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lunes, 21 de febrero de 2022

 

VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

La Palabra de Dios de este domingo nos quiere invitar a preguntarnos acerca de nuestra mirada, nuestras acciones y nuestras palabras, para que busquemos siempre una coherencia entre nuestra vida y nuestras palabras.

La 1ª lectura del libro del libro del Eclesiástico, es un breve poema que nos invita a no equivocarnos a la hora de valorar a las personas.

¿Cómo conocer a los hombres?  La primera lectura nos señala tres criterios: la criba, el horno y el fruto. Igual que la criba separa el trigo de la cascarilla y la suciedad, así la bondad o la maldad de los hombres se reflejan en sus acciones y en sus palabras.

Igual que los fallos en las piezas de alfarería se ven a la hora de ser cocida en el horno, así las pasiones de los hombres se revelan en el calor de la discusión. Y lo mismo que los árboles se conocen por sus frutos, así los pensamientos y los corazones de los hombres se traslucen en sus palabras y en sus obras.

Por lo tanto para conocer bien a una persona, es necesario conocer antes su modo de pensar, hablar y obrar.  Por ello, la sabiduría nos recomienda extremada prudencia a la hora de juzgar a los demás, ya que sólo Dios conoce el interior de cada persona.  Así que no nos precipitemos a la hora de emitir juicios sobre las personas.

La 2ª lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios, termina la exposición que hemos venido oyendo sobre la forma de la resurrección de los cuerpos, y especialmente en torno a la forma de transformación de quienes estén todavía vivos en ese momento.

Tenemos que darle gracias a Dios que nos ha dado la victoria sobre la muerte gracias a Jesucristo. La vida cristiana ha de ser por lo tanto optimista y libre de temor.  El cristiano es un vencedor de la muerte en Cristo resucitado, por ello, en la vida del cristiano no hay lugar alguno para la tristeza, ni existe nada que nos quite la certeza de participar en la gloria en Jesucristo.  La muerte es tránsito a la gloria.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado una breve comparación o parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”.

En las parroquias comprobamos muy a menudo que se utilizan medidas diferentes para juzgar a las personas: cuando nos referimos al sacerdote, siempre le criticamos por lo que no hace y que nosotros creemos que debería hacer; cuando hablamos de los políticos o sindicalistasles dejamos verdes; cuando hablamos del compañero de trabajo, de la vecina o de la suegra, siempre son ellos los malos. Pero cuando hemos de hablar de nosotros mismos, entonces no tenemos gran cosa de que convertirnos, porque no mato, no robo, y de vez en cuando hago una visita relámpago a mis padres, a mis abuelos.

Pues bien, el Evangelio de hoy nos invita a la autocrítica: si no soy capaz de ver la viga que tengo en mi ojo, ¿cómo podré ver la mota que tiene el vecino en el suyo?

No tenemos derecho a juzgar a nadie por las apariencias -pues estas frecuentemente engañan-, ni mucho menos debemos condenar a nadie. ¿Qué sabemos de esa persona a la que ligeramente juzgamos? ¡Hay tantos dramas encerrados en el interior de la persona, tantos sufrimientos físicos y psicológicos que desconocemos, tantas razones ocultas!

Necesitamos una buena dosis de amor, misericordia y tolerancia ante las diferencias.  Por sus frutos se conoce si un árbol es bueno o malo. Diríamos también que por las palabras podemos conocer cómo es el corazón del hombre. Hay palabras duras, hirientes, que matan. Son el fruto de un corazón de piedra que no sabe amar. ¡Cuánto daño podemos hacer con nuestras palabras envenenadas! Con la palabra podemos ridiculizar, engañar, humillar, hundir… a nuestro prójimo.

¡Con qué facilidad detectamos los defectos de los demás y cuánto nos cuesta ver los nuestros!

Pensemos… ¿cómo reaccionamos cuando se nos denuncia algún defecto propio? ¿Excusándonos? ¿Negándolo? ¿Esperando que los demás también nos excusen y nos acepten así? ¿O tal vez -por casualidad- aceptamos la corrección y tratamos de cambiar? De eso se trata la seria advertencia del Señor hoy en el Evangelio.

Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y conoce muy bien nuestras “máscaras”.

Por eso es tan importante ir disminuyendo los defectos y aumentando las cualidades, que es lo mismo que decir: ir borrando pecados y creciendo virtudes.

Un buen programa de vida para esta semana: que nuestra palabra sea constructiva y no destructiva, que esté guiada por el amor y el deseo de hacer el bien.

lunes, 14 de febrero de 2022

 

VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Ser cristiano, ser discípulo de Cristo no es fácil.  Hay una asignatura que a todos se nos hace cuesta arriba.  Nos cuesta amar a todos, nos cuesta perdonar.  Sin embargo la liturgia de este domingo nos pide un amor total, un amor sin límites, incluso para con nuestros enemigos. Nos invita a dejar de lado la violencia y a sustituirla por el amor.

La 1ª lectura del Primer libro de Samuel nos presenta el ejemplo de David.  David tenía la posibilidad de matar a su enemigo Saúl, en cambio, en lugar de matarlo, escoge perdonarlo.

La violencia se ha adueñado de nuestras vidas, de la historia de la humanidad.  En los últimos 100 años hemos conocido dos guerras mundiales y muchísimas pequeñas guerras por todas partes.  Como resultado, han muerto y siguen muriendo, muchos millones de seres humanos y el sufrimiento de muchas familias.  Existe también el miedo de una guerra nuclear y vemos diariamente en las noticias la violencia por todas partes y la violencia dentro de la propia familia.

La violencia no puede ser la solución para construir un mundo en paz, no puede ser la solución para solucionar los conflictos tanto personales como mundiales. No podemos aplicar la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.  Hay que aprender a perdonar, a amar. 

La vida humana es sagrada y no tenemos derecho a quitársela a nadie.  Por ello, en ningún caso se justifica ni podemos estar de acuerdo con la pena de muerte. 

Tenemos el derecho de exigir justicia cuando nos han causado algún daño y esto está bien, pero si sabemos perdonar al que nos ha causado ese daño, habremos actuado como auténticos cristianos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos sigue hablando, como el domingo pasado, de la resurrección de Cristo y de la nuestra.

Somos imagen del hombre terreno, pero estamos llamados a ser imagen del hombre celestial.  Por eso no hemos nacido para quedarnos aquí en la tierra sino para ir un día al cielo.  El hombre ha soñado siempre con ser un superhombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico.  Los nazis quisieron crear un superhombre y para ello mataron a 6 millones de judíos.

Sin embargo, Cristo, que es el último Adán, nos garantiza este sueño no de ser superhombres, sino algo mejor: hombres celestiales.  Con la resurrección, Dios nos garantiza que vamos a ser transformados y vamos a vivir una nueva vida no como hombres terrenales sino como hombres celestiales.

El Evangelio de san Lucas nos habla de amar a los enemigos, de perdonar, de hacer el bien.

En el mundo en el que vivimos, es un signo de debilidad y de cobardía no responder a una agresión o no pagar con la misma moneda a quien nos hace mal; y es un signo de valor y de fuerza pagar el mal con mal, si es posible, con un mal todavía mayor.

Estos principios generan, inevitablemente, guerras entre los pueblos, separaciones y divisiones entre los miembros de una misma familia, enemistades y conflictos entre los compañeros de trabajo, relaciones difíciles y poco fraternas entre los miembros de la misma comunidad cristiana o religiosa.

Pareciera no haber otro camino para resolver los problemas que el recurso a la violencia. La violencia genera siempre más violencia.  Jesús tiene la convicción profunda de que al mal no se le puede vencer con la fuerza, el odio y la violencia.  Al mal solo se le vence con el bien.  Sólo el amor desarma la agresividad y transforma los corazones de los malos y de los violentos.

Nadie puede decir que es fácil perdonar.  Perdonar es difícil.  El perdón nace de un corazón cristiano.  El cristiano perdona porque se sabe perdonado por Dios.  Perdonar no significa que nos quedemos de brazos cruzados ante las injusticias.  Perdonar significa que no debemos odiar a quien nos hace el mal.

Amar a los enemigos no quiere decir que esa persona forme parte del círculo de mis amigos, sino que tengo que tener una actitud positiva hacia ellos, tengo que tener respeto por su dignidad humana, tengo que preocuparme por su bien y no excluirlo.

Perdonar y amar a nuestros enemigos no significa renunciar a que se nos haga justicia, pero hay que curarse del daño que nos han hecho y no odiar.  Perdonar exige también tiempo.

El que perdona se siente mejor.  Es capaz de desear el bien a todos incluso a quienes lo habían herido.  Amar a los enemigos es romper el mal, pero no a base de más violencia sino a fuerza de bien.

Hoy Jesús nos llama a renunciar al odio y a la violencia hacia cualquier persona para resolver las injusticias y nuestros conflictos.

lunes, 7 de febrero de 2022

 

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo nos hablan de la verdadera felicidad.  Muchas personas se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad, felicidad que para muchos está fuera de su alcance, y para otros, cuando creen que la han alcanzado, la felicidad desaparece como una burbuja de jabón.

El profeta Jeremías, en la primera lectura, llama maldito al hombre que confía en el hombre, y llama bendito al hombre que confía en Dios.

Confiar en el hombre es confiar en las propias fuerzas, es sentirse autosuficiente, es rechazar cualquier tipo de ayuda, cualquier tipo de auxilio de Dios.  Es creer que el ser humano es más que Dios. 

Hay personas que sólo confían en el hombre, en el poder humano y buscan la felicidad hecha a su medida y al margen de Dios, y normalmente esa felicidad está muy alejada de la felicidad que Dios quiere para nosotros.  El que confía en el hombre es aquel que no quiere formar parte de la aventura que Dios nos ha preparado.

El que confía en el hombre es aquel que sólo cree en su cuenta bancaria, en amistades influyentes, en la posición social.  En definitiva, el que construye su vida la margen de Dios.

Estas personas, puede que aparentemente les vaya bien, pero tarde o temprano será una persona sola y desamparada.

La persona que confía en el Señor es aquella que produce abundantes frutos, es aquella que se entrega absoluta e incondicionalmente a Dios.  La persona que confía en el Señor, cuando llegan los momentos duros como una enfermedad, quedarse sin trabajo, estar sólo, etc., se mantiene firme en su fe, y sigue dando frutos. 

Prescindir de Dios es nuestra vida es andar por caminos de muerte y renunciar a la felicidad y a una vida plena.  Hemos pues de hacer una opción fundamental en nuestra vida: confiar en el Señor o confiar en el hombre.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos habla hoy de la certeza de la resurrección.

Si nuestra vida terminara aquí, en la tierra, entonces, sí que lo único importante en esta vida sería llenarnos solamente de bienes materiales.  Pero nuestra vida no termina, se transforma con la muerte y comenzamos a vivir la vida de Cristo resucitado.

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para todos nosotros.  Si no hubiera resurrección no tendría sentido cree en Dios, no tendría sentido nuestros esfuerzos por más atractiva que fuera esta vida.  La resurrección es la base y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.  No olvidemos que en la vida y en la muerte somos del Señor.

San Lucas, en el Evangelio de hoy,  nos dice que Jesús viene a proclamar dónde y cómo podemos encontrar la felicidad.

Hay personas que  confunden la felicidad con la prosperidad. Y, para muchos lo importante para ser feliz es “tener dinero”.  No tienen otro proyecto en la vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad.

Buscar, alcanzar la felicidad es el deseo más fuerte que siente todo ser humano. Todos nosotros anhelamos la felicidad, queremos ser felices.  Ser feliz es la aspiración más profundamente humana, más auténtica. Dios nos ha creado para ser felices.

Pero el problema está en que escogemos el camino equivocado y la felicidad no llega. Jesús nos propone un camino seguro de felicidad.

Jesús da un giro total a los criterios humanos sobre la felicidad, a lo que nosotros pensamos sobre la felicidad. Nos dice quiénes están en el verdadero camino de ser felices y quiénes en el camino de ser infelices, pero infelices de verdad.

Jesús declara dichosos, porque poseen el reino de Dios, ya desde ahora y no sólo en la otra vida, a los que el mundo tiene por infelices: son los pobres y los que tienen hambre, los que lloran y los que sufren, los misericordiosos que saben perdonar, los honrados y limpios de corazón, los que trabajan por la paz desde la no violencia, los perseguidos a causa de su fidelidad a Dios y a su Reino.

Y por el contrario, proclama infelices, dignos de lástima y amenazados de maldición a los que son ricos, están saciados, ríen y son aplaudidos por todos.

Las bienaventuranzas, nos ofrecen la imagen de un Dios Padre, que se coloca de parte de los pequeños y de los humildes, que “pone su fuerza  al servicio de los desheredados”, se preocupa de los excluidos, privilegia a los que no cuentan, toma en serio la suerte de quien es marginado y rechazado.

No podemos buscar la felicidad a costa del otro. Eso genera desgracia a nuestro alrededor y desgracia en el fondo del corazón.

La felicidad no está en el bienestar, en el tener. La civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida pero no nos ha hecho felices. Para lograr nuestro bienestar somos capaces de mentir, defraudar, traicionarnos a nosotros mismos y destrozarnos unos a otros. Y así, no se puede ser feliz.

Pidamos hoy al Señor que descubramos el camino de la verdadera felicidad. ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más? 

lunes, 31 de enero de 2022

 

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.

La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.

Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.

Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.

La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.

Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado. 

¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.

Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.

El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.

Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.

Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.

EN el Evangelio de san Lucas vemos a Pedro, acompañado de Santiago y Juan. “Desde hoy serás pescador de hombres”,  le dijo Jesús a Pedro.  Entonces, “llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron”

Los hombres y mujeres no podemos inventarnos misiones de parte de Dios; no podemos asumir por nuestra propia cuenta y riesgo misiones específicas de parte de Dios.  Pero ¡eso sí! cuando Dios llama, no hay pretexto para decir no.  Ni siquiera la propia indignidad o supuesta incapacidad pueden ser excusas. Porque si Dios llama, prepara a sus enviados con todo lo necesario para la misión encomendada.

Tras la llamada viene la respuesta de amor al plan que Dios nos propone. Quizá estamos llamados a desempeñar misiones concretas de servicio a nuestros hermanos. Hay vocaciones singulares de tipo político, económico, sanitario, social.  Algunos son llamados al servicio de la comunidad eclesial como sacerdotes, diáconos o religiosos. La llamada de Dios no es escuchada con los oídos, sino a través de mediaciones: personas, acontecimientos, lecturas etc. Todos somos llamados.

Lo que cuenta es que estemos atentos para escuchar su llamada y prontos para responder como Isaías – «aquí estoy, mándame»- o como Pedro y los apóstoles -«dejándolo todo, lo siguieron».

Dios llama a Isaías, un seglar, para llevar el mensaje a su pueblo. Jesús llama a Pedro, Juan y Santiago para llevar la buena nueva al mundo entero. Hoy se habla mucho de la participación de los seglares en la labor apostólica de la Iglesia.

Nosotros los sacerdotes y vosotros los seglares, tenemos una misma vocación. A unos y a otros, nos llama Dios, como llamó a Isaías o a Pedro.

Es una llamada personal, cada uno con sus dones o carismas, tiene un quehacer en la Iglesia, un quehacer misional apostólico. ¿Nos sentimos llamados?

¿Somos los mirones que sólo sabemos criticar y comentar lo que hace “esa Iglesia” de la cual muchas veces nos sentimos unos simples espectadores?

Todos vamos en la misma barca enviados por Jesús a pescar.

Como Isaías, como Pedro y los demás apóstoles, nosotros hemos respondido al Señor que estamos dispuestos a ir a donde nos quiera enviar. Nosotros tenemos que ser su voz, su brazo, sus pies, para hacer llegar el evangelio a todos los extremos del mundo. Tarea excesiva para la debilidad de nuestra condición humana. Pero el Señor no nos envía con las manos vacías. Él está con nosotros. Por la gracia de Dios, reconoce Pablo, soy lo que soy. Ser cristiano, estar llamado al apostolado es una gracia de Dios, pero no es una gracia para nosotros solos, sino para compartirla con los demás. Somos cristianos para los demás. Anunciar el evangelio es hacer al mundo entero partícipe de nuestra fe y de nuestra esperanza.

Trabajar por el evangelio, evangelizar, es ante todo vivir como cristianos para los demás y de cara a los demás. Así como nadie enciende una vela para esconderla bajo la mesa, así nadie se hace cristiano para quedarse en casa, en el estrecho recinto de lo privado, sino para salir por las plazas y caminos con la buena noticia por adelante. ¡Ánimo, hermanos, no tengáis miedo a ser pescadores de hombres!

lunes, 24 de enero de 2022

 

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

La liturgia de este domingo es una invitación a que todos los bautizados nos comprometamos a anunciar el Evangelio a toda persona, especialmente a los más alejados.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo Dios escoge a Jeremías para consagrarlo y constituirlo profeta.  Jeremías tendrá que soportar todo tipo de dificultades en su misión, pero no abandonará la tarea que Dios le ha encomendado.

¿Quiénes son hoy los profetas?  Los profetas no son una clase especial de personas, sino que profeta es todo aquel que ha sido bautizado.  Dios se sirve de los profetas para seguir interviniendo en el mundo.

El profeta es el hombre que vive con los ojos puestos en Dios y en el mundo. El profeta es el hombre que habla en nombre de Dios.  Cuando lo que dice nos gusta, es de nuestro agrado, recibimos bien su mensaje, pero si lo que nos tiene que decir el profeta contradice nuestras opiniones, nuestros criterios o nuestros deseos, entonces no aceptamos con facilidad lo que nos dice e incluso lo rechazamos. Quienes han hablado en nombre de Dios como auténticos profetas, no han gozado nunca de buena acogida entre sus oyentes.

No tengamos nunca miedo de dar testimonio de nuestra fe, de proclamar sincera y verdaderamente el mensaje de Dios, porque Dios está siempre al lado del auténtico profeta.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el himno al amor.

La palabra “amor” está en labios de todos.  Ahora bien, no todos se refieren a lo  mismo cuando pronunciar esta palabra.  Cada quien entiende la palabra amor a su gusto. ¡Cuántas veces decimos “te amo” en esta vida!

¡Conque facilidad prometemos amor! ¡Y con qué facilidad esas palabras de amor, en muchas ocasiones, se las lleva el viento!  ¿Cuántos corazones hemos roto en nuestra vida cuando hemos prometido amarlos y les hemos dado la espalda tan fácilmente?

San Pablo nos dice hoy cómo es el verdadero amor.  El amor es comprensivo:  es la capacidad de ponerme en el lugar del otro; es servicial: se demuestra en el bien hecho al otro; no tiene envidia: es el defecto de muchas personas y consiste en ponerme triste porque al otro le va bien; no es presumido: no presume del bien que hace a otra persona; no es grosero ni egoísta: no podemos estar toda la vida mirando nada más a nuestro ombligo, pensando solamente en nosotros mismos; no se irrita ni guarda rencor: todos tenemos como un cuaderno en el que vamos apuntado todo lo que nos han hecho los demás, o lo que pensamos que nos han hecho; el amor olvida todo eso, no lo tiene en cuenta; no se alegra con la injusticia: el amor quiere que todo “se ajuste” a la voluntad de Dios, así todo será más justo; se goza con la verdad: sin verdad no puede haber amor.

El verdadero amor tiene que tener también las siguientes cualidades, aún en momentos difíciles: disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.   En el amor no se debe buscar culpables en los conflictos, sino disculpar al otro; debe haber confianza mutua; saber soportar las dificultades y no buscar caminos fáciles a los problemas.

Así debe ser nuestro amor, un amor válido para toda la vida.

El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús despreciado por los habitantes de Nazaret.

A todos nos gusta que nos alaben y nos molesta que nos critiquen. Pero es necesario recibir con humildad tanto las alabanzas por nuestros aciertos, como las críticas por nuestros desaciertos. Es necesario reconocer el trabajo de la gente, valorarlo y estimularlo, y hacer una crítica seria y constructiva, cuando sea necesario, aunque no nos miren bien. Generalmente alguien nos molesta cuando nos dice nuestras verdades, cuando denuncia nuestros errores y no nos ayuda a seguir en nuestros vicios.

El camino del profeta es un camino en el que hay que luchar, muchas veces, con la incomprensión de la gente, con la soledad, con el riesgo, porque no siempre puede uno decir lo que le agrada a la gente.  Sin embargo, es un camino al que Dios nos llama y hay que ser fiel a su Palabra.

Como Jesús, nosotros también tenemos el peligro de ser rechazados por predicar lo que nos propone el evangelio. Pero no podemos renunciar frente al rechazo. Como el profeta, habrá que seguir anunciando el perdón, el amor y la paz, aunque todos nos den la espalda. Si no es para que los demás cambien, por lo menos para que ellos y sus costumbres, no terminen por cambiarnos a nosotros.

lunes, 17 de enero de 2022

 

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy de la importancia que debe tener la Palabra de Dios en nuestra vida.  La Palabra de Dios que proclamamos cada domingo no es sólo para escucharla sino para hacerla vida.

La 1ª lectura de Nehemías nos dice cómo el pueblo de Israel había perdido el libro de la Palabra de Dios.  Cuando el Libro fue encontrado, se reunió el Pueblo, escuchó la Palabra de Dios,  y se emocionaron ante la lectura y los comentarios a la Palabra de Dios que hacía el sacerdote Esdras.

La Palabra de Dios es la fuente de comunicación de Dios con nosotros.  Cuando se proclama la Palabra de Dios hemos de estar atentos, escuchándola, para recibir lo que Dios quiere comunicarnos y no estar distraídos o con falta de interés por llegar al principio de la Misa donde se proclama esa Palabra de Dios.

Hay que estudiar y conocer la Biblia para que la Palabra contenida en ella se convierta en norma de conducta en nuestra vida, y hay que venerar la Biblia para darnos cuenta que en ella está contenida la mismísima voz de Dios, que se hace presente en su lectura y proclamación.

Nosotros, como cristianos, no podemos dejar de conocer las Sagradas Escrituras, no podemos no estudiarla, no podemos no rezar con ella, no podemos ignorarla, porque las Sagradas Escrituras son la norma de nuestro comportamiento.  Quien no conoce las Escrituras no puede decir que conoce a Dios.

Hay muchas personas que no conocen la Palabra de Dios, para otros la Biblia es sólo un libro más para ocupar nuestras librerías.  Su lectura no nos dice nada y, a veces, ni nos interesa.

Dios habla, habla a través de la Biblia, habla en la Misa.  Por eso, quienes no vienen a Misa se están perdiendo escuchar más intensa y eficazmente la Palabra de Dios.

Dios nos habla.  Hay que escucharlo con atención y poner en práctica lo que nos dice.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios sigue insistiendo, como el domingo pasado, en la unidad de la Iglesia y la comunicación y solidaridad que debe existir entre todos los miembros que formamos la Iglesia.

Cuando hablamos de Iglesia, muchos la entienden como el Papa, los obispos y los sacerdotes, sin embargo, la Iglesia somos todos los bautizados.  Al igual que en un cuerpo humano, cada miembro tiene una función, así en la Iglesia todos y cada uno tiene una función que desempeñar por muy pequeña que sea. En un cuerpo toda parte es importante, pero cada una tiene su función. En la Iglesia todos somos necesarios.

El Evangelio de San Lucas  nos dice que Jesús llega a la sinagoga, abre la Escritura y lee el sueño de un mundo nuevo. Un mundo de libertad. Un mundo de claridad, luz y verdad. Y Jesús después de leer el texto, dice solemnemente. “Hoy se cumple está Escritura que acabáis de oír”.

A nosotros, que no creemos ya en grandes palabras y nos hemos olvidado de los grandes sueños Jesús nos dice que hoy, ahora, en estos momentos, se nos da la posibilidad de un mundo nuevo. La posibilidad de la libertad y de la verdad.

Si queremos cambiar el mundo tenemos que recomponer al ser humano.  Jesús no viene a solucionar mágicamente los problemas del mundo. Viene a cambiar el mundo, cambiando la vida del ser humano. Hoy se cumple esta palabra, porque el ser humano puede cambiar su vida.  El tiempo se ha cumplido, dice Jesús. Es hora de comenzar un mundo nuevo viviendo y actuando de forma diferente. En esta tarea,  Dios está cerca y está ahí para ayudarnos. 

A Dios no le agrada el sufrimiento, no le agrada este mundo en el que unos hombres hacen sufrir a otros. El corazón de Dios siente ante todo el dolor, el sufrimiento de los oprimidos.

Hoy día sigue habiendo cautivos, muchas personas esclavas de la droga, el alcohol, el dinero, el sexo, personas atadas a múltiples dependencias materiales o personales. Jesús viene a anunciarnos la liberación de toda dependencia u opresiones que humillan la naturaleza humana y provocan el vacío y la desesperanza. La peor ceguera no es la física, sino la mental, el no ver claro el sentido de la vida, la intolerancia y la falta de diálogo, la terquedad en el propio error, la cerrazón a todo lo que no convenga a mi propio egoísmo o autosatisfacción.

Hoy también para nosotros puede ser ese gran día para ti y para mí si la Palabra de Dios que has escuchado comienza a ser “viva y eficaz”.

lunes, 10 de enero de 2022

 

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Después del ciclo litúrgico de la Navidad comenzamos el Tiempo Ordinario, que se verá interrumpido para celebrar la Cuaresma.  Con el Tiempo Ordinario comenzamos a recorrer la vida pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.

¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?

Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.

Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.

Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas que Dios nos da a cada uno y a través de los cuales Dios manifiesta su amor por nosotros.

Esos dones y gracias que recibimos de Dios son para ponerlos al servicio del bien común, al servicio de todos.  Los dones que Dios nos da no son privados.  Dios nos los da para el servicio de la comunidad.

“Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo”, –nos decía San Pablo–  Cada persona tiene su propio modo de ser, sus propias cualidades y sus propios defectos.  Y todos hemos recibido esos dones de un solo Señor.  Si queremos que haya paz y armonía entre todos nosotros, debemos respetar y reconocer las cualidades que cada uno tiene.

Si lo bueno que hay en nosotros proviene de Dios, hemos de ser respetuosos con los demás.  Si queremos que nos respeten, es necesario que nosotros respetemos a los demás.  Por lo tanto evitemos cualquier desprecio o envidia por las cualidades de los demás.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.

Como en la boda de Caná, ocurre que muchas veces, en nuestra vida nos puede faltar el vino.  Nuestra vida, en muchas ocasiones, se vuelve monótona, carente de ilusión, de sentido y de esperanza.  Muchas veces, o quizás demasiadas veces, nos falta la alegría, y nos vemos ante las dificultades como los novios de Caná.  Y aunque tengamos de todo, si nos falta el vino de la salvación que nos trae Jesús se nos acaba la fiesta.  Muchas veces nos falta también el deseo de compartir el amor y la amistad.

Hay también muchas familias que les falta el vino.  Han pasado los años y la rutina la hemos dejado entrar en el hogar.  Falta la fantasía, la imaginación, la atención, el regalo de aniversario, acordarse de las fechas importantes, atender los gustos.  Hay familias que les falta el vino porque ya no esperan nada nuevo, ni se hace nada nuevo. 

Y como en las bodas de Caná, María, la madre, siempre atenta a las necesidades de todos, presenta también nuestras necesidades ante su Hijo: “no tienen vino, no tienen ilusión, no tienen esperanza” y luego aquellas palabras suyas dirigidas también a todos nosotros “haced lo que Él os diga”. 

El Señor sigue presente en medio de nosotros, su Espíritu y su Palabra, pueden transformar esas situaciones de desesperanza por las que pasamos, si hacemos lo que Jesús nos pide.

No olvidemos que ninguno de nosotros estamos abandonado de Dios.  Dios nos ama y nos invita a la fiesta de su amor.  Y cuando, por cualquier motivo, se nos acabe el vino, si hacemos lo que Jesús nos dice, si ponemos a su disposición el agua pobre y sencilla de nuestra vida, el Señor la convertirá en el vino nuevo de la alegría salvadora.