hijo. Dios nos ama y Dios ama al mundo. Así que nadie diga que el mundo es malo. El mundo es obra de Dios y objeto de su amor. El cristiano tiene que amar el mundo, tiene que salvarse en el mundo.

“Que entregó a su Hijo único…”. Fijaos si nos quiere Dios que nos da a su propio Hijo. Nosotros manifestamos de muchas maneras el amor: dando cosas, tiempo, cariño; pues Dios nos da lo mejor de Él mismo, su propio Hijo.

“Para que todo el que cree en él no perezca,”. La finalidad de la entrega del Hijo es el amor: salvar a todos los que creen en Él. El pecado nos llevan a la muerte, el pecado actúa en contra de nosotros mismos. Cristo viene a librarnos de las consecuencias del pecado. La única condiciónque nos pone es creer en Él. ¿Qué es creer en Jesús? Aceptar su persona y su mensaje; estar dispuesto a seguirlo, a imitarlo. No se puede decir que se cree en Dios y no aceptar lo que Él dijo e hizo.

“Sino que tenga vida eterna”. El amor de Dios no sólo nos libra de las consecuencias de nuestro pecado, sino que además nos da la vida eterna. Dios, como nos quiere, quiere compartir con nosotros lo mejor que tiene: la eternidad.

Si nosotros los hombres no aceptamos el amor de Dios, si no estamos dispuestos a vivir según la vida eterna que Él nos ha ofrecido; todo su amor y su esfuerzo por conducirnos a la verdadera vida quedan truncados.

¿No sé por qué los hombres de hoy tienen tanto miedo a creer en Dios? Temen perder su libertad, cuando el amor de Dios los haría plenamente libres; temen perder su razón, cuando Dios es la fuente de toda Verdad, temen comprometerse cuando Dios les ha dado todo lo que tienen. Quien está bautizado y no se decide a vivir su fe, es porque no se ha dado cuenta que Dios lo ha salvado y llenado de su amor.

No seamos ciegos; Dios es la Luz que ilumina nuestro caminar, la Verdad que nos hace libres, el Amor que nos llena plenamente nuestro interior. Sólo tenemos que arriesgarnos a creer en Él y dejarnos llenar de Él.

lunes, 26 de febrero de 2024

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La liturgia del tercer domingo de Cuaresma nos hace reflexionar sobre nuestra escala de valores.  Las lecturas nos han hablado de los diez mandamientos, del templo con sus sacrificios y el nuevo Templo de Cristo resucitado.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado los diez mandamientos. 

Los primeros mandamientos, regulan las relaciones del pueblo con Dios: Él será el único Dios; ninguna imagen podrá sustituirlo; su nombre será respetado; se le consagrará un día de descanso semanalmente.

Estos tres primeros mandamientos subrayan la centralidad que Dios debe tener en el corazón y en la vida de su Pueblo. En la vida de todos los días somos, con frecuencia, seducidos por otros “dioses”, el dinero, el poder, los afectos humanos, la realización profesional, el reconocimiento social, los intereses egoístas, las ideologías, los valores de moda, que se convierten en el objetivo supremo, en el valor último que condiciona nuestros comportamientos, nuestras actitudes y nuestras opciones. Con frecuencia, prescindimos de Dios y ponemos a Dios y a sus propuestas fuera de nuestra vida. La Palabra de Dios nos asegura: ese no es el camino que nos conduce en dirección a la vida definitiva y a la libertad plena.

Los 7 siguientes mandamientos se refieren a nuestra relación con los hermanos, nos invitan a despojarnos de los comportamientos que generan violencia, egoísmo, agresividad, codicia, intolerancia, esclavitud, indiferencia ante las necesidades de los otros. Todo aquello que atenta contra la vida, la dignidad, los derechos de nuestros hermanos, es algo que genera muerte, sufrimiento, esclavitud, para nosotros y para todos los que nos rodean y es algo que contribuye a trastornar los proyectos de vida y de felicidad que Dios tiene para nosotros y para el mundo.

Los mandamientos no limitan nuestra libertad.  Son “señales” con las cuales Dios, en su amor y en su preocupación por nuestra realización plena, nos ayuda a recorrer los caminos de la libertad y de la vida verdadera.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos invita a descubrir que la salvación, la felicidad no se encuentra en el poder, en la riqueza o ser importantes ante el mundo, sino en la aceptación de la cruz, es decir, en amar, en poner nuestra vida al servicio de los sencillos y humildes.

Los seres humanos buscamos, muchas veces, seguir a líderes vencedores, que se imponen a la fuerza y que muestran su poder y su sabiduría, a veces incluso con prepotencia; sin embargo, Dios se nos muestra en la figura de Jesús, abandonado por sus amigos, condenado por las autoridades y muerto en la cruz.  Dios nos ofrece un proyecto de vida y de salvación que pasa por la muerte de la cruz.  La fuerza y la “sabiduría de Dios” se manifiestan en la fragilidad, en la pequeñez, en la pobreza, en la humildad.  Si Dios se manifiesta así, no busquemos nosotros ser importantes, ni tener autoridad, ni ser protagonistas; busquemos el escándalo de la cruz para obtener la felicidad y la vida en plenitud.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús expulsando a los vendedores del templo.

Con Dios no se comercia.  Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén, no encuentra gentes que buscan a Dios sino comercio religioso.

No se puede ir al templo y después continuar robando, explotando, levantando falsos contra el prójimo.  No se puede ser sincero con Dios cuando se engaña a los semejantes.  Dios no acepta que estemos hincados de rodillas en la iglesia, si después pisoteamos la justicia.  No se va a la Iglesia para huir de esta vida, sino para tomar conciencia de nuestras responsabilidades. No se enderezan las cosas mal hechas, rezando un padrenuestro.  Las cosas mal hechas sólo se enderezan mejorándolas. 

Y qué decir de esas cadenas que aparecen por internet: “reza nueve Avemarías durante nueve días, pide tres deseos, uno de negocios y dos imposibles, al noveno día publica esta cadena.  Se cumplirán tus deseos aunque no lo creas”.  ¿No es esto comerciar con Dios?

Hay muchas personas que comercian con Dios.  A veces nuestra relación con Dios se basa en “te doy para que me des”.  Queremos comprar a Dios cuando le hacemos diversas promesas para obtener algo y nos sentimos decepcionados cuando no nos concede lo que le hemos pedido.

¿Nuestras Iglesias son un lugar de encuentro con Dios y con los hermanos? Tendríamos que reflexionar mucho si en ocasiones no hemos intentado manipular a Dios y ponerlo a nuestro servicio, en lugar de nosotros buscar servir a Dios.

Necesitamos recuperar el sentido de nuestros templos para que sean la casa del Padre donde se viva y se celebre la justicia, la verdad y la fraternidad. Evitar a toda costa convertirlo en un mercado y rechazar todo negocio con lo sagrado, con las personas y con los sentimientos.

Jesús quiere desenmascarar la hipocresía de muchas actitudes religiosas.  Jesús quiere que modifiquemos nuestra conducta, que le demos a Dios un culto verdadero.  Nosotros no somos perfectos, pero Jesús nos pide que seamos sinceros en nuestra relación con Dios.