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lunes, 13 de diciembre de 2021

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

Celebramos el último domingo de Adviento y la liturgia nos propone a María como modelo de fe y de esperanza en el Señor.  Igual que ella se preparó para recibir a Jesús, así nos tenemos que preparar nosotros.

La 1ª lectura del profeta Miqueas nos dice que del pueblito de Belén nacerá el Mesías que viene a traernos la paz y la liberación.

Ahora que se acerca la Navidad, hemos de preparar nuestro corazón para celebrar con gozo y profundidad la venida del Liberador. Para ello, mientras que mucha gente se preocupa únicamente de comprar, regalar, felicitar, preparar su casa y adornarla, programar comidas y viajes, nosotros, sin despreciar nada de todo aquello, pondremos nuestra determinación más generosa en prepararnos nosotros mismos por dentro, mientras pedimos con perseverancia al Señor que nos renueve y nos permita ver el resplandor de su mirada, para que seamos salvados.

A pesar del egoísmo y del pecado de los hombres, Dios continúa preocupándose por nosotros, queriéndonos indicar qué caminos recorrer para encontrar la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los hebreos nos propone algo esencial para vivir auténticamente nuestra fe: Dios ya no quiere ni holocaustos, ni sacrificios, ni víctimas expiatorias sino nuestra obediencia; no quiere nuestra “muerte” sino nuestra liberación; no quiere nuestra “sangre” sino nuestro amor hasta la sangre. Dios no quiere tus cosas, Dios te quiere a ti, que le ofrezcas tu persona, que le llegues a decir: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”

El Evangelio de San Lucas nos presenta el encuentro de dos mujeres embarazadas: María e Isabel.  Dos mujeres que se abrazan y se llenan de alegría por las maravillas que Dios ha hecho con ellas.

María va a la montaña a ayudar a su prima Isabel, que ya mayor, espera su primer hijo. En aquel encuentro emocionado en el que cruzan palabras tan bellas, Isabel  le dice: “dichosa, feliz tú porque has creído”.

Estamos en puertas de la Navidad y estamos inmersos en esta tensión de buscar regalos y compras y preparar la fiesta y desearnos felicidad en estos días. Tal vez nos preguntamos por qué, ¿por qué una sociedad cada día más secularizada celebra con tanto entusiasmo una fiesta cristiana, una de las más significativas de nuestra religión, cuando el hijo de Dios aparece hermano de los hombres, igual a nosotros? ¿No será que en el fondo deseamos y necesitamos ante todo ser felices y que esperamos serlo estos días con todo lo que damos y recibimos y el adorno de nuestras casas y la música y  todo eso?

Pero nosotros, que pretendemos ser cristianos, en víspera de la Navidad, es fácil que nos preguntemos si de verdad estamos celebrando la verdadera navidad y cómo celebrarla.

El evangelio de san Lucas que hemos escuchado nos sitúa en el verdadero camino. Estas dos mujeres son felices y proclaman su felicidad, ¿qué han hecho? María, después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador, se pone en camino y marcha aprisa junto a su prima, que necesita en estos momentos de su cercanía, de su ayuda: este es uno de los rasgos más característicos del cristiano, lo primero que nos va a pedir ese hijo suyo es acudir junto a quien puede estar necesitando nuestra presencia.

Hay una manera humana y cristiana de vivir que debemos recuperar en nuestros días y consiste en “acompañar a vivir” a quien lo necesite, a quien se encuentre hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de la vida. Cuántos viven así.

María no va a la montaña en busca de su felicidad, va a ayudar a su prima, que la necesita y en esa ayuda encuentra la felicidad profunda del espíritu, el ser feliz.  El compartir genera alegría. El compartir en verdad produce un efecto de satisfacción y de alegría que viene directamente de Dios. Y tal vez, el no compartir nos empequeñece, nos desasosiega, nos avergüenza.

María en su visita a Isabel  nos dice que solo se puede ser alegre ayudando a quienes nos necesitan, en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros. Por eso, no pretendamos ser felices solos.

Aprovechemos estas fiestas para crear solidaridad y generosidad entre todos los que convivamos. 

Antes de entrar a celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, es bueno que miremos a María, protagonista de la Navidad, para imitarla.  Hemos de imitar a la Virgen en su fidelidad a la voluntad de Dios. Hemos de imitar a la Virgen en su disponibilidad para servir a todos. Hemos de imitar a la Virgen en su dicha, en su alegría

Sigamos los pasos de María y con seguridad que alguien nos dirá: “feliz tu porque has creído en  el mensaje de hoy”

lunes, 6 de diciembre de 2021

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el

Cada año, este tercer domingo de Adviento nos invita a la alegría.  Por eso, en la tradición litúrgica de la Iglesia se ha conocido este domingo como el Domingo “Gaudete”.  En este domingo, ya no solamente se nos invita a prepararnos a la Navidad mediante un cambio de vida y de mentalidad; sino que se nos invita a prepararnos con “alegría” porque el Salvador está cerca.

La 1ª lectura del profeta Sofonías, nos invita a la alegría.  La causa de esa alegría es que el Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos.

Cuando nos pesan los problemas, las preocupaciones o los sufrimientos no es fácil tener serenidad, tranquilidad, paz y mucho menos alegría.  Sin embargo, la palabra de Dios, a medida que nos vamos acercando a la Navidad insiste en que vivamos en alegría.  Alegría fundada en el nacimiento de Jesucristo y en la certeza que Dios nos ama y está cercano a nosotros.

Hemos de sentir alegría porque Dios ha perdonado nuestras culpas y nuestras penas; porque “ha expulsado a tus enemigos.  Los enemigos que tenemos dentro de nosotros mismos y los de fuera: pasiones, seducciones, vicios, complejos y miedos.

Pareciera que el futuro no nos invita mucho al optimismo.  No tenemos garantía de que las cosas vayan a ir mejor.  Pero sí tenemos garantía de que Dios quiere salvar a este mundo y esta garantía hace que no perdamos la confianza y que nos pongamos en las manos de Dios para superar nuestros miedos, nuestros temores. 

Quizás nos preguntamos, en muchas ocasiones, ¿qué será de mí? ¿Qué será de mis hijos, de este mundo?  A nosotros nos corresponde confiar en Dios porque Dios se ha enamorado apasionadamente de ti.  Y aunque no seamos dignos de su amor, no importa.  Dios te ama.  Puedes olvidarte de Él, pero Él no se olvida de ti.  Dios te ama.  Por eso hay que estar alegres.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, insiste en que debemos estar alegres y nos invita una y otra vez: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.

Las razones profundas de esa alegría es la presencia del Señor Jesús, y la alegría es fruto de la fe; es reconocer cada día su presencia de amistad, es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. Es descubrir cómo actúa Dios en nuestras vidas, oculto en la profundidad de los acontecimientos de cada día. Es tener la certeza que aunque todo falle, Él siempre permanece fiel a su amor. Es saber que jamás nos abandonará y dirigir nuestra mirada hacia Él.

Se hace uno de nosotros porque nos ama, se entrega en la cruz porque nos ama, resucita por amor. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir. El cristiano jamás debería estar triste porque ha encontrado la razón de su vida, el tesoro escondido, la perla preciosa: El Señor Jesús que nos ama infinitamente hasta dar la vida por nosotros, y cuyo amor nunca nos faltará.

El Evangelio de san Lucas nos presentaba la pregunta que la gente le hacía a Juan Bautista: “¿qué debemos hacer?” La respuesta que nos da Juan es actuar con generosidad y con justicia.

Solemos pensar que la sociedad sería más justa y humana si los demás cambiaran.  Pensamos que las injusticias, los abusos de todo tipo, los hacen otros, pero no nosotros.

Cada uno de nosotros, hemos de asumir nuestra responsabilidad personal ante las injusticias.  Todos hemos de practicar la justicia y el amor. 

Nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro país cambiará con la ayuda de todos.  No podemos estar siempre echándole la culpa de todo lo que pasa a los demás.  No podemos seguir diciendo que la sociedad está mal por culpa sólo de los políticos.  No olvidemos que somos ciudadanos y por lo tanto nosotros los hemos elegido y es nuestra responsabilidad exigir que actúen con honestidad.

Por desgracia, cada vez más vemos que en la sociedad lo importante no son las personas, sino la función que ejercen.  Vemos a la persona como una pieza más del engranaje: en el  trabajo es un empleado, en el consumo un cliente, en la política un voto, en el hospital un número de cama.

Las palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias, del egoísmo, de esta situación en que vivimos, está en nuestro corazón.  Si pusiéramos en práctica lo que nos dice hoy Juan el Bautista: compartir lo que cada uno tenemos con los necesitados, ¿qué pasaría?  Pues que este mundo y nuestro pueblo experimentarían una profunda revolución social, seguramente la revolución social más efectiva que se haya dado en la historia.

“¿Qué podemos hacer?”  Es hora de actuar. No podremos quitar todo el mal del mundo, pero podemos empezar a limpiar un poco nuestra vida.

lunes, 29 de noviembre de 2021

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

Estamos en el segundo domingo de Adviento, tiempo que la Iglesia lo dedica a prepararnos a encontrarnos con Dios en nuestra vida.  La liturgia de este domingo es una llamada a la conversión, es decir, a que eliminemos todos los obstáculos que impiden la llegada del Señor a nuestro mundo y especialmente al corazón de los hombres.

La 1ª lectura del libro de Baruc nos ha descrito la ciudad de Jerusalén vacía y triste porque sus habitantes no están allí, sino en el exilio.  Pero el profeta invita a Jerusalén a alegrarse porque sus hijos desterrados volverán a la ciudad conducidos por Dios.

Hoy también hay mucha gente exiliada de la Iglesia, son todos aquellos que se han alejado de Dios.  El Adviento es un tiempo especial para que todas esas personas que viven bajo la esclavitud del pecado, alejados de Dios, vuelvan a recobrar la libertad, vuelvan a su tierra que es la Iglesia, y así recobren de nuevo la libertad de los hijos de Dios.

Hay que romper todas esas cadenas que nos atan al pecado, al vivir alejados de Dios y recorrer ese camino de regreso a Dios, a la Iglesia, un camino que está lleno de la bondad y de la ternura de Dios, por ello Dios va a allanar el camino para que podamos regresar  a la alegría y a la libertad de los hijos de Dios.  Por ello, examinémonos para ver cuáles son las esclavitudes que todavía nos tienen aprisionados y que nos impiden acoger al Señor que viene a nuestra vida y rompamos con esas ataduras.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos habla de la alegría y de la esperanza que San Pablo tiene en la comunidad cristiana de los Filipenses.

Los cristianos formamos una gran comunidad que es la Iglesia, somos miembros de una gran familia extendida por todo el mundo.  Esto es una gran verdad.  Pero también es verdad que no todos viven con alegría su pertenencia a esa comunidad que es la Iglesia, ni todos se sienten gozosos de ser miembros de esa gran familia de Dios.

A veces en nuestras comunidades cristianas hay divisiones, hay murmuraciones, hay luchas de poder, deseos de manipular por intereses egoístas; hay personas que no aceptan a otras personas, que no se hablan.  ¿Cómo podremos hacer que el Señor venga a nuestra comunidad si estamos divididos y distanciados?

Hemos de superar todas esas barreras, todas esas divisiones, para que todos los alejados sientan la necesidad y la alegría de pertenecer a esta comunidad de Hijos de Dios y así, todos podamos acoger con alegría la venida del Hijo de Dios.

El Evangelio de san Lucas nos presenta la figura de Juan el Bautista, el precursor de Jesús.  El profeta que anuncia la venida del Mesías y que nos invita a la conversión del corazón para poder recibir y reconocer a Cristo.

“Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor”.  Y esta voz sigue resonando en el desierto de nuestro corazón, en el desierto de nuestras relaciones rotas,  en el desierto de nuestra convivencia desgastada, en el corazón de nuestros rencores y miserias.   La voz de Dios que se manifiesta a través de nuestra conciencia sigue ahí, llamándonos a una vida nueva, invitándonos a dejar las actitudes que  matan y destruyen.   

Todos deseamos  realizarnos en esta vida.  Todos buscamos la felicidad o al menos la posibilidad de vivir con alegría y paz.   En el mundo encontramos muchas ofertas,  sólo Dios nos ofrece una oferta que es capaz de llenar todos nuestros deseos de felicidad.   Sólo Dios nos ofrece vivir la vida como relación que día a día se hace en la alegría del encuentro entre dos que se aman.   Esa relación y ese encuentro implican necesariamente cambiar de vida,  cambiar nuestras actitudes.   Un cambio que comienza por volvernos a Dios.  Volver toda nuestra mente y nuestro cuerpo hacia Él.  Recuperar la conciencia de que somos sus hijos.   Gozar de la confianza que da el sabernos amados por Él.  

Hay que escuchar la voz de Dios para dejarnos corregir por Él cuando nos desviamos del camino.

Convertirnos a Dios significa esto, comenzar a considerar a Dios como alguien importante en nuestras vidas,  no como al juez que nos condena en cuanto caemos en el pecado, sino como el Padre cariñoso que nos invita a levantarnos una y otra vez, y nos impulsa a colaborar con Él para que este mundo sea cada día un poco más humano, más fraterno, más solidario.  

Y si Dios es alguien importante eso significa que tenemos que dedicarle tiempo para escuchar su palabra, tiempo para encontrarnos con Él en la oración y en la eucaristía,   tiempo para reflexionar sobre nuestras actitudes y en qué estamos fundamentando nuestra vida. E intentar allanar la montaña de nuestro egoísmo y levantar el valle tenebroso de nuestra tristeza:   Dios está viniendo ahora y siempre a cada uno de nosotros, detrás de cada palabra, detrás de cada acontecimiento, esperando siempre el momento para que le abramos nuestro corazón y unirse a nosotros en un abrazo de amor que no termine nunca.

Reavivemos en nosotros en este tiempo de Adviento, el deseo de encontrarnos con el Señor, el deseo de cambiar aquellas actitudes nuestras que le impiden darnos su alegría y su paz.  

lunes, 22 de noviembre de 2021

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

En este día, primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo año litúrgico, un nuevo año cristiano, antes de empezar el año civil.  Adviento significa “llegada”. 

El Adviento es un tiempo de preparación para recordar la primera venida, es decir, el nacimiento de Jesús en Belén; pero también sirve para prepararnos a la segunda y definitiva venida al final de los tiempos de Jesús, nuestro Señor.  Dios vino a nuestra historia en Belén, viene a nosotros en cada momento de nuestra vida, y vendrá al final de los tiempos.

La 1ª lectura de profeta Jeremías, nos recuerda que Dios cumple sus promesas.  “Dios no se olvida de su pueblo; el Señor cumplirá su promesa y suscitará un Salvador que impondrá justicia y derecho sobre la tierra”.

El ambiente en el que vivimos potencia, tantas veces, el miedo, el desengaño, la negatividad, la inseguridad, el pesimismo, que por ello, la primera lectura nos invita a la esperanza. 

No es el hombre el que puede fabricar el futuro, sino que el futuro, nos es dado por Dios.  Dios es el Dios del futuro, el que estará siempre al lado nuestro, compartiendo nuestras experiencias, buenas y malas.  Aunque uno pueda pensar a veces que no hay futuro, que todo se ve muy negro, Dios es el único que es capaz de abrirnos caminos y encontrarnos una salida ante cualquier situación desesperada.  Dios pues nos asegura hoy que vendrán tiempos mejores, en los que podremos vivir en paz y en prosperidad.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses, nos decía: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo”

El amor es una dimensión fundamental para encontrarnos con Jesús. La persona que es egoísta se pone él como el centro de todo y se relaciona con las personas como si fuesen objetos, no como personas que tienen sus propias iniciativas, sino como instrumentos para conseguir lo que uno se propone.  La persona egoísta nunca podrá tener un encuentro personal con otros seres humanos porque no reconoce a los demás como personas, como iguales. Si no se puede encontrar con los demás, tampoco con Jesús.

Sin embargo, la persona que ama está viendo al otro como una persona distinta de uno mismo y distinta de los demás objetos, la está reconociendo como un igual con el que se puede relacionar de tú a tú. Sólo se puede encontrar uno personalmente con una persona a la que se ama, sin amor no hay encuentro personal.

La santidad a la que nos invita san Pablo es a vivir en el amor.  No se trata de hacer cosas extraordinarias ni raras sino de vivir la vida animada por el amor para que nos podamos encontrar con los demás y con el mismo Dios.

El Evangelio de san Lucas, nos presenta unos signos catastróficos para anunciar la venida de Dios.

Nos decía el evangelio: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.” Cristo viene a liberarnos de los males que nos afligen, viene a salvarnos, a sacarnos de las situaciones a las que nos ha llevado nuestro propio pecado y de las que no podemos salir por nosotros mismos. Eso es motivo de esperanza.

El Señor también nos invita a la vigilancia, una actitud muy propia para este tiempo de Adviento.  Ante la venida de Jesús, el evangelio nos dice: “Tened cuidado: no se os embote la mente”  Esto quiere decir que los problemas de la vida, los vicios no nos desvíen del camino.  Debemos hace un buen uso de las cosas y tener confianza en el Señor para que las preocupaciones no nos esclavicen.

Esta actitud es una llamada también de atención no para vivir intranquilos, con ansiedad, sino que es una invitación a estar conscientes de lo que hacemos, de lo que queremos, de lo que somos; a vivir responsablemente; a estar dispuestos a recibir a Dios en cualquier circunstancia de nuestra vida, pues Él está esperando cualquier momento para entrar en nuestra vida y ocupar el centro.

Debemos huir de la tristeza, ya que Cristo es nuestra esperanza. Por eso nuestros miedos, nuestros males, la inseguridad de cara al futuro, el miedo a la muerte, el malestar que nos produce la conducta de alguien querido, la soledad que nos encoge el corazón, el sufrimiento por el mal que nos rodea y nuestro sufrimiento; todo esto, Jesús lo acoge con afecto y ternura y lo vive con nosotros. Vivamos el presente con confianza y esperemos con fe el futuro. Así viviremos conscientemente y prepararemos nuestro corazón para recibir al Señor.

Cristo viene a nuestro encuentro, pero sólo nos encontraremos con Él en la medida en que nosotros salgamos a buscarlo.

lunes, 15 de noviembre de 2021

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO B)

Con esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo concluimos el presente Año Litúrgico, para comenzar el próximo domingo con el Adviento, en preparación para la Navidad.  La fiesta de hoy es como un resumen del año, un resumen de todo lo que hemos celebrado y vivido los cristianos durante todo el año.

La 1ª lectura del profeta Daniel, anuncia que Dios va a intervenir en el mundo, para eliminar la crueldad, la ambición, la violencia, la opresión que marcan la historia de los reinos humanos.

Muchos gobiernos de este mundo están basados en el poder y son generadores de explotación, de miseria, de violencia.  Esta forma de gobernar, será tarde o temprano destruida, ya que el reino del mal no será eterno porque Dios intervendrá en la historia para destruir las fuerzas de muerte que impiden al hombre alcanzar la libertad, la paz y una vida plena.  Dios espera y desea unos gobiernos y una forma de gobernar más humana, más cercana al pueblo.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis, nos presenta Jesús como el principio y el fin de todas las cosas. 

En este mundo, hay unas pocas personas que son importantes, que tienen infinidad de privilegios, sin embargo, la mayoría de las personas que formamos parte de un pueblo, de una nación somos considerados como la mano de obra, los que no cuentan, los que no tienen derechos, los que no son escuchados.  Para Dios, todos somos importantes, porque nos ha convertidos a todos los seres humanos en reyes, es decir, hijos de Dios y herederos del Reino de Dios.

En el Evangelio de san Juan, Pilato le pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”  Efectivamente Jesús es rey, pero no como los reyes de este mundo.

Lo que diferencia el reino de Cristo de los otros reinos o repúblicas de este mundo es la manera de gobernar.  El Reino de Dios no gobierna por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para atraerse a los ciudadanos. Otras veces tienen que consentir a los ciudadanos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social.

Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. Decir la verdad delante de las autoridades religiosas y civiles llevó a Jesús a la muerte.

La verdad que Jesús nos anuncia no es algo que se puede aprender en la Universidad o en los libros. Es más bien su propia persona.

El problema de nuestra cultura es que ha renunciado a la verdad o la identifica simplemente con la opinión de la mayoría o con lo que se dice en la televisión.  Muchas veces no importa la verdad de las personas, ni la verdad de las cosas, sino que el sistema funcione aunque sea a base de mentiras.  Esto fue lo que hizo Pilato, lavarse las manos ante el problema de la verdad de la inocencia de Jesús.  Para Pilato, no importaba la verdad, lo que importaba era conservar su cargo, complacer a los judíos.

Cuantos gobiernos hay que se apoyan en la violencia de las armas, y se apoyan en la violencia de sus mentiras para gobernar.  Las mentiras de muchos gobernantes hacen que muera mucha gente.  Cuantos pueblos hay que sufren el terror de los que en nombre de la paz y la democracia mueren por defender su libertad; cuantos países subdesarrollados, en nombre de la libertad de mercado, son mantenidos en la pobreza y la miseria; cuantas naciones, en nombre de la globalización de la economía son sometidos a condiciones comerciales que acaban con la soberanía y la libertad de las naciones pobres.

Nosotros, como cristianos, tenemos que estar a favor de la verdad y esto supone y exige estar en total desacuerdo con la mentira.  No podemos ser neutrales.

La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor, como nuestro único Rey. 

Por todo esto y de esta manera el Reino de Dios no es de este mundo y Jesús no es rey como los de este mundo. No porque no tenga nada que decir acerca de los problemas de esta tierra, sino porque tiene mucho que decir; y porque para que su reinado se establezca plenamente en él, este mundo tiene mucho que cambiar, este mundo tiene que convertirse en ese otro mundo posible y necesario que desean los que tienen hambre y sed de justicia.

Jesús nunca buscó el éxito, su muerte en la cruz no fue un fracaso, sino la manifestación del amor de Dios Padre que hace que nosotros nos convirtamos en ciudadanos del Reino de Dios.  Un Reino de verdad, de justicia, de amor, de gracia y de paz.

lunes, 8 de noviembre de 2021

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Estamos acabando el año litúrgico, y las lecturas nos hablan del final de los tiempos, del final del mundo. 

La 1ª lectura del profeta Daniel nos muestra al pueblo judío que no goza de paz porque está siendo perseguido y en estas circunstancias el profeta Daniel les anuncia que Dios va a intervenir para liberar al pueblo fiel. En su tiempo, el pueblo de Israel, sufría persecución, muerte y derrota por la persecución de los reyes de Persia.

Hoy, nosotros, sufrimos también desgracias y desesperanzas en esta sociedad moderna, donde a veces perdemos las ilusiones y hasta las mismas esperanzas, y nos dan ganas de echarlo todo a rodar, cuando vemos cómo la inmoralidad y la falta de honestidad nos las imponen en los mismos hogares, a través de la televisión, jugando con nuestros instintos y pasiones y  destruyendo la moral de nuestros hijos, niños y jóvenes; cuando vemos que grupos fuertes de narcotraficantes imponen su ley de muerte con la venta de drogas, enfrentándose y amordazando a los mismos gobiernos, que nosotros hemos elegido para que nos administren con honestidad y justicia y para que nos defiendan; cuando vemos también y sufrimos tantas injusticias, sintiéndonos impotentes y derrotados, como aquel pueblo de Israel ante la persecución a muerte de sus reyes.

Hay personas, hoy en día, que son “perseguidos” por ser fieles a los valores cristianos, y si acaso no son perseguidos sangrientamente, sí, muchas veces no son tomadas en cuenta estas personas o son motivo de risa, de marginación o de rechazo.

La lectura de hoy nos dice que Dios no abandona a aquellas personas que le son fieles y que la victoria final será para aquellos que se mantienen fieles a Dios y que siguen su camino.  Tenemos que ser muy conscientes que Dios no nos va a abandonar y que el justo, es decir, el que ha permanecido fiel a Dios despertará para la vida eterna; los otros, los que no han sido fieles a Dios despertarán para la tribulación perpetua.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda que Jesús vino al mundo para liberar al hombre del pecado, para hacernos hombres justos.

Cuando en nuestra vida tomamos decisiones equivocadas, que incluso nos pueden apartar de Dios, Él no nos abandona.  Todo el mal que, a veces, hay en nuestra vida, en nuestro interior, no tiene la última palabra.  La última palabra es siempre el amor misericordioso de Dios, un amor que siempre está buscando nuestra salvación.

Que no seamos nosotros quienes hagamos inútil o estéril la muerte de Jesús, sino que avivemos nuestra fe en el Señor y la esperanza en su perdón. Porque Jesucristo vino al mundo para cumplir una única misión: salvar y liberar a los hombres de su pecado.

El Evangelio de san Marcos nos habla del fin del mundo.

El Evangelio de hoy nos invita a pensar en el futuro, a pensar en el destino final de la humanidad y de nuestra historia, a pensar el destino final de cada uno de nosotros.  ¿Hacia dónde vamos?  ¿Qué pasará al final de los tiempos?  A veces, hacernos estas preguntas nos da miedo y por eso no pensamos mucho en el final de los tiempos.

La ciencia nos dice que esta tierra con todos los seres vivos y el universo entero llegará un día en que desaparecerán.  El Sol, dicen los científicos, en sus últimos años de vida, aumentará de tamaño y se comerá la Tierra, después explotará quedando sólo un pequeño resto de materia que se irá apagando poco a poco.  Y como el Sol todas las demás estrellas del universo, irán apagándose y desapareciendo.  Esto pasará dentro de miles de millones de años.  Quizás la humanidad haya desaparecido mucho antes, y desde luego cada uno de nosotros ya no existirá. Por eso nos preguntamos ¿cuál es nuestro destino? ¿Desaparecer? 

El Señor, anticipándose a los descubrimientos de los científicos también nos predijo que el cielo y la tierra pasarían, pero nos dijo que sus Palabras, sus promesas permanecerán para siempre.  Al final, nuestro destino no es desaparecer para siempre sino encontrarnos con el Señor.  El Dios que nos dio la vida es el mismo que también estará presente al final de la historia.  Por eso todos los días de nuestra vida, se nos invita a confiar en Dios, a confiar en su Palabra, a confiar en su promesa de vida eterna.

Confiar en el Señor no es solamente para consolarnos a la hora de la muerte, sino que hemos de confiar en el Señor porque sabemos que al final de la vida nos vamos a encontrar con Él cara a cara, pero ya desde ahora nos encontramos también con Dios todos los días en cada acontecimiento de la vida.

Si Dios está al final de la vida, lo está también ahora y aquí, por eso tenemos que saber descubrir a Dios en el sufrimiento, sintiendo a Dios solidarios con nosotros e invitándonos a resistir al mal.  Tenemos que descubrir a Dios también en las alegrías dejando que brote en nosotros la alabanza y el agradecimiento a Dios.  Tenemos que vivir la vida sabiendo que Dios está a nuestro lado en lo bueno y en lo malo.  Dios está aquí queriendo encontrarse con nosotros, queriendo que ya desde ahora vivamos la alegría de ese encuentro definitivo que tendremos con Él en la vida eterna.

martes, 2 de noviembre de 2021

 

XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son una invitación a que seamos auténticos, coherentes, personas con una vida interior.  Podemos vivir una vida de apariencias, preocupados por lo que piense la gente, o podemos vivir una vida auténtica, llena de riqueza interior.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presentó al profeta Elías que le pide agua a una viuda pobre que estaba recogiendo leña.  Después, el profeta Elías le pide también pan.  La viuda protesta, pero Elías insiste.  La mujer obedece y se realiza el milagro.

Que importante es tener fe, esperar contra toda esperanza.  Aceptar los planes de Dios, por muy extraños que sean.  Cuando obedecemos a Dios, cuando aceptamos la voluntad de Dios, podemos superar cualquier desgracia que estemos viviendo.

Esta pobre viuda se olvidó por un momento del hambre y se dispuso a entregar lo que Dios le pedía por medio del profeta.  Y entonces “la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó”

Esta mujer dio todo lo que tenía, hasta quedarse ni nada.  Nosotros hemos de dar lo que más podamos.  Y mientras más demos, mayor será nuestra recompensa.  Lo poco que demos se nos devolverá triplicado por Dios.  Claro que lo que mejor podemos darle a Dios es entregarle nuestra propia persona, darle nuestro tiempo, darle nuestro corazón.

Debemos aprender a desprendernos de todo aquello que puede atar nuestro corazón y que pueda impedirnos acoger los retos y propuestas de Dios.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos dice que Cristo vino a este mundo a liberar al hombre de las cadenas del egoísmo y del pecado.

Cristo se entregó por nosotros y derramó su sangre por nuestros pecados.  Por lo tanto ya no son necesarios los sacrificios de animales como se hacía en el Antiguo Testamento, porque dichos sacrificios no valen para nada. 

Es por ello, que debemos evitar el pecado en nuestra vida.  Esto no quiere decir que el pecado no siga existiendo en el corazón humano, pero el pecado no debe triunfar sobre este mundo, ni sobre nuestro corazón.  El mal ha sido vencido por la muerte de Cristo.  Este mundo, se acabará un día y entonces el pecado habrá desaparecido.  Pero mientras vivimos y este mundo sea mundo, tenemos la fuerza de Cristo para vencer el pecado.  Hemos de esforzarnos en vivir en gracia de Dios y no en pecado.

El Evangelio de san Marcos nos habla hoy de la virtud de la generosidad.

Jesús no admira el dinero que echan a las alcancías los poderosos e importantes de este mundo, a Jesús le conmueve la generosidad de la pobre mujer que da dos monedas, lo que tenía para vivir.

En nuestro mundo no es fácil comprender el sufrimiento de los necesitados y resulta difícil dar gratuitamente.  Se hace difícil la generosidad.  Siempre tenemos una excusa para no compartir lo nuestro, para no compartir lo que hemos ganado honradamente.  Y nos olvidamos que los bienes de este mundo han sido dados por Dios para que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad.

Es posible que tengamos que dar de nuestros bienes por obligación legal, por ejemplo, pagando los impuestos.  Pero pagar impuestos no quiere decir que seamos generosos.  El Evangelio nos invita a pensar en nuestra generosidad, a pensar en lo que damos y cómo lo damos. Si tenemos o no un espíritu generoso.

¿Damos de lo que nos sobra, o como la pobre del evangelio, damos de lo necesario para vivir?  ¿Damos a Cáritas esa ropa que impide que sigamos llenando nuestro armario de más ropa?  Mientras des solo el tiempo que te sobra, las monedas que te sobran y te mo­lestan por su peso en la bolsa, mientras des las sobras de todo lo de tu vida, no puedes esperar nada que pueda llenar ni tu vida, ni los amores de tu co­razón.

Cada uno sabe cuánto y cómo da, damos sin duda, pero ¿llegamos a ser generosos? Nuestra verdadera grandeza no se mide ni por los bienes que hayamos conseguido acumular, ni por los conocimientos que tengamos, ni por el éxito social alcanzado, sino por nuestra disposición para servir y ayudar a otros a ser más humanos, a vivir.

La generosidad es elegancia del espíritu, aunque esté poco de moda. Por eso cobra especial importancia la invitación del Evangelio a valorar a las personas por su capacidad de servicio y solidaridad.

Pensemos hoy en lo que damos y en cómo lo damos. No lo olvidemos: el dar generoso enriquece nuestro espíritu, aunque nuestras manos queden vacías.