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lunes, 30 de septiembre de 2024

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la pareja humana, del matrimonio y de la familia. Si hay una experiencia humana que más se acerque a lo que es el amor de Dios, esa es la experiencia del amor de pareja.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.

“No es bueno que el hombre esté sólo”.  Estas palabras, dichas por Dios, nos hacen ver que el hombre ha sido creado como un ser social y no como un solitario.  Si queremos realizarnos como personas no lo podemos hacer siendo seres solitarios sino relacionándonos con los demás.

La persona solitaria es aquella que tiene el corazón cerrado al amor y al compartir, que es profundamente infeliz y difícilmente conocerá la felicidad plena.

Hay personas que se preocupan sólo por hacer dinero, por realizarse en su trabajo, por el éxito y para ello renuncian al amor, a tener una familia, a no tener tiempo para los amigos.  Y un día, después de haber acumulado mucho dinero o haber llegado a ser administrador de una empresa o haber obtenido la fama, se dan cuentan que están solos y que su vida ha sido una vida estéril y vacía.

La vocación del ser humano es el amor, no la soledad.  Por ello Dios creó al hombre y a la mujer y los creó iguales en dignidad.  Hombre y mujer son iguales; se complementan uno al otro y se ayudan mutuamente.  Hombre y mujer son iguales por eso el hombre y la mujer tienen que respetarse mutuamente y se debe desterrar por completo cualquier actitud que signifique dominación, esclavitud, poder de uno sobre el otro.  La relación entre el hombre y mujer debe ser desde la igualdad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.

Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.

Sin embargo, cuando escuchamos a acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para  todos aquellos con los que compartimos la vida.

El Evangelio de san Marcos, nos presenta el proyecto ideal de Dios para el hombre y para la mujer que se aman: el sacramento del matrimonio.

El amor de un hombre y una mujer que son bendecidos por el sacramento del matrimonio tiene que ser un amor eterno e indestructible, como reflejo del amor de Dios por nosotros.

El sacramento del matrimonio pide unidad, indisolubilidad y procreación.

Igual que el oxígeno y el hidrógeno forman el agua tan necesaria para la vida, el hombre y la mujer, unidos en matrimonio forman una unidad especial para la sociedad.  El matrimonio cristiano no es un contrato sino un sacramento.

El matrimonio cristiano es indisoluble, no se puede disolver: “lo que Dios ha unido no lo separa el hombre”. 

La Iglesia sólo admite la nulidad, es decir, que aunque pareciera que hubo sacramento, pero hubo engaño o falta de libertad y no se dio el sacramento.  La Iglesia admite también la separación, es decir, que cada una de las partes se vaya a vivir por separado para salvar las dificultades de la convivencia.

Fruto del amor son los hijos.  Desde la paternidad responsable, los esposos deben decidir en conciencia cuantos hijos deben tener, los que responsablemente puedan educar.

La Iglesia sigue diciendo hoy que para los matrimonios cristianos, el divorcio no debe ser un remedio sencillo y fácil para resolver los problemas de los matrimonios.

Ahora bien, cuando no hay otro camino, otra solución que el divorcio, también hemos de tener en cuenta que por ser divorciados no han sido expulsados de la Iglesia.  Los divorciados forman parte de la Iglesia, tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, a asistir a misa, a colaborar en la Iglesia y a recibir la ayuda que necesiten para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.

El divorcio es un mal y no está de acuerdo con el plan de Dios, pero las raíces que llegan a ese mal, están en un mal de fondo: la falta de amor verdadero a la hora de casarse y la falta de madurez humana para dar ese paso importante.

Pidamos al Señor que renueve en todos los que están casados el compromiso matrimonial que un día expresaron ante Dios y ante la Iglesia.

lunes, 23 de septiembre de 2024

 

XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingonos hablan de que “Nadie tiene el monopolio de Dios”. Nadie controla a Dios, ni nadie tiene la exclusividad de Dios, pero nadie puede hacer con Dios y su Iglesia lo que él quiera. Todo tiene que ser conforme a los valores del Evangelio.

La 1ª lectura del libro de los Números nos cuenta cómo Moisés tiene colaboradores, los 70 ancianos, para llevar a cabo su misión; pero Dios elige a dos, Eldad y Medad, que no estaban en la reunión y Moisés no se siente celoso por eso.

Los celos representan un grave problema tanto en la convivencia familiar, como en las relaciones de trabajo, en las relaciones humanas.

Los celos nos vuelven egocéntricos y si una persona celosa es un peligro cuando se deja llevar por los celos, mucho más peligroso es un grupo social movido por los celos, con el agravante de que en esos grupos, todos se autoconvencen de tener y estar en la verdad absoluta.

Los celos hacen que nos dé tristeza todo aquello que los demás hacen bien; que no seamos generosos, que no reconozcamos las capacidades del otro. 

Por celos caemos en fanatismos e intolerancia e impedimos que otras personas valiosas, nos ayuden al bien de la comunidad.  Por celos no compartimos el peso de la responsabilidad porque creemos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otros.

¡Cuánto bien podríamos hacer por el bien común, por el bien de nuestra propia vida personal si no actuáramos por celos sino por el bien de la comunidad, compartiendo responsabilidades y no actuando por celos!  ¡Cuántas cosas tendrá Dios que dejar de hacer porque por celos impedimos que se lleve a cabo la obra de Dios en el mundo!

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no poner nuestra esperanza y nuestra confianza en el dinero porque éste se acaba.

Dios ha creado las riquezas para cubrir las necesidades de los hombres.  Lo que se denuncia en la lectura de hoy es el abuso de la riqueza y el poder e injusticia que lleva consigo.

Hacer dinero es el único objetivo en la vida para muchas personas. El dinero puede darnos satisfacciones inmediatas, y quizás hace que los demás nos vean como gente importante, pero todo esto no sacia nuestra sed de felicidad, de vida eterna.

No podemos, pues, acumular riqueza a costa de la miseria y de la explotación a los seres humanos.  El dinero mal adquirido nos aleja de Dios.  El dinero bien adquirido con nuestro trabajo y entrega, Dios lo hace crecer y lo multiplica, por ello atesoremos para Dios y evitemos la ambición de las riquezas.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos disgustados porque otras personas expulsaban demonios en el nombre del Señor y se lo quisieron impedir. La respuesta de Jesús es una llamada a la tolerancia: “No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”.

Como cristianos no debemos presentar al mundo es escándalo de la desunión de las personas que hacen el bien.  Debemos alegrarnos cuando desde otros grupos y de modo diferente al nuestro se trabaja en favor de las personas, y por lo tanto en favor del reino de Dios.  Debemos sumar nuestros esfuerzos a los de todas las personas de buena voluntad, aunque no compartan nuestra misma fe.

Si todos buscamos la paz, la justicia, la igualdad y la fraternidad, ¿para qué pelearnos entre nosotros y vivir enfrentados? Esto lo podemos aplicar a todos los ámbitos de la vida: a la política, a la religión, a la convivencia social o familiar.

Los políticos que luchan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los obreros que logran una mayor solidaridad, los educadores que se desviven por educar para la responsabilidad, aunque no parezcan siempre ser de los nuestros, “están a favor nuestro” si se esfuerzan por un mundo más humano.

Hay muchos que están buscando el bien de nuestra patria, hay quienes se dicen dispuestos a grandes sacrificios, pero se necesita abrir el corazón y los oídos a las propuestas de los demás. Hay descalificaciones tan sólo porque no es de nuestro grupo y se cierran grandes posibilidades. La solución es la acogida, la escucha y la colaboración, más que imponer nuestras ideas por la fuerza. A veces es más fácil criticar que abrir el camino, descalificar que poner manos a la obra.

Cuando hay tantas cosas que nos unen, ¿por qué sembrar la división? 

No puede haber envidias porque otros hagan el bien ¡Lo importante es que se haga! Jesús nos hace una llamada a la tolerancia, al respeto, a la alegría por el bien hecho sin importar quién lo haga. El discípulo, de ayer y de hoy, ha de saber valorar y trabajar, hombro con hombro, con todo aquel que busque el bien y luche por un mundo más justo y fraternal.

lunes, 16 de septiembre de 2024

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


El afán de superación, el deseo de ser el primero, de triunfo y éxito en la vida, parecen, en principio, aspiraciones legítimas del ser humano; el problema está en los medios que utilizamos para alcanzar esas metas.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, nos presenta la eterna lucha entre el bien y el mal.

Para muchas personas la vida es para pasarla bien. Por lo tanto los que tienen una manera diferente de vivir la vida, aquellas personas que no comparten esa actitud y conducta nos resultan incómodos.

Al hombre justo lo queremos eliminar o al menos callar porque nos estorba. Como nos estorban todas aquellas personas que han levantado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.

Las personas que viven y quieren vivir en una sociedad de derecho, de justicia, de paz, de solidaridad y respetuosa con las leyes y valores; las personas que quieren vivir fieles a Dios, no son muy bien valoradas, sin embargo, hoy, para muchos jóvenes, las personas a imitar son aquellos que no tienen respeto por nada, que se burlan de la ley, que pisotean los derechos y la moral; para muchos el único fin de la vida es el éxito, el poder, el dinero y no se detienen ante nada ni nadie para obtener estas cosas, aunque tengan que chantajear, traicionar, asesinar o robar. Todo se vale si me hace feliz.

Por eso el hombre justo es, muchas veces, atacado, puesto a prueba en su fidelidad y ejemplaridad. Pero el hombre justo sale victorioso de las pruebas que le ponen los malvados porque Dios está con él.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña que hay personas que hacen el mal, y presumen de hacerlo y además no está dispuestos a aceptar ningún tipo de corrección.

Vivimos en una cultura competitiva: competencia para tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; en el poder; en ser más influyentes, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando. Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y combates están al orden del día.

La mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir todo esto.

¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder! Todo esto crea divisiones y destruye a la comunidad y a la persona.

En el Evangelio de san Marcos Jesús nos decía: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
Qué diferencia entre los intereses de los discípulos y los de Jesús. Ante el solemne anuncio de Jesús, ellos discutían quién iba a ser el primero, quién era el más importante. Y eso sigue pasando en nuestro mundo, y entre nosotros. Y el mundo sigue por ese camino. Todo se resume en ser importante, figurar, ser alguien.

Para algunas personas servir a los demás, servir al pueblo se utiliza con frecuencia como un trampolín para buscar ante todo dinero o poder. Jesús no habla de este tipo de servicio sino de un servicio sin factura ni beneficios.

Los apóstoles – y nosotros, tantas veces – nos dejamos guiar según la mentalidad humana. Este es el criterio del mundo: ser más que los demás, ser los primeros, ocupar los mejores puestos, “salir en la foto”, prosperar nosotros, y despreocuparnos de los demás. Y eso pasa en la política, en la vida social, en la familia y en la comunidad eclesial.

Como sociedad hemos caído en el gran error de confundir éxito y triunfo individual con bienestar y felicidad social. Así vivimos, así luchamos y así educamos: desde los primeros años buscamos que los niños aprendan a competir, a ganar, al triunfo individual, a ser más que los demás, para que no sean unos fracasados e ineptos. Les decimos que si no pisan, serán pisados por los demás, que van a vivir en una sociedad competitiva… que miren a los otros como enemigos. Y así, creamos “monstruos sedientos de placer” que después son incapaces de servir, de ser generosos, de amar.

Los apóstoles, y nosotros también, creemos que para triunfar en la sociedad hay que estar necesariamente entre los primeros. Jesús nos enseña que debemos ser los últimos, disponibles, preocupados más de los demás que de nosotros mismos, servidores y no dueños.

No es extraño que los oyentes de Jesús – de entonces y de ahora – no entiendan y les “dé miedo” oír estas cosas: ser últimos.

Recordemos las palabras de Jesús hoy: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”

lunes, 9 de septiembre de 2024

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo nos hablan de que el camino de la realización plena del hombre pasa por la obediencia a los proyectos de Dios, por la aceptación del dolor humano y el servicio a los hermanos.

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor.

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado.

No podemos pasarnos la vida inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo.

Hay que confiar en Dios.  Dios tiene que ser para nosotros esa piedra segura a la que nos podemos agarrar, incluso cuando parece que todo se hunde.  Hay que vivir la vida con serenidad y confianza en Dios.  El creyente que confía en Dios, se siente seguro y protegido, como un niño en los brazos de su madre.  Sólo confiando en Dios, podremos vivir libres del miedo, con un corazón en paz, aceptando tranquilamente los planes que Dios nos mande.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

Ser cristiano no es sólo cumplir unos ritos, ni estar anotado en el libro de bautismos.  Ser cristiano es imitar a Cristo.

Si Cristo luchó por la justicia, por la verdad; denunció todo lo que esclaviza al hombre y le impide ser feliz; supo perdonar y dar paz y entregar su vida para salvarnos, nosotros si queremos seguir a Cristo tenemos que luchar contra todo lo que genera injusticias y opresión; tenemos que amar a los que la sociedad margina y rechaza; tenemos que estar en contra de la violencia y del odio y trabajar por la tolerancia y el amor.

Si queremos ser de Cristo no podemos quedarnos sólo en oración y misa o en la construcción de Iglesias o salones parroquiales, o en colaborar en las rifas parroquiales.

No podemos venir a misa y luego en la vida diaria cometer injusticias, pactar con la corrupción, tratar con poca caridad a los que viven a nuestro lado, ser indiferentes a las necesidades y dolores de nuestros hermanos, marginar a los que no nos caen bien, etc.

Si queremos ser de Cristo no puede haber una separación entre la vida y la fe.  Este es el mensaje importante que hoy nos transmite Santiago: coherencia entre fe y estilo de vida.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado a Jesús haciendo una doble pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Y vosotros, ¿quién decís que soy?

¿Quién es Jesús para nosotros? También nosotros, muy frecuentemente, pensamos como hombres, no como Dios, y creemos que Cristo es el que tiene que resolvernos nuestros problemas particulares y los problemas del mundo entero.

Acudimos a Cristo como el que acude al médico, o al banco, o al psicólogo, para que nos arregle nuestros problemas de salud, y de dinero, y nuestras angustias y disgustos interiores. Y es natural, es muy humano que lo hagamos así, porque somos cien por cien humanos.

También nosotros, como Pedro, podemos decir: “¡Tú eres el Mesías!”. Tenemos a Alguien en quien creer y que da sentido a nuestra vida. Jesús es el Señor y el amigo, es la luz y la fuerza, es Aquel en quien hemos puesto toda nuestra esperanza. Sabemos con quién podemos contar y que nunca nos fallará.

Pero Cristo nos dice que Él no ha venido al mundo para eliminar milagrosamente la enfermedad, o el dolor, o el hambre y la miseria. Él vino al mundo para enseñarnos a luchar y a vencer la enfermedad y el dolor y las miserias y debilidades psicológicas y humanas, con sufrimiento, y con valor, y sobre todo con un amor inmenso y sincero.

El seguimiento de Jesús no consiste en un camino de rosas. Para seguir sus pasos es necesario negarse uno a sí mismo, tomar nuestra propia cruz y acompañarlo.

Jesús nos dice hoy: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio la salvará”.

Tratemos hoy de pensar quién es Cristo para cada uno de nosotros.

lunes, 2 de septiembre de 2024

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos habla de un Dios comprometido con la vida y la felicidad del hombre, continuamente empeñado en renovar, en transformar, en recrear a la persona, para hacerle alcanzar la vida plena del Hombre Nuevo.

La 1ª lectura del profeta Isaías,  hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo.

Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.

Hay también muchas personas que viven agobiados por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones.

Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie.

¿Tratamos igual al rico que al pobre? ¿Al que tiene un título universitario y al analfabeto?

En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son.

Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas, porque en cuestión de fe el corazón de un pobre puede ser más rico que el del presidente de la nación.

El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordomudo.

Es horrible no poder hablar, no poder escuchar, sentir soledad en medio de la multitud, que no puedas comunicarte.

Nos encontramos en un país de sordos y mudos.  A los pobres, a los necesitados no se les hace caso.  Hay tantas personas que tienen graves problemas y necesidades y por más que se cansan de gritar, de pedir, no son escuchados.  Quienes tienen la autoridad, el poder, el dinero y las posibilidades de solucionar problemas, se han vuelto incapaces de escuchar los gritos de angustia y de dolor del pueblo.

En nuestro tiempo, se ha empeorado este problema fundamental de la comunicación y el lenguaje. En lugar de hacer más fácil el entendernos, nos quedamos solos, nos aislamos o solamente nos relacionamos con nuestro grupito.

Somos sordos que cerramos los oídos para no ver realidades que nos están gritando: un ecosistema que se agota, una naturaleza que ya no aguanta nuestra destrucción, hermanos que claman de hambre y necesidades, pero que no encuentran respuesta. Hemos cerrado nuestros oídos y no vemos estos gritos desgarradores. Hemos perdido la capacidad de propiciar un encuentro cálido, cordial y amable con los demás.

Estamos mudos cuando cerramos por orgullo los labios y preferimos el silencio,  mientras que una palabra podría suscitar soluciones, romper hielos y devolver paz y armonía. Vivimos en un mundo de silencio, aislamiento y soledad provocado por nuestros orgullos, por la injusticia y por la discriminación.  Necesitamos romper el silencio con el lenguaje del amor, para escuchar y para hablar.

La imagen del sordomudo podría también representar a las personas incomunicadas no solamente con sus semejantes, sino también con Dios. No tenemos tiempo para escuchar su palabra, no queremos oír sus mensajes, no estamos dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior.

Hoy Jesús grita también para nosotros su potente “¡Effetá!” “¡Ábrete!” que nos lleva a abrir el corazón a Dios, a los hermanos y a nosotros mismos. ¿Seremos capaces de abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios? ¿Escucho el sentir y el dolor de los hermanos? ¿Permanezco mudo ante las injusticias, la mentira y el dolor?

lunes, 26 de agosto de 2024

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella.

Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes.

Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.

Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad.

“No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada”, nos decía la primera lectura.  No podemos nosotros adulterar las leyes de Dios, por intereses personales, no podemos adaptar las leyes de Dios según nuestros intereses personales, no podemos hacerle decir a Dios cosas que no dice.  Cumplamos las leyes de Dios sin quitarle ni ponerle nada de lo que dicen.

La 2ª lectura de la carta del apóstol Santiago nos decía: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla”. 

Ser cristiano no es saberse de memoria los Mandamientos, no es saberse de memoria la Biblia.  Ser cristiano es vivir el amor en compromisos concretos que se vean en la forma en que tratamos a los necesitados y que se vean en cómo nos mantenemos viviendo entre los corruptos, sin mancharnos nosotros con toda esa corrupción que nos rodea.

La Palabra de Dios que escuchamos cada domingo, debemos acogerla en nuestro corazón y nos tiene que llevar a la acción.  Si nos quedamos únicamente en la escucha y contemplación de la Palabra, se hace estéril e inútil.

En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía de los fariseos.

En todos los tiempos ha habido fariseos.  Hoy también podemos vivir un cristianismo superficial, de celebraciones sociales con agua bendita, de exterioridad. Por el contrario, Cristo exige un cristianismo que sea una verdadera respuesta personal a la llamada de Dios y a las necesidades de los hermanos.

No se puede, ni se debe, encerrar nuestra fe en una sacristía ni acallar con una novena; tiene que ir al fondo de la vida y dinamizar cada acción de quien se dice cristiano.

Ser discípulo no es llevar una medalla en el pecho ni exhibir un documento que nos acredite como cristianos; no es cumplir rituales ni ceremonias, es una vida interior.

No es posible decirse verdadero cristiano y desfalcar los fondos de la comunidad, jugar con la justicia, mentir descaradamente. No se puede decir que escuchamos el evangelio si después ponemos al dinero como nuestro dios, convivimos con la injusticia y entregamos al placer todos nuestros esfuerzos.

Nos equivocamos rotundamente cuando ponemos más atención a los comportamientos exteriores que al cuidado interior. 

Hoy Jesús nos dice que  hay que cuidar el interior, no lo superficial. Están bien todos los intentos de embellecer y dar su manita de gato con programas sociales, pero si no vamos al fondo, si no cambiamos las estructuras injustas, si no se cambia el corazón del hombre, todo queda en buenos deseos.

No habrá ninguna transformación y mejora social si antes no hay una conversión personal. ¡Qué importa vestir bonito cuando se tiene el corazón podrido!

Es falsa ilusión decir que estamos buscando una sociedad más justa y humana, si ninguno de nosotros estamos dispuestos a reconvertir y a cambiar el corazón, y seguimos aferrados a nuestras tradiciones y privilegios.

¿Influye el evangelio en cada momento de nuestra vida? ¿Es solamente una accesorio o brota desde nuestro interior? ¿Qué tendremos que cambiar?

lunes, 19 de agosto de 2024

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Vivir es tener que tomar decisiones.  Podemos decidir bien o mal.  La liturgia de este domingo nos enseña a aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida.

La 1ª lectura nos muestra a Josué preguntando al pueblo si querían servir a los falsos dioses o al Dios verdadero. 

Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional; seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.

Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche descapotado o una furgoneta.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”.

Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda.

Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio.

El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.

San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad.

Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia.

En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”

¿Cuál es la realidad hoy de muchos cristianos?  Hoy nos encontramos con muchos que han sido bautizados, sencillamente, porque los bautizaron, pero nunca han asumido el compromiso de su bautismo.  Han recibido el don de la fe, pero nunca han vivido su fe y hasta es posible que su fe haya quedado olvidada en cualquier rincón de sus vidas.

Hay bautizados que reciben los 3 primeros sacramentos, bautismo, primera comunión y confirmación, pero de ahí no pasan.  Mientras están en la catequesis pareciera que creen, pero terminan la catequesis y no regresan más a la Iglesia.

¿Cómo pueden decir estas personas que tienen fe cuando ni oran, ni van a Misa, ni participan en nada ni piensan desde la fe, ni miran la vida desde la fe?

Este tipo de personas ante cualquier exigencia de la Iglesia también llegan a decir: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”.

Por eso, hoy Jesús también nos pregunta a nosotros: ¿También vosotros queréis marcharos?”

Cuando nos cansamos de seguir haciendo el bien y buscar la verdad, de promover el amor y la justicia, cuando dejamos de ir a misa o nos resulta insoportable tal o cual persona, cuando nos pesa la fidelidad matrimonial o la familia, cuando confrontamos la enseñanza del evangelio con nuestra manera de pensar y descubrimos que tenemos miedo a comprometernos y a seguir a Cristo incondicionalmente, estamos dejando de lado al Señor.

Ojalá que nuestra respuesta a la pregunta de Jesús sea la misma que la de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Reafirmemos también hoy nuestro seguimiento a Cristo, con mucho amor, confiados en su ayuda llena de misericordia; y con plena libertad digámosle: mi libertad para Ti Señor.