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lunes, 8 de agosto de 2022

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo nos invitan a no sucumbir en la fe y nos recomienda que permanezcamos fieles en la lu­cha contra el pecado con los ojos fijos en Dios.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo la vida de Jeremías es toda una tragedia: ama a su pueblo y desea para todos lo mejor, pero tiene que anunciarles lo peor.  Sin embargo Jeremías cumple su misión y anuncia a todos la amarga verdad que le ha sido revelada.  Esto le acarrea la persecución de sus paisanos.

El auténtico mensajero de Dios debe siempre anunciar la verdad aunque le cueste la cárcel y la muerte. La «verdad» siempre es algo duro de pelar, acarrea más momentos de tristeza que de gozo y de alegría.  Jeremías es odiado por los ministros del rey e incluso por el mismo pueblo por quien tanto trabajó durante cuarenta años para obtener su conversión.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos se dirige a una comunidad cansada y vacilante en la fe. Los peligros a que se refiere son los de la segunda generación. Ha desaparecido el primer entusiasmo, la novedad del mensaje se ha convertido en costumbre, se dejan sentir las dificultades internas y externas y el camino de la cruz y de la resurrección se presenta como una carga pesada. La comunidad es muy distinta de lo que cabía esperar.

Hoy son muchos los cristianos y las comunidades inseguros en su fe. Son cristianos comprometidos, quieren instruirse, se plantean los problemas actuales, pero no saben qué camino tomar. Es el momento de aceptar la sabiduría de la cruz. Estar bajo la ley de la cruz significa, para la comunidad, soportar las tensiones y contradicciones en el interior de la comunidad, de la Iglesia, y perseverar a la espera del que da razón de nuestra fe: Cristo Jesús.

El Evangelio de san Lucas  nos dice hoy que la Buena Nueva es una noticia inquietante, que puede engendrar la división hasta en la propia familia.

Seguir a Cristo requiere una opción personal consciente. En el evangelio de hoy nos lo dice el mismo Cristo con imágenes muy expresivas. No ha venido a traer paz, sino guerra. El mismo que luego diría: “mi paz os dejo, mi paz os doy”, nos asegura que esa paz suya debe ser distinta de la que ofrece el mundo.

Nos asegura que ha venido a prender fuego en el mundo: quiere transformar, cambiar, remover. Y nos avisa que esto va a dividir a la humanidad: unos lo van a seguir, y otros, no. Y eso dentro de una misma familia. Cristo -ya lo anunció al anciano Simeón a María- se convierte en signo de contradicción. Si sólo buscamos en el evangelio, y en el seguimiento de Cristo, un consuelo y un bálsamo para nuestros males, o la garantía de obtener unas gracias de Dios, no hemos entendido su intención más profunda. El evangelio, la fe, es algo revolucionario, dinámico, hasta inquietante.

El ser fieles al evangelio de Jesús muchas veces también a nosotros nos produce conflictos. Estamos en medio de un mundo que tiene otra longitud de onda, que aprecia otros valores, que razona con una mentalidad que no es necesariamente la de Cristo. Y muchas veces reacciona con indiferencia, hostilidad, burla o incluso con una persecución más o menos solapada ante nuestra fe. Tener fe hoy, y vivir de acuerdo con ella, es una opción seria. No se puede compaginar alegremente el mensaje de Cristo con el de este mundo. No se puede «servir a dos señores»

Siempre resulta incómodo luchar contra el sentir ambiental, sobre todo si es más atrayente, al menos superficialmente, y menos exigente en sus demandas. La visión del mundo que Jesús nos va ofreciendo en las páginas de su evangelio tiene muchas veces puntos contradictorios con la visión humana de las cosas. Ser cristiano es optar por la mentalidad de Cristo. No se puede seguir adelante con medias tintas y con compromisos.

El evangelio es un programa de vida para fuertes y valientes. No nos exigirá siempre heroísmo -aunque sigue habiendo mártires también en nuestro tiempo-, pero sí nos exigirá siempre coherencia en la vida de cada día, tanto en el terreno personal como en el familiar o sociopolítico.

La paz de Cristo, la verdadera, está hecha de fuego y de lucha.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, ciertamente nos dejamos envolver en la paz y el consuelo de Dios. Pero a la vez esta celebración nos compromete a una vida según Cristo, y a una lucha por defender nuestra fe.

lunes, 1 de agosto de 2022

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas  de este domingo nos llaman a estar vigilantes en todo momento. Nuestra fe nos enseña a descubrir al Señor en los signos de los tiempos. Necesitamos crecer en la fe; en la búsqueda de las cosas del Señor.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda la celebración de la pascua entre los judíos, que significaba el centro de la vida religiosa y cultual del pueblo de Israel.  El pueblo celebra su liberación de los egipcios, gracias a la intervención de Dios.

Hay personas que no le encuentran sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.  Creen que la felicidad se encuentra en lo fácil, en la moda, en los antivalores, más que en los valores del Evangelio y el proyecto de vida que nos propone el Señor.

Todos los días somos presionados, sea por la opinión pública, o por la moda a vivir una vida fácil, alejados de Dios.  Por eso tenemos que estar vigilantes para no abandonar a Dios.  Sólo Dios es el que nos puede liberar, es el que se hace presente todos los días en nuestra vida indicándonos por dónde ir para encontrar la vida plena y la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece testimonios de personas que vivieron profundamente la fe en Dios y la esperanza en sus promesas Y por ello alcanzaron la plenitud de su vida porque no quedaron defraudados.

Cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia.   Para ello se requiere una luz especial que llamamos fe.

La fe es la luz que alumbra nuestro caminar, ya que la fe “no es creer lo que no vemos, sino tener la certeza y seguridad de lo que esperamos”.

Cuando nuestra fe no es fuerte y nuestra confianza en Dios es débil, no podremos sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.  Sin embargo,  cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia porque la fe es tener la seguridad de lo que esperamos y la certeza de que lo alcanzaremos.

El Evangelio de san Lucas nos invita a la vigilancia, a estar preparados.

Hemos llegado a una situación de miedo ante el futuro, a causa de la violencia y de la inseguridad y esto  hace que las personas se encierren en sí mismas.  Por eso el Señor nos dice hoy: “No temas, pequeño rebaño”

Cristo nos dice que no tengamos miedo, pero también advierte dónde puede crecer el mal y cuál es el más grave peligro. El corazón se enferma cuando no vive el amor.  El corazón pierde su sentido cuando se le pegan  las cosas y faltan los sentimientos.  La acumulación de bienes es con frecuencia un comportamiento casi instintivo que surge del miedo a la miseria y al futuro. Pero no es raro que se transforme en egoísmo, en lujo en  opulencia y en avaricia. A veces se quiere acallar la conciencia dando una limosna o donando lo que ya no sirve, pero el corazón se queda atrapado en los bienes materiales.

Los bienes no son nuestros, son de Dios y son para toda la humanidad. San Basilio decía: “El pan que guardas para ti, es del que tiene hambre; el manto que escondes en el ropero, es del desnudo; los zapatos que se quedan olvidados en un rincón, son del descalzo; el dinero que escondes, es del que tiene necesidad…”.

Los tres ejemplos que nos ofrece hoy Jesús nos cuestionan sobre la forma de vivir nuestra vida, de utilizar los bienes y de esperar la venida del Señor.  Uno de los riesgos de nuestra vida es vivir una vida superficial, mecánica y rutinaria.  Con el pasar de los años terminamos viviendo una vida sin sentido y empobreciéndonos espiritualmente.  Estar vigilantes es despertar cada día con ganas de vivir más y mejor y encontrar felicidad sirviendo a nuestros hermanos. Tiempo de vigilancia y de espera significa tiempo de gozo, tiempo de trabajo, tiempo de construcción, responsabilidad, fidelidad y tiempo de amar.

Necesitamos darnos cuenta de cuáles son los ladrones que están robando nuestra paz, por dónde están entrando o si nosotros mismos los hemos invitado a casa. Es triste que, disfrazados de bienestar y comodidad, muchas veces metemos enemigos que nos roban la paz y la armonía del hogar.

Necesitamos estar alertas, pero también necesitamos hacer un examen muy minucioso del corazón, si no está lleno de egoísmo; si no se han obstruido sus arterias por tanta grasa de los bienes materiales; si no se ha endurecido por la envidia, el rencor o la venganza. Hay que mirar los enemigos de fuera que pueden destruirnos, pero hay que estar muy atentos a los enemigos de dentro que pueden contaminar el corazón.  Ante todos estos peligros, escuchemos con mucha atención la invitación de Jesús  a estar alertas, pero con la seguridad y la esperanza que nos dan sus palabras: “No temas, pequeño rebaño”.

lunes, 20 de junio de 2022

 

XIII DOMINGO ORDINARIO(CICLO C)


La liturgia de hoy nos habla de elección, de libertad y de seguimiento.  Dios cuenta con nosotros para transformar y salvar al mundo, y nos invita a responder a esa llamada con una total disponibilidad.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos ha hablado de la elección de Eliseo por parte de Dios.

Dios no solamente llama a unos hombres privilegiados, Dios nos llama a cada uno de nosotros a ponernos a su disposición para cumplir con la misión que Él nos quiere confiar.

Lo primero que debe hacer un cristiano es ponerse al servicio de Dios.  Muchas veces los cristianos estamos acostumbrados a jugar con la palabra que damos a Dios, estamos habituados a que no haya seriedad en nuestras relaciones con Él.  Hoy le decimos con la boca que lo seguiremos, y mañana, en la primera ocasión, con nuestra vida, le decimos que no, como si la palabra que le damos a Dios no valiese.

Son las posturas ambiguas o las medias tintas de tantos cristianos.  Seguir a Dios es una cosa seria y radical

La 2ª lectura de San Pablo a los Gálatas nos habla hoy de la libertad cristiana.

Cristo nos ha liberado de la esclavitud y quiere que seamos libres.  Sin embargo, ¡cuánta esclavitud contemplamos hoy en tantos seres humanos!  ¿Qué hemos hecho con el bautismo que nos ha liberado de la esclavitud del pecado?

Hoy día, se habla mucho de libertad, tanto a nivel personal como a nivel de pueblos.  Pero no siempre entendemos correctamente la palabra libertad y mucho menos sabemos vivirla o practicarla.  Muchos confunden libertad con libertinaje, porque creen que la libertad es hacer todo lo que quiero sin respetar a nada ni a nadie, y esto no es libertad es libertinaje.  Usamos la libertad para nuestro egoísmo, sin importarnos los demás.

San Pablo, hoy, nos recuerda que somos totalmente libres cuando amamos, es el amor lo que nos hace libres.

La libertad es necesaria para realizarnos como personas; pero mal manejada puede llevarnos a ser esclavos.  Hay personas que le tienen miedo a la libertad.  Pero no podemos suprimir la libertad porque sería un atentado; tampoco podemos renunciar a la libertad, pero tampoco podemos abusar de la libertad.  No olvidemos lo que nos dice san Pablo: la verdadera libertad es para amar.  “Ama y haz lo que quieras”, decía san Agustín.

En el evangelio de San Lucas, vemos a Jesús que tomó la decisión de subir a Jerusalén.  Es un acto libre y muy pensado. Y este camino que emprende no tiene vuelta atrás. Su decisión es firme. Nada ni nadie le va a impedir alcanzar su objetivo.

Y en seguida empiezan las dificultades. Los samaritanos no le dan acogida porque se dirige a Jerusalén. Y los discípulos se enfadan. Es el rechazo de la hospitalidad. Y, furiosos, quieren que reciban un merecido castigo. Reclaman que caiga fuego del cielo sobre el pueblo que no los acoge.

Pero la misión de Jesús no es la venganza, y por eso los regaña. Y les dice que la venganza, tan presente en las personas, no es el camino del cristiano.

La violencia, el odio y el terrorismo a menudo hacen nacer en nuestro corazón el deseo de venganza. E incluso hemos dicho o hemos oído decir alguna vez: “¡Ojalá Dios los cas­tigue!”, cuando nos encontramos impotentes ante los males causados por ciertas personas. Si escuchamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, seguramente alguna vez, también escucharemos su regaño cuando algunos de nuestros sentimientos nos pueden conducir a tomar decisiones vengativas y muy contrarias al evangelio.

Pero el evangelio también nos hablaba de seguir al Señor. Él nos invita a seguir su camino y a ser constantes en la vocación.

Hoy nuevamente hemos escuchado en nuestro corazón su invitación dirigida a cada uno de nosotros: “Sígueme”. Su seguimiento comporta exigencias, pero, por otra parte, nos ofrece poder sentirnos acompañados por la calidez y la ternura de su amor.

Él quiere una decisión firme. Quiere una plena entrega y dedicación. Quiere que no miremos atrás. Quiere que no echemos de menos el pasado. 

¡Ojalá hoy, en esta Eucaristía, sintamos de nuevo la llamada de Dios y le digamos de todo corazón que Sí queremos seguirlo!

lunes, 13 de junio de 2022

 

CORPUS CHRISTI (CICLO C)


Celebramos hoy la fiesta del “Corpus Christi”, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor.  Hoy celebramos de un modo especial, la presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía.

El Corpus Christi nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es el “sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas. Es dar gracias a Dios por el don de su Palabra y de su Cuerpo, entregado por nosotros, y su Sangre, derramada por nosotros.

El pan y el vino de la eucaristía son, en primer lugar, un alimento. Jesús quiso dejarnos como signo de su presencia, como memorial de su muerte y resurrección, o sea de su entrega por nosotros, de su sacrificio redentor, un alimento. La comida, el alimento, no sólo es una necesidad básica de la naturaleza humana, sino que es también signo de fiesta, de celebración, con un fuerte valor sacramental. Cuando queremos celebrar algún acontecimiento importante nos reunimos en una comida.

Jesús también quiso que la celebración principal de la fe de los cristianos fuese un encuentro festivo alrededor de una mesa. Yen esa mesa compartimos un alimento que es Él mismo. El pan y el vino de la eucaristía no son un símbolo, sino una presencia real de Jesús en medio de nosotros, que se nos da como alimento: “Esto es mi Cuerpo… esta es mi Sangre”.   Estas palabras significan que, después de la consagración eucarística, Cristo entero, Dios y hombre, se hace presente y permanece con nosotros. Cristo en persona está en la hostia después de pronunciar estas  palabras el sacerdote.

Es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un simple símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada  –como podría parecer– sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad –cuerpo, alma y espíritu– para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz.

Y nosotros necesitamos de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de  Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el Bautismo, gracia que es la semilla de nuestra vida espiritual.  “Quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él”, nos dice el Señor.  Es así como, recibiendo a Jesucristo en la Eucaristía, dice el Señor a Santa Catalina de Siena, “… el alma está en Mí y Yo en ella. Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí…”

Este alimento nos une a Jesús (eso es comulgar: entrar en comunión con Él), y nos da fuerzas para el camino cristiano. Y, aún más, la eucaristía nos lleva a la vida nueva de Jesús resucitado, que vamos ya viviendo ahora, pero que nos abre también a la vida para siempre.

Hoy es un día especial para que valoremos la Eucaristía.  Tenemos que venir a misa alegres porque somos llamados y reunidos por el Señor alrededor de la mesa del altar y hemos de esforzarnos siempre por comulgar en la Eucaristía ya que Comulgar es mucho más que introducir el pan consagrado en nuestra boca. Comulgamos acogiendo a Cristo en nuestra vida. Por eso es tan importante retirarnos en silencio para abrir nuestro corazón al Señor: “Yo te acojo, limpia mi corazón, transforma mi vida. Quiero vivir de tu verdad y de tu espíritu. Quiero ser como eras tú, vivir y amar como vivías y amabas tú”. En ese silencio profundo vamos comulgando con Cristo.

Ahora bien, es una contradicción grave comulgar con Cristo todos los domingos en la más recogida intimidad, y no preocuparnos durante la semana de comulgar con los hermanos; compartir el pan eucarístico, e ignorar el hambre de millones de seres humanos privados de pan, justicia y paz; celebrar el “sacramento del amor”, y no revisar nuestros egoísmos individuales y colectivos o nuestra apatía ante situaciones de injusticia y olvido de los más desvalidos; escuchar la Palabra de Dios en las Escrituras, y no oír los gritos de sus hijos más necesitados; darnos todos los domingos el abrazo de paz, y no trabajar por hacerla realidad entre nosotros es una contradicción.

Porque el pan y el vino consagrados son realmente el Cuerpo y la Sangre de Jesús, es lógico que adoremos este sacramento incluso fuera de la comida concreta de la Eucaristía. Es lo que da sentido a los actos de devoción personal o comunitaria como son el sagrario, la capilla del santísimo, la oración personal, la comunión a los enfermos.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres.

lunes, 6 de junio de 2022

 

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO C)


En este primer domingo después de Pentecostés celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Es una fiesta muy especial.  La fiesta de la Santísima Trinidad, es un misterio difícil de comprender.  Imposible, si no es por la fe.  Este misterio es uno de los más importantes de nuestra fe cristiana.  Esta celebración es, en esencia, la fiesta de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es bueno dedicar un día a admirar el misterio divino, que, por otra parte, está muy presente en toda nuestra vida. Toda celebración cristiana la hacemos en nombre de la Trinidad. El cristiano que viene a Misa, y trata de vivirla, observará que desde el comienzo, cuando nos santiguamos diciendo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, hasta que el sacerdote nos da la bendición trinitaria final, constantemente invocamos a la Santísima Trinidad.

Hemos sido bautizados en su nombre y empezamos el día invocándola con la señal de la Cruz; todo lo hacemos en su nombre y por su gloria.

Decir Trinidad es decir amor. Si no existiese la Trinidad, no existiría el amor.  Creemos que el mundo y los hombres se han desentendido de Dios, porque no creen en un Dios amor. Tal vez creemos en un Dios aislado de nosotros, en un Dios casi como que se desentiende de nuestras angustias y de nuestras tribulaciones. Pero, gracias a Dios, Cristo nos muestra a un Dios que vive con nosotros, un Dios vivo, un Dios que está implicado en la historia de los hombres.  Un Dios que va con nuestra historia.

Un Dios que se preocupa de la esclavitud de los hombres para hacerlos libres. Un Dios que vive con los pueblos subdesarrollados para que se desarrollen en la verdadera imagen que Él quiso hacer de cada rostro humano. Un Dios que se preocupa de nosotros.

Dios no es un ser aislado, solitario. Cristo nos ha revelado que Dios es comunión, que Dios es tres personas. 

Dios es Padre y Creador: la creación es la obra amorosa de Dios.  El hombre es la criatura más perfecta por Dios creada, pero a su vez pequeña ante la inmensidad de la creación.

El Padre, el Dios amor es el que da origen a todo lo que vive. Él es la fuente de todo y del que nace todo lo bueno, lo bello y misericordioso. En Él comienza todo lo que es vida y amor. El Padre no sabe sino darse y dar gratuitamente y sin condiciones.

Creer en un Dios Padre es saberse acogido. Dios me acepta como soy. Sólo quiere mi vida y mi felicidad eterna. Puedo vivir con confianza y sin temor. No conoceré la experiencia más terrible e insoportable para un ser humano: sentirse rechazado por todos, no ser aceptado por nadie. Dios es mi Padre. Nunca seré un extraño para Dios, sino un hijo.

Dios es Hijo, que nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros, que se hizo hombre para enseñarnos  a querernos como hermanos. Nos muestra que sólo es feliz aquél que es capaz de darse al otro, de perdonar una y otra vez como Él nos perdona.

El Hijo es acogida, respuesta perfecta al Padre, reflejo fiel de su amor.  El Hijo es nuestro hermano mayor, el que nos revela el rostro verdadero del Padre y nos enseña el camino hacia Él.

Creer en un Dios Hijo es saberse acompañado. No estamos solos ante Dios, perdidos y desorientados, sin saber cómo situarnos ante su misterio. El Hijo de Dios hecho hombre nos enseña a vivir acogiendo y difundiendo el amor del Padre. Injertados en Cristo no conoceremos la experiencia destructora de la soledad. Quien no sabe recibir amor, no sabe lo que es vivir. Quien no sabe dar amor, se muere.

Dios es Espíritu que nos fortalece y nos da su aliento. Ahora es el tiempo del Espíritu. Con Él viviremos nuestra fe, porque no es cuestión de doctrina, sino de vivencia. Decía San Juan que “sólo el que ama conoce a Dios”.  El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, no lo echemos en saco roto, aprovechemos el regalo que se nos hace en abundancia.

Dios es comunidad: Dios es amor y amor entre personas.  El Espíritu Santo es comunión del Padre y el Hijo, amor compartido, entendimiento mutuo. El Espíritu Santo es comunicación de amor, fuerza creadora y renovadora, energía amorosa que lo transforma todo.

Creer en Dios Espíritu Santo es saberse habitado por el amor. No estamos vacíos e indefensos ante nuestro propio egoísmo. Nos habita el Espíritu del amor. El Espíritu nos mantiene en comunión con el Padre y con el Hijo. Él nos consuela, nos renueva y mantiene vivo en nosotros el deseo de Dios reinando en un mundo más humano y fraterno.

Celebramos a la Trinidad siempre que los hombres nos esforzamos, mucho o poco, por construir una sociedad en la que las personas vayamos aprendiendo a convivir, compartir y dialogar.

lunes, 30 de mayo de 2022

 

PENTECOSTÉS (CICLO C)

Estamos celebrando hoy la fiesta de Pentecostés.  Han transcurrido 50 días desde el domingo de Resurrección hasta hoy.  Pentecostés es celebrar la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Virgen María.  Con la venida del Espíritu Santo comienza el tiempo de la Iglesia.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles,  nos ha descrito la venida del Espíritu Santo sobre los após­toles: se encontraban todos juntos, reunidos en un mismo lugar.  De repente, se oyó un ruido del cielo, como de un viento recio, que resonó en toda la casa. Se les aparecieron como unas lenguas de fuego. Todo eso era lo que experimentaban por fuera, en el exterior. Ahora bien, lo más importante era lo que les pasaba dentro, en el interior de cada uno: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”.

También nosotros hemos recibido muchos signos exteriores de la presencia de Dios: ahora mismo estamos en la iglesia, reunidos ante el altar, hemos hecho la señal de la cruz, hemos cantado, hemos escuchado la palabra del Señor.  Pero, ¿y por dentro? ¿Nos damos cuenta de que el Espíritu Santo está en cada uno de nosotros y llena nuestro interior?

El Dios que aparece en el Antiguo Testamento, puede parecernos un Dios un poco lejano, sin embargo, Jesús es “Dios entre nosotros”, Dios hecho hombre: vive y habla humanamente, comparte nuestra vida y nuestra muerte, se sienta a la mesa con los pecadores, conocemos su historia, de Belén al Calvario. Pero quedaba, todavía, una aproximación más íntima de Dios. Jesús la había anunciado: el Espíritu de la verdad estará dentro de nosotros. Es éste el acontecimiento de Pentecostés: su Espíritu está en nuestro interior.

Desde el día de nuestro Bautismo y, especialmente, desde nuestra confirmación, también nosotros estamos llenos del Espíritu Santo.  El Espíritu está actuando en cada persona, impulsando nuestro saber, nuestra manera de vivir, o posiblemente esperando  a que lo dejemos actuar, a que abandonemos nuestro egoísmo, nuestras violencias, a veces hasta nuestro temperamento, a que lo dejemos actuar.

Y ¿qué hace, en nuestro interior, el Espíritu Santo?

Nos habita profundamente. Podríamos decir que se mezcla con nuestra personalidad y, desde ella, nos revela la verdad plena. Conocemos la palabra, conocemos el Evangelio. Pero cada uno de nosotros es diferente e irrepetible… ¿Cómo vivir mi vida según el Evangelio? Eso no está escrito: eso me lo dice el Espíritu Santo.

Me hace recordar vivencialmente todo lo que el Señor ha dicho y me lo hace entender.

Es el defensor: me defiende de mí mismo, de mis dudas, de mis cobardías. También me defiende del mal exterior: del ambiente de incredulidad, del materialismo y del consumismo que me rodean e intentan seducirme.

Es el consolador. Me consuela en las horas duras, no deja que me sienta huérfano, me anima en la tristeza, en el desencanto, en la depresión. Me ofrece generosamente sus frutos: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, dulzura y dominio de mí mismo.

Aquellos hombres asustados que eran los apóstoles, cuando quedaron llenos del Espíritu Santo empezaron a hablar en diversas lenguas. Salen fuera y son capaces de establecer una comunicación personal con personas que provenían de diversas nacionalidades: “cada uno los oía hablar en su propia lengua”.

Pentecostés nos debe cuestionar y darnos cuenta que el Espíritu que hay en nosotros nos ha sido dado para que salgamos fuera, para que anunciemos a Jesús, para que todo el mundo nos pueda escuchar desde donde está y desde como es.

¿No os parece que evangelizamos poco? Que cada uno de vosotros se pregunte: ¿cuál es la última vez que he hablado con alguien de Dios, de Jesús, del Evangelio?  En Jerusalén había gentes de Judea y de Mesopotamia, de Egipto y de Libia. A nuestro alre­dedor hay personas de muchas mentalidades, de edades diversas, de estilos de vida diferentes. ¿Cómo haremos para que todos puedan oír las grandezas de Dios en sus propias lenguas, en su propio estilo de vida?

La fiesta de hoy es una llamada a cultivar más, a descubrir nuestro mundo interior y a vivir más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros. Necesitamos descubrir en lo más profundo de nuestro ser, al Espíritu de Dios que habita en cada uno de nosotros.