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lunes, 13 de enero de 2025

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Comenzamos el tiempo ordinario. Comenzamos así a recorrer la Vida Pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas, y lo hacemos con uno de sus primeros signos: el milagro de las bodas de Caná, en el que transforma el agua en vino a petición de la Virgen María.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.

¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?

Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.

Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.

Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas: aquellos dones y cualidades que una persona ha recibido, no para beneficio propio, sino para la edificación de la comunidad.  Todos tenemos la responsabilidad de aportar nuestro don al bien común en esta comunidad que llamamos Iglesia.

El hombre de hoy se ha olvidado del bien común y también de otras cosas importantes como son: Dios, la oración, la contemplación, la atención.  Habiendo el hombre olvidado a Dios, el hombre ha terminado por olvidarse incluso de sí mismo, ha perdido la propia identidad.  Ha perdido el “sentido” de su vida.  Ya no sabe a dónde va ni para qué.

“Ese hombre de hoy tiene todo y nada más”.  Armado de derechos, alimentado, puede disponer de placeres y comodidades que se le ofrecen abundantemente mediante la técnica, puede permitirse todas las libertades, puede romper con todos los tabúes.  Pero le falta algo.  Al hombre de hoy que tiene todo, le falta lo esencial, le falta vivir el amor de Dios, le falta acercarse a Dios, para sentirse amado por Dios.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.

Hay una frase que se ha popularizado mucho y que va totalmente en contra de lo que hoy nos enseña el Evangelio.  Esa frase es: “Ése es tu  problema”. Forma parte del lenguaje de las nuevas generaciones y me temo que refleja una forma de enfocar la vida.

Hoy se usa mucho la frase en cuestión, quizá porque estamos acentuando el individualismo de forma alarmante y unas veces la decimos muy convencidos y otras con ironía.

En este mundo, tan civilizado, donde las reivindicaciones y el reclamo de derechos están a la orden del día, esta frase resume quizá como pocas, el gran vacío que existe en muchas personas.

“Este es su problema, yo vivo mi vida” Está bien que vivamos nuestra vida, pero también nos interesa la vida de los demás que, de alguna manera, condiciona la nuestra y la de nuestros hijos. No basta que tu hijo sea bueno, es preciso que el ambiente que frecuenta lo sea también. Por eso, no basta preocuparte de tu hijo, te deben preocupar también los demás.

Para un cristiano, estas frases: “Ese es tu problema” o “Yo vivo mi vida”, no deberían pronunciarse nunca. El Evangelio de hoy es una lección clara al respecto.

Que el vino se acabe, que la pareja de novios quede mejor o peor con sus invitados, eran, al parecer, problemas de los anfitriones, no de María, ni de Jesús, que estaban invitados y para nada habían intervenido en la organización del banquete. Sin embargo, Jesús asume el problema de los otros y lo resuelve. Así siempre. Toda la vida de Jesús será una lección repetida de esta misma historia y un esfuerzo para dejar claro a los hombres que quieran seguirlo, que, si hay algo absolutamente anticristiano, es la insolidaridad con los demás hombres.

martes, 7 de enero de 2025

 

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)


Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el tiempo de Navidad y comienza el tiempo ordinario. Con el Bautismo de Jesús comienza su vida pública. Él no necesitaba el bautismo de Juan, que era un bau­tismo de conversión para renovar el interior de las personas que se le acercaban, pues Jesús es Hijo de Dios y no tenía pecado, pero participó de este rito que hacía Juan el Bautista y así expresó el comienzo de su misión.

El Bautismo de Jesús es algo importante en el evangelio: en él se nos anuncia claramente que Jesús es el predilecto de Dios, su Mesías y Enviado, lleno de su Espíritu, dispuesto a iniciar su misión de Maestro y Salvador.

El profeta Isaías nos hace como un retrato profético de Jesús: “Mirad a mi siervo, mi Elegido, en quien tengo mis complacencias.  En Él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones”.

San Lucas en el evangelio nos ha dicho cómo se cumple este retrato de Jesús.  Se abre el cielo.  Los cielos cerrados indican la separación entre Dios y el hombre, consecuencia del pecado.  Son la señal de la ira de Dios frente a la humanidad pecadora.

Los hombres ya no viven y no se mueven en Dios, y esta lejanía de Dios determina la profunda miseria del hombre.  Con Cristo ha terminado el tiempo de la enemistad entre Dios y el hombre, por eso se abre los cielos.

Se oye también la voz de Dios: “Tu eres mi Hijo, el predilecto, en ti me complazco”.  No se abren solo los cielos, se ha roto también el silencio de Dios.  Dios toma la palabra y cuando se oye su voz es para indicar su presencia: su Hijo.  Jesús es la Palabra definitiva que el Padre tiene que decir al mundo.  Y baja el Espíritu sobre Jesús en forma de paloma. 

El Espíritu está presente, ahora, en la nueva creación.  Con el bautismo de Jesús comienza una historia, la historia del mundo nuevo.

Hoy, que celebramos el bautismo de Jesús, debemos pensar también en nuestro propio bautismo.  “No todos los bautizados son cristianos”. Esta frase que parece un poco contradictoria es una gran denuncia de la situación de nuestras prácticas sacramentales. Parece contradictoria pues cualquier bautizado es hijo de Dios y, por tanto, cristiano; pero, al mismo tiempo, es una denuncia, porque es cierto que muchos bautizados dejan mucho que desear en su seguimiento de Cristo, aunque todos podríamos ser un poco mejores cristianos.  

El bautismo, como cualquier sacramento, no es automático, no funciona por sí solo, sino que necesita la colaboración de la persona que lo recibe. El sacramento es un encuentro entre Dios y el ser humano. Dios pone su parte: la Gracia, que quita el pecado original y nos hace hijos de Dios y la persona responde con el seguimiento; si falta la respuesta no se produce el encuentro.

Por desgracia, muchas personas, quizás influenciados por amigos poco Católicos o simplemente porque ignoran la importancia de este sacramento para los niños llevan a sus hijos a bautizar pensando más en la fiesta, el convite o en la ropa en vez de pensar en el sacramento en sí. Lo convierten en un acto social. Llevan al niño a la iglesia a bautizar pensando que, cómo somos Católicos, tiene que ser bautizado. No piensan en las responsabilidades que trae este sacramento para los padres y padrinos. Da verdadera pena ver algunos bautismos en los que hay tan poca fe alrededor.

Desde el mismo momento en que se recibe este sacramento, el bautizado ya está comprometido a vivir una vida santa. Sus padres se comprometen a dar testimonio de su fe a su hijo para que, con los años, se convierta en un buen cristiano, evangelizando como lo hicieron los primeros cristianos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Al ser bautizados como hijos e hijas de Dios adquirimos la más alta dignidad.

Los padres y padrinos deben tener en cuenta que han recibido un mandato de Cristo. Desde el momento que llevan sus hijos a bautizar deben enseñarlos a vivir una vida sin mancha, a evangelizar con su propio ejemplo y a amar a los demás.

Pertenecer a la Iglesia por medio del bautismo no significa nada en sí mismo, si no va acompañado de la correspondiente respuesta de la persona que recibe ese sacramento: hay que amar a Dios con la práctica de una vida cristiana, de una vida de sacramentos, de una vida de amor al prójimo.

lunes, 23 de diciembre de 2024

 

DÍA DE NAVIDAD (CICLO C)


Hoy, hace 2024 años, en Belén de Judá, en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada, de María Virgen, esposa de José el Carpintero, de la casa y familia de David, nació Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero. Él es el Salvador que los hombres esperaban.

Aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. No lo busquéis disfrazado con otros ropajes, ni en otros sitios que no lo vais a encontrar. Envuelto en pañales y en un pesebre, esa es la señal que dieron los ángeles. Un Dios pobre y que vive cercano a los pobres.

Hace 2024 el mundo vivió la primera Navidad.  El Mesías, anunciado por miles de años, había llegado por fin al mundo pero no mostrando su majestad y su poderío como se esperaba.  En vez de eso, llegó revestido de pobreza en un pesebre.  En ese momento de su nacimiento, ni siquiera las autoridades locales sabían que había llegado al mundo el Rey de Reyes.  

Desde entonces Dios vino a nuestra tierra, a caminar por nuestros caminos, a compartir el pan y las penas, las alegrías y tristezas, a contarnos historias que ayudan a vivir con sentido y a morir con esperanza, a pedirnos que seamos dichosos y felices, a decirnos que no somos esclavos, somos hijos del Padre Dios que nos quiere con locura.

Desde entonces, el amor de Dios sigue presente en el mundo entero, para cada hombre y cada mujer, cada anciano, cada niño, cada joven, que quiera aceptarlo.

Desde entonces, nosotros, cada uno de nosotros, somos llamados a dar testimonio de su amor en la familia y en el trabajo, en barrio y en el pueblo, en los grupos y asociaciones, y en la labor al servicio a los que sufren cerca de nosotros o en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces, hace hoy 2024 años, el perdón, la misericordia, la salvación de Dios se sigue derramando inagotablemente sobre cada uno de nosotros y sobre toda persona.

Nosotros, que hemos experimentado la cercanía de Jesús en nuestra vida: hemos de ser mensajeros y testigos del amor nacido en Belén. Hemos de anunciar por los caminos de la vida esta Buena Noticia, para que el mensaje de la Navidad sea luz y salvación para todos.

Alegrémonos. Celebramos la Buena Noticia, la mejor noticia de toda la historia de la humanidad: el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Que suene la fiesta, que nazca la paz y la alegría en el corazón de todos los hombres y mujeres de Buena voluntad, que canten los oprimidos, que se alegren los tristes, que se llenen de gozo los que andan perdidos en la noche de las penas y la angustia. Porque Dios está con nosotros, es un Dios cercano que ama y que nos salva y quiere que todos tengamos en Él vida plena.

Es cierto que las fiestas de Navidad son días de alegría para disfrutarlos y celebrarlos.  Pero también es cierto que siempre debemos recordar a quien debemos esta gran festividad, quien debe estar en el centro de esta fiesta.  Navidad es primeramente la celebración del nacimiento del Verbo Encarnado, el Príncipe de la Paz.  Y durante estas fechas tan señaladas, debemos tratar que en nuestras casas, entre nuestros familiares y entre nuestros amigos, reine la paz mucho más que la opulencia. 

En muchas casas, esta Navidad no estará Dios.  Para las personas que no celebran la Navidad con Dios, estos días pueden parecer vacíos y ruidosos.  No experimentarán la plenitud del amor y la paz que el nacimiento de Nuestro Señor entre nosotros debe traernos.  En una palabra, para esas personas  son fiestas tristes y aburridas.  Pero para nosotros, los cristianos, deben ser fiestas de oración y de unidad.  Nosotros sabemos que esas dos cosas son las que nos traen la verdadera felicidad y la paz duradera.

Solamente recordar que en un día como hoy, hace 2024 años nació nuestro Salvador, es suficiente motivo para alegrarnos.  La venida del Mesías constituye, en sí, el hecho central de las fiestas navideñas.  Cristo vino a traernos el regalo más precioso de la vida, la salvación. 

Hoy, lo irrelevante para el mundo (lo casi invisible), cobra importancia. El Dios de los cielos se deja tocar, acariciar, besar, adorar por todos nosotros. Para nosotros, este acontecimiento de la Navidad, no es algo del pasado. No ha quedado olvidado en un pesebre con telarañas de más de 2024 años. ¡Dios ha nacido! ¡Dios nace en cada persona que lo busca! ¡En las personas que, como los pastores, saben dejar algo de sí mismas y buscar al Dios escondido en la humilde figura de un niño recién nacido!

¿Dónde tienes tú a Dios? ¿Cómo lo vives? ¿Has hecho de tu corazón un pesebre para que Dios nazca?

Dios, que es amor, quiere un lugar donde vivir. Un rincón donde ese amor se pueda cuidar, crecer y prolongarse a través de nosotros en los demás. Esa habitación, ese pesebre es el corazón de los creyentes.

¡Sí, hermanos! ¡Feliz Navidad! Porque Dios se ha puesto a nuestra altura, a nuestro alcance para que comprendamos la gran vida que nos espera en el cielo.

Día de Navidad. Día de felicitar a Dios por el alumbramiento de su Hijo. Día de felicitar a María por darnos a Jesucristo, camino y garantía de salvación. Día de felicitarnos mutuamente porque un Niño se nos ha dado, porque contamos con un hermano que compartirá nuestros gozos y nuestras miserias, nuestros dolores y nuestros éxitos, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Nacimiento de Cristo!


Hoy, en un mundo en el que los hombres y las mujeres trabajan fuera de casa, en el que la empresa sólo mide la productividad, en el que a la gente se la valora por lo que tiene, se añora más que nunca una familia en la que te escuchen, te quieran por lo que eres y te amen desde la gratuidad.

Y, por supuesto, la familia donde esto se vivió por excelencia es la familia de Nazaret.

Hoy se nos invita a contemplar el hogar de Nazaret, el primer hogar cristiano. Como nosotros, Jesús ha querido nacer y vivir en una familia. Pensamos que, no sólo para nosotros, seguidores de Jesús, sino para toda persona de buena voluntad, Jesús, María y José, viviendo en familia, son como un espejo donde podemos admirar las cualidades humanas más auténticas y las virtudes cristianas más elevadas.

No nos engañemos, pase lo que pase y se diga lo que se diga: la familia es insustituible.El consejo del padre, el cariño de la madre, la observación del hermano, las angustias y las alegrías compartidas en común, todo esto viene a definir el carácter y a preparar moralmente al hombre y a la mujer para lo que va a ser el día de mañana. Sin duda, el futuro de la Iglesia depende también, en gran medida, del grado de salud de la familia.

La tarea pastoral, de evangelización y catequesis, sobre todo a nivel de niños y de jóvenes, sin el protagonismo educativo de la familia, es construir sobre arena. Así se suele decir: que “Catequesis sin familia es catequesis sin futuro”.

La fe depende, en buena parte, de que la persona haya tenido desde la infancia una experiencia religiosa positiva.

La persona vuelve, casi siempre, a aquello que ha vivido en sus primeros años con satisfacción, seguridad y sentido gratificante. Por el contrario, si falta esta experiencia religiosa en el hogar, será difícil despertarla más adelante en otros ámbitos como la parroquia o la catequesis.

Por eso, es una gracia para el hijo poder ver a sus padres rezando. Si los ve orar de verdad, quedarse en silencio, cerrar los ojos, desgranar las cuentas del rosario o leer despacio el evangelio, el niño capta la importancia de esos momentos, percibe “la presencia” de Dios como algo bueno, aprende un lenguaje religioso y unos signos que quedan grabados en él, interioriza unas actitudes y se va despertando en su conciencia el sentido de Dios. Nada puede sustituir esa experiencia primera.

Para que la familia sea fiel a sí misma y cumpla su misión, ante todo ha de realizarse como comunidad de amor.Y para lograr esa comunidad es imprescindible poner en práctica algunos medios: La convivencia.La casa, no puede ser sólo un hotel. La “convivencia” no consiste sólo en “estar en casa”, sino en compartir la vida. No es cuestión de estar sólo de “cuerpo presente” sino también con toda el alma.

El diálogo. Sigue siendo una asignatura pendiente. Especialmente en las parejas y entre padres e hijos, sobre todo cuando éstos se han hecho jóvenes.

Es don inestimable que los hijos tengan unos padres abiertos a sus ideas y modos de vida, dispuestos al dialogo con ellos, el diálogo será educativo para hijos y para padres.

Si nuestras familias quieren ser comunidad de amor  es necesario, que en ella se den: Expresiones de afecto.Es decisivo el lenguaje de los signos, de los gestos, de los pequeños detalles. El verdadero amor, se expresa con pequeños detalles. Por eso es preocupante cuando una mujer dice que su marido no tiene nunca un detalle.Esto es signo de que ese matrimonio está siendo invadido por el aburrimiento, carcoma del amor. En cambio, un detalle inteligente puede llenar más el corazón que el más espléndido de los regalos.

Es indiscutible hoy el papel de la familia como educadora, transmisora de valores, necesario para consolidar la personalidad de las personas y la moral en una sociedad.

No existe grupo, ni ámbito social mejor dotado que la familia para trasmitir los criterios, las ideas, los valores fundamentales en los que apoyar la vida personal y social de los hijos. Si los que la integran la familia aciertan a convivir con afecto, con un conocimiento profundo de realidades humanas, puede ser la mejor escuela del vivir para apoyar sus vidas. La familia, con seguridad, seguirá siendo el grupo más entrañable y querido. El trato en intimidad amorosa seguirá propiciando el mejor ámbito para el conocimiento, la ayuda de quienes las integran.

Podemos hacer una mejor sociedad, haciendo mejores a nuestras familias, librando a nuestras familias del mal, alejando a nuestras familias de la tentación, enseñando desde el hogar la importancia de la rectitud frente a la corrupción, la importancia de la autenticidad frente a la hipocresía, la importancia de los valores del espíritu frente al consumismo y al ansia por tener más cosas.

Quien mantiene los valores familiares, será capaz de infundir valores en la generación posterior y la relación entre los seres humanos será una relación de alegría, una relación que llena de gozo el corazón.

lunes, 16 de diciembre de 2024

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)


Estamos ya finalizando el Adviento, a las puertas de la Navidad, y las lecturas de hoy nos hablan de que los deseos del hombre deben ser abrirnos a Cristo que llega para darse a nosotros.

La 1ª lectura del profeta Miqueas nos anuncia el origen humilde de Belén, donde nacerá el Mesías.  En un humilde pueblo, y no en la grandiosa ciudad de Jerusalén, nacerá el Mesías que nos trae paz y liberación.

Dios elige para salvar a su pueblo a la persona y el lugar más inesperados y desecha aquellos que humanamente parecían tener mayores garantías de éxito. Nosotros solemos quedar muy satisfechos si decimos que “hemos nacido en tal ciudad”, que “tenemos una casa de muchos metros”, que disponemos de un “coche de tal marca y modelo”. ¡Siempre a lo grande!

El Señor va por otros rumbos. Piensa en la gente sencilla y humilde, en los lugares poco importantes. El profeta Miqueas, a las puertas de la Navidad, nos lo recuerda hoy.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos propone algo esencial en la fe: Dios no quiere ni holocaustos, ni víctimas expiatorias, ni sacrificios, ni ofrendas. Dios no quiere tus cosas, Dios te quiere a ti, quiere que le digas: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

“Aquí estoy para hacer tu voluntad” quiere ser el intento de la humanidad de corresponder al amor de Dios. Significa la disponibilidad y las ganas de colaborar con Dios, de dejarnos vencer por Dios para que en nuestra vida y en nuestro mundo puedan crecer el amor, la justicia, la libertad y la paz. Significa que en cualquier circunstancia, agradable o dolorosa, nos atrevemos a fiarnos de Dios.

El evangelio de san Lucas nos ha relatado el episodio de la Visita de María a su prima Isabel. 

Uno de los rasgos más característicos del amor cristiano es saber asistir a quien puede estar necesitando nuestra presencia.

Ese es el primer gesto de María después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador. Ponerse en camino e ir aprisa junto a otra mujer que necesita en estos momentos su cercanía.

Hay una manera de amar que debemos recuperar en nuestros días y que consiste en “acompañar a vivir” a quien se encuentra hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de vida.

Estamos haciendo entre todos, una sociedad hecha sólo para los fuertes, los agraciados, los jóvenes, los sanos y los que son capaces de gozar y disfrutar de la vida.

Estamos fomentando lo que hoy llaman “el segregarismo social”. Reunimos a los niños en las guarderías, ponemos a los enfermos en los hospitales, guardamos a nuestros ancianos en asilos y encerramos a los delincuentes en las cárceles y ponemos a los drogadictos bajo vigilancia…

Así, todo nos parece que está en orden. Cada uno recibirá allí la atención que necesita, y los demás nos podremos dedicar con más tranquilidad a trabajar y disfrutar de la vida sin ser molestados. Entonces procuramos rodearnos de personas cariñosas y sin problemas que no pongan en peligro nuestro bienestar, convertimos la amistad y el amor en un intercambio mutuo de favores, y logramos vivir “bastante satisfechos”.

Sólo que así no es posible experimentar la alegría de contagiar y dar vida. Muchas personas, aun habiendo logrado un nivel elevado de bienestar y tranquilidad, tienen la impresión de que viven sin vivir y que la vida se les escapa monótonamente de entre las manos.

El que cree en la Encarnación de un Dios que ha querido compartir nuestra vida y acompañarnos en nuestra pobreza, se siente llamado a vivir de otra manera.

No se trata de hacer “cosas grandes”. Quizás sencillamente ofrecer nuestra amistad a ese vecino hundido en la soledad y la desconfianza, estar cerca de ese joven que sufre depresión, tener paciencia con ese anciano que busca ser escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la cárcel, alegrar el rostro de ese niño solitario marcado por la separación de sus padres.

Este amor que nos hace tomar parte en las cargas y el peso que tiene que soportar el hermano es un amor “salvador”.

Ahora que se acerca la Navidad, hemos de preparar nuestro corazón para celebrar con gozo y profundidad la venida del Salvador. Para ello, mientras mucha gente se preocupa únicamente de comprar, regalar, felicitar, arreglar su casa y adornarla, hacer comidas y viajar, nosotros, sin despreciar nada de todo eso, preparémonos nosotros mismos por dentro para recibir a nuestro Salvador.

lunes, 9 de diciembre de 2024

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)


Cada año, este tercer domingo de Adviento nos invita a la alegría.  Por eso, en la tradición litúrgica de la Iglesia se ha conocido este domingo como el Domingo “Gaudete”.  En este domingo, ya no solamente se nos invita a prepararnos a la Navidad mediante un cambio de vida y de mentalidad; sino que se nos invita a prepararnos con “alegría” porque el Salvador está cerca.

La 1ª lectura del profeta Sofonías, nos invita a la alegría.  La causa de esa alegría es que el Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos.

Cuando nos pesan los problemas, las preocupaciones o los sufrimientos no es fácil tener serenidad, tranquilidad, paz y mucho menos alegría.  Sin embargo, la palabra de Dios, a medida que nos vamos acercando a la Navidad insiste en que vivamos en alegría.  Alegría fundada en el nacimiento de Jesucristo y en la certeza que Dios nos ama y está cercano a nosotros.

Hemos de sentir alegría porque Dios ha perdonado nuestras culpas y nuestras penas; porque “ha expulsado a tus enemigos.  Los enemigos que tenemos dentro de nosotros mismos y los de fuera: pasiones, seducciones, vicios, complejos y miedos.

Pareciera que el futuro no nos invita mucho al optimismo.  No tenemos garantía de que las cosas vayan a ir mejor.  Pero sí tenemos garantía de que Dios quiere salvar a este mundo y esta garantía hace que no perdamos la confianza y que nos pongamos en las manos de Dios para superar nuestros miedos, nuestros temores. 

Quizás nos preguntamos, en muchas ocasiones, ¿qué será de mí? ¿Qué será de mis hijos, de este mundo?  A nosotros nos corresponde confiar en Dios porque Dios se ha enamorado apasionadamente de ti.  Y aunque no seamos dignos de su amor, no importa.  Dios te ama.  Puedes olvidarte de Él, pero Él no se olvida de ti.  Dios te ama.  Por eso hay que estar alegres.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, insiste en que debemos estar alegres y nos invita una y otra vez: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.

Las razones profundas de esa alegría es la presencia del Señor Jesús, y la alegría es fruto de la fe; es reconocer cada día su presencia de amistad, es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. Es descubrir cómo actúa Dios en nuestras vidas, oculto en la profundidad de los acontecimientos de cada día. Es tener la certeza que aunque todo falle, Él siempre permanece fiel a su amor. Es saber que jamás nos abandonará y dirigir nuestra mirada hacia Él.

Se hace uno de nosotros porque nos ama, se entrega en la cruz porque nos ama, resucita por amor. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir. El cristiano jamás debería estar triste porque ha encontrado la razón de su vida, el tesoro escondido, la perla preciosa: El Señor Jesús que nos ama infinitamente hasta dar la vida por nosotros, y cuyo amor nunca nos faltará.

El Evangelio de san Lucas nos presentaba a las multitudes sedientas de felicidad que se acercan a Juan el bautista a preguntarle: ¿Qué debemos hacer  para alcanzar la felicidad? ¿Qué debemos hacer para encontrar en lo profundo de nuestro corazón el amor de Jesús?  Las respuestas de Juan son claras y contundentes, no coinciden nada con las propuestas comerciales que nos llegan en esta Navidad.

Primeramente es la donación, la generosidad, el amor: encontrar la felicidad en el dar, en el darse al hermano, en el compartir. Así terminaríamos con toda esta cadena de corrupción y de ambiciones que tanto nos está destrozando. Dar como Jesús dio, dar con alegría, dar con prontitud. La alegría está íntimamente unida al amor, al amor constante, al amor fiel, al amor desinteresado.

Su segunda respuesta nos lleva por el camino de la justicia: “No cobrar de más”, y no se refiere solamente a los comerciantes, sino a todas las actitudes de nuestra vida que se rigen por la ley de la selva: cobrar más, exigir más, tener más. La ambición destruye la hermandad. La justicia construye la paz y la alegría. Sólo con la justicia crece la fraternidad y hay un vínculo muy estrecho entre fraternidad y alegría.

La respuesta final que nos ofrece San Juan en este pasaje está conectada con la verdad: no engañar, no extorsionar. La mentira nos corroe el corazón y nos hace infelices y desgraciados. No se puede vivir con una careta y encontrar la felicidad, pues tarde o temprano acaba por destruirnos la mentira.

Cada una de las respuestas que da San Juan a sus oyentes, son también respuestas que debemos escuchar, asumir y aplicar cada uno de nosotros. Son indicadores muy concretos del camino de la alegría, de nuestra conversión y de nuestro acercamiento al Señor. Son la mejor forma de encontrar al Señor: retomar la fraternidad, buscar la verdad y la justicia, construir un mundo de paz.

¿Dónde buscamos nuestra felicidad? ¿Estaremos alegres en esta Navidad? ¿Cómo podemos hacer nuestros los caminos que propone san Juan?

lunes, 2 de diciembre de 2024

 

INMACULADA CONCEPCIÓN (CICLO C)


La fiesta que estamos celebrando hoy es para que todos nos llenemos de alegría y esperanza.  No sólo es la fiesta de una mujer, María de Nazaret, concebida por sus padres ya sin mancha alguna de pecado porque iba a ser la Madre del Mesías.

Hoy es la fiesta también de todos los que nos sentimos, de alguna manera, representados por ella.

La Virgen, es el inicio de la Iglesia.  Ya desde la primera página de la historia humana, como escuchamos en la primera lectura, cuando los hombres cometieron el primer pecado, Dios tomó la iniciativa y anunció la llegada del Salvador que llevaría a término la victoria sobre el mal.  Y junto a Él ya desde el libro del Génesis aparece «la Mujer», su Madre, asociada de algún modo a esta victoria.

Hoy celebramos con gozo que María fue la primera salvada, la que participó de modo privilegiado de ese nuevo orden de cosas que su Hijo vino a traer a este mundo.  En la primera oración de la misa decíamos: «Preparaste una digna morada a tu Hijo» y en previsión de su muerte, «preservaste a María de toda mancha de pecado».

Pero si estamos celebrando el «Sí» que Dios ha dado a la raza humana en la persona de María, también nos gozamos hoy de cómo Ella, María de Nazaret, cuando le llegó la llamada de Dios, le respondió con un «Sí» decidido.  El «sí» de María, podemos decir que es el «Sí»  de tanto y tantos millones de personas que a lo largo de los siglos han tenido fe en Dios, personas que tal vez no veían claro, que pasaban por dificultades, pero se fiaron de Dios y dijeron como María: «Cúmplase en mí lo que me has dicho».

María, la mujer creyente, la mejor discípula de Jesús, la primera cristiana.  Ella no era una persona importante de su tiempo.  Era una mujer sencilla de pueblo, una muchacha pobre, novia y luego esposa de un humilde trabajador.  Pero Dios se complace en los humildes, y la eligió a Ella como Madre del Mesías.  Y Ella desde su sencillez, supo decir «Sí» a Dios.

Pero a la vez, se puede decir que esta fiesta es también nuestra.   

La Virgen María, en el momento de su elección y de su «Sí» a Dios, fue «imagen y comienzo de la Iglesia».   Cuando Ella aceptó el anuncio del ángel, de parte de Dios, se puede decir que empezó la Iglesia: la humanidad empezó a decir sí a la salvación que Dios ofrecía con la llegada del Mesías.

En María quedó bendecida toda la humanidad: la podemos mirar como modelo de fe y motivo de esperanza y alegría.

Tenemos en María una buena maestra para este Adviento y para la Navidad.  Nosotros queremos prepararnos a acoger bien en nuestras vidas la venida del Salvador.  Ella, María, la Madre, fue la que mejor vivió en sí misma el Adviento y la Navidad y la manifestación de Jesús como el Salvador.

Que nuestras Eucaristía de hoy, sea una entrañable acción de gracia a Dios, porque ha tomado la iniciativa para salvarnos y porque ya lo ha empezado a realizar en la Virgen María.

lunes, 25 de noviembre de 2024

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)


Hoy es un día importante: ¡comienza el año cristiano!  Empezamos hoy el Adviento: Tiempo de preparación a la Navidad.  El tiempo de Adviento, es un tiempo para prepararnos a recibir a Jesucristo, que viene a nuestra vida. El Adviento es una llamada a la esperanza: esperar en el Salvador que nos va a nacer.  El Adviento es una invitación a la vigilancia: vigilar para no caer en las trampas de este mundo. El Adviento es una llamada a la perseverancia: perseverar en la fe en Jesús.

La 1ª lectura de profeta Jeremías nos dice que Dios cumple sus promesas.

El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza.  Y si algo necesitamos los seres humanos y los cristianos en particular es recuperar la esperanza.  Porque vivimos en un mundo que ha perdido los grandes ideales, un mundo en el que los proyectos que se emprenden tienen que ver más con el ganar dinero que con el procurar el bien de toda la humanidad.

Desencanto, apatía, indiferencia, son palabras que expresan nuestra forma de vivir o nuestra manera de malvivir.   Porque el único objetivo de nuestra vida está en pasarlo lo mejor posible, en que no nos falte de nada y en vivir lo más cómodamente posible.  Esto es al menos lo que nos vende la publicidad, y lo que los gobiernos nos proponen con sus planes.  

Sentimos una indiferencia cada vez mayor por todo lo que signifique la formación humana, el compromiso social, el progreso verdaderamente humano. 

Por eso, tiene mucha importancia celebrar el Adviento, recuperar al menos nosotros los cristianos la esperanza.  Una esperanza que nos dice que el mundo, a pesar de todo, se encamina hacia el encuentro con su creador.  Una esperanza que nos dice que a pesar de todo, todavía es tiempo de mejorar las condiciones de vida humanas, de luchar para que se reconozca la dignidad humana por encima de los intereses económicos, de partido o de grupo.  Una esperanza social y personal, que nos dice que nuestra aportación en el proyecto del Reino de Dios, por pequeña que sea es importante.   

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses, nos decía: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos…”

El amor es una dimensión fundamental para encontrarnos con Jesús. La persona que es egoísta se pone él como el centro de todo y se relaciona con las personas como si fuesen objetos, no como personas que tienen sus propias iniciativas, sino como instrumentos para conseguir lo que uno se propone.  La persona egoísta nunca podrá tener un encuentro personal con otros seres humanos porque no reconoce a los demás como personas, como iguales. Si no se puede encontrar con los demás, tampoco con Jesús.

Sin embargo, la persona que ama está viendo al otro como una persona distinta de uno mismo y distinta de los demás objetos, la está reconociendo como un igual con el que se puede relacionar de tú a tú. Sólo se puede encontrar uno personalmente con una persona a la que se ama, sin amor no hay encuentro personal.

El Evangelio de san Lucas nos decía: “poned atención… estad alerta…velad”

El Señor utiliza muchas imágenes para hacernos entender cuál es la verdadera actitud del cristiano: “poned atención, levantad la cabeza, estad alerta”.  No nos dice que no habrá dificultades, no nos dice que es fácil el camino, pero nos invita a que levantemos la cabeza. 

Cuando la violencia y la inseguridad nos envuelven, cuando hay gritos de dolor y angustia, una de las tentaciones mayores es la de huir, correr, hacernos los desentendidos y esconder la cabeza. Cristo nos propone otro camino: enfrentar las situaciones difíciles con la cabeza en alto, pero con vigilancia y estando alerta. Siempre será una mejor solución enfrentar las dificultades que no hacer nada. Quedarse de brazos cruzados es la peor de las soluciones.

No podemos sucumbir al miedo pero: “Estad alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan vuestra mente”.  Hay quienes, aún en esta difícil situación, optan por el camino fácil del olvido en los vicios y la embriaguez. Hay quienes quieren hacer olvidar al pueblo su dolor con pan y circo, pero que no ofrecen soluciones integrales y verdaderas. Es preciso tener cuidado con lo que embota el corazón y apaga la esperanza.

El mensaje de Jesús no nos evita los problemas y la inseguridad, pero nos enseña cómo afrontarlos. Tenemos la seguridad que las estructuras injustas sólo podrán ser removidas del corazón del hombre por el paso del amor de Dios y su justicia. Así que ¡no embotemos el corazón! ¡Llenémoslo de esperanza!

El Adviento es un tiempo  de aliento para todos los que luchan y ponen su esperanza en el Señor.  El adviento es un camino que debemos iniciar sin miedos, que debemos andar con precauciones para no caer en las trampas del mal y que debemos proseguir fortalecidos con la oración, la vigilancia y el amor.

Que el Señor nos ayude a aprovechar el tiempo, a vivir responsablemente, a comprometernos con las necesidades de nuestro mundo, a no esperar pasivamente la salvación, sino a esperarla vigilantes, de pie, soñando con el día en que nos presentaremos ante Jesucristo el Señor.