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lunes, 17 de abril de 2023

 

III DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a san Pedro predicando con valentía la Buena Noticia de la resurrección de Jesucristo.

La resurrección de Cristo prueba que su vida gastada al servicio de Dios, entregado a los hombres, no fue un fracaso, sino una victoria: resucitó.  Cuando nos sintamos decepcionados y criticados por servir a Dios y al prójimo, tenemos que pensar que nuestra vida no será una vida de fracaso ni de olvido para Dios.  El fracasado es aquel que vive al margen de Dios y de los demás.  Ningún bien que hagamos en esta vida pasará desapercibido para Dios.

Por ello, no debemos tener miedo de hacer el bien ni que nos vean como lo que somos: cristianos.  Pedro, lleno del Espíritu Santo, habla, como él mismo dice: “Claramente”. No le tiene miedo al qué dirán o a lo que el hablar con claridad de Cristo pudiera traer como consecuencia.


Hoy en día, necesitamos más cristianos que estén dispuestos a hablar con claridad de Jesús, cristianos que no tengan miedo de portarse como tales delante de los demás. Cristianos que con su vida sean capaces de testimoniar al Señor.

La 2ª lectura, de la 1ª carta de San Pedro, nos invita a darnos cuenta del grande amor de Dios por los hombres, un amor que se manifestó en la cruz y en la resurrección de Jesús. No hay mayor expresión de amor que la entrega de la vida en favor de alguien; y es de esa forma como Dios nos ama. Cuando seamos capaces de darnos cuenta de cuánto nos ama Dios, entonces aceptaremos su llamada a colaborar con Él en una vida nueva.

Dios nos ama inmensamente, y nosotros debemos de dar una respuesta a ese amor.  Esa respuesta se tiene que traducir en una actitud de obediencia a Dios, de entrega incondicional en las manos de Dios, de adhesión completa a los planes, valores y proyectos de Dios.

Los hombres de nuestro tiempo viven, de forma general, pensando en sí mismos, en sus pequeños intereses personales y buscando la realización inmediata de sus sueños, deseos y prioridades.

Nosotros los creyentes, por nuestra parte, estamos invitados a vivir y a anunciar el estilo de Dios, que es el del amor y de la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

El evangelio de San Lucas, nos ha narrado el episodio de los discípulos de Emaús. 

Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que van por la vida sin sentido, a todos los que están “de vuelta” de las cosas. Ellos vuelven a su pueblo, a continuar con su vida, pero vuelven marcados por la derrota, la frustración.

Los discípulos de Emaús son la expresión de tantos cristianos de hoy y de siempre que están desilusionados, desengañados.   Les ha faltado el punto de apoyo y lo dejan todo no por despecho ni por desganas.  No están contra nada pero les ha fallado su fe.

Muchas veces nosotros hemos tenido la misma tentación de los discípulos de Emaús: huir, dejarlo todo a causa de la desilusión, el cansancio, la desesperanza, la sensación de fracaso…

La experiencia de los dos discípulos es nuestra propia experiencia. También nosotros conocemos ese camino: ¡Cuántas promesas que no han madurado en nuestras vidas, cuántos fracasos, cuántos planes que se han ido abajo, cuántas ilusiones perdidas!… Quizás también nosotros hemos abandonado el grupo. 

Cuántas veces nos hemos sentido decepcionados.  Nos decepcionan los políticos y la sociedad, nos decepciona la familia, nos cansa el trabajo y nos preguntamos: ¿para qué vivir?  ¿Qué sentido tiene todo? ¿Merece la pena luchar por un ideal?  ¿Es que en la vida no hay nada más que esta rutina de cada día?  Preguntas que de vez en cuando nos hacemos.  Preguntas molestas que muchos intentan evitar u olvidar encerrándose en sí mismos, huyendo de todo compromiso, o entregándose a las múltiples drogas que nos acechan bajo forma del consumismo, el abuso de la televisión, del sexo, del alcohol, etc.

¿Se puede vivir así la vida?  Ciertamente que no.

El problema es que nos falta fe.  Por eso con frecuencia dudamos nos confundimos y somos débiles.  Pero no lo olvidemos, Jesús siempre sale a nuestro encuentro.  Lo peor que podemos hacer en esos momentos es abandonar la comunidad, como aquellos dos discípulos.  A la Iglesia no se la abandona, sobre todo en momentos de crisis.  Prescindir de la Iglesia nos hace todavía más difícil reconocer al Señor en nuestro camino.

Hay que encontrarse con Jesús en nuestras vidas.  El encuentro con Jesús Resucitado cambió la vida de aquellos dos discípulos de Emaús. No podemos olvidar nunca que Jesús está resucitado y camina a nuestro lado. 

lunes, 10 de abril de 2023

 

II DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


A los ocho días de la fiesta de Pascua de resurrección volvemos a reunirnos.  Como han hecho los discípulos del Señor desde aquel domingo de Resurrección, cada domingo nos reunimos. 

Y celebramos también la fiesta de la Divina Misericordia instituida por el Papa San Juan Pablo II. 

En la 1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, tenemos una fotografía de cómo vivían los primeros cristianos.  La vida de los primeros cristianos giraba en torno a cuatro cosas fundamentales: escuchar las enseñanzas de los apóstoles, tener todo en común y celebrar la eucaristía y orar juntos.

Como comunidad de cristianos tenemos que proponer al mundo una forma distinta de vida.  Tenemos que dar testimonio de cómo el amor, el compartir, el darse a los demás, el servicio, la sencillez y la alegría son generadoras de vida y no de muerte. 

Como comunidad cristiana debemos ser una comunidad de hermanos que escuchemos las enseñanzas de los apóstoles, es decir, que estemos siempre dispuestos a la formación permanente en la fe, que nuestra vida gire en torno a la Palabra de Dios y que escuchemos esa Palabra de Dios y la compartamos con los demás.  ¿Hasta qué punto nos interesa formarnos como cristianos y nos interesa lo que dice la Palabra de Dios?

Como comunidad cristiana debemos también tener todo en común, es decir, debemos aprender a compartir.  Como cristianos no podemos vivir encerrados en el egoísmo, en la indiferencia ante los sufrimientos y problemas de nuestros hermanos.  No podemos ser una comunidad cristiana donde hay algunos que derrochan sus bienes y otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente.

Como comunidad cristiana debemos celebrar la Eucaristía y rezar juntos, es decir, si celebramos juntos la Eucaristía, la comunidad se va haciendo más fuerte, nos vamos uniendo más entre nosotros, y nos hacemos más fuertes para dar testimonio de la salvación.  Nuestra Eucaristía no debe ser un rito frío, al que “voy” por obligación, sino una verdadera experiencia de encuentro con el Jesús del amor y de la vida y una experiencia de amor compartido con mis hermanos.

Hemos de preguntarnos hoy cómo es nuestra comunidad parroquial, si de verdad somos una comunidad de hermanos que vivimos en el amor, o somos un grupo de personas aisladas, en el que cada uno defiende sus propios intereses, aunque esto suponga ofender al resto de los hermanos.

La 2ª lectura, de la 1ª carta de san Pedro, nos invita a vivir la vida con esperanza a pesar de los sufrimientos.  El sufrimiento nos puede ayudar a madurar como personas, a dejar atrás el orgullo y la autosuficiencia, a confiar más en Dios, por eso estamos invitados a vivir la vida con esperanza y a poner nuestros ojos en la salvación que Dios nos ofrece, para ello hay que confiar mucho más en Dios y en su amor.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura del Tomás.

Jesús resucitado se dirige a Tomás con unas palabras que tienen mucho de invitación amorosa, pero también de llamada apremiante. “No  seas incrédulo, sino creyente” Tomás responde con la confesión de fe más solemne de todo el Nuevo Testamento: “Señor mío y Dios mío”. 

¿Cómo se camina desde la resistencia y la duda hasta la confianza? La pregunta no es superflua, pues, más tarde o más temprano, de forma totalmente inesperada o como fruto de un proceso interior, todos podemos escuchar más o menos claramente la misma invitación: “No seas incrédulo, sino creyente”.

Tal vez la primera condición para escucharla es percibirse amado por Dios, cualquiera que sea mi postura o trayectoria religiosa. “Soy amado”, ésta es la verdad más profunda de mi existencia. Soy amado por Dios tal como soy, con mis deseos inconfesables, mi inseguridad y mis miedos. Soy aceptado por  Dios con amor eterno. Dios me ama desde siempre y para siempre, por encima de lo que otros puedan ver en mí.

Se puede dar un paso más. “Soy bendecido por Dios”.  Él no me maldice nunca, ni siquiera cuando yo mismo me condeno. Más de una vez escucharé en mi interior voces que me llaman perverso, mediocre, inútil o hipócrita. Para Dios soy algo valioso y muy querido. Puedo confiar en Él a pesar de todo. Puedo confiar en Él sin miedo, con agradecimiento.

Cada uno podemos hacernos las preguntas decisivas: ¿Por qué no creo?, ¿por qué no confío?, ¿qué es lo que en el fondo estoy rechazando? No se me debería pasar la vida sin enfrentarme con sinceridad a mí mismo.

Jesús decía a Tomás: “¿Crees porque has visto? Dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros no estuvimos allí. No pudimos ver al Señor con los ojos de la cara, pero también creemos que Jesús está vivo y anda con nosotros en nuestras comunidades cristianas produciendo cosas asombrosas. El Señor resucitado vive entre nosotros.

lunes, 3 de abril de 2023

 

JUEVES SANTO, VIERNES SANTO, VIGILIA PASCUA Y DOMINGO DE RESURRECCIÓN (CICLO A)

JUEVES SANTO

La fiesta del Jueves Santo está íntimamente relacionada con el Amor.

Por una parte, el Amor Fraterno. En aquella cena Pascual que Jesús celebró con sus íntimos amigos los apóstoles, el primer Jueves Santo de la Historia, Jesús nos habló del Amor y nos dejó su Mandamiento: “Amaos  unos a otros como yo os he amado”.

Es necesario que, quienes nos llamamos cristianos, porque creemos en Jesús; quienes nos consideramos cristianos, porque intentamos seguir a Jesús en nuestra vida, “nos esforcemos por vivir el Mandamiento del Amor”, ya que si nos amamos, nos dice Jesús, “somos verdaderos seguidores suyos”.

Hoy, Jueves Santo, y todos los días de nuestra vida, los cristianos tenemos que concienciarnos individual y colectivamente: en primer lugar de la necesidad que tenemos de amarnos: no tanto con palabras, sino con obras y de verdad.

En segundo lugar  de la necesidad que tenemos de ayudarnos y de comprendernos, como Cristo ayudó y comprendió siempre a quienes necesitaban ayuda y comprensión.

En tercer lugar de la necesidad que tenemos de compartir lo que somos y lo que tenemos: nuestra fe, nuestra alegría, nuestra ilusión, nuestra generosidad, nuestro tiempo.

En cuarto lugar de la necesidad que tenemos de perdonarnos: unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.

Pero hoy, además de ser el día del Amor Fraterno, es también el día del amor de Cristo, que en una tarde como ésta, hace más de 2023 años, nos amó hasta el fin. Y Cristo nos manifestó su amor de muchas maneras.

Cristo nos manifestó su amor con amor. Por amor: acogía y perdonaba a los pecadores, curaba enfermos, ayudaba necesitados, defendió a la mujer adúltera,  perdonó  a sus propios verdugos.

Cristo nos manifestó su amor con palabras cariñosas: llama a sus discípulos “amigos, hijos”; les hace recomendaciones como un padre o una madre que se preocupan por sus hijos; los invita a vivir “unidos a Él”, como el sarmiento está unido a la vid.

Cristo nos manifestó su amor con gestos. Muchas veces en la vida acudimos a los gestos, porque los gestos, a veces, expresan más que las palabras. Y el gesto más importante de Jesús, en esta noche del Jueves Santo, es el lavatorio de los pies: un servicio propio de esclavos. Y es que Jesús quiere ser, no sólo maestro, hermano, amigo, sino esclavo nuestro.

Cristo nos manifestó su amor con promesas. Jesús nos promete la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy”. Jesús nos promete la alegría: “Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará esa alegría”.

Agradezcamos a Jesús todo lo que por nosotros ha hecho por amor y aprendamos de Él a amar, a comprender, a perdonar.

Hoy, Jueves Santo, recordamos también la Institución de la Eucaristía, aquella ocasión en la que tomó pan y lo transformó en su Cuerpo, tomó vino y lo transformó en su Sangre. Esta verdad requiere de nosotros fe, y esta fe es Él quien nos la da. Es necesaria la humildad, para que nuestra mente reconozca que lo que era pan, ahora es su Cuerpo, y que lo que era vino ahora es su Sangre. Nuestro acto de fe en esta gran verdad necesita ser renovado constantemente e irse cultivando.

Finalmente, hoy Jesús instituye también el orden sacerdotal.  Fue a los apóstoles a quienes dio el mandato de hacer la cena “en memoria mía”.  Jesús confió el sacerdocio a hombres frágiles, sacados del pueblo, pero consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación.  Pidamos también hoy por los sacerdotes, para que no falten pastores a su Iglesia.

Que esta celebración nos ayude, pues, a adentrarnos en los misterios que celebramos estos tres días y nos estimule a seguir el ejemplo de amor de Jesús, el ejemplo de su actitud de servicio hacia todos y la entrega voluntaria y generosa de su persona y de su vida.

VIERNES SANTO

La liturgia del Viernes santo es muy especial: es el único día del año en que la Iglesia no celebra la eucaristía, y sólo en la parte final de la celebración se distribuye la comunión. Podemos decir que si habitualmente la parte central de la eucaristía es la consagración, hoy lo va a ser la presentación y la adoración de la cruz.

Hoy vamos a contemplar a Jesús muerto en la cruz.  En la cruz de Cristo, descubrimos el gran amor de Dios al mundo.  Dios se hace solidario con el sufrimiento de todos los seres humanos.

Jesús se encuentra ahora absolutamente solo.  Y grita: “tengo sed”.  La sed de Jesús revela el deseo de Dios de derribar los muros que nos separan de Él, que nos encierran en nosotros mismos y nos hace que no veamos la realidad y que no nos sintamos plenamente vivos.

Después Jesús dice: “Todo está cumplido”.  ¿Qué es lo que está cumplido?  El amor radical, definitivo e incondicional de Dios por los seres humanos.  Se ha cumplido el amor “hasta el extremo”.  Todo ha terminado porque Jesús ha llevado a cabo su misión.  “E inclinando la cabeza entregó su espíritu”.  Su último acto antes de morir es darnos su Aliento de Vida.

Pero la Pasión de Jesús no ha terminado, porque continúa en los millones de personas que sufren hambre y pobreza extrema en nuestro mundo.  La mayor tragedia de la humanidad sigue siendo el hambre y la desigualdad. También las víctimas de las guerras, del terrorismo y de todo tipo de violencia son parte de la Pasión de Jesús.

Hoy, Viernes Santo hemos de recordar que Jesús sigue muriendo en nuestro mundo.  En su muerte encontramos muchas muertes.  En su cruz, hay muchas cruces, porque Jesús sigue cargando con nuestros miedos, nuestros dolores y tribulaciones.  La Pasión del Señor continúa en los sufrimientos de los hombres y mujeres de toda la tierra.

Hoy Cristo continúa sufriendo su Pasión en los pobres, en los que no tienen trabajo, en los inmigrantes, en los enfermos, los ancianos que se sienten solos y en todos los que viven en el desamor y la angustia.

Hoy, más que nunca, necesitamos el consuelo del Señor que nos ha amado hasta el extremo. Jesús crucificado es el verdadero consuelo de la humanidad.  Sólo mirando a Jesús crucificado podemos afrontar el sufrimiento y la muerte.   

A pesar de tanto mal y de tanta muerte en este mundo, hoy Viernes Santo nos acercaremos, una vez más, a besar la Cruz.  Besando la cruz de Cristo, estamos besando todas las heridas del mundo, todas las heridas de la humanidad.  Al besar hoy la cruz de Cristo, estamos besando también a todos los crucificados; besando la cruz de Cristo estamos también besando nuestras propias heridas, nuestros sufrimientos, nuestras soledades, todo lo que nos preocupa y nos angustia.

Al besar hoy la Cruz de Cristo, acogemos su beso, el beso de su amor, que nos reconcilia con nosotros mismos y nos hace vivir.  Cristo nos dice hoy a cada uno: entrégame todo los que te pesa demasiado, todo lo que te esclaviza, todo lo que te preocupa, todo lo que te entristece.  Entrégamelo todo.

Hoy es un día para mirar hacia la cruz en la que Jesús murió, y agradecerle su amor, y decirle que creemos en Él y que lo amamos.

VIGILIA PASCUAL

“No temáis”, les dice el ángel a las mujeres.  Y después Jesús se lo vuelve a repetir: “No tengáis miedo”.  Es éste uno de los grandes mensajes de esta noche.   Este es el gran mensaje de Pascua, hoy: “No tengáis miedo”.

“Transcurrido el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena se dirige al sepulcro”.  Los hombres, los apóstoles, no están.  Se han quedado en casa, con las puertas bien cerradas, esperando con una secreta esperanza algo que, en el fondo de su corazón, están convencidos de que ha de suceder.   Algo que ni se atreven a formular, que ni se atreven a decirse unos a otros, pero que esperan, que creen.   Y, no obstante, no van al sepulcro.   Van las mujeres.   Querían demasiado a Jesús, no podían quedarse en casa quietas, sin hacer nada. Van al sepulcro desconcertadas, atemorizadas, pero también con la secreta y extraña esperanza.

Y, allá en el sepulcro, todo es novedad, todo se transforma, cambia el mundo entero.   Y ellas experimentan el mundo renovado que empieza entonces.   Porque Jesús, el crucificado no ha quedado aprisionado por las cadenas de la muerte, la piedra del sepulcro no ha podido retener la fuerza infinita de amor que se manifestó en la cruz.  

Aquel camino fiel de Jesús, aquella entrega constante de su vida hacia los pobres, aquel combate contra todo mal que ahogara al hombre, aquel amor ¿cómo podría haber quedado encerrado, muerto ahí por siempre?  No, no quedó encerrado.   La fuerza del amor de Jesús, la fuerza del amor de Dios, vence a la muerte y cambia el mundo.   Y por eso el ángel puede decir, y Jesús puede repetir después: “No tengáis miedo”.

El miedo es pensar que el mal y la muerte pueden vencer al amor, a la fraternidad, a la justicia, a la generosidad.   El miedo es pensar que Jesús ha fracasado.   El miedo es no ser capaces de creer que Jesús ha resucitado y que, con su resurrección, podemos caminar en paz su mismo camino.

El miedo es no creer que, ocurra lo que ocurra, y aunque a veces no lo parezca, el amor vence siempre.

Esta es, hermanos nuestra fe.   Esta es la fe que expresábamos cuando, al empezar la celebración de esta noche santa, veníamos hacia aquí, hacia la Iglesia, guiados en medio de la noche, por la claridad de Jesucristo vivo.   Esta es la fe que se nos ha proclamado en las lecturas que acabamos de escuchar: la fe que empieza a encenderse con las primeras luces de la creación, la fe de Abraham, la fe del pueblo liberado de la esclavitud por el Dios que ama, la fe de los profetas, la fe del apóstol Pablo.   Esta es la fe que fue proclamada en nuestro bautismo.

Esta es la fe, que cada domingo, cuando celebramos la Eucaristía, recordamos y reafirmamos.   La fe de la confianza, la fe contra el miedo, la fe que nos dice que sí, que el camino de Jesucristo es nuestro camino, el único camino de vida.

Jesús, hoy, esta noche santa de Pascua, nos dice a cada uno de nosotros: ¡No tengáis miedo!»  Id con los vuestros, a vuestro trabajo, a vuestras casas, a vuestros pueblos, ahí donde se construye vuestra vida, ahí donde sois felices y ahí donde sufrid.   Ahí me veréis porque Cristo ha resucitado.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Hermanas y hermanos: hoy es la gran fiesta cristiana, la mayor de todas. Una fiesta tan fiesta que no tenemos bastante con un día para celebrarla: por eso la Pascua dura nada menos que 50 días, siete semanas, hasta la Pascua de Pentecostés (que significa precisamente “cincuenta”). Y todo como una sola y única y gran fiesta.

En realidad, es la única fiesta de los cristianos porque es la que celebramos también cada domingo. Y es normal que así sea porque la Pascua significa aquello que es el núcleo, la raíz y la fuerza de la fe cristiana: la gran afirmación de que Jesucristo ha resucitado, está plenamente vivo, es el triunfador de la muerte y de todo mal.Es la gran afirmación de nuestra fe y es una afirmación no para guardarla -como en el frigorífico para que se conserve- sino para sembrarla en lo más vivo de nuestra vida para que la renueve, penetre y transforme. Porque si Jesucristo vive, vive para nosotros y en nosotros.

Ayer por la noche la comunidad cristiana se reunió para celebrar la Vigilia Pascual que desemboca en el canto jubiloso del aleluya.  La vigilia pascual, es la más importante de las reuniones cristianas del año. Y allí los cristianos que pudieron asistir, renovaron su compromiso bautismal   -como haremos nosotros en esta misa- para expresar sencillamente esto: queremos compartir la muerte y resurrección de Cristo, es decir, luchar contra todo lo que hay de mal en nosotros y en el mundo, abrirnos a la vida que es de Dios, que nos enseñó Jesús de Nazaret, que siembra en nosotros el Espíritu Santo.

Los primeros relatos evangélicos reflejan las dudas de los discípulos. No les resultaba fácil creer. Ante el sepulcro vacío, pensaban que alguien había robado el cuerpo del Señor. El evangelio dice que “hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”. Sin embargo, casi inmediatamente después de ese desconcierto inicial, Jesús, con sus apariciones, va recuperando a todos sus discípulos.

Pedro podrá decir que “Dios lo resucitó y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a nosotros que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”. Los primeros discípulos pudieron disfrutar felices de la presencia de Jesús resucitado.

Hoy podemos decir que lo que celebramos en nuestras iglesias es que Jesús resucitó y está vivo entre nosotros. Con Él no pudieron los poderes de este mundo ni la muerte. Cristo resucitado simboliza el triunfo de lo pobre, lo débil y lo sencillo en las manos de Dios.

Al que en la cruz parecía un pobre ser humano, derrotado por las fuerzas del mal, Dios le dio la razón y lo resucitó. Y como está resucitado, está vivo y anda con nosotros en la lucha contra el mal y el pecado.

Jesús va delante, es el primero de los hermanos, animando e iluminando nuestra vida cristiana. A su luz descubrimos que nosotros también vamos resucitando a una vida nueva, vamos esforzándonos por ser mejores, hacia el hombre nuevo y resucitado del que nos habla san Pablo. Atrás vamos dejando, casi sin darnos cuenta, otras formas de ser persona. La fiesta de la resurrección del Señor es también nuestra fiesta.

Y Cristo no sólo ha resucitado para resucitarnos a nosotros, ha resucitado también para resucitar a todas y cada una de las comunidades cristianas.

Que haya cada vez más gente preocupada por su pueblo o por su barrio, por los pobres del mundo, por la paz y las relaciones de justicia entre los países; que haya personas dedicadas a cuidar de los niños, de los jóvenes, de los ancianos y los enfermos; que las parroquias sean un lugar de generosidad de servicio alegre, es algo muy hermoso. Es señal de resurrección porque significa que Jesús está vivo entre nosotros, que nos va sacando de nuestras apatías y nos lleva hacia la vida.

Pero sabemos bien que nos quedan demasiadas tareas en las que mejorar y en ellas habremos de pagar un precio de esfuerzo y de gracia. No se nos olvide que la cruz es el camino de la resurrección. La cruz es también nuestro camino.

Tendremos que dejarle al Señor entrar en nuestra vida para crecer en sencillez, en solidaridad con los pobres y en servicio humilde a nuestros hermanos. Así pasamos a ser personas nuevas, resucitadas, con los rasgos de Jesús.

Gente que solo piensa en ella misma y hace su vida eludiendo todo compromiso solidario, hay mucha. Los cristianos tenemos otro estilo de vivir: el de Jesús. Su estilo de vida va en nuestra alma.

Podemos decir con Él hemos resucitado también nosotros en esta Pascua.

lunes, 27 de marzo de 2023

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO A)


Con la celebración del Domingo de Ramos abre la liturgia los días de la Semana Santa. En ella, hasta la Pascua, todo es dolor, sufrimiento y muerte. Y es, también, fidelidad al designio de Dios sobre el mundo para bien de los hombres.

Esta semana comienza con una procesión festiva con ramas de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús.

Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien preguntarnos ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo, delante de Jesús entrando en Jerusalén en este día de fiesta? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O tomo distancia ante Jesús? ¿Quién soy yo, delante de Jesús que sufre? Hemos oído muchos nombres: tantos nombres.

El grupo de líderes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley que había decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo ¿Soy yo como uno de ellos? Incluso hemos oído otro nombre: Judas, que vende a Jesús por 30 monedas. ¿Yo soy como Judas?

Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se quedaron dormidos mientras el Señor sufría.

¿Mi vida está dormida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que era traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolver todo con la espada: soy yo como ellos? ¿Yo soy como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos líderes religiosos que tienen prisa en organizar un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy yo como ellos?

¿Soy yo como Pilato que cuando veo que la situación es difícil, me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad y dejo condenar – o condeno yo – a las personas? ¿Soy yo como aquella muchedumbre que no sabía bien si estaba en una reunión religiosa, en un juicio o en un circo, y elije a Barrabás?  Para ellos es lo mismo: era más divertido, humillar a Jesús.

¿Soy yo como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten con la humillación del Señor? ¿Soy yo como el Cireneo que regresaba del trabajo, fatigado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz? ¿Soy yo como aquellos que pasaban delante de la Cruz y se burlaban de Jesús?

¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la madre de Jesús, que estaba allí, y sufrían en silencio? ¿Soy yo como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor, para darle sepultura? ¿Soy yo como estas dos Marías, que permanecen en la puerta del Sepulcro, llorando, rezando? ¿Soy yo como estos dirigentes que al día siguiente fueron ante Pilato para decir: “Pero, mira que éste decía que habría de resucitar; pero que no venga otro engaño”, y frenan la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que la vida no salga afuera?

¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de éstas personas yo me parezco?

Que estas preguntas nos acompañe durante toda la semana.

lunes, 20 de marzo de 2023

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Nos encontramos hoy en el 5to. y último domingo de Cuaresma, el próximo domingo celebraremos el Domingo de Ramos.

La liturgia de hoy gira en torno a la última de las catequesis bautismales que nos ha ido presentando el evangelista S. Juan.   A lo largo de estos tres últimos domingos hemos visto como Cristo es el agua viva que puede colmar nuestra sed para siempre; el domingo pasado veíamos como Cristo es también la luz del mundo, el único que puede iluminar nuestros momentos de oscuridad, y este domingo vemos como Cristo es la vida.

En la 1ª lectura del libro del profeta Ezequiel vemos al pueblo de Dios desterrado y alejado del Señor a causa de su infidelidad, de su pecado.  Ya no tienen futuro, su futuro es la muerte.  Pero Dios le ofrece a su pueblo una nueva oportunidad, una nueva vida para que el pueblo recobre la esperanza y renueve su vida.

Hay situaciones en las que se nos hace difícil levantar cabeza.  Perdemos a los seres queridos; perdemos los bienes materiales; nos enfermamos y la edad va acabando con nuestras capacidades.  Las ilusiones se mueren y pareciera que la posibilidad de una vida mejor es imposible e incluso perdemos las fuerzas para seguir luchando en la vida.  Vemos también que hay cristianos que causan dolor y sufrimiento a otros seres humanos y son causantes de la pobreza y de la explotación humana.

En medio de todas nuestras angustias el Señor se acerca a nosotros para darnos la mano y ofrecernos una vida más digna, menos angustiante y sobre todo el Señor nos da esperanza de que podemos alcanzar esa vida mejor que deseamos.

Pero tenemos que ser conscientes de que no vamos a ser nosotros los que salvemos al mundo, es Dios, por medio nuestro el que cambiará nuestra vida.  Por ello debemos ser colaboradores de Dios.  Los que creemos en Dios no podemos ser signo de maldad, de destrucción o de muerte para los demás, sino que hemos de ser signo de salvación y de vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos recuerda que el día de nuestro bautismo optamos por Cristo y por la vida nueva que Él nos ofrece, por ello nos invita San Pablo, a ser coherentes con esa opción, a vivir como hijos de Dios.

Nuestra vida no se puede desarrollar viviendo al margen de Dios y de sus propuestas, esto es vivir “según la carne”, sino vivir según los planes y propuestas que Dios tiene proyectado para cada uno de nosotros, y esto es vivir “según el Espíritu”.  Como bautizados hemos escogido vivir identificándonos con Cristo.  Una vida sin Cristo, tarde o temprano, conduce al fracaso de la persona.  Una vida con Cristo nos da felicidad.

El Evangelio de San Juan, nos ofrece la 3ra., y última catequesis bautismal que recibían los catecúmenos que iban a recibir el bautismo la Vigilia Pascual. 

Para los “amigos” de Jesús, es decir, para toda persona que acepta y vive según los criterios de Dios, no hay muerte.  Podremos morir físicamente, pero esa muerte no es desaparición o destrucción: es el paso hacia la vida definitiva.

Jesús le dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida, ¿crees esto?”  Esta es la pregunta que Jesús nos hace hoy a nosotros.

Muchos que se llaman creyentes, viven en realidad como ateos, porque no creen en la vida, porque no luchan para que haya vida allá donde la vida está amenazada.

Creer que Cristo es la resurrección y la vida es comprometernos a no destruir la fama de los demás, es solidarizarse con los pobres, es perdonar, es amar. Sobre todo amar, porque al final sólo queda el amor y el amor es la verdadera vida.

Jesús le grita a su amigo: “¡Lázaro, sal de allí!” y con la fuerza del Espíritu, que posee como Hijo de Dios, lo devuelve a la vida.  Jesús también nos grita a cada uno de nosotros: “sal de ahí”, comienza a vivir, sal del sueño, de la pasividad, de la mentira, de la vulgaridad.  Es hora de vivir, de participar de la vida del Resucitado.

Por lo tanto ya no vivimos para la muerte, sino para la vida y si vivimos para la vida hemos de ir renunciando a las obras de la muerte: egoísmo, codicia, violencia, mentira, injusticias, esclavitud, y hemos de dedicarnos a las obras de la verdadera vida: generosidad, afecto, amistad, así podremos ir experimentando ya desde ahora la realidad de la resurrección, de nuestra futura vida en Dios.

El Señor nos invita hoy a vivir, y vivimos cuando somos capaces de amar, cuando experimentamos que somos amados, cuando nos hacemos solidarios de las miserias y de las exigencias de los demás, cuando dejamos atrás el egoísmo, cuando participamos en las obras sociales y en las cosas de la Iglesia.  Así fue como vivió Jesús.

No tengamos miedo, Jesús no nos llama al sufrimiento, nos llama a vivir.  Jesús le dice a Marta: “Yo soy la vida”, y cuando proclama “yo soy la vida”, nos dice que para estar con Él hay que saber saborear esta vida nuestra en todo lo bueno que tiene, en toda su plenitud.  Hay que hacerlo sin miedo.

lunes, 13 de marzo de 2023

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en Español, “Regocíjate, Jerusalén”.   Y las lecturas de este Domingo nos proponen el segundo tema bautismal, el de la “luz”. La liturgia nos habla de cómo debemos vivir los cristianos como hijos de la luz.

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos presenta la elección de David como rey de Israel.  La mirada de Dios no es como la mirada del hombre: el hombre se fija en las apariencias y Dios mira el corazón.  Cuando debamos elegir a una persona para algo, hemos de analizar muy bien todas las posibilidades y escoger la mejor de ellas.

Que un hombre sea educado y buen conquistador, y además, tenga una buena chequera, no significa que sea un buen esposo y un padre excelente.  Que una mujer tenga una bonita figura y llame la atención, no significa que sea la mujer ideal para formar un hogar estable y con ella se construya un matrimonio feliz.  Que un candidato tenga títulos y mucha palabrería, no significa que realmente sea un excelente servidor de la comunidad.  Muchos países, ciudades, iglesias y empresas han sufrido las desgracias de los buenos candidatos que resultaron ser verdaderos incompetentes para tales funciones.  Hay muchos matrimonios que han fracasado porque los cónyuges se dejaron llevar por las apariencias.

Tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de elegir a una persona, porque las apariencias engañan.  Por desgracia, muchas veces, juzgamos a nuestro prójimo por las apariencias.  Sin embargo, para Dios, lo que cuenta es lo que hay en el interior del corazón de la persona.  Nosotros nos fijamos en las apariencias, Dios ve el corazón.

En la 2ª lectura, de San Pablo a los Efesios, Pablo propone a los cristianos de Éfeso que abandonen la actitud de vivir al margen de Dios y que vivan como “hijos de la luz”, ya que por el bautismo hemos pasado a ser hijos de la luz.

Nuestras obras deben ser fruto de la luz y no de la oscuridad ni de las tinieblas.  Y los frutos de la luz son: bondad, justicia, verdad.  Debemos ser luz y comunicar esa luz al mundo, por ello, debemos denunciar de forma abierta y decidida, las “tinieblas” que desfiguran al mundo y que mantienen a los hombres esclavos.

En el Evangelio de San Juan,  Jesús se presenta como “la luz del mundo”; su misión es liberar a los hombres de las tinieblas del pecado.

El ciego de nacimiento es el hombre, todo hombre. Andamos muy ciegos por la vida. ¿De quién es la culpa? De nosotros y de nuestros padres.

De nuestros padres que nos enseñaron a mirar solamente la materialidad de las cosas y no nos enseñaron a mirar más allá de su superficie. Y así no hemos aprendido a tratarnos con profundidad, porque sólo vemos las apariencias.

La culpa es también nuestra, porque nos encanta lo externo y nos quedamos ahí, deslumbrados ante el brillo pasajero de las personas y las cosas. Nosotros miramos las apariencias y no miramos el corazón.  Vemos y valoramos a las personas por su tener, por su poder, por su saber, no por lo que verdaderamente son.

Nuestra ceguera es grave. Tan grave que muchas veces sólo valoramos las cosas y sobre todo a las personas cuando las perdemos.

Sin embargo, cuando nos llega una desgracia, cuando se nos muere alguien querido, empezamos a ver las cosas de otra manera y ¡cómo se vuelve todo de repente secundario y ya sólo cuenta la lucha por la vida y la felicidad de los seres que amas!

La gran enfermedad de los hombres es la ceguera, esa ceguera que nos conduce cada día a equivocarnos de valores.  La oscuridad siempre es triste. Sólo la buscamos para dormir o para esconder aquello que no queremos que los otros vean. Una planta sin luz se muere. Una habitación oscura nos da miedo.

En la oscuridad no se ve ni el polvo ni la suciedad. En cambio, cuando la luz es intensa, el polvo y las manchas aparecen y nos molestan. Sentimos la necesidad de quitarlas inmediatamente.

Necesitamos, como el ciego, ser curados por el Señor, dejarnos tocar por Él. Jesús le ungió los ojos con barro. Dejarse tocar por el Señor es recibir el gesto del perdón en el sacramento de la reconciliación, participar de su cuerpo en la Eucaristía.

Para ser curados por el Señor, necesitamos vivir nuestra fe en comunidad. Con toda razón dice un dicho: “Ven más cuatro ojos que dos”.  

La Cuaresma es buen momento para dejar entrar la luz y poner orden en nuestro interior. No nos acostumbremos a la oscuridad, hagamos realidad lo que nos decía hoy san Pablo: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”.