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lunes, 17 de febrero de 2025

 

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


En este domingo, las lecturas nos invitan a reconocer la dignidad de Hijos de Dios y por tanto dignos de ser amados tal como Dios los ama, a todas las personas, incluso a aquellas personas que nos insultan y persiguen y que consideramos despreciables por su forma de ser  o de actuar.

Estamos llamados a amar a todos los hijos de Dios. A ser misericordiosos, incluso con los que no lo son, porque Dios ama y es justo incluso con los que no lo aman.

La 1ª lectura del Primer libro de Samuel nos presenta el ejemplo de David.  David tenía la posibilidad de matar a su enemigo Saúl, en cambio, en lugar de matarlo, escoge perdonarlo.

La violencia se ha adueñado de nuestras vidas, de la historia de la humanidad.  En los últimos 100 años hemos conocido dos guerras mundiales y muchísimas pequeñas guerras por todas partes.  Como resultado, han muerto y siguen muriendo, muchos millones de seres humanos y el sufrimiento de muchas familias.  Existe también el miedo de una guerra nuclear y vemos diariamente en las noticias la violencia por todas partes y la violencia dentro de la propia familia.

La violencia no puede ser la solución para construir un mundo en paz, no puede ser la solución para solucionar los conflictos tanto personales como mundiales. No podemos aplicar la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.  Hay que aprender a perdonar, a amar. 

La vida humana es sagrada y no tenemos derecho a quitársela a nadie.  Por ello, en ningún caso se justifica ni podemos estar de acuerdo con la pena de muerte. 

Tenemos el derecho de exigir justicia cuando nos han causado algún daño y esto está bien, pero si sabemos perdonar al que nos ha causado ese daño, habremos actuado como auténticos cristianos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos sigue hablando, como el domingo pasado, de la resurrección de Cristo y de la nuestra.

Somos imagen del hombre terreno, pero estamos llamados a ser imagen del hombre celestial.  Por eso no hemos nacido para quedarnos aquí en la tierra sino para ir un día al cielo.  El hombre ha soñado siempre con ser un superhombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico.  Los nazis quisieron crear un superhombre y para ello mataron a 6 millones de judíos.

Sin embargo, Cristo, que es el último Adán, nos garantiza este sueño no de ser superhombres, sino algo mejor: hombres celestiales.  Con la resurrección, Dios nos garantiza que vamos a ser transformados y vamos a vivir una nueva vida no como hombres terrenales sino como hombres celestiales.

En el Evangelio de san Lucas, vemos como Jesús, nos invita hoy a amar a nuestros enemigos, a poner la otra mejilla, a perdonar siempre y a devolver con bien el mal que nos hagan. 

¿Por qué tanta gente vive descontenta? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, superficial, indiferente? ¿Por qué se enojan en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?

Quizás la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida, sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien.  El hombre está llamado a amar desinteresadamente. Y si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar.

Hoy escuchamos a Jesús que dice: “Haced el bien… sin esperar nada”. Esto puede  ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.

Es fácil terminar sin amar a nadie en la vida.  Hay muchas personas que dicen: no hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida.

Pero eso, ¿es vida? Despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, ajeno a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mí mismo, me aíslo de todo. ¿Para qué? ¿Para encontrar mi felicidad?

Vivimos en una sociedad en donde es difícil aprender a amar gratuitamente. En casi todo nos preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos.

Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene “pagando”: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión. Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en un puro intercambio de servicios.

Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la intimidad, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior… no se obtienen con dinero. Son algo gratuito, que se ofrece sin esperar nada a cambio.

Hoy, también nos dice Jesús que hemos de amar a nuestros enemigos.  El amor a los enemigos es una característica esencial del mensaje de Jesús. Es la meta que Él nos señala. Es una realidad humanamente inalcanzable. ¡Cuántas personas manifiestan un rechazo total al perdón de los enemigos! Y es ésta la meta que nos pone Jesús. Esta es la meta: amar a los enemigos.

Es evidente que solamente con nuestro esfuerzo humano no lo podremos conseguir. Por ello es necesario pedir la gracia de Dios que nos puede ayudar a hacer realidad lo que decimos en el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden… “.

Jesús nos dice: ama como yo amo, ama como yo te amo. Ama a tu enemigo. Yo te ayudaré, si quieres obtener este don. Con tu fuerza no podrás dar este paso, pero yo te extiendo la mano y te acompaño. Es éste mi camino y el tuyo. Conmigo traspasarás los límites que tú sólo no puedes traspasar. Y el perdón a los demás ensanchará tu corazón y te sentirás liberado. Y tu paz será plena. Entonces sabrás qué quiere decir amar, entonces sabrás qué es el amor.

lunes, 10 de febrero de 2025

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la verdadera felicidad.  Muchas personas se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad, felicidad que para muchos está fuera de su alcance, y para otros, cuando creen que la han alcanzado, la felicidad desaparece como una burbuja de jabón.

El profeta Jeremías, en la primera lectura, llama maldito al hombre que confía en el hombre, y llama bendito al hombre que confía en Dios.

Confiar en el hombre es confiar en las propias fuerzas, es sentirse autosuficiente, es rechazar cualquier tipo de ayuda, cualquier tipo de auxilio de Dios.  Es creer que el ser humano es más que Dios. 

Hay personas que sólo confían en el hombre, en el poder humano y buscan la felicidad hecha a su medida y al margen de Dios, y normalmente esa felicidad está muy alejada de la felicidad que Dios quiere para nosotros.  El que confía en el hombre es aquel que no quiere formar parte de la aventura que Dios nos ha preparado.

El que confía en el hombre es aquel que sólo cree en su cuenta bancaria, en amistades influyentes, en la posición social.  En definitiva, el que construye su vida la margen de Dios.

Estas personas, puede que aparentemente les vaya bien, pero tarde o temprano será una persona sola y desamparada.

La persona que confía en el Señor es aquella que produce abundantes frutos, es aquella que se entrega absoluta e incondicionalmente a Dios.  La persona que confía en el Señor, cuando llegan los momentos duros como una enfermedad, quedarse sin trabajo, estar sólo, etc., se mantiene firme en su fe, y sigue dando frutos. 

Prescindir de Dios es nuestra vida es andar por caminos de muerte y renunciar a la felicidad y a una vida plena.  Hemos pues de hacer una opción fundamental en nuestra vida: confiar en el Señor o confiar en el hombre.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos habla hoy de la certeza de la resurrección.

Si nuestra vida terminara aquí, en la tierra, entonces, sí que lo único importante en esta vida sería llenarnos solamente de bienes materiales.  Pero nuestra vida no termina, se transforma con la muerte y comenzamos a vivir la vida de Cristo resucitado.

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para todos nosotros.  Si no hubiera resurrección no tendría sentido cree en Dios, no tendría sentido nuestros esfuerzos por más atractiva que fuera esta vida.  La resurrección es la base y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.  No olvidemos que en la vida y en la muerte somos del Señor.

San Lucas, en el Evangelio de hoy,  nos dice que Jesús viene a proclamar dónde y cómo podemos encontrar la felicidad.

Hay personas que  confunden la felicidad con la prosperidad. Y, para muchos lo importante para ser feliz es “tener dinero”.  No tienen otro proyecto en la vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad.

Buscar, alcanzar la felicidad es el deseo más fuerte que siente todo ser humano. Todos nosotros anhelamos la felicidad, queremos ser felices.  Ser feliz es la aspiración más profundamente humana, más auténtica. Dios nos ha creado para ser felices.

Pero el problema está en que escogemos el camino equivocado y la felicidad no llega. Jesús nos propone un camino seguro de felicidad.

Jesús da un giro total a los criterios humanos sobre la felicidad, a lo que nosotros pensamos sobre la felicidad. Nos dice quiénes están en el verdadero camino de ser felices y quiénes en el camino de ser infelices, pero infelices de verdad.

Jesús declara dichosos, porque poseen el reino de Dios, ya desde ahora y no sólo en la otra vida, a los que el mundo tiene por infelices: son los pobres y los que tienen hambre, los que lloran y los que sufren, los misericordiosos que saben perdonar, los honrados y limpios de corazón, los que trabajan por la paz desde la no violencia, los perseguidos a causa de su fidelidad a Dios y a su Reino.

Y por el contrario, proclama infelices, dignos de lástima y amenazados de maldición a los que son ricos, están saciados, ríen y son aplaudidos por todos.

Las bienaventuranzas, nos ofrecen la imagen de un Dios Padre, que se coloca de parte de los pequeños y de los humildes, que “pone su fuerza  al servicio de los desheredados”, se preocupa de los excluidos, privilegia a los que no cuentan, toma en serio la suerte de quien es marginado y rechazado.

No podemos buscar la felicidad a costa del otro. Eso genera desgracia a nuestro alrededor y desgracia en el fondo del corazón.

La felicidad no está en el bienestar, en el tener. La civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida pero no nos ha hecho felices. Para lograr nuestro bienestar somos capaces de mentir, defraudar, traicionarnos a nosotros mismos y destrozarnos unos a otros. Y así, no se puede ser feliz. Pidamos hoy al Señor que descubramos el camino de la verdadera felicidad. ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más? 

lunes, 3 de febrero de 2025

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.

La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.

Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.

Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.

La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.

Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado. 

¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.

Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.

El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.

Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.

Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.

EN el Evangelio de san Lucas nos ha relatado el encuentro de Jesús con Pedro, Santiago, Juan y sus compañeros pescadores.  Jesús se acerca a ellos, les pide que tengan confianza y los invita a echar de nuevo las redes.  Y se realizó lo imposible, la pesca abundante.

Nosotros como cristianos, somos seguidores de Jesús. Y a todos nos dice lo mismo que a Pedro: “no temas”.

Todos debemos salir a pescar, a predicar el Evangelio de Jesús con nuestras palabras y con nuestra vida, en nuestras familias, con nuestros hijos, nietos, padres o hermanos; en nuestro pueblo: con nuestros amigos, vecinos, conocidos, en nuestros lugares de trabajo o de estudio: con nuestros compañeros; en nuestros lugares de diversión, hacer realidad los valores del Evangelio: el perdón, el amor, la comprensión, la generosidad, la solidaridad…

Esta labor de ser mensajeros del Evangelio de Jesús no la hacemos los cristianos en el templo, sino en la vida, donde vivimos y con quienes vivimos; compartiendo sus alegrías y sus penas, sus gozos y sus problemas, sus éxitos y sus fracasos.

Donde las personas trabajamos, luchamos, sufrimos y disfrutamos es donde tenemos que hacer presente el Evangelio de Jesús.  Ahí es donde tenemos que demostrar que el evangelio nos puede dar luz que nos ayude a todos a ser más felices. Ahí es donde los cristianos debemos ser responsables de anunciar a los demás nuestra fe.

Al terminar la Eucaristía deberíamos decirle a Dios: Aquí estoy, Señor. Mándame a mí a seguir anunciando tu Evangelio a lo largo de toda la semana.

lunes, 27 de enero de 2025

 

LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (CICLO C)


La fiesta que hoy celebramos, cuyo sentido amplísimo y muy profundo está expresado en las lecturas que acabamos de escuchar y en las oraciones, nos debe llevar a un mejor conocimiento vital y encarnado del misterio del Señor, Hijo de Dios, su Palabra eterna, pero también hermano nuestro, carne y sangre nuestra, luz que nos ilumina.  Nos debe llevar también a salir al encuentro de este Señor que se nos presenta; condición indispensable para que actúe en nosotros su obra de salvación.

No podemos escuchar la narración de san Lucas, simplemente como la narración de un hecho histórico o una anécdota, sino como la presentación del misterio de la Salvación en toda su majestuosa amplitud, pero expresado en un cuandro de pequeñas dimensiones para que la grandeza de su contenido no nos ahuyente, para que se nos facilite su comprensión.

Tratemos de profundizar en su significado.  Pensemos en lo que para los judíos expresaba el Templo de Jerusalén, morada de Dios, lugar único de su culto, expresión gráfica, simbólica, de su grandeza y majestad únicas.  Allí Dios era adorado y venerado por su pueblo; allá tenían que ir los israelitas a expresar su pertenencia al pueblo de la Alianza.

La larga serie de acontecimientos difíciles y situaciones humildes de la historia de Israel hacían que continuamente la voz de los profetas, de parte de Dios, renovara la esperanza de una manifestación gloriosa, restauradora y reivindicadora del Señor, que estaría gloriosamente en su casa.

Había sueños de grandeza, de poder y de dominio material.

Pero la realización de esta esperanza y de las promesas de Dios se lleva a cabo de una forma no sospechada: un niño pequeñito es llevado al Templo en brazos de sus padres, gente sencilla y humilde, para cumplir la Ley del Señor.

Externamente nadie se dio cuenta de lo que allí pasaba.  Sin embargo, ese niño era el Rey de la gloria, revestido de nuestra carne mortal; era la Luz del mundo que alumbraría a las naciones, la Gloria de Israel, el Pontífice en todo idéntico a sus hermanos, compasivo y fiel, sometiéndose a la Ley antigua.

La ofrenda del Sumo y Eterno sacerdote, iniciada en el momento mismo de su concepción: «Vengo para hacer tu voluntad» (Heb 10,7), y que un día se realizará plenamente en el Calvario, hoy encuentra una expresión muy especial, al ser ofrendado por manos de María en el lugar central del culto antiguo.  Un día ese Niño, con su sacrificio único y pleno, hará obsoletos los múltiples sacrificios del Templo.

Toda esta grandeza que los ojos humanos no podían captar, Dios la quiere revelar por medio de dos ancianos piadosos.  El evangelio dice de Simeón: «En él moraba el Espíritu Santo»; el mismo Espíritu le había dado la seguridad de no morir sin ver al tan largamente esperado Mesías; el Espíritu le inspira ir al encuentro del Salvador.

Tal vez lo que él vio lo desconcertó: ¿El Mesías, Señor, Jefe, Dominador, Salvador, es este pequeñito, pobre y necesitado de todo?  La mirada de Dios superó la mirada humana, y Simeón prorrumpió en el canto de alabanza que hace un momento escuchamos.

Los dos ancianos, Simeón y Ana, pueden ser testigos, porque han recibido el testimonio mismo de Dios: «Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1Cor 2, 11).

Para reconocer a Cristo, en la Iglesia, en sus sacramentos, en los hermanos, sobre todo en los pobres y disminuidos, necesitamos absolutamente este Espíritu Santo de Dios.

Para salir al encuentro de Cristo, Luz que ilumina a todas las naciones, necesitamos limpiar nuestros ojos de  perspectivas meramente humanas y carnales.

María, la Madre de Cristo, la primera cristiana, la más fiel seguidora del Señor, es nuestro modelo hoy, ofreciendo al Padre lo que ella más ama; preludia la entrega materna total del Calvario.  Allí  va a ser  designada Madre nuestra, pero hoy ya ejerce su maternidad.

Que nuestra Eucaristía de hoy, bajo el impulso del Espíritu, sea un encuentro nuevo y más profundo con Jesús, una aceptación nueva de Jesús como luz y guía, y una ofrenda cada vez más plena y perfecta, total, de lo que somos y tenemos junto con Cristo, la ofrenda perfecta al Padre.

lunes, 20 de enero de 2025

 

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy de la importancia que debe tener la Palabra de Dios en nuestra vida.  La Palabra de Dios que proclamamos cada domingo no es sólo para escucharla sino para hacerla vida.

La 1ª lectura de Nehemías nos cuenta cómo, cuando Israel pasaba por unos momentos difíciles dentro de su historia, a la vuelta del destierro, tenían un desconocimiento total de la Palabra de Dios, sobre todo aquellas generaciones que habían crecido en el destierro. Esdras, el sacerdote, hizo una celebración solemne para ayudar a todos a redescubrir la fuerza salvadora de la Palabra de Dios.

A diferencia de la palabra humana, la Palabra de Dios es importante en la vida de los creyentes, es el medio de comunicación que Dios tiene con nosotros.  A través de la predicación y la catequesis hemos conocido las cosas de Dios. La mejor comunicación es su propio Hijo Jesucristo, que es la Palabra. En su Palabra, en el Evangelio y en Jesucristo, podemos encontrar la verdadera vida, las claves de nuestra felicidad, los valores que nos hagan más humanos. Tenemos que descubrir la importancia de la Palabra.

La Palabra de Dios siempre era escuchada por el pueblo con gran atención, como vemos en la primera lectura. Escuchamos como el pueblo de Israel se reunía para escuchar la Palabra de Dios.

Realmente ¿La Palabra de Dios es de verdad algo significativo para nuestra vida?, ¿Leemos la Palabra de Dios, leemos los evangelios? La palabra es algo importante para el cristiano.

La forma en que proclamamos o leemos la Palabra de Dios, contrasta fuertemente con el modo de hacerlo aquellos creyentes en el Señor, tal como nos narra la primera lectura de hoy.

Las distracciones que sufrimos; la falta de interés (por parte de algunos) en llegar al principio de la Misa, son actitudes muy distintas a las que muestra el Pueblo creyente ante la proclamación que se va a hacer de la Palabra de Dios. Ellos lloraban de alegría al escuchar que Dios les hablaba y nosotros nos llenamos de impaciencia y lamentamos el tiempo empleado en las lecturas de la Palabra de Dios. ¡Dios nos habla! ¡Hay que escuchar con atención y acoger lo que nos dice Dios!

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios sigue insistiendo, como el domingo pasado, en la unidad de la Iglesia y la comunicación y solidaridad que debe existir entre todos los miembros que formamos la Iglesia.

Cuando hablamos de Iglesia, muchos la entienden como el Papa, los obispos y los sacerdotes, sin embargo, la Iglesia somos todos los bautizados.  Al igual que en un cuerpo humano, cada miembro tiene una función, así en la Iglesia todos y cada uno tiene una función que desempeñar por muy pequeña que sea. En un cuerpo toda parte es importante, pero cada una tiene su función. En la Iglesia todos somos necesarios.

El Evangelio de San Lucas  nos dice que Jesús llega a la sinagoga, abre la Escritura y lee el sueño de un mundo nuevo. Un mundo de libertad. Un mundo de claridad, luz y verdad. Y Jesús después de leer el texto, dice solemnemente. “Hoy se cumple está Escritura que acabáis de oír”.

La palabra Evangelio significa “Buena Noticia”.  Jesús es la “Buena Noticia” porque Dios lo ha enviado para anunciar que es posible la libertad para todos aquellos que se sienten esclavos del mal.  Dios lo ha enviado para devolver a los ciegos por el pesimismo y el cansancio la visión y la esperanza en un mundo nuevo y mejor.  Dios lo ha enviado para ofrecernos su amor y su amistad.  Esta es la gran noticia que Dios nos ha dado.

A Dios no le agrada el sufrimiento, no le gusta que en este mundo unos hombres hagan sufrir a otros.

No habremos entendido el mensaje de Jesús, si no nos damos cuenta que habiendo riquezas en abundancia en este mundo y medios para que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad, haya tantas personas olvidadas, injustamente tratados, viviendo en la miseria, sin tener lo necesario para vivir una vida digna.

No podemos organizar nuestra vida como si estas personas no existieran, como si este mundo no pudiera mejorar.  Por ello, Jesús nos llama a quitar el sufrimiento de los pobres.  Ser pobre, ser oprimido, no es bueno, va contra la dignidad de la persona humana.

Dicen los analistas mundiales que estamos viviendo, a escala mundial, una falta de ética y solidaridad en los dirigentes mundiales porque no hay avances en materia de justicia y cada día hay más personas que pasan hambre y son analfabetas. 

Vivimos rodeados de muchos a quienes importa muy poco el sufrimiento de los demás.

Hagamos hoy nosotros, como nuestro, el programa de Jesús y trabajemos por construir una sociedad más justa y humana basada en las Palabras de Jesús.

lunes, 13 de enero de 2025

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Comenzamos el tiempo ordinario. Comenzamos así a recorrer la Vida Pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas, y lo hacemos con uno de sus primeros signos: el milagro de las bodas de Caná, en el que transforma el agua en vino a petición de la Virgen María.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.

¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?

Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.

Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.

Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas: aquellos dones y cualidades que una persona ha recibido, no para beneficio propio, sino para la edificación de la comunidad.  Todos tenemos la responsabilidad de aportar nuestro don al bien común en esta comunidad que llamamos Iglesia.

El hombre de hoy se ha olvidado del bien común y también de otras cosas importantes como son: Dios, la oración, la contemplación, la atención.  Habiendo el hombre olvidado a Dios, el hombre ha terminado por olvidarse incluso de sí mismo, ha perdido la propia identidad.  Ha perdido el “sentido” de su vida.  Ya no sabe a dónde va ni para qué.

“Ese hombre de hoy tiene todo y nada más”.  Armado de derechos, alimentado, puede disponer de placeres y comodidades que se le ofrecen abundantemente mediante la técnica, puede permitirse todas las libertades, puede romper con todos los tabúes.  Pero le falta algo.  Al hombre de hoy que tiene todo, le falta lo esencial, le falta vivir el amor de Dios, le falta acercarse a Dios, para sentirse amado por Dios.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.

Hay una frase que se ha popularizado mucho y que va totalmente en contra de lo que hoy nos enseña el Evangelio.  Esa frase es: “Ése es tu  problema”. Forma parte del lenguaje de las nuevas generaciones y me temo que refleja una forma de enfocar la vida.

Hoy se usa mucho la frase en cuestión, quizá porque estamos acentuando el individualismo de forma alarmante y unas veces la decimos muy convencidos y otras con ironía.

En este mundo, tan civilizado, donde las reivindicaciones y el reclamo de derechos están a la orden del día, esta frase resume quizá como pocas, el gran vacío que existe en muchas personas.

“Este es su problema, yo vivo mi vida” Está bien que vivamos nuestra vida, pero también nos interesa la vida de los demás que, de alguna manera, condiciona la nuestra y la de nuestros hijos. No basta que tu hijo sea bueno, es preciso que el ambiente que frecuenta lo sea también. Por eso, no basta preocuparte de tu hijo, te deben preocupar también los demás.

Para un cristiano, estas frases: “Ese es tu problema” o “Yo vivo mi vida”, no deberían pronunciarse nunca. El Evangelio de hoy es una lección clara al respecto.

Que el vino se acabe, que la pareja de novios quede mejor o peor con sus invitados, eran, al parecer, problemas de los anfitriones, no de María, ni de Jesús, que estaban invitados y para nada habían intervenido en la organización del banquete. Sin embargo, Jesús asume el problema de los otros y lo resuelve. Así siempre. Toda la vida de Jesús será una lección repetida de esta misma historia y un esfuerzo para dejar claro a los hombres que quieran seguirlo, que, si hay algo absolutamente anticristiano, es la insolidaridad con los demás hombres.

martes, 7 de enero de 2025

 

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)


Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el tiempo de Navidad y comienza el tiempo ordinario. Con el Bautismo de Jesús comienza su vida pública. Él no necesitaba el bautismo de Juan, que era un bau­tismo de conversión para renovar el interior de las personas que se le acercaban, pues Jesús es Hijo de Dios y no tenía pecado, pero participó de este rito que hacía Juan el Bautista y así expresó el comienzo de su misión.

El Bautismo de Jesús es algo importante en el evangelio: en él se nos anuncia claramente que Jesús es el predilecto de Dios, su Mesías y Enviado, lleno de su Espíritu, dispuesto a iniciar su misión de Maestro y Salvador.

El profeta Isaías nos hace como un retrato profético de Jesús: “Mirad a mi siervo, mi Elegido, en quien tengo mis complacencias.  En Él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones”.

San Lucas en el evangelio nos ha dicho cómo se cumple este retrato de Jesús.  Se abre el cielo.  Los cielos cerrados indican la separación entre Dios y el hombre, consecuencia del pecado.  Son la señal de la ira de Dios frente a la humanidad pecadora.

Los hombres ya no viven y no se mueven en Dios, y esta lejanía de Dios determina la profunda miseria del hombre.  Con Cristo ha terminado el tiempo de la enemistad entre Dios y el hombre, por eso se abre los cielos.

Se oye también la voz de Dios: “Tu eres mi Hijo, el predilecto, en ti me complazco”.  No se abren solo los cielos, se ha roto también el silencio de Dios.  Dios toma la palabra y cuando se oye su voz es para indicar su presencia: su Hijo.  Jesús es la Palabra definitiva que el Padre tiene que decir al mundo.  Y baja el Espíritu sobre Jesús en forma de paloma. 

El Espíritu está presente, ahora, en la nueva creación.  Con el bautismo de Jesús comienza una historia, la historia del mundo nuevo.

Hoy, que celebramos el bautismo de Jesús, debemos pensar también en nuestro propio bautismo.  “No todos los bautizados son cristianos”. Esta frase que parece un poco contradictoria es una gran denuncia de la situación de nuestras prácticas sacramentales. Parece contradictoria pues cualquier bautizado es hijo de Dios y, por tanto, cristiano; pero, al mismo tiempo, es una denuncia, porque es cierto que muchos bautizados dejan mucho que desear en su seguimiento de Cristo, aunque todos podríamos ser un poco mejores cristianos.  

El bautismo, como cualquier sacramento, no es automático, no funciona por sí solo, sino que necesita la colaboración de la persona que lo recibe. El sacramento es un encuentro entre Dios y el ser humano. Dios pone su parte: la Gracia, que quita el pecado original y nos hace hijos de Dios y la persona responde con el seguimiento; si falta la respuesta no se produce el encuentro.

Por desgracia, muchas personas, quizás influenciados por amigos poco Católicos o simplemente porque ignoran la importancia de este sacramento para los niños llevan a sus hijos a bautizar pensando más en la fiesta, el convite o en la ropa en vez de pensar en el sacramento en sí. Lo convierten en un acto social. Llevan al niño a la iglesia a bautizar pensando que, cómo somos Católicos, tiene que ser bautizado. No piensan en las responsabilidades que trae este sacramento para los padres y padrinos. Da verdadera pena ver algunos bautismos en los que hay tan poca fe alrededor.

Desde el mismo momento en que se recibe este sacramento, el bautizado ya está comprometido a vivir una vida santa. Sus padres se comprometen a dar testimonio de su fe a su hijo para que, con los años, se convierta en un buen cristiano, evangelizando como lo hicieron los primeros cristianos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Al ser bautizados como hijos e hijas de Dios adquirimos la más alta dignidad.

Los padres y padrinos deben tener en cuenta que han recibido un mandato de Cristo. Desde el momento que llevan sus hijos a bautizar deben enseñarlos a vivir una vida sin mancha, a evangelizar con su propio ejemplo y a amar a los demás.

Pertenecer a la Iglesia por medio del bautismo no significa nada en sí mismo, si no va acompañado de la correspondiente respuesta de la persona que recibe ese sacramento: hay que amar a Dios con la práctica de una vida cristiana, de una vida de sacramentos, de una vida de amor al prójimo.