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lunes, 31 de enero de 2022

 

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.

La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.

Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.

Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.

La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.

Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado. 

¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.

Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.

El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.

Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.

Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.

EN el Evangelio de san Lucas vemos a Pedro, acompañado de Santiago y Juan. “Desde hoy serás pescador de hombres”,  le dijo Jesús a Pedro.  Entonces, “llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron”

Los hombres y mujeres no podemos inventarnos misiones de parte de Dios; no podemos asumir por nuestra propia cuenta y riesgo misiones específicas de parte de Dios.  Pero ¡eso sí! cuando Dios llama, no hay pretexto para decir no.  Ni siquiera la propia indignidad o supuesta incapacidad pueden ser excusas. Porque si Dios llama, prepara a sus enviados con todo lo necesario para la misión encomendada.

Tras la llamada viene la respuesta de amor al plan que Dios nos propone. Quizá estamos llamados a desempeñar misiones concretas de servicio a nuestros hermanos. Hay vocaciones singulares de tipo político, económico, sanitario, social.  Algunos son llamados al servicio de la comunidad eclesial como sacerdotes, diáconos o religiosos. La llamada de Dios no es escuchada con los oídos, sino a través de mediaciones: personas, acontecimientos, lecturas etc. Todos somos llamados.

Lo que cuenta es que estemos atentos para escuchar su llamada y prontos para responder como Isaías – «aquí estoy, mándame»- o como Pedro y los apóstoles -«dejándolo todo, lo siguieron».

Dios llama a Isaías, un seglar, para llevar el mensaje a su pueblo. Jesús llama a Pedro, Juan y Santiago para llevar la buena nueva al mundo entero. Hoy se habla mucho de la participación de los seglares en la labor apostólica de la Iglesia.

Nosotros los sacerdotes y vosotros los seglares, tenemos una misma vocación. A unos y a otros, nos llama Dios, como llamó a Isaías o a Pedro.

Es una llamada personal, cada uno con sus dones o carismas, tiene un quehacer en la Iglesia, un quehacer misional apostólico. ¿Nos sentimos llamados?

¿Somos los mirones que sólo sabemos criticar y comentar lo que hace “esa Iglesia” de la cual muchas veces nos sentimos unos simples espectadores?

Todos vamos en la misma barca enviados por Jesús a pescar.

Como Isaías, como Pedro y los demás apóstoles, nosotros hemos respondido al Señor que estamos dispuestos a ir a donde nos quiera enviar. Nosotros tenemos que ser su voz, su brazo, sus pies, para hacer llegar el evangelio a todos los extremos del mundo. Tarea excesiva para la debilidad de nuestra condición humana. Pero el Señor no nos envía con las manos vacías. Él está con nosotros. Por la gracia de Dios, reconoce Pablo, soy lo que soy. Ser cristiano, estar llamado al apostolado es una gracia de Dios, pero no es una gracia para nosotros solos, sino para compartirla con los demás. Somos cristianos para los demás. Anunciar el evangelio es hacer al mundo entero partícipe de nuestra fe y de nuestra esperanza.

Trabajar por el evangelio, evangelizar, es ante todo vivir como cristianos para los demás y de cara a los demás. Así como nadie enciende una vela para esconderla bajo la mesa, así nadie se hace cristiano para quedarse en casa, en el estrecho recinto de lo privado, sino para salir por las plazas y caminos con la buena noticia por adelante. ¡Ánimo, hermanos, no tengáis miedo a ser pescadores de hombres!

lunes, 24 de enero de 2022

 

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

La liturgia de este domingo es una invitación a que todos los bautizados nos comprometamos a anunciar el Evangelio a toda persona, especialmente a los más alejados.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo Dios escoge a Jeremías para consagrarlo y constituirlo profeta.  Jeremías tendrá que soportar todo tipo de dificultades en su misión, pero no abandonará la tarea que Dios le ha encomendado.

¿Quiénes son hoy los profetas?  Los profetas no son una clase especial de personas, sino que profeta es todo aquel que ha sido bautizado.  Dios se sirve de los profetas para seguir interviniendo en el mundo.

El profeta es el hombre que vive con los ojos puestos en Dios y en el mundo. El profeta es el hombre que habla en nombre de Dios.  Cuando lo que dice nos gusta, es de nuestro agrado, recibimos bien su mensaje, pero si lo que nos tiene que decir el profeta contradice nuestras opiniones, nuestros criterios o nuestros deseos, entonces no aceptamos con facilidad lo que nos dice e incluso lo rechazamos. Quienes han hablado en nombre de Dios como auténticos profetas, no han gozado nunca de buena acogida entre sus oyentes.

No tengamos nunca miedo de dar testimonio de nuestra fe, de proclamar sincera y verdaderamente el mensaje de Dios, porque Dios está siempre al lado del auténtico profeta.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el himno al amor.

La palabra “amor” está en labios de todos.  Ahora bien, no todos se refieren a lo  mismo cuando pronunciar esta palabra.  Cada quien entiende la palabra amor a su gusto. ¡Cuántas veces decimos “te amo” en esta vida!

¡Conque facilidad prometemos amor! ¡Y con qué facilidad esas palabras de amor, en muchas ocasiones, se las lleva el viento!  ¿Cuántos corazones hemos roto en nuestra vida cuando hemos prometido amarlos y les hemos dado la espalda tan fácilmente?

San Pablo nos dice hoy cómo es el verdadero amor.  El amor es comprensivo:  es la capacidad de ponerme en el lugar del otro; es servicial: se demuestra en el bien hecho al otro; no tiene envidia: es el defecto de muchas personas y consiste en ponerme triste porque al otro le va bien; no es presumido: no presume del bien que hace a otra persona; no es grosero ni egoísta: no podemos estar toda la vida mirando nada más a nuestro ombligo, pensando solamente en nosotros mismos; no se irrita ni guarda rencor: todos tenemos como un cuaderno en el que vamos apuntado todo lo que nos han hecho los demás, o lo que pensamos que nos han hecho; el amor olvida todo eso, no lo tiene en cuenta; no se alegra con la injusticia: el amor quiere que todo “se ajuste” a la voluntad de Dios, así todo será más justo; se goza con la verdad: sin verdad no puede haber amor.

El verdadero amor tiene que tener también las siguientes cualidades, aún en momentos difíciles: disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.   En el amor no se debe buscar culpables en los conflictos, sino disculpar al otro; debe haber confianza mutua; saber soportar las dificultades y no buscar caminos fáciles a los problemas.

Así debe ser nuestro amor, un amor válido para toda la vida.

El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús despreciado por los habitantes de Nazaret.

A todos nos gusta que nos alaben y nos molesta que nos critiquen. Pero es necesario recibir con humildad tanto las alabanzas por nuestros aciertos, como las críticas por nuestros desaciertos. Es necesario reconocer el trabajo de la gente, valorarlo y estimularlo, y hacer una crítica seria y constructiva, cuando sea necesario, aunque no nos miren bien. Generalmente alguien nos molesta cuando nos dice nuestras verdades, cuando denuncia nuestros errores y no nos ayuda a seguir en nuestros vicios.

El camino del profeta es un camino en el que hay que luchar, muchas veces, con la incomprensión de la gente, con la soledad, con el riesgo, porque no siempre puede uno decir lo que le agrada a la gente.  Sin embargo, es un camino al que Dios nos llama y hay que ser fiel a su Palabra.

Como Jesús, nosotros también tenemos el peligro de ser rechazados por predicar lo que nos propone el evangelio. Pero no podemos renunciar frente al rechazo. Como el profeta, habrá que seguir anunciando el perdón, el amor y la paz, aunque todos nos den la espalda. Si no es para que los demás cambien, por lo menos para que ellos y sus costumbres, no terminen por cambiarnos a nosotros.

lunes, 17 de enero de 2022

 

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy de la importancia que debe tener la Palabra de Dios en nuestra vida.  La Palabra de Dios que proclamamos cada domingo no es sólo para escucharla sino para hacerla vida.

La 1ª lectura de Nehemías nos dice cómo el pueblo de Israel había perdido el libro de la Palabra de Dios.  Cuando el Libro fue encontrado, se reunió el Pueblo, escuchó la Palabra de Dios,  y se emocionaron ante la lectura y los comentarios a la Palabra de Dios que hacía el sacerdote Esdras.

La Palabra de Dios es la fuente de comunicación de Dios con nosotros.  Cuando se proclama la Palabra de Dios hemos de estar atentos, escuchándola, para recibir lo que Dios quiere comunicarnos y no estar distraídos o con falta de interés por llegar al principio de la Misa donde se proclama esa Palabra de Dios.

Hay que estudiar y conocer la Biblia para que la Palabra contenida en ella se convierta en norma de conducta en nuestra vida, y hay que venerar la Biblia para darnos cuenta que en ella está contenida la mismísima voz de Dios, que se hace presente en su lectura y proclamación.

Nosotros, como cristianos, no podemos dejar de conocer las Sagradas Escrituras, no podemos no estudiarla, no podemos no rezar con ella, no podemos ignorarla, porque las Sagradas Escrituras son la norma de nuestro comportamiento.  Quien no conoce las Escrituras no puede decir que conoce a Dios.

Hay muchas personas que no conocen la Palabra de Dios, para otros la Biblia es sólo un libro más para ocupar nuestras librerías.  Su lectura no nos dice nada y, a veces, ni nos interesa.

Dios habla, habla a través de la Biblia, habla en la Misa.  Por eso, quienes no vienen a Misa se están perdiendo escuchar más intensa y eficazmente la Palabra de Dios.

Dios nos habla.  Hay que escucharlo con atención y poner en práctica lo que nos dice.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios sigue insistiendo, como el domingo pasado, en la unidad de la Iglesia y la comunicación y solidaridad que debe existir entre todos los miembros que formamos la Iglesia.

Cuando hablamos de Iglesia, muchos la entienden como el Papa, los obispos y los sacerdotes, sin embargo, la Iglesia somos todos los bautizados.  Al igual que en un cuerpo humano, cada miembro tiene una función, así en la Iglesia todos y cada uno tiene una función que desempeñar por muy pequeña que sea. En un cuerpo toda parte es importante, pero cada una tiene su función. En la Iglesia todos somos necesarios.

El Evangelio de San Lucas  nos dice que Jesús llega a la sinagoga, abre la Escritura y lee el sueño de un mundo nuevo. Un mundo de libertad. Un mundo de claridad, luz y verdad. Y Jesús después de leer el texto, dice solemnemente. “Hoy se cumple está Escritura que acabáis de oír”.

A nosotros, que no creemos ya en grandes palabras y nos hemos olvidado de los grandes sueños Jesús nos dice que hoy, ahora, en estos momentos, se nos da la posibilidad de un mundo nuevo. La posibilidad de la libertad y de la verdad.

Si queremos cambiar el mundo tenemos que recomponer al ser humano.  Jesús no viene a solucionar mágicamente los problemas del mundo. Viene a cambiar el mundo, cambiando la vida del ser humano. Hoy se cumple esta palabra, porque el ser humano puede cambiar su vida.  El tiempo se ha cumplido, dice Jesús. Es hora de comenzar un mundo nuevo viviendo y actuando de forma diferente. En esta tarea,  Dios está cerca y está ahí para ayudarnos. 

A Dios no le agrada el sufrimiento, no le agrada este mundo en el que unos hombres hacen sufrir a otros. El corazón de Dios siente ante todo el dolor, el sufrimiento de los oprimidos.

Hoy día sigue habiendo cautivos, muchas personas esclavas de la droga, el alcohol, el dinero, el sexo, personas atadas a múltiples dependencias materiales o personales. Jesús viene a anunciarnos la liberación de toda dependencia u opresiones que humillan la naturaleza humana y provocan el vacío y la desesperanza. La peor ceguera no es la física, sino la mental, el no ver claro el sentido de la vida, la intolerancia y la falta de diálogo, la terquedad en el propio error, la cerrazón a todo lo que no convenga a mi propio egoísmo o autosatisfacción.

Hoy también para nosotros puede ser ese gran día para ti y para mí si la Palabra de Dios que has escuchado comienza a ser “viva y eficaz”.

lunes, 10 de enero de 2022

 

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Después del ciclo litúrgico de la Navidad comenzamos el Tiempo Ordinario, que se verá interrumpido para celebrar la Cuaresma.  Con el Tiempo Ordinario comenzamos a recorrer la vida pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.

¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?

Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.

Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.

Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas que Dios nos da a cada uno y a través de los cuales Dios manifiesta su amor por nosotros.

Esos dones y gracias que recibimos de Dios son para ponerlos al servicio del bien común, al servicio de todos.  Los dones que Dios nos da no son privados.  Dios nos los da para el servicio de la comunidad.

“Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo”, –nos decía San Pablo–  Cada persona tiene su propio modo de ser, sus propias cualidades y sus propios defectos.  Y todos hemos recibido esos dones de un solo Señor.  Si queremos que haya paz y armonía entre todos nosotros, debemos respetar y reconocer las cualidades que cada uno tiene.

Si lo bueno que hay en nosotros proviene de Dios, hemos de ser respetuosos con los demás.  Si queremos que nos respeten, es necesario que nosotros respetemos a los demás.  Por lo tanto evitemos cualquier desprecio o envidia por las cualidades de los demás.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.

Como en la boda de Caná, ocurre que muchas veces, en nuestra vida nos puede faltar el vino.  Nuestra vida, en muchas ocasiones, se vuelve monótona, carente de ilusión, de sentido y de esperanza.  Muchas veces, o quizás demasiadas veces, nos falta la alegría, y nos vemos ante las dificultades como los novios de Caná.  Y aunque tengamos de todo, si nos falta el vino de la salvación que nos trae Jesús se nos acaba la fiesta.  Muchas veces nos falta también el deseo de compartir el amor y la amistad.

Hay también muchas familias que les falta el vino.  Han pasado los años y la rutina la hemos dejado entrar en el hogar.  Falta la fantasía, la imaginación, la atención, el regalo de aniversario, acordarse de las fechas importantes, atender los gustos.  Hay familias que les falta el vino porque ya no esperan nada nuevo, ni se hace nada nuevo. 

Y como en las bodas de Caná, María, la madre, siempre atenta a las necesidades de todos, presenta también nuestras necesidades ante su Hijo: “no tienen vino, no tienen ilusión, no tienen esperanza” y luego aquellas palabras suyas dirigidas también a todos nosotros “haced lo que Él os diga”. 

El Señor sigue presente en medio de nosotros, su Espíritu y su Palabra, pueden transformar esas situaciones de desesperanza por las que pasamos, si hacemos lo que Jesús nos pide.

No olvidemos que ninguno de nosotros estamos abandonado de Dios.  Dios nos ama y nos invita a la fiesta de su amor.  Y cuando, por cualquier motivo, se nos acabe el vino, si hacemos lo que Jesús nos dice, si ponemos a su disposición el agua pobre y sencilla de nuestra vida, el Señor la convertirá en el vino nuevo de la alegría salvadora.

martes, 4 de enero de 2022

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR Y BAUTISMO DEL SEÑOR

EPIFANÍA DEL SEÑOR (CICLO C)

En este día celebramos la Epifanía del Señor. Esa palabra significa “manifestación, aparición”.  La fiesta de la Epifanía del Señor no es otra cosa que la certeza que tenemos los cristianos de que Dios no hace distinción de personas, razas, culturas y pueblos.

Con la fiesta de la Epifanía la Iglesia termina el tiempo de Navidad.  Espero que haya sido un tiempo de abundantes bendiciones y gracias de Dios para todos vosotros.

El profeta Isaías en la 1ª lectura, anuncia la universalidad de la salvación.  Como muchos otros hombres de Dios, el profeta invitó constantemente al pueblo elegido a dejar las actitudes nacionalistas y excluyentes para asumir su vocación de ser instrumento de salvación para todos.

El profeta Isaías nos presenta a Jerusalén como el lugar donde la gloria y la luz de Dios brillan de una manera nueva y diferente.  Para nosotros los cristianos, ésta imagen de Jerusalén es figura de la Iglesia, cuya misión es ser luz para atraer a todos los pueblos de la tierra para su encuentro con Dios y mediante este encuentro, alcanzar la salvación.  Todos debemos ser luz para los demás.  Quienes vivan en las tinieblas, pero deseen vivir en la luz, han de buscar en la Iglesia y encontrar en ella a Cristo, luz de todos los pueblos que quiere que todos los hombres tengamos vida y felicidad.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos dice que todos somos “hijos de Dios” y por lo tanto todos somos destinatarios de la salvación y si somos hijos de Dios, esto quiere decir que somos hermanos y por lo tanto debemos amar sin límites, compartir y ser solidarios unos con otros.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la adoración de los Magos al niño Jesús.

Los Magos representan a todo nosotros, a todos los laicos, a toda la humanidad que busca una estrella que de sentido a la vida.

Como a los Magos, Dios, nos llama a emprender un viaje, es decir, a salir de nosotros mismos y dejarnos guiar por su luz.  Jesús viene a llenar de luz nuestra vida, a ser el guía de nuestro caminar diario.  Jesús nos guiará hasta el Padre, hasta la luz verdadera que no tiene ocaso, que no tiene fin.

Los Magos vieron una estrella y la siguieron.  Ellos dejaron su casa, su tierra, sus quehaceres y siguen la estrella.  Nosotros también hemos de dejar muchas cosas atrás para poder seguir a Cristo.

Dios nos llama siempre a través de una señal.  La señal por la cual Dios nos llama sólo la entienden aquellos que buscan a Dios.  La estrella que vieron los Magos todo el mundo la vio pero sólo ellos descubrieron qué significaba.

Todos somos llamados por Dios, pero para encontrar a Dios es necesario estar con los ojos y con el corazón bien abiertos a lo que ocurre a nuestro alrededor, por más insignificante que sea, Dios a través de esos signos nos está hablando y nos está llamando.

Hoy se nos está invitando a ponernos de pie, a no conformarnos con esta vida indiferente, carente de sentido.  Dios nos sigue llamando, sigue esperando que lo encontremos.  Pero primero tendremos que despertar ese deseo de encontrarnos con Él.  Y es aquí donde creo que está el problema: el problema es que hay mucha gente que no busca a Dios, ni quieren encontrarse con Él.

Hemos utilizado a Dios como quien utiliza una medicina, nos acordamos de Él cuando nos duele algo, pero cuando se nos pasa, también pasamos rápidamente de Él. 

Cuando los Magos encuentran al niño, le ofrecen sus regalos, lo mejor que ellos tienen.  Nosotros también tenemos un regalo que ofrecerle al niño Dios, y ese regalo debe ser el mejor regalo que le podamos dar: la fe, nuestra entrega al servicio de Dios, nuestra disponibilidad, nuestra persona, en una palabra, el mejor regalo que le podemos ofrecer al niño Dios es nuestra propia persona.

Y volvieron por otro camino. Si nosotros encontramos a Dios también haremos caminos nuevos, diferentes, nuestra vida ha de ser distinta.

¿Buscamos la  Verdad, buscamos a Dios? ¿Le hemos buscado con sinceridad, con la inteligencia, con el afecto, en un camino largo, en el que ha habido claridad y noche oscura? ¿Le hemos buscado donde Él nos ha dicho que está?

¿Qué cofre abro ante este Dios, qué le entrego y comparto? ¿La sobras de vida o todo mi ser?

Dejémonos guiar por la estrella de Belén y si así lo hacemos, podemos estar seguros que no nos perderemos en la vida, sino que iremos por caminos seguros.

Dios quiere manifestarse a nosotros, y hoy una vez más nos llama, quiere que lo busquemos y que seamos también señal para otros que lo buscan.

BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)

El jueves celebrábamos la fiesta de la Epifanía, la manifestación de la salvación de Dios que es ofrecida a todos los hombres en Jesús-niño.  Hoy celebramos de nuevo la manifestación de la salvación de Dios que ahora se nos presenta en Jesús-adulto. 

Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el ciclo de la Navidad y comienza la primera parte del tiempo ordinario que nos llevará hasta el miércoles de ceniza.

Con el Bautismo de Jesús comienza su vida pública.  El Señor no tenía que ser bautizado porque nunca tuvo pecado. Se bautizó por la misma razón que cumplió con algunas otras leyes judías que tampoco tenía la obligación de cumplir. Vino a este mundo como hombre y quiso sujetarse a las leyes de Moisés, como lo hacían todos los judíos, pero nada de esto le obligaba. Todas estas leyes eran las que regían al pueblo Israelita, el pueblo que Dios eligió para preparar la venida del Señor. Y Jesús cumplió con ellas para darnos un ejemplo de cómo debemos actuar nosotros, de cómo debemos cumplir con los mandamientos de nuestra fe.

Hoy, que celebramos el bautismo de Jesús, debemos pensar también en nuestro propio bautismo.  “No todos los bautizados son cristianos”. Esta frase que parece un poco contradictoria es una gran denuncia de la situación de nuestras prácticas sacramentales. Parece contradictoria pues cualquier bautizado es hijo de Dios y, por tanto, cristiano; pero, al mismo tiempo, es una denuncia, porque es cierto que muchos bautizados dejan mucho que desear en su seguimiento de Cristo, aunque todos podríamos ser un poco mejores cristianos.  

El bautismo, como cualquier sacramento, no es automático, no funciona por sí solo, sino que necesita la colaboración de la persona que lo recibe. El sacramento es un encuentro entre Dios y el ser humano. Dios pone su parte: la Gracia, que quita el pecado original y nos hace hijos de Dios y la persona responde con el seguimiento; si falta la respuesta no se produce el encuentro.

Pertenecer a la Iglesia por medio del bautismo no significa nada en sí mismo, si no va acompañado de la correspondiente respuesta de la persona que recibe ese sacramento: hay que amar a Dios con la práctica de una vida cristiana, de una vida de sacramentos, de una vida de amor al prójimo.

Por desgracia, muchas personas, quizás influenciados por amigos poco Católicos o simplemente porque ignoran la importancia de este sacramento para los niños, no llevan a sus hijos e hijas a bautizar en los primeros días después de su nacimiento. Llevan a sus hijos a bautizar pensando más en la fiesta, el convite o en la ropa en vez de pensar en el sacramento en sí. Lo convierten en un acto social. Llevan al niño a la iglesia a bautizar pensando que, cómo somos Católicos, tiene que ser bautizado. No piensan en las responsabilidades que trae este sacramento para los padres y padrinos. Da verdadera pena ver algunos bautismos en los que hay tan poca fe alrededor.

El bautismo es el comienzo de nuestra misión profética. Desde el mismo momento en que se recibe este sacramento, el bautizado ya está comprometido a vivir una vida santa. Sus padres se comprometen a dar testimonio de su fe a su hijo para que, con los años, se convierta en un buen cristiano, evangelizando como lo hicieron los primeros cristianos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Al ser bautizados como hijos e hijas de Dios adquirimos la más alta dignidad. En el momento del bautismo, por la gracia del Espíritu Santo, inmediatamente se produce el milagro de un nuevo nacimiento. El agua bautismal es signo de la muerte al pecado y del renacimiento espiritual a la vida eterna con Cristo.

Los padres y padrinos deben tener en cuenta que han recibido un mandato de Cristo. Desde el momento que llevan sus hijos a bautizar deben enseñarlos a vivir una vida sin mancha, a evangelizar con su propio ejemplo y a amar a los demás.

El bautizado debe ser portador de esperanza en medio de nuestro mundo y de nuestra Iglesia. Debemos tener deseos de Dios expresándolo con un testimonio de vida, lleno de amor y de convicción. Vemos cómo falta esperanza, vemos cómo las cosas de este mundo empequeñecen nuestro corazón, vemos cómo el desánimo se apodera de nuestras comunidades cristianas y de los grupos. ¡Contagiemos la alegría y la serenidad! ¡Tenemos una fuerza interior única! Nuestro tesoro es Jesús y su gracia. ¡Somostemplos del Espíritu Santo!

¡Despertémonos! Tenemos por delante todo un año para descubrir que Dios, está verdaderamente con nosotros animándonos, sosteniéndonos, dirigiendo nuestros pasos hacia la plenitud. Él es la fuerza y la vida. Levantemos el corazón y vayamos confiados a Jesús. Él espera nuestra respuesta. Dispongámonos a seguirlo con fidelidad.

lunes, 20 de diciembre de 2021

 

NOCHEBUENA, NAVIDAD Y SAGRADA FAMILIA

MISA DE NOCHEBUENA (CICLO C)

¡Feliz Noche!, ¡Feliz Navidad! Son las palabras más repetidas hoy. En medio de la noche, en la plenitud de los tiempos, ha aparecido la salvación de Dios. Esto, hermanos, se convierte esta noche, en el centro, la novedad y en la gran noticia que debemos dar al mundo: ha nacido Dios.

Navidad para los que no creen puede ser motivo de borrachera y vandalismo, para nosotros no. Navidad es Dios hecho carne de nuestra carne, como un hermano de sangre. Un hermano tan hermano de cada uno de nosotros que se toma la libertad de sentarse en la silla junto a la mía y decirme que es hermano mío, y que tiene otros hermanos que lo son también míos. Nos da su Padre, que lo es también mío.

En la oscuridad irradiando luz celeste, en un pesebre, encontramos la razón de estas fiestas. El amor de Dios nos hace reunirnos como familia; el amor de Dios nos hace preparar comida especial; el amor de Dios nos lleva a exteriorizar, en luces y estrellas, nacimientos y en árboles de navidad, la alegría que llevamos dentro: ¡Ha venido a nuestro encuentro el Señor! ¡Ha nacido el Salvador!

En la apariencia de un niño, un simple niño, Dios despliega el gran secreto que nos trae esta noche santa: un amor sin condiciones al hombre.

En la humildad de un pesebre, Dios, comparte también la pobreza del ser humano. Siendo rico quiso hacerse como uno de nosotros. Pudo presentarse en carroza; lo hizo en una fría cueva; pudo revelarse anticipado por trompetas y ejércitos celestiales, quiso hacerse presente, rodeado de un pequeño grupo de pastores.

Ese niño Dios que nace esta noche, toma nuestra condición, “se hace hombre para divinizarnos a nosotros”.  Ahora Jesús viene a nosotros y podemos descubrirle en los pobres y necesitados. Muchas veces no le queremos ver cuando llama a nuestra puerta, lo rechazamos como fueron también rechazados José y María. Este el gran drama del hombre: el rechazo de Dios y del hermano.

Dios se hace hombre sin demasiada publicidad. Es significativo ver cómo tuvieron que ir fuera de los muros de la ciudad, cómo los primeros que se dieron cuenta del nacimiento del Niño Dios fueron los excluidos de aquella época, los pastores.  Los que reciben la noticia del nacimiento de Jesús son los pastores, los cuales tenían muy mala fama en el Israel de tiempos de Jesús, casi se les consideraba delincuentes.

Mucha gente no se enteró de ese Nacimiento.  Y esa elección de los pastores ya marcaba el deseo de Dios de acercarse a los “malos” y hacerlos “buenos”. Siempre ha querido estar cerca de los humildes, de los pequeños, de la gente alegre que acepta sin reservas un mensaje de paz y alegría.

Hoy María y José siguen llamando a nuestra puerta.

Dios se acerca al hombre hasta el punto de hacerse uno de ellos. Pero sólo los humildes, los pastores, fueron capaces de descubrirlo. El misterio de la Encarnación, es el misterio del Amor de Dios al hombre. Demos gracias a Dios en este día de Navidad por el Niño-Dios hecho hombre por nosotros.

¿Sientes que ha nacido el Salvador por ti? ¿Sabes que Dios se hace pequeño por ti? ¿No te da escalofríos el pensar que Dios se ponga a tu misma altura?

Esta noche, es igual pero es distinta; parece como si las guerras se detuviesen. Como si los hombres, teniendo a Dios más cerca que nunca, entendiesen que hay más razones para el amor que para el odio; más para la justicia que para la injusticia; más para la paz que para la guerra.

¡Ha nacido el Salvador! Y, como los pastores, no podemos hacer otra cosa sino adorarlo. ¿Y cómo hacerlo? ¿De qué manera? Humillándonos. Dejando bien guardados los rebaños de nuestros egoísmos y egocentrismos; de nuestras envidias y luchas; de nuestras cobardías e incredulidades.

Lo que nos dice la Navidad es que Cristo, el Salvador, está aquí para nosotros. El misterioso mensaje del nacimiento de un Niño en Belén a quien se llamó –y es– “Salvador del mundo”

Esta noche, cuando nuestros corazones buscan abrirse para celebrar el nacimiento de Jesús, vale la pena preguntarnos qué fue lo que Dios vio, palpó y escuchó en el corazón humano que lo movió a hacerse como nosotros y traernos la salvación.


¿Qué vio Dios en nosotros? Dios vio en nosotros, mujeres y hombres, merecedores de su salvación. Dios vio en nosotros mujeres y hombres merecedores de Su Amor, de Su Vida, merecedores de ser amados y perdonados, merecedores de Su Vida Eterna. Dios nos vio, nos palpó y nos escuchó y de Su Corazón solo pudo salir un amor sin límites.

Celebramos esta noche que a pesar de que somos frágiles y débiles, somos merecedores del amor de Dios. Somos lo suficientemente buenos ante los ojos de Dios para que Él vuelva a nacer una vez más en nuestro ser.

¡Ha nacido el Salvador! Y, este gran misterio de Fe, lo hemos ido preparando en estas cuatro semanas de adviento. Ha sido un tiempo de esperanza, de vigilancia y de preparar nuestros sentimientos y nuestros corazones para que, el Señor, no pase de largo esta Navidad.

MISA DE NAVIDAD (CICLO C)

Hoy, hace 2021 años, en Belén de Judá, en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada, de María Virgen, esposa de José el Carpintero, de la casa y familia de David, nació Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero. Él es el Salvador que los hombres esperaban.

Aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. No lo busquéis disfrazado con otros ropajes, ni en otros sitios que no lo vais a encontrar. Envuelto en pañales y en un pesebre, esa es la señal que dieron los ángeles. Un Dios pobre y que vive cercano a los pobres.

Hace 2021 el mundo vivió la primera Navidad.  El Mesías, anunciado por miles de años, había llegado por fin al mundo pero no mostrando su majestad y su poderío como se esperaba.  En vez de eso, llegó revestido de pobreza en un pesebre.  En ese momento de su nacimiento, ni siquiera las autoridades locales sabían que había llegado al mundo el Rey de Reyes.  

Desde entonces Dios vino a nuestra tierra, a caminar por nuestros caminos, a compartir el pan y las penas, las alegrías y tristezas, a contarnos historias que ayudan a vivir con sentido y a morir con esperanza, a pedirnos que seamos dichosos y felices, a decirnos que no somos esclavos, somos hijos del Padre Dios que nos quiere con locura.


Desde entonces, el amor de Dios sigue presente en el mundo entero, para cada hombre y cada mujer, cada anciano, cada niño, cada joven, que quiera aceptarlo.


Desde entonces, nosotros, cada uno de nosotros, somos llamados a dar testimonio de su amor en la familia y en el trabajo, en barrio y en el pueblo, en los grupos y asociaciones, y en la labor al servicio a los que sufren cerca de nosotros o en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces, hace hoy 2021 años, el perdón, la misericordia, la salvación de Dios se sigue derramando inagotablemente sobre cada uno de nosotros y sobre toda persona.


Nosotros, que hemos experimentado la cercanía de Jesús en nuestra vida: hemos de ser mensajeros y testigos del amor nacido en Belén. Hemos de anunciar por los caminos de la vida esta Buena Noticia, para que el mensaje de la Navidad sea luz y salvación para todos.

Alegrémonos. Celebramos la Buena Noticia, la mejor noticia de toda la historia de la humanidad: el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Que suene la fiesta, que nazca la paz y la alegría en el corazón de todos los hombres y mujeres de Buena voluntad, que canten los oprimidos, que se alegren los tristes, que se llenen de gozo los que andan perdidos en la noche de las penas y la angustia. Porque Dios está con nosotros, es un Dios cercano que ama y que nos salva y quiere que todos tengamos en Él vida plena.

Es cierto que las fiestas de Navidad son días de alegría para disfrutarlos y celebrarlos.  Pero también es cierto que siempre debemos recordar a quien debemos esta gran festividad, quien debe estar en el centro de esta fiesta.  Navidad es primeramente la celebración del nacimiento del Verbo Encarnado, el Príncipe de la Paz.  Y durante estas fechas tan señaladas, debemos tratar que en nuestras casas, entre nuestros familiares y entre nuestros amigos, reine la paz mucho más que la opulencia. 

En muchas casas, esta Navidad no estará Dios.  Para las personas que no celebran la Navidad con Dios, estos días pueden parecer vacíos y ruidosos.  No experimentarán la plenitud del amor y la paz que el nacimiento de Nuestro Señor entre nosotros debe traernos.  En una palabra, para esas personas  son fiestas tristes y aburridas.  Pero para nosotros, los cristianos, deben ser fiestas de oración y de unidad.  Nosotros sabemos que esas dos cosas son las que nos traen la verdadera felicidad y la paz duradera.

Solamente recordar que en un día como hoy, hace 2021 años nació nuestro Salvador, es suficiente motivo para alegrarnos.  La venida del Mesías constituye, en sí, el hecho central de las fiestas navideñas.  Cristo vino a traernos el regalo más precioso de la vida, la salvación. 

Hoy, lo irrelevante para el mundo (lo casi invisible), cobra importancia. El Dios de los cielos se deja tocar, acariciar, besar, adorar por todos nosotros. Para nosotros, este acontecimiento de la Navidad, no es algo del pasado. No ha quedado olvidado en un pesebre con telarañas de más de 2021 años. ¡Dios ha nacido! ¡Dios nace en cada persona que lo busca! ¡En las personas que, como los pastores, saben dejar algo de sí mismas y buscar al Dios escondido en la humilde figura de un niño recién nacido!

¿Dónde tienes tú a Dios? ¿Cómo lo vives? ¿Has hecho de tu corazón un pesebre para que Dios nazca?

Dios, que es amor, quiere un lugar donde vivir. Un rincón donde ese amor se pueda cuidar, crecer y prolongarse a través de nosotros en los demás. Esa habitación, ese pesebre es el corazón de los creyentes.

¡Sí, hermanos! ¡Feliz Navidad! Porque Dios se ha puesto a nuestra altura, a nuestro alcance para que comprendamos la gran vida que nos espera en el cielo.

Día de Navidad. Día de felicitar a Dios por el alumbramiento de su Hijo. Día de felicitar a María por darnos a Jesucristo, camino y garantía de salvación. Día de felicitarnos mutuamente porque un Niño se nos ha dado, porque contamos con un hermano que compartirá nuestros gozos y nuestras miserias, nuestros dolores y nuestros éxitos, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Nacimiento de Cristo!

SAGRADA FAMILIA (CICLO C)

El domingo siguiente al día de Navidad, se celebra la fiesta de la Sagrada Familia.  José, María y Jesús son ejemplo para nuestras familias, por ello hoy las lecturas nos ofrecen indicaciones prácticas para ayudarnos a construir familias felices.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos habla de la bendición que trae consigo una buena relación entre padres e hijos.

Los hijos deben respetar, honrar y servir a sus padres, lo mismo que se debe hacer con Dios.  El respeto a los padres es fuente de las mejores bendiciones y gracias que Dios nos puede dar.

Los padres son instrumentos de Dios creador.  ¿Somos agradecidos con nuestros padres porque nos han dado la vida?  ¿Les demostramos nuestra gratitud?

Hoy se lucha mucho por los derechos humanos y la dignidad de las personas, pero hoy es cuando más personas ancianas se encuentran marginadas, abandonadas, solas, por la misma sociedad y por los mismos hijos.  ¿Cómo puede haber hijos que se “deshagan” de sus padres, de aquellos que fueron, para nosotros, instrumentos del Dios creador y fuente de vida?

Hoy como ayer, el respetar, honrar y ayudar a los padres es grato a los ojos de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses nos presenta la familia como el lugar donde debe existir la misericordia, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, la ayuda mutua, el perdón y el amor.

La familia, al igual que la comunidad cristiana, no tiene una vida sin problemas, sin faltas, sin pecados.  En la familia por ser humana existe esos defectos.  Pero ante los problemas y dificultades que puedan surgir en la familia hay que poner en práctica las virtudes cristianas del amor, la comprensión y el perdón como fuente de armonía y de paz entre todos los miembros de la familia.

Una familia en la que reine el amor, como en la familia de Nazaret, estará colaborando eficazmente en la formación de una sociedad más fraternal y pacífica.

El Evangelio de San Lucas nos presentaba el episodio del Niño Jesús perdido y hallado en el Templo.

La Sagrada Familia es ejemplo para nosotros porque supieron enfrentar las dificultades y los problemas buscando soluciones en el amor mutuo y en la fe en Dios.   

La familia cristiana tiene que recuperar hoy los valores familiares como son: fidelidad, obediencia, respeto mutuo entre los padres y los hijos.  Por desgracias estos valores familiares cristianos no se promueven mucho hoy ni en la familia ni en la sociedad.

La familia cristiana tiene el deber sagrado de transmitir la fe a sus hijos.  Los papás deben ser los primeros que enseñen a sus hijos a rezar, y a rezar juntos papás e hijos; deben ser los que acerquen a sus hijos a los sacramentos, a la vida de la Iglesia.

La familia es la estructura idónea para venir al mundo, para crecer, para educarse, y ello porque se hace en el amor, desde el amor y mediante el amor. La mejor manera de acoger a un niño que acaba de venir al mundo es por medio del amor. Su crecimiento y su progreso en el conocimiento y la educación son óptimos cuando tienen su fundamento en el amor. Su relación con los demás y con su entorno irá siendo más adecuado cuanto más enraizado esté en el amor que recibe de sus más allegados.

Psiquiatras y psicólogos coinciden en afirmar que un niño crece más sano y de adulto es más estable cuanto mayor es el amor que ha recibido desde su infancia hasta su adolescencia y juventud. Un niño sonríe cuando ha visto sonreír a su madre, cuando ha visto sonreír a los que lo rodean.

Educar sólo es posible desde el amor. El amor fue, es y será siempre el alma de la familia. Pero vivir el amor es una asignatura difícil de aprobar porque no consiste sólo en recibir, sino que es entrega y sacrificio para hacer feliz al otro. Y el espacio por excelencia para crecer en el amor es la familia.

Sin familia, no sabríamos convivir con nadie. Sin familia, los niños son unas víctimas de todas las crueldades de las que el ser humano es capaz.  Pero sin Dios, la familia crece sin un amor estable, duradero, fiel, entregado y sufrido. 

Este tiempo de Navidad cobra un especial protagonismo la Sagrada Familia como modelo y espejo donde deben mirarse las familias cristianas.

Que Dios bendiga en este día a todas las familias cristianas, que las haga crecer en el amor y vivir según el ejemplo de fidelidad de la Sagrada Familia. Que auxilie a los padres, les dé sabiduría y acierto con los hijos, unidad creciente ente ellos, un amor que no se acabe nunca, capacidad de entrega y de sacrificio y que les dé también el premio de ver recompensados sus desvelos.