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lunes, 13 de mayo de 2024

 

PENTECOSTÉS (CICLO B)


Hoy, al cumplirse las siete semanas de la Pascua celebramos la fiesta de Pentecostés, con la cual terminamos el tiempo litúrgico pascual. Al celebrar hoy el día de Pentecostés, estamos celebrando el día de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia.  El Espíritu es el mayor regalo que el Padre ha hecho a los hombres por medio de Cristo. Esto nos compromete a vivir nuestra fe, a mantener la esperanza, a ser fuertes en la dificultad.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta el cambio radical que se dio en los Apóstoles cuando bajó sobre ellos el Espíritu Santo.

Al recibir el Espíritu Santo en forma de lenguas, los apóstoles comenzaron a hablar una lengua que todos entendían.  Pentecostés es lo contrario de Babel.  Sólo con el don del Espíritu Santo los hombres podemos hablar una sola lengua, la lengua del amor.  La lengua de Pentecostés es la oposición a la lengua del orgullo y de la soberbia que es la lengua de Babel.

La otra imagen por la cual se hace visible el Espíritu Santo en Pentecostés es el fuego.  Jesús ya lo había anunciado diciendo: “He venido a traer fuego a la tierra, y cuanto deseo que ya esté ardiendo”.  Ese fuego es el amor, el amor del corazón de Cristo, ese fuego es el que tenían los primero cristianos, por eso cuando la gente los veía exclamaban: “Mirad como se aman”.  Si queremos que el Reino de Dios se haga presente, si queremos neutralizar el egoísmo tanto individual como colectivo, si queremos que cese la violencia, debemos dejarnos invadir por el Espíritu Santo para poder amar con dichos y hechos.

La tercera forma de manifestarse el Espíritu Santo en Pentecostés fue el viento.  El aire puede ser suave como brisa que acaricia y fuerte como un huracán violento.  Así es el amor, es suave viento que acaricia y vendaval que arrastra.  Hay que dejar de vivir encerrado en uno mismo para dejar que actúe el lenguaje del Espíritu Santo que es el lenguaje del amor.

La 2ª lectura de la 1ª  carta de san Pablo a los Corintios nos hablaba de la diversidad de servicios dentro de la Iglesia, pero todos son para el bien común.

Los dones que tenemos son un regalo gratuito de Dios.  Los hemos recibido no para que los guardemos, sino para ponerlos al servicio de la comunidad.

Todos somos miembros del cuerpo de Cristo, pero al igual que ocurre en el cuerpo humano, cada miembro desempeña una función.  Sin la colaboración de todos los miembros un cuerpo no puede funcionar. Si un miembro se echa para atrás o se resiente, todos sufren. Así es la Iglesia. En ella todos somos importantes, por ello es urgente que los laicos, que son la mayoría de los cristianos, encuentren su lugar y su carisma dentro de la Iglesia.  Pero para ello el laico tiene que abandonar su pasividad y participar plenamente en la vida de su comunidad.

En el Evangelio de san Juan vemos a Jesús soplando sobre los apóstoles y diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo” y “Se llenaron todos del Espíritu Santo”.

El Espíritu Santo es luz y quiere entrar en nuestras almas, busca hacerse huésped dentro de nuestro corazón para llenarnos de su amor y de su fuerza. Es fuente de vida y del mayor consuelo, es tregua, es brisa, es gozo que enjuga nuestras lágrimas y nos reconforta en nuestros duelos.

Hoy también es Pentecostés para nosotros, pues viene a nuestro interior el Espíritu. Debemos dejar a un lado nuestras sospechas y recelos, quitar los temores y las suspicacias y abrir las puertas y ventanas de nuestro ser.

El Espíritu es para nuestra alma como el sol y el agua para la tierra, si nos falta quedamos estériles, nos deshacemos por dentro. Sin el Espíritu, la sociedad se convierte en cuartel de guerra y en lucha de poderes, en una batalla en la que ganan los más fuertes, los que mejor mienten, los que abusan de sus recursos.

Una sociedad donde falta el Espíritu será una sociedad desigual y radicalmente injusta, en la que no tendrán cabida ni los más débiles, ni los más pobres, ni los menos afortunados, ni los más sencillos.

El Espíritu nos pone en movimiento para crear vida y formar nuevas comunidades llenas de unidad y armonía. Jesús sabe que la misión es difícil porque no luchamos contra enemigos de carne y hueso, sino contra estructuras de opresión e injusticia. Por eso nos regala su Espíritu para que quedemos llenos de su presencia, seamos capaces de enfrentar la dominación, de derribar la mentira y de quitar la oscuridad.

Si nuestro corazón está vacío, dejémonos llenar del Espíritu Santo y digámosle: Ven, Espíritu Santo, inúndame con tu poder y concédeme construir un mundo de paz y armonía.

lunes, 6 de mayo de 2024

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO B)


Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo. Jesús se va al cielo y ahora es nuestro turno. Nosotros tenemos que llevar a cabo la misión de Jesús; nosotros tenemos que continuar el trabajo que Jesús comenzó: Anunciar la Buena Noticia a los hombres y ser testigos del amor de Dios.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos decía: “qué hacéis ahí plantados mirando al cielo”

La Ascensión nos invita a estar en la tierra, haciendo lo que aquí tengamos que hacer, todo dentro de la Voluntad de Dios y llevando a todos los que podamos la Palabra de Dios.  Pero debemos estar en la tierra sin perder de vista el Cielo, la Casa del Padre, a donde nos va llevando Cristo.

A los cristianos se nos ha acusado muchas veces de estar demasiado atentos al cielo futuro, y poco comprometidos en la tierra presente. Pero, ciertamente, son bastantes los cristianos que actualmente han dejado de mirar al cielo. Las consecuencias pueden ser graves. Olvidar el cielo no conduce automáticamente a preocuparse con mayor responsabilidad de la tierra. Ignorar al Dios que nos espera y nos acompaña hacia la meta final, no da una mayor eficacia a nuestra acción social y política. No recordar nunca la felicidad a la que estamos llamados, no acrecienta nuestra fuerza para el compromiso diario.

Por otra parte, obsesionados por el logro inmediato de bienestar, atraídos por pequeñas y variadas esperanzas, atrapados en la rueda del trabajo y el consumo, quizás necesitamos que alguien nos grite: “Creyentes, ¿qué hacéis en la tierra sin mirar nunca al cielo?”.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos invita a la esperanza.  Nuestra esperanza es vivir en plena comunión con Dios.  Pero para ello, hemos de tomar conciencia de que no estamos solos, sino que vamos por la vida unidos a nuestros hermanos y formando parte de un mismo cuerpo que es Cristo.  En ese cuerpo, que formamos todos, Cristo es la cabeza y vive en la Iglesia y es en la Iglesia donde hoy se hace presente Cristo para todos nosotros.

En nuestra peregrinación por el mundo, tenemos que tener siempre presente “la esperanza a la que hemos sido llamados”: la resurrección.  Formamos un “cuerpo” con Cristo destinados a la vida plena y eterna.

Decir que formamos parte del “Cuerpo de Cristo” significa que debemos vivir en comunión con Dios, pero también significa vivir en comunión, en solidaridad con todos nuestros hermanos, miembros del mismo “cuerpo”, alimentados por la misma vida.

Tenemos, como cristianos, que hacernos presentes en el mundo para llevar a plenitud el proyecto liberador de Dios.  Esta tarea de liberación estará acabada cuando para todos los creyentes, Cristo sea “uno en todos”.

En el Evangelio de san Marcos Jesús nos dice: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.  Estas son las palabras de Jesús resucitado antes de subir al cielo.  Estas palabras de Jesús son un mandato.  Y el objetivo de la predicación es el Evangelio.

Este Evangelio se tiene que dirigir a toda creatura.  Nosotros, bautizados y confirmados, hemos recibido el Espíritu que nos hace apóstoles y por eso cada uno de nosotros tenemos la obligación de anunciar el evangelio.

Estar junto al Padre es estar en el amor del Padre. Desde el día de la Ascensión, los seguidores de Jesús conocemos que nuestra meta final es estar donde está Jesús, con el Padre.

Celebrar la fiesta de la ascensión del Señor es celebrar que Jesús ha adquirido la plenitud más allá de las posibilidades humanas: en Dios. Es creer que Jesús hombre como nosotros, ha entrado en la vida íntima de Dios, es partícipe de su divinidad. Es celebrar que está en el cielo, es decir que tiene un lugar en el corazón de Dios, en una existencia nueva, plena y feliz. Que tiene a Dios en plenitud y vive su amor.

La ascensión de Jesús no es sólo su triunfo; es también el nuestro, porque sube con nuestra carne. Por eso, en esta fiesta celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; el triunfo de todo lo que nos eleva como seres humanos, sobre lo que nos deshumaniza. Es la fiesta de la superación humana, el triunfo de todo lo positivo.

Es celebrar que nuestra meta es: el cielo. Dios es el cielo.

No te conformes con los horizontes estrechos de este mundo; tú aspira a un amor sin egoísmos ni ambigüedades, aspira a una vida plena en la que se realicen todos los sueños humanos de felicidad, vida, amor y armonía. Aspira al cielo. Pero, sin olvidarte, que el único camino que tenemos para ir al cielo es la tierra.

lunes, 29 de abril de 2024

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


El tema central de las lecturas de hoy es el amor como programa principal para la vida de un cristiano.  El amor es el “mandamiento” principal que tenemos que vivir los cristianos.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos dice claramente que la salvación que Dios ofrece a la humanidad es para todos los seres humanos.  Para Dios lo importante no es pertenecer a una raza, a un partido político, a un grupo social, sino la disponibilidad para acoger la oferta de salvación que Él nos quiere dar.

Las únicas personas que no se salvan son aquellas que se cierran por orgullo o por autosuficiencia a los planes de Dios.

El Dios que ama a todos los hombres, nos invita a acoger a todos los hermanos, también a los diferentes, los que nos resultan incómodos, los que son del partido diferente a que yo milito, los que no piensan igual que yo.  A todo ser humano hay que acogerlo con bondad, comprensión, amor.  No nos toca a nosotros decidir quién es bueno y quien es malo, quien es santo y quien es un diablo.  Dios nos invita a que acojamos a todos, a que a todos los invitemos a formar parte de nuestra comunidad cristiana, sea cual sea su situación personal o social.  Estamos llamados a no excluir, a no marginar a nadie, a no ser intolerantes con nadie, a no tener prejuicios contra nadie.

Es fácil hablar de respeto, pero es más fácil matarlo con nuestros rencores, enemistades, egoísmos e injusticias.  Muchas veces amamos por interés. Dios ama a todos, el amor de Dios es universal.  La fe es universal y el mensaje de Jesús es universal.  Seamos nosotros un reflejo de ese amor de Dios.

La 2ª lectura de la primera carta de san Juan nos decía: “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

Amar quiere decir tener el corazón y el alma dispuestos siempre a darse a todo aquel que necesite de nosotros, aunque no nos caiga bien o aunque pensemos que no tenemos la culpa de sus problemas.

Amar quiere decir ser capaz de conmoverse ante los dolores y las debilidades, y sentirlos como propios, sentirse responsable de ellos. Amar quiere decir estar en contra de la guerra y de los que hacen negocios a costa de ella. Amar quiere decir querer un mundo diferente, en el que todos los hombres vivan con dignidad, la dignidad de amados de Dios.

Amar quiere decir crear relaciones de confianza con los demás, no murmurar, ayudar, entender lo que les pasa a los demás en lugar de criticarlos. 

Nuestra vida, tanto en la familia como en la sociedad, nos ofrece muchas ocasiones para ejercitar el mandato del amor.  “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos dejaba el mandamiento del amor: “que os améis unos a otros como yo os he amado”,  

Todo amor que esclaviza no es verdadero amor. No es amor el sometimiento y la despersonalización que algunos de los esposos hace contra la esposa. No es amor la manipulación de los amigos para los propios intereses, los fines comerciales o políticos.  No es amor las relaciones sexuales que tienen como único fin la satisfacción personal y luego se deja abandona a la persona utilizada. No es amor ninguna expresión que esclavice, que domine, que torne en servidumbre a las personas.

Por eso Jesús nos decía hoy también: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

La amistad y el amor se basan en la confianza, en el diálogo, en el conocimiento y respeto mutuo. La amistad significa cercanía. El amigo es alguien con quien se trata de tú a tú. ¿Qué pruebas de amistad nos da Jesús? El amigo no tiene secretos con el amigo. Tampoco Jesús los tiene para nosotros: “He abierto mi corazón para comunicaros todo lo que sé; no tengo secretos para vosotros, os he dado a conocer todo lo que le oído a mi Padre”.

El verdadero amor produce alegría y cada discípulo de Jesús al saberse amado rezumará por todos sus poros una gran alegría. La alegría es la sonrisa de Dios en nuestras vidas y no se entenderán los “amados de Dios” con actitudes negativas y sentimientos pesimistas.

Si Dios me ama, ¿por qué voy a estar triste? Ciertamente no es fácil la alegría verdadera, estamos acostumbrados a la carcajada fácil y a la alegría superficial. Lo que Jesús nos propone es esa felicidad que se encuentra en lo profundo de nosotros porque nos reconocemos amados por Dios y porque queremos hacer participar a todos nuestros hermanos de esa misma felicidad. Todo lo contrario de lo que el mundo nos ofrece: una alegría que nace del dolor del otro y de la seguridad de que los demás no pueden tener lo que nosotros. El amor de Jesús es contagioso y por eso sólo es feliz quien hace un mundo más feliz, sólo conoce la alegría quien sabe regalarla; sólo tiene verdadera vida, quien es capaz de dar vida, y sólo se siente amigo, no esclavo, quien ama.

lunes, 22 de abril de 2024

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre nuestra unión con Cristo y nos dice que sólo unidos a Cristo podremos alcanzar la vida verdadera que Dios nos ha prometido.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos habla de San Pablo. 

Para la comunidad cristiana no era fácil admitir a Pablo en la Iglesia de entonces, no era fácil confiar en el que había sido un gran enemigo y un perseguidor de los cristianos.  Sin embargo, la fuerza del Evangelio de perdonar y de amar se impone para aceptar a Pablo como un nuevo cristiano y poder unirse a la comunidad cristiana.

Nuestra vocación como cristianos no es seguir a Cristo aisladamente, sino formando parte de una familia de hermanos que compartimos la misma fe y que hacemos juntos el mismo camino del amor.

El cristiano no es un ser aislado, sino una persona que es miembro de un cuerpo, el Cuerpo de Cristo, formando parte de una comunidad, de la Iglesia.  No se es cristiano por libre, sino injertado en una comunidad.

Es en diálogo y compartiendo con los demás hermanos de la comunidad como nuestra fe nace, crece y madura y es en la comunidad, unidos por los lazos del amor y de la fraternidad, como nos realizamos plenamente como cristianos.

En una comunidad cristiana pueden surgir conflictos, tensiones porque podemos tener diferencias entre unos y otros miembros de la comunidad, pero las diferencias no nos pueden servir de pretexto para abandonar la comunidad y creer que podemos ir por la vida como cristianos en solitario.

La Iglesia es una comunidad formada por hombres y mujeres, con debilidades y fragilidades, pero es, sobre todo una comunidad asistida, conducida y guiada por el Espíritu Santo.

La 2ª lectura de la 1ª  carta de san Juan nos invita a no “amar de palabra y de boca”, sino de verdad y con obras.

Somos expertos en decir muchas palabras, muchas ideas. Pero una cosa es hablar y otra actuar. Palabras sin obras son ruidos, son simples sonidos. Cuántas palabras decimos que no son verdad. Cuantas palabras decimos porque buscamos el aplauso, o el reconocimiento o la posición política, pero esas palabras no son verdad.

Amar como Jesús nos amó, significa “amar primero”, no esperar a que los otros den el primer paso. Cumplir el mandamiento del amor es el resultado de acoger a Dios en nuestra vida. Abrirse al Amor auténtico es renunciar a la mentira, a las palabras falsas, a las conductas hipócritas. Amar en la verdad es lo que Jesús nos pide. Amar con las obras y no con el halago o por interés social. Amar es permanecer en Jesús, asumir su estilo, vivir su vida.

En el Evangelio de san Juan nos decía hoy Jesús: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”.

Hay un verbo que aparece repetidamente en el Evangelio de hoy: “Permanecer”.  Hay que permanecer unidos al Señor para poder dar frutos de vida cristiana.  Separarse de Jesús es como ir a la ruina.  Cuando andamos separados del Señor, cuando queremos vivir supuestamente nuestra fe por nuestra cuenta, lo que hacemos es buscar nuestros caprichos y nos acabamos sin dar ningún tipo de fruto.

Cuantas veces nos quejamos de trabajar mucho y tener pocos frutos.  A veces le echamos la culpa de nuestro fracaso a otras personas al ambiente.  El verdadero problema de no dar frutos es que no estamos trabajando para Dios sino para nosotros mismos.  Cuando andamos separados del Señor, por nuestra cuenta y riesgo, somos como los sarmientos secos que no producen fruto. 

Todos hemos visto salir adelante cosas y proyectos imposibles, verdaderos milagros, en gente, a veces, sin preparación o sin recursos, pero estaban bien unidos al Señor y sacaron adelante cosas que parecían imposibles.  Otras personas, quizás más preparadas y con todos los medios a su alcance, sólo construyeron castillos en el aire.  Hay que recordar que los milagros los hace Dios, no nosotros.  Por eso no debemos vanagloriarnos de nuestros éxitos ya que “todo es gracia de Dios”, sin Dios no podemos hacer nada.

En el cultivo de la vid un trabajo necesario es la poda.  Si no se cortan las ramas secas, las uvas serán pocas y de muy mala calidad.  Hay que podar en nuestra vida entretenimientos, diversiones que nos quitan tiempo y energías para dar frutos; hay que renunciar a caprichos y egoísmos que nos van secando en nuestra vida cristiana.  Si no aprendemos a saber renunciar a ciertas cosas, no podemos estar bien unidos al Señor, no podemos ser cristianos de buena calidad.

Quizás deseamos formarnos como personas y como cristianos; quizás nos gustaría prepararnos bien para formar un matrimonio y una familia bien unida; quizás nos gustaría colaborar, ayudar, hacer muchas cosas, pues para eso, tenemos que podar muchas distracciones, tiempo libre, cosas a las que le dedicamos mucho tiempo y no son necesarias.

Si no queremos que nos echen al fuego como al sarmiento seco, si no queremos que nuestra fe se seque y se convierta en palabras vacías, hay que estar bien unidos al Señor y así y sólo así daremos frutos en abundancia.

lunes, 15 de abril de 2024

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


Hoy, nosotros que somos la Iglesia, celebramos a Cristo-resucitado Buen Pastor. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Jesucristo como el único salvador: “ningún otro puede salvarnos”. No nos dejemos engañar por otras personas, por otros caminos que nos presentan propuestas falsas de salvación. 

A veces el camino de salvación que Jesús nos propone está totalmente en contradicción con los caminos de supuesta salvación que nos proponen los líderes políticos, o las modas o la opinión pública; y nosotros tenemos que elegir coherentemente de acuerdo a nuestra fe y a nuestro compromiso cristiano.

A la hora de elegir entre lo que nos propone Jesús y lo que nos proponen otros líderes, no nos olvidemos que la propuesta de Jesús tiene el sello de garantía de Dios, y no olvidemos que el camino que nos conduce al encuentro con Dios, es sólo el camino de Jesús.

Para nosotros los cristianos, Cristo ha de ser “la piedra angular” sobre la cual construimos nuestra vida y la historia de nuestro tiempo.  ¿Es Cristo, para nosotros, el punto de referencia de todo lo que hacemos?

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos recuerda que Dios nos ama con un amor sin límites y por eso somos hijos de Dios.  Ser hijos de Dios significa que todos los hombres tenemos la misma “categoría”, el derecho al mismo respeto y podemos exigir ser tratados todos de la misma manera porque nadie es más hijo de Dios que otro, todos podemos decir: “¡soy hijo de Dios!”

¿Cómo debemos responder los hijos de Dios al amor que Él nos tiene?  El hijo de Dios es aquel que responde al amor de Dios viviendo coherentemente su fe, esto quiere decir, respetando y cumpliendo los mandamientos de Dios; viviendo el amor al prójimo, a ejemplo de Jesucristo.

Vivir como hijos de Dios implica que muchas veces hemos de tomar opciones y hay que desechar aquellas opciones que están en contradicción con los valores de Dios aunque esto suponga que nos desprecien, se rían o no nos tomen en cuenta.  No olvidemos que Jesús también fue rechazado por eso mismo.  Los cristianos no debemos tener miedo de ser coherentes con nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos decía que Jesús es el Buen Pastor que da la vida por las ovejas. Jesús, el Buen Pastor, conoce a sus ovejas. Conocer a los demás es un medio – modo – para amar, pues cuanto más se conoce más se ama y, sobre todo, cuanto más se ama mucho mejor se conoce a una persona. A los humanos si algo nos impresiona es sentirnos queridos, amados profundamente y con generosidad por alguien; sentirnos amados por alguien a quien apreciamos.

Jesús nos asegura que nos conoce uno a uno, Él, que ha dado la vida por nosotros, nos ama, nos llama a vivir unidos íntimamente con Él y espera que respondamos a esa relación.

Es importante que caigamos en la cuenta de lo que Cristo nos repite hoy una vez más: Él nos ama gratuitamente y nos llama a sentirnos amados por Él. Sentirse amado es el fundamento de la vida interior. Nos llama a vivir en trato íntimo con Él.

Jesús el Buen Pastor sabe que tiene otras ovejas que están alejadas, a las que también tiene que llegar. Su rebaño es un rebaño abierto a todos, no es un grupo cerrado y selecto, la Iglesia no es una sociedad cerrada, sus puertas están siempre abiertas para todos.

En este domingo se nos invita, pues: A ser “ovejas” del rebaño de Jesús; es decir a, escuchar su voz y a seguirlo. Hay que escuchar con el corazón a Jesús y llevar a la práctica lo que Él nos dice. Seguir a Jesucristo es querer identificarse con Él, asemejarse a Él. Jesús se ofrece a ser nuestro verdadero guía, a enseñarnos, para que aprendamos de Él la manera más humana de vivir. Pero también nos invita a ser “pastores”.

¿Quiénes estamos llamados a ser pastores? Todos los que pertenecemos al rebaño de Jesús, todos los cristianos, por nuestra entrega a los demás, estamos llamados a ser pastores. Pero hoy, en concreto, se recuerda a quienes han consagrado su vida de un modo especial a Dios: religiosos y sacerdotes. Todos ellos quieren continuar el “pastoreo” de Jesús en la Iglesia. Se nos invita a pedir hoy por las vocaciones sacerdotales que el Espíritu suscite vocaciones en su Iglesia para que siga creciendo el reino de Dios.

Preguntémonos este domingo: ¿Realmente Cristo es nuestro Pastor? ¿Qué voces escuchamos más seguido en nuestro caminar como cristianos? ¿Será la voz de Cristo? Jesús es y debe ser nuestro Pastor.

Que el Espíritu Santo conceda vocaciones sacerdotales a su Iglesia, suscitando respuestas generosas a todas las llamadas que hace a la juventud. Que nos conceda escuchar la voz de nuestro Pastor y seguirlo, identificándonos poco a poco con Él.

lunes, 8 de abril de 2024

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta, como portavoz de la Resurrección, a Pedro, en uno de sus primeros discursos diciendo al pueblo judío: “¡entregasteis al siervo del Dios de nuestros padres, lo rechazaron, pidieron en cambio el indulto de un asesino, hicieron cambiar a Pilato su decisión, cuando ya tenía decidido soltar a Jesús«. Lo más duro que Pedro les dice es: “¡Matasteis al autor de la vida!”

Pedro reconoce que este pueblo es un pueblo que asesina la Vida misma. Pedro se juega también la vida al ser tan claro. Sin embargo, se muestra enormemente comprensivo: “lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades”. Con esto se revela un drama de cualquier ser humano: podemos ser asesinos, sin darnos cuenta.

Nos ocurre con frecuencia: mientras por una parte defendemos la vida, por otra nos brotan sentimientos asesinos hacia aquellas personas que no son de nuestro agrado o que nos amenazan. Para defender la vida -en todo momento y circunstancia- se hace necesaria una fuerte espiritualidad, una sensibilidad divina, que nos permita cuidar la vida en todas sus expresiones: en la naturaleza, en la humanidad, en la historia.

Es probable que no pocos cristianos no se sientan demasiado afligidos por las muertes de las guerras. Es probable que a no pocos apenas les quiten del sueño las ejecuciones de inocentes a manos de los narcotraficantes o las muertes de tantas mujeres en manos de las redes del tráfico de seres humanos. ¡Estamos siendo solicitados, constantemente, a ser cómplices de unas muertes u otras!

Quizá votemos a favor de ciertas muertes… ¡Eso sí! ¡Por ignorancia! La ignorancia nos hace hacer estas cosas. Nosotros también cometemos pecados causados por esa misma ignorancia y debilidad. El pecado no se borra disimulándolo. Por ello, el Señor, nos llama a la conversión. Y Él, que es compasivo y misericordioso, nos concederá el perdón merecido por la muerte y resurrección de Jesús.

La 2ª lectura, de la primera carta de San Juan, nos dice que no es posible conocer a Jesús y no creer en Él; no es posible creer en Él y no vivir según sus enseñanzas.  Sólo el que vive como Él, el que cumple sus mandamientos puede decir que conoce al Señor.  San Juan llama mentiroso al que dice que conoce a Cristo pero no le afecta para nada en su vida.

Es una mentira decir que amamos a Dios y, luego en nuestra vida despreciar los valores que Dios nos propone y vivir la vida al margen de Dios y sus mandamientos.

Un creyente que dice amar a Dios pero en su vida lo único que hace es crear injusticias, conflictos, opresión, sufrimiento, vive en la mentira; un creyente que dice “conocer a Dios” y fomenta la violencia, el odio, la intransigencia, la intolerancia, está muy lejos de Dios; un creyente que dice tener “fe” y rechaza el amor, el compartir, el servicio, el venir a misa, está muy lejos de Dios y además es un mentiroso.

El Evangelio, según san Lucas, nos asegura que Jesús está vivo.  ¿Cómo podemos encontrar a Jesús resucitado?

El Evangelio nos dice, en primer lugar, que lo podemos encontrar en las Escrituras.  Cuando la comunidad se reúne para escuchar la Palabra de Dios, Cristo está presente y nos explica el sentido de las Escrituras. En segundo lugar, podemos encontrarnos con Jesús resucitado en la fracción del Pan, es decir, en la Eucaristía.

La Eucaristía es lugar privilegiado para que los creyentes abramos “los ojos de la fe”, y nos encontremos con el Señor Resucitado que alimenta y fortalece nuestras vidas, con su mismo cuerpo y sangre.

No se puede vivir plenamente la adhesión al Resucitado, sin reunirnos el día del Señor a celebrar la Eucaristía, unidos a toda la comunidad creyente. Un creyente no puede vivir “sin el domingo”. Una comunidad no puede crecer sin alimentarse de la Cena del Señor.  Necesitamos comulgar con Cristo Resucitado.

Partir el pan, no es sólo una celebración cultual, sino un estilo de vivir compartiendo, en solidaridad con tantos necesitados de justicia, defensa y amor. No olvidemos que comulgamos con Cristo cuando nos solidarizamos con los más pequeños de los suyos.

¿Qué diría el resucitado de muchas de nuestras Eucaristías, de muchas comunidades cristianas, que se reúnen para celebrar la Misa, pero no se preocupan para nada de las necesidades del hermano, de las injusticias y situaciones de discriminación…?

Nos diría que no hemos entendido lo que es la Eucaristía. Aunque las celebremos con cantos, flores y palabras bonitas, si falta la caridad con el hermano, mal podremos reconocer a Cristo, en su gesto de entrega por los hermanos.

La Eucaristía, es también un compromiso de crear comunión entre nosotros y con todos los hermanos… y hasta tenemos en ella un gesto de paz, ¿pero este gesto es realmente un signo o es una comedia?

La Eucaristía es mucho más que una celebración cultual. Es un compromiso y un estímulo para vivir auténticamente nuestra fe.

lunes, 1 de abril de 2024

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  La Pascua de resurrección es una fiesta tan grande que no se puede celebrar en un solo día.  Por eso la Iglesia dedica 50 días para celebrarla.  Este segundo domingo de Pascua se le llama el domingo de la Divina Misericordia.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta los rasgos de la comunidad ideal: es una comunidad formada por personas diferentes.  La Iglesia es una comunidad que agrupa a personas de diferentes razas y culturas, unidas por Jesús y su proyecto de vida, pero todos los miembros de la Iglesia tienen y viven la misma fe con un solo corazón y una sola alma.

La Iglesia es una comunidad fraterna, solidaria, que comparte y se entrega al servicio de todos y así testimonia a Jesús resucitado.  La comunidad cristiana es una comunidad que comparte que vive el amor, el servicio.  El cristiano no puede, por tanto vivir cerrado en su egoísmo, indiferente a lo que le pasa a sus hermanos. 

La comunidad ideal es aquella que sabe compartir sus bienes.  Una comunidad cristiana donde algunos malgastan sus bienes mientras otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente, no puede ser una comunidad cristiana.  No podemos creernos que somos cristianos simplemente porque venimos a la Iglesia, pero nos pasamos la vida acumulando bienes materiales y viviendo al margen de los sufrimientos de los hermanos más pobres.  No podemos creernos que somos cristianos porque damos unas monedas de limosna en la parroquia pero explotamos a los obreros o cometemos injusticias.

¿Qué nos ha pasado a los cristianos?  En nuestros corazones muchas veces lo único que hay es ambición y egoísmo.  La ley del amor la hemos sustituido por “mío, mío”, o “yo, yo, yo”.

Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y más generosos para ser esa comunidad ideal que nos describe hoy la primera lectura.

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos dice que amar a Dios significa adherirse a Jesús y por lo tanto amar a los hermanos.  Quien no ama a los hermanos no cumple los mandamientos de Dios y no sigue a Jesús.

Si amamos a Dios, a Cristo y a los hermanos, podemos “vencer al mundo”, es decir, podemos vencer al egoísmo, al odio, a la injusticia, a la violencia que gobierna el mundo.  A esta manera de vivir de muchas personas, nosotros tenemos que vivir el amor, el estilo de vida de Jesús.

El amor vence todo aquello que oprime al hombre y que le impide vivir una vida verdadera, una felicidad total.  Aunque el amor, a veces, parezca debilidad frente a los poderosos y a los dueños de este mundo, la verdad es que el amor siempre tendrá la última palabra.  Sólo el amor nos asegura una vida verdadera y eterna, sólo el amor es el camino para construir un mundo nuevo y mejor.

El Evangelio de San Juan, insiste hoy en que Jesús está vivo y presente en la comunidad, sobre todo cuando nos reunimos el domingo para celebrar la Eucaristía.

Los apóstoles estaba encerrado por miedo a los judíos y se aparece Jesús y les dice: “Paz a vosotros”. A nosotros los que estamos inquietos, belicosos unos contra otros, en una guerra interior más o menos sorda o ruidosa, a nosotros que hemos perdido la paz interior y quizá también la exterior, Jesucristo nos puede dar la paz, esa paz que sólo puede dar el que ha vencido definitivamente el odio y la violencia desde la cruz.

“Los apóstoles, al verlo, se llenaron de alegría”. También nosotros, en medio de los sinsabores y angustias de la actual situación, debemos llenarnos de alegría, porque Jesús que “estaba en medio de ellos” es el mismo que está en medio de nosotros: “dichosos los que creen sin ver”.

La fe en el Resucitado es la que puede vencer la verdadera enfermedad del hombre contemporáneo que es la tristeza. Para el hombre que anda en búsqueda nerviosa de distracciones, en afán desmedido de comodidades, nadando en placeres fugases, hay una buena noticia: el Resucitado, Cristo el Señor, puede dar una verdadera alegría que el mundo no da.

Pero la paz y la alegría no nos pueden llegar sin el perdón. Por eso Jesús el Resucitado nos ha dejado este gran regalo en su Iglesia: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Sólo podremos tener la verdadera paz cuando nos hayamos reconciliado con Dios y con los hermanos; gozaremos de la verdadera alegría cuando hayamos experimentado en nuestra vida el amor misericordioso de Aquél que entregó su vida por nosotros.

Sólo cuando experimentemos la salvación hecha perdón, paz, alegría, habremos descubierto lo que significó para los primeros cristianos decir “Jesús es el Señor”. Sólo cuando descubramos que Jesús es “nuestro Señor”, le encontraremos sentido a una catequesis continua en nuestra vida, sólo así podremos descubrir la maravilla de celebrar los sacramentos, no como ritos muertos, sino como presencia viva del Resucitado.