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lunes, 8 de marzo de 2021

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Estamos ya en el cuarto domingo de cuaresma y las lecturas nos hablan del amor de Dios por su pueblo.  Las lecturas de hoy son un canto de alegría al mostrarnos que el amor de Dios por nosotros no sólo lo manifestó en palabras, sino con obras, al enviar a su Hijo para nuestra salvación. Por eso a este domingo se le llama “laetare”, es decir, el domingo de la alegría.  


La 1ª lectura del segundo libro de las Crónicas nos ha narrado cómo los israelitas había sido infieles a Dios y a su alianza y no habían escuchado a los profetas.  Por eso perdieron su templo y su patria y se convirtieron en esclavos.  Pero Dios que es misericordioso, después de 70 años regresaron a Israel y construyeron un templo símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.


La actitud permanente de Dios es compadecerse del pecador y del pueblo pecador porque el amor de Dios es incondicional; la actitud del pueblo pecador es obstinarse en el pecado cada vez más.


No siempre el pueblo de Israel respondió con fidelidad a Dios. La historia de Israel, como seguramente también la nuestra, es una historia de idas y retrocesos, de pecado y conversión y vuelta al pecado. Hay épocas en nuestra vida de gran crecimiento religioso, de entusiasmo personal y colectivo; y otras épocas de caída, de enfriamiento o de guerra contra Dios.


Si en nuestro mundo existe el mal es porque abandonamos a Dios; si existe corrupción e injusticias es porque abandonamos a Dios, nuestras infidelidades y nuestros pecados están llevando a este mundo a la ruina.  Todo el mal, la corrupción de tantas personas, tanto mal que hay en el mundo se puede evitar si dejamos de pecar.  Dios confía en nuestra fidelidad a Él, Dios confía en nosotros, Dios espera mucho de cada uno de nosotros.  Mantengámonos siempre fieles a Dios.


La 2ª lectura, de San Pablo a los Efesios nos dice que el amor de Dios por nosotros es tan grande que por eso estamos vivos con Cristo y muertos al pecado, y a tanto amor nuestra respuesta deber ser convertirnos a Él.


Dios es misericordioso y, por ello, nos ofrece la salvación, que no es un merecimiento nuestro, sino un efecto del amor de Dios a nosotros.  Ahora bien, nadie puede ser salvado si no quiere. Nosotros no podemos acudir a Dios con exigencias. Lo único que podemos presentar ante Dios para recibir el regalo de la salvación es nuestra profunda pobreza y el deseo de ser salvados por Él.


Los cristianos estamos llamados a vivir siempre alegres, porque la esencia de nuestra vida está en el hecho de que Dios nos ha amado con un amor individual y personal, particularmente a cada uno de nosotros. Y Jesús no deja de amarnos, ni nos abandona, ni se olvida de cada uno de sus hijos, ni aún en los momentos de mayor ingratitud de nuestra parte ni cuando nos apartamos de sus enseñanzas y recorremos la vida por caminos totalmente opuestos a los suyos.  El verdadero amor nunca pasa de moda ni se acaba.  Por eso Dios nunca pasa de moda, es eterno, porque Dios es amor.  


El Evangelio de san Juan nos muestra un diálogo de Jesús con Nicodemo. El diálogo concluye diciendo Jesús: “el que obra la verdad se acerca a la luz”.


Estas palabras son un resumen del mensaje que Jesús ha venido a traernos y expresan los deseos de los seres humanos: buscar la verdad, buscar la luz en medio de las tinieblas del vivir diario.  Todos buscamos la verdad, la luz que ilumine nuestra vida, pero no siempre estamos seguros de encontrarla.  Jesús nos dice hoy: el que busca la verdad, encuentra la luz.


En nuestra vida hay momentos de seguridad, de confianza, pero también hay momentos de dudas y de confusión, de no saber qué hacer.  Cuando nos pase eso, Jesús nos dice que busquemos la verdad y llegaremos a la luz.  Pero la verdad no es un archivo de documentos que se guarden en una caja fuerte o una mina que haya que descubrir y explotar.  La verdad es lo que Jesús le dice a Nicodemo: “Yo soy la Verdad enviada por Dios, el amor de Dios que nos salva, que nos lleva a la verdad, el que actúa con verdad, llega a la luz”.


La Verdad es vivir conforme a la luz que Jesús nos trae, es vivir como Dios nuestro Padre desea: amando a los hermanos.  La verdad tiene que ser llevar a cabo en nuestra vida los proyectos y deseos que Dios quiere que hagamos y que vivamos fieles al amor a Dios y a los hermanos.


Buscamos la verdad cuando huimos de las tinieblas, del odio, de la violencia, del egoísmo; buscamos la verdad cuando huimos de la mentira.  Buscamos la verdad cuando trabajamos por la justicia, la paz, la honradez; cuando ayudamos a quien lo necesita.  Buscamos la verdad cuando somos fieles a los compromisos que hemos hechos con Dios.


Preguntémonos hoy: ¿buscamos la verdad en nuestra vida o hemos convertido nuestra vida en una mentira?  ¿Educamos a los niños, y a los jóvenes a vivir en la verdad o los hacemos cómplices de nuestras mentiras?  Si nosotros no los enseñamos y los educamos a vivir en la verdad, ¿Quién lo hará?


Nosotros seremos verdaderos cristianos cuando optemos por la verdad, cuando nuestra fe sea verdadera, porque una fe verdadera hace personas más honestas, misericordiosas y justas. Personas que optan por la vida, la luz y la verdad.



lunes, 1 de marzo de 2021

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

La Cuaresma es un tiempo de conversión y renovación.  Dios siempre está preocupado por conducirnos a una vida nueva, por eso las lecturas de hoy nos hablan de lo que tenemos que hacer para alcanzar la vida nueva que Dios nos ha prometido.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos trae la formulación de los diez mandamientos. Los 10 Mandamientos nos manifiestan la preocupación de Dios por orientar la conducta de su pueblo por el buen camino.

Cuando se piensa hoy en día en “ley”, en “mandamientos”, inmediatamente se nos ocurre pensar en restricciones a la libertad que ¡tanto! apreciamos y defendemos. Y no es así. Como nos dice el Salmo de hoy: “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma…  y alegran el corazón… y da luz a los ojos”. 

Los 10 mandamientos son “¡leyes de vida y de libertad! Si el pueblo observa la Ley de Dios, conocerá la libertad para siempre”.  Si revisamos bien los Diez Mandamientos, éstos son, como dice el Salmo, una guía invalorable para andar en el camino. Son una síntesis del amor a Dios y del amor al prójimo, y contienen exigencias mínimas para que la sociedad funcione debidamente. 

Los 10 Mandamientos: “salvan al ser humano de la fuerza destructiva del egoísmo, del odio y del engaño. Nos libran de la codicia de poder y de placer que altera el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad y la de nuestro prójimo”.

Los primeros mandamientos, regulan las relaciones del pueblo con Dios: Él será el único Dios; ninguna imagen podrá sustituirlo; su nombre será respetado; se le consagrará un día de descanso semanalmente. Los restantes mandamientos regulan la convivencia entre los miembros del pueblo: el respeto a los padres, a la vida, a la relación hombre-mujer, a los bienes y a la fama. Todo ello basado, no solamente en unas “medidas de buena convivencia social”, sino en la fe en un Dios único que pone las bases a un código moral de respeto mutuo y de salvación.

Dios nos hizo libres: para escoger el bien en cada situación, no para elegir el mal. Y los Mandamientos de Dios son esa guía hacia el bien. Y siguen vigentes hoy y siempre, porque la Ley de Dios, como nos dice el Salmo, “es santa y para siempre estable”.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos invita a descubrir que la salvación, la felicidad no se encuentra en el poder, en la riqueza o ser importantes ante el mundo, sino en la aceptación de la cruz, es decir, en amar, en poner nuestra vida al servicio de los sencillos y humildes.

Los seres humanos buscamos, muchas veces, seguir a líderes vencedores, que se imponen a la fuerza y que muestran su poder y su sabiduría, a veces incluso con prepotencia; sin embargo, Dios se nos muestra en la figura de Jesús, abandonado por sus amigos, condenado por las autoridades y muerto en la cruz.  Si Dios se manifiesta así, no busquemos nosotros ser importantes, ni tener autoridad, ni ser protagonistas; busquemos el escándalo de la cruz para obtener la felicidad y la vida en plenitud.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús expulsando a los vendedores del templo.  Este evangelio de hoy es para criticar cierto tipo de religiosidad.  No se viene a la Iglesia para obtener una especie de impunidad, para comprar un buen puesto de seguridad.  Hay que convertirse.

Con Dios no se comercia.  No se enderezan las cosas equivocadas, rezando un padrenuestro.  Las cosas incorrectas sólo se enderezan mejorándolas.  

En el mercantilismo religioso caemos todos. Qué son si no esas promesas que hacemos de dar una limosna, de comulgar todos los días una temporada, de dejar de beber, Si… nos sale bien un examen, un negocio, un asunto cualquiera. Y a que vienen nuestros enfados con Dios cuando no nos concede lo que le pedimos. Enfados que mostramos en esas frases tan repetidas: “con lo que se lo he pedido al Señor y no me oye”. Y esos enfados nos separan del Señor.

No está mal pedir, “pedid y recibiréis”, dice el Señor, pero no podemos convertir a Dios en una gran tienda en la que en cada sección encontramos lo que buscamos. Si fuéramos a visitar a nuestros padres sólo cuando vamos a pedirles dinero, seríamos unos aprovechados y poco amor verdadero habría allí.

No se puede venir a la Iglesia y después continuar robando, explotando, levantando falsos contra el prójimo.  No se puede ser sincero con Dios cuando se engaña a los semejantes.  Dios no acepta que estemos hincados de rodillas en la iglesia, si después pisoteamos la justicia.  No se va a la Iglesia para huir de esta vida, sino para tomar conciencia de nuestras responsabilidades.

Un culto a Dios que no esté basado en la justicia, la honradez y la caridad hacia el prójimo, es un culto falso y mentiroso.

Jesús quiere desenmascarar la hipocresía de muchas actitudes religiosas.  Jesús quiere que modifiquemos nuestra conducta, que le demos a Dios un culto verdadero.  Nosotros no somos perfectos, pero Jesús nos pide que seamos sinceros en nuestra relación con Dios.

lunes, 22 de febrero de 2021

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Las Lecturas de este Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma nos hablan de cómo debe ser nuestra respuesta al llamado que Dios hace a cada uno de nosotros y cuál será nuestra meta, si respondemos al llamado del Señor. 

La 1ª lectura del libro del Génesis, nos presenta a Abraham siendo probado en su fe y en su confianza en Dios. 

Abraham es nuestro padre en la fe.  Él tuvo una fe inconmovible, una fe a prueba de todo, y esa fe lo llevaba a tener una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega en la voluntad de Dios.

A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: “Deja tu país, deja tus parientes y deja la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré”.  Y Abraham sale sin saber a dónde va. Deja todo, renuncia a todo: patria, casa, familia, estabilidad, etc. Confía absolutamente en Dios y se deja guiar paso a paso por Dios.  Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo.  Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo único, con tal de obedecer a Dios.  Dios exige y exige el máximo de nosotros.  Puede exigirnos porque Él siempre nos da el máximo.

A nosotros también, esta cuaresma se nos llama a fortalecer nuestra fe en Dios. Se nos pide una fe adulta, firme, serena. Una fe que aprenda a centrarse en lo fundamental, que no abandone a las primeras de cambio. Una fe valiente para afrontar, desde la confianza en Dios, todas las etapas de la vida.  Abraham es un buen ejemplo para nosotros que tenemos, a veces, una fe débil y poca confianza en Dios.   

Por eso, en esta cuaresma veamos qué personas y qué cosas nos hacen apartarnos de Dios y alejémonos de ellas, aunque nos cueste, pero es preciso que nos esforcemos esta cuaresma en que Dios ocupe el lugar más importante de nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos recuerda cómo Dios nos ama con un amor inmenso y eterno.

Nos decía hoy san Pablo: “El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”.  Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado”.  

Ante tanto amor, ¿cómo podemos permanecer insensibles?, ¿cómo podemos caminar de espaldas a Dios?, ¿cómo podemos vivir una vida tan mediocre y tranquila?, ¿cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres egoístas, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor herido, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento.  Dios nos ama y cuando seamos conscientes de este amor podremos enfrentar sin miedo cualquier adversidad que se nos presente en la vida.

El Evangelio de San Marcos, nos ha presentado el episodio de la Transfiguración de Jesús.  Superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar y se escucha la voz de Dios que dice: “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

También a los cristianos se nos ha olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe. Si comenzamos a escuchar de verdad a Dios, podemos estar seguros que estamos en el camino correcto para alcanzar la salvación.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser sorprendente.  Su persona se nos escapa. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades y nos damos cuenta que Jesús quiere conducirnos hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Escuchar y encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con Él y desde Él cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Escuchar a Jesús es darnos cuenta que ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestros pecados.

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.  Quizás tengamos que empezar por pedirle a Dios: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

Ojalá, pues, queridos hermanos, que siempre estemos dispuestos, como Abraham, como tantos otros, a escuchar a Cristo en esta cuaresma.

lunes, 15 de febrero de 2021

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Un año más, iniciamos este tiempo de gracia que es la Cuaresma.  La Cuaresma es la gran invitación que Dios nos hace a dejarnos amar por Él.  Por eso debemos aprovechar este tiempo especial para dar frutos de conversión.  Esta Cuaresma debe ser para nosotros un tiempo de cambio.  A veces nos cuesta creer en la posibilidad de cambiar.  Parece difícil poder cambiar.  A veces nos parece imposible.  Quizás alguna vez lo hemos intentado.  Pero lo más importante para cambiar es fiarse de Dios.  Para Dios nada hay imposible.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos ha hablado del diluvio universal.  Sólo Noé y su familia se salvaron de este diluvio por su fidelidad a Dios.

Dios tiene que intervenir en el mundo porque la humanidad se había alejado de Dios y vivía en pecado.  Dios tiene que intervenir para corregir a la humanidad, porque el pecado es incompatible con Dios.  El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

Después del diluvio comienza una nueva etapa para la humanidad, una etapa en la que se hace presente la bendición de Dios y el compromiso de fidelidad manifestado por Noé.

La Cuaresma es tiempo propicio que debemos aprovechar para: el reconocimiento de nuestros pecados y el ruego de perdón a Dios mediante el Sacramento de la confesión, la acogida de la Palabra de Dios, del Evangelio de Jesús, como Buena Noticia, frente a las desconsoladoras noticias de cada día, intensificar la oración y la recepción de los Sacramentos que, en estos días, serán como el “Arca de Noé” que nos llevará a vivir una vida nueva más cerca de Dios nuestro Padre.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro nos recuerda que con la muerte y la resurrección de Jesús, Dios hace un nuevo y definitivo pacto con los hombres, pacto que queda sellado con el sacramento del Bautismo. 

El agua del diluvio fue el elemento purificador del mundo, y el arca fue el instrumento por medio del cual Noé y su familia salvaron la vida.  Nosotros, por el agua del bautismo somos purificado del pecado y formamos parte de la vida de Dios; una vida nueva que podemos disfrutar gracias a la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Si el arca de Noé tuvo que realizar una travesía por medio de las aguas del diluvio, nosotros hemos hecho también una travesía desde la orilla del pecado hasta la cercanía con Dios, por medio de Jesús.  Este camino no es fácil, por eso san Pedro nos invita a mirar el ejemplo de Jesús que sufrió siendo inocente para salvar a los culpables.

Ahora, en esta Cuaresma, se nos ofrece la posibilidad de caminar durante 40 días hasta la alegría de la Pascua, símbolo de nuestra llegada a puerto. Y será travesía de tranquilidad si la realizamos de la mano del Señor por medio de la oración, los Sacramentos, y el compromiso cristiano de fidelidad a Dios.

El Evangelio de san Marcos nos ha narrado las tentaciones de Jesús en el desierto y la llamada a la conversión.

El hombre moderno ha ido perdiendo el “sentido de Dios” pero esta pérdida de fe religiosa no le ha hecho ser más humano. Para el hombre no tendrá sentido el Evangelio como Buena Noticia, mientras no llegue a aceptar la invitación de Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio”.  La Cuaresma nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos y, al reconocernos pecadores, a dar un salto hacia adelante para alcanzar el perdón de Dios por medio de una sincera conversión.

¿Y cómo podemos arrepentirnos, sino escuchamos a Dios?  ¿Y cómo podemos escuchar, si no hacemos silencio en nuestro corazón? Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús, a cambiar, a renovarnos, a revisar la gracia de nuestro bautismo, a morir al pecado y resucitar a Cristo.

Tengamos confianza en Dios.  Arrepintámonos de todo nuestro mal, de todo lo que impide que seamos auténticos hijos de Dios.  Y si hacemos esto, Cristo vencerá el mal que hay en nosotros y nos ayudará a que nos convirtamos. En esta Cuaresma debemos ver todo lo que hay de desorden en nuestras vidas y ordenar nuestras vidas según los criterios del Evangelio.

Mirando a nuestro alrededor vemos que los hombres están insatisfechos, pero no se sienten pecadores. Por eso la Cuaresma y la invitación al arrepentimiento y conversión resultan incomprensibles e inaceptables para muchos.

No ha de ser así entre nosotros. Para disfrutar la alegría del perdón y el gozo de nuestra liberación, tenemos que reconocer nuestra condición de pecadores. Daremos un paso adelante en el camino de la conversión si hacemos de la Cuaresma un verdadero camino en el que facilitemos un mayor encuentro con Dios por la oración, los Sacramentos y la vida austera.

La Cuaresma es para preguntarnos ¿quiero hacer caso a Cristo?  ¿Quiero escuchar su predicación, acoger su reino y creer de verdad? 

Dejemos que hoy Cristo nos hable.  No nos hagamos los sordos.  Ojalá que hoy lo escuchemos y le hagamos caso.

lunes, 8 de febrero de 2021

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos presenta a un Dios lleno de amor, bondad y ternura, que nos invita a nos excluir a nadie, a no marginar a nadie por ningún motivo, sino que nos aceptemos todos ya que todos formamos parte de la comunidad cristiana.

La 1ª lectura del libro del Levítico nos describe el proceso por el que un “leproso” era declarado impuro y separado de la comunidad de Israel.  El leproso era un marginado, un excluido de la sociedad, para todos los efectos, era una persona muerta en vida.

Cuando una persona tenía lepra, se pensaba que era porque él o sus padres eran pecadores y por lo tanto la lepra se veía como un castigo de Dios.  Hoy también nos encontramos con personas que ante una enfermedad, o una desgracia piensan que es un castigo de Dios y llegan a decir: “¿Qué habré hecho yo para merecer esto, Señor?”

Ni la enfermedad, ni las desgracias son queridas por Dios, son consecuencia del mal uso de nuestra libertad y de las limitaciones humanas.  Pero Dios no castiga a nadie con la enfermedad o la desgracia.  Por ello, no marginemos a nadie porque sufre alguna enfermedad o desgracia.  Como cristianos estamos llamados a acercarnos a todos y tender la mano a los que más nos necesitan y hacer como Jesús, acercarnos, con amor, a los enfermos y marginados y ofrecerles nuestra ayuda.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos decía: “hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios” Si este principio cristiano, lo llevásemos todos a la práctica, evitaríamos muchísimos problemas en nuestra convivencia familiar, laboral y social.

Si todo lo que hacemos, si nuestro estilo de vida, si nuestra manera de relacionarnos con los demás y con las cosas, si todos nuestros pensamientos fueran para mayor gloria de Dios, ¡que diferente sería este mundo! ¡Qué diferente serían nuestras relaciones con los demás!

Hacer todo para darle gloria a Dios, no es una tarea fácil, porque para ello tendríamos que ser capaces de prescindir de nuestros intereses egoístas y personales para dar prioridad a los planes y proyectos de Dios. 

Hay personas que creen que en la Iglesia hay que ser muy buenos pero en la calle hay que hacer lo que hace la mayoría o lo que está de moda.  Nos damos la paz en la Iglesia pero al salir a la calle somos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos y si no lo hacemos directamente, colaboramos con empresas o situaciones que sí lo hacen.

Como cristianos tenemos que renunciar a nuestros intereses personales o incluso a nuestros derechos, si estos van contra cualquier ser humano y hacer todo para gloria de Dios, es decir actuar siempre con amor y caridad hacia el prójimo.

El Evangelio de San Marcos nos presenta la actitud de Jesús con un leproso. Jesús “Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero: queda limpio»”. 
Jesús se acerca a todos y deja que todos se acerquen a Él.

Cristo no admite divisiones, ni exclusiones. Algunas personas se apartan de los marginados; les incomoda la presencia del enfermo, del pobre, del marginado. Preferimos que estén lejos, no queremos cerca el contacto directo con el dolor y la miseria, evitamos la relación y contacto con los que sufren. Existen entre nosotros muchas “lepras” que hacen infelices a los hombres y mujeres y los sitúan en el grupo de los marginados. Hay quienes nos incomodan, molestan, y preferimos no verlos y su única desgracia es sufrir injusticias y tragedias sociales.

Pero hay también otros, que nos incomodan y molestan, y preferimos no verlos. Son los que no piensan como nosotros, los que tienen otra visión de la vida cultural, social, económica o política.

Nos separamos, nos protegemos detrás de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestros intereses, de nuestras ideologías, y nos defendemos de sus ideas, de sus intereses, de sus ideologías. Así nuestra sociedad aparece dividida, separada en grupos cerrados, no se tiende la mano, los grupos tratan de ignorarse. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a los “nuestros”, a los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia.  Hay personas con las que no nos gustan que nos vean, con las que no hablamos y si hablamos… a veces sería mejor que guardáramos silencio.  Hay grupos sociales, políticos e incluso religiosos que se ignoran. 

Claro que no todos tenemos que pensar igual, ni tenemos que formar parte de los mismos grupos sociales, políticos, religiosos, por supuesto que no, pero, al menos, hemos de mantener el respeto a las opiniones y actitudes de los demás.

Dios nos ha dado libertad para pensar, para ser diferentes. No ha querido clonarnos, nos ha hecho así, limitados pero libres y con nuestra libertad hemos de empeñarnos por trabajar todos juntos por el desarrollo y el progreso de nuestro mundo, buscando lo que nos une y no lo que nos separa. Dispuestos a ayudar sobre todo a los castigados por la vida

Jesús, curando al leproso nos enseña que el amor no margina a nadie.  No marginemos nosotros a nadie por su ideología, o su manera de pensar.

lunes, 1 de febrero de 2021

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

El Señor nos ha hecho para ser felices, pero vemos que en nuestra vida hay cruces y hay dolor.  Las lecturas de este domingo son una respuesta para luchar contra el mal y cómo sobrellevar el dolor.

La 1ª lectura del libro de Job nos habla del sufrimiento y de sus consecuencias en nuestra vida.

Hay tanta gente que sufre hoy en nuestro mundo: pobres que no tienen lo suficiente para vivir; drogadictos que han perdido su ilusión por superarse y vivir con dignidad; inmigrantes que vuelven de nuevo a sus casas porque no encuentran trabajo para sustentar a sus familias; ancianos que viven con una pensión tan insuficiente que no tienen para poder vivir; jóvenes que no encuentran sentido ni futuro para vivir; trabajadores que viven estresados porque tienen que trabajar doce o más horas diarias para enriquecer más a sus patronos; hombres o mujeres que viven el engaño y la infidelidad de su cónyuge. Hay tanta gente que ha perdido la esperanza y el rumbo de su vida y no saben para qué vivir así.

Hoy, como nunca, tenemos tantas medicinas y remedios para las enfermedades, y sin embargo el hombre sigue sufriendo y sigue enfermo.  La peor enfermedad que vive el hombre de hoy es la desesperanza, el desgarro del corazón.

Ante tanto dolor y sufrimiento, ante tanta desgracia, quizás nos preguntemos: “¿Por qué no hace algo Dios para solucionar todo esto?”  Jesús ha venido a sanarnos, a curarnos, pero ha venido a decirnos que nosotros como cristianos no podemos ser indiferentes ante el sufrimiento humano, que nosotros si vivimos como auténticos cristianos podemos solucionar el problema del mal y del dolor del ser humano. Aprendamos a confiar en Dios y poner nuestro granito de arena en buscar soluciones ante tanto mal como existe hoy en nuestro mundo, no seamos indiferentes, no esperemos que sean otros los que solucionen estos problemas.  De nosotros depende erradicar el mal de nuestro mundo con la ayuda de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos recuerda la obligación que todo bautizado, tiene de evangelizar.

Evangelizar no es un capricho, o un sin tengo tiempo, evangelizar es un deber que todos tenemos de proclamar la Palabra de Dios. 

Hay que evangelizar no sólo para liberar al hombre del pecado y se acerque a Dios, sino que hay que evangelizar también para acabar con los males que existen en nuestra sociedad.  Muchos de los males y de los antivalores que se viven hoy en día es porque los cristianos, por miedo o por vergüenza no evangelizamos, no damos testimonio de nuestra fe.  Muchos creen que con rezar y decir “soy bueno, no le hago mal a nadie” ya es suficiente. 

Evangelizar es liberar al hombre del pecado, pero es también liberar a nuestro mundo del mal y de sus consecuencias con nuestro testimonio y con nuestro estilo de vida cristiana.  Recuerden lo que hoy nos decía san Pablo: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”

El Evangelio de san Marcos nos decía que “Jesús curó a muchos enfermos de diverso males”.

Jesús siempre estuvo cercano a los enfermos, al dolor humano, sea por enfermedad, desgracia o por el mal que causamos a otros seres humanos por culpa de nuestro egoísmo y de nuestras injusticias.

La enfermedad y el dolor no es algo que Dios quiere para nosotros.  La enfermedad y el dolor son parte de los límites que tenemos los seres humanos.  Somos seres limitados, sólo Dios es el ser perfecto.  Por eso, aunque Jesús curó a muchos enfermos, a nosotros nos toca hoy seguir luchando contra el mal, contra la enfermedad.

Dios, no desea ni quiere la enfermedad ni el dolor porque Dios es amigo de la vida, y ama apasionadamente la felicidad, la salud, el gozo y la plenitud de los hombres.

Por eso, es preocupante ver, hoy, con qué facilidad nos hemos acostumbrado a la muerte: la muerte de la naturaleza destruida por la contaminación industrial, la muerte en las carreteras, la muerte por la violencia, la muerte de los que no llegan a nacer, la muerte de las almas.

Es desalentador observar con qué indiferencia escuchamos cifras aterradoras que nos hablan de la miseria de algunos países del mundo, y con qué pasividad contemplamos la violencia callada, pero eficaz y constante, de estructuras injustas que hunden a los débiles en la marginación.

Por todas partes se gritan reivindicaciones insolidarias. Cada uno reivindica para sí. Los dolores y sufrimientos ajenos nos preocupan poco. Cada uno parece interesarse sólo por su problema, su convenio colectivo, su bienestar y seguridad personal.

La apatía se va apoderando de muchos. Corremos el riesgo de hacernos cada vez más incapaces de amar la vida y conmovernos con el que no puede vivir feliz.

Como cristianos tenemos que trabajar siempre por la vida, por buscar la felicidad para todos los seres humanos, para que el amor sea la norma de nuestra vida.

lunes, 25 de enero de 2021

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son una invitación a escuchar la Palabra de Dios y a evangelizar nuestro mundo. 

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos habla de la institución de los profetas por parte de Dios.

Hay muchas personas que recurren a la brujería, a los adivinos y a la magia para conocer su futuro o lo que Dios desea de uno.  Cuánta gente que se dicen adivinos se aprovecha de la ignorancia de la gente y se enriquecen a costa de ellos.  Por eso Dios no acepta y prohíbe la práctica de toda brujería, adivinación o hechicería.  Si queremos conocer los designios y deseos de Dios, Dios mismo ha instituido a los profetas.

El profeta no es un adivino, sino alguien que habla en nombre de Dios.  Ser profeta no es una vocación que uno elige, sino que se es profeta porque Dios lo llama a uno a ser profeta.  Es Dios el que lo elije, es Dios el que lo envía.  El profeta es un instrumento a través del cual Dios actúa en el mundo.

Ser profeta no es un pasatiempo ni un compromiso para los ratos libres; no es cruzarse de brazos y dejar que todo siga igual.  No se es profeta para beneficio propio, ni para venderse a los poderes del mundo, ni para sacar beneficio, ni para ser admirado, ni para conseguir fama, ni para obtener aplausos.

El profeta tiene que estar siempre al servicio de Dios, de los planes de Dios, de la verdad de Dios, y no al servicio de planes personales, interesados y egoístas de nadie. Por eso el verdadero profeta resulta incómodo muchas veces, porque señala todo aquello que está mal, porque critica la injusticia, la desigualdad, los atropellos a la dignidad humana, la opresión y el abuso de los fuertes sobre los débiles; porque denuncia el conformismo y la apatía.

Los que escuchan el mensaje de un profeta, los que escuchan su palabra tienen que acogerla como palabra del mismo Dios; por su parte el profeta debe ser fiel a lo que Dios le dice; jamás hablar en nombre propio ni de otros intereses.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios desarrolla una catequesis sobre los diferentes estados de vida en los que el cristiano puede vivir plenamente su fe en el Señor.

La comunidad de Corinto, preocupada por opiniones adversas al matrimonio, le pregunta al apóstol Pablo: ¿Sería preferible no casarse? Para Pablo lo importante es que cada persona de la comunidad cristiana se sienta a gusto y motivada para servir.  Los hombres y las mujeres tienen pleno derecho de elegir libremente entre ambos estados de vida: matrimonio o celibato.  Ambos son, igualmente, dones de Dios.

El Evangelio de san Marcos afirma por dos veces que Jesús enseña con autoridad.

Jesús convence porque habla, no de memoria, sino de corazón, con sinceridad, sintiendo lo que dice, siendo fiel a Dios que los inspira.  Jesús enseña con autoridad porque nos dice las verdades, por dolorosas que éstas sean y porque nos revela la verdad de Dios Padre.  Solo se puede hablar con autoridad si somos fieles a la verdad que Dios quiere que proclamemos.

No podremos convencer a nadie si sólo decimos palabras pasajeras.  Como Jesús tenemos que proclamar la verdad revelada por Dios aunque esa verdad vaya contra corriente en un mundo que no quiere oír la Palabra de Dios.  Como Jesús, debemos acompañar las palabras con obras concretas que muestren el amor de Dios.  Sólo así podremos hablar con autoridad.

A todos, de alguna manera nos toca ser educadores, sea en la familia, en la escuela, en la Iglesia, etc., pero la pregunta es: ¿Cómo enseñamos?

Los jóvenes necesitan maestros que transmitan un mensaje válido, un mensaje que no sea sólo palabras sino que vaya acompañado con el testimonio de nuestra vida, sólo así podremos enseñarles con autoridad.

¿Puede tener autoridad quien se limita a repetir lo que ha leído o escuchado sin hacerlo suyo en su propia vida?  ¿Qué autoridad pueden tener muchos papás, maestros, religiosos o políticos si sus palabras no están acompañadas de un testimonio de honestidad y de responsabilidad personal? 

Qué triste es que los jóvenes no encuentren maestros con autoridad a quienes poder escuchar, de quienes poder aprender lecciones de vida.  Qué triste que la enseñanza sólo sea para transmitir datos, cifras, teorías, técnicas y que no ofrezcamos respuestas a las preguntas más inquietantes del ser humano.

Educar es ante todo tarea de los padres, sobre todo en una sociedad con unos medios de comunicación con un poder increíble de seducción, de manipulación. La familia es así la mejor escuela para el afianzamiento de la personalidad de los hijos, para “enseñar con autoridad”, autoridad no sinónimo de imposición, de violencia, sino de respeto, de verdadero aprecio.

Que lo que enseñemos nosotros sea también algo que brote de lo más sincero de nuestra persona. Así enseñaremos también con autoridad.