Vistas de página en total

martes, 4 de febrero de 2020


V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 
La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

 
El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo” 
 

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

 
No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

 
Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar...  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo... No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.
 
Después de más de 2000 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

 Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

 
Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo, y también los exhorta a que sean luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida.

Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz.  Si queremos hacer esto hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe, para que el Reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio, incluso en los ambientes adverso, de nuestra fe.  No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la Iglesia nos pide. Hemos de, día a día, ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado.

No podemos se cristianos insípidos, instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.  En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza.

Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad.  Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido.

Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales.  Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas creyendo que así son felices.  Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no sólo en ellos mismos.

Como cristianos no podemos esconder nuestra fe en la vida privada, no podemos actuar desde la sombra para que no nos vean.  Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia.  Seremos, pues, luz, cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana no sólo aquí en la Iglesia sino en cualquier lugar.  No lo olvidemos: no nos avergoncemos de lo que somos, y somos sal y luz del mundo.

martes, 28 de enero de 2020


LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (CICLO A)

 

La fiesta que hoy celebramos, cuyo sentido amplísimo y muy profundo está expresado en las lecturas que acabamos de escuchar y en las oraciones, nos debe llevar a un mejor conocimiento vital y encarnado del misterio del Señor, Hijo de Dios, su Palabra eterna, pero también hermano nuestro, carne y sangre nuestra, luz que nos ilumina.  Nos debe llevar también a salir al encuentro de este Señor que se nos presenta; condición indispensable para que actúe en nosotros su obra de salvación.

No podemos escuchar la narración de san Lucas, simplemente como la narración de un hecho histórico o una anécdota, sino como la presentación del misterio de la Salvación en toda su majestuosa amplitud, pero expresado en un cuadro de pequeñas dimensiones para que la grandeza de su contenido no nos ahuyente, para que se nos facilite su comprensión.

Tratemos de profundizar en su significado.  Pensemos en lo que para los judíos expresaba el Templo de Jerusalén, morada de Dios, lugar único de su culto, expresión gráfica, simbólica, de su grandeza y majestad únicas.  Allí Dios era adorado y venerado por su pueblo; allá tenían que ir los israelitas a expresar su pertenencia al pueblo de la Alianza.

La larga serie de acontecimientos difíciles y situaciones humildes de la historia de Israel hacían que continuamente la voz de los profetas, de parte de Dios, renovara la esperanza de una manifestación gloriosa, restauradora y reivindicadora del Señor, que estaría gloriosamente en su casa.

Había sueños de grandeza, de poder y de dominio material.

Pero la realización de esta esperanza y de las promesas de Dios se lleva a cabo de una forma no sospechada: un niño pequeñito es llevado al Templo en brazos de sus padres, gente sencilla y humilde, para cumplir la Ley del Señor.

Externamente nadie se dio cuenta de lo que allí pasaba.  Sin embargo, ese niño era el Rey de la gloria, revestido de nuestra carne mortal; era la Luz del mundo que alumbraría a las naciones, la Gloria de Israel, el Pontífice en todo idéntico a sus hermanos, compasivo y fiel, sometiéndose a la Ley antigua.

La ofrenda del Sumo y Eterno sacerdote, iniciada en el momento mismo de su concepción: "Vengo para hacer tu voluntad" (Heb 10,7), y que un día se realizará plenamente en el Calvario, hoy encuentra una expresión muy especial, al ser ofrendado por manos de María en el lugar central del culto antiguo.  Un día ese Niño, con su sacrificio único y pleno, hará obsoletos los múltiples sacrificios del Templo.

Toda esta grandeza que los ojos humanos no podían captar, Dios la quiere revelar por medio de dos ancianos piadosos.  El evangelio dice de Simeón: En él moraba el Espíritu Santo"; el mismo Espíritu le había dado la seguridad de no morir sin ver al tan largamente esperado Mesías; el Espíritu le inspira ir al encuentro del Salvador.

Tal vez lo que él vio lo desconcertó: ¿El Mesías, Señor, Jefe, Dominador, Salvador, es este pequeñito, pobre y necesitado de todo?  La mirada de Dios superó la mirada humana, y Simeón prorrumpió en el canto de alabanza que hace un momento escuchamos.

Los dos ancianos, Simeón y Ana, pueden ser testigos, porque han recibido el testimonio mismo de Dios: "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1Cor 2, 11).

Para reconocer a Cristo, en la Iglesia, en sus sacramentos, en los hermanos, sobre todo en los pobres y disminuidos, necesitamos absolutamente este Espíritu Santo de Dios.

Para salir al encuentro de Cristo, Luz que ilumina a todas las naciones, necesitamos limpiar nuestros ojos de perspectivas meramente humanas y carnales.

María, la Madre de Cristo, la primera cristiana, la más fiel seguidora del Señor, es nuestro modelo hoy, ofreciendo al Padre lo que ella más ama; preludia la entrega materna total del Calvario.  Allí va a ser  designada Madre nuestra, pero hoy ya ejerce su maternidad.

Que nuestra Eucaristía de hoy, bajo el impulso del Espíritu, sea un encuentro nuevo y más profundo con Jesús, una aceptación nueva de Jesús como luz y guía, y una ofrenda cada vez más plena y perfecta, total, de lo que somos y tenemos junto con Cristo, la ofrenda perfecta al Padre.

 

martes, 21 de enero de 2020

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo, nos hace ver que Jesús es la luz que quiere brillar en nosotros y en nuestro mundo, para ello, debemos dejar a un lado las divisiones y trabajar todos unidos por el proyecto del Reino de Dios.
              
La 1ª lectura del profeta Isaías es un canto de esperanza para el pueblo de Israel que está desalentado, dominado y desesperanzado.  Un pueblo que ha sido obligado a emigrar hacia la esclavitud, pero que regresa fortalecido y unido porque Dios está con este pueblo, porque Dios es la luz que los guía.
 
¡Cuántas veces, no hemos deseado que surja una gran luz que quite las tinieblas que se han apoderado de nuestro mundo!
 
Echando una mirada al mundo, nos encontramos con guerras, con egoísmos en el corazón de muchas personas, que sólo buscan la satisfacción de sus propios deseos e intereses, a costa de pisotear los derechos de los demás; cuántas desgracias hay actualmente en nuestro mundo, y muchas veces lo único que hacemos es quejarnos pero no somos capaces de manifestar una amor solidario por los que sufren.
 
Muchas personas viven una vida sin sentido y esto hace que perdamos las ilusiones, las esperanzas de cambiar nuestro futuro por uno más prometedor para todos.
 
En medio de todas estas angustias y tristezas, en medio de una vida que ha perdido el rumbo del amor, la alegría y la paz, el Señor se hace presente en medio de nosotros para iluminar nuestra vida y darle un sentido nuevo a nuestra existencia, para hacernos solidarios, para trabajar en la solución de los males que aquejan a nuestro mundo.  Sólo Dios es la luz que nos puede guiar a mejorar nuestra situación, a mejorar nuestro mundo.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una exhortación a eliminar las divisiones dentro de la comunidad cristiana. 
 
San Pablo pide, en nombre de Jesucristo, que nos pongamos de acuerdo y no andemos divididos.  Es lamentable las discordias y las divisiones dentro de una comunidad porque le damos más importancia a los servidores del Evangelio que al Evangelio mismo.
 
Por eso, hay que preguntarnos: ¿Qué es más importante para mí, el mensajero o el mensaje del Señor? Hay personas que vienen a la Iglesia no a escuchar el mensaje de Cristo, sino a ver a la persona que presenta el mensaje del Señor; hay personas que no les importa el mensaje del Señor, sino que son seguidoras, no del Señor, sino del que presenta el mensaje.
 
No podemos seguir a nadie, a ninguna persona, sino sólo a Jesús, sólo el Señor es quien tiene que ser nuestro guía y maestro.  No puede ser que vengamos a la Iglesia por simpatía o no con las personas que nos presentan el mensaje del señor.
 
Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra unión es la cruz de Cristo.  Tenemos que ser personas que hagan equipo con todos, que seamos lazos de unión.  Hemos de buscar siempre la unidad, hemos de seguir a Cristo y hemos de ser de Cristo y de nadie más.
 
El Evangelio de san Mateo nos presenta el programa de lo que va a ser la misión de Jesús.
 
Jesús comienza su vida pública y viene a implantar el Reino de Dios, pero Jesús no quiere trabajar sólo, busca y llama colaboradores.  Los escoge de entre la gente del pueblo.  Los llama uno a uno, para colaborar en su misión y convivir con Él.
 
Jesús también hoy, busca personas que quieran colaborar con Él, en su misión, que lo sigan.  Cuántas veces no nos habrán invitado a colaborar en algún apostolado en la Iglesia y, ¿Cuál ha sido nuestra respuesta?  ¿Cuántos se desentienden de la llamada que el Señor les hace?  ¿Cuántos hacen oídos sordos a la llamada del Señor?
 
Ser cristiano no es sólo venir a misa y escuchar la Palabra de Dios cada domingo.  Para eso no envió Dios a su Hijo al mundo.  Nuestra misión de cristianos requiere algo más.  El domingo venimos a misa para reunirnos como comunidad cristiana y encontrarnos con el Señor que nos da su luz y su fuerza para vivir el resto de la semana.  Por eso, hemos de interiorizar el mensaje que el Señor nos da y hacerlo vida el resto de la semana. 
 
Vosotros vivís  en el mundo, tenéis familia, un trabajo o estudiáis, negocios, amigos, vecinos, etc., Dios quiere estar presente en todos esos lugares.  El Reino de Dios ha de llegar a todos esos lugares, Jesús nos llama hoy a dar en todas partes nuestro testimonio, a manifestar que somos cristianos, que tenemos un estilo de vida, esto es seguir a Jesús.
 
Jesús llamó a Pedro, Juan, Mateo, pero también te llama a ti, porque todos necesitan de Dios.  ¿Por qué nos cuesta tanto responder al llamado del Señor?
 
Hoy Jesús nos invitaba también a la conversión.  Hay que convertirse.  Jesús sigue presente en nuestra vida, a pesar de nuestros pecados, Él es la gran luz que ilumina nuestra vida, dejémonos iluminar por Él y seamos también nosotros luz en este mundo en que vivimos.
 

martes, 14 de enero de 2020

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

 
Con este Domingo comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, divididas en dos partes.   En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, por sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.
 

 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de la vocación.  Se nos invita a tomar conciencia de la vocación a la que se nos llama y de sus implicaciones. La vocación no es algo que únicamente corresponde y compromete a algunas personas especiales, sino que se trata de un desafío que Dios hace a cada uno de sus hijos, que a todos implica y que a todos compromete.
 

Estamos en un mundo en el que predomina la globalización.  La mayoría de los jóvenes visten igual; nuestras casas son decoradas muy parecidamente y de todo esto se encarga la televisión y los medios de comunicación de que todo esto sea así, y todavía más y lo que es peor, de que todos los hombres, en general, piensen igual, les gusten a misma música, las marcas de coches y el mismo standard de vida.


La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

 
Por eso resulta hoy sorprendente la lectura de Isaías en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, nada de hombres sin nombre ni rostro. El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personalmente a esa llamada personal.
 

“Te hago luz de las naciones” dice hoy el Señor por boca del Profeta Isaías. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados; aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana de la misma manera que, si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.
 

San Pablo en su 1ª carta a los Corintios nos desea la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  La paz es el gran regalo que Dios nos puede conceder porque, parece que los hombres, no acertamos a encontrarla por nuestra propia cuenta.  Hay demasiadas guerras, demasiados conflictos. 
 

La paz es nuestra gran responsabilidad.  Debemos ser constructores de la paz. Lograremos construir la paz cuando conquistemos la meta a la que Dios nos llama a todos: la santidad.  Dios nos llama a todos los hombres a la santidad.  Es decir, a acoger a Dios en nuestra vida y vivir de acuerdo a los valores del Reino de Dios.

El evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista señalando a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Tenemos que vivir y experimentar a Jesús como “cordero de Dios”, tenemos que sentir a Jesús como el gran liberador, que no está de acuerdo con las injusticias; tenemos que mirar a Jesús como quien construye la unidad contra el individualismo y el egoísmo; tenemos que saber que Jesús nos purifica y nos perdona, aun viviendo en este ambiente de corrupción y de pecado en el que nos encontramos.

Jesús es el “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.  Con frecuencia los mismos cristianos hemos olvidado el significado de pecado. Lo hemos reducido a una especie de mancha o de impureza en el “alma”, pero el pecado es algo mucho más profundo que rompe la relación del hombre con sus hermanos y termina destruyendo la comunidad. Si no vivimos felices, si no vivimos en plenitud, si hay injusticias, egoísmos, mentiras y ambición es porque el pecado se ha apoderado de nuestras vidas. 

Hay quien no quiere llamar pecado a las cosas, pero el pecado es una realidad tanto en nuestra vida, como en la sociedad.  El pecado es toda esa maldad que nos impide ser felices. Por eso cuando Juan nos presenta a Jesús nos está anunciando que Dios está de nuestra parte en esta lucha contra todo mal e injusticia.

Jesús nos ofrece todo su amor, su apoyo y fortaleza, para librarnos del mal y poder vivir en armonía, felicidad y plenitud.  Pero nosotros no podemos quedarnos sin hacer nada.  Cristo quita el pecado y es el único que lo puede hacer, pero nosotros tenemos también que luchar sincera, honesta y tenazmente contra el mal.

Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero nosotros somos sus discípulos y también debemos emprender una lucha sin cuartel contra todo lo que sea pecado, el pecado que mata y divide, el que provoca hambre y desigualdades, el que engaña, el que denigra y humilla. 

Hoy nosotros no podemos ser cómplices silenciosos de tanta injusticia. Callar es un pecado cuando se está destruyendo la naturaleza, la fraternidad y la convivencia.

La fuerza y la gracia de Jesús nos acompañan hoy y siempre en la lucha sincera contra la maldad personal y comunitaria.  No podemos quedarnos indiferentes ante el pecado.

 

martes, 7 de enero de 2020

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO A)
El lunes celebrábamos la fiesta de la Epifanía, es decir, la Manifestación del Señor a todos los pueblos de la tierra.  Y hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor que es la manifestación de Dios que proclama a Jesús como su Hijo amado, que vino al mundo con la misión de salvar y liberar a los hombres. 
 
La 1ª lectura, del profeta Isaías nos decía: “La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”. 
 
La caña cascada ya no sirve para nada, le falta consistencia. Mejor es tirarla, terminar de quebrarla, hacerla astillas para el fuego. Y la mecha que humea da poca luz, apenas si alumbra. También dan ganas de apagarla de una vez y encender otra luz más fuerte y segura.  Así pensamos los hombres.
 
Tenemos poca paciencia los unos con los otros.  Nos aguantamos con dificultad, nos echamos en cara los defectos, prescindimos rápidamente de los que nos estorban, eliminamos a los que no rinden.  Dios no actúa así, Dios sabe esperar, Dios tiene una gran paciencia. Y al débil lo anima para que siga caminando, al que está triste le infunde la esperanza de una eterna alegría, y al que lucha y se afana le promete una victoria final, una victoria definitiva.
 
La 2ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos dice que Jesús “pasó por el mundo haciendo el bien” y liberando a todos los que vivían oprimidos. Nosotros también debemos pasar por el mundo haciendo el bien.  Como bautizados debemos dar testimonio con gestos concretos de la bondad, la misericordia, el perdón y el amor de Dios por los hombres.  Hemos de comprometernos a liberar a los oprimidos por el demonio del egoísmo, de la injusticia, de la explotación, de la soledad, de la enfermedad, del analfabetismo, del sufrimiento.
 
También nos decía hoy la 2ª lectura que “Dios no hace acepción de personas”.  Por ello, nosotros hemos de aceptar a todos las personas, hemos de reconocer la igualdad y la dignidad de todo ser humano.  No podemos, ni debemos discriminar a nadie por su color, raza, sexo, etc.
 
El Evangelio de san Mateo nos ha narrado el bautismo de Jesús en el río Jordán por Juan el Bautista.  El bautismo de Jesús marcó el comienzo de su actividad pública como Mesías de Dios.
 
El bautismo de Juan el Bautista era un signo de muerte y de vida nueva: los que lo recibían se sumergían bajo el agua para indicar que allí quedaba sepultada todas sus injusticias y pecados que habían cometido, indicando con ello que daban muerte al estilo de vida que habían llevado hasta entonces.  La salida del agua era el signo de un compromiso: no volver a comportarse como antes, sino tratar de poner en práctica la justicia de Dios.
 
Jesús pide el Bautismo de Juan, pero Él estaba totalmente limpio y no tenía nada de qué arrepentirse, por eso Juan el Bautista se resistía a bautizarlo.  Jesús no era cómplice ni mucho menos culpable de ninguna injusticia, ni tenía ningún pecado.
 
Jesús se bautizó porque quiso ser solidario con los pecadores.  Quiso mezclarse con los pecadores, quiso ponerse al lado de la gente de mal vivir.  Toda la vida del Señor fue buscar a los pecadores para salvarlos, para que cambiaran de vida y construyeran una sociedad en la que nadie tuviera que robar, matar ni cometer injusticias, una sociedad donde nadie quedara excluido.
 
Otra razón por la cual Jesús se bautizó fue para comprometerse a morir por la humanidad.  Jesús no tenía que morir a ninguna injusticia, su bautismo fue el anuncio de la muerte que estaba dispuesto a sufrir.  Al bautizarse Jesús se está comprometiendo a cumplir todo lo que Dios quiere, es decir, a luchar por una humanidad nueva que viva la fraternidad y la solidaridad.
 
El bautismo de Jesús nos invita a pensar hoy en nuestro bautismo.  Muchos ven el bautismo como una fiesta social, o como un pretexto para una fiesta familiar.  Otros lo ven como un requisito, pero el bautismo no es un pasaporte a la eternidad.  El bautismo es un regalo de Dios y un compromiso personal de vivir al estilo de Jesús. 
 
El bautismo nos tiene que llevar a renunciar al pecado, al egoísmo y a la cultura de la muerte, y al compromiso de creer firmemente en Dios.  Por el bautismo formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo y nos hacemos templos del Espíritu Santo.
 
Hoy, algunas personas piden el bautismo para sus hijos pero sin someterse a ninguna reflexión sobre la responsabilidad de educar en la fe a esos hijos, sin aceptar, por tanto, ninguna preparación, o haciéndolo a regañadientes.
 
El bautismo no es un rito mágico. El bautismo ha de partir de la fe, porque nos hace Hijos de Dios y nos hace formar parte de una gran familia.
 
Preguntémonos hoy: ¿Qué sentido le hemos dado a nuestro bautismo? ¿Cómo estoy viviendo mi dignidad de Hijo de Dios? ¿Cómo estoy viviendo mis compromisos bautismales?
 
 

jueves, 2 de enero de 2020

HOMILÍAS PARA EL II DOMINGO DE NAVIDAD Y PARA LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
II DOMINGO DE NAVIDAD (CICLO A)
 
Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor. Y lo es, además, porque mañana celebraremos la Epifanía.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias. 
 
Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.
 
La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.
 
Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.
 
Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.
 
El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.
 
“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.
 
Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.
 
Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”
 
Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.
 
Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.
 
Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo! 
 
Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica”
 
Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”.
 
Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.
 
LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
Estamos celebrando hoy la fiesta de la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús al mundo.
 

Ya desde muy antiguo, el pueblo de Israel ha esperado el nacimiento del Mesías.  La 1ª lectura, del profeta Isaías nos habla de ese Mesías que tenía que venir.  El pueblo vive en la esperanza de que nazca un día ese Salvador esperado, y esa esperanza se ha hecho ya realidad.   Eso es lo que nos presenta el evangelio de hoy: los paganos, los pueblos que no creían o no conocían a Dios, se ponen en camino hacia Cristo.  Hay 2 posturas ante Cristo que viene: la indiferencia, el miedo, la sospecha, y la otra postura: la búsqueda y la adoración.
 
Existe, pues, la postura de apartarse de Dios o de comprometerse con Dios.  Los magos son esas personas que buscan a Dios, que lo dejan todo y se ponen en movimiento a buscar al Niño que ha nacido, a buscar al Mesías, al Salvador.
 
La fiesta de la Epifanía o de los santos Reyes tiene un profundo significado muy actual y necesario para nuestra vida de cristianos.  Jesús se manifiesta como luz para todas las naciones.  Cristo no ha venido sólo para salvar a un pueblo, sino que se ha hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra, a toda la humanidad.
 
La estrella que guía a los magos busca iluminar a todos los pueblos y naciones para que seamos una sola familia.   Constantemente se ha afirmado que el mundo ahora ya no son naciones separadas, sino que es como una gran aldea donde todos participan de la misma suerte, de las mismas noticias y viven los mismos acontecimientos. Pero, si bien es cierto que los medios de comunicación y comercialización han reducido el mundo a una aldea, también es cierto que las fronteras se hacen cada vez más duras, las discriminaciones más absurdas y los individualismos más obstinados.
 
La fiesta de la Epifanía nos invita a abrir nuestra manera de ver el mundo y creer que es posible construir un mundo donde todos vivamos como hermanos.  Donde a nadie veamos como un adversario, sino como un hermano con el cual podemos compartir todo lo que somos y hacemos.  Cristo viene a hacer posible esos nuevos lazos de hermandad entre todos los hombres.
 
La estrella de oriente hizo levantar a los magos de su comodidad y lanzarse a descubrir a Cristo, el nuevo Rey. Esa misma estrella causa terror e irritación a Herodes que siente que sus intereses se ven amenazados. Hoy sucede lo mismo, al escuchar la Palabra de Dios surgen en nosotros deseos por construir un mundo nuevo; pero a la vez hay personas que al escuchar la Palabra de Dios se sienten ofendidos porque ven amenazados sus intereses y su poder.
 
Sin embargo la luz de Cristo sigue brillando para nosotros y para nuestro tiempo.  Toda persona que busca a Jesús y se encuentra con el Niño Dios sabe que Jesús es su salvador y liberador y que nos invita a toda la humanidad a formar una sola familia.
 
Contemplar y seguir la estrella de Belén tendría que hacer que todos nosotros dejáramos atrás el individualismo, ya que si Dios no hace distinción de personas, tampoco nosotros deberíamos de hacerlas.  Hemos de hacer realidad aquello de que “todo hombre, todo ser humano, es mi hermano”.  No existe razón alguna para despreciar a nadie, ni por su raza, ni por su lengua, ni por su religión, ni por su particular cultura, ni por su condición social, ni por ninguna razón. Si Cristo se hace carne humana, si participa de la suerte de todo hombre ¿por qué nosotros vamos a vivir la discriminación y las distinciones absurdas?
 
La estrella de Belén nos ofrece una nueva luz y una nueva propuesta para nuestro mundo herido de gravedad por el individualismo, la injusticia y las divisiones. También hoy, se dirige a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica y moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos y nos invita como hizo con los magos diciéndonos: “Id a Belén”. Si hacemos caso a esta estrella, allí encontraremos a Cristo, nuestra esperanza. Allí encontraremos razones para levantarnos de nuestras caídas y desencuentros, allí fortaleceremos nuestros ideales y nuestras luchas. Contemplar a Cristo, que no dudó en tomar carne para hacerse uno de nosotros, nos animará a descubrir los lazos que unen a toda la humanidad: todos somos hijos de Dios. Nuestro padre es un Dios para todos sin distinciones ni discriminaciones.
 
Día de Epifanía es día para despertar los mejores ideales tanto individuales como colectivos. Es descubrir esa luz que vence a la oscuridad, es reconocer que el cielo está siempre abierto y que hay estrellas para guiar nuestros pasos, que hay ángeles humanos a nuestro lado, que podemos hacernos tiernos como niños, que el mundo puede ser nuevo y que Dios, Padre Bueno, se hace presente en nuestras oscuridades y desconciertos para mostrarnos el rumbo cierto. El día de Epifanía surgen muchas preguntas que deberemos responder con toda sinceridad: ¿Cuáles son mis ideales por los cuáles vale la pena luchar? ¿Cómo estoy abriendo mi corazón a todos los hombres? ¿Cómo lograremos superar las divisiones y los individualismos en que nos ha encerrado este mundo materialista?
 
Nuestro mundo vive alejado de muchas maneras de Dios, pero es necesario que haya una estrella encendida para que aquellos que están en actitud de búsqueda la puedan seguir y encontrar a Cristo.