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martes, 17 de marzo de 2020

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en castellano, “Alégrate, Jerusalén”.  Pero es también el domingo de la Luz. Cristo nos permite ver. Cura nuestra ceguera y nos muestra la belleza del mundo que nos rodea.

La 1ª lectura, del primer libro de Samuel, nos ha narrado la elección de David como rey de Israel.  David era el más pequeño y el último de los hijos de Jesé.  Nadie hubiera pensado en él para ser rey.  Pero la mirada de Dios no es como la mirada del hombre: pues el hombre ve las apariencias y Dios ve el corazón.

Hoy día seguimos haciendo lo mismo: valoramos a los fuertes, a los poderosos o envidiamos a los ricos queriendo ser como ellos. Nos fijamos en las apariencias. Pero Dios sigue mirando el corazón.

Cuántas veces se ha servido Dios a lo largo de la historia de la salvación de aquellos que no cuentan, de los más pequeños, de los que son el blanco de los celos y las envidias de todos.

Muchas veces somos muy dados a criticar y descalificar a los demás, a sacar conclusiones equivocadas sobre los demás, porque nosotros sólo vemos las apariencias y a veces las apariencias pueden traicionarnos, porque las cosas no son siempre como parecen. 

Cuando nosotros somos el blanco de las críticas y las descalificaciones, nos debe consolar saber que Dios conoce la verdad, la verdadera intención de nuestros actos porque Dios es el único que conoce nuestro corazón.  Y estemos seguros que Dios es mucho más compasivo y comprensivo que aquellos que nos juzgan.

Es necesario aprender de Dios y aprender a mirar, más allá de las apariencias, de la ropa que la persona viste, de la profesión que ejerce; es necesario aprender a ver el corazón y a descubrir la riqueza que se esconde detrás de aquellos que parecen que no piensan o actúan según nuestros criterios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios nos dice que gracias al bautismo hemos pasado de la oscuridad a la luz, y por lo tanto tenemos que vivir y dar testimonio de la luz practicando la bondad, la justicia y la verdad.

Si somos hijos de la luz, tratemos de actuar y de hacer siempre la cosas bien; caminemos en la Verdad unidos a Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea una manifestación del amor de Dios, de su perdón, de su misericordia para todos aquellos con los que nos encontremos en la vida.

Si somos hijos de la luz, no juzguemos a nadie, pero no nos quedemos mudos ante el pecado; si denunciamos a los pecadores, si los ponemos al descubierto no es con el afán de sólo denunciar, sino también de anunciar una vida nueva, y de proponerles a Cristo como camino de salvación para todos, sin importar lo que hayan hecho anteriormente.

Luz y tinieblas son dos maneras de vivir, pero para nosotros los cristianos sólo hay una: vivir como hijos de la luz, es decir, dejarnos iluminar por Cristo.

En el Evangelio de San Juan, Jesús se presenta como “la luz del mundo”; su misión es liberar a los hombres de las tinieblas del pecado.

Los seres humanos estamos hechos para ver la luz, para vivir en la verdad. Nos da miedo caminar en tinieblas. Hay una ceguera más triste que la privación de la vista, es la ceguera del espíritu, el no ver la verdad, no quererla ver.

Ciegos somos nosotros creyentes, cuando nos alejamos de Jesús, de su palabra.

Vivir en la oscuridad de la mentira es una de las cosas más normales en nuestra actual convivencia social. El mentir se acepta como algo necesario en el mundo político, en la información de los medios de comunicación, en nuestras relaciones con los demás. Parece que nos hemos convencido de que tenemos que mentir, que sin mentir no funciona nada en este mundo.

Jesús hoy nos propone vivir en la luz de la verdad.  Aquellas personas que se oponen a las propuestas de Jesús son los que están instalados en la mentira y la luz de Jesús los incomoda; son los que tienen miedo de enfrentarse a las críticas, que se dejan manipular por la opinión dominante, y que, por miedo, prefieren continuar esclavos antes que ser hombres libres; son aquellos que, a pesar de darse cuenta de las ventajas de la “luz”, prefieren la comodidad de una vida de ceguera, de una vida de esclavos.

La Palabra de Dios nos invita, en este tiempo de Cuaresma, a un proceso de renovación que nos lleve a dejar todo lo que nos esclaviza, nos oprime, en el fondo, todo lo que impide que brille en nosotros la “luz” de Dios y que impide nuestra plena realización.

Seamos luz para iluminar las “tinieblas” del mundo que generan sufrimiento, injusticias y mentiras.  Seamos luz, en medio de tantas tinieblas.

martes, 10 de marzo de 2020

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)

Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

La 1ª lectura, del libro del Éxodo, terminaba diciendo: “¿Está el Señor entre nosotros o no?”.  Quizás alguna vez nos hemos hecho esta pregunta.  Quizá nos la hemos hecho ante un momento de desengaño, o de soledad, o ante una desgracia.  La respuesta es sí: Dios está con nosotros, está a favor nuestro, nunca nos deja.

Todos nosotros, todos los días tenemos la experiencia de un Dios que nos libera y nos salva, que está presente a nuestro lado, que nos tiende la mano.  Sin embargo en nuestra vida, hay momentos que nos hacen dudar de la bondad de Dios, de su amor, de su proyecto para salvarnos.  Sin embargo la Palabra de Dios nos dice que Dios nunca abandona a nadie.  Él está a nuestro lado, en cada paso que damos, para ofrecernos gratuitamente y con amor el agua que calma nuestra sed de vida y de felicidad.

La 1ª lectura nos muestra que habían sido los israelitas los que habían abandonado a Dios, desesperados porque no tenían agua.  Nosotros también muchas veces somos egoístas, cómodos, que nos pasamos la vida lamentándonos y acusando a Dios y a los otros de las dificultades que la vida nos trae.  Y las dificultades no son un castigo; son, muchas veces, parte de la pedagogía de Dios para fortalecernos, para renovarnos, para madurarnos, para que seamos menos orgullosos y autosuficientes.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos dice que Dios siempre nos acompaña a pesar de nuestros pecados y de nuestras infidelidades.  Dios siempre nos ofrece de forma gratuita e incondicional su salvación.

No podemos permanecer indiferentes ante Dios y su amor.  Hoy hay personas que se preocupan más de los resultados de la liga de futbol y de las votaciones de los diferentes concursos que hay en televisión que de Dios y de su amor.  Por ello, ya es tiempo de que nos preocupemos de descubrir al Dios que nos ama, al Dios que quiere nuestra felicidad plena y de que aceptemos el camino que Él nos propone para alcanzar el cielo.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana.

La mayoría de las personas le temen y huyen a la soledad, a la tristeza, a una vida vacía, al sufrimiento y al dolor.  Todos deseamos ser felices.  Diariamente, incluso sin ser conscientes de ello, buscamos la felicidad y la buscamos dónde sea y como sea.  Probamos lo que sea con tal de apagar nuestra sed de felicidad.

La samaritana que va al pozo a buscar agua, representa lo que nosotros diariamente hacemos en nuestra vida: buscamos continuamente un agua que apague una sed profunda, nuestra sed de felicidad.

Pero una cosa es saciar esa sed definitivamente y otra calmar nuestra sed momentáneamente.  Muchos creen que van a resolver su sed de felicidad como la samaritana: “llenando” su vida, su vacío interior, su deseo de ser felices, con la compañía de un hombre o de una mujer, o buscando seguridad en la vida, o buscando afecto en ciertas relaciones personales.  Hay tantas personas que si no encuentran agua en un “pozo” y fracasan, buscan saciar su sed en otro “pozo”.  Así andan de pozo en pozo, sin saber cómo resolver verdaderamente esa sed de felicidad.

Estas personas que buscan la felicidad por caminos equivocados lo único que hacen es vivir llenando vacíos y “tapando huecos” de día en día, buscando llenar ese vacío de felicidad con experiencias que lejos de apagar la sed lo que hacen es aumentar cada día más su falta de felicidad.

¿Cómo podemos saciar definitivamente nuestra sed de felicidad?  Cristo, en el evangelio de hoy, nos invita a acudir a Él.  El Señor no sólo tiene la respuesta: ¡Él es la Respuesta! Jesús nos dice: “el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”

La sed de felicidad que todo ser humano experimenta, es en realidad una sed de Dios y por lo tanto, no podrá ser saciada sino solamente en Dios.

Que Cristo sea la fuente de nuestra felicidad no significa que renunciemos a las fuentes de alegría que Dios lícitamente ha querido que disfrutemos en nuestra vida.  Pero tampoco se trata de quedarnos en ellas, o de agarrarnos a ellas cuando Dios nos pide dar un paso más. 

Hoy Jesús nos invita a volver a Dios.  Él es la fuente de donde nos vienen tantas alegrías, por eso debemos darle gracias y buscar en Él esa agua viva que apague definitivamente, por toda la eternidad, nuestra sed de felicidad.

martes, 3 de marzo de 2020

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta la figura de Abraham.  Abraham es el hombre de fe, que vive en una constante escucha de Dios, que sabe leer sus señales, que acepta las llamadas de Dios y que responde a ellas con una obediencia total y con una entrega confiada en Dios.

La figura de Abraham es una llamada de atención muy fuerte para nosotros que no tenemos tiempo para buscar a Dios, ni para darnos cuenta de las señales que Él nos envía porque estamos muy ocupados en ganar dinero o en nuestros proyectos personales.

Abraham es también el hombre de la confianza en Dios.  Dios le pide que salga de su tierra y de su casa para ir a otra tierra.  Cuando nosotros escuchamos algo así, lo primero que pedimos es garantías.  Garantías para hacer el viaje, garantías de qué vamos a encontrar al otro lado, garantías de que va a mejorar nuestra situación, garantías en definitiva de que merece la pena dejar atrás aquello que en estos momentos nos da seguridad.

Abraham no pide garantías a Dios, él confió en la Palabra de Dios, por ello la fe de Abraham es puesta como ejemplo y modelo para los creyentes.

Nosotros como Abraham avanzamos muchas veces a través de lo desconocido, y debemos conducirnos únicamente por la fe y la confianza en Dios.  Nuestra vida es incierta en muchos momentos. Los planes de Dios nos desconciertan a menudo; parece que a los malvados les va mejor que a los que intentamos ser honestos; somos blancos de las envidias, de las iras, de las injusticias de nuestros enemigos; muchas veces nos vemos acosados y nos sentimos acorralados. Sólo la fe y la confianza en Dios nos ayudan a avanzar. Por muy duras que nos parezca las cosas que Dios nos pide hay que tener confianza en Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo. 

Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la Transfiguración del Señor.  Jesús se revela como “el Hijo amado de Dios”.

Hay muchas ocasiones en la vida en que por diversas circunstancias estamos deprimidos, tristes, con pocas ganas de hacer nada ni de ver a nadie.  Quizás por problemas familiares, laborales, problemas con los hijos, etc., hacen que nos encontremos así.  Pasan los años, aparecen las enfermedades y vamos viendo cómo la vida se nos escapa de las manos.  A veces, hay pocos días buenos o de felicidad.  Nuestra vida transcurre de una manera monótona.  Queremos ser cristianos pero nos da pereza el compromiso.  Y levantamos los ojos al cielo, buscamos una respuesta, nuestro corazón desea paz y felicidad y nos preguntamos: ¿Dónde encontraremos descanso?, ¿Quién nos traerá un poco de consuelo?

Jesús también pasó por momentos difíciles.  Y además sus discípulos no terminaban de entenderlo.  Y Jesús se retira con sus discípulos a la soledad de un monte, para reflexionar, para poner ante Dios su vida, para descubrir cuál es la voluntad de Dios Padre.

Como Jesús, nosotros también somos invitados a buscar esos momentos de soledad y silencio para descubrir la voluntad de Dios.  Buscar a Dios para escuchar la voz de su Hijo.  Buscar a Dios en la oración para poner ante Él nuestra vida, con todas sus grandezas y sus miserias.

Y pedir a Dios su luz, la luz que ilumine y transfigure nuestra vida, para que nuestra luz ilumine y transfigure también a otros.

Por eso, hoy, Dios Padre también nos dice a nosotros: “escuchad a mi Hijo”. 

Escuchar nos resulta más difícil que hablar.  Y sin embargo, es más provechoso escuchar que hablar.  Convivimos sin escuchar, sin valorar lo que los otros nos quieren decir.  Merecen la pena que hagamos el esfuerzo de hacer silencio y escuchar los mensajes que Dios nos envía.

No nos desanimemos en nuestro seguimiento de Jesús.  La Transfiguración es una invitación a no desanimarnos, porque si escuchamos a Dios en nuestra vida, nuestra vida no será nunca un fracaso, sino que un día alcanzaremos la resurrección, la vida definitiva, la felicidad sin fin.

Que esta Cuaresma encontremos momentos para hacer oración y poder así escuchar la voz de Dios.

miércoles, 26 de febrero de 2020


I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


 

El tiempo de Cuaresma que iniciamos es una invitación a revisar cómo va nuestra vida cristiana.  Es una invitación de Dios que nos dice que aún tenemos posibilidad de avanzar más y mejor por nuestro camino de cada día, para vivir más abiertos a Dios Padre, más cercano a Jesús, más confiados al Espíritu Santo.

 
La 1ª lectura del Génesis, nos dice que Dios creó al hombre para ser feliz y para vivir eternamente.  El destino del hombre no es el dolor, el pecado o la muerte.  El hombre fue creado para el Paraíso.  Y el Paraíso es el encuentro feliz del hombre consigo mismo, con el mundo y con Dios.

 
Ahora bien, siempre que prescindimos de Dios y nos encerramos en nosotros mismos, creamos situaciones de egoísmo, de orgullo y de prepotencia y construimos caminos de sufrimiento y de muerte.
 

Dios nos ha creado para la felicidad y Dios tiene un proyecto tanto para el mundo como para nosotros para que seamos felices.  Pero Dios no impone nada y respeta siempre, de forma absoluta, nuestra libertad; sin embargo, nos muestra diariamente el camino hacia esa felicidad que soñó para nosotros.

 
Dios nos ha creado por amor, el fin de nuestra existencia no es el fracaso, la disolución en la nada, sino la felicidad sin fin, la comunión plena con Dios.  Sin embargo constatamos que hay mal en el mundo, pero ese mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo y autosuficiencia.  Cuando el hombre escoge vivir orgullosamente sólo, ignorando las propuestas de Dios y prescindiendo del amor, construye situaciones de egoísmo, de injusticia, de prepotencia, de sufrimiento, de pecado.  ¿Cuáles son los caminos que yo elijo? El camino de Dios es de felicidad, pero cuando elijo mi camino prescindiendo de Dios esa felicidad no se hace realidad en mi vida.

 
La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos propone dos ejemplos: Adán y Jesús.  Adán representa al hombre que ignora las propuestas de Dios y toma decisiones sin contar con Dios; Jesús es el hombre que vive obedeciendo a Dios.  La forma de actuar de Adán genera egoísmo, sufrimiento y muerte; la manera de actuar Jesús crea vida plena y definitiva.

 
Algunos acontecimientos que marcan la historia de nuestro tiempo confirman que una historia construida al margen de Dios es una historia marcada por el egoísmo, por la injusticia, por la prepotencia y, por tanto, es una historia de sufrimiento y de muerte. Cuando el hombre deja de escuchar a Dios, da fácilmente oídos al lucro fácil, destruye la naturaleza, explota a los otros hombres, se vuelve injusto y prepotente, sacrifica en provecho propio la vida de sus hermanos.  Todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.
 

El evangelio de San Mateo, nos presentaba las tentaciones de Jesús.

 
Jesús fue probado con tres tentaciones: la primera que convirtiera las piedras en pan.   Se le propone a Jesús que ponga sus poderes de hijo de Dios al servicio de su egoísmo, que se olvide del hambre de muchas personas y que se olvide de que el hambre se acabará cuando el pan se comparta, cuando los hombres vivan la solidaridad.

 
La segunda tentación es que se tire de lo más alto del Templo para que los ángeles lo recojan.  Es la tentación de querer manejar a Dios poniéndolo a prueba, jugando con Él, sometiéndolo a nuestros caprichos para que haga milagritos espectaculares como si se tratara de un mago.

 
La tercera tentación es ofrecerle al Señor riqueza, poder dominio sobre la gente y los pueblo para que abandone su misión. Se le propone a Jesús que escoja el triunfo sobre la muerte; el dominio sobre la fraternidad; la riqueza sobre la solidaridad, la soberbia sobre el amor.

 
Jesús no sólo fue tentado en el desierto, también durante su vida fue tentado por amigos y enemigos, por los escribas y fariseos que intentaban apartarlo de su misión.
 

Nosotros también somos tentados diariamente.  Cuando tenemos que tomar una decisión importante en nuestra vida, casi siempre se nos ofrecen varias opciones: cumplir nuestro deber aunque sea difícil de hacerlo, o buscar nuestro interés personal.
 

No podemos buscar soluciones fáciles a los problemas, no podemos buscar que Dios nos lo resuelva todo con un milagro, no podemos utilizar a Dios para nuestros caprichos, no podemos utilizar a Dios para servirnos de Él.

 
Hoy también tenemos la gran tentación de considerar como bueno lo que hace o dice la mayoría sin tomar en cuenta lo que dice Dios.

 
La Cuaresma es tiempo para descubrir cuáles son nuestras tentaciones para superarlas.  Dejarlas de lado.  A eso se le llama conversión.  Si no hacemos esto, no tiene sentido la Cuaresma, que debe ser un tiempo para liberarnos de nuestros errores.

 
Las tentaciones es optar por el camino equivocado en nuestra vida. Hoy Jesús nos dice que podemos vencer cualquier tentación que se nos presente, con la ayuda de Dios, para optar por cumplir la misión para la que Dios nos ha dado esta vida y no apartarnos nunca de Él.

 

martes, 18 de febrero de 2020


VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 
Hoy, la Palabra de Dios nos habla a los cristianos de cosas muy importantes: de las condiciones para ser discípulos de Jesús, de ser templos del Espíritu, de la bondad de Dios para con todos y de nuestro comportamiento con los hermanos.

 
La 1ª lectura del libro del Levítico nos decía: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”

 
Cuando oímos hablar de “santidad”, pensamos en lugares lejanos y en personas con estilos de vida bien extraños.  Pensamos que la santidad es para las monjitas, para los sacerdotes y religiosos; pero no para mí, que soy un cristiano normal, que me esfuerzo apenas por vivir como tal.  Además, nos preguntamos ¿cómo se hace uno “santo”?

 
Vosotros los laicos, como los sacerdotes y religiosos estamos llamados a la santidad, es decir “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.  Buscar la santidad es la tarea esencial de un cristiano.  La santidad es indispensable para transformar las familias, la parroquia y la sociedad.  Y para ello el cristiano ha de trabajar por la paz, la solidaridad, frecuentar los sacramentos, hacer oración y vivir la devoción a la Virgen María.

 
Hay que esforzarse por buscar la santidad de vida para poder anunciar al mundo el Evangelio y así dar testimonio de vida cristiana.  Es en el mundo y desde el mundo donde el cristiano tiene que buscar la santidad.  Es en el mundo donde tiene que vivir su fe.  Si queremos que este mundo sea santo, tenemos que empezar por ser santos nosotros.

 
La santidad requiere esfuerzo.  No hay un atajo mágico en el camino hacia el cielo, pero es algo que todos podemos alcanzar.

 
La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos recordaba que somos Templos del Espíritu Santo y que Dios habita en nosotros.

 
Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor.  Queremos sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido con nosotros.  Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle a Dios es el vivir unidos, en comunidad, en la Iglesia, siendo todos, una gran familia.  Por eso nos decía san Pablo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” Es lo que san Pablo les dice a los recién bautizados de la comunidad de Corinto.

 
Todos los bautizados formamos un solo cuerpo, somos parte de la misma comunidad, de la misma parroquia, y estamos llamados a ser un signo de unidad para las personas que conviven con nosotros. “Mirad como se aman”, era la expresión de la gente cuando veían el estilo de vida de los primeros cristianos.

 
El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”.

 
La Ley del Talión decía: “ojo por ojo, diente por diente”.  Esta ley ha quedado totalmente abolida por Jesús.  Sin embargo, y por desgracia, la ley del Talión sigue existiendo en muchas culturas, aunque oficialmente haya desaparecido de nuestro mundo actual, la violencia legalizada sigue estando muy vigente.  Aún existen países donde está en vigor la pena de muerte, donde hay guerras, donde innumerables poblaciones mueren de hambre, donde hay niños condenados a morir en su infancia.  Son las violencias de las desigualdades sociales, las violencias personales, las violencias de género, y tantas y tantas violencias que avergüenzan a nuestro mundo civilizado.

 
Jesús nos dice que amemos a todos, también a nuestros enemigos, sea cual sea su posición política o ideológica.  Nuestros enemigos no pueden seguir siéndolo para siempre, porque ellos también son seres humanos, seres que sufren, que buscan y esperan, como nosotros.  Sí, ya sé que en la mente de muchos de nosotros, al hablar de enemigos, no sólo estarán esas personas molestas y fastidiosas que nos cuesta mucho tratar diariamente con cariño, sino también estaremos pensando en los grandes asesinos, en los narcotraficantes y en los corruptos.  ¿Cómo amar o aceptar a tales personas?

 
Los cristianos tenemos que saber que amar al delincuente injusto y violento no significa dar por buena su actuación injusta y violenta; condenar la injusticia y la violencia no significa que tengamos que odiar a esas personas.  La violencia nunca se solucionará con violencia.

 
El mal, a pesar de las apariencias, siempre será débil.  El odio brota del miedo; la ofensa tiene necesidad de venganza.  En cambio el amor es la única fuerza capaz de cortar de raíz la violencia.  Es urgente un “¡ya basta!” a la violencia y aceptar la propuesta de la no violencia que Cristo nos ofrece.

 
El cristiano es vencedor no cuando consigue quitarle las armas a su enemigo, sino cuando dejando sus propias armas, convierte al enemigo en amigo.  La fuerza del amor es la única fuerza capaz de acabar con el mal y con los enemigos.

 

martes, 11 de febrero de 2020


VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

 
“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras”. Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos... Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.
 

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

 
San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

 
El Evangelio de san Mateo nos dice cuál es la misión de Jesús.  Él no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

 
Jesús dice: “Vosotros habéis oído que no debéis matar, no debéis cometer adulterio, no debéis pelearos con vuestro hermano, etc. pero yo os digo”.  Así Jesús va enumerando 6 formulaciones de la ley del A.T.  Hoy hemos leído 4 y el domingo que viene leeremos las 2 restantes.  Esas 6 formulaciones de la ley van cayendo como 6 piedras que cayesen desde lo alto de una montaña.  Son 6 piedras del legalismo judío que Jesús hace que se caigan, y esto molesta a muchas personas.
 

Desde el monte de las bienaventuranzas, Jesús lanzó 6 piedras que dieron en el blanco de nuestro bienestar, de nuestras seguridades, de nuestros egoísmos, de nuestros compromisos.

 
Esas 6 frases: “pero yo os digo”, tienen una fuerza que cambian el ritmo de todas las cosas.  “Habéis oído que se dijo a los antiguos”, “pero yo os digo”.  Con esto se pasa del legalismo a la ley del amor.

 
Aquellos “pero” de Cristo hicieron temblar a la justicia.  Quitaron las vendas de la hipocresía, deshicieron miles de preceptos, para abrir un camino real a la libertad de los Hijos de Dios.   Esos seis “pero” de Cristo fueron destruyendo el tradicionalismo y la costumbre.

 
Pero los hombres al “pero” de Cristo, pusimos nuestros propios “peros”.  “No matar”, pero, los hombres en ciertas circunstancias y motivos convertimos en lícito el matar, y esto alentó a miles de asesinos y ha habido millones de muertes en nuestro mundo.

 
Cristo dice: “Amad a vuestros enemigos”, pero los hombres en ciertos casos no hacemos respetar esto y por ello se ha desencadenado una salvaje caza del hombre, tan solo porque ese hombre no tiene el color de nuestra piel o no comparte nuestras ideas.

 
Cristo dijo: “Sed perfectos”, y nosotros decimos: pero seamos realistas, tengamos en cuenta nuestra fragilidad humana, y así nos vamos colocando fuera del evangelio.

 
“Vosotros habéis oído”, sí, hemos oído muchas cosas, pero hemos aprendido demasiadas habilidades para hacer que el evangelio no nos estropee excesivamente nuestro sueño o nuestra tranquilidad.   

 
No se trata de no hacer el mal, sino de hacer el bien para manifestar tu amor a los demás. Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, puesto que si amas de verdad estás cumpliendo la ley entera.

 
Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

 

martes, 4 de febrero de 2020


V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 
La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

 
El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo” 
 

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

 
No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

 
Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar...  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo... No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.
 
Después de más de 2000 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

 Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

 
Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo, y también los exhorta a que sean luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida.

Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz.  Si queremos hacer esto hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe, para que el Reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio, incluso en los ambientes adverso, de nuestra fe.  No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la Iglesia nos pide. Hemos de, día a día, ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado.

No podemos se cristianos insípidos, instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.  En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza.

Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad.  Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido.

Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales.  Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas creyendo que así son felices.  Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no sólo en ellos mismos.

Como cristianos no podemos esconder nuestra fe en la vida privada, no podemos actuar desde la sombra para que no nos vean.  Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia.  Seremos, pues, luz, cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana no sólo aquí en la Iglesia sino en cualquier lugar.  No lo olvidemos: no nos avergoncemos de lo que somos, y somos sal y luz del mundo.