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lunes, 4 de septiembre de 2023

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos hace ver la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos que están cerca de nosotros.  No podemos ser indiferentes ante aquello que amenaza la vida y la felicidad de un hermano porque todos somos responsables de corregir y aceptar la corrección.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.  El profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, por eso debe estar siempre con los oídos bien abiertos y los ojos bien despiertos para escuchar y ver los peligros que acechan a su comunidad.

El profeta debe denunciar todo aquello que está mal tanto en el mundo como en la vida de las personas.  Es verdad que Dios juzgará a cada uno según su propia conducta, pero también es verdad que somos responsables del mal que otros hacen por culpa nuestra o del bien que dejan de hacer por falta de ejemplo o de colaboración.

Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.

Cuantas veces sabemos de algún joven que se droga y nos callamos, o de una personas alcohólica y nos callamos, o de un esposo agresivo y nos callamos y cuando ocurre una desgracia por culpa de nuestro silencio, entonces decimos: “Yo sospechaba algo” o “ah, si hubiera hecho”, “si hubiera dicho” ¿Pero ya para qué?  Por eso, no nos callemos ante el mal y esforcémonos por corregir a todo aquel que anda en malos pasos.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.

Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.

Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.

En el evangelio de san Mateo Jesús nos dice hoy “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”.  Es el  camino que Jesús nos señala si queremos ayudar a alguien en sus defectos o pecados, hablar a solas con él. Cuánto bien haríamos si hiciéramos caso a Jesús. 

Poco ha cambiado el ser humano. Con qué facilidad nuestras conversaciones preferidas son los defectos, lo malo que vemos en los demás. Como desperdiciamos tanto tiempo de nuestra vida en hablar mal de los demás.

¡Qué distinto es Jesús de todos nosotros! A nosotros nos encanta airear la vida de los demás. Los programas televisivos que más audiencia tienen son los que sacan al aire los trapitos sucios de los demás.  ¿Será que a nosotros nos gusta el chisme y hablar de los demás?  No hay conversación en la que no hablemos mal de alguien.

Sin embargo, el Evangelio de hoy nos dice todo lo contrario. El Señor sabe que podemos fallar, que podemos pecar, pero luego nos dice: “Si tu hermano peca”, no lo lleves a la TV, ni lo lleves al Club de los chismosos, sino que nos dice: “Llámale y corrígelo a solas.” Que no se enteren los demás. Que su pecado quede entre los dos y que tu amor salve al que ha pecado.

Para Jesús mucho más importante que el pecado es la persona. Para Él, la persona, aunque haya pecado, se merece toda nuestra atención, comprensión y amor. La murmuración y la crítica no sanan a nadie. El amor silencioso puede curar muchas heridas. La murmuración y la crítica, en vez de curar las heridas, las hacen más grandes, mientras que el amor y la comprensión las curan y las cierra.

Nadie tiene derecho a murmurar y criticar al otro si antes no lo ha amado, lo ha comprendido y lo ha corregido fraternalmente.

La misma Iglesia impone un secreto absoluto al confesor. Un confesor que revelase los pecados de alguien queda suspendido en el ejercicio de su ministerio. Es que la persona es sagrada y también sus debilidades.

Si los que han caído encontrasen alguien que les eche una mano, es posible que hoy estuviesen en pie. Si los que han pecado encontrasen en su camino alguien que, a pesar de todo, los ama, es posible que hoy fuesen buena gente y hubiesen abandonado el pecado.

Dios es más comprensivo que nosotros y mucho más respetuoso con la persona y su dignidad. Dios no es de los que airean los pecados de los demás, sino que los perdona y los borra.

lunes, 28 de agosto de 2023

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos dicen que a veces es difícil ser cristiano por las incomprensiones que lleva consigo.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos hace ver que ser profeta no es una vocación fácil, cómoda y tranquila.  La historia de Jeremías, es la historia de todos aquellos a los que Dios llama a ser profetas.

Ser profeta significa ser signo de Dios y de sus valores en este mundo y por lo tanto, el profeta tiene que enfrentarse a la injusticia, a la opresión, al pecado y cuestionar los intereses egoístas de los poderosos de este mundo; por eso el camino del profeta es un camino de críticas, calumnias, amenazas y mucho sufrimiento por ser fiel al encargo de Dios.

El que halaga a la gente dice a la gente lo que la gente quiere y les gusta escuchar aunque no sea verdad. Por eso este tipo de personas son bien acogidos y recibidos.  El profeta no puede halagar a un pueblo que se aparta de Dios.

Qué difícil es nadar contra corriente.  De igual forma, es arriesgado predicar lo que la gente no quiere oír, como también es una empresa difícil corregir los comportamientos o costumbres equivocadas de las personas.  Y esta es la misión ingrata, incómoda y llena de amargura del profeta.

Por ello, anunciar la Palabra de Dios, muchas veces, es ocasión de incomodidad hasta de sufrimiento.  Y sin embargo el profeta no puede callarse porque está seducido por Dios y por su proyecto de amor que no se puede silenciar. 

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos exhorta a que nos ofrezcamos como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”. 

El culto no es principalmente pedir a Dios, agradecer a Dios, alabar a Dios… aunque es cierto que con todo esto le rendimos culto. El culto consiste principalmente en ofrendar nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos a Dios. Así seremos santos y agradables a Él, como nos dice San Pablo.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos decía: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.”  Al que se une a Jesús, Él le promete el descanso y el alivio en sus tareas.

Jesús nos habla en el evangelio de “negarse a sí mismo”, de “cargar la cruz”, de “perder la vida”. 

Años atrás se nos decía a los cristianos que habíamos venido a esta vida a sufrir.  Ahora, el hombre moderno huye de la cruz de Cristo, huye del sufrimiento.  Casi sin darnos cuenta, hemos construido una sociedad donde lo importante es “obtenerlo todo y ahora mismo”.

Tenemos una educación excesivamente permisiva, una falta casi total de autodisciplina. Uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual es la incapacidad para el sufrimiento y la renuncia.

Nuestra civilización del confort y la comodidad no quiere oír ni entender que no puede construirse un verdadero hombre sin renuncia y esfuerzo. Una sociedad incapaz de “renunciar” es una sociedad que avanza hacia su propia descomposición.

Esto lo vemos en la educación de los hijos a los que se les quiere ahorrar el mínimo sufrimiento.  Esto es un gran error por parte de los papás.  Escuchamos a los hijos que cuando sus papás les piden algo, ellos contestan: “no tengo ganas”, “no me apetece”.

Hoy hay que enseñar a los hijos ejercicios de gimnasia de fuerza de voluntad para que aprendan “a hacer esto sin ganas porque es su obligación.  Me obligo a hacer aquella tarea, aunque no me apetezca, porque sé que es bueno para mí.  Más tarde haré aquello otro porque hará de mí una persona mucho más preparada”.  ¡Qué pena da, la imagen del niño consentido que siempre hace lo que quiere! ¡No llegará muy lejos en la vida!

Esta actitud de los hijos, es también la actitud de tantos cristianos, jóvenes y adultos, que, para justificar su falta de participación en la Eucaristía, dicen: es que no me apetece ir.  Participar en la Eucaristía no es cuestión de ganas o de gustos, sino de convicción.  ¿Qué pasaría si los papás dejaran de atender y alimentar a sus hijos cuando no tienen ganas de hacerlo?  ¿Qué pasaría si dejáramos de trabajar cuando no nos apetece?

Cuando cada uno va a lo suyo o quiere salir con la suya, la sociedad se convierte en un auténtico infierno. ¿Por qué rompen muchos matrimonios casi en sus mismos comienzos? Porque ninguno de los cónyuges ha aprendido a renunciar, buscan una felicidad barata y a costa del otro. El niño o joven consentido de hoy es el esposo y el padre frustrado y frustrante del mañana. Por eso, consentir a los hijos es prepararlos para la desventura.

Lo queramos o no, el hombre madura y crece, cuando sabe renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de todos sus deseos en aras de una libertad, unos valores y una plenitud de vida más noble, digna y enriquecedora.

Recordemos hoy las palabras de Jesús en el evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga…  ¿de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

lunes, 21 de agosto de 2023

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Hoy la liturgia nos transmite, fuerte, alto y claro la pregunta de qué es Jesús para nosotros, quien es Él, realmente, para nuestras vidas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al mayordomo Sobná que abusa del poder que tiene y por eso Dios lo destituye de su cargo por haber usado su cargo en beneficio propio, y no como un servicio en favor de los demás.

Esta primera lectura nos invita a reflexionar sobre el sentido del poder.  El poder es un servicio a la comunidad.  Quien ejerce el poder, debe hacerlo pensando siempre en los demás.  La autoridad no es cuestión de poder sino de servir a todos.  El que tiene el poder no puede usarlo para satisfacer sus intereses personales.

Sobná ejercía el poder, asociado a la corrupción, al aprovechamiento del servicio de la autoridad para fines egoístas e intereses personales. Y Dios nos dice que el ejercicio del poder sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del bien común.  El ejercicio de un cargo público no es para buscar intereses personales sino para ejercerlo en beneficio del bien común.

Por desgracia los abusos de poder de algunos gobernantes no han cambiado desde entonces.  Muchos utilizan el poder para su propia ambición, o por delirios de grandeza, negocios sucios, éxito del partido o como tapadera de sus propios intereses.

Nosotros como creyentes tenemos que estar dispuestos a poner fin a estas situaciones, no viviendo de forma superficial sino viviendo desde el Evangelio, aunque ello a veces nos complique la vida.  Puede ser que eso no cambie mucho las cosas, pero al menos no nos sentiremos cómplices de la injusticia.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos en una invitación a contemplar la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios. 

El verdadero creyente no es aquel que “sabe” todo sobre Dios, que cree conocerlo perfectamente y dominarlo; sino que es aquel que con honestidad y verdad reconoce su pequeñez y se pone confiadamente en las manos de Dios y con asombro y admiración adora y alaba a Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a Jesús preguntado: “¿quién dice la gente que soy yo?” “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Si queremos vivir coherentemente nuestra fe, tenemos que tener muy claro en quién y qué creemos.  Porque a veces estamos confundidos y por eso llegamos a decir que nos da lo mismo creer en una cosa que creer en otra.

Hay personas que dicen: “no hay que creer ni dejar de creer”.  Piensan que son muy sabios diciendo esto.  Y lo que demuestran es que no tienen fe en nada y que hacen las cosas “por si acaso”.  Es una manera de aceptarlo todo sin comprometerse con nada. Esta es la postura de algunos cristianos. 

Por eso no crecen en la fe y son víctimas de supersticiones. Se dicen cristianos pero practican la brujería, acuden a los adivinos y van a que les echen las cartas.  Este tipo de personas pisotea el primer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas.

Tenemos que tener muy claro en quién creemos.  Por eso Jesús nos pregunta: ¿quién dices tú que soy yo para ti?

Para muchos Jesús es, como decían los judíos de sus tiempos, un gran profeta. Otros opinan que ha sido un gran pensador. Otros que ha sido un revolucionario social. Otros afirman que ha sido un hombre perfecto. Hay toda clase de opiniones. Pero todas ellas están viendo a Jesús desde afuera. Realmente no saben nada de Cristo. No lo conocen.

Ante cristianos que desconocen realmente a Jesús, no es de extrañar que la vida cristiana sea algo nulo, superficial y solamente como un ingrediente social.

¿Quién es Jesús para nosotros? No se trata de dar una respuesta que hayamos aprendido de memoria. Tenemos que descubrir lo que verdaderamente Cristo significa para cada uno de nosotros personalmente.

Esta respuesta la vamos a encontrar en lo concreto de nuestra vida. Nosotros mostramos lo que Cristo significa y vale para nosotros a través de nuestras obras. Nuestra manera de vivir y de actuar es, en realidad, la expresión de lo que nosotros creemos.

Podemos decir muchas cosas acerca de Cristo. Pero si esto no se convierte en vida, si no luchamos por expresarlo a través de nuestras obras, quiere decir que no creemos en Jesús.

Decir que Jesús es el Mesías es aceptarlo como el único que puede darle sentido a nuestra vida.

Es importante, pues, que en este domingo, con toda sinceridad dejemos que la pregunta de Jesús resuene profunda y fuertemente en nuestros corazones y que tratemos de responderla con toda sinceridad.

lunes, 14 de agosto de 2023

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos manifiestan que Dios quiere que todos los hombres se salven, a todos nos llama a la salvación sin distinción de raza ni lugar.  Todos somos uno en la fe.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, hayan rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo no decía hoy: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia”.

El evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, gritando y pidiendo curación para su hija.  Esta mujer es un ejemplo de fe y de cómo tenemos que orar, es decir, pedirle a Dios.

A veces Dios no nos responde. Es lo que le sucedió a esta mujer en tiempos de Jesús. El Evangelio especifica que la mujer era “cananea” para significar que no era judía, sino pagana.

Y Jesús se hace el que no escucha. Así es Dios a veces: simula no escucharnos. Y ¿por qué? O, más bien ¿para qué? … Para reforzar nuestra fe. Se habla de “poner a prueba” nuestra fe. Pero no se trata de una prueba como un examen, sino más bien como un ejercicio que fortalece la fe.

Cuando el Señor parece esconderse o parece no hacernos caso puede ser que esté tratando de reforzar nuestra fe débil.

Ahora bien, hay otro tema en la Liturgia de este Domingo: la salvación es para todos, judíos y no judíos.

¿Qué difícil es a veces compartir nuestra fe y nuestra vida con quienes son distintos a nosotros? No solamente los extranjeros, sino incluso dentro de nuestra misma sociedad o familia muchas veces “designamos” personas que no son “dignas” de nuestra atención o de nuestro cariño. Relegamos a quienes son distintos, criticamos a quienes piensan diferente, e incluso atacamos a quienes tienen valores diversos. Si Jesús fue capaz de aprender de una “mujer extranjera” ¿no seremos nosotros capaces de aprender de quienes nos rodean? Abrir nuestro interior para aprender de nuestra pareja que “siempre parece ser tan necio(a)”, para aprender de nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, del pobre o de nuestros padres.

Para el Señor no existen las fronteras puestas por los límites familiares, nacionales, religiosos, sociales, políticos. Dios es para todos. En Él no hay distinción de personas.

Uno de los deberes de nuestra Iglesia es aceptar a todos, y aceptarlos con alegría y con amor, dejándoles entrar plenamente en las actividades de la comunidad.  Pero, por desgracia, esto no siempre pasa en nuestras comunidades eclesiales. Si no aceptamos a los nuevos como Cristo nos pide que lo hagamos nos estaremos comportando de la misma manera que se comportaba el pueblo judío en los tiempos de Cristo.

Con frecuencia vemos cómo algunas personas muestran abiertamente hostilidad, y hasta desprecio, frente a los que tratan de integrarse en nuestras comunidades. Hay personas que se sienten amenazadas, como si alguien les fuera  a arrebatar su puesto en la comunidad. Lo que olvidan es que la Iglesia pertenece a todos y que hay que compartir.

En esta Eucaristía roguémosle al Señor, por intercesión de María, la humilde Sierva del Señor, que nos conceda entrañas de misericordia para con los demás, para velar por sus derechos.

lunes, 7 de agosto de 2023

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir la manera de librarnos de todos los temores y miedos  en los que a veces se ve envuelta nuestra vida. 

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios.

Dios aparece donde menos se le espera, y en el momento que menos nos imaginábamos. Elías vive esa experiencia. Donde él espera verlo (viento, terremoto y fuego), Dios no aparece.

Sin embargo, en la tranquilidad, en la paz, en las cosas pequeñas, en el amor de cada día, en el crecer de la hierba, en la salida del sol y en el ocaso, debemos aprender a descubrir el paso del Señor por nuestras vidas. Dios nos habla cada día, con voz suave e insinuante, valiéndose de situaciones y acontecimientos cotidianos y habituales. Debemos tener siempre bien abiertos los ojos y los oídos del alma para descubrir cada día el paso del Señor por nuestras vidas.

Cuando estemos angustiados, cuando pasemos por momentos de sufrimientos, en nuestras dudas, no nos cansemos nunca de buscar a Dios, pero busquemos a Dios con sencillez, con humildad y Él se hará presente en nuestra vida, no de una manera espectacular sino de una manera sencilla como lo hizo con el profeta Elías.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos manifestaba la gran pena que san Pablo sentía por su pueblo.  Le vence el sentimiento y llega a decir, en un momento de tristeza inmensa, que por el bien de sus hermanos, los de su raza y sangre, quisiera incluso ser un olvidado lejos de Cristo.

Es de corazones buenos amar a los más cercanos, a los de nuestra raza y sangre, pero también es propio de los corazones generosos dedicar todas las fuerzas de la vida a salvar a los que nos parece que están más lejos, a los que no son ni de nuestra raza, ni de nuestras creencias, ni de nuestras mismas ideas, hasta a nuestros enemigos. Porque así lo hizo Jesús, así lo hizo también san Pablo.

En el Evangelio de san Mateo Jesús le dice a sus discípulos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.

El ser humano es un ser con muchos miedos.  Tenemos miedo de muchas cosas: a la muerte, al sufrimiento y al dolor, a la incomprensión, a la soledad, a perder lo que tenemos, al futuro, a las personas que no conocemos.  El miedo nos paraliza, nos hace vivir a la defensiva.

¿Qué podemos hacer con nuestros miedos?  ¿Olvidarnos de ellos?  ¿No hacerles caso? ¿Huir de ellos?  Huir del miedo es lo que hace la mayoría de las personas.  Otros huyen del miedo teniendo muchas cosas, viajando, siempre de prisa de un lugar a otro, buscando diversiones a cualquier precio.

Pero ¿realmente podemos vencer el miedo con diversiones y evasiones?  No es tan fácil librarse de los miedos en nuestra vida.  Normalmente cuando vencemos un miedo, viene otro a ocupar su lugar.  Además huir de los miedos no significa superarlos.  Y por eso cuando parece que huyendo de nuestros miedos los hemos superado, aparecen de nuevo.

Jesús cuando se encuentra con Pedro asustado por la tempestad no le dice que huya, que salga corriendo.  Le dice que confíe en Él.  Confiar en Jesús es lo mismo que tener fe.

La fe es necesaria para vencer nuestros miedos y superar las dificultades de la vida.  Por ello, el problema no es no tener miedo, ya que los miedos son algo propio del ser humano, el problema es no confiar en Dios.

Jesús nos dice: “Ven”,  nos llama a seguirlo, a vencer con Él las dificultades, los miedos, la falta de fe.

Jesús le dice a Pedro: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”  Jesús nos invita a enfrentar con valentía las tempestades de esta vida y que lo hagamos con fe. 

La fe consiste en saber que Dios se encuentra siempre a mi lado, para ayudarme a superar los miedos.  Dios, siempre nos toma de su mano y nos conduce por caminos seguros. La fe me permite caminar en la oscuridad, en medio de las dificultades; la fe da sentido a nuestras vidas.  Cuando tenemos fe, esa barca que es la Iglesia no se hunde. 

En el mundo hay muchas cosas negativas que nos causan temor y miedo, pero si tenemos fe, si confiamos en Dios, podremos vencer todos esos miedos.  Cuando tenemos poca fe, tenemos que gritar: “¡Señor sálvame!” y entonces Jesús nos da su mano y nos dice ven. Con la ayuda de Dios podemos superar el miedo que nos paraliza a trabajar por un mundo mejor.  Con la ayuda de Dios podemos superar nuestros miedos y caminar alegres por la vida.

miércoles, 2 de agosto de 2023

 

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR (CICLO A)


Celebramos hoy la fiesta de la Transfiguración de Jesús.  Jesús torna consigo a sus discípulos más íntimos y los lleva a una “montaña alta”. No es la montaña a la que le ha llevado el tentador para ofrecerle el poder y la gloria de “todos los reinos del mundo”. Es la montaña en la que sus más íntimos van a poder descubrir el camino que lleva a la gloria de la resurrección.

El rostro transfigurado de Jesús “resplandece como el sol” y manifiesta en qué consiste su verdadera gloria. No proviene del diablo sino de Dios su Padre.

Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías. No tienen el rostro resplandeciente, sino apagado. No se ponen a enseñar a los discípulos, sino que “conversan con Jesús”. La ley y los profetas están orientados y subordinados a Él.

La escena de “la transfiguración de Jesús” concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: “Este es mi Hijo amado”: el que tiene el rostro transfigurado. “Escuchadle a Él”. No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a Él.

“Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto”. Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.

La actuación de Jesús es conmovedora: “Se acerca” para que sientan su presencia amistosa. “Los toca” para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: “Levantaos. No temáis”. Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.

En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.

Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad pero hay, sobre todo, miedo a correr riesgos.

Hay miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo el buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar.

Miedo a hablar de los “derechos humanos” dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el Espíritu de Cristo.

Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el “ministerio del juicio y la condena”, sino el “ministerio de la reconciliación”.

Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en “odres nuevos” el “vino nuevo” del Evangelio?

Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo “hacer memoria” de Él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?

Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?

En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: “Levantaos. No tengáis miedo”.

lunes, 31 de julio de 2023

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo, la podríamos resumir en unas palabras: el milagro de compartir.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace tomar conciencia de que gastamos mucho tiempo y muchas energías en lo que realmente no nos llena ni nos da la felicidad.  Debemos alimentarnos de algo más que de cosas materiales.

“venid a mí: escuchadme y viviréis”, nos decíael profeta Isaías. Estas palabras están llenas de verdad.  Mientras que el Señor nos ofrece lo mejor, sin pagar nosotros nada, vamos ansiosos de aquí para allá y tiramos y tiramos el dinero y la vida, comprando un pan que no alimenta y unos manjares que no satisfacen. 

Todos buscamos disfrutar tanto de la vida y nos damos cuenta, con todas las consecuencias, de que nuestro corazón es demasiado grande para que pueda saciarlo nada ni nadie, excepto Dios que nos ha creado.  San Agustín lo dijo con una frase memorable: “Nos creaste para Ti, Señor, y nuestro corazón está intranquilo mientras no descanse en Ti”.

El profeta nos invita a poner nuestros ojos en Dios que será el único que saciará nuestros deseos y nuestra hambre.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda, que nada debe apartarnos del amor de Dios. 

Las dificultades, las persecuciones, no son suficientemente fuertes como para derrotar al cristiano.  Ciertamente que tendremos que pasar por pruebas, problemas, incluso por la muerte.  Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará triunfar sobre cualquier enemigo que tengamos.  Nada nos puede separar del amor de Dios, excepto el pecado, es decir, nuestra decisión de no querer acoger el amor de Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el relato de la multiplicación de los panes y los pescados. 

Jesús para realizar el Milagro pide colaboración. Cuando un muchacho ofrece lo que tiene, cuando pone lo suyo a disposición de los demás se realiza el milagro.  Cuando se comparte, Dios hace el milagro de que haya para todos y aún sobre.

Lo que a uno le sobra, a otro le falta. Lo que para uno puede ser ya innecesario para otros puede ser algo esencial. Muchos vivirían dignamente como personas con lo que les sobra a muchos otros.


¿Te has puesto a pensar cuántas cosas abundan en tu corazón y que pudieras compartir con los demás? Y no siempre se trata de llenar estómagos vacíos. No solo el estómago tiene necesidades. Hay otras muchas necesidades vitales en el corazón humano.

En tu corazón abunda y sobra mucho amor. No lo desperdicies dándolo solo a tus amigos, a los que tienes cerca o a los que te caen bien. Hay tanta gente hoy necesitada de un poco de cariño, de un poco de amor. Gente que se muere de hambre de pan, pero también de hambre de un poco de amor y de cariño. Comparte el amor que sobra en tu corazón que es mucho. ¡Que no se pierda nada del amor que es capaz de dar tu corazón!

En tu corazón abunda la bondad. No la des solo a quienes ya tienen suficiente. ¡Como siempre nos han enseñado a ver todo lo que llevamos de malo, ya nos hemos olvidado de reconocer toda la bondad que brota de nuestro corazón! Porque hay muchos que están necesitados: de una palabra de cariño, de un gesto de bondad que les haga sentirse mejor. 

En tu corazón abunda y sobra el tiempo. ¿Sabes cuánto tiempo tienes de sobra? Examina bien cómo administras tu tiempo y verás que tienes tiempo de sobra. ¿Y por qué no dedicar un poco de tu tiempo a quienes viven solos, sin tener con quien hablar, sin que nadie los visite? A eso que cada día se están muriendo en su soledad, en la soledad de su corazón.  Enfermos que nadie visita. Ancianos que nadie les hace compañía. Niños que carecen de hogar y de familia. Regalarles un poco de ese tiempo que a ti te sobra, sería como devolverles un poco de vida que no tienen.

En tu corazón abunda la generosidad. Es posible que haya mucho de egoísmo dentro de ti. Todos llevamos demasiado. Pero aun así, ¿te das cuenta de cuánta generosidad hay dentro de tu corazón? No la repartas sólo con los que ya tienen demasiado. ¡Hay tantos necesitados de eso que a ti te está sobrando!  No te piden que se la regales toda. Basta que les regales todo lo que tienes de sobra para ti y para los tuyos.

En tu corazón abunda la alegría.  ¿No podías compartir un poco de ella con tanta gente que vive triste, angustiada, desolada, desconsolada?

En tu corazón te sobra paciencia.  ¿Qué ancianos son insoportables? Regálales un poco de la paciencia que te sobra. ¿Que los vecinos ya no los aguantas? Regálales algo de la paciencia que te sobra.

Si te miras por dentro, te darás cuenta de cuántas cosas sobran en tu vida, que no sabes qué hacer con ellas.  Hagamos el milagro de compartir todas esas cosas que nos sobran y que tenemos almacenadas en nuestro corazón y veremos cómo se produce el milagro.