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lunes, 5 de agosto de 2024

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza.

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión.

También nosotros podemos estar cansados y en crisis. Quizás en algunos momentos de nuestra vida podemos sentirnos con ganas de “tirar la toalla”, de dimitir de lo que estamos haciendo e incluso desearnos la muerte.

Cuando nos sentimos así, la solución no es bajar los brazos y abandonar la lucha.  Cuando parece que nuestra misión es superior a nuestras fuerzas, cuando parece que todo es un fracaso en nuestra vida, es en Dios en quien tenemos que confiar y es en Él en quien tenemos que poner nuestra esperanza.

A veces, le pedimos a Dios que resuelva milagrosamente nuestros problemas y nosotros queremos quedarnos de brazos cruzados.  Dios no fomenta la pereza, sino que Él está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir.

Las dificultades y las desilusiones sólo se pueden superar desde Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe.

Dios no se complace en las rivalidades y los enfrentamientos, sino en la paciencia, la comprensión y el amor mutuos, para que exista entre nosotros una vida de convivencia armónica y fraternal, más justa y pacífica.

El amor de Cristo tiene que ser ejemplo y modelo para todo cristiano, de modo que se pueda expresar en actitudes de bondad, comprensión y perdón de unos para con otros. Así, haciendo como Cristo, podremos complacer al Espíritu de Dios.

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “El que cree en mí, tiene vida eterna”.

En esta vida, dentro de la gran diversidad y de las diferencias entre nosotros, hay, sin embargo, una cosa en la que coincidimos todos, absolutamente todos: mujeres y hombres, jóvenes y adultos, pobres y ricos.  No hay una sola persona en el mundo que no esté de acuerdo con ello. Todos queremos, buscamos y nos interesamos por la felicidad y, a ser posible, por una felicidad duradera, para siempre.

Este deseo de ser felices, de vivir felices: este deseo de felicidad es el que mueve toda nuestra vida.

Podremos dividirnos luego a la hora de pensar qué clase de felicidad buscamos cada uno; qué entendemos cada uno por felicidad y, sobre todo, el medio y la forma de conseguirla. Para unos será el dinero, la comodidad, el bienestar, la salud, el poder y la fuerza sobre los demás…y según eso usaremos muy distintos métodos y formas de vida.

Pero de lo que no hay duda alguna es de que todos, absolutamente todos, buscamos y queremos ser felices eternamente.

Hoy Cristo nos ofrece en este evangelio que hemos escuchado, no solo la felicidad, sino también el camino y el modo de conseguirla.

La felicidad, nos dice, no está en tener cosas. No está ni en el dinero, ni en la comodidad, ni en otras mil cosas que nosotros buscamos. La felicidad está en el interior de cada uno, no en el exterior. Está en ser personas, en el amor. En una palabra, seremos felices en la medida en que amemos y nos dejemos amar; en la medida en que amemos como Dios nos ama a nosotros.

Como el pájaro es feliz al aire libre, como el pez es feliz en el agua, porque para ello han nacido; nosotros hemos nacido para amar y ser amados y solo así seremos felices.

Además Jesús mismo se nos presenta y se nos ofrece como el pan del cielo; Él se nos ofrece como alimento y camino para lograr esa felicidad en el amor.

Todo lo demás, todo eso que nosotros creemos como felicidad, no son sino substitutos y falsas felicidades, que duran muy poco y nada valen para la vida eterna a la que todos estamos llamados.

Si creemos que Cristo fue feliz en su vida porque amó hasta la muerte y pasó la vida haciendo el bien, debemos también creer en lo que nos dice, porque nos ama de verdad.

sábado, 3 de agosto de 2024

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida.

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres.

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad.  

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad.  

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida.

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad. 

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo. 

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo.

Nadie tiene derecho a utilizar el hambre como arma para controlar la voluntad de una persona o de un pueblo. Saciar el hambre es un primer paso en la búsqueda de la dignidad de la persona, pero nunca a costa de la esclavitud. Con frecuencia el progreso va unido a nuevas formas de esclavitud y explotación que atan y deshumanizan a la persona. 

Es urgente buscar caminos que acaben con el hambre; pero no basta, se requieren nuevas formas de acercar a la mesa a los hermanos en unidad y fraternidad, compartiendo y construyendo un mundo donde los individuos y los pueblos alcancen un desarrollo integral y pleno. Cristo propone una nueva visión de la persona que incluye su realización plena: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna”. 

La persona requiere además del alimento, su reconocimiento, su realización y su integración en la comunidad. Requiere también esa vida en plenitud con Dios donde encuentra sentido su existencia. Por eso Cristo se presenta como el nuevo pan.

Cristo ha escogido el pan como signo de su presencia y de su integración a cada uno de nosotros. El pan tan común en su cultura, tan insignificante y tan indispensable. Compuesto de pequeños granos triturados, descompuesto para dar vida, sostiene a la persona y le da energía para su trabajo. Llega a ser parte de la misma persona y así se transforma en vida al morir. Cristo ha escogido este signo y se hace para nosotros pan de vida. Se une a nosotros, pasa desapercibido y se convierte en parte nuestra, o, quizás sea mejor decir, nos convierte en parte suya para seguir dando vida. 

Quizás no hemos reflexionado profundamente en toda esta transformación y no hemos dado gracias suficientes por este regalo de Jesús que se quiere quedar tan dentro de nosotros hasta formar parte de nosotros mismos, hacerse cuerpo nuestro, hacernos cuerpo suyo. Es Pan de comunión que nos une con el Padre pero que también nos une con los hermanos.

Creer en esta presencia, creer en esta comunión, creer en Él, es la exigencia que este día nos presenta. Si tomáramos en serio este signo, cómo cambiaría nuestra vida en cada comunión. Nos unimos a Cristo, Él se une a nosotros, y así también nos unimos a todos los hermanos.

lunes, 24 de junio de 2024

 

XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Es evidente que en nuestro mundo, en nuestras familias, existen problemas y sufrimientos, unas veces debidos a la pobreza, otras a la enfermedad y a la muerte. De estas tres cosas nos va a hablar hoy la Palabra de Dios para ofrecernos un rayo de luz, de esperanza y de consuelo.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, nos dice que Dios no hizo la muerte, ni la quiere, sino que la muerte entró en el mundo por envidia del diablo.

A menudo, quizá decimos  -pensando que hablamos muy cristianamente-  cosas como estas: “Dios le ha enviado una enfermedad”, “esta enfermedad es una prueba de Dios”.  O, hablando de la muerte, quizá decimos: “Dios lo ha llamado”, “Dios lo ha querido con Él”.  Pensamos que hablamos de un modo muy cristiano, muy piadoso, pero nos equivocamos.  Porque como nos decía la 1a. lectura de hoy: “DIOS no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera”.  Más aún, la 1a. lectura también decía: “as criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte”.

Según el lenguaje popular del Antiguo Testamento, fue el diablo el que introdujo este veneno de muerte en la creación.  Dios es el autor de la vida y quiere la vida para todos los hombres y mujeres.  Dios no dijo: “Hágase la muerte” o “Hágase la enfermedad”.  Según el Antiguo Testamento es el diablo el causante.

La muerte o la enfermedad no la envía Dios; lo que hace Dios, nuestro Padre que ama la vida, es ayudarnos a sobrellevar estos males que Él no quiere.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios, es una invitación a ser solidarios con quienes tienen necesidad.

San Pablo organiza una colecta en favor de los cristianos de Jerusalén que se encontraban pasando escasez debido a las malas cosechas en el año anterior, “año sabático”, en que los judíos no sembraban, pues debían dejar descansar la tierra.

San Pablo recuerda a los que tienen más que su abundancia remediará las carencias de los que tienen menos. Y que los que no tienen en algún momento ayudarán a los que ahora tienen. Sin duda esto puede ser interpretado como aquel dicho popular: “hoy por ti, mañana por mí”. Pero también se trata de que el compartir con los que poco tienen en bienes materiales, enriquece con gracias espirituales a los que sí tienen bienes materiales. Es así como el ejercicio de la solidaridad enriquece espiritualmente al que da, porque de esa manera “guarda tesoros para el cielo”.

Y para estimular a los Corintios y a nosotros a ser generosos, San Pablo nos recuerda cómo Cristo, “siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza”.

El Evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús curando una mujer y a una niña.

Jesús no discrimina a nadie, no hace distinciones, atiende a todos por igual. Todos los seres humanos tenemos la misma dignidad, todos somos hijos del mismo Dios.

Es cierto que cada día se va despertando más la conciencia sobre el derecho de las mujeres a llevar una vida con dignidad, pero aún existen muchas injusticias, violencia, agresiones hacia la mujer, y sobre todo la violencia de género sigue siendo una de las vergüenzas de nuestra sociedad.

Somos aún poco conscientes de todo el sufrimiento y tantas tragedias como sufre la mujer.  Que poco valoramos a todas esas mujeres que se dedican a las tareas del hogar.  Ante un mismo trabajo, la mujer percibe, normalmente, un salario menor que el hombre.

Qué decir de la publicidad sexista, verdadera ofensa a la mujer, de la que aún parece que no se ha tomado conciencia en nuestra sociedad y particularmente en los medios de comunicación social.

Los gobiernos fundamentalistas someten a la mujer a muchísimas vejaciones: matrimonios forzados, lapidaciones, etc., muchas llegan a ancianas tras una vida de mucho dolor.  En los países latinoamericanos se explota a las mujeres mediante la prostitución, la trata de blancas y trabajos inhumanos.

En el mundo de hoy, las grandes conquistas que han conseguido las mujeres han sido porque ellas las han exigido, las han conquistado a veces con riesgos hasta de su vida.

Jesús, alaba el valor de esta mujer que se acerca a Él pidiendo su curación, y la de este padre preocupado por la salud de su hija. No podemos dudar que mirará también con buenos ojos todos los esfuerzos de las mujeres por restablecer la justicia, por conseguir la dignidad a la que tienen derecho, y también cuanto hagamos todos por restablecerles en su dignidad de personas y por ayudar a vivir a todos los que tienen derecho a ello.

lunes, 17 de junio de 2024

 

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo, nos asegura que, a lo largo de nuestra vida, el hombre no se encuentra perdido, solo, abandonado a su suerte; sino que Dios camina a nuestro lado cuidando de nosotros con amor de Padre y ofreciéndonos en todo momento la vida y la salvación.

La 1ª lectura del libro de Job, nos habla de un Dios majestuoso y omnipotente, que domina la naturaleza y que tiene un plan perfecto para el mundo.  Nosotros, a veces, no entendemos los planes de Dios, pero aun así, debemos siempre ponernos en las manos de Dios.

En nuestra vida diaria hay “luces y sombras”.  Normalmente las “sombras” nos preocupan y nos inquietan: terrorismo, violencia, nuevas enfermedades, catástrofes naturales, injusticias, etc., nos causan inseguridad, miedo y preocupación.

A veces, criticamos a Dios por las tragedias del mundo; otras veces, sentimos la tentación de mostrarle, de forma clara y lógica, cómo debería actuar Él para que el mundo fuese mejor. La lectura del Libro de Job nos invita, sobre todo, a no creernos nosotros mejores que Dios y a no exigir a Dios que actúe según nuestra manera de pensar.

Dios se ha manifestado muchísimas veces en la historia con amor y con bondad y Él no ignora los problemas de los hombres.  Dios tiene un proyecto para el mundo y para la humanidad.  El problema es que no vivimos ni hacemos realidad ese proyecto de Dios y por ello nos puede parecer que el mal está ganando terreno, pero no es así.  No olvidemos que Dios es más poderoso que el mal. 

El verdadero creyente es aquel que, aunque sin entender totalmente los proyectos de Dios, aprende a fiarse de Él, a obedecerle incondicionalmente, a verlo como la razón última de su vida y de su esperanza.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos exhorta a no valorar a nadie por criterios humanos.  En nuestra sociedad valoramos a las personas por lo que tienen, o por sus ideas políticas, o por su religión.  Toda persona tiene el mismo valor, un valor sagrado, el máximo. No es que unas personas valgan menos que otras o que unas vidas tengan más valor que otras. No, para Dios todos somos sus hijos igualmente queridos y amados.

Esto habría que explicárselo bien a los que organizan las guerras, a los que desprecian a otros porque son extranjeros o porque no son de su misma tierra, o de su misma raza o religión, o de ideas políticas diferentes, a los que abusan de los demás porque se creen superiores. Esas actitudes son intolerables en un cristiano y Dios nos pedirá responsabilidades de cómo hemos valorado y tratado a sus hijos, nuestros hermanos.

El Evangelio de San Marcos, nos asegura que nunca estamos solos en las tempestades de nuestra vida.  Nada debemos temer, porque Cristo está con nosotros, ayudándonos a vencer todos los obstáculos.

En nuestra vida, tanto personal como religiosa, muchas veces experimentamos dificultades, situaciones personales difíciles: enfermedades, dolor, falta de trabajo o de dinero, problemas con los hijos o con los padres, calumnias, injusticias, rechazos, marginación, odio, etc.

¿Cuál es nuestra reacción? ¿Miedo, angustia, temor, excesiva preocupación?  Sabes ¿por qué? porque no contamos con el Señor, porque no tenemos suficiente fe y nos apoyamos solamente en nosotros mismos, en nuestras fuerzas humanas y casi siempre el problema es mucho más grande que nosotros.

Nos olvidamos de algo muy importante: Dios está siempre con nosotros, Él todo lo puede en todo momento. Él es nuestro auxilio y seguridad. En momentos difíciles, Dios nunca se olvida de nosotros. 

A nosotros nos corresponde confiar, confiar una y otra vez.  Y dejar el miedo y lanzarnos sin temor a trabajar por un mundo mejor, porque Él está siempre con nosotros.  Y cuando nos parezca que nos hundimos, llamar al Señor, invocarlo con confianza, sabiendo que en Él nos movemos y existimos, que todo, por muy malo que sea redunda en bien para el que sabe confiar en el Señor.

Que el Señor aumente nuestra fe y nos permita renovar siempre la confianza en Él.

lunes, 10 de junio de 2024

 

XI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo es una invitación a tener confianza en Dios, a poner en Él nuestras esperanzas, porque Dios, a diferencia de los hombres, nunca nos defrauda.

En la 1ª lectura del profeta Ezequiel, se nos recordaba cómo Dios se vale de las cosas pequeñas para actuar en el mundo.

Muchas veces, las personas ponen su confianza en la gente poderosa.  Sin embargo, los poderosos de este mundo son personas como nosotros y por lo tanto pueden defraudarnos y no solamente eso, sino que pueden volverse en contra nuestra para destruirnos.

Hoy el Señor nos dice que quien pone en Él su confianza jamás se verá defraudado, ni oprimido, ni destruido, sino que encontrará la paz y la seguridad que sólo procede de Dios, de ese Dios que nos ama fiel y eternamente.

Los cristianos, los que pertenecemos a la Iglesia no podemos estar de acuerdo con la violencia ni podemos cometer injusticias, ni explotar o aprovecharnos de nadie para lograr nuestros intereses personales, ni podemos creernos que somos más que los demás.  No pongamos, pues, nuestras esperanzas en los poderosos de este mundo, porque Dios ha escogido a los humildes, a los que aparentemente no valen, para salvar a este mundo.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos invitaba a tener confianza en Dios.  Por eso, debemos esforzarnos en agradar al Señor no sólo con nuestras palabras, sino con nuestras obras y con nuestra misma vida.

Nuestra fe se tiene que traducir en obras de amor y de esta manera estaremos manifestando que ya desde ahora poseemos la Vida eterna, porque estaremos con Dios y Dios en nosotros.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba dos parábolas para decirnos cómo es el Reino de Dios.  

En la parábola de la semilla que germina y crece sin que el sembrador sepa cómo, se nos dice que el Reino de Dios es ante todo un don, un regalo. La segunda parábola, la de la semilla de mostaza nos habla de que el Reino no nace de la fuerza, ni del poder, ni de la apariencia, sino de lo pequeño, de lo humilde, de lo pobre, como la semilla de mostaza que siendo la más pequeña de las semillas se convierte en la más alta y grande de los arbustos.

Indudablemente que es más agradable cosechar y recibir los frutos, pero para que un árbol dé frutos se requiere la siembra confiada y silenciosa, el sudor y la paciencia, la fertilidad de la tierra, los abonos necesarios y un buen temporal.

El trabajo de todos los días, la educación continua en los valores del Reino, la constante relación en la familia, en la pequeña comunidad, la unidad y atención de los pequeños, son semillas del Reino que debemos sembrar siempre. Pero el ritmo de nuestros tiempos nos lleva por otros caminos. Se abandonan las cosas pequeñas como el diálogo en familia, la comunicación entre los cercanos, la oración, la escucha atenta del Evangelio, la relación con los amigos y la construcción de la pequeña comunidad… preferimos los grandes eventos, los clamorosos sucesos, la ropa y los modernos y costosos “juguetes” que nos entretienen y esclavizan.

Se rescatan los grandes grupos financieros y se olvidan las inmensas masas que a duras penas sobreviven. Y lo más triste, es que muchos han perdido la esperanza y luchan entre las dudas y el desaliento.

¿Qué podemos hacer para mejorar esta sociedad? Más de uno piensa que son los grandes y poderosos, los que tienen el poder político o económico, los que, por sí solos, han de operar el cambio que necesita esta humanidad para ser mejor y más feliz. No es así. Hay en el evangelio una llamada dirigida a todos, y que consiste en sembrar pequeñas semillas de una nueva humanidad.

Jesús no habla de cosas grandes. El reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como la semilla más pequeña. Pero algo que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. Quizás necesitamos todos aprender de nuevo a valorar los pequeños gestos. Probablemente no estamos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir poniendo un poco más de felicidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo diario.

Un gesto amigable al hombre que vive perturbado, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado… no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.

lunes, 3 de junio de 2024

 

X DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan de la existencia del pecado desde el origen de la humanidad y la urgencia que tenemos de luchar contra el mal, con la confianza de que Cristo es más fuerte que el mal y ya lo ha vencido.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presentaba al pueblo de Israel preguntándose cómo había comenzado el mal en nuestro mundo.

El mal y el pecado existen en nuestra vida y en nuestra sociedad.  La tentación y el pecado es una experiencia que todos tenemos: niños y mayores, religiosos y laicos.  El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.  A veces, le echamos la culpa a los demás o al ambiente, sin embargos somos nosotros los que hacemos una opción libre por el mal.  Somos débiles, y ante el programa que Jesús nos ofrece, preferimos otros programas que las “serpientes” en turno nos van ofreciendo con sutiles argumentos.

En nuestra sociedad y en nuestro mundo existe el pecado a pesar de todos los avances tecnológicos. Esta situación de pecado es una experiencia que tenemos todos: niños y mayores.El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.

Ante el mal no podemos quedarnos indi­ferentes o desanimados. Somos invitados a resistir, a trabajar para que el mal no triunfe en este mundo ni en nosotros mismos.

La 2ª lectura de la 2ª carta de san Pablo a los Corintios nos narraba cómo es la vida de un apóstol y de una comunidad.

En la vida de un cristiano hay momentos de dificultades que a veces nos desaniman.  Ante estas dificultades, de las que san Pablo tiene amplia experiencia, hay una respuesta: los esfuerzos que se hagan para superar esas dificultades tienen sentido, “todo es para nuestro bien”.  A veces, vale la pena sufrir un poco porque ese sufrimiento puede ser fecundo: “la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria”, nos decía san Pablo.

Pero hay también otro “enemigo” que amenaza nuestra fidelidad: nuestra caducidad y el pensamiento de la muerte.  Hay personas que piensan que como ya les queda poco tiempo de vida ya no vale la pena seguir trabajando.  San Pablo nos recuerda que siempre debemos trabajar por el Reino de Dios porque así en nuestra vida y en nuestra muerte nos unimos a Cristo: “sabiendo que quien resucitó a Jesús también nos resucitará a nosotros”

El Evangelio de san Marcos nos hablaba del único pecado que no se puede perdonar: “todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”.  Ese “pecado contra el Espíritu” es no querer ver la luz y la llamada de Cristo, es ignorar a Dios.

También Jesús nos ha hablado hoy de quién es su verdadera familia. 

No basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios.

Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre.

En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más seguras.

Es pues muy importante que descubramos la fraternidad en nuestras familias, y formar nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que la enriquezcan y la lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella?

lunes, 27 de mayo de 2024

 

CORPUS CHRISTI (CICLO B)


Una de las fiestas más luminosas y más profundas de nuestra religión, es la fiesta que estamos celebrado, la fiesta del Corpus Christi, fiesta de luz, porque Cristo, Luz del mundo, vino a nosotros, se entregó por nosotros y se quedó con nosotros para acompañarnos en el camino de nuestra vida, durante esta peregrinación que realizamos en esta tierra. Vino a quedarse, y por amor y su decisión se encerró en un pedazo de Pan y en un sorbo de Vino, para fortalecer nuestros pasos y para ser compañero de camino.

Sin comida no se puede caminar, sin alimento no se puede crecer en el amor al Evangelio.

Jesús, en la última Cena, se hizo “pan”. Cuando hablamos de pan todos entendemos que es un alimento que nos sustenta y nos fortalece. Jesús quiso ser eso para nosotros: un alimento que nos hiciera más fuertes por dentro. ¿Cómo? Pues transmitiéndonos, cuando comulgamos, todos los valores que Él vivió y enseño a sus discípulos.

Comulgando de ese pan aprendemos a ser como fue Jesús: generosos con los demás, caritativos con los que menos tienen, creando lazos de comunión con las personas, sin importarnos las diferencias, respetando la dignidad y los derechos de cada uno, sirviendo a los demás, sin servirnos de ellos, haciendo las cosas gratuitamente, sin esperar nada a cambio, y sobre todo, amando al máximo, hasta entregarnos, hasta hacernos nosotros también “pan”, como Jesús.

Jesús también se hizo “vino”. Y el vino expresa fiesta, alegría… Brindamos en los grandes momentos de nuestra vida. El vino es religioso porque con él Jesús quiso expresar que la vida, la fiesta y la alegría son la mejor manera de expresar nuestra religión. Además, el pan y el vino saben mejor cuando se comparten y cuando se toman con compañía. Jesús quiso hacerse “pan” y “vino” para estar siempre cerca de nosotros, para que lo tuviéramos a mano, para que entendiéramos que Él es el alimento, la fuerza que necesitamos para “andar el camino” de la vida.

Jesús en la última cena dijo: “haced esto en memoria mía”.   “Esto” es lo que mandó Cristo a sus discípulos, cuando instituyó su eucaristía: que cada vez que se reunieran para celebrar la fracción del pan lo hicieran pensando en lo que Él había hecho e iba a ahora a consumar: entregar su cuerpo y derramar su sangre por amor a todos nosotros.

Nuestras eucaristías deben ser un memorial de la vida, pasión y gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Un memorial que no sólo consiste en recordar, sino en celebrar, en unir nuestra vida a la vida de Cristo, en comulgar con Él, en unir nuestro destino a su destino. Sólo el que celebra la eucaristía estando dispuesto a entregar su vida por los demás, lo hace realmente en memoria de Cristo. Esto es lo que los cristianos debemos proclamar hoy, día del Corpus: que nosotros somos la memoria viva de Jesús.

Que cuando las demás personas nos miren y nos vean a los cristianos, vean en realidad a Cristo, se acuerden de Él, vean en nosotros la memoria de Él. Para eso, los cristianos debemos ser vistos hoy más como humildes continuadores de la caridad de Cristo, que como insignes portadores de su grandeza y poder. No se nos pide hoy a los cristianos, en esta celebración del día del Corpus, que exhibamos nuestra fuerza y poder, sino nuestra caridad y amor.

Debemos ser conscientes de que cada vez que participamos en la eucaristía, lo que estamos haciendo es hacer memoria de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Celebrando la presencia del Señor en medio de nosotros. Una presencia sacramental que se da, reparte y comparte con todos nosotros, en forma de Palabra, de pan y vino, porque nosotros somos sus amigos, para que nosotros a nuestra vez, nos demos, repartamos y compartamos nuestra palabra y nuestro pan.

Cada eucaristía es un Banquete en el que Dios mismo es a la vez el anfitrión y el alimento. Un banquete en el que los pobres y necesitados tienen preferencia, un banquete en el que los humildes son los primeros. Un Banquete que denuncia nuestros banquetes en los que excluimos a tantas personas por enemistad o por insolidaridad.

Hoy tendremos la procesión con el Santísimo.  Sacar el Cuerpo de Cristo a la calle indica una fe muy grande en Jesús, en que Él nos puede y nos quiere ayudar a vivir más felices.  Al igual que el pan se transforma, por la fuerza del Espíritu Santo, en el Cuerpo de Cristo, al sacarlo a la calle los cristianos, también con la fuerza del Espíritu, tenemos la tarea de transformar a ese Cristo en pan para los más necesitados.

Que Jesús Sacramentado bendiga nuestros hogares, nuestras familias, a los enfermos y a los más necesitados, a los que no tienen trabajo y lo buscan, a los que sufren por cualquier razón.