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lunes, 12 de mayo de 2025

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado como Pablo y Bernabé recorren centenares de kilómetros para evangelizar.  Ellos habían experimentado el nuevo sentido de sus vidas y no podían guardárselo para ellos.

Pablo y Bernabé pedían a los nuevos cristianos fidelidad y perseverancia en las tribulaciones.  “Hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”, nos decía san Pablo.

Hay que hacer una opción por el Reino de Dios y esto no es fácil.  El camino del Reino está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.

Hemos de perseverar en nuestra fe, saber qué quiere Dios de nosotros, estar dispuestos a involucrarnos en las cosas de Dios, renunciar a esas cosas que nos apartan de Dios. Dios ha hecho muchas cosas por nosotros, ¿qué estamos haciendo nosotros por Dios?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.

Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.

Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan. 

El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.

En el Evangelio de san Juan el Señor, antes de despedirse de sus discípulos les entrega como testamento espiritual su sueño y su mandato: el gran Mandamiento del Amor.

El mundo podrá identificarnos de qué comunidad somos si cumplimos este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama, demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley.

En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, los  cristianos estamos llamados a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor. Allí están las bases sobre las que se puede construir una nueva sociedad. Mientras no vivamos el amor, no es cierto que la ley pueda cambiar la sociedad. 

Cuando nuestros políticos, sobre todo en campañas, hacen propuestas que parecen novedosas, se quedan cortos, porque siempre buscan cosas superficiales y sus sueños no tocan la base de la persona. Se fijan en los bienes materiales y no está en la base el amor y el respeto mutuo.

Pero Jesús se refiere al verdadero amor. No es el amor romántico y dulzón de los novios adolescentes. El amor del que nos habla Jesús es amar hasta dar la vida.  Es el amor de pareja que sabe superar las naturales diferencias; es el amor de padres que no crían hijos con la ilusión de después pasarles la factura en cuidados de ancianidad; es el amor al prójimo donde se tiene en cuenta a todos y cada uno, y no se miran las propias conveniencias. Así sí se podrá construir una ciudad nueva.

Hay que amar, sin mirar a quién; amar, sin contar las horas; amar, con corazón y desde el corazón; amar, buscando el bien del contrario.  Ese es el sueño de Jesús y debería ser el sueño de sus seguidores.

Desgraciadamente, los cristianos nos quedamos cortos.  Con mucha frecuencia, nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios.

Lo que hace grande a una comunidad es su capacidad de amar a los diferentes, de integrar y superar el conflicto. 

¿Cómo vivimos el gran sueño de Jesús entre nosotros? ¿Cómo damos testimonio de este amor en la familia, en el trabajo, en la construcción de la sociedad? ¿Cómo estamos construyendo esa “nueva ciudad”, esa nueva sociedad?

lunes, 5 de mayo de 2025

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el cuarto domingo de Pascua.  Este domingo es el domingo del Buen Pastor.  El Buen Pastor es una imagen que emplea el Señor para referirse a sí mismo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pablo y a Bernabé en su actividad evangelizadora.  Son enviados por Jesús, para salvar no sólo a los judíos, sino a todos los que quieren recibir el mensaje del Señor.

Dios ha enviado a su Hijo para salvar a todos aquellos que acepten en libertad esta oferta de salvación de parte de Dios.  La Iglesia naciente, empieza a abrir sus puertas a la universalidad.  Los apóstoles no se quedan encerrados en predicar sólo a los judíos sino a todos los hombres, a todos los pueblos.  Esto crea envidias y celos por parte de los dirigentes religiosos judíos.

La Iglesia tiene la misión de cumplir con el mandato del Señor: “Id por todas partes y predicad el Evangelio”.   Hay que anunciar la salvación a todos los hombres a todos los pueblos.  Pero la misión de la Iglesia no es ganar seguidores sea como sea, para aumentar el número de sus fieles, ni para presumir de ser más que otros, ni para imponerse sobre otras religiones o culturas. La Iglesia tampoco busca hacer propaganda barata para aumentar su influencia en la sociedad, para controlar las creencias de las personas o para obtener mayores beneficios económicos.

La Iglesia católica se define, como su nombre indica, por su universalidad y ésta es la gran misión de la Iglesia, para esto existe para ser universal, porque esto es lo que Cristo le pidió a sus apóstoles: que todos los hombres de todo tiempo y lugar sepan del amor con que Dios los ama; sepan que Dios es su Padre y que quiere la felicidad de todos sus hijos; sepan que han sido elegidos por Dios para la vida eterna, de modo que la muerte no será una realidad definitiva sino el paso hacia la vida eterna, hacia la vida sin fin.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos hablaba hoy del cielo al que todos esperamos ir un día. San Juan ve una muchedumbre inmensa que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie, delante de Dios.  Es decir, la salvación de Cristo es para todos, para todos los que deseen ser salvados y se sientan necesitados de salvación.

San Juan nos dice también que nadie pasará hambre ni sed, que el mal ha sido vencido y erradicado definitivamente, y Dios en medio de todos, secando las lágrimas.  ¡Qué imagen tan sencilla, tan maternal, tan cariñosa, para expresar todo el amor que tendremos y que saciará nuestro corazón por completo, porque veremos a Dios cara a cara!

Sin embargo nosotros no olvidamos que seguimos aún en este mundo, en medio de las luchas y los problemas de cada día.  Pero es bueno detenernos de vez en cuando y elevar nuestros ojos hacia la patria definitiva.

En el Evangelio de san Juan, Jesús se nos presenta como el Buen Pastor, el único Pastor, y nosotros –todos—somos parte de su Rebaño.

Como cristianos, tenemos que reconocer la voz de Dios, y Jesús es esa voz que nos da vida. Hay muchas formas de apagar una voz: la violencia, un ruido más fuerte, cambiarla por otras voces, taparnos los oídos. San Juan nos ofrece una de las señales de que pertenecemos a Jesús, de que somos de Él: si somos capaces de conocer su voz.  “Discípulo es el que sabe escuchar la voz de Jesús”.

Sería importante que recordáramos cuales voces influyen en nuestra vida diaria si las voces del mundo o la voz de Jesús.  La voz de Jesús es una voz que se presenta como la gran noticia de salvación, pero es una voz que nos pide también una verdadera conversión.

La voz de Jesús es una voz misericordiosa que transforma a las personas, pero también es una voz llena de autoridad para exigir verdad y coherencia entre nuestra fe  y nuestra vida, no es primero sí y luego no.

Hay que tener el oído y el corazón muy atentos porque hay muchas voces que quieren ahogar la voz de Jesús, como si Él no tuviera nada que decir a nuestro mundo de hoy.  Nuestro gran reto hoy es saber reconocer esa voz amorosa entre tantas voces que quieren ahogarla y que llegan a nosotros diariamente para confundirnos y ensordecernos.

Si Jesús pide el reconocimiento de su voz, lo que Él ofrece es mucho más importante: Él nos conoce. Conoce nuestro interior y, lo más importante, ¡conociéndonos nos ama! Nosotros vamos por la vida y, aunque no lo queramos, llevamos como especie de máscaras. Algunas personas nos conocen superficialmente, otras conocen un aspecto nuestro, otras solamente nuestro nombre, el cargo o situación que ocupamos dentro de un grupo, de una familia o de una sociedad. Y así nos tratan y así nos respetan o nos ignoran. Pero Jesús conoce  nuestro interior. Así dirige su voz a cada uno de nosotros. Su voz es una voz amiga.

Jesús no se deja engañar por nuestras expresiones y máscaras porque descubre las razones de nuestras alegrías, de nuestros complejos y de nuestros temores. Sabe descubrir nuestro lado positivo y lo mejor de nuestro corazón.  La voz del Señor nos lanza a la esperanza, nos levanta de nuestros fracasos, nos mantiene alertas en nuestras luchas.

Reconocer a Jesús como pastor nos obliga a seguirlo. No nos podemos quedar en la romántica figura de un pastor cargando a su oveja, sino que implica un seguimiento incondicional.

Preguntémonos hoy: ¿estoy siguiendo la voz de Jesús, que da vida o la voz del mundo que es una voz de ambiciones y egoísmo?

lunes, 28 de abril de 2025

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el III domingo de Pascua. Continuamos celebrando la resurrección de Jesús, escuchando relatos de sus apariciones, después de haber resucitado.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

El Evangelio de san Juan nos presenta a cinco apóstoles que estaban en una barca, regresando de una noche de pesca infructuosa y, al amanecer, “alguien” les dijo desde la orilla: “Muchachos, ¿tenéis pescado?… Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”.   

Sorprende la docilidad de los Apóstoles quienes, sin la menor observación, obedecieron en el acto. Y sorprende, porque todavía no se habían dado cuenta que era “el Señor”  ¡Cuántas veces nos habla el Señor desde la orilla  y no lo  reconocemos!  Nos pasa como a los Apóstoles,  pero no hacemos como ellos, sino que nos damos el lujo de despreciar las instrucciones del mismo Dios. Y    -peor aún- cuántas veces, sabiendo que es Él quien nos pide algo, no le hacemos caso, le decimos que no o le ponemos dificultades, diciéndole que mejor dejamos el asunto para otro momento. Pero el Señor siempre está a la orilla esperando que nos desocupemos de “nuestras cosas”, esperando que lo reconozcamos, que oigamos su voz y atendamos sus instrucciones.

¡Cuántas veces nos desgastamos pescando por nosotros mismos en el mar de nuestro quehacer diario, de nuestras preocupaciones cotidianas, de las presiones del trabajo y de estudio, sin escuchar al Señor y sin aprovechar su voz que nos guía!

Hoy se nos recuerda fuertemente que creer en y seguir a Jesús es ante todo una relación, una relación de amor con Dios, una relación de amor con aquel que sabemos nos amó primero. Antes de pensar en los compromisos que conlleva ser cristianos, antes de pensar en cumplir los mandamientos o vivir las bienaventuranzas, hemos de pensar en fortalecer nuestra relación con Dios.

Cuando un cristiano no se ha dado cuenta del amor de Dios y quiere cumplir con las exigencias de la caridad, la solidaridad y el perdón; es imposible ser feliz así. Hoy le podemos poner nuestro nombre a la pregunta que Jesús le hace a Pedro: ________ ¿me amas? Pues si no estás seguro de este amor, jamás podrás vivir como verdadero cristiano ni como Hijo de Dios. ¿Cómo llegar a este amor? Imagínate cómo llegas a conocer y amar a una persona: primero la tienes que conocer (Evangelios), después la tienes que tratar con frecuencia (Oración), después se puede crear un lazo de compromisos (Caridad). Tres pasos, claros y concretos que nos llevan a conocer a Jesús y amarlo como Él nos lo pide.

lunes, 21 de abril de 2025

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  Este domingo se llama el domingo de la Divina Misericordia.  En el Salmo Responsorial hemos repetido varias veces la frase “porque es eterna su misericordia”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado los comienzos de la Iglesia naciente.  Poco a poco se iban uniendo a la Iglesia nuevos creyentes que abrazaban la fe que los apóstoles predicaban. Y así, quienes se convertían a la fe en Jesús iban reuniéndose cada semana.

Se iba formando la primera comunidad cristiana.  ¿Qué características debe tener una comunidad cristiana?

Una comunidad cristiana, tiene que ser una comunidad de fe.  La fe se vive en comunidad y no por libre y en solitario.  Lo que mantiene al grupo cristiano unido a Cristo y a sus pastores, es la fe en Cristo resucitado. 

Otra característica que debe tener una comunidad cristiana es ser una comunidad que vive de la Eucaristía y de la oración.  En la primera comunidad cristiana eran constantes en la celebración de la Eucaristía o fracción del pan y en las oraciones.   Sin Eucaristía viva y eficaz no puede haber una comunidad cristiana.  En la Eucaristía culmina también la oración, y la oración ha de ser parte importante de nuestro vivir diario.

Una tercera característica que debe tener una auténtica comunidad cristiana es ser una comunidad misionera.  Hay que evangelizar, y esto es una tarea de todo bautizado: anunciar la salvación de Dios y el perdón de los pecados.

El libro de los Hechos de los apóstoles nos decía que el número de los creyentes iba creciendo.  Y  hoy, ¿crecemos o disminuimos en número? ¿Será que nos vamos alejando cada vez más del estilo de vida de las primitivas comunidades cristianas y por eso cada vez son menos los que viven una fe comprometida?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta la visión que tiene san Juan de Cristo resucitado. 

Cristo ya no es víctima de los soldados que lo crucificaron.  Ahora Cristo es “el primero y el último, el que está vivo, el que murió pero ahora vive”  Cristo es el que tiene “las llaves de la muerte y del más allá”.

Nos llamamos y decimos que somos cristianos, es decir, que creemos en Cristo, lo amamos y confiamos en Él.  Y, sin embargo, muchas veces nos olvidamos del Señor, vivimos como si no existiera, nos comportamos como si su persona hubiera desaparecido para siempre.  Y no es así.  Cristo está vivo, está presente de modo real y verdadero en la Eucaristía.  Esa lámpara al lado del sagrario nos recuerda la presencia real de Cristo entre nosotros.

No cerremos nuestro corazón a la oportunidad que Dios nos da de salvarnos y de vivir con Él eternamente.

El evangelio de San Juan nos presenta la primera de las apariciones de Jesús resucitado a sus apóstoles, pero faltaba Tomás.

Tomas, es el que necesitaba ver para creer.  A nosotros también nos cuesta  creer, nosotros también quisiéramos ver y tocar las heridas del Señor.

A veces nos puede parecer que el Señor es como un fantasma que vive en nuestra imaginación.  Creer es difícil, por eso el Señor tuvo que decir: “Dichosos los que crean sin haber visto”

Pero ¿cómo creer? ¿Cómo experimentar hoy en nuestro corazón que el Señor está vivo?

El Evangelio nos dice que Tomás no estaba con los discípulos cuando se presentó Jesús.  Aquí hay una llamada a no abandonar la comunidad.  Hay que ver cómo está nuestra participación en esta comunidad en la que vivimos, quizás estamos abandonando nuestra participación en la misa y en los sacramentos, quizás no rezamos, quizás nuestra vida moral deja mucho que desear.

El Evangelio nos dice que Tomás no creyó a sus compañeros.  Y nosotros no nos tendremos que preguntar si a base de tanto criticar a los obispos, a los sacerdotes, a los catequistas, a todos lo que hacen algo en la Iglesia, no hemos terminado desconfiando de aquellos que nos trasmiten el mensaje del Señor.  Porque todos somos criticables, ¿pero sabemos criticar con cariño?

El Señor invita a Tomás a tocar sus heridas.  El Señor también nos invita a ver y tocar las heridas de todos los que sufren en nuestro mundo para sanarlas.

Este es el camino para creer. Un camino que pasa por permanecer en la comunidad, confiar en el testimonio de los apóstoles y de todos los que a lo largo de los siglos han creído y nos han transmitido su fe, y por último salir a remediar el sufrimiento de nuestros hermanos que sufren.  

Quizás entonces, Dios tenga a bien revelarnos su rostro, dejarnos experimentar en el corazón la alegría profunda del Resucitado, quizás entonces, como Tomás, saldrán también de nuestra boca aquellas palabras de adoración y reconocimiento: ¡Señor mío y Dios mío!

lunes, 14 de abril de 2025

 

JUEVES SANTO (CICLO C)


Esta tarde comenzamos, como un momento muy especial de gracia, el triduo pascual: tres días que nos sumergen de una manera especial en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador. Iniciamos, pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía como memorial de la nueva alianza. Hoy también celebramos el día del Amor fraterno y la institución del sacerdocio ministerial, íntimamente ligados a la Eucaristía.

El Señor en la última Cena quiere expresar no sólo con palabras que nos ama sino con gestos concretos.  Por eso, toma el pan, lo parte, se lo da a sus apóstoles y les dice: “Tomad, esto es mi cuerpo”  Y después, tomando el cáliz, expresa el mismo gesto: “Tomad, ésta es mi sangre derramada por vosotros; bebed de ella”  Y de esta manera Jesús realiza lo que al día siguiente realizará de forma real: entregar su cuerpo en la cruz y derramar su sangre por cada uno de nosotros.

De esta manera Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía.  Por ello la Eucaristía es el culmen, la expresión máxima de la vida cristiana.  Es culmen porque todo confluye hacia la Eucaristía y al mismo tiempo es fuente porque todo nace de la Eucaristía.  Por eso es tan importante esta celebración que estamos realizando; por eso es tan importante que participemos de la Eucaristía, porque es la participación máxima en la vida de Jesucristo; porque es lo más grande que podemos hacer es esta vida; porque es la forma más importante de participar de la vida de Cristo.

En la Eucaristía encontramos la fuente del amor de Dios a los hombres.  Comiendo a Cristo nos llenamos de amor, y vamos creciendo en el amor, para poder amar.

El segundo motivo que nos ha reunido hoy es celebrar el día el Amor fraterno. 

En la vida cristiana lo principal es elamor.  Jesús dice que este es el mandamiento primero y característico de sus discípulos.  Hasta en el plano meramente humano, la antropología moderna nos dice que el amor es una necesidad vital para el desarrollo, la existencia y la maduración del hombre.

Y, sin embargo, todos podemos caer en la tentación de hablar mucho del amor y olvidarnos de amar; quedándonos en simple retórica, repitiendo la palabra “amor”de una manera mecánica, pero sin que esa palabra exprese vida y calor.

No hay amigo que haya dado su vida por el amigo con tanto derroche de dolor y de amor como Cristo nuestro Señor. Y por eso Cristo nos dice: Esta será también la señal del cristiano, este mandamiento nuevo os doy: “Que os améis como yo os he amado”.

La gran enfermedad del mundo de hoy es: No saber amar. Todo es egoísmo todo es explotación del hombre por el hombre. Todo es crueldad y tortura. Todo es represión y violencia. Cultura de la muerte frente a la cultura del amor.

Lo que nos hace falta a todos es dejarnos amar por Cristo, dejarnos conquistar, dejarnos enamorar por Dios que hoy se nos da como pan y vino.  Hay que sentirse amado, querido, aceptado, salvado por el Amor de Dios.

Lo que nos hace falta también es saber amar.  Y para enseñarnos esto, Jesús, se pone a lavar los pies a sus discípulos.

Esta es la manera concreta de amar: la del servicio humilde, la del destalle inadvertido.  No hay que hacer grandes cosas.  Con el gesto sencillo de lavar los pies, Jesús nos enseña que hay que servir a tantas personas que viven heridas, que sufren en este mundo.

Mientras que en el mundo haya un marginado, una persona hambrienta, uno que no tiene y no encuentra trabajo, un esclavo, hay que seguir liberando y amando como nos mandó Jesús.  Hay que seguir acompañando y amando a estas personas.

Junto con la Eucaristía e inseparable de ella, más aún, en función de ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio ministerial. Es un don para la Iglesia más que un don personal. Porque fue a los apóstoles a quienes dio el Señor el mandato de hacerla “en memoria mía”.  Esta es la razón por la que en este día celebramos la institución del sacerdocio de Cristo, confiado a hombres frágiles, entresacados del pueblo, consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación, Por el ejercicio sacerdotal, la Iglesia se congrega para la escucha de la Palabra y para ofrecer a Cristo al Padre y con Él también ella se ofrece.

Hoy es muy buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones sacerdotales. Por tanto oremos para rogar al Padre de misericordia que suscite en los corazones de mucho jóvenes el deseo de consagrar la vida al servicio del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos porque en nuestras familias se vivan de tal manera los valores del Evangelio que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.

Agradezcámosle a Jesús su invitación a estar con Él esta tarde tan importante, digámosle que lo amamos y queremos cumplir su voluntad y que estamos convencidos de que como discípulos suyos tenemos que distinguirnos por nuestra capacidad de amar.


Hoy Viernes Santo, nos reunimos para contemplar el rostro doliente de Cristo crucificado. 

Al comenzar esta tarde la celebración de la muerte de Cristo, lo hemos hecho arrodillándonos en silencio meditativo y agradecido.  Es la actitud de quien adora.  Ante esta realidad de un Dios que muere por nosotros, ¡qué otra cosa podemos hacer sino echarnos por tierra repitiendo en el corazón: qué grande, y qué fuerte, Dios mío es tu amor! ¡Tu amor ha llegado hasta el fin! ¡Tu amor nos ha salvado! ¡Gracias, Señor!

La celebración de esta tarde toda ella se centra en la Cruz.  Hoy, de hecho, la Iglesia no celebra la Eucaristía, el más importante sacramento del culto católico; pero asistimos al memorial mismo de la muerte de Cristo.

Contemplamos hoy a Jesús clavado en la Cruz y junto a Él contemplamos un espectáculo desolador: algunos pasan y le injurian; los príncipes de los sacerdotes, más hirientes y mordaces, se burlan; y la mayoría, indiferente, mira el acontecimiento. Muchos de los ahí presentes le habían visto bendecir, predicar una doctrina salvadora e incluso hacer milagros. Nosotros, los aquí presentes, ¿cómo nos acercamos al crucificado?

Esta tarde, nos acercamos a la cruz con humildad y confianza, sabiendo que Jesús abre sus brazos para acogernos, perdonarnos y fortalecernos.  ¡Ojalá supiéramos contemplar los brazos abiertos de Jesús!  Por una parte, estos brazos abiertos vencen todo el mal y todo el pecado de nuestro corazón y nos hace mejores y más sencillos, y, por otra parte, nos animan a acercarnos a Él con más fuerza que nunca, con mayor ilusión, superando el desánimo y el desencanto.

Es tremendo la inmensidad de sufrimiento que existe en nuestro mundo.  Sufrimiento físico y moral.  Guerras, miseria, hambre, violencia y muerte.  Toda clase de sufrimientos.  Cárceles y torturas.  Odios, envidias y desprecios.  Y la lista sería interminable.  ¡Cuántos rostros marcados por el dolor!

Todos los sufrimientos del mundo están en la Cruz del Señor, porque Él cargó con todos ellos, para introducir en el mundo una fuerza, que es la única que puede transformarlo: el amor.

Jesús hoy y aquí sigue muriendo por nuestros hermanos.  Jesús sigue siendo escupido, pisoteado, abandonado, torturado, despreciado.  En toda persona que sufre debemos ver el rostro de Cristo.  Si así lo hiciéramos, nuestra visión del mundo sería muy distinta y nos daríamos cuenta de los valores por los que vale la pena trabajar. 

Cuando en el camino de nuestra vida nos encontramos con el sufrimiento propio o de algún hermano, sepamos que en este sufrimiento está presente Jesús con los brazos abiertos.  De este modo nunca estaremos totalmente solos.  Siempre Jesús estará con nosotros.  Desde Jesús, la soledad total ya no existe.

Sin embargo, frente a Cristo clavado en la cruz, mostrándonos tanto amor por la humanidad, por cada uno de nosotros, vemos el contraste de muchas personas que hoy eligen estar de fiesta, ir al baile, ir a la playa, para olvidarse por completo de este Dios que tanto los ama y que lo demostró muriendo en la cruz.

Hoy, mientras Cristo muere en la Cruz, contemplamos a muchas personas que no siente nada por lo que estamos celebrando, que no están dispuestas a mover un dedo por los demás, que no van a cambiar en nada, que no creen en nada, que no tienen esperanza de nada y que no aman a nadie, excepto a sí mismas.

Hoy al mirar la Cruz de Cristo veamos también el gran problema de la humanidad: el mal con todas sus consecuencias.

Contemplemos hoy la Cruz de Cristo para que aprendamos a ser auténticos, a seguirlo de verdad, a no vivir de apariencias.  A saber vivir desde el amor que Él nos ha enseñado, aunque aparentemente recibamos menosprecios, críticas y burlas.  Sigamos al Señor, sigámoslo en la verdad.  En Cristo vamos a encontrar fortaleza para llevar nuestra cruz de cada día y vencer el mal, nuestro mal y el mal del mundo.


Esta es la noche más importante que puede celebrar un cristiano, la noche de la Vigilia Pascual.  Hemos dicho en el Pregón Pascual: “¡Que noche tan feliz!”. 

¿Por qué esta noche es una noche feliz?  Porque ¡Jesucristo ha resucitado!   Y ésta es una gran noticia. Sí, Jesús no podía corromperse en el interior del sepulcro. Por eso aquellas mujeres piadosas que iban a ungir el cuerpo de Jesús con aromas se encontraron con aquellos dos hombres con vestidos refulgentes que les dije­ron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” “No está aquí: ha resucitado”. ¡Jesús vive! ¡Jesús ha resucitado! La muerte no ha podido destruirlo.  Cristo ha pasado a través de la muerte a una nueva existencia, definitiva, y vive para siempre.

Esta noche hemos escuchado más lecturas de las ordinarias. Desde la creación del mundo hasta la resurrección de Jesús, se nos han presentado unas escenas muy vivas, que nos ayudan a entender cuál es el plan salvador de nuestro Dios.

Alegrémonos, hermanos y hermanas. El mismo amor de Dios que creó el mundo hace millones de años y que resucitó a Jesús de Nazaret, que se había entregado por nosotros, hace más de dos mil años, es el que hoy nos ha congregado aquí a nosotros y nos quiere comunicar su Espíritu de vida y de alegría y de amor.

Esto es lo que celebramos y esto lo que da sentido a nuestra vida. Por eso creemos y tenemos esperanza e intentamos vivir como cristianos: nosotros no seguimos una doctrina, o un libro, ni estamos celebrando el aniversario de un hecho pasado. Celebramos y seguimos a Cristo Jesús, invisible pero presente en medio de nosotros como el Señor Resucitado.

El apóstol Pablo nos ha dicho esta noche: “Así como Cristo resucitó de en­tre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva”. No­sotros creemos en la vida. Y queremos que todo el mundo viva dignamente. Y porque cree­mos en la resurrección de Jesucristo y en la vida, se nos abren nuevos y amplios horizontes.

Nos damos cuenta de que es posible cambiar y que hay que cambiar, puesto que debemos emprender una nueva vida. Tenemos que abandonar el pecado, el egoísmo y todo lo que nos encadena. Tenemos que saber ser libres de verdad. Es el mismo Pablo quien nos lo dice: debemos vivir “libres de la esclavitud del pecado”.

Dejar la esclavitud y proclamar la vida. He aquí la grandeza de nuestra misión. Y podemos conseguir esto porque la energía de Jesús resucitado también nos ha transformado. Pode­mos ser diferentes. Podemos ser mejores.

Esta noche, en que vamos a renovar nuestras promesas bautismales, os quiero decir que no os dejéis nunca robar de vuestro corazón esta Buena Noticia de que Cristo ha resucitado.  Que los ídolos de nuestro mundo no os roben este tesoro, que las baratijas de nuestra sociedad no os quite esta perla preciosa que adorna nuestro corazón y que hemos tenido la suerte de encontrar.

Dentro de un momento bendeciremos el agua.  Esta agua bendecida será la fuente donde serán engendrado los nuevo hijos de Dios.  La fuente bautismal es como el seno materno donde hemos nacido y hemos sido engendrados.  Esta agua, por la gracia del Espíritu Santo, se convierte en fuente de vida y nos hace imagen de Dios, de Jesucristo y Templos del Espíritu Santo.  A través del agua derramada sobre nuestra cabeza en el sacramento del bautismo entramos a formar parte de la Iglesia.

Con esta noche santa comenzamos el tiempo de Pascua, que se prolongará durante los próximos 50 días para celebrar con gozo la resurrección del Señor, su Ascensión al cielo y la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad de los cristianos.

Que la alegría de este tiempo pascual inunde nuestros corazones y llene de amor a nuestras familias, a nuestro pueblo y al mundo entero.  ¡Feliz Pascua de resurrección para todos!


Queridos hermanos: hoy es la gran fiesta cristiana, la mayor de todas. Una fiesta tan fiesta que no tenemos bastante con un día para celebrarla: por eso la Pascua dura nada menos que 50 días, siete semanas, hasta Pentecostés (que significa precisamente “cincuenta”). Y todo como una sola y única y gran fiesta.

En realidad, es la única fiesta de los cristianos porque es la que celebramos también cada domingo. Y es normal que así sea porque la Pascua significa aquello que es el núcleo, la raíz y la fuerza de la fe cristiana: la gran afirmación de que Jesucristo ha resucitado, está plenamente vivo, es el triunfador de la muerte y de todo mal.

Ayer por la noche la comunidad cristiana se reunió para celebrar aquella Vigilia expectante que desembocó en el canto jubiloso del aleluya: la vigilia pascual, la más importante de las reuniones cristianas del año. Y allí los cristianos que pudieron asistir, renovaron su compromiso bautismal -como haremos nosotros en esta misa- para expresar sencillamente esto: queremos compartir la muerte y resurrección de Cristo, es decir, luchar contra todo lo que hay de mal en nosotros y en el mundo, abrirnos a la vida que es de Dios, que nos enseñó Jesús de Nazaret, que siembra en nosotros el Espíritu Santo.

El primer día después del sábado, María Magdalena va al sepulcro y lo encuentra vacío. Su desilusión es inmensa. Corre al encuentro de Pedro y le dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Pedro y Juan acuden al sepulcro y lo encuentran todo tal como María se lo ha contado. Y entonces es cuando creen, puesto que, precisamente al ver el sepulcro vacío, comprenden lo que el Señor les había dicho: “Él debía resucitar de entre los muertos”.

Sí, hermanos, nosotros creemos que Jesús ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra fe y hoy, más que en otros momentos, lo celebramos solemnemente y con gran gozo. Fijaos en este cirio que anoche estrenamos. Su luz es el símbolo de Jesucristo resuci­tado que quiere iluminar nuestra vida. Y también las flores y la luz y el agua. Hoy estamos rodeados de fiesta.

Nosotros, que creemos en Jesús sentimos una gran alegría en nuestro interior porque cree­mos en Alguien que vive, que ha resucitado. La muerte no lo atrapó. Él es el vencedor de la muerte y del mal. El sepulcro no pudo retenerlo, porque el sepulcro es el lugar de los muertos.

Lo hemos escuchado en la primera lectura: “Nosotros somos testigos de cuanto Él hizo en Judea y en Jerusalén… hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”. Los apóstoles anunciaban por todo el mundo la buena noticia de la resurrección de Jesús.

También nosotros hemos creído y creemos que Jesús ha resucitado. Y por eso creemos que también nosotros resucitaremos. Esta fe nos ayuda a luchar por la vida y a amarla.

Hay que luchar por la vida y esta lucha por la vida la debemos iniciar en nuestro propio corazón, porque es ahí donde hay una batalla entre el amor a la vida y el amor a la muerte.  Desde nuestro corazón nos vamos orientando hacia la vida por los caminos de un amor creador, una entrega generosa a los demás, una solidaridad generadora de vida, o nos orientamos por caminos de muerte, de egoísmo, de apatía e indiferencia ante el sufrimiento humano.

Es en nuestro corazón, donde el cristiano, animado por su fe en el resucitado, debe resucitar todo lo que se le ha muerto y orientar todas nuestras energías hacia la vida, superando cobardías, flojeras y cansancios que nos pueden encerrar en una muerte anticipada.

Como creyentes en Cristo resucitado, estamos llamados a poner vida donde tantos ponen muerte.  La pasión por la vida, tiene que ser algo importante en la persona que cree en la resurrección y esta pasión debe impulsarnos a hacernos presentes donde se produce muerte, para luchar con todas nuestras fuerza contra los ataques a la vida.

En el Evangelio de hoy, hemos escuchado una carrera entre dos apóstoles: Pedro, que al recibir la noticia de que el sepulcro estaba vacío, ha ido corriendo a buscar al resucitado, y Juan que también corrió con Pedro.  Llegaron al sepulcro, vieron y creyeron.

Busquemos también nosotros a Cristo resucitado.  Hagamos de nuestra vida una carrera apasionada, para buscar dónde está el Señor.  Y al Señor lo vamos a encontrar en su Palabra, en los sacramentos, en la Iglesia, en los pobres.  Buscad al resucitado.  No os quedéis indiferentes ante esta Buena Noticia, como si Cristo resucitado estuviera escondido.  Cristo resucitado es para nosotros, es para darnos vida.  Y la vida cristiana comienza con el encuentro con la persona del Señor, con el encuentro con su mensaje, con el encuentro de nuestra vida con la vida de Cristo.  Buscad, pues, siempre a Cristo resucitado, con ilusión, con muchas ganas. 

Hoy, pues, domingo de resurrección, domingo de la vida, preguntémonos: ¿Sabemos defender la vida?  ¿Cuál es nuestra postura frente a las muertes violentas, el aborto, las armas de destrucción?

Cristo resucitado nos da vida, trabajemos también nosotros por dar vida y no muerte a nuestro mundo tan necesitado de esa Vida de Dios nuestro Padre.

lunes, 7 de abril de 2025

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO C)

Con la celebración del Domingo de Ramos damos comienzo a la Semana Santa, la gran semana cristiana.  Semana que dio origen a nuestra fe y a nuestras comunidades cristianas.  Semana en la que vamos a acompañar al Señor en los últimos días de su vida.  Semana de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Celebrar la  Semana Santa es descubrir en toda su hondura el drama del hombre ante Dios. Drama de vida y de muerte, de traición y de eterna felicidad.

Nosotros, como los discípulos y los judíos, unas veces hemos aclamado a Cristo con entusiasmo como Rey y después lo hemos traicionado y abandonamos tantas veces, nos convertimos, por nuestra debilidad y por nuestro pecado en protagonistas de la Pasión, tal como la hemos escuchado en el Evangelio.  Ante la Pasión de Jesús no podemos ser meros espectadores pasivos. Cada uno de nosotros estábamos allí, entre aquellos judíos o aquellos discípulos, porque Jesús ofrecía su vida también por cada uno de nosotros. Y es que, para cada uno de nosotros es el relato de cuando nuestro mejor amigo entregó y perdió la vida por todos, por mí, por ti.

¡Cuántos sufrimientos físicos padeció Jesús por cada uno de nosotros para salvarnos, para pagar nuestro rescate! Y, como hemos leído en la 1ª. Lectura de Isaías, los sufrió sin quejarse en ningún momento. “No he opuesto resistencia ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No respondí a insultos y salivazos”.

Comencemos la Semana Santa con un nuevo ardor y dispongámonos a ponernos al servicio de Jesús. Tratemos de mantenernos con coherencia entre la fe y la vida. Que nuestro grito de júbilo de hoy, no se convierta en el “crucifíquenlo” del Viernes. Que nuestro ramos, no se marchiten en la manos y se conviertan en ramas secas.

Por eso esta semana, vivamos la Semana Santa.

Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección.

Vivir la semana Santa es descubrir qué pecados hay en mi vida y buscar el perdón generoso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación.

Vivir la Semana Santa es afirmar que Cristo está presente en la eucaristía y recibirlo en la comunión.

Vivir la Semana Santa es aceptar decididamente que Jesús está presente también en cada ser humano que convive y se cruza con nosotros.

Vivir la Semana Santa es proponerse seguir junto a Jesús todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad.

Semana Santa, es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para preguntarse en qué se está gastando nuestra vida. Para darle un rumbo nuevo al trabajo y a la vida de cada día. Para abrirle el corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrirle el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Cristo, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor.

Qué vivamos unos días santos.